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Archivo: Noviembre 2008

(322) La más dificil declaración de amor del mundo

bonhamled 27/11/2008 @ 07:29

No empecemos con el verbo, acabaríamos pronto, pero rodeemos la esencia a mostrar por la palabra, la acción, el sintagma, la proposición, la vida en letras (cómodas):

  • Existen tres estados naturales de la materia: sólido, líquido y gaseoso, eso es claro. Además algunos físicos apuntan por un cuarto a medio camino entre todos: el plasma, con características de los tres anteriores y algunas más demiúrgicas, desdeñosas y taumatúrgicas.
  • Consideremos, pues, cuatro estados físicos de la materia, tengamos en cuenta, también, pero con criterio más clasicista y, si se quiere, romántico, cuatro esencias naturales o cuatro composiciones de la materia: fuego, agua, tierra y aire.
En este momento y sin abundar mucho ya tenemos dieciséis estados físicos y composiciones combinatorias de la materia posibles.
  • Esto nos da espectáculos tan edificantes pero tan poco científicos como el fuego líquido o el aire sólido. Una canónica absurda. No digo que no existan, porque existen en el muy empírico mundo de la poesía, lleno de veneros y regatos, cuando no rieras, ramblas, azudes, aluviones y aducciones, donde se esconden estos legendarios estados y muchos más que son herramientas y materiales básicos para expresar lo que busco.
Caigo en una trampa solo entendible por Stuart Mill o Compte, ¿No es mi interés esconderme tras una metafísica con rigor parduzco para explicar una epistemología muy primerona? Avanzo un paso más y digo: ¿no es una pulsión ahorrosa y pequeñoburguesa del asunto?. Opto por liberarnos de estados de la materia poco probables.
Ya permanente en este mundo poetiano que hablo, debo añadir a esta pléyade un estado natural, de la materia: endonaturalismo intrínseco u poetil y llamémosle Austeril o Alleniano por la paradoja judía o por el risueño sueño paranoico neoyorquino.
Este estado de la materia tiene características comunes con los anteriormente expresados, e, incluso, con las cuatro esencias naturales del viejo Aristóteles y su maestro socrático y cicútico Platón. Digo, casi sin equivocarme, que el barro con el que quiero forjar o fundir una frase tiene de sólido la agregación en moléculas a distancias casi fijas y el tener un volumen y forma casi determinada, aunque sus moléculas varían mucho y su forma y volumen amagan fijeza pero no permanencia. Tienen de malabarista el tiempo y la posición, pero, sin embargo de notario el amor a la ley que, traidor, se desaconseja a ratos. Estudiémoslo un poco más mejor que construir un pronturario rápido.

Este barro bíblico que moldeo transmite algunos fenómenos :

  • Calor con gran rotundidad, como los sólidos, si bien algunos otros: el frío y la impaciencia con unas leyes muy volátiles (albertinianas, picassianas o quizás, en último camusianas, puede que hobbesiana). Quien lo toma februlento tiene el sabor en el semblante y en la capilla del altar mayor de la boca de un almodovarismo arrebatante.
  • Tiene de líquido la posibilidad de fluir, de cambiar, de ser sin ser y de estar pero no estar (mezcla con tino o sin medida a Heráclito, Demócrito, Kierkegaard o Demóstenes, quizás solo fuera Leibniz), pero sin embargo puede ser igual de transparente que el agua o como el asfalto líquido de oscuro sin perder ni un ápice de sus características físicas, químicas o lo que más extraña, alquímicas (cortazariano sin pérdidas mujicalainezista, lampedusiano, conradista).
  • Toma forma de lo que lo ocupa como estos líquidos recios, pero, sin embargo a veces el recipiente toma forma que se le antoja al continente lo que rechaza y rivaliza con otras muchas vesanias o falacias más del común (flaubertiano, bierceano).
  • Tiene de gas o de vapor muchas cosas, a veces se calienta y no se vaporiza como un gas sino como un vapor y ocupa todo lo que puede.
  • Otras ocasiones se constriñe en rincones ignorados, tremendista, en este punto también es niebla o humo o viento venal y venial. Llena de sentimiento y sale.
  • Malo es cuando es gas o vapor burlón, sutil si se escapa a las gravedades y muy grave si se confunde consigo mismo en solo una fase (gibbsiana).
  • El gas se entrevera, a veces, con el dolor ya que vive incardinado en el cardio, vive cercano al corazón de las pesadumbres y toca con su ala de libélula estragando y somatizándose en instantes centésimos (es algo leviniano o puede que garciamarqueño, un poco de bryceano, otro poco de cortazariano y una pizca sutil de benedettiano).
  • El gas o el vapor tiene esa potencía de rebeldía en fugacidad constante o, también, en tenue y falsario compromiso de adoptar la forma que no quiere, en el primer caso es brechtiana, en el segundo es de escritorzuelo de premio de abarrote. En todo término es borgiano por la inoportunidad sorprendente de su movimiento.
  • Es fuego, una carne vaga, dulzona y adusta al tacto de los dientes: tolstoiano o puede que nabokovista, quizás trumbista, también es de aire en vacuidad elemental e incertidumbre de equilibrista, es tierra en la simplicidad real de su procedimiento y a veces es agua en la lubricante y lúbrica realidad fluyente, eterna e índica tarea de su regocijo y solaz como vislumbre columbre de una Aldonza Lorenzo otra.
Todo esto amasado en cuerpo de mujer, en trémula y vibrante espalda, caliente y tersa de conjunción y cercanía, también en derecha y sonora risa, algunas veces en desencuentro y realidad mansa. Todo es este estado físico del mundo de la poesía. Mundo cruel y bárbaro. Todo esto que relato es el cuerpo físico que yo quiero. Una institución con columnatas impertérritas donde me gusta columpiarme niño y en el que en su frontispicio leo las verdades libantes y melifluas de la vida, mientras vivo ya danzando, ya llorando, un esprit de corps en clave de ritmo y de caja de cambios (solo a veces). Este cuerpo hecho de esa veleidosa y astuta materia se comporta en modos caravaggianos y dulces utópicos de sadismo sin tino.
  • Un cuerpo que reta al tiempo, ese tiempo formado por infinitésimos tiempos, (rondando la imposibilidad pero nunca, wildiano, buscando la improbabilidad estadística o bayesiana: en resumen borgesiano). Ese cuerpo físico salta de los libros científicos, (algo houllebecquano) da si quitar, ni se combina ni se mantiene inerte e inerme como soltshenitsista. Es un corpúsculo físico que alimenta y se alimenta, se alza tremolando el horizonte de mi vista y se acaba en un instante. Ese cuerpo sencillo y complejísimo, azul y añil, siempre. Es el cuerpo lateral, huidizo y presente de la mujer que quiero.
El amor lee el Manifeste du Futurisme, en pro de una vida activa, peligrosa, nueva: " queremos exaltar el movimiento agresivo, el febril insomnio, el paso gimnástico, el salto peligroso, el bofetón y el desafío a las estrellas". Decía Marinettí en su sueño individual reflejado en la masa. Luego la masa sazonada con la razón brutal de la máquina la superól hasta llegar al último lugar raquídeo y asombrarnos y horrorizarnos por generaciones. El olor de las personas, el de la gente y el del genio daliniano - ibidem - se refleja en la roña o el fulgor de rutilo de la materia con forma muy dadivosa. Sade buscó el miedo, el placer, la herejía y el tañido del vendaval en tiempos de cambio, el amor recupera, a veces sin desviaciones, ese estallido bubónico. Otras veces se aposenta como mosca en día de verano tórrido.
Por eso dando un vaho beatífico, regalando una piedra herrumbrosa o invitando a un vino decimos, sin decir nada, pero contemplando este transcurrir apodíctico, pocas palabras y pocas definiciones: Te quiero.

(321) Silencio

bonhamled 22/11/2008 @ 21:51

Es solo silencio.

Pero no ese de muerte y bruma, soledad y falta de luz sino otro silencio.

Aquel que teje arabescos en el aire, como volutas de humo.

Aquel que se engrandece y amplia la mente.

Aquel que no es ruido, nunca puede ser cesar el ruido.

Es silencio.

Ese que crece y llena espacios, abre mentes permite pensar.

O amar, u odiar ensoberbecido en verde y amarillo.

Es ese silencio que no puede ser de piedra aunque este hecho de ella.

El silencio que está hecho del crujido suave de crujía del papel.

El silencio de la verdad que se erige como eterno farallón en la costa.

El silencio hermano de la soledad que nunca es luto y tomates en los calcetines.

El silencio es como terciopelo, suave y terso. El silencio sabe como sopa de verdura o como

Cacao caliente en día de frío. El silencio que aparece como un gran cubo blanco y flexible.

El silencio, amor de mayores y temor de necios y jóvenes.

El silencio: una vida consagrada al momento, porque en el silencio cada momento es vida.

(320) Reglas para ir a comer

bonhamled 18/11/2008 @ 18:55
  1. Elegir comedores para comer, los que no se quieren al menos tres veces al día no se quieren nunca y menos querrán al prójimo.
  2. Elegir comedores, no agujeros negros que degluten sin más. Quien renuncia al placer de la comida renuncia al arte de una columna, una cornucopia o un cuadro. Poco se puede sacar de tanta ganga.
  3. Júntese con personas llenas de hambre, de interés y de tiempo. Quienes solo entienden la comida como un intermedio pasan la vida en un intermedio: entre el hecho taumatúrgico del nacer y el metempsicótico del morir.
  4. Escójase la reunión entre amigos, otra cualquier manera no es comer sino des-descomer y eso en público es tan aburrido como escatológico.
  5. Elíjase nunca más de seis personas, es difícil hablar y pensar en politburó. Si se piensa en verdad no se tienen seis personas afines a la mano.
  6. Elijanse y sea elegido entre los que disfrutan por el arte, la filosofía, la literatura, el arte y las personas. El resto ingenieros de lo inútil hablan, respirar y comen lo fútil. No merecen la pena y dan gases.
  7. Pactar de inicio no hablar de controversias cercanas, de política de barricada y tortura, de religión alienante ni de dogmas. Es tan aburrido como verdura hervida sin aliñar y agua de red.
  8. Pensar que la digestión es un acto físico como el copular o el pensar: No arruinemos ese hecho a otro ni a nosotros mismos, nos debilita la salud y nos hace volátiles.
  9. Gustemos de conocer, de probar, de encontrar, de sorprendernos en un crujido, en un sabor agrío o amargo, en un calor o un frío inesperado, en una untuosidad amable. Encontraremos una vía de solución al mundo.
  10. Dejémonos aconsejar, perdamos tiempo en conocer, hablemos con bodegueros, camareros y habituales. En esos peripathos se encuentra la esencia inmanente de la vida.
  11. No se coma nunca de pie salvo que sea liturgia de tapeo. Si es de pie y quieto empobrece, y solo añade si es en movimiento, hábil, deambulante y transhumante.
  12. Mézclese personas, encuéntrese afinidades en la diferencia. Solo por ese ejercicio gimnástico sentado merece la pena. Los homólogos, símiles, clónicos se parecen tanto que en verdad parece que coma uno solo.
  13. Dese al vino si está por haber verdad. Dese a la risa si está por haber inteligencia. Dese al diálogo abierto si está por haber realidad. Dese al tiempo de mesa si está por ser algo memorable y dese al subjuntivo, al condicional y nada al imperativo para servir parla a los demás.
  14. Recuérdese las amantes, las picardías, los amigos, los préstamos no pagados, los plagios sin valor, los escarceos sin éxito, chistes, bromas, libros leídos, teatros vividos, todos ellos son especias que alegran la comida por si andara escasa de gusto.
  15. Procure pagarse a escote, sin huir, o déjese invitar apuntando para pagar la siguiente. Sea siempre generoso. Siembre semilla para repetirlo. Pero que nunca sea demasiado a menudo con los mismos amigos: se hace rutina.
  16. No se imponga "esto si" o "esto no". Dese a la liberalidad de otras personas, no se considere mucho los modales salvo los que afecten a la buena mesa. No se tome en cuenta lo que se dice en postres, algo más en segundos y tómese seriamente lo que se dicen en primeros y entrantes.
  17. Hable poquísimo de uno mismo y solo si es requerido. El hablar de uno mismo es como comer solo pan: alimenta pero no lleva a nada.
  18. Bríndese y gástese botellas por cualquier circunstancia, las oportunidades de juntarse no son muchas, las de brindar a la alegría menos. Quédese en lo artificial, ridículo o infantil del brindis y celebraciones sin porque antes que en ..."Nos dejamos tanto pendiente" trancendentales pero irrecuperables.
  19. Celébrese funerales, bodas, cambios, estancias, estaciones, cumpleaños, lecturas, cambios de gobiernos, divorcios, noviazgos, compras pequeñas, y en general todo lo que sea cambio de párrafo en la vida de cada uno.
  20. Gástese al menos un tiempo de entremés en analizar, pensar, rememorar o descubrir los vinos a tomar. Si se pierde esa batalla será el Borodino de la comida.
  21. Ni carantoñas, ni arrumacos, ni enfrentamientos, ni filias o fobias de canónica mortificación. Hay tiempos para eso, seamos respetuosos de los actos institucionales.
  22. No llegar, no avisar, desdeñar sin gusto, no cuidar al amigo y perderse sin más es un pecado más grande que atentar contra el primer mandamiento o traicionar a la patria en tiempo de guerra. La muerte siempre es poco.
  23. Dense soluciones simples, sencillas, y casi impensadas para los problemas más largos, más complejos y más antañones. Da vida a la conversación y, desengáñese, los que pensaban que es tonto ya lo sabían de antes.
  24. Aquellos que por no comer con tal o cual persona no comen sin duda no merecen comer en reunión. Probablemente no merecen ni siquiera comer porque albergan la pérfida y biliosa insidia de la enemistad.
  25. En la comida sonreír y jacular en exceso resulta tan indigesto como esas salsas terribles de química y procesos que son antesala del enterrador.
  26. Se puede levantar de la mesa para declamar, recitar, representar, indicar pero no para romper el ritmo: es como quebrar la maja desnuda en dos partes.
  27. Cómase solo si no se pueden cumplir las anteriores normas voluntarias de obligado cumplimiento.
  28. Dejar comer a los amigos primero, comparte y cede, da y regala, enseña y muestra, junta y amista. Seguramente al final serás más compartido, cedido, dado, regalado…
  29. Lo caliente caliente, lo frío, frío, lo templado, templado, y los principios categóricos mejor kantianos. Dese algo por definición para, después criticarlo, construirlo o deconstruirlo: la anarquía no tiene ni cocina ni sillas.
  30. La cena y el sueño cercano ha de aligerar todos los principios anteriores.
  31. El pan blando es innegociable, como la justicia, la libertad, la democracia y la amistad.
  32. El estómago no entiende de inmortalidad, ciñámonos a las mantequillas y el pan tierno.
  33. La buena comida siempre predispone al genero humano tanto para la empresa y la industria como para el perdón y la oportunidad.
  34. No vivamos para comer, es simple y torpe, vivamos para llegar a ese momento con amigos.
  35. Con amigos vista, olfato, gusto, tacto y oiío. Dejemos luego para la soledad la intuición intelectual para compartirla en convocatorias sucesivas en espiral riquísima.
  36. La fidelidad en el matrimonio es discutible, al cocinero reprobable, al lugar comprensible, a la persona indispensable y al buen gusto imprescindible.
  37. Comer para vivir, vivir para comer. Vivir como si fuera eterno, comer como si fuera condenado a muerte.
  38. El mucho casi nunca es bueno salvo en lectura, diálogo de amigos y bajada de impuestos. Más vale pocos que piden más que muchos que piden nunca más.
  39. Políticos, sacerdotes, inspectores de hacienda, Militares cerrados, escritores pagados, periodistas amigos de... no disponen nuestra vida. En la comida solo el mago cocinero se apodera de nuestra alma.
  40. Aburrir durante el primer plato es difícil, no se busque el logro olímpico.
  41. Buscar con quien antes que con qué. Sino seremos depredadores sin causa ni fin. Inmerecido e inmerecible.
  42. Conténtese con poco, libérese de mucho, vístase con respeto hacia si y los demás. La comida es un acto único repetido miles de veces.
  43. Rememórese las sinestesias de las reuniones, es la salsa en la que se cuece la carne o pescado algo pasado de la vida.
  44. Resérvese las sobremesas para otros temas. Pero no comprometa lo posterior, la vida, la siesta, los toros, los negocios, las enseñanzas, los paseos, las partidas. La comida pierde sentido si el epílogo es pobre.
  45. No perdamos el tiempo en manteles y alharacas, las necesarias. No perdamos el tiempo en oropel en la comida, las propias. No perdamos el tiempo en discusiones: ningunas.
  46. El apetito, el hambre, la necesidad, son primos discútanse con los ejemplos cercanos.
  47. "Mula vieja y mal comida no resiste la subida" dice el refrán. Puede no ser verdad pero es seguro que no es mentira. Valórese la comida también.
  48. Quien te engaña en la comida te asesinaría tras una esquina. No repetir oportunidad porque la siguiente el cuchillo tendrá más filo.
  49. No se recaliente comida, amistad ni discusión, las ascuas no devuelven el tiempo.
  50. Cultívese un poco el hambre, la curiosidad, la esperanza y la amistad sino la comida con amigos es solo un hecho administrativo.
  51. Háganse ayunos y luego quiébrense. Los pecados vienen en otra cuenta más importante.
  52. Indigestión y borrachera declaran mal tasar, poco criterio y pequeña amistad.
  53. De balde, los cubos, las ollas, los huecos y los cazos. Las personas mejor no.
  54. Comer sin hambre y ganar sin trabajar son pecados más de la piel hacia adentro que hacia fuera: se pagan.
  55. El mundo se perdió por comer lo que no se debía, hablar con quien no se tenía y hacer lo que no se podía. Cuidado que lo próximo es el infierno.
  56. Quien come, habla, piensa y cocina es un exponente de cinco mil años de filosofía. Quien piensa y habla solo de comer es la prueba de que el ser humano es también animal, pero un animal malintencionado.
  57. Malthus es posible que tuviera razón o no, pero no es el tiempo y, sobre todo, el lugar para solucionarlo.
  58. La comida quiebra el hambre, que es síntoma de injusticia, que es germen de guerra, que es inicio de muerte y destrucción, que es fracaso de hombres y consensos. Si le añadimos a la comida espíritu y habla vemos el poder que tiene.
  59. La comida es insignificante por repetida, la comida es magnánima por necesaria.
  60. No insultemos con la avaricia y la miseria al invitar. Abrimos nuestra alma, hacemos del lugar nuestra casa y convertimos la mesa ene el altar de nuestra misa.
  61. No se puede comer dos veces, no se puede digerir dos veces lo mismo, no se puede vivir el tiempo dos veces. ¿A alguien le queda duda de la importancia filosófica del momento?
  62. Hay que comer lo justo pero también es cierto que quien mucho come, buena digestión hace, quien puede hacerla es porque la conciencia no le acucia y esto solo les acaece a los terribles mentirosos o a las personas justas. Diferénciese ambas categorías.
  63. La comida cazada, la digestión ligera, el habla amable. Cinco mil años de civilización se ponen encima de la mesa en cada comida de amigos.

(Se agradecerán más consejos voluntarios de obligado cumplimiento).

(319) La torreta

bonhamled 16/11/2008 @ 09:46

Tocan en la puerta, retumbo de madera en la estancia vacía.

Tocan tres veces, en los pasillos rebotando contra lo no existente.

Esa pálida insistencia, esa tenue inminencia necesaria.

 

Una muerte aparece tras la puerta, el sueño del fin.

Una guadaña que no existe, una sonrisa que rutila.

Un instante y estas muerto pero empiezo a hablar.

 

Los golpes, los pasos de hueso, los andares rotos

Los días y las noches, las obligaciones y el pasto del tiempo:

Fuego, fuego, fuego.

 

Todo acaba con la torreta, estertor terrible de Ícaro.

(318) Un cuento austeriano

bonhamled 09/11/2008 @ 10:14

El escritor se sienta en su mesa, toma el lápiz, eterna daga, y un papel de una pila cercana. Puede que en realidad tome una pluma y un moleskine de notas o, a lo último, un ordenador de infinitos bytes.

Empieza a pensar, a fumar, a desesperarse ante el horror vacui del precipicio del papel blando y blanco. Comienza a pergeñar, a perpetrar un relato, un texto, una idea, una flecha.

“Se sentó en su butaca y esperó al comienzo de la función, Claire le miraba y él, algo ufano se maravillaba de ese lujo europeo del teatro.

La sensación de lo vivo que tiene el teatro llena su mente de limpia catarsis por un tiempo. Para huir de la limpia suciedad gris de lo cotidiano que se aja poco a poco de puro viejo.

De repente estruendo y ruido, golpes y carreras ¿Es la obra ya?. El teatro es tal fuente de sorpresas que no lo sabría. ¿Era un alboroto en el público por unas butacas o por un empujón? Su pensamientos volaban hacia su día a día aburridísimo y contrastante en ese lugar de ilusión

Peter mira a Claire y ambos miran delante y detrás con algo de asombro por el ruido el movimiento. Se reconocen un bastante de incomodidad. De repente el misterio se abre: ¡Es parte del show!. Dos bailarines actores caen del techo abovedado y repleto de frescos. Se posan en la platea, como mariposas pesadas y peludas y con saltos gráciles, trampantojos que muestran los recios arneses, llegan al escenario que, en ese momento, se ha abierto y mostrado una pantalla de cine

Los actores ataviados como si fueran moscas peroran lentos e impostando la voz, dicen y cuentan como en cuentos de rollo las maravillas que van a ver, la moral que aprenderán y el como y el cuando de la verdad cuando aflora. Recordando esos cuentos de ciego, esas viejas historias que, sin duda, en fondo o forma se proponen traicionar. O quizás no, ahí el arte, el pensamiento y el misterio.

Se va el ruido, los últimos ya se han sentado y las luces se vuelven mortecinas. La pantalla empieza a parpadear”.

En la pantalla un tren avanza a toda velocidad desde muy, muy lejos y con una imagen artificialmente envejecida se observa como otro tren a toda velocidad y en sentido contrario parece aproximarse para chocar. Puede que queden unos segundos, unos minutos, unas horas para el terrible desenlace. Puede que todo sea una mentira.

En la primera clase del tren, una especie de Orient Express del medio oeste norteamericano dos señoritas mayores comienzan su desayuno, mantequilla, mermelada y café. Junto a ellas y apenas movido por el imperceptible vaivén dulzón del vagón Pullman un señor de casaca se atusa el bigote y las saluda.

En la otra hilera del tren, la derecha en el avance del tren, una señora y un niño vestidos decentemente pero denotando una pobreza mayor a la que correspondería a esa primera clase apuran el desayuno. Probablemente el hambre es atrasada, quizás las situaciones y vicisitudes de los días anteriores no les permitieron comer, ni casi dormir, quizás una huida, puede que una búsqueda, pudiera ser una persecución.

El niño de pelo pajizo se acurruca junto a la madre y casi inmediatamente dormita moviéndose imperceptiblemente con el latido lento de la respiración de ésta y el ir y venir inútil del tren.

El tren suspira en un pitido mientras el traquetreo se hace más intenso durante un segundo, se ha cruzado con otro tren. En ese instante alguien ha saltado al techo del vagón y de manera subrepticia se arrastra hasta la puerta de atrás.

El tren se dirige hacia su destino, el otro tren, negro, reluciente, atrabiliario, vengador se encontrará con el tren que nos ocupa; quizás tras la próxima curva, una vez pasado el próximo puente, puede que cuando se atraviese aquella arboleda, o quizás nunca y solo espere que el asesino cumpla su trabajo mercenario.

El pistolero, el asesino, avanza por el techo del tren con esa ropa que no le haría desentonar en el ambiente de la primera clase. Baja con cuidado y con decisión a la plataforma final del tren y se dispone a entrar. El hombre con su bigote y su casaca mira descuidadamente la puerta donde dentro de breves instantes podría entrar su némesis.

La música que ameniza el desayuno, acordeón, banjo y guitarra musita una vieja canción de los apalaches. El tiempo se detiene sostenido en sus notas suaves y relajantes.

“Cuando Jimmy John McGregor cruzó las montañas Adirondack un rayo cruzó el aire. Una nube se llevó el polvo de su tristeza, Los ríos de Kentucky le recordaban su Escocia natal. Un rumor de nostalgia se cruzó en su frente. Su vida había cambiado tanto desde que comenzó la guerra en los highlands”...

La novelita del oeste era un entretenimiento vano pero que arrastraba desde los años del servicio militar a mediados de los setenta. Abel Cirausta, delegado de ventas en la zona, se procuraba una pequeña novelita en la que vivir y recordar aquellos tiempos quizás mejores, siempre lejanos, siempre del oeste. Con sus tiroteos y su ganado, con las enormes extensiones y las pequeñas mezquindades, alejado de su día a día, con sus mentiras y su pedidos urgentes, con las estrecheces de la vida y las mezquindades del tratar con otros.

Cirausta miraba el reloj porque no habían anunciado aún la puerta de embarque para Nueva York a pesar de estar esperando esperando más de hora y media. En su aburrimiento entretenido volvió a su novelita. Siempre empleaba un relajante muscular para viajes largos, esperaba su efecto. Volvía a oír hablar a John McGregor y la búsqueda de su mujer Sally y su hijo Ian en el corazón terrible y eterno de Norteamérica. También del terrible sortilegio que había unido a un asesino y un tren a punto de chocar.

La molesta música dulzona y pegadiza del aeropuerto se mezclaba con las últimas llamadas para tal o cual destino, o, para tal o cual personero que se retrasaba. Eran llamadas que nunca eran para él. Se quedó pensando en esa frase “llamadas que nunca eran para él”. SU vida había estado llenas de llamadas que no eran para él que tuvo que responder perdiendo las que probablemente hubieran llenado su vida pero en este pensamiento negro de tizón volvió, acostumbrado a educarse, a la novela de papel amarillento. Continúo leyendo pero al cabo de pocos minutos volvió a pensarse.

Pensaba en su tiempo, en aquellos años lejanos de novelas del oeste y guardias intempestivas de madrugada. Pensó en el hoy, perdiendo el pelo, con arrugas más que evidentes, de una cincuentena ya avanzada. Quizás sus amplias llanuras no aparecerían nunca, ni su libertad con el viento en la cara. Solo tenía calores impares, el calor de un aeropuerto, paseos falaces, camino de una estación siempre mejor, recuerdos, proviniendo de un pasado siempre menos macilento que el presente. Todo ello y a pesar del tic tac del reloj y las novelitas amarillas era una lección que le reconvenía a cada instante, siempre posponiendo lo inevitable, lo necesario, lo querido.

Dejó el “western”, descuidadamente. Se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta que tiene depositada en el asiento contiguo, y volvió con interés profesional a la sección de economía del periódico. Nuevos ding-dong en los altavoces y nuevas llamadas a los señores García Cuadrado, Lopez Beistegui, Hamilton y Poor. Terribles retradasados procrastinadores en una vida a la que todos llegaban o bien tarde o bien demasiado pronto. El no sabía donde ubicarse.

El periódico saltó, quien sabe porqué, a la sección y literatura y, también, de manera involuntaria comenzó Cirausta a leer un artículo sobre nuevos escritores, nuevas escrituras y nuevos estilos. El autor de artículo, un llamado Adinrondack, recurría a los caminos más frecuentados para hablar de Internet, la literatura y la multipolaridad del hecho creador. Todo ello aderezado con un poco de pedancia “especialista”.

Cansado de lugares comunes Cirausta posa sus ojos en otro artículo. Se queda prendado, o quizás cautivo, de la “catchy phrase” que inicia el siguiente artículo. Casi es una didascalia de la vida..

“La televisión dejó de vomitar su vociferante producto de ruido y ventas y empezó a mostrar un granulado. ¡Como si hubiera perdido la conexión!. Detrás, al estilo Murakami, la niebla electrónica comenzaba a tomar forma, a decir algo, a querer personarse.”...( en tipo menor) Continúa en página 48.

Cirausta toma el periódico y con la curiosidad que le queda tras tres hijos fracasados y dos matrimonios fallidos corre lentamente a esa página. Por desgracia el artículo prosigue en otra exposición más o menos sesuda de un especialista más o menos conocido sobre el libro. Toma nota mental del nombre del autor y del libro y pierde la bujía de ese mínimo interés en la ensalada sin sabor de lo que ocurre a su alrededor: “Murakami, After Dark”. Levanta la vista hacia su panel.

En ese momento cruza una ejecutiva rubia, joven, despampanante pero acompañada. Los sueños de Cirausta se pierden entre el andar decidido de la mujer con mando, el retraso de su avión y el aburrimiento entretenido del “living room” gigante del aeropuerto de Barcelona. Su vida es el atrezzo terrible de esa obra de teatro bufa: verdadera catársis en primera persona del mundo y sus condignos, eterno espectador de la vida de otro, protagonista perpetuo de una obra donde nunca pasa nada.

El delegado de ventas avista a lo lejos una tienda dutyfree y se dirige a ella: por dar un paseo, por sacudirse la modorra del medicamento relajante. Quizás allí encuentre el libro. Sin darse cuenta, la novelita del oeste cae de su bolsillo interior al tomar la chaqueta oscura. El tiempo pasa muy lentamente hasta que cae. El suelo la para también que un chisporroteo de altavoz esconde y opaca en leve flop del caer.

Sus pies se alejan de las penurias de lo MacGregor y desconocerán y olvidarán para siempre las peripecias de John McGregor huido de la justicia de Aberdeen y sus mujer e hijo que acudían, años después, a embarcarse de nuevo a Nueva York para volver a su bendita Escocia. Tampoco sabrán la noticia del asesinato de Coronel Hamilton ni del estrambótico suceso de las dos mujeres muertas durante el descarillamiento que evito el choque.

Cirausta pierde algo el tiempo ojeando el libro mientras la joven ejecutiva se mira las uñas, manicuradas, perfectas, y se atusa un mechón rebelde que, para cualquier otro solo sería una leve diferencia con la armonía de su universo estético. Joven, con decisión, de buena familia: rica. Su futuro gris se escribe o bien en la honorable sociedad a la que pertenece, criando a nuevos miembros de belleza patricia y dinero circulante o, también, renunciando a esa vida predestinada a cambio de su trabajo, sus convicciones, el amor. Sus treinta años todavía permiten unos años, unos meses, unos días para pensarlo. El futuro se levanta, como el primer amanecer, de un blanco y negro sorprendente para una persona de su capacidad, familia y dinero. Sin embargo no acaba de diferenciarse de la vida de Cirausta, camino cansado hacia algún lugar, libro más que mediado, coda de la primera parte del final de la segunda coda.

Leslie bonham revisa proactiva su Blackberry y contesta a un email. Se acerca, junto con su acompañante, quizás podría ser un compañero de trabajo, sin duda un subordinado, pudiera ser algo más. Sonríen y acuden a la cafetería a tomar el último café de la mañana o, quizás, el primero de la tarde.

La televisión vomita las últimas noticias, deja patente los movimientos certeros pero errabundos del zeitgeist, bombardea con muertes y horrores, con propagandas y artículos, con recuerdos del día de mañana que, probablemente, nunca serán.

Una musiquilla late en su corazón.

Su aspecto de ejecutiva reaganiana esconde ese sentir que a veces se asocia al corazón y otras a las vísceras, quizás es un sentír “colónico”, o “apendical”, duele, da problemas y poca utilidad.

El corazón, visceras, apéndice, o color de Leslie Bonham late tras su excelente traje de chaqueta de color beige cortado por un buen sastre y su ropa interior austera pero picante. La músiquilla alegre y reverberante en las amplias salas del aeropuerto le recuerda unos años atrás en la costa de Cerdeña en un verano angosto, como todos lo son, pero agradable. Quizás donde su sonrisa y su mirada estaba menos contaminada de balances, de números de egoismos, de tiempo y de prisas.

Su compañero, algo avergonzado, se disculpa para ir al aseo y ella, despreocupada y recordando aquel verano de amor e ilusiones vuelve a él. La vespa alquilada, la amiga que aprendía italiano, la costa y el calor. Las sonrisas y las esperas, los italianos y Franco. Franco con su pelo ensortijado y su nadar fluido y cercano. Franco como Ítaca calurosa, el final como un retorno al seco desierto del húmedo invierno de Nueva York.

Vuelva a sonar el zumbido molesto de los altavoces, ahora se anuncia el destino a Nueva York por la puerta H34. Otro zumbido casi al instante llama a John, Sally y Ian McGregor para que embarquen con destino a Miami. Alguien piensa y sobrevuela el aeropuerto imaginando llanuras.

La televisión, eterno pregonero de desgracias, muestra un producto. Leslie Bonham ignora cual y la música le recuerda aquel pasado, apenas hace tres años, cuando todo era mucho mejor y cuando el mundo tenía un algo de esa neblina que en el futuro y con juventud se llama ilusión.

La rubia ejecutiva se miró de nuevo la cuidada manicura y descuidadamente en el espejo involuntario de los paneles de separación entre la cafetería y el resto de aeropuerto se vió joven, deseada, deseable, perdida, sola y quieta.

La sección cultural del noticiario refleja, con unas imágenes rápidas, el estreno de la obra “Necronomía de una crisis”, voluntarioso y catártico ejercicio de teatro de vanguardia por parte de conocido dramaturgo, escritor, cantante y performer Peter Claire. Unos actores ataviados con antigüas ropas declaman y gritan consignas contra la crisis mientras una musiquilla conocida, ¿Haydn?, entona los interiores arañados por el mercado especulador.

La señorita Bonham vuelva a su pensamiento mientras, otra vez, su figura difusa se refleja muy sutilmente en el falso mármol del suelo. Toma una tableta de un pastillero que saca de su bolso, caro, pequeño, cuidado. Se la introduce en la boca y espera que su altiva desnudez de fuera desdiga su desgarro personal interno. Suena una música a lo lejos: es el blues de la rica heredera, el rasgueo ding, ling de un blues a lo Robert Johnson, el humo y el sabor salado de la depresión, la tristeza y la falta de brújula. En el aeropuerto sigue sonando la mísma música lounge de siempre: era solo la música que oía Leslie Bonham en cada instante de su atareada vida.

La televisión dispara una entrevista, pretenciosa y algo preparada, a un escritor en su casa. No se oye, no se entiende o simplemente no se conoce al escritor. Frente a una atestada biblioteca, y como si fuera un documental de naturaleza donde los animales en el fondo se pelean, aparecen, o se adivinan, los títulos de Faulkner, Borges, Houllebecq, Levi aparecen queriendo dar un poco de prestancia y proteina a las estupideces del escritor en la venta de su último tomo. Un ejercicio de humildad episódica que era irrenunciable pero, también, al que algunos se entregaban con rutilante pasión.

El escritor habla sobre la dificultad del proceso creativo, hasta cierto punto pontifica pero dejándose fuera, por prurito o por indecencia, de esa “dificultad de otros” por el escribir. Suena tan coherente en ese medio que casi parecería una pequeña poesía de la gran epopeya de la rima del anciano tomador de aviones. Cirausta, que no lo oye, y Bonham, que no lo escucha apuntaría cada frase de egoísmo, ternura, angustia y temor que se lee entre las lineas del escritor.

Dos señoras ya maduras pero, no se pregunte porque, evidentemente solteras toman un café.

Termina el reportaje con el simulacro o componenda de comienzo de escribir del escritor. El mismo escritor, dícese Jonás Cerpa Clavería, se sienta en su mesa, toma el lápiz.. Empieza a escribir con soltura y con idea, apunta alguna palabra en un borrador anexo, de color azul, y sonríe sutilmente. Su ego vuela como el genio de la lámpara y se posa en aquellas novelitas agradables y kantianas de vaqueros como mariposas de alas de plomo.

(317) Dejo de escribir

bonhamled 07/11/2008 @ 21:30

Dejo el escribir para quienes saben. Los profesionales, los mentecatos que deciden su criterio en reuniones y en gráficos de ventas.

Dejo el escribir, por segunda vez, a quienes no cometen faltas, los que riman de puta madre, los que deciden en moleskines perfectas los raudos caminos de su arte mientras ojean una carta de vinos en francés.

Dejo de escribir, como Pedro, a todos aquellos que saben que han leído más, que han viajado más, yo viajo desde el teclado, a quienes han conocido y han sido.

Dejándoles esos alamares y bocamangas para su beneficio me quedo con letras pequeñas, escritos menores, gritos minúsculos, rascadas de cabezas, de huevos y lecturas, cazadas a lazo, oídas o robadas allí. Me voy haciendo hombre y buscando la verdad que hiere y que enerva.