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Archivo: Agosto 2009

(372) El olvido según Almadormida

bonhamled 29/08/2009 @ 20:33

La enfermedad del olvido se extendió por toda Almadormida. No fue aquella enfermedad insustanciada de Macondo, un olvidar por no conocer. Almadormida olvidó las muertes, olvido las calles, el viento Rido, al tibio y crespo gritar de los aires tras las esquinas, el ruido de las conversaciones taciturnas por el dolor.

Almadormida siguió olvidando, al alcalde, a los que hacían al pueblo el más amigo del futuro, a las novedades, a los libros, a las ideas nuevas, al correr a la plaza al sonido del campanil. Siguió olvidando, se olvidó el dolor sin dejar de sentirlo sordo en el interior, inmanente, se olvidó el cultivo de algunos campos, muchos, todos, se olvidaron de abrir las tiendas. La emigración aquella que alimentó a los hijos de los hijos de los que vieron al terrible Goush llegar al pueblo con su cuerpo de alfeñique y sus ideas de veneno verde, se ocupó de olvidar el pueblo, la región. Al principio mudando casa, luego pensamiento y al final ni apareciendo para los pocos entierros que, por cierto al poco fueron olvidados.

El tiempo y el olvido con su pátina se posó sobre el pueblo como un baño de cariz oscuro y ajeno sin esa añosidad amable de los libros o los maestros.

El olvido dejó atrás a Almadormida con sus leyendas, con sus malvados, con sus víctimas, con sus lágrimas, algunas palpitantes y traidoras a la obliteración obligada por la voluntad. Un olvido hecho pueblo, hito, malecón, punto en el mapa, color en un lugar. Olvido, olvido...hecho de carne de lagarto de Atxaga.

(371) Psicomaquias

bonhamled 24/08/2009 @ 19:32

Psicomaquías mentales que al final se resuelven en matices parduzcos, grisáceos, "color panza de burra", nada claro, nada evidente, todo discurso.

(370) Las fotos

bonhamled 12/08/2009 @ 18:05


Las fotos, los pasos, las palabras, los gestos de los que no vinieron.

Aquellos eternamente jóvenes que de pura flor no fueron capaces de madurar.

Aquellos muertos perfectos imperfectible, inmarcesibles, erróneos y rocosos del tiempo

Aquellos a los que la mala suerte, el despropósito o la i mprudencia condenaron a vagar jóvenes.

Todos esos que murieron y se quedaron con esperanzas inconclusas, no empezadas, en un alero del tiempo por el que no pasan estaciones

(369) La feria de las flores

bonhamled 10/08/2009 @ 16:36

La feria de las flores congregaba en los stands a empresas y distribuidores importantes, holandeses, colombianos, argentinos, noruegos. Era el lugar limpio y fragante donde buscar el negocio y la representación. También servía para el contacto, el apretón de manos, para copiar ideas luminosas o abtrusas y, al fin y al cabo, ver y ser visto, invitar y ser invitado por unos y otros.

Los puestos iluminados, algunos con toda la potencia del marketing en quince metros cuadrados, enseñaban flores, nuevas, antiguas, de novedosa presentación pero ninguna marchita. Olores de aquí y allá, algunos sorprendentes, otros en la frontera de lo dudable, presentaciones y aditamentos para todo uso, fertilizantes y embellecedores, servicios y novedades. Todo ello se unía allí ciencia y economía, poesía y flatulencia, aroma y personas, mezclados en el lugar del comercio, el mercado pero también en el templo del areópago de la flores.

Juan Enterría representaba a Florpasión, la delegación española de “Flores del Chile”. Su pasión por las flores, morigerada a fuerza de escalafón profesional, renacía en estas reuniones entre negociadores, comerciales y vendehumos, españoles, holandeses, belgas, franceses, británicos, americanos. Como un milagro de la vida volvía a sus tiempos tímidos, tiernos de sus años en la escuela de Horticultura de Leuven. Nuevos floristeros, nuevos cultivadores de tal o cual especie, de tal o cual efecto, de tal o cual variedad. En esas ocasiones sus ojos, entrados en la cuarentena, brillaban en un segundo pirotécnico y luego, con la verdad marcersible de las ilusiones volvía a su redil cuadriculado de las necesidades de distribución y los volúmenes de venta marcados en deliciosos fustes.

Claveles, peonías, bouquets ordenados y estéticos de gerberas, rosas de Fui, azaleas exóticas de Tailandia o poinsetias de Birmania llenaban los ojos de colores, olores, sinestesias que casaban, como de cuadro de anuncio en televisión, con unas músicas previsibles y de lounge de aeropuerto. Este matrimonio reconvenido y reconocible amargaba el suave dulzor del olor perfecto de mil maderas, de mil, lugares, de mil personas a Enterría y creaba la sensación verdadera de ser un mercado sin ilusión donde se paga dinero por ver la última agonía real de las flores perfectas del campo, por conocer el follaje más agreste y más amigo, por comprar los esquejes y almacigas más eficientes y por ver las flores en maceta con mayor porcentaje de éxito.

Juan Enterría tenía una reunión a la una, que probablemente acabaría en comida, y, mientras tanto, deambulaba por su stand, y el de los alrededores observando algunos cambios importantes, Dumech ha cambiado la tendencia en la búsqueda de la azucena (Calendula oficialis) más florada. Los japoneses vuelven reeditados con sus lirios y crisantemos perfectos de piel de Geisha. Las orquídeas este años son más grandes y coloridas pero parece que su olor se opaca rápido, muy interesante esas presentaciones ornamentales Kenyaflowers, esta tarde procuraré establecer un contacto.

Mozos entran y salen, escaleras, cuchillas, cubos, galanterías gazmoñas susurradas, claveles que no son sino trajes de faralaes al viento, entre el negocio que solo refleja entre humedad y aromas la futilidad del tiempo, el amor a la vida.

Enterría bosteza, con discreción, mira al horizonte de semovientes vendedores y compradores en el gris marengo, el marrón de temporada y el azul marino, un mar blando y abigarrado enseña el moverse que representa la industria.

De repente en el fondo, débilmente ilustrado por sus discretos guardaespaldas algo llama la atención. Un anciano, puede que tuviera más de noventa años, avanzaba en su silla de ruedas automática empujada por un auxiliar en dirección al centro de la exposición. Fuera el frío de Hamburgo aniquilaba esta falsa sensación de epifanía interior de la primavera.

Era Schrader, el padre de esas prímulas negras sutiles y amenazante, el comerciantes alemán perdido en el tiempo del siglo XX que abandonaba su sueño cartujo en la Argentina para presentar quizás su última flor, quizás su último hálito de vida. El trasiego de gente y la música ambiental neutralizante no acababan de esconder algunos gritos de fuera: Asesino, asesino.