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Archivo: Abril 2009

(356) De repente, luminoso

bonhamled 30/04/2009 @ 19:33

El día abre y amenaza lluvia y luz. Los primeros rayos del sol, difuminados en un horizonte bidimiensional y en un cielo monocorde parecen indicar que el día será tan grís como los tres anteriores, lluvioso a ratos, como los últimos, fríos y desangelados como la última media semana.

El vagón de metro todavía siente ese frescor de primera mañana o el olvido de la más ultimísima noche. Solo unos pocos, sentados, llenan el tren que lleva al día laboral. El traquetreo algo musical, exótico, pero desagradable mece y recuerda sinestésico el calor cónvexo de la cama.

Miro hacia el horizonte cercado por la ventana del vagón, a mi espalda otra abertura simétrica. La oscuridad algo sucia del exterior se mezcla con el reflejo de mi imagen a primera hora en el vidrio: corbata, camisa, chaqueta, libro, peinado y afeitado. Un cliché demasiado cercano como para no esconder la caverna que lleva dentro, detrás el túnel, cables, bandejas, hormigones y pinturas dan a entender lo que todos sabemos: lo de fuera es siempre más oscuro, más previsible, más árido, más deleznable, más pornográfico y abyecto.

Para aquí, allí, otra estación, otra, extemporáneo, perentorio. Molesta entrada y salida de gentes como yo, aburridos burócratas con tendencias clase media y problemas totalmente predecibles y clónicos casi como un tunel dentro de nosotros mismos, que estamos en otro tunel. Las paradas son el anticlimax de la velocidad del tren, del llegar a donde vamos, a donde deseamos, a donde desearíamos. Toda esta sinfonía afónica de pensamientos prendidos de una cuerda es solo un sueño, o entre sueño, visto o entrevisto en los espejismos de la primera mañana.

Miró el reloj, temprano, hoy el trayecto se ha hecho más ágil, más rápido. Me levanto temprano, salgo temprano, ando lentamente intentando dar una falsa imagen de tranquilidad y control cuando solo es un robo a ese tiempo que como grano de arena en reloj se escapa y me cae encima, ahora ya convertido en roca. Veo en el reflejo sutil y desvaído del cristal de enfrente, surcado de marcos, manchas y graffitis, esa roca que está a punto de aplastarme y, lo que es peor, de despeinarme.

De repente, el susto, el frenazo, el respingo, la interjección, la sorpresa, el golpe, el asirse en equilibrio a las barras, el murmullo y el chirrío. Un guiño, mesías, de las luces y un ruido diferente de motor anuncian un “algo” anómalo y diferente en la grisedad de cada mañana adormecida. A lo lejos gritos apagándose, ruidos desconocidos, sueño... y miedo. También aburrimiento y desidia resonando como en una campana donde la piel, la campana, es tan gruega que no deja trasladar casi nada del espacio externo.

Miedo mezclado con sueño, el miedo ante el ataque terrorista, la locura individual, la amenaza presente en ese reloj de gigante de Brobdingnag, llamado metro, que nos esconde a nosotros. Gritos y más gritos y la insoportable sensación de perder el tiempo en el metro. El lugar que solo es transición entre otros. Quizás como si fuera un purgatorio pequeñito, como si solo fuera el crepitar último previo a una muerte desconocida, un tiempo sin sentido y sin destino.

Intento mirar hacia delante, no se que pasa, algunos se sorprenden, otros se asustan, otros miran el espacio claustrofóbico del vagón como si treinta segundos antes fuera una pradera abierta. No se que pasa, vivo sin saber que pasa. Espero. Y me percato de que paso la vida esperando, esperando y planeando, esperando que se den las circunstancias de planear. Planeando las esperas para llegar a planear. Esperando la esperanza de poder planear por el aire. En resumen, peinado y dentro de un reloj parado y con la intranquilidad del tiempo perdido y la certeza fatalista de que algo ocurre y que yo no debería ni querría estar allí.

Pasan cinco minutos, la megafonía, sorda, justa, confusa, oscura, indica en la voz del conductor: “Por causa de accidente, el servicio no se presta con normalidad y se encuentra detenido por un espacio de, al menos, quince minutos”. Miradas a los relojes, resoplidos y misterios, cuentas interiores y exteriores y algún que otro exabrupto semisordo que añadir al pentagrama de puertas, personas, vías, traviesas y túnel.

No se nada, sigo sin saber nada, sin querer saber nada, sigo reflejándome en el espejo falso de enfrente, sigo viéndome alejándome sin moverme como si yo mismo fuera aquel pasado, del pasado lejano, del pasado instantáneo, del pasado de hace cinco minutos que se escapa en sentido contrario apoyado en los balastos de la vía.

Un pasado de banda sonora pero que se manifiesta solo con el chisporroteo tropical de la aguja sobre aquellos viejos vinilos cuando acababan. Es el silencio morigerado del túnel, de su oscuridad sucia que representan una realidad de hierro, la voluntad de no querer estar sino tener que estar como viático imprescindible para “estar” en otro lugar, una quimera, un lugar santo o legendario, una realidad repetida cada mañana del reloj.

Un nuevo mensaje, alguna histeria, alguien, pretencioso y maximalista, que amenaza con bajarse en el túnel. De repente, aparece tras de mi reflejo en el falso espejo. una cara que aparece primigénica, aporética, epifánica, esdrújula: otro espejismo torpe hecho de aburrimiento y sueño.

Me levanto de mi asiento de plástico limpiado y lijado por culos de aburridos como yo. Dejo de ver espejismos y miro el reloj, sin causa, no tengo prisa.

El tren intenta moverse, suspiros de alivio, miradas al reloj como si ese rato hubiéramos estado detenidos también en el tiempo. Tras un par de intentos arranca. Entramos al andén, lejano pero solo a treinta metros de ña detención forzada, su luz y sus ruidos se entreveían en escorzo por las ventanas e, incluso, quien hubiera tenido interés hubiera escuchado la noticia que luego escuchamos: Un suicidio.

Me sorprendió lo banal, lo absurdo, lo improductivo para mi de ese momento, aquel “de repente” imprevisto solo se había convertido en un suicidio como si la vida del día a día con su marrón y gris mortecino y viscoso no ameritara un cambio de dimensión. O quizás como este inicio del apocalipsis que se manifestó en esta masa de tiempo y espera mereciera un regurgitar de lava y fumarola, en un crepitar de almas de condenados, en un desencadenarse de batallas de ángeles y demonios. Fue simplemente un suicidio: un desinscribirse, un desconectar la luz, un marcharse.

Salgo mirando al reloj, casi por simulación, por simpatía, por contextualizarme. Oigo los resultados, Comentan en grupitos, en personas, en marcharse, en quedarse, en investigación improcedente e improductiva. Se difumina.

Obvio interpretar, interpretarme en ese papel. Ignoro el porqué, las causas, las consecuencias, las penas y las lástimas o, quizás, el desencanto, descanso y alivio de algunos. Salgo tan pronto puedo del vagón y, andando,o quizás andurreando, tomo pulso, en conversaciones perdidas y nerviosas, de lo sucedido mientras las autoridades, algunas, pocas, identificadas, ya han tomado parte y actuación en el extremo más lejano a mi.

“La chica bajó al andén, se puso de espaldas a la vía y esperó con los ojos cerrados que llegará el tren que ya se veía, fue terrible. La lanzó diez metros hacia delante como una muñeca rota, ensangrentada pero respirando”.

Pasaba entre los viandantes-reporteros y me encaminaba hacia la puerta. Un sintagma hecho de manecillas de reloj, una vida que seguía tras ese minuto. Sin embargo paré un instante, recapitulé, revisé mi chaqueta, mi cartera, mi pelo, reflejado en las vitrinas de cristal de la olvidada estación, y continué andando hacía el hoy.

(355) Golondrinas que hacen verano

bonhamled 26/04/2009 @ 08:43

Se alejaba, quizás esperando esa última oportunidad, ese grito, esa sorpresa. Su relación estaba tan muerta como este verano que se entreveraba de aires fríos.

Ella continuó esperando esos pasos apresurados, ese asirle y buscar una solución. En su bolso sonaba como una excomunión el tarro casi vacio de ansiolíticos,

El parque del retiro de Madrid empezaba a pintarse con los añiles tardíos, bermellones y violetas del atardecer cuando ella se dirigía a la puerta. Caminaba con más lentitud de la requerida junto a la valla que delimita el estanque vacío y enfrente de ese monumento ostentoso y demodé a Alfonso XIII en el que retumbaba algún tambor africano aún. Detrás aparecían caídas en un suelo limpio, ilusiones marchitas, esperanzas de futuro en un país extranjero, y dolores y ausencias, muchas ausencias grises de color ámbar y amarillo. Marchándose recordaba dolorida aquellas ausencias gigantes que como en un queso de Gruyere imaginario y absurdo habían acabado por ocupar toda una porción de su vida.

El quedó en el kiosko en la esquina del estanque del retiro, sentado, pensando, rascándose la cabeza, arrepintiéndose sin contrición de su no estar, de sus deslealtades, de sus traiciones en el palmo recoleto de la relación, de la tristeza de nunca dejar de estar triste. Miraba la tarde muriendo y, al tiempo, la marcha de quien fue su compañera por más de diez años, de exilio, de lucha, de penurias, de alegrías pero sobre todo de superación. Todo ese pasado fue rebasada por la frase espetada que repetida marcaba un tiempo de metrónomo nuevo pero arduo.

  • Esto acabó, Leo.

Ahí acabó, sin la pasión de los reproches ni la duda de la razón. Sin el tiempo de las reconvenciones, cambios de normas o esa especie de resaca terrible de chocolate recalentado que son las segundas oportunidades. El fin de un amor atlántico y pacífico que se había quedado sin inclusas que lo contuviera y sin noches estrelladas donde imaginar otro mundo, en otras latitudes más amigas. Quizás otras circunstancias en otro momento hubiera tenido otro resultado. Pero también hubieran sido otras personas y, probablemente otro el escritor y otro el cuento.

Ella se fue, el apuró el refresco ya bebido y, casi como dando naturaleza a la separación cardinal se marchó paseando hacia la estatua del ángel caído. Metáfora y epítome de una situación real, sus sueños se cayeron, su vida se tambaleaba en la fría y madrastra patria España.

Ella lloraría días y noches, querría cambiar de trabajo, lo conseguiría, y al final desaparecería como en un cuento no ocurrido. El intentaría no coincidir en la casa que aún compartían, abandonar ese hogar mercenario y caro en un barrio dativo, barato y emigrante para comenzar una nueva vida en un nuevo barrio dativo, ajeno y emigrante. En su piel todavía restañaban sutiles de tiempo la luminosidad terrible de las heridas de una dictadura no olvidada, quizás solo escondida tras los kilómetros de una emigración obligada, una separación forzosa y una extranjería sobrevenida.

El nácar de las pieles, el jade mezclado con los aceites de la superficie de contacto entre ambos, el dulzón acento y el pelo negro quedaba varado como esas barcas de bajura del estanque a sus espaldas. Los surcos centeniales de la vida y las dudas, miedos, respetos, sorpresas y alegrías quedarían detrás sin dejar de estar presente ni un instante del metrónomo marcado por “Esto acabó, Leo” y como escritas en un libro de cuero, tiempo y relojes.

Comenzaba una nueva vida mientras el día y el verano acababan. Las gaviotas y las cigüeñas ya anhelaban otros nidos y otros tejados lejos de la ciudad.

(354) Poesías en otra tierra de letras

bonhamled 21/04/2009 @ 19:55

http://almadormida.blogspot.com/2005/10/la-historia-del-taf.html

http://almadormida.blogspot.com/2005/10/desmond-abarra-viva-como-comento-en-la.html

http://almadormida.blogspot.com/2005/10/desmond-abarra-el-desencanto-la-locura.html

http://almadormida.blogspot.com/2005/10/chindogu.html

http://almadormida.blogspot.com/2005/10/escuchando-corazones.html

http://almadormida.blogspot.com/2005/10/gradacin-de-poetas.html

http://almadormida.blogspot.com/2005/11/captulo-3-las-causas.html

(353) La geografía de Almadormida

bonhamled 17/04/2009 @ 18:12

La región de Almadormida con sus sueños y leyendas, maldiciones y muertes secas no es solo Aparicio, el núcleo finisecular, y la tierra boscosa de Hería sino otros muchos pueblos más que conforman ese lugar de vistimas y victimarios pero mirando a un futo que fue ayer.

No se si es una tierra maldita donde el invierno pasó más de una vez al año o el grafor del verano secó seseras e hizo aspavientos, pero al pisar estas tierras, que rugen en su rozar como dragones se siente un algo diferente.

Una tierra amplia, cercana, fría y caliente, triste y alegre de vino que, sin embargo tuvo su sombra, una sombra de mil años que comenzó hace apenas cincuenta.

Otros pueblos de la comarca, del malpaís, tan castellanos como Aparicio o Hería, tan olvidados por políticos y poderosos como acordados del viento, de la emigración a la carrera y del daño, siguen escondidos y presentes per sin esa sombra palpitante y malévola de gris zinc que se desliza hasta el hoy.

Recuerda mi mente aquellos nombres perdidos de pedanías, aldeitas y publicos que llenaban cada cuanto la llanura y la sierra silbante: Adiós del rio, junto al río mestas, Aguasmestas, En la montaña junto al nacimiento del río mestas y casi enfrente de Hería, Boltoya, en el confín último de la provincia, Cuclillas, siempre envidiosa, aún hoy, y siempre patética en su pensares sobre Aparicio. Merindades de Castilla, con su pequeño castillo del Barón-hermano de Aparicio, con sus imágenes de Teocantor y su música silbante por las calles como órgano de iglesia.

Malpartida, la siguiente cabeza de partido de la región, fuera de Almadormida pero referente para algunos almientes, gentilicio de los de Almadormid, los que quedaron y los que se fueron.

Recuerdo camino de Boltoya, a Peleas el pueblo pequeño de campesinos, camineros y borrachines que contaba sus fiestas por muertos o por escándalos. Vistilo, aquel pueblo de reminiscencias godas, ya desaparecido, ya solo ruina e iglesia desconsagrada, ya solo Rido, el viento, y tristeza. De ahí se oyó llegar algunas de las tristezas que como ríos rebotaban en las copas de los árboles que subían hasta Hería.

Todos estos pueblos ahora la mayoría apenas guijarros y sillares baldíos fueron, a comienzo del siglo XX, una red de personas y caminos, de sentimientos y de vidas que hicieron a Almadormida una región singular, quizás por eso, quizás por el pasado, quizás por lo que ocurrió, puede que simplemente porque se mezclan en mi cabeza la leyenda, el misterio y los sueños de niño.

(352) El explorador

bonhamled 12/04/2009 @ 19:27

Decidí abandonarme en una columna en un desierto y, al tiempo, deambular por los campos y páramos inmensos de tu mundo recoleto.

Anduve por pequeñas montañas, collados húmedos y frágiles, flexibles y eternos mientras un grito, un suspiro o un estremecimiento de terremoto me dejaba verte allí arriba, en un cielo en el que siempre has estado.

Miré la blandura de tus senos, el universo claro de tu vientre creador, tus piernas que dejaban ver un secreto, un secreto digno de los mejores Livingstones.

Mientras auscultaba, revisaba, tu mundo más interno, otro nuevo se acercaba a mi, quizás con los olores de la selva, de la montaña, de la urbanizada Europa, de la lejana Asia. Un olor de vida y muerte, tiempo y vida, jugos, licores y sensaciones. Un lugar donde el tiempo tenía consistencía. La consistencia melosa y untuosa de una caricia verdadera.

Era un camino, un demiúrgico volver al brillo rutilar, una sensación de dar para recibir multiplicado por millones porque el dar era un denunciar sencillo, oral, amable, cariñoso y el devolver era filosófico, atemporal, clarividente, egregio. Andaba el camino con presteza de arriero, con tozudez de herrero, con fe de carbonero, con decisión de asesino.

Seguí buscando en estas lomas, en esas vaguadas, en aquellos escarpes, en esos otros pasos, precipicios o durmientes leones. Intentaba hallar el llanto, la vida y el canto de la primera mujer. Seguí buscando, a desprecio de un egoísmo egoísta, el oro sin duda del camino al Olimpo, el tuyo.

Tras la travesía por jardines, por orondos y frondosos campos de naranja, por salados manantiales de agua pura, por rugosos y dulces campos de amapolas o margaritas, por sensaciones de tiempo y de vida llegué a aquel vergel, al lugar último de la pequeña muerte, de la gran vida. Arribé con el ánimo de un Aladino ladrón a la puerta del tesoro que se me abría. Vislumbrando oscuro un mundo con música, tiaras  doradas por doquier y pifanos rugientes, durmientes y sibilantes. Un barroco mercado árabe me daba la bienvenida, una inteligente espesura de tiempos y datos, un mundo curvado como visto desde un barco, un tiempo que se vivía elongado en cada segundo. Un abanico de amanecer que se me abría frente a los ojos con inoculandome un sentimiento de ignorancia suprema, de oscuridad medieval y de historicismo trascendente, que no por repetido dejaba de serlo.

Cuando acabé y volví a la terneza prosaica del cuerpo a cuerpo, cuando regresé sin cansancio de ese viaje de mil millas y mil humores, miré de nuevo su cara, miré su gesto ya no tenso ó sorprendido ó relajado sino consciente. Consciente de haber mirado en el centro del mundo, de conocer un futuro y un pasado, sabedora de estar en posesión de bastantes claves: habiendo visto a un Dios, del que los demás nos atrevemos a dudar, viendo el tiempo, asomçandome al abismo insondable, lejanisimo en su brumar de rompeolassin tiempo. En ese momento, dubitante y miedoso quizás, queriéndome atribuir algún derecho, quizás me atrevería a preguntarla sobre lo que ha visto en ese gran Aleph....sin embargo no me atrevo, necesito muchos más méritos de viajero.

(351) Ordeno fotos antiguas

bonhamled 02/04/2009 @ 18:53

Selecciono, busco y ordeno

Como encontrando una clave para el pasado,

como encontrando la dovela de la arquitectura del universo

Busco, ordeno y compongo

Entresaco de la nube del pasado y construyo.

Constructo de melancolía, nostalgia y tiempo

Construyo un pasado que ya lo es ¡y mucho!, bidimensional, olvidado en algunos extremos.

Selecciones para mi memoria, retazos del pasado en forma de fotos pendientes de decir aquello, escondiendo tras un gesto lo otro, anudándosenos en el cuello como una serpiente no virginal.

Es el tiempo de organizar las fotos, quizás de intentar reescribir la vida, siempre de revisitarla con un ánimo no tan lúgubre como de constumbre.