Gabriel Omar Batiste se levantaba a las seis, recorría media ciudad de Buenos Aires, atestada, vacía, con ese frío austral que solose conoce en Julio. Llega hasta el bar más cercano al estadio de Racing, en Avellaneda.
Pasaba una hora allí, día tras día, hablando del equipo, de la vida, de las circunstancias, con el Indio, con el sequito García, con el que pasara, combinando la primera bebida de día con activación de un sol tímido.
Así día a día, mes a mes, durante años, bastantes, seis. Batiste recorría media ciudad: colectivos, trenes para llegar a aquel lugar, anodino, insignificante y común. Pero lo hacía cada día desde que se jubiló. Seis años de cruzar una ciudad, de cansarse y de levantarse.
Los parroquianos del Bar creían que Batiste era del barrio, uno de esos jubilados borrachines o, quizás, algún jefe o vendedor de gesto repetido. Repetir, hacer, conseguir, repetir.
Batiste, llegado un momento, se asomaba a la puerta que daba al gran este argentino, de mar, vaciedad y personas. En aquel Bar el este era solo un solar siempre al principio de construcción que dejaba casi una linea horizontal sobre la que levantarse perezoso el sol. En ese momento salía Batiste con su café, a la calle y miraba el sol. Observaba su relog durante un instante y su cabezota calva parecía ponerse en movimiento para hacer un cálculo. Al punto volvia a sumirse en esa mueca gris y se introducía de nuevo al Bar. Evitaba el aire del invierno y la calima del verano.
Batiste pasó seis años así, hasta hoy. Y hoy mismo no vino. No volvería.
En realidad Batiste no miraba al sol, que anunciaba, o el frío, sino el nacimiento de un nuevo día que el asesino de sus afecto no volvería a ver pero volvería a oler. Aquel en el que una mañana de hace más de treinta años asesinó a su amor por cuidado a una dictadura, a una locura, a un desarraigo. El traidor Julián tomó a su flor Graciela y se la llevó para siempre. El mismo se habría tenido que ir con ella, como en la epica de un funeral vikingo, pero nunca fue así. Se quedó solo, sin el hijo que esperaba, sin el futuro que compró, sin la melodía de un mañana amable.
Se sentó Batiste en el tiempo, esperando la condena del Turco Julian, día a día, con su trabajo menestral de oficinista de banco, gris, corbata repetida, traje repetido y barato, casa cercana y así día tras día oculto, esperando, sentado en el banco del tiempo a que algo pasara. Ganó su pensión de jubilación y ganó todo el tiempo del mundo, un tiempo sin tino ni dirección.
Aquel día, como los seis años anteriores desde que se jubiló, no volvió a mirar el sol en el amanecer, aquel que agostaba al turco mientras el suplantaba su vida, ni miró la jornada cegadora de aburrimiento en la cárcel. EL turco Julián salía de la cárcel, sólo, olvidado, como herramienta útil pero incómoda, alejado de todos, de la vida, de las personas.
Salíó de la gran cárcel central y a pocas manzanas un maduro hombre bien vestido le disparó a bocajarro en la cabeza. Un disparo sordo, en los ruidos de las calles, que apenas sobresaltó a los más cercanos. Un disparo justo, sin exceso ni alharaca, una muerte que ajustaba penas con el universo.
Gabriel Omar Batiste se fue andando, con la cabeza dando vueltas, esperando que alguien le parara, le detuviera, le metiera en la cárcel y le suplantara su personalidad solo para tener el placer de reconocerle día a día en el infierno grisáceo de la cárcel. No fue así. Se marchó calle abajo hasta la siguiente parada de colectivo, ¿Cual¿, uno, lejanamente alguna sirena marcaba la comisión de un crimen.
MInicuento inspirado en la película "El secreto de sus ojos" de Juan José Campanella.