(344) Acción, represión, acción
La radio no dejaba de emitir "Sa telefonando", su potencia sonora llenaba la pequeña habitación al fondo del bar. En el pequeño y sucio pasillo, que compartía con una puerta cerrada y unos aseos de letrina, compartía paso, serrín y música con la que provenía del salón.
Existía al fondo otra puerta, siempre cerrada, que daba a una calle oscura, casi cerrada y donde los múltiples carteles habían creado una ilusión de muro tras la puerta.
Llegar al país, sorteando carreteras y segmentos, acabar en la capital, esperar un destino, un contacto, un enlace que le llevara a esta sucia estación terminal previa a su gran día.
Se miró en el espejo, miró sus documentos, ya memorizados, y recordó su promesa de esperar hasta recibir noticias. En Francia le indicaron que el periodo máximo de espera no sería superior a dos días, en caso contrarío debería andar absolutamente solo. Seguramente no esperaría ese tiempo.
Revisó su equipaje, aburridamente conocido, un par de camisas nuevas con aspecto de antiguas, unos zapatos algo usados, un par de novelas del oeste, usados como clave, y una cartera donde escondía algunas fotos de novias falsas, una falsa madre y una carta de ésta, también falsa. Miró en un bolsillo interior el dinero, doce mil pesetas, un pequeño tesoro para aquellos años.
Volvió a recordar su objetivo, la calle desierta, la forma de salir del país, buscar una vía de salida, encontrar un canal de comunicación nuevo y, todo ello, sin agotar ni marcar ninguno de los otros canales del partido. No era sencillo, tampoco complicado.
Llegó hasta Pamplona escondido en un hueco en un coche de una familia francesa simpatizante y, una vez allí, comenzó el ajetreo de trenes, pensiones, caminos y casas. Llegó a Madrid, cansado por el movimiento incesante y continuo, dolorido por las malas posiciones pero con la voluntad intacta: había sido entrenado y adoctrinado para ello.
El verdadero lugar de la misión se acercaba, quizás tras los próximos pasos que se acercaban dubitando o borrachos al servicio de ese bar triste y pobre de una barriada alejada y escondida. Quizás solo fuera un truco para dar con él, para matarle, para obligarle a renunciar y a ser un Judas. No lo permitiría
Volvió a mirar la maleta y, de soslayo apareció la culata de su pistola y una caja de balas, mezclada en bodegón no excesivamente sorprendente con el resto del aburrido paquete de equipaje. El tiempo daría el resto de las claves del diapasón del viajero con una meta.
En un instante sonó un portazo, y carreras, de repente asió la pistola y se colocó de cara a la puerta dispuesto a vender cara su vida. Era una broma de chiquillos y entre los fríos de aquel Diciembre en el extrarrado había sonado un petardo, unas carreras de gamberros en la puerta y unos gritos de reprobación divertida entre la parroquia del bar.
Unos pasos suaves y sibilinos llegaron a la puerta, todavía tenía la pistola amartillada en su mano y un nerviosismo de acero en su semblante, se tocó la cara, raspaba ligeramente, habría de afeitarse. En ese instante un toque conocido en la puerta, repitiendo un fraseo de estribillo cantante y una clave de la que no había duda. ¿Llegó Mambrú a Cartagena?, la seña correspondiente debía ser "Mambrú no llegó, se fue al frente", la contraseña final que acabaría con el enigma debía ser, la que fue, "Amigo, suerte tiene quien a la guerra va y puede volver a Cartagena".
Donoso abrió la puerta y, detrás, estaba Cuchillería, aquel que perdió la pista en 1947 y que veinte años después y mil andanzas despúes seguía de contacto y de guerrillero interior. Ahora encargado de logistica y de publicaciones. Se dieron un abrazo. Cuchillería miró sorprendido, quizás por lo nervioso del momento, la pistola en la mano, Donoso la soltó mientras comenzaba a pensar.
Cuchillería aquí conmigo, la cosa debe estar mal si el mismo ha de acercarse o, quizás, la traición es tan cercana que no se ha atrevido a enviar a ningún otro.
Hablaremos durante la cena.
En ese momento, salieron ambos, abrigo escaso y cuellos arriba y se dirigieron hacia la esquina, una moto aparcada le indicaba la flecha de su dirección, más tarde, en una tasca del centro de la ciudad hablarían entre murmullos de inteligencia y entre chascarrillos de camuflaje.
Acción, represión, acción.

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