(311) La maldición del ángel negro
Desde aquel entonces todo era retumbe y eco, su corazón se le manifestaba en sus sienes y su corazón tomando tiempo, enseñándole lo horrible, dejándose ver lo que no debería ver: el tiempo.
Microcuentos, pensamientos, ideas y descalabros en este camino sin luz hacia Damasco.
Desde aquel entonces todo era retumbe y eco, su corazón se le manifestaba en sus sienes y su corazón tomando tiempo, enseñándole lo horrible, dejándose ver lo que no debería ver: el tiempo.
Transido de aglomeraciones, de públicos, gentes, greys, hordas.
Cansado y angustiado de metros bajos, llenísimos hasta casi los dos metros, sudores y gruñidos, gente, gente.
Regido por un reloj otoñal que siempre da más hora de la que se le pide. Viviendo una ilusión que se pospone como fieltro o como friso grecado.
Guardando la fe, la ilusión, el tiempo y la resistencia para una vida que sería al aire libre pero que incluso en la calle casi nunca lo es. Es una panacea o una falacia o quizás simplemente mentira negra como alquitran o gris como hormigón.
De repente, introducción, entradilla, didascalia, exordio para, sin descanso ser epílogo, resumen, fin, terminación.
El espacio entre ambas cosas es lo que llamamos vida, tiempo o puede que podredumbre.
Volvía a su casa, una vez desembarcado, pensando, por encima del horror de las cenizas derramadas y engullidas por el salado mar. Tenía la certeza de la pequeñez del ser humano. Zvi andaba en dirección a su casa, sus calles y a sus seres queridos, conocidos, vistos.
Recordó unas inmensas pilas de escorias que acarreaba a la voz rápida del capataz, amenaza y, a veces, castigo ejemplar. Por eso parecía poca cosa este último gesto.
Buscó un lugar en el mar, en el punto que más se pareciera más al de su izquierda, al oeste, a sotavento o a la hiperbórea; un lugar que pudiera ser cualquiera. Arrojó el contenido, que desapareció, convirtiéndose en nada, en un lugar que no era ninguno.
La desesperación en el grupo vivió un instante apneico y, como la locura en el sabio o la pesadilla en la beldad, se hundió tiñéndose de gris oscuro, burbujeando sucio, escondiéndose para siempre, desintegrándose para no ser en aquel mar de la primera mañana.
Todo lo demás quedó atrás, la muerte, la nada, el vacío, el no ser, el no estar, el desaparecer, el pequeño viaje en secreto pero no oculto, y la vuelta tranquila, diligente pero no rápida: de marinero.
Anduvo las calles y vio personas, su gente. Los marineros reparaban redes para la próxima salida o para su guarnecimiento y guarda. Recordó a los saltarines muchachos por las calles. El sol se aventura en el cosmos de su camino por el cielo mientras la gente come, rie, vive y es, como en cualquier otro día de los que vendrán, como en cualquier otro día de los múltiples pasados.
Pensó, un instante, en el vivaz movimiento de la mañana: mujeres, niños, trabajadores, enfermeras, guardias, amigos, enemigos, cercanos, lejanos. Pensó en el mundo, en la vida y siguió andando. Ese andar seguro con paso señero significó mucho más que lo que había hecho dos horas antes: enterrar en agua el espíritu perverso y enfermo del falso Ricardo Klement, la mano ejecutora y pensante del asesinato de su pueblo.
El tiempo pasa, con la velocidad de filo de cuchillo que corta y deja detrás, en tasajo, de las personas cuyo calendario o cronómetro es como un ancla hundido en la deriva.
El tiempo es esa pátina deleznable, pan de oro ajado, que se aposenta, hojas de otoño en el suelo, fermentando en humus de nuestra vida.
Somos y pertenecemos al tiempo, nos escapamos a las manos del instante actual para caer en los dedos del siguiente que son sarmientos del tiempo macerados en los olivos intensos e inmensos de la llanura.
El tiempo se escapa pero teje, indica pero nos araña, se queda atrás y nos lleva en un vórtice asesino en el océano.
Por eso, por todas esas ideas encontradas sobre el tiempo asesino (otras veces medicina) me eché las manos a la cabeza cuando ví el viejo bar cerrado: el tiempo pasaba (Qui prodest?).
El antiguo bar, el viejo lugar con camarero al uso, avezado, listo, tranquilo, juez y orden y la reala de parroquianos de pelaje muy variado que iba y venia era historia, el solar, el local valiosísimo permitió al dueño (y camarero) un retiro glorioso entre las olas mercenarias del levante de la tercera edad; y, en su lugar, nos dejaba una orfandad liviana mientras el tiempo se carcajeaba aliñado de la suciedad blanquecina y desordenada de las obras necesarias para ser boutique o agencia inmobiliaria: cara y prescindible.
La tienda o el comercio sería atendido por jovencitos en pleno fulgor temporal, efebos y ninfas que ahora orgullosos verían, no tardando mucho, como el tiempo que le dibujaba pieles y voluptuosidades neumáticas les agradecería sus gestos dejándoles en manos de la arruga, la gravedad, el cansancio, eterno y la lluvia eterna del corazón que indica que el tiempo pasa, el cuerpo se avejenta y la mente cada vez se percata más del tibio negocio del vivir.
Mientras el café, la cerveza, el bocadillo, la palabra, el pensamiento, el rumor de televisión o radio en susurro se escapaba y anidaba en el alero de otro bar, un poco más alla, un poco después pero, sin duda en otro tiempo en el que yo iba, también, montado.
Levanta la sutileza y no te dejes llevar por el abotargamiento de los sentidos, incapaces de digerir más.
Siente el vacío y la llenitud de la sensación, la vida, el tiempo. No intentes ahogarte, en vida, en mujeres, en edades: es erróneo.
Procura sentir ese poco más que es la diferencia cualitativa y cuantitativa, no pretendas zambullirte en la sensación: solo lleva a la muerte.
Siente el sonido flojo, el sabor suave, el sentirse austero, el vivir completo.
Porque otra solución al final cansa, al final agota, incluso de uno mismo.
No hay otra solución beber a pequeños sorbos, comer a pequeños mordiscos, vivir a pequeños pasos.
Porque eso sorbos, mordiscos, pasos son las materias de las que se construyen las sombras del recuerdo.
Que amplificarán lo maravilloso de lo parco y disminuirán, hasta la eliminación, de aquello que cansó.
No nos dejemos caer en las redes del más sino del mejor, juguemos con el recuerdo a nuestro favor.
Pensaremos, también que el tiempo es nuestro.
El marido mira detrás a la zona de carga del avión y ve dentro de las cajas parte de su amor roto y robado.
EL estruendo mecánico del arrancar apenas tapa el ruido gozoso de su corazón batiente.
Barrería la selva, el jardín amazónico de ladrones y bandidos donde su mujer se encontraba robada y le lanzaría, como un naufrago pidiendo su vuelta.
Miles, millones de fotos de la familia, quizás así pudiera recuperarla o al menos que sus ojos se llenaran de la felicidad de verles.
Vuela Colombia para recuperar la persona.
El horizonte que tomo prestado me deja un sentimiento que es profundo mentira.
El espanto de cara de papel se muta de mutismo, de dibujos arabescos de volutas sin más norte.
Un constructo interno me rebosa de vísceras, bilis y humores malhumorados.
Televisión, televisión y televisión.
Por no decir veneno, cosas por hacer e hipnosis.
-!Que bonito es el secreto!. El desconocer ese mundo oculto que como gruta de tesoro se esconde en cada uno, mantener ese ahorro de uno mismo.
En ese instante mientras el párroco, ya avezado y avisado, recorría las mentes párvulas con sus conceptos metódicos y rápidos para prosélitos cruzó Goush con sus jóvenes. Risotadas y paso ágil.
Secreto, el secreto es el pasado, claridad y luz, luz y razón, razón y tiempo.- Decía con una voz suficiente y dopplerizada como para hacer que cualquiera se le uniera.
Sin embargo ni la luz era tanta y la razón era solo un rastro de moscas que desde siempre había seguido sus ventas por Aparicio, comarca de Almadormida.
El sacerdote se quedó pensando, su fe no admitía muchos meneos pero su razón si merecía un monumento en su interior: el rubio mentía y dentro de poco todos lo conocerían.
El español reniega de sus vísceras y sus trapíos.
El español enrolla en sus rollos de lata toda su prosodia y retórica.
El español cainiza cada lunes y cada martes.
El español niega lo blanco por aceptar lo negro que niega el blanco.
El español mira a su nadir teniendo que levantar sus pies.
El español busca con un ojo al mesías mientras con otro lo derroca de su columna.
El español se desespañoliza para volver, lázaro, a una españolidad digna de traicionarse cada segundo.
El español odia al suelo y al cielo, al derredor y al jerarca.
Pero cuando el agua cae, el español se rasca la cabeza, parece cosa de mago o de dioses.
El español espera que termine la sagrada lluvia para continuar con la acechanza, la maledicencia, el brío retador y la autoantropofagia.