(220) El poeta abandona
El poeta abandona su jardín y su parnaso. Desde tiempos del gran pútrido Chinasky o del mórbido Poe ya no vive ahí, puede que en un manicomio como Panero o en el filo caliente de un cuchillo.
El poeta abandona el hablar solo del amor porque es tan pequeño como un microorganismo y puede ser confundido con el no existir.
El poeta ya no viste de corbata ni imposta su vergonzante voz atiplada para recitar con recoveco de tumba delante de los personeros, no le entienden pero le compran.
El poeta no se cita con demonios en cafés, más bien convive con un demonio que es el vecino, la gente, los otros.
El poeta sabe que tras la hecatombe, el genocidio, el cataclismo no hay métrica ni hay orden, no hay moral, ni Dios. Se afana en construir una logomaquia ética con los ladrillos de adobe del pensamiento honrado.
El poeta duele y le duele, esta más herido que magullado y mira al futuro descreído de ideologías. Es el poeta: le llamo el poeta.
No todo el mundo le llama poeta, alguien le llama "sin hogar", otros rapero, otros más loco y casi todos inexistente.
El poeta es funda para guardar cuchillos, saco de punching para fascistas, desaparecido de policías, ciudadano cansadísimo y pagador de impuestos, bailador en el reloj diario del metro.
El poeta abandona la poesía de estilo clásico y se zambulle en la verdad, la mierda y el tiempo. El poeta.

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