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Archivo: Enero 2009

(338) El ciclón desde el espacio

bonhamled 31/01/2009 @ 20:51

El mayor Tom ve desde el espacio una bola quieta y silenciosa, casi inmóvil. Ve algún río grande, unas montañas marrones identificadas con sus ojos expertos, muchos bosques y algún fenómeno meteorológico. Ve en el golfo un ciclón dispuesto a atacar. Y todo esto en la quietud más extrema, en la tranquilidad más eterna, en la trascendencia más cercana.

(337) Töpfle & Söhne: !ciencia al servicio del hombre?

bonhamled 28/01/2009 @ 19:32
- Un sistema de cremación ambulante que permite incluso el tratamiento de grandes contingentes de residuos animales sin añadir combustible adicional.
- Sonreía, con cara dulce, por debajo de sus avinagrados ojos verdosos y su nariz aguileña - Es una solución técnica muy aceptable para el problema que se nos presenta - Continuó Heintahl.
- Pero ¿Donde se utilizará?- preguntó Steiner con su libreta de cálculo en la mano y superando su papel de científico desarrollador de la empresa Töpfle y Söhne.
Steiner estaba punto de coger su terno negro y su sombrero para marcharse.
- Creo que su empleo inicial será en una empresa de tratamiento de carne la zona de Bikernau y, luego, en el caso de que sea viable, en otros muchos.-
Heintahl dirigía sus ojos a la ventana, no queriendo mirar a Steiner, porque puede que no quisiera que sus ojos de charca dejaran ver algo de lo que ya sabía, otros suponían, era un rumor sordo.
Steiner miró, en silencio, y después, también, al atardecer a través del cielo cuadriculado de la ventana; volviendo a sus ecuaciones y sus planos para poder pensar durante unos instantes abandonando su deseo de irse a casa.
La ciencia y la técnica buscaba una forma de solucionar un problema. En ese momento en otro lugar una niña de nombre Anna moría y con ella más de siete siglos de filosofía.

(336) Andando por la Granvía

bonhamled 26/01/2009 @ 06:53

Asfaltos de mil caminos, macadams de veredas intransitadas y de órdagos de Gran Vía llenan mis sueños de turbiedad.

Vivo sin rima como el chirrido del metro o el frenazo brusco previo a una tragedia que no es.

Es el tributo honorífico a un algo que no es ni ha sido: la vida recortada entre edificios, entre cientos de personas y en recoletos lugares de privacidad cada día menor, como si fuera un teatro bufo, como si todo pudiera posponerse hasta un nunca.

Me giro y saludo, sonrío Wallace, aunque es todo mentira, es teatro porque hay proscenio, porque hay público girando como abeja y, al tiempo, zahiriéndome con pequeñas agujas, con tremendos alfileres infinitesimales, atacando la humanidad grande que me recubre con lo brusco, lo robado, lo indiferente. Sigo andando, ya no es igual.

(335) Nace un día

bonhamled 23/01/2009 @ 19:13

La luz que llena todo en la noche, que satura cada camino, cada mirada, cada movimiento como una realidad de cultivo de marihuana, madura y se hace grande en el cielo.

La luz que se mezcla, como trenza, con el sueño, con el ruido intempestivo, con lo extemporáneo del momento, llena del vaivén dulzón del cansancio la última hora de la velada, la primera hora del resto de la vida, el desarrollo de la muerte en directo, el fin de una vida que no era.

La luz amarga la vista e impide ver el renacer rojizo y prontuario de la verdad, allana, abarca, asola y ampara una nueva realidad, un nuevo tiempo que tras un  momento de lucidez pirotécnica decae. Columpio de realidad en la madrugada, exceso de luz en un mundo escaso de claridad.

Un día, un día, nace un día.

(334) El caerse

bonhamled 16/01/2009 @ 07:43

El aire que lanzado recorría la calle arrebatando capas y sombreros le tocó con levedad malvada en el hombro. El miraba la calle con su cartera de cuero en la mano, distraído a la salida del trabajo. Y tropezó de una manera clara, sin rivalidad alguna ni inconveniente, y se precipitó.

Perdió la verticalidad ganada en la infancia hacia un abismo de velocidad y suelo. Rehizo el escorzo en la postura a fuerza de musculatura dorsal mientras las manos, defensoras e involuntarias, buscaban en su daño la previsión del golpe al resto del cuerpo; la cartera avanzó y se desbarató en un charco a un par de metros mientras el sonido del sopapo se perdía en las vetas de la acera y en el azogue muerto del asfalto.

Recuperaba la línea recta en el suelo y depositaba su cuerpo en el horizonte cercano como un fardo antiguo, de algodón o un saco de patatas, huesudo y blando. Tropezó y cayó, se precipitó desde la altura de su arrogancia o de su posición física hasta el suelo de la razón o de la calle: Eso fue lo que ocurrió en pocas palabras. El agua sudorosa y gris del suelo se mezclo con su rodilla, erosionada, y sus manos sucias, ahora más.

Se levantó y miró circunspecto, recordó por un instante que era mortal que había sido héroe antes aúnn, siguió andando limpiándose y olvidando recordar a quienes le habían observado caer desde su Olimpo del anonimato hasta el suelo como Ícaro o Prometeo y que solo vieron un Dédalo cobarde o un huido de aquellas Termópilas legendarias. Reconoció su posición y su figura en esa situación risoria y un rictus de sonrisa, como un brillo, apareció por su semblante, velado rápido por una sombra de tiempo. Era falso, era la risa de la circunstancia que sería vista por otros; queriendo ser de los otros en vez de ser él en ese episodio, así conjuraba andando, peripathos, ese escándalo social.

Se levantó del suelo, miró al cielo y recobró algo de la serenidad malhadada, en el fondo de su alma anidó, en ese momento, un aleteo de incertidumbre, que le acompañaría hasta su cercana muerte. Pudo ser un aviso bromista o una coincidencia malévola, lo supo poco tiempo después. Sus manos estaban manchadas de esa grasa acuosa que es el barro, sueño y eco del tiempo en el tiempo presente y por tanto huidizo y grisaceo en su suciedad. Repasó en esos primeros pasos todavía sucios una vida y le acometío un empuje brutal como de gravedad contenida: ¿estaría perdiendo su vida?, se conformó al ver los legajos y rollos de su cartera abollada y sucia y volvió a la realidad huyendo del guiño que el destino le había dedicado, el viento burlón y fauno seguiría aplaudiendo abandonos y ayudando a las caidas

(333) Escritura por bulerías

bonhamled 11/01/2009 @ 08:27

Construyo aquellas frases que casan al tresbolillo o dejando caminitos, riachuelos por donde escaparse.

Escribo y el tic tac o el fru fru del bolígrafo con la escritura marchita me deja un toque sutil pero grave de bulerías. Poco festeras.

El metrónomo de la lectura y del ritmo me devuelve campos sin horizonte o lluvias miopes, otras veces un sol de sencillez y variedad.

El amor, la muerte, la ira, el tiempo de todo hablo de mi fuera de mi, de todo quiero abarcar como redil o majada un no se que interior que me da y me connota. No siempre lo consigo, casi nunca en verdad.

Escribo y me vacío, tan, tan, tan, tarantantán canta la bulería de sangre, mientras el papel se llena de pequeñas mentiras, tremendos fraudes, espejismos que se desvaneces y, a veces, pequeñas facturas de alfarero aojadas en el correr del tiempo y el girar del viento. Con eso poco me vale.

(332) Estoy en casa

bonhamled 09/01/2009 @ 20:33

Sinestesias conculadas, pequeñas amistades en el iracundo y granatado del día.

Pensamientos y sensaciones orgánicas, hormonales, vitamínicas.

Llego a casa y suena un dulce sonido de madera y aire.

Llego a casa y se oye una sinfonía de ruidos domésticos y queridos.

Llego a casa y escucho en mi interior una sinfonía de alfarero modelando.

Llego a casa y llego a casa.

Ayes y correteos, sonrisas y pequeñas conversaciones, un mundo caliente y objetivo como aquella magdalena.

Llego a casa y el mundo se desarma, se desparrama en sus superestructuras quedando el sencillo vivir y el sentir: es una brújula.

Pecusionado hasta el límite, escucho, en mi interior "Always with me, always with you" de Joey Satriani: Estoy en casa.

(331) Pelea en la gallera

bonhamled 06/01/2009 @ 15:27

Se cruzan las últimas, penúltimas, apuestas, las últimas miradas al ojo del gallo, al espolón herrumbroso aguardando la pata con el amarillo del palenque como fondo. En la gris arena el rojo de la sangre pasada de otros gallos, poca, valiosísima, no muy lejos algunos gallos muertos, algunos hombres a punto de morir, otros gallos y hombres destinados a la muerte. Telas, vendas y alcoholes en un armarito junto a la plaza de gallos.

El gallo rojo nervioso de pastilla se mueve y amenaza con salir volando, el gallo negro tranquilo se sabe destinado como un Espartaco. La arena está manchada de tiempos, agujeros de pelea, algún trozo macabro: parece que allí hay un ojo. Fuera de ese círculo trascendente aparece el ruido, la tela de gallinero, los saltos, los bancos de madera, la premura de la redada,. Los hombres, las mujeres, las bestias y los gallos se revuelven  y parecen danzar al son de las apuestas dinero en mano, los alborozos asesinos, los niños que corren y buscan, las entradas y salidas, el olor de hombre y mujer.

El humo de tabaco amenaza la tenue bombilla que da luz a ese chamizo con tejado de calamina, abierto a ambos lados como si fuera porquera reconstituida o, quizás, para dar idea de huida fácil e interinidad clandestina de la gallera.

Pedro “el ojos”, el mulato, Maravedís “El hijo”, La cotorra, Juan muchacho, "Llegón" y otros muchos galleros se juegan el oro perdiendo hacienda, ganando cielos en la muerte de los animales, en el rubio brillo de un espolón, en la acaecedora sensación de victoria en un gesto,. Las músicas suenan en el arrebatar de trompetas y de clarines de torería de un gallo caribeño o montuno. Todos ellos, gallos, putas y galleros, conjuraban su mala suerte de lunes a sábado con estas peleas de gallo, de ron, muerte y vida. De tiempo, ron y muerte. De muerte, vida y desesperación.

El sudor cae, y los billetes se mueven, algunos entran y otros salen, algunos señoritos pierden capitales mientras mercachifles y engañadores “aconsejan” a algunos de ellos. "Ahora perderán más de mil", "luego perderán más de cuatrocientos". La ultima apuesta intenta agarrar la suerte como a cola de una cometa al vuelo, imposible, inasible, inaccesible, inmarcesible. Todo ello en el lugar gallinero de ilusiones negras y dineros perdidos bajo una bombilla de escasa potencia y el atardecer pintando rojos boteros.

Las mujeres, alquiladas, y parte de la gallera esperan la conclusión para desplumar alegres, para llenar los vasos con ron de calidad decreciente en la noche, con sueños de riqueza, prosperidad y deseo que no dejan de estar construidos de calamina y camino lleno de barro. La músicas suenan sin parar, el merengue, la salsa, la cumbia valsera ,que alegran y entristecen, llenando de melancolía tibia como la noche.el escaso tapiz luminoso que se escapa de la calamina En el fondo un rumiar "jingo" enlentece la sensación de sentencia cumplida con un demonio, por encima del verde, más allá del camino. Esta otra música solo se escucha callando mucho y en el fondo de las cabezas.

La pelea está a punto de principiar, si canta el gallo rojo, otro gallo cantará, si canta el gallo negro nada bueno se avecina. Ambos gallos gallan, ambos gallos gallean, ambos gallos se miran a los ojos, indecisos, determinados, ignorantes de la muerte atada en forma de cuchilla a sus espolones. Los espolones oxidados y  mil veces afilados con ternura asesina, reflejan un mundo abovedado, y de ojo de pez, de lo que le rodea, ánimos etílicos, ojos februlentos de avaricia, desesperaciones revolver en cinto, un mar de demonio verde apenas a unos metros de la gallera clandestina.

En el fondo, a lo lejos, casi fuera del tejado que todo lo cubre, se encuentra Ramón Monduela “El asturiano”, nacido aquí pero asturiano, con el habla destinosa, escarpada y arriesgada de la montaña, con el ánimo y el temple sin miedo, con más baleos y cuchilladas que res en fiesta. “

El asturiano” vigila con su único ojo, quizás el otro acabó también en la arena sucia de la gallera, el sutil arpegio de las voces antes de la pelea, las risotadas, los gritos, los tintineos de campanilla de los vasos, las inteligencias entre pícaros, la desesperación de pobres hombres o de ricos sin cabeza ante el dinero marchante. Mira y observa, una mano a la espalda, quizás guarda un cuchillo, otra escondida tras su camisa abierta que deja ver un tatuaje enorme en el pecho, el Santo Cristo de la montaña. Tras la camisa, y encima del Salvador , y escondida, una pistola negra, como la noche que se aviene amiga, para evitar otros males, probablemente tan escritos como el fin de la pelea gallera.

Junto al asturiano dos o tres cochinos de muladas esperando la orden del amo y, más allá, arribadas sin ancla en meses, el resto de las mujeres de la gallera acodadas en la triste barra de bar, otras en mesas conversando con suertones o cenizos, más allá aún unos cuartos tapados con cortinas sucias. Galleras y gallerías, lugares de ron, mujeres y suerte. Suerte, ron y mujeres, Mujeres, muerte y amor.

Los ayudantes, científicos y pulcros, sacan a los gallos de las jaulas de madera: aturdidos, encendidos. Se les enfrenta: se miran con irracionalidad de gallo y, mientras, se les atan los arcos de acero a sus espolones. El palenque silencioso por un instante cruza, casi en inteligencias, las últimas apuestas, promesas de riqueza, roturas de hogares, cruce de destinos, consabidas traiciones y conocidas alianzas de piel turbia y blanco de los ojos en el gris manchado de rojo del ron en la arena del combate. El juego de muerte y juego comienza.

Son los gallos, el gallo rojo y el gallo negro, en la arena. Un manantial de danzas y de cacareo tenue, de aspaviento de pavoneo y de amenaza sin fin se divisa. De repente, se encrespa jingo, el salto y el movimiento, la herida y el revolverse, el gallo que grita y el que canta, las plumas rojas y  negras flotando hasta el suelo, la gota de sangre que salta hasta un espectador avisado, un poco más de baile y el caerse uno de ellos, herido, el rojo o el negro.

El cacareo y la tranquilidad, las lesiones, las muertes, el gallo derrotado que muere con el pescuezo retorcido, suprema misericordia amarga, el vencedor casi indemne. El dinero que cambia de manos, los "ays" sufridos y suspirados y las sonrisas terceras.

Un mundo en la gallera. De repente el paroxismo de  jingo desaparece, solo sonaba en las cabezas, y sigue el dulzón valseo de los pasillos  del altoparlante ahora atemperado con otra armonia que comienza, también en la cabeza general de los que allí estan: el Danubio azul. Una música de entretiempos como de caja de música.

En diez minutos otra pelea, otro teatro, otra muerte en el escenario, otras gotas de sangre y otro pico, otra cresta y otra arrogancia gallera. Otros minutos que se roba a la policía, ya se le pagó, o a la vida y al tiempo., otro brillo que se le extrae al cuchillo oculto y preparado. Otros galleros que llegan, otros que se marchan. El fraseo del vals de Strauss que se mezcla con algunos rugidos de pelea, de desesperación, de nueva apuesta, tranquilidad tensa, de mujeres que vienen y van. De nuevo se enciende la mecha de la gallera, se calla Strauss, y vuelve el golpeo de tambor de jingo.

El asturiano toma un traguito corto de ron y fuma de su cigarro, rápido sus manos vuelven a su sitio: la pistola y el cuchillo. El humo se pierde hacia la selva.

(330) Guerra

bonhamled 04/01/2009 @ 21:17

La guerra es una concatenación de malas suertes.

Con una, dos o tres se arruina la vida de una persona, un próspero profesional acaba siendo un yonqui en el arroyo, una casi imperfectible carrera acaba siendo un arrastrarse, un perder amistades, un negar la cabeza, un muera o mate más temprano que tarde.

La guerra son diez, cincuenta, cien malas suertes anidadas en ilación graciosa y macabra.

Pueden ser, por ejemplo, el estar en un sitio adecuado, no tomar conciencia del momento y servir de blanco para alguien o, quizás, estar en el punto de mira, ser el mejor objetivo periodístico y volver la cabeza. También es ir a por el pan en un lugar que no se debería, quizás vivir donde no era buena idea, creer en un líder tóxico o no tener posibilidad de huir o mil cosas más.

La suerte, esa que casi siempre viene casada con la palabra “mala”, se comporta así, busca un lugar donde anidar, donde se da el calor de los cuerpos que lo pierden y la humedad de la sangre derramada. Allí vive pequeña, esquinosa, dejándose caer sobre tal o cual persona, buscando el desastre para, salvar a alguien de manera sorprendente, cebándose en algunos para demostrar lo fútil de la vida, llenando de agua envenenada los aljibes cuando más sed hay, negando la comida cuando más hambre hay.Es esa la suerte que es pura herrumbre y subalterna opacidad, o se manifiesta fin función ni dueño en un acto inútil como no se presenta en una ocasión obvia. Esta aparente neutralidad, al fin y al cabo, crea una cadena de dolores que engarza lo peor, con lo más malo, con lo pésimo para dar lugar a esa mala suerte, ese lugar común del dolor, el escombro y el llanto seco: le llamamos guerra.

La guerra es un cúmulo de malas suertes, es una mano donde la primera mano es la muerte, la segunda, el hambre, la tercera el dolor, la cuarta la ignoración y la quinta es una nueva mano tras una esquina, en un mercado, en un paseo, en una huida. Todo suerte, todo azar, todo fortuna, todo nefas.

No valen augures ni conjuros, ni brujería ni suertes, La guerra es tan sinfonía de azares y casualidades adversas, aversísimas, que la muerte deviene con realidad estadística: 80%, 90%, 98%.

(329) Crimen en Malpaís de Almadormida

bonhamled 01/01/2009 @ 15:16

Los periódicos llenaron columnas y referentes sobre el crimen de Aparicio, en la comarca castellana de Almadormida.

Aquellos jóvenes muertos, aquellos tufos insufribles y el olor a polilla quemada dieron que pensar a muchos en los comienzos de aquella dictadura, que no fue sino el preludio de otra que llegaría no mucho tiempo después.

Aún así y a pesar de lo escrito daba miedo hablar y nunca se dijo del veneno, del sueño del tren o de la visceralidad puesta a la luz de la cuchillada. Las hemerotecas así lo ocultan. Los muertos, jóvenes, bellos amantes del tiempo futuro se quedaron varados sonrientes de calavera y sorprendidos de vidrio en los ojos en aquel pasado. El abyecto Goush, aquel que llevó algún que otro descubrimiento y mucho dolor a la tierra de Aparicio, rebautizada como Malpaís de Almadormida, se quedó también allí, al menos hasta que muchos años después alguien rebuscaría en las tumbas sus polvos más miserables.

Los guardias de asalto se llevaron los cobardes cadáveres, las familias huyeron del pueblo ante el primer ímprobo suspiro del viento Rido. Las lágrimas quedaron; dejaron laguitos secos en las esquinas no barridas, en los recoletos lugares, donde las cruces desbarataban torbellinos simiescos y diabólicos, en las montoneras caballonas donde después el olvido y el tiempo, ambos voluntariosos, habrían de hacer crecer la mala hierba para aviso de transeúntes y consejos para todos . Era el intento de un verde borrón en el palimpsesto ya borrado de la historia.

El resto, nadie puede decir que lo vio, nadie que viva ahora,  quedó en noticia terrible de periódicos que hablaban de Aparicio como del África o de una parada remota del tren Transiberiano. Luego de los años aparecerían simuladores terribles, ladrones de huesos, y algún loco sin más apellidos . Casi todos ellos serían huéspedes del verdugo del garrote. Ya recientemente otros investigadores, como yo mismos, fueron expulsados  por los gritos importunadores, rotundos estentóreos del frío y de la soledad más que por las gentes, de las que ya no había.

Las sombras, los ruidos, los olores, el calor del fósforo, las moscas veraniegas, la sensación intuitiva e instintiva de lo que se cierne atrajeron a pocos y echaron a los que quedaban. Hoy es tierra yerma, yerta de calcáreas castellanas, llena de mareas del tiempo y embrutecedora hasta el adormecimiento. Quizás sea el legado de Goush, quizás sea el vértigo y el mareo terrible de la llanura de Castilla, quizás solo sea una sensación de escalofrío en la estepa fría de este invierno.