El escritor se sienta en su mesa, toma el lápiz, eterna daga, y un papel de una pila cercana. Puede que en realidad tome una pluma y un moleskine de notas o, a lo último, un ordenador de infinitos bytes.
Empieza a pensar, a fumar, a desesperarse ante el horror vacui del precipicio del papel blando y blanco. Comienza a pergeñar, a perpetrar un relato, un texto, una idea, una flecha.
“Se sentó en su butaca y esperó al comienzo de la función, Claire le miraba y él, algo ufano se maravillaba de ese lujo europeo del teatro.
La sensación de lo vivo que tiene el teatro llena su mente de limpia catarsis por un tiempo. Para huir de la limpia suciedad gris de lo cotidiano que se aja poco a poco de puro viejo.
De repente estruendo y ruido, golpes y carreras ¿Es la obra ya?. El teatro es tal fuente de sorpresas que no lo sabría. ¿Era un alboroto en el público por unas butacas o por un empujón? Su pensamientos volaban hacia su día a día aburridísimo y contrastante en ese lugar de ilusión
Peter mira a Claire y ambos miran delante y detrás con algo de asombro por el ruido el movimiento. Se reconocen un bastante de incomodidad. De repente el misterio se abre: ¡Es parte del show!. Dos bailarines actores caen del techo abovedado y repleto de frescos. Se posan en la platea, como mariposas pesadas y peludas y con saltos gráciles, trampantojos que muestran los recios arneses, llegan al escenario que, en ese momento, se ha abierto y mostrado una pantalla de cine
Los actores ataviados como si fueran moscas peroran lentos e impostando la voz, dicen y cuentan como en cuentos de rollo las maravillas que van a ver, la moral que aprenderán y el como y el cuando de la verdad cuando aflora. Recordando esos cuentos de ciego, esas viejas historias que, sin duda, en fondo o forma se proponen traicionar. O quizás no, ahí el arte, el pensamiento y el misterio.
Se va el ruido, los últimos ya se han sentado y las luces se vuelven mortecinas. La pantalla empieza a parpadear”.
En la pantalla un tren avanza a toda velocidad desde muy, muy lejos y con una imagen artificialmente envejecida se observa como otro tren a toda velocidad y en sentido contrario parece aproximarse para chocar. Puede que queden unos segundos, unos minutos, unas horas para el terrible desenlace. Puede que todo sea una mentira.
En la primera clase del tren, una especie de Orient Express del medio oeste norteamericano dos señoritas mayores comienzan su desayuno, mantequilla, mermelada y café. Junto a ellas y apenas movido por el imperceptible vaivén dulzón del vagón Pullman un señor de casaca se atusa el bigote y las saluda.
En la otra hilera del tren, la derecha en el avance del tren, una señora y un niño vestidos decentemente pero denotando una pobreza mayor a la que correspondería a esa primera clase apuran el desayuno. Probablemente el hambre es atrasada, quizás las situaciones y vicisitudes de los días anteriores no les permitieron comer, ni casi dormir, quizás una huida, puede que una búsqueda, pudiera ser una persecución.
El niño de pelo pajizo se acurruca junto a la madre y casi inmediatamente dormita moviéndose imperceptiblemente con el latido lento de la respiración de ésta y el ir y venir inútil del tren.
El tren suspira en un pitido mientras el traquetreo se hace más intenso durante un segundo, se ha cruzado con otro tren. En ese instante alguien ha saltado al techo del vagón y de manera subrepticia se arrastra hasta la puerta de atrás.
El tren se dirige hacia su destino, el otro tren, negro, reluciente, atrabiliario, vengador se encontrará con el tren que nos ocupa; quizás tras la próxima curva, una vez pasado el próximo puente, puede que cuando se atraviese aquella arboleda, o quizás nunca y solo espere que el asesino cumpla su trabajo mercenario.
El pistolero, el asesino, avanza por el techo del tren con esa ropa que no le haría desentonar en el ambiente de la primera clase. Baja con cuidado y con decisión a la plataforma final del tren y se dispone a entrar. El hombre con su bigote y su casaca mira descuidadamente la puerta donde dentro de breves instantes podría entrar su némesis.
La música que ameniza el desayuno, acordeón, banjo y guitarra musita una vieja canción de los apalaches. El tiempo se detiene sostenido en sus notas suaves y relajantes.
“Cuando Jimmy John McGregor cruzó las montañas Adirondack un rayo cruzó el aire. Una nube se llevó el polvo de su tristeza, Los ríos de Kentucky le recordaban su Escocia natal. Un rumor de nostalgia se cruzó en su frente. Su vida había cambiado tanto desde que comenzó la guerra en los highlands”...
La novelita del oeste era un entretenimiento vano pero que arrastraba desde los años del servicio militar a mediados de los setenta. Abel Cirausta, delegado de ventas en la zona, se procuraba una pequeña novelita en la que vivir y recordar aquellos tiempos quizás mejores, siempre lejanos, siempre del oeste. Con sus tiroteos y su ganado, con las enormes extensiones y las pequeñas mezquindades, alejado de su día a día, con sus mentiras y su pedidos urgentes, con las estrecheces de la vida y las mezquindades del tratar con otros.
Cirausta miraba el reloj porque no habían anunciado aún la puerta de embarque para Nueva York a pesar de estar esperando esperando más de hora y media. En su aburrimiento entretenido volvió a su novelita. Siempre empleaba un relajante muscular para viajes largos, esperaba su efecto. Volvía a oír hablar a John McGregor y la búsqueda de su mujer Sally y su hijo Ian en el corazón terrible y eterno de Norteamérica. También del terrible sortilegio que había unido a un asesino y un tren a punto de chocar.
La molesta música dulzona y pegadiza del aeropuerto se mezclaba con las últimas llamadas para tal o cual destino, o, para tal o cual personero que se retrasaba. Eran llamadas que nunca eran para él. Se quedó pensando en esa frase “llamadas que nunca eran para él”. SU vida había estado llenas de llamadas que no eran para él que tuvo que responder perdiendo las que probablemente hubieran llenado su vida pero en este pensamiento negro de tizón volvió, acostumbrado a educarse, a la novela de papel amarillento. Continúo leyendo pero al cabo de pocos minutos volvió a pensarse.
Pensaba en su tiempo, en aquellos años lejanos de novelas del oeste y guardias intempestivas de madrugada. Pensó en el hoy, perdiendo el pelo, con arrugas más que evidentes, de una cincuentena ya avanzada. Quizás sus amplias llanuras no aparecerían nunca, ni su libertad con el viento en la cara. Solo tenía calores impares, el calor de un aeropuerto, paseos falaces, camino de una estación siempre mejor, recuerdos, proviniendo de un pasado siempre menos macilento que el presente. Todo ello y a pesar del tic tac del reloj y las novelitas amarillas era una lección que le reconvenía a cada instante, siempre posponiendo lo inevitable, lo necesario, lo querido.
Dejó el “western”, descuidadamente. Se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta que tiene depositada en el asiento contiguo, y volvió con interés profesional a la sección de economía del periódico. Nuevos ding-dong en los altavoces y nuevas llamadas a los señores García Cuadrado, Lopez Beistegui, Hamilton y Poor. Terribles retradasados procrastinadores en una vida a la que todos llegaban o bien tarde o bien demasiado pronto. El no sabía donde ubicarse.
El periódico saltó, quien sabe porqué, a la sección y literatura y, también, de manera involuntaria comenzó Cirausta a leer un artículo sobre nuevos escritores, nuevas escrituras y nuevos estilos. El autor de artículo, un llamado Adinrondack, recurría a los caminos más frecuentados para hablar de Internet, la literatura y la multipolaridad del hecho creador. Todo ello aderezado con un poco de pedancia “especialista”.
Cansado de lugares comunes Cirausta posa sus ojos en otro artículo. Se queda prendado, o quizás cautivo, de la “catchy phrase” que inicia el siguiente artículo. Casi es una didascalia de la vida..
“La televisión dejó de vomitar su vociferante producto de ruido y ventas y empezó a mostrar un granulado. ¡Como si hubiera perdido la conexión!. Detrás, al estilo Murakami, la niebla electrónica comenzaba a tomar forma, a decir algo, a querer personarse.”...( en tipo menor) Continúa en página 48.
Cirausta toma el periódico y con la curiosidad que le queda tras tres hijos fracasados y dos matrimonios fallidos corre lentamente a esa página. Por desgracia el artículo prosigue en otra exposición más o menos sesuda de un especialista más o menos conocido sobre el libro. Toma nota mental del nombre del autor y del libro y pierde la bujía de ese mínimo interés en la ensalada sin sabor de lo que ocurre a su alrededor: “Murakami, After Dark”. Levanta la vista hacia su panel.
En ese momento cruza una ejecutiva rubia, joven, despampanante pero acompañada. Los sueños de Cirausta se pierden entre el andar decidido de la mujer con mando, el retraso de su avión y el aburrimiento entretenido del “living room” gigante del aeropuerto de Barcelona. Su vida es el atrezzo terrible de esa obra de teatro bufa: verdadera catársis en primera persona del mundo y sus condignos, eterno espectador de la vida de otro, protagonista perpetuo de una obra donde nunca pasa nada.
El delegado de ventas avista a lo lejos una tienda dutyfree y se dirige a ella: por dar un paseo, por sacudirse la modorra del medicamento relajante. Quizás allí encuentre el libro. Sin darse cuenta, la novelita del oeste cae de su bolsillo interior al tomar la chaqueta oscura. El tiempo pasa muy lentamente hasta que cae. El suelo la para también que un chisporroteo de altavoz esconde y opaca en leve flop del caer.
Sus pies se alejan de las penurias de lo MacGregor y desconocerán y olvidarán para siempre las peripecias de John McGregor huido de la justicia de Aberdeen y sus mujer e hijo que acudían, años después, a embarcarse de nuevo a Nueva York para volver a su bendita Escocia. Tampoco sabrán la noticia del asesinato de Coronel Hamilton ni del estrambótico suceso de las dos mujeres muertas durante el descarillamiento que evito el choque.
Cirausta pierde algo el tiempo ojeando el libro mientras la joven ejecutiva se mira las uñas, manicuradas, perfectas, y se atusa un mechón rebelde que, para cualquier otro solo sería una leve diferencia con la armonía de su universo estético. Joven, con decisión, de buena familia: rica. Su futuro gris se escribe o bien en la honorable sociedad a la que pertenece, criando a nuevos miembros de belleza patricia y dinero circulante o, también, renunciando a esa vida predestinada a cambio de su trabajo, sus convicciones, el amor. Sus treinta años todavía permiten unos años, unos meses, unos días para pensarlo. El futuro se levanta, como el primer amanecer, de un blanco y negro sorprendente para una persona de su capacidad, familia y dinero. Sin embargo no acaba de diferenciarse de la vida de Cirausta, camino cansado hacia algún lugar, libro más que mediado, coda de la primera parte del final de la segunda coda.
Leslie bonham revisa proactiva su Blackberry y contesta a un email. Se acerca, junto con su acompañante, quizás podría ser un compañero de trabajo, sin duda un subordinado, pudiera ser algo más. Sonríen y acuden a la cafetería a tomar el último café de la mañana o, quizás, el primero de la tarde.
La televisión vomita las últimas noticias, deja patente los movimientos certeros pero errabundos del zeitgeist, bombardea con muertes y horrores, con propagandas y artículos, con recuerdos del día de mañana que, probablemente, nunca serán.
Una musiquilla late en su corazón.
Su aspecto de ejecutiva reaganiana esconde ese sentir que a veces se asocia al corazón y otras a las vísceras, quizás es un sentír “colónico”, o “apendical”, duele, da problemas y poca utilidad.
El corazón, visceras, apéndice, o color de Leslie Bonham late tras su excelente traje de chaqueta de color beige cortado por un buen sastre y su ropa interior austera pero picante. La músiquilla alegre y reverberante en las amplias salas del aeropuerto le recuerda unos años atrás en la costa de Cerdeña en un verano angosto, como todos lo son, pero agradable. Quizás donde su sonrisa y su mirada estaba menos contaminada de balances, de números de egoismos, de tiempo y de prisas.
Su compañero, algo avergonzado, se disculpa para ir al aseo y ella, despreocupada y recordando aquel verano de amor e ilusiones vuelve a él. La vespa alquilada, la amiga que aprendía italiano, la costa y el calor. Las sonrisas y las esperas, los italianos y Franco. Franco con su pelo ensortijado y su nadar fluido y cercano. Franco como Ítaca calurosa, el final como un retorno al seco desierto del húmedo invierno de Nueva York.
Vuelva a sonar el zumbido molesto de los altavoces, ahora se anuncia el destino a Nueva York por la puerta H34. Otro zumbido casi al instante llama a John, Sally y Ian McGregor para que embarquen con destino a Miami. Alguien piensa y sobrevuela el aeropuerto imaginando llanuras.
La televisión, eterno pregonero de desgracias, muestra un producto. Leslie Bonham ignora cual y la música le recuerda aquel pasado, apenas hace tres años, cuando todo era mucho mejor y cuando el mundo tenía un algo de esa neblina que en el futuro y con juventud se llama ilusión.
La rubia ejecutiva se miró de nuevo la cuidada manicura y descuidadamente en el espejo involuntario de los paneles de separación entre la cafetería y el resto de aeropuerto se vió joven, deseada, deseable, perdida, sola y quieta.
La sección cultural del noticiario refleja, con unas imágenes rápidas, el estreno de la obra “Necronomía de una crisis”, voluntarioso y catártico ejercicio de teatro de vanguardia por parte de conocido dramaturgo, escritor, cantante y performer Peter Claire. Unos actores ataviados con antigüas ropas declaman y gritan consignas contra la crisis mientras una musiquilla conocida, ¿Haydn?, entona los interiores arañados por el mercado especulador.
La señorita Bonham vuelva a su pensamiento mientras, otra vez, su figura difusa se refleja muy sutilmente en el falso mármol del suelo. Toma una tableta de un pastillero que saca de su bolso, caro, pequeño, cuidado. Se la introduce en la boca y espera que su altiva desnudez de fuera desdiga su desgarro personal interno. Suena una música a lo lejos: es el blues de la rica heredera, el rasgueo ding, ling de un blues a lo Robert Johnson, el humo y el sabor salado de la depresión, la tristeza y la falta de brújula. En el aeropuerto sigue sonando la mísma música lounge de siempre: era solo la música que oía Leslie Bonham en cada instante de su atareada vida.
La televisión dispara una entrevista, pretenciosa y algo preparada, a un escritor en su casa. No se oye, no se entiende o simplemente no se conoce al escritor. Frente a una atestada biblioteca, y como si fuera un documental de naturaleza donde los animales en el fondo se pelean, aparecen, o se adivinan, los títulos de Faulkner, Borges, Houllebecq, Levi aparecen queriendo dar un poco de prestancia y proteina a las estupideces del escritor en la venta de su último tomo. Un ejercicio de humildad episódica que era irrenunciable pero, también, al que algunos se entregaban con rutilante pasión.
El escritor habla sobre la dificultad del proceso creativo, hasta cierto punto pontifica pero dejándose fuera, por prurito o por indecencia, de esa “dificultad de otros” por el escribir. Suena tan coherente en ese medio que casi parecería una pequeña poesía de la gran epopeya de la rima del anciano tomador de aviones. Cirausta, que no lo oye, y Bonham, que no lo escucha apuntaría cada frase de egoísmo, ternura, angustia y temor que se lee entre las lineas del escritor.
Dos señoras ya maduras pero, no se pregunte porque, evidentemente solteras toman un café.
Termina el reportaje con el simulacro o componenda de comienzo de escribir del escritor. El mismo escritor, dícese Jonás Cerpa Clavería, se sienta en su mesa, toma el lápiz.. Empieza a escribir con soltura y con idea, apunta alguna palabra en un borrador anexo, de color azul, y sonríe sutilmente. Su ego vuela como el genio de la lámpara y se posa en aquellas novelitas agradables y kantianas de vaqueros como mariposas de alas de plomo.