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Archivo: Febrero 2009

(344) Acción, represión, acción

bonhamled 27/02/2009 @ 20:11

La radio no dejaba de emitir "Sa telefonando", su potencia sonora llenaba la pequeña habitación al fondo del bar. En el pequeño y sucio pasillo, que compartía con una puerta cerrada y unos aseos de letrina, compartía paso, serrín y música con la que provenía del salón.

Existía al fondo otra puerta, siempre cerrada, que daba a una calle oscura, casi cerrada y donde los múltiples carteles habían creado una ilusión de muro tras la puerta.

Llegar al país, sorteando carreteras y segmentos, acabar en la capital, esperar un destino, un contacto, un enlace que le llevara a esta sucia estación terminal previa a su gran día.

Se miró en el espejo, miró sus documentos, ya memorizados, y recordó su promesa de esperar hasta recibir noticias. En Francia le indicaron que el periodo máximo de espera no sería superior a dos días, en caso contrarío debería andar absolutamente solo. Seguramente no esperaría ese tiempo.

Revisó su equipaje, aburridamente conocido, un par de camisas nuevas con aspecto de antiguas, unos zapatos algo usados, un par de novelas del oeste, usados como clave, y una cartera donde escondía algunas fotos de novias falsas, una falsa madre y una carta de ésta, también falsa. Miró en un bolsillo interior el dinero, doce mil pesetas, un pequeño tesoro para aquellos años.

Volvió a recordar su objetivo, la calle desierta, la forma de salir del país, buscar una vía de salida, encontrar un canal de comunicación nuevo y, todo ello, sin agotar ni marcar ninguno de los otros canales del partido. No era sencillo, tampoco complicado.

Llegó hasta Pamplona escondido en un hueco en un coche de una familia francesa simpatizante y, una vez allí, comenzó el ajetreo de trenes, pensiones, caminos y casas. Llegó a Madrid, cansado por el movimiento incesante y continuo, dolorido por las malas posiciones pero con la voluntad intacta: había sido entrenado y adoctrinado para ello.

El verdadero lugar de la misión se acercaba, quizás tras los próximos pasos que se acercaban dubitando o borrachos al servicio de ese bar triste y pobre de una barriada alejada y escondida. Quizás solo fuera un truco para dar con él, para matarle, para obligarle a renunciar y a ser un Judas. No lo permitiría

Volvió a mirar la maleta y, de soslayo apareció la culata de su pistola y una caja de balas, mezclada en bodegón no excesivamente sorprendente con el resto del aburrido paquete de equipaje. El tiempo daría el resto de las claves del diapasón del viajero con una meta.

En un instante sonó un portazo, y carreras, de repente asió la pistola y se colocó de cara a la puerta dispuesto a vender cara su vida. Era una broma de chiquillos y entre los fríos de aquel Diciembre en el extrarrado había sonado un petardo, unas carreras de gamberros en la puerta y unos gritos de reprobación divertida entre la parroquia del bar.

Unos pasos suaves y sibilinos llegaron a la puerta, todavía tenía la pistola amartillada en su mano y un nerviosismo de acero en su semblante, se tocó la cara, raspaba ligeramente, habría de afeitarse. En ese instante un toque conocido en la puerta, repitiendo un fraseo de estribillo cantante y una clave de la que no había duda. ¿Llegó Mambrú a Cartagena?, la seña correspondiente debía ser "Mambrú no llegó, se fue al frente", la contraseña final que acabaría con el enigma debía ser, la que fue, "Amigo, suerte tiene quien a la guerra va y puede volver a Cartagena".

Donoso abrió la puerta y, detrás, estaba Cuchillería, aquel que perdió la pista en 1947 y que veinte años después y mil andanzas despúes seguía de contacto y de guerrillero interior. Ahora encargado de logistica y de publicaciones. Se dieron un abrazo. Cuchillería miró sorprendido, quizás por lo nervioso del momento, la pistola en la mano, Donoso la soltó mientras comenzaba a pensar.

Cuchillería aquí conmigo, la cosa debe estar mal si el mismo ha de acercarse o, quizás, la traición es tan cercana que no se ha atrevido a enviar a ningún otro.

Hablaremos durante la cena.

En ese momento, salieron ambos, abrigo escaso y cuellos arriba y se dirigieron hacia la esquina, una moto aparcada le indicaba la flecha de su dirección, más tarde, en una tasca del centro de la ciudad hablarían entre murmullos de inteligencia y entre chascarrillos de camuflaje.

Acción, represión, acción.

 

(343) Callo la voz pero no la música

bonhamled 21/02/2009 @ 21:39

Callo mi canción, y dejo el silencio fluir.

Como un río turbulento y tráfago de vidas.

Callo y sigo tocando las músicas que golpean como caballos del apocalipsis.

 

Y callo pero no dejo de cantar, porque el canto sigue.

Cantan aquellos que fueron futuro en el pasado,

Y allí quedaron.

 

Quizás Elda Estañares o Isidro Lobo.

Puede que Jorge Muñoz o Cardenio Ancacura.

Estudiantes, panaderos, abogados, mecánicos.

Caras abandonadas en el tiempo pasado.

 

Todos ellos encendieron el futuro sin querer,

luego apagados en un mar proceloso de la noche negra.

Negado, hasta la mayor negación:

Potencia n matemática.

Pacto ominoso de cono sur.

Relato de despacho oval, rancio olor a podredumbre y humedad.

Esencia terminal.

 

Sin embargo todos ellos cantan, con un canto armonioso y cercano.

Dotado del silencio, antes alambrada de dictadores.

Ahora recuerdo necesario de los que no están pero sigue esperándoseles.

 

Sin ambages, sin infidencias, sin acechanzas

Un silencio rico que fructificara de nuevo

 

Miro a mis hijos detrás, mi futuro, y veo mi pasado, el de ayer.

No niego ni afirmo, solo callo, callo para cantar:

 

Sigamos cantando y no dejemos de cantar aún en silencio. El silencio habiendo ganado a la melodía podría ser tan total como el desierto interno que de eco llenó los años de luces escasas y pasos de miedo.

(342) Imaginativo

bonhamled 18/02/2009 @ 06:23

Jugaba a imaginar. Las comidas, solo me permitían ese solaz casi infantil, con ese imperativo de olvidar por poco tiempo el trabajo y dejar volar los pensamientos para que así descansen.

El restaurante nuevo, bueno, de paso, con esa decoración y arquitectura que abunda en lo efímero del momento, quizás algún amor fugaz, puede que algún contacto de negocios con mucho de oscuro, pero casi todos eran personas y personajes de paso, viajantes, familias, grupos, excursiones. Esperaba aburrido mi tren en ese restaurante. Frente a la cafetería  casi enfrente de la estación, este restaurante cafetería, un clásico, tenía menos de ese tufillo de lejía, arrebol de tarde y despedidas desperdigadas de todas las instalaciones de hostelería de estaciones y aeropuertos, pero no se lo quitaba del todo.

Puesto así, me puse a imaginar, con el plato del self service en la mano, triste ensalada y un bistec siempre demasiado hecho. Imaginé que la señora del fondo, madura, esperaba sin duda a un hijo que volvería de una estancia larga; que la familia de aquella esquina hacía tiempo hasta la hora de enviar al hijo mayor a la capital, a estudiar ingeniería o puede que medicina. En el centro del local, rodeado de gentes y de prisas, la chica jóven quizás esperase a ese novio imprevisible que, en este momento, se estaría despidiendo de otra novia esperanzada.

Sin embargo estas ideas, estos minicuentos que venían marcados por el cortar el filete o el pinchar algo de ensalada se pararon cuando vi al joven junto a la puerta de la cocina. Un sitio no muy concurrido y no muy gustoso, el olor impregnaría las prendas.

El joven con su mochila ligera fijaba la mirada en la puerta, en línea recta desde su mesa. Comía, poco, un pequeño plato de postre, puede que algo de tarta o un flan y bebía una cocacola.

El porqué me fijé en él, no lo supe, de hecho debió ser porque mi galería de "cuentos prefabricados para personas en estación" no se ajustaba a su vestuario, demasiado elegante para ser un excursionista, demasiado poco formal para esperar a un jefe y además ¿la mochila?.

Miraba de reojo a la puerta, y vigilaba la entrada y la salida de la gente, me fije que no dejaba de mirar al vigilante que deambulaba aburrido. Sobresaltado inmediatamente pensé: Es un terrorista.

Un terrorista que espera su contacto, quizás un jefe, o a un compañero al que seguir hasta un nuevo lugar, quizás un nuevo objetivo. No miró el reloj. Durante esos eternos segundos nunca miró el reloj.

Pensé que sería infantil llamar a la policía ante esta infatuación de tiempo libre pero intenté recordar su cara, joven, en los treinta, con un aspecto, normal. Esa fue la clave que mi mente vagadora tomó como prueba: !Era sorprendentemente normal!.

No miraba a nadie fijamente, no hacía casi ruido, no vestía ropa ostentosa ni fácil de reconocer, observaba con tranquilidad tensa la puerta, al vigilante y casi a todos los que entraban y salían. Comía del postre que tenía pero alargando el tiempo y con la certeza de la falta de hambre. Al menos eso es lo que yo pensaba con el sopor y el agobio de la comida insípida y escasa de dieta mezclándose con la espera, como de vida que se agota.

Miraba de nuevo, volvía a mirar y yo, como espectador de una película de gangsters, me imaginaba metido dentro de un tiroteo entre el mensajero de un jefe mafioso, comiéndose un yogur o un pastel, y otro jefe mafioso en el restaurante junto a la estación.

Miraba delante y detrás, yo miraba mi reloj y me sorprendía, quedaba menos de media hora para la salida del tren, un día de trabajo y un último tren hacia el descanso, hacia casa.

Entraba en ese instante un patricio en el restaurante, instantes antes un guardaespaldas discreto pero evidente echó un vistazo al local, no se si cruzaron miradas de inteligencia entre ambos o fue un absurdo descuido pero el joven terrorista, mafioso, mercenario se mantuvo en su lugar, no hubo movimiento. Durante unos segundos pensé en el hombre, de mediana edad, de excelente terno, de gesto acostumbrado al mando, ¿Sería un actor ó quizás un periodista?.

No se, y en ese momento me arrepentí de no haberme fiado del instinto que en el trabajo tanto juego me había dado, el jóven se levantó con el plato, arrojó el plato y el contenido a una de las papeleras y salió en dirección a la puerta, miró, por primera vez el reloj, echó mano a la parte trasera de su pantalón, que se abultaba de manera extraña y extrajo una pistola.

Antes de que nadie pudiera percibirlo, entre ellos el sorprendido e inepto guardaespaldas, o quien yo creía que era un guardaespaldas, acribilló con fatalidad de sicario al hombre que entró. Su cuerpo cayó con ese estruendo y la aparatosidad algo ridícula de quien pierde la vida. Un rictus de sorpresa en sus ojos y un charco de sangre que se formaba sobre el enlosado mil veces limpio del restaurante.

Tomó la puerta sin mirar atrás, yo, en el suelo, terminaba de masticar el penúltimo bocado del filete. Pensé, ¿He sido cómplice?.

La policía vendría en pocos instantes, el asesino se perdió en las venas terribles de las ciudades y luego el noticiero escupiría el hecho y la explicación. Hasta ese instantes todos los hechos, incluso los evidentes, volaban en globos alejados del razonamiento.

Me levanté y me quedé quieto, veinticinco minutos para salir el tren y ya sabía que lo perdería, quizás perdiera hasta el último de la tarde. La vida es esto, un esperar un hecho que no llega  hasta que llega otro suceso inesperado repone las reservas de espera. Eso hasta el último día donde la espera de la muerte se hace tan larga que se olvida o, tan corta, como para dejarnos con mil recados de lágrimas.

Me rasqué la cabeza pensando si debería contar a la policía mi elucubración entretenida o me debería quedar en el papel de actor secundario y alejado.

(341) La vida sobre

bonhamled 15/02/2009 @ 19:58

La vida es una carta, un contrato, o un libro inacabado, un oblongo sueño que adivina por estar tan privado de comida y de afecto. La vida es un documento guardado en un sobre, o quizás el mismo sobre. Por eso la vida es sobreviviente, sobreseída, sobrexpuesta, la vida es un sobre, una plica eternal y verdadera que, sin querer, se agota en pequeñas gotas instantáneas como aquella paradoja: gota a gota el tiempo cae como grano aunque no haga ruido.

(340) Se acabó el champagne

bonhamled 12/02/2009 @ 07:50

La fiesta acabó el champán, las risas se ahogaron en el líquido elemento del glamour. Los grupillos conversando, otros bailando, algunos en tibias confidencias que prometían más, se quedaron sin champán. El whisky no es igual, ni, por supuesto, un refresco. En aquella fiesta, en la casa del empresario Roberto Bouser, el champan era la sopa social en la que poder celebrar los treinta y cinco años recién estrenados de su, también recién estrenada, mujer Syilvie.

Divertido continuaba hablando Bouser mientras el jefe de camareros, en un aparte, le comunicó la tragedia. El dueño de la casa hizo un gesto de contrariedad y miró, buscando complicidad y consejo en la anfritriona, a su mujer; que acababa de doblar una de las esquinas interiores de su inmensa casa de la mano de un amigo joven y desconocido.

Se miró reflejado en un espejo casi enfrente de su persona, y vio su despejada frente, su porte de empresario rico y esas actitudes ensoberbecidas de los que siempre han tenido dinero y, de esta manera, históricamente han estado llamado a los mejores lugares, las mejores cenas, los mejores champagnes rosáceos, ambarinos, transparentes. Excepto ahora que parecía haberse acabado como trasunto de la infidelidad sospechada.

Ordenó buscar más champán, mientras pensaba,cruzó con la mirada de dos o tres personas y se escabulló en una búsqueda nerviosa hacia las habitaciones.

Cuando se acercó a la habitación de invitados, tras haber recorrido algunos corredores y haber encontrado alguna prenda de su recién estrenada mujer, ya conocía la certeza. Cuando llegará la nueva remesa de champagne, casi nadie podría tomarlo: estaba a punto de cometer un asesinato.

En ese segundo en el reloj tampoco sabía Roberto Bouser que el asesinado no sería otro que él y que dentro de pocos días la viuda entre lágrimas, tomada por la mano del jóven ejecutivo que recién conoció, acudiría al entierro con un cheque millonario en su bolso. Un cheque destinado a alguien que jamás conoció y que nunca más volvería a ver.

Cuando el entierro del empresario muerto acaeció, el servicio que quedara en la casa se estaría bebiendo el champagne que sobró de la fiesta, de la vida y del tiempo. Las burbujas se llevaban consigo, a todo trapo, un momento de estática verdad y un millón de días de mentiras contenidas en ese espacio oblongo.

Detrás, muy detrás, como detrás de un cortinón de teatro, un chasquido se sucedía atemperado por la distancia y las habitaciones cerradas: el primero de los disparos mortales.

 

(339) El honrado naúfrago

bonhamled 09/02/2009 @ 19:25

La soledad se encuentra sola. El sol se escapa de atardeceres con, vete a saber tu, que estrella.

La luna, sola como ella sola, mira de soslayo buscando compañía.

La vida es un andar solitario engañado o guarnecido de pequeñísimas compañías andadoras,

que después de dejadas dan dolor y donde nuestro entender siempre nos deja la semilla de la melancolía más erosiva.

El naufrago, solo, solitario, se encuentra solo, frente al sol, frente al mundo que como batería de enemigos blanden sus rostros fieros mientras se acercan a la carrera hacia él. El solitario respira para oír otros sonidos diferentes al el tum, tum descontador del reloj de su corazón, y el crujir de los engranajes de su cerebro.

La sangre gira sola, las piernas solas te llevan, el amor, sola metáfora del amor a otro en uno mismo, se queda solo. La soledad es el todo, pero un todo solitario, como el último cubito de hielo, como el último metro de noche, como la última copa con la última chica, en el último bar que pisarás. Quizás como la muerte que siempre se viste sola pero que es concurso de multitudes.