(350) El Almacén
El almacén está vacío, bueno, vacío si no contamos, los guardas. El guarda de la otra puerta, Pedro Saig, y yo mismo. Somos los únicos que vigilan este almacén de objetos antiguos, olvidados, viejos, caducos pero cuidadosamente inventariados. Es este ,quizás, el trabajo más sencillo y aburrido del mundo: doce horas diarias en una garita donde vemos pasar el tiempo rojizo, azul y gris de la última tarde, a través de una ventana, Una monotonía sentada que solo es rota por las rondas de cada hora, y, también por el nacimiento argentado del día, frío, nuevo, exuberante que se adivina de claridades vicarias desde una silla gastada.
El almacén, calle héroes de Baler sin número del Polígono Industrial de Castro, pertenece a la cadena de comercios “La Suprema”, tiendas y supermercados con un sabor suficiente y antañón que, sin embargo y bajo esa fachada amigable, esconde un fondo de inversión norteamericano que busca un poco menos de gasto y bastante más de beneficio en cada gestión. Andrés, Andrés López Chercoles, el tercero de los vigilantes se quedó en la última reducción de costes. Ahora solo quedamos en la puerta 1, yo, Juan Esquivel, y en la puerta 2, la que da a la calle de detrás, aunque en este polígono perdido todo es una calle de atrás, mi compañero de las noches Pedro Sasig que pasa las horas muertas ora dormido, ora durmiendo.
La “Suprema” guarda, no se sabe bien porqué, todos estos maniquíes antiguos, cartelones, y carteles de promoción de campañas pasadas, algunos grandes cajones de madera,plástico y metal variado que guardarán mercaderías ya olvidadas y anaqueles, perchas, estantes, percheros y toda la parafernalia del negocio. Según en algún momento hemos oído parece que quieren hacer un museo sobre “La Suprema”. Estos rumores que nos dan nueva utilidad afloran en los momentos de más tensión por la eliminación anunciada de este almacén de lo inútil y la reagrupación de todos los materiales en el almacén gigante, corporativo, de Groundía. Ese gusto, el del coleccionismo, y solo ese gusto es lo que hace que yo pasé las noches paseando entre maniquíes desnudos, algunos amontonados, otros rotos o a punto de romperse, todos congelados en poses eróticas o de escorzo, todos esperando una moda que los lleve a la realidad del escaparate, todos mostrando unas caras, unos rostros casi siempre centroeuropeos, casi siempre jóvenes, pero olvidados y detenidos.
Este trabajo es bueno, permite leer casi cada instante, la noche da pocos sustos, la tranquilidad es mucha y, lo que no es poca cosa, no se hace nada, absolutamente nada. Si acaso, y cada mes, un recuento, por encima, de lo más importante entre lo inventariado y eso es todo. Mi escaso interés por prosperar, en el trabajo, en la empresa, en la vida y la oportunidad de un lugar así, que es como estar en una cárcel en las Bahamas, me hizo decidirme frente a otros destinos de más salario y emoción. Quizás que el futuro me haya devuelto en réditos irrisorios y pírricos todas mis olusiones volcadas me convencieron de este ostracismo de la vida y de mi mismo que ahora mismo veo por el ventanal aquí sentado.
Durante la noche los maniquíes representan, a veces, pequeñas historias en mi imaginación nocturnal y algo envenenada de sueño. En ocasiones, las damas distantes de maquillaje impoluto son aquellas prostitutas que atisbo a velocidad desde mi vehículo a mi llegada al trabajo. Los maniquies masculinos son quellos hombres cercanos y amenazadores en su masculinidad castrada pero no olvidada que amenazan mi situación de policía dinámico en ese mundo de espejismo y estatismo. Un niño parece gritar, es solo la lejana carretera que chirría, y en ese instante un niño maniquí parece querer venir hacía mi para pedirme que defienda a su madre, aquella, lejana, pintada, desnuda.
Otros días juego, con mi mente, a correr entre las cajas y simular calles y callejones donde, detrás de cada una puede aparecer un enemigo, un amigo, un amor en forma de esos maniquíes sin cara, sin rostro sin personalidad y humanidad. Por desgracia siempre he de mirar al mismo sitio, a la montaña de cabezas, brazos, troncos y piernas clínicos para ver, en el eco sordo de la noche, algo parecido a un ser humano. Al otro lado del largo corredor, Sasig rumia su sueño o su espera ignorando o no atendiendo a mis sueños de delirio..
Estas son mis noches, lecturas, paseos, fichajes en los puntos determinados a las horas fijadas y vuelta a empezar. Imaginación, soledad, silencio y mucho, mucho tiempo. A veces pienso que no es nada más que una cárcel inmensa donde todos se mueven lentamente, tan lentamente que en mi paroxismo nervioso parece estáticos, ¿o quizás extáticos?. Soy raro entre ellos, soy raro también entre el mundo, solo dejo de ser raro cuando vuelo, como voluta de humo, entre las partituras y particellas de la vida, perdiéndome adrede, dejando pasar el tiempo adusto y tranquilo, acuchillándome con las manecillas del reloj, esperando que el gran ruido interior se apacigüe por ignaro método osmótico por el silencio y el aburrimiento de arenisca del exterior.
Cuando salgo de aquí, a las ocho de la mañana, la ciudad amanece activa, parece que los maniquíes dormidos de la noche se comienzan a mover mientras yo, dormido y cansado busco quedarme quieto; quizás esperado en un sueño otro guardia aburrido, lector y misántropo que me vigile, quizás esperando en el volar en el globo sin timón del sueño un gobernalle que no tengo en mi vida. Puede que los mismos maniquíes que yo vigilosean ahora madres con niños camino de colegio, abogados o notarios abriendo el despacho, farmacéuticos preparando magistrales. Si no fuera porque su desnudez tapa cualquier atisbo de personalidad podría incluso reconocerlos andando por la calle, pero el sueño no me deja.
Miro al techo, cielo finito conocido, veo las vigas arriostras, los ángulos y los perfiles superpuestos en trapecio conocido y memorizado. Veo la lejanía de la pared y la garita de Sasig a cincuenta metros, y veo los bultos, los pasillos, las letras, los números en un orden cardinal y ordinal que hacen parecer un campamento. Un campamento de desorden ordenado en la tierra del olvido memorioso. Yo soy el guardián de este desastre ordenado, soy quizás el último de mi especie, el brujo sencillo de la vida quieta, el Caronte descerebrado que anhela mojarse los pies. Mi andar choca con los atrabiliarios objetos que porto: el walkie talkie en su funda, las esposas, la pistola, algunas balas en canana y un par o dos de cajitas que no contienen nada pero, por su prestancia y aparente solemnidad, podrían haber contenido mucho.
Los días pasan, los libros, algunos de ellos masticados entre sueños, se suceden con la radio de madrugada, éter del efluvio de la noche y los nocturnos, secta insomne que se pregunta por la justicia y el mundo. Otras veces por la pereza sin más y otra, alguna otra ocasión, me da por mirarme en el reflejo sutil y escaso de la garita ante la noche lejana y cerrada por la puerta de la nave. El ruido, entonces, me molesta y dejo al cricri, frufru, y ulular del viento entre las chimeneas cercanas , las fachadas y los aspavientos del aire en las esquinas de geometría euclidiana, que me diga, que me cuente, que me asuste, que me evoque amenazas o, quizás, sueños de noches de verano, todo ello con el fantasma de mi mismo, de mi propia vaciedad o estatismo, con el reloj impertérrito y rápido del tiempo quemando la mecha de mi vida, hasta el próximo minuto, el próximo turno, la próxima vida. Es la sinfonía acertada de las fábricas dispersas en los arrabales lentos de las ciudades, un bodegón de inutilidades y soledades en mitad de una noche que no para.
El uniforme azul, gastado, dando una cuidada sensación de orden paramilitar con trasuntos baratos de alamares y oropeles no puede esconder la cara regordeta y perdida en calvicie de mis casi cuarenta años, de mi escasez de futuro, de mi tiempo perdido, de mi necesidad de esconderme, de mi mismo dentro de mi mismo. Solo los ruidos, música asíncrona de la noche y la vida, me despierta de un pensamiento que de espiral acaba sumiéndome en la tristeza profunda. Algunos días, entre los brazos amigos de los maniquíes he llorado una desgracia teatrera y sentida que me ha dejado cansado, más aún, y con el turno más ajado aún. Luego me he llamado a mi mismo cobarde y me insultado delante del azogue de juez instructor del espejo del baño mientras me afeito. Es baldío, sigo siendo yo, la vida sigue siendo la misma y el tiempo, agotándose, se parece a ayer como dos gotas de agua.
En alguna ocasión alguien ha intentado entrar, ladrones, aprovechados, arrebatadores, apenas unos pocos ruidos o una señal de alarma simulada les para. Quisiera haber tenido que enfrentarme a ellos, con el arma, con la porra, con la vida o con el cuerpo. Ese heroísmo de palangana daría algo de sentido a este esperar un día que, solo es sueño perdido y necesidad de comenzar la noche oscura de nuevo. La pistola quizás esperaría este fascinante advenimiento de la vida real y activa pero la verdad es que ella, la pistola, y yo seguimos tan encerrados como ayer o como estaremos mañana.
Otras veces miro con suficiencia y sorpresa la pistola, una vez incluso tras una llantina de esas sin comienzo ni final, acerté a introducirme su vástago viril en mi boca. Ni para eso tuve arrojo, me atraganté y anduve un rato tosiendo en lo que había de haber sido un suicidio a lo Larra. Se quedó en algo sin ningún honor y con bastante vergüenza, lo recordaría mientras me recortaba la barba puntiaguda del día siguiente, una tristeza, un rictus de aspaviento y respingo me devolvió a la tristeza de una vida triste.
Otra ocasión fui sorprendido por Sasig con una peluca de Marilyn bailando al son de la radio lejana. Intenté excusarme pero el ecuatoriano solo me dijo: la noche es muy larga y el aburrimiento muy corto. Me sonó a algo parecido a la canción de Neruda pero en versión suburbio de una gran ciudad, oficio absurdo y guardesía inmerecible, pero tenía razón, su sanchopancismo del vive y deja vivir, la comisura de su cuerpo de jade y madera decía verdad pura.. Sin embargo no abundé en esa idea que era manantial, pasamos el renglón, ¿Cuantas veces había sorprendido a Pedro Sasig masturbándose, cantando a voz quebrada y llanto a moco tendido canciones andinas o bebiendo su tristeza emigrante en la garita de su parte del mundo parado?. Incluso una vez observé oculto entre los cajones todo el acto obsceno y dulzón de la masturbación con la mirada fija del francotirador y del que pierde el tiempo y del francotirador. Me gustó, no tanto el ser espectador de lo íntimo como entender lo íntimo, lo defectivo, lo débil en la situación del otro y no en la otredad conocida de mi solipsismo.
La vida entre el trópico de cáncer mío y el de capricornio de Sasig pasaba por un lugar desconocido e ignoto: las grandes y cerradísimas jaulas para transportes marítimos que escondían esas marcaderías que nadie abrió jamás, una tenía la fecha de llegada de Junio de 1976. Esas mercancías supongo que ropajes extravagantes o objetos de poco uso dormían allí esperando otro tiempo. Un otro tiempo que yo iba desgastando con la paciencia torpe de un grano de arena que cae en la otra cara del reloj. Nunca tuve curiosidad por conocerlas, por verlas, quizás incluso por robarlas. Hubiera implicado una acción y yo vivía desde hace bastante tiempo en una inacción de Melville que llenaba de vacíos todos los llenos sin contenidos de mi vida.
Mañana cumpliré cuarenta años, y cuando salga lo celebraré. Quiero decir, cuando llegue Mauricio y Julián, los sustitutos matutinos, y hagamos la transmisión orfebre y burocrática del parte y las incidencias, casi siempre o bien ninguna o bien sin importancia: “parece que aquel cristal está suelto”; “alguien tocó la puerta a las cinco menos cuarto”, invitaré a un café con porras a Pedro Sasig en “Layetana” el bar cafetería que a la salida del Polígono nos da los buenos días, queriendo decir buenas noches, por las mañana y nos anima a dormir justo cuando entramos a trabajar.
Seis días a la semana, cuatro semanas al mes, once meses al año, en los últimos tres cambie las vacaciones por el dinero de trabajar un mes más, un dinero que desapareció como aparece desaparecer mi dinero, en la nada, en el tiempo vacío, en lo estático y dinámico de la vida.Quizás en la búsqueda de un yo, que murió y está enterrado pero al que no acabo de encontrar en su lápida.
Cumpliré cuarenta años y, según vengo pensando, debería dar un cambio a mi vida. Nada de iniciar revoluciones como aquella de los años jóvenes y los pelos largos, nada de cambiar ni traicionarme, me conozco demasiado como para no saber que traicionarme serviría para engañarme y, después, desengañarme y llorar de nuevo en otro almacén nocturno de la vida.
Cambiar, pero ¿Como?, ¿Cuando?
Pregunté, a voz en grito en la soledad vacia del almacén y eso despertó a Pedro que me llamó sospechando por el walkie talkie. Lo agarro, no sin tropezar con la pistola colgante y digo: “Todo bien, cambio”- fue mi respuesta plagada de administrativismo pero rodeada de un tallo de rosal espinoso y verde infinito.
Por supuesto que todo va bien, el mundo se cae, una bomba atómica acaba de explotar justo aquí, la humanidad se muere, se seca, se ahoga, se asesina pero todo sigue bien. Solo cumplo cuarenta años.
No grito solo. Tomo una de las maniquíes, sorprendentemente vestida con alguna ropa de la moda de hace cuatro o cinco años y simulo bailar. Cargándola, sugiriendola, incluso tocándola con despreocupación y disimulo, chocando con mis piernas torpes contra su cuerpo inmovil, contra la pistola eterna, contra mi mismo. ¿Que haré?
Bailo, bailo como un maldito, como un maldito que oye la furia de Wagner en su oído y siente como el espacio vacío del almacén, como de exposición de arte, simula ser su propio caparazón diario y yo mismo, guardia de seguridad, soy mi propio corazón, cansado. La propia vaciedad, los objetos de vida que son solo manecillas, piernecillas, torsillos, de un reloj gigantesco. Incluso el silencio muestra esa maquinaria inmarcesible, tic, tac, rum, rum lejanos de mi propio ser. Pero ¿quien es Sasig en todo esta cosmogonía imperfecta?, ¿quien soy yo y porque dejé las clases de la universidad para venir a este mundo de cincuenta metros, dos centrímetros y una pistola que, realmente, no se si funcionaría en caso de necesitarla?
Mañana cumplo cuarenta años y, lo que es peor, ¿Que me queda por vivir?, ¿a que puedo aspirar?. Conocido que el amor me fue negado, lo intenté, las quise, me quisieron un rato pero luego el tedio, la vida, la escasez de horizontes o simplemente mi cara simplona e hirsuta las alejó. Al principio me dejaban como los maniquíes desvencijados, deprimidos, sin estructura, en equilibrio frágil pero poco a poco me construí un mundo de soledad y silencio que si bien no me agredía, tampoco me producía ningún placer. Era como comer esa comida de fast food que llena sin alimentar, o quizás que alimenta mal llenando o puede que solo nos haga gastar el dinero como a mi el tiempo me hace gastar mi vida.
Mañana cumplo cuarenta años y no daré una fiesta, ojalá tuviera amigos suficientes, no me emborracharé ni tampoco me iré de putas. Solo saldré y tomaré un café, como todos los días como cada día. Invitaré, esta noche, imaginariamente a los personajes del libro que leo, After dark de Murakami, un libro de nocturnos, solos y violencias, casi como yo mismo. Estos personajes, transmutados en maniquíes me esperan allí delante: Melissa, Virginia, Septimus, Joseph, John, Amaranto, Lupe y todos ellos, como una santa compaña o como los agresivos, veraces y píos seguidores de la santa muerte, me jalearán con sus sonrisas Duchenne hasta la muerte de los segundos cuarenta años. Aquellos que salvo una mala broma del destino, jamás cumpliré.
El vacío me espera, los cuarenta años están allí. Al menos tengo los maniquíes, el tiempo que se agota y huye como voluta de humo y la pistola que sin vergüenza ni lloriqueos tengo aquí.

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