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(382) Vida en otoño 08-11-2009 GTM 1 @ 07:05

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Las hojas del otoñal año caen al suelo y lo manchan como en arrebatada sinfonía de violinista sudoroso. Se cuelgan de las nervaduras ocres, rojas, amarillas las fusa y semifusas todavía clorofílicas del paso del tiempo. Ese tiempo que es como fuelle de acordeón, un tiempo que se repite.

El humus que ese tiempo crea, como las hojas propias, servirá para ser podrido, fuente, sementera de otros tiempos u otros recuerdos.

Es un parque desierto, apenas alguien y además lejos. Es lo que damos en llamar, en algunas ocasiones optimistas, vida y casi siempre desgaste.

(381) Se va el verano 29-10-2009 GTM 1 @ 07:43

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El sol se pone en esa etapa donde el verano no está del todo olvidado pero el fresco abundado ya rememora un lejano e invernizo otoño. El sol se esconde entre rojos, morados y violetas solemnes y espectadores, en muy poco, en un casi nada instantáneo el cielo se cubrirá del espacio plano y negro del infinito desconocido.

Miro al monte a lo lejos, a sus retamas, a sus gramas, a sus lavandas y al olor fragante que se escapa con el calor del sol como un perfume caro y abierto. Se marcha el tiempo como el halo de un caracol, se acerca la noche con ese frío rememorante. El tiempo se viene encima, todo ha acabado, ahora once meses de cortina herrumbrosa y subterránea de incómoda rutina, casi sin soles, sin días, sin aires y sin espacio, una masa mocosa de tiempo, responsabilidades, prisas y vida que se va.

(380) La puta tos 23-10-2009 GTM 1 @ 19:48

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Llevo casi tres días tosiendo sin parar, antes, mucho antes, un constipado mal curado, puede que bronquitis me tuvo dos semanas moqueando, con frío y algo de fiebre. La calle gría y gris no ayuda.

Paso el día tosiendo aquí y allá, tosiendo camino del trabajo, tosiendo sobre la mesa y frente al ordenador, tosiendo en los pasillos y ascensores, en las reuniones, en las comidas y en el metro. Es una tos terrible que a veces se engarza, como cerezas o, mejor aún, como cuentas de un rosario y me llegan a hacer vomitar, pretendiendo sacarme los ojos de sus órbitas.

Toso de día y me crispa los nervios pero de noche, además de dormir sentado y con esa sensación de no tragar que me rebela, una sinfonía de pitos parásitos envenena el silencio dulce y rígido de la noche. Violines perversos, trompetas desgastadas, arpas disonantes, un concierto de alegoría siniestra que desde dentro del fuelle de mi pulmón desequilibra mi sueño, mezcla como en mal combinado, el mundo onírico y la realidad sorda, tosiente y nocturna.

Paso la noche levantándome, sentándome, desesperándome, cansado y, sobre todo tosiendo. Toso... ahora mismo he tenido que parar porque toso. Este episodio dura más de un mes y no acaba. Mi natural renuencia a los médicos y las medicinas han sido el inicio de todo esto. El no conjurar esta pequeña maldición con una medicina y el estrés de un trabajo que no me deja respirar, nunca mejor dicho.

Respiro y oigo carracas extranjeras, pitidos metálicos y rechinares de engranajes que no engranan al estar llenos de arena. Escucho, rugidos de león y bisbiseo de serpiente. Los escucho a cada momento, cada inspiración, trece por minuto como decía aquel poeta, trece cada segundo como el avatar de ola rompiente me lleva a pensar en mi mente cansada por el poco sueño y la mala sensación.

(379) Esperando 17-10-2009 GTM 1 @ 16:21

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Pasarían los años, como hojas de otoño o gotas de primavera esperando una pregunta y una respuesta. Pasaría el tiempo de reloj, el tiempo de arrugas y el tiempo en la ciudad, con sus ruidos, sus silencios, sus prisas y sus parsimonias metafísicas.

Ella respondería, si, no depende, porqué no, indudablemente no, según el tiempo pasaba, el caracter se agriaba, la juventud se marchaba cambiándose por canas ocultas de tinte. El preguntaría, ¿Juntos?, ¿Nos vemos?, ¿Vienes?, ¿Me das una foto?, según los años pasaban, los meses, los días, las horas, los minutos y los segundos.

Intercambiaban miradas, cada día, aquí, tras la barra que conoció inquilinos de todo tipo, rápidos y lentos, de café bebido, de desayuno completo y amena conversación, como disfrutando del día que se escapaba. Ella, camarera, con su trajecito y su cercanía profesional e impuesta, le miraba oculta, y esperaba un algo que no sería. Pasaron los ochenta, convulsos, entraron los noventa, novedosas, se inauguró un nuevo siglo con miedos y cambios, y en la década de los diez, cuando ya se jubilaría, seguía esperando.

Ella quizás esperaba un día de frío a última hora de la noche, una sonrisa cercana y un gesto. El esperaba ser otra persona, superar los miedos, saciar su sed de amor en otra boca, querer sin tener que medir ni pagar. Sin embargo el tiempo, como ancla, le tiraba a un fondo de fango limoso de incertidumbre e inacción. Seguía sin actuar.

Un día, poco antes de aquel mayo que transcurrió hasta el último diciembre, se decidió. Ya jubilado. Se decidió y la llamó, Julita, me estaba preguntando si querría...

Ella sonrió como cuando se abre un cofre del tesoro y lo que se encuentra siempre es menos pero, al menos valioso y querido. Quizás dar un paseo iniciático, quizás tomar un café, un café repetido de treinta años cada mañana y cada tarde, quizás alguna vez sofisticarse hasta acudir al último cine de la Gran Vía.

Ella aceptaría alguna opción, ignoro cual, el continuaría su rutina y esperaría hasta la tarde. Ese mismo día el sol refulgiría con ese color amarillo y algo maligno, esperando un vengarse picado. Lo conseguiría antes del final de la tarde.

(378) Gin Fizz 12-10-2009 GTM 1 @ 08:58

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EL Gin Fizz tiene el sucio tracto de la resaca, el día después, ese sabor ácido, ácimo, salado y desterrado de la bilis. Negra, siempre bilis negra.

El Gin Fizz se pide con voluntad de terminar de perder que no dejar de perder, de acabar de perder para volver a perder.

El Gin Fizz siente en su tibio corazón levemente verdoso un fulgir de pena irradiante, de tristeza plena, de desconsideración hacia si mismo por atacarse, dañarse, destruirse pero con la lentitud y la parsimonia de un absurdo repetido.

Tintinea el vaso, tintinea el tiempo y tintinean las causas por las que beber sin parar, vuelto a las burbujas que hacen daño, Esa maldita ginebra de tiempos remotos, de sabor de roca, de grieta en molino, de tiempo perdido, de locura de spleen, de sudor frío, de trasnoche frío, de chaqueta grande y delgadez enferma.

Bebo Gin Fizz y me siento como un Marlowe perdido o, quizás, como un Septimius Smith nuevo. Miro al aire y es suavemente denso tras el gran cristal una ciudad de noche que en sus luminarias de polilla atrae las tristezas burbujeantes de un día que siempre te atropella. El cielo está lejos, encapotado y blanquecino, como la verdad y como la verdad que se encuentra en el fondo de un Gin Fizz, en el surco de un disco de Miles Davis y en una sonrisa que se va separando, desvaneciendo, alejando.

(377) La primavera otoñal 08-10-2009 GTM 1 @ 19:45

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Bien lo conocía Pou en su reducto anarquista y antiguo de París: los cambios son así, pequeños irremediables, sospechosos.

Pou conocía que un día un leve resquebrajamiento, dudoso, aparececría La superficie se quebraba ligeramente, muy poco. Casi todos dudaban que fuera, todos esperaban una reacción indolora e inmediata pero con sorpresa de esa grieta surgía luminosa el fulgor del cambio, como la binza del huevo que surge tras la rocosa, calcárea, resistencia de la cáscara.

Pou esperaba ese leve grito de luz, ese resquebrajamiento que los más involucionistas, carcunda estéril para él, no detectarían jamás. Era el origen pionero de un vegetal novedoso entre los adoquines del tiempo y la historia, una flor, quizás atomizada e instantánea. Los ochenta años de Pou eran una esperanza por un rayo de luz de esa calidad, de este tipo, de ese tiempo.

Esperaba que la rugosa y empedernida superficie se rompiera un poco, cediendo. Cejara la presión de las junturas y acuerdos, la tibieza de egoísmos e intereses yermos para surgir ese agujerito, esa arista asomada, ese desgaste ajado que dejara ver la debilidad de la barrera, la cárcel, la pared que fuera susurro, murmullo, palabra, grito, eco.

Pou soñaba, viejo jóven de ideas redentoras, con ese día, que podría ser, no le importaba, el previo a su muerte, pero era el día que quería vivir, el del comienzo de la caída, ralentizada, lenta, dubitando, oscurecida por la sorpresa pero buscando la velocidad como depredador al ataque. Sería el inicio de la primavera, de su primavera otoñal.

(376) Madrugaba mucho 05-10-2009 GTM 1 @ 05:50

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Gabriel Omar Batiste se levantaba a las seis, recorría media ciudad de Buenos Aires, atestada, vacía, con ese frío austral que solose conoce en Julio. Llega hasta el bar más cercano al estadio de Racing, en Avellaneda.

Pasaba una hora allí, día tras día, hablando del equipo, de la vida, de las circunstancias, con el Indio, con el sequito García, con el que pasara, combinando la primera bebida de día con activación de un sol tímido.

Así día a día, mes a mes, durante años, bastantes, seis. Batiste recorría media ciudad: colectivos, trenes para llegar a aquel lugar, anodino, insignificante y común. Pero lo hacía cada día desde que se jubiló. Seis años de cruzar una ciudad, de cansarse y de levantarse.

Los parroquianos del Bar creían que Batiste era del barrio, uno de esos jubilados borrachines o, quizás, algún jefe o vendedor de gesto repetido. Repetir, hacer, conseguir, repetir.

Batiste, llegado un momento, se asomaba a la puerta que daba al gran este argentino, de mar, vaciedad y personas. En aquel Bar el este era solo un solar siempre al principio de construcción que dejaba casi una linea horizontal sobre la que levantarse perezoso el sol. En ese momento salía Batiste con su café, a la calle y miraba el sol. Observaba su relog durante un instante y su cabezota calva parecía ponerse en movimiento para hacer un cálculo. Al punto volvia a sumirse en esa mueca gris y se introducía de nuevo al Bar. Evitaba el aire del invierno y la calima del verano.

Batiste pasó seis años así, hasta hoy. Y hoy mismo no vino. No volvería.

En realidad Batiste no miraba al sol, que anunciaba, o el frío, sino el nacimiento de un nuevo día que el asesino de sus afecto no volvería a ver pero volvería a oler. Aquel en el que una mañana de hace más de treinta años asesinó a su amor por cuidado a una dictadura, a una locura, a un desarraigo. El traidor Julián tomó a su flor Graciela y se la llevó para siempre. El mismo se habría tenido que ir con ella, como en la epica de un funeral vikingo, pero nunca fue así. Se quedó solo, sin el hijo que esperaba, sin el futuro que compró, sin la melodía de un mañana amable.

Se sentó Batiste en el tiempo, esperando la condena del Turco Julian, día a día, con su trabajo menestral de oficinista de banco, gris, corbata repetida, traje repetido y barato, casa cercana y así día tras día oculto, esperando, sentado en el banco del tiempo a que algo pasara. Ganó su pensión de jubilación y ganó todo el tiempo del mundo, un tiempo sin tino ni dirección.

Aquel día, como los seis años anteriores desde que se jubiló, no volvió a mirar el sol en el amanecer, aquel que agostaba al turco mientras el suplantaba su vida, ni miró la jornada cegadora de aburrimiento en la cárcel. EL turco Julián salía de la cárcel, sólo, olvidado, como herramienta útil pero incómoda, alejado de todos, de la vida, de las personas.

Salíó de la gran cárcel central y a pocas manzanas un maduro hombre bien vestido le disparó a bocajarro en la cabeza. Un disparo sordo, en los ruidos de las calles, que apenas sobresaltó a los más cercanos. Un disparo justo, sin exceso ni alharaca, una muerte que ajustaba penas con el universo.

Gabriel Omar Batiste se fue andando, con la cabeza dando vueltas, esperando que alguien le parara, le detuviera, le metiera en la cárcel y le suplantara su personalidad solo para tener el placer de reconocerle día a día en el infierno grisáceo de la cárcel. No fue así. Se marchó calle abajo hasta la siguiente parada de colectivo, ¿Cual¿, uno, lejanamente alguna sirena marcaba la comisión de un crimen.

 

MInicuento inspirado en la película "El secreto de sus ojos" de Juan José Campanella.

(375) 21/6/07 20-09-2009 GTM 1 @ 13:05

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Esa iba a ser una fecha de falta de apuros, de falta de afanes y fatigas.

Una fecha en la cual solo preocuparse del futuro y de la salud y de los hijos, los nietos.

Un día en el que cada día serviría para rendirse ante el fuego del día a día y  no quemarse sino cabalgar a su lado.

Un día en el que el frío del invierno y el calor dulzón del verano serían amables.

Hacer favores, ayudar a cercanos, quizás a algunos más lejano, un dia de origen de la vida sin trabajar.

Ese sería el día en el que mi padre se hubiera retirado.. si no hubiera muerto siete años antes.

(374) El perro de segunda mano 17-09-2009 GTM 1 @ 18:02

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Quien no mira a las marquesina de los autobuses, transparentemente translúcidas en su suciedad y ve a las personas, el devenir de la sociedad mientras nos zambulllimos en ese vórtice que se llama aburrimiento de la cotidianeidad.

Incluso ese espejo imperfectísimo nos devuelve unas líneas pequeñas reflejadas de nosotros mismos, esperpento en el callejo del gato de la vida, y ahí nos coloca entre los otros, prescindibles "otros", esperando una corchea que desentone, un agujero negro que absorba o un milagro que encandile.

En esos instantes me sobreviene a la mente, azorada de angustias que son cadenas y depresiones que son anclas, si la vida no será como comprar un perro de segunda mano. Un perro al que ya han querido y al que los amores actuales siempre serán interinos, secundarios, menestrales. Un amor que ya ha conocido el desvirgamiento del reconocerse, del hacerse y ahora solo entiende de un algo ya poseido, un amor ya constreñido en los pliegues rígidos del pasado donde las virtudes se han desgastado y los vicios cortan como aristas.

El perro de segunda mano, bello, pero viejo, solícito, pero a otras fidelidades, es un trasunto parduzco de la vida, que parece que ha querido a otros antes que a nosotros y que solo nos quiere como obligación consecuente con el hecho de comprarnos, sospechosa de necesitar un amo/esclavo al que vincularse con el fin de vampirizarle, con ese tufillo fétido de color verdoso claro, la vida, las ilusiones, el tiempo, las ganas.

(373) Barro 01-09-2009 GTM 1 @ 10:45

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Barro en el suelo que siembra en la calle

Lugares nuevos, sitios, comisarias, locales.

Muertes digeridas, hechos, carreras y vidas.

Un día es una noche, una noche es una vida

Una sonrisa, un mundo, un paraíso, un cielo

un olor nauseabundo de vida, de muerto.

La calle nunca es blanda, y lija el espíritu

manda ¿para que seguir corriendo? si siempre van en coche.

Porque mirar al futuro, anda, vete yendo hacia la noche.

Barro en el alma, roña en la mente, triste exigente, yerma simiente.

Sintiendo, duro, hija del huracán y de la gente.

Mira hacia las ideas, melífluas, inconsistentes.

Mira hacia el vecino, enemigo silente.

Reduce suplerflua, la vida transigente

Inquino, marea, caduca vida formidable.

Alcaldable, Asesino, inteligente, volable.

Mientes divino, sintiente, haragán, lugar inconfesable.