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Categoría: Agua

(186) La caja

bonhamled 31/10/2007 @ 05:45

Se acerca el señor maduro con su caja imprecisa entre las manos. Una caja de madera limpia y antigüa. Su cara dulzona y amable dice unas palabras melosas:

- La solución está aquí. En esta caja que te doy.

Abre la caja y aparece un dígito grande, largo, casi irreproducible que coincide con la cuenta bancaria del sujeto. Triste, pobre, desesperado por el dinero que no tiene y los problemas que compraría resueltos si lo encontrara en esa caja.

- Cada vez que abras la caja, tu cuenta se multiplicarán. La primera vez tus pobres 50 euros se convertirán en 100, la segunda en 150 euros, la tercera en 200. El límite último, la riqueza absoluta, significará que tu alma y tu cuerpo será mío. Vendré y te mataré.

Sin dejar su cara bonachona y beatífica, tras la amenaza de muerte, continua:

- Sin embargo, cada vez que veas como se multiplica tu dinero morirá una persona, quizás conocida, cada vez con más probabilidad de ser un familiar o alguien cercano.

- Aquí la tienes Ismael, tus peticiones han sido escuchadas pero ni tu ni tus allegados están seguros. Empléala con lucidez.

Ismael grita, alegre, al poder resolverl os problemas de su familia y, al instante piensa...

(Inspirado, algo más que inspirado en este comentario de Reddit).

(182) La separación

bonhamled 24/10/2007 @ 05:08

Se miraban sorprendidos, iguales en su desconfianza y mirada, llegaban a las grandes naves donde, rápidamente eran seleccionados.

Unos aquí, otros allá. Las leyendas les decían que tal grupo, el de los jóvenes, iba directo a la muerte, o quizás las mujeres, o puede que tal o tal cual, quizás aquel que ponían más lejos.

Llegaban a su lugar de esperanza, de espera, donde deberían aguardar algún hecho ignoto y amenazante.

Miraban al cielo, cerrado de chapa y el ruido de la maquinaria industrial. Su cuerpo, su cabeza, su traje sería aprovechado, todo sería aprovechado.

Los hombres que les tomaban, les movían, les golpeaban incluso tenían la cara impermeable de la repetición burocrática de nada valían los gritos y las preguntas. Si acaso solo para que un grito energúmeno o un golpe acallase el cacareo de las dudas.

La familias unidas se desunían, aquí los padres, sufrientes, allí los hijos desconocidos e inseguros, en general una muerte les esperaba.

Pocos días después, el infierno terrible de la muerte, la colocación en cajas y el acabar en un asador de pollos sería el futuro de casi todos: era el futuro de las gallináceas pobres.

(175) El pésame

bonhamled 14/10/2007 @ 07:33

La mano se convierte en nervuda y por la boca de la manga caen, como agujas de pino, la tristeza del momento solemne.

En la mano receptora, fría como mármol, callada como mármol, pétrea como mármol, solo un tañido casi oculto de frío latido batiente recuerda la vuelta de la ola de la vida.

La tez mortecina, el cansancio, la situación, los ojos hundidos en cuévanos sin tesoro, la boca en rictus de nervio y el cuerpo desbaratado en un nervio eléctrico.

Una lágrima nostálgica cae, un grito apagado calla, una mirada, agresiva mira al yaciente.

En las manos que se entrecruzan en el baile del cabeceo y la jaculatoria unas gafas.

Quizás eso sea la vida donde se entrecruza lo pragmático y lo desconocido.

(173) Las lenguas perdidas

bonhamled 09/10/2007 @ 04:53

Salió de la taberna, medio expulsado, medio marchado y trastabillando apareció en la mitad del camino iluminado por la luna. Triste como el licor, alegre como la luna que le asombraba la piel color de la tierra esculpida a golpes de generación.

Calló al suelo y cuando caía, mientras caia, al caer, se topó con el tiempo, con el suelo, con sus muertos, exclamó, “S`Chirpe”. Esa palabra escondida en los arcanos de su infancia le llevaba a aquellos días de familia, cercanía y selva. De otra sociedad y otro tiempo que fue devorado por el progreso y por el colonialismo cultural. Moría, ahora, el idioma que hablaron sus padre, sus abuelos y sus ancestros y solo nacía con el dolor absurdo que sentía en el costado.

El hígado y la vida de paria dolía, el sentimiento de ser el último de su estirpe dolía y ante toda esta fatalidad ahogada en días y en licor solo podía decir chasqueando la lengua “S’chirpe”. El signo de la fatalidad de los Vorkahs. La muerte ya venida.

(172) La escalera de Ispahan

bonhamled 07/10/2007 @ 15:41

Llegaba tarde, llegaba tarde, cada día llegaba tarde y al día siguiente tenía que volver a salir corriendo de casa para llegar, casi ahíto, al andén de tren y bajar las escaleras y volverlas a subir. Sólo en el tren se sentía seguro: Alea Jacta est.

Llegar al destino, no al final, sino al más cercano y embadurnarse de nuevo de prisa para llegar al trabajo. Comenzar el día con estrés, desayunarse estrés, y convivir con la tensión, como una sombra que acompaña, durante toda la jornada. Era algo extenuante e imprescindible: el jugo de la gran ciudad. La continua carrera huyendo o buscando.

Cada día capturaba su atención las escaleras mecánicas y las gentes pausadas, lejanas, tranquilas que iniciaban el día con ese inicio pausado y procrastinador que tanto se diferenciaba de su bautizo de la mañana.

El elemento metálico ruidoso, con un eco reverberante casi imperceptible en la vaciedad del hueco de la escalera que soporta y permite superar esos desniveles de vértigo, el zum zum de los pasos, de los adelantamientos, por la izquierda, del habla de algunos de lejos, del rugido de algunos cercanos. Todo ello como si fuera un bodegón sociológico de la mañana con prisas le llamaba la atención como si fuera un arca de Noé inclinada cuarenta y cinco grados.

Subía las escaleras mecánicas con el zumbido del motor, algunos chirridos prestos a formar la siguiente parada de la escalera, siempre con quejas de los viajeros. En ese momento y mientras subía, aterido de prisa, embalsamado de esa pez amarillenta que es la angustia del trabajo, con la mente ya en la mesa se cruzó con el anciano del traje azul. El anciano subía y junto a las jovencitas, el señor mayor sin prisa ni sueño, los trabajadores extranjeros, y algún que otro adormilado de traje apareció un señor de traje caro, apostura casi de galán de cine de los años cincuenta, tersa cara y cuello a pesar de tocar con la mano los setenta años, blanco bigote de kaiser o de húsar y endomingado y engominado pelo cano más por las patillas y frente que por la cabeza. Parecía escapado de una película de vodevil o de gangsters del siglo pasado.

Se quedaron mirando en el instante eterno que las conjunciones hacen cruzarse las escaleras que suben con las que bajan. El señor comenzó a sonreír y el atareado burócrata, el ligero corredor de las mañana se abrió de bruces. La velocidad llamó a su puerta y se abrió, todo corriendo, enseñándoles verdades que nunca son gratis, pasados que podrían ser multinterpretados, realidades de las que no se percató: clarividencia y lucidez en la hora de acabar de vencer el día del sueño. Todos estos prolegómenos e hipótesis le hicieron desembocar, como si se arrojará por un tobogán en una última y brillante idea: “Aquel día sería el de su muerte”.

No se diga el porqué ni el como, ni en que extraño ritual o conjuro extrajo esa información en la larga, larguísima escalera mecánica. Si fue de las mortecinas luces, de los techos de fibra de vidrio, del bullir pecaminoso de acedia o de cualquier otra cosa que ayudó a esa epifanía, nadie sabe como conoció esa realidad, no lo conocemos, tan solo que se cruzó con un elegante anciano de terno impoluto azul marino y sobrevino el ataque.

Llegaba casi a la oficina, apenas cuatro edificios más a paso ligero, para evitar el sudor, mirar el reloj un par de veces y pensar que ya empezaba retrasado, ese era su día. Pero antes de llegar al falso último escalón mecánico, pétreo, metálico y como peinado con una peina para retirar piojos cayó exangüe llegando a Ispahan. Nunca más se levantó.

(169) Botellas agrías

bonhamled 01/10/2007 @ 05:11

Para Pedro la distancia enciende luces nocturnas y llena botellas. Enciende luces mortecinas de soledad y llena botellas de amargura: Amargura de nostalgia y llanto, soledad y frío.

El llegar cada noche a casa sabiendo que allí es de día. Sentirse solo, ajeno, desbaratado y candado en un país que no es el tuyo, en una humanidad que no es la tuya, en una casa que parece tuya pero que es mentira.

Por eso y por añorar Guayaquil Pedro llora lágrimas agrias como el agua regia. Son lágrimas de lejanía, gotas saladas y acibaradas de bilis negra, melancolía de los suyos: su aire, su suelo, su sol, sus nubes, su familia, su habla.

Especularmente Pedro siente, como en una simétrica clepsidra, caer gotas saladas y ácidas del otro lado del océano. Esas lágrimas, todas esas lágrimas de uno y otro lado se cambian por una plata inminente que compra ilusiones pero no paga consuelos.

Por eso Pedro ajado, cansado en tierra enemiga y casi siempre extraña llora y toma. Cada botella vacía de su tomar, llena de amargura, representa una semana de soledad y un brindis al futuro. Ve la televisión, otra, sentado compartiendo casa y ve, encima del aparador, las botellas vacías de la distancia, de la emigración, del desespero esperanzado una vuelta que se toma más tiempo que mil hormigoneras de concreto en fraguar.

Son botellas vacías llenas de lágrimas que se han mandado con la plata, es el dolor y la vida emigrante, ninguna de las dos mentira, ninguna de las dos sucedánea.

(156) Instrucciones para (re)encontrarse

bonhamled 04/09/2007 @ 06:06

Después de haber atesorado un poco de cansancio en las piernas, otro poco de sol en el gesto y en el semblante, un poco de sudor en axilas y pecho y un mucho de silencio y de ese bisbiseo amigo del silencio que se trae el viento, con juegos, en copas, cumbres y riscos vuelvo y me veo.

Esta anábasis hacia mi mismo es buena, tanto que merece la pena volverse a quemar en el mismo fuego.

(155) Afirmación de Desmond Abarra

bonhamled 03/09/2007 @ 05:38
Con cansancio, algo de hambre pero viendo el futuro como colgado de un alambre que entre dos palos en un campo o era plena de vacío está a la espera de una actividad vivaz y promovida de campesino que ya solo existe en la mente y en el recuerdo.
Ese es mi estado, expectante, reinventándome, una vez más, pero escuchando y reconociéndome. Es una nueva sensación de espera ante el futuro y las personas. Cansado quedé de ser el primero en actuar, en ser el primero en dar y en recibir, de ser el que corre, anda, sube y baja mientras el tiempo ejerce y ejecuta su posición de dictador malquerido. Ahora las circunstancias me marcan el compás de vals, tres por cuatro, en el que bailamos, a veces con fe otras sin convicción. Es el baile de todos los malditos que vivimos en esta era de oscuridad brillante.

(148) Instrucciones para minimizar/salir del mundo

bonhamled 22/08/2007 @ 18:18

Existe la posibilidad de minimizar la pantalla, y con ello su imagen, su sonido, su molestia. También se puede, dentro de un programa de ordenador, salir del programa en cuestión, e incluso acabar con la sesión del ordenador.

En la vida normal esto es imposible, no podemos cercenar la voz yla presencia a las personas conjurándolas y convirtiéndolas en seres mínimos, tampoco podemos eliminarlas tocando la parte del extremo superior derecho. Es así y no hay vuelta de hoja aunque le veamos serías ventajas porque si lo pudieramos hacer, quizás, el mundo sólo sería un poco más horrible aún.

(147) La tapia de Társilo

bonhamled 19/08/2007 @ 17:39

El tiempo pasaba lento por la puerta de la casa de Társilo. La canícula del verano le inutilizaba parte del día pero ese mismo tiempo condensable y de efluvio volvía a ser suyo gracias al pensamiento que le rondaba, el hablar pausado y elaborado con otros que fueran apareciendo por la puerta de casa mientras el calor pasaba.

Társilo vivió en Aparicio a finales del siglo XIX y casi no tuvo tiempo de inaugurar el siglo de las muertes y maravillas. Los griteríos de fin del tiempo y la historia apenas le sorprendieron entre libros que compraba a un vejero y pensamientos gruesos que robaba aquí y allá para su solaz labriego y su preocupación pensante.

Társilo miraba al cielo, al tiempo, al aire, al monte ventoso, con Hería al fondo del horizonte, buscando un escaso huir del calor y cercar la verdad, aún por trozos, diócesis o atisbos. Observaba renovando ojos e ideas la tapia que encerraba un corral enfrente de su casa. Tras ella, la verdad, vacía y llena del lugar de encierro de ganado, porqueriza cabaña de heces y riquezas donde se escondían muchas metáforas y metonimias-sinecdoques del mundo.

La tapia, oquedad tapada, solidez pergeñada, temprana en lo temprano, eterna en lo tardío estaba culminada, al estilo de la región, con un remate de teja que hacía de vierteaguas hacia la calle, el camino, y el pasar de gentes y animales. De esta forma los días de lluvia la tapia se buscaba enemigos escupiendo aguas impertinentes e impenitentes sobre los pasariegos que huían de los vientos ridos mojados.

Társilo miraba la profunda solidez de la tapia, en veranos y en idus, y pensaba y repensaba su opacidad académica mientras leía, hablaba o posaba el pensamiento como mariposa. Era un pensar limitado y favorecido por ese muro que le descarnaba la vista pero le ayudaba a posar el pensar.

El calor acuciaba aquella tarde sin ni siquiera hacerle adoptar prevención por el paso del adversario Fadrique Peña. El oponente atábico, el rival de hace mucho; casi todo el tiempo que guardaba en el arcón de sus libros.

El ganadero rico cruzaba la calle siempre por el trozo de acera más alejado a su casa como temiendo y siempre yendo hacia un negocio, viniendo de una buena ganga, recorriendo el trayecto hacia algún embuste. Enemigo irreconciliable por ideas, por vivencias, por extremos, por ganados, y por pasados ni siquiera le robaba una paja del cereal convulso de su pensar su presencia delante del muro peripatético, hasta ahí llegaba la obstinación de Társilo en la enemistad y en su filosofía.

Pensaba Társilo, aquel día, sobre los humores, los amores y los odios, buscando y devanándose el porqué. En ese instante que era madeja con el que que se tejían las tardes calurosas una teja calló del tapión y fue a dar sobre Fadrique, quedando por largo rato allí, yerto y exangüe.

El dañar al adversario desarmado es el brocal del mal enemigo, del mal pensador, del escaso buscador, pensó aligerado Társilo. Entró lento en la casa para beber el agua del calor negando el auxilio al sangrante lerdo y, también, la posibilidad de verificar la muerte. Se contentó con lo segundo a cambio de no dotar de lo primero.

Ahí quedó, el ricacho, hasta que otra figura se recortó en la tapia con prisa, denuedo y urgencia para recoger al herido y llevárselo, como en un sainete o un entremés dramático, por el proscenio de los acontecimientos.

No se cuenta ni dice nada de en que acabó la pendencia del destino, o en que jeribeques desembocó la venganza sublimada de Társilo. Lo único que pudo saberse es que cuando algo era pensado, rumiado y digerido en exceso solía decirse en la comarca de Almadormida: "Estás más pensado que la tapia de Társilo" y así debió ser como la venganza se fraguó, sin manos ni aire solo tiempo y pensar.