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Categoría: Agua

(208) Elogio y defensa del nacionalismo.

bonhamled 08/12/2007 @ 19:51

Los nacionalistas viven en pequeños reductos.

Apenas respiran el aire abierto porque el aire viciado tiene mucho más polvo de la tierra.

Casi no leen porque sus lecturas no pueden verse contaminadas de internacionalismo y la tinta del calamar nunca se da en tierra adentro.

El sol le da un cierto orgullo y desesperanza: brilla para todos.

Los nacionalistas viven en pequeños grupos y mueren juntos como cucarachas en rincón.

Los nacionalistas pierden la vida y la razón negando lo que en lo otros es bueno y se empecinan en reivindicar todo lo que tiene de propio la mierda.

Los nacionalistas dan risa cuando no pena, pena cuando no miedo, miedo cuando no pánico, y sangre cuando nada de lo anterior.

Los nacionalistas nunca lee, rezan mucho, se masturban delante de banderas, les gustan los himnos de fanrarria y vestir y pensar uniformados.

Los nacionalistas piensan que la tierra se convirtió en destino y carne en ellos mismos y siempre se dan un papel protagonista en la historia.

Los nacionalistas andan por el centro de las aceras y piensan, con la barbilla levantada, que todos los demás son el resto.

Los nacionalistas les gustaría expulsar, echar, mandar fuera a los que no son como ellos somo si ser como ellos fuera un argumento positivo...

En el fondo son unos sentimentales con armamento dialéctico y militar.

(207) Mentiras lectoriles

bonhamled 08/12/2007 @ 06:58

“En Egipto, a las bibliotecas se las denominaba “tesoro de los remedios del alma”.

En efecto, curábase en ellas la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y origen de todas las demás”.Jacques Bénigne Bossuet

“Ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica” Jorge Luis Borges

“Si cerca de tu biblioteca tienes un jardín, no te faltará nada” Marco Tulio Cicerón

Un intelectual es el que va a una biblioteca incluso cuando no llueve” André Roussin

“La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible” Jorge Luis Borges

“¡Cuánto hay en la biblioteca sobre lo cual podría escribirse «para uso externo», como en los frascos de farmacia!” Alphonse Daudet

“Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo” John Steinbeck

“Una casa sin biblioteca es una casa sin dignidad” Anónimo

“Para instalar una buena biblioteca particular se necesitan dos cosas: un amplio círculo de amigos y una mala memoria” Georg Thomalia

“El destino de muchos hombres dependió de tener o no una biblioteca en su hogar paterno” Edmundo D’Amicis

(206) Cuento sobre azogues y tiempos

bonhamled 06/12/2007 @ 04:39
Miró el viejo espejo, en el que se refleja el retrueco gris, y me sorprendo de su estado. Su mal reflejo. Recuerdo cuando lo compré, tardo y en el horizonte. El azogue se aja y se va desprendiendo en aguas, devolviendo una puerta de oxido y desgaste como de un daguerrotipo con cenefa.

La imagen día a día se pierde en tiempos, en las arenas ardientes, heladas y herrumbrosas del día y la noche, en los rumores de personas y los runrunes de las hablas. El tiempo huye y el espejo se estropea, aunque puede que todo sea nada más que un caro teatro presentáneo que nos da la marca del discurrir parsimonioso y remachado del río-tiempo. Hasta ese punto es de cobarde que busca mercuriales de amalgama que, malvados, nos deparan en arquitrabes de metáforas y andamios sutiles de fragancias el negro agujero occiso del mechinal del "memento mori".

(204) El agua de Tales

bonhamled 04/12/2007 @ 05:47

Volvía a su casa, una vez desembarcado, pensando, por encima del horror de las cenizas derramadas y engullidas por el salado mar. Tenía la certeza de la pequeñez del ser humano. Zvi andaba en dirección a su casa, sus calles y a sus seres queridos, conocidos, vistos.

Recordó unas inmensas pilas de escorias que acarreaba a la voz rápida del capataz, amenaza y, a veces, castigo ejemplar. Por eso parecía poca cosa este último gesto.

Buscó un lugar en el mar, en el punto que más se pareciera más al de su izquierda, al oeste, a sotavento o a la hiperbórea; un lugar que pudiera ser cualquiera. Arrojó el contenido, que desapareció, convirtiéndose en nada, en un lugar que no era ninguno.

La desesperación de la ceniza vivió un instante apneico y, como la locura en el sabio o la pesadilla en la beldad, se hundió tiñéndose de gris oscuro, burbujeando sucio, escondiéndose para siempre, desintegrándose para no ser en aquel mar de la primera mañana.

Todo lo demás quedó atrás, la muerte, la nada, el vacío, el no ser, el no estar, el desaparecer, el pequeño viaje en secreto pero no oculto, y la vuelta tranquila, diligente pero no rápida: de marinero.

Anduvo las calles y vió personas, su gente. Los marineros reparaban redes para la próxima salida o para su guarnecimiento y guarda. Recordó a los saltarines muchachos por las calles. El sol se aventura en el cosmos de su camino por el cielo mientras la gente come, rie, vive y es, como en cualquier otro día de los que vendrán, como en cualquier otro día de los múltiples pasados.

Pensó, un instante, en el vivaz movimiento de la mañana: mujeres, niños, trabajadores, enfermeras, guardias, amigos, enemigos, cercanos, lejanos. Pensó en el mundo, en la vida y siguió andando. Ese andar seguro con paso señero significó mucho más que lo que había hecho dos horas antes: enterrar en agua el espíritu perverso y enfermo del falso Ricardo Klement, la mano ejecutora y pensante del asesinato de su pueblo.

(199) Preces

bonhamled 27/11/2007 @ 20:15

El gremio de teñidores de lana, sastres de frío y fabricantes de abrigos convocan al pueblo de Aparicio, y a toda la comarca de Almadormida, a preces por la pronta llegada de las beneficiosas lluvias y los parámetros metereológicos más adecuados y acordes a la fechas invernales en la que nos encontramos.

(186) La caja

bonhamled 31/10/2007 @ 05:45

Se acerca el señor maduro con su caja imprecisa entre las manos. Una caja de madera limpia y antigüa. Su cara dulzona y amable dice unas palabras melosas:

- La solución está aquí. En esta caja que te doy.

Abre la caja y aparece un dígito grande, largo, casi irreproducible que coincide con la cuenta bancaria del sujeto. Triste, pobre, desesperado por el dinero que no tiene y los problemas que compraría resueltos si lo encontrara en esa caja.

- Cada vez que abras la caja, tu cuenta se multiplicarán. La primera vez tus pobres 50 euros se convertirán en 100, la segunda en 150 euros, la tercera en 200. El límite último, la riqueza absoluta, significará que tu alma y tu cuerpo será mío. Vendré y te mataré.

Sin dejar su cara bonachona y beatífica, tras la amenaza de muerte, continua:

- Sin embargo, cada vez que veas como se multiplica tu dinero morirá una persona, quizás conocida, cada vez con más probabilidad de ser un familiar o alguien cercano.

- Aquí la tienes Ismael, tus peticiones han sido escuchadas pero ni tu ni tus allegados están seguros. Empléala con lucidez.

Ismael grita, alegre, al poder resolverl os problemas de su familia y, al instante piensa...

(Inspirado, algo más que inspirado en este comentario de Reddit).

(182) La separación

bonhamled 24/10/2007 @ 05:08

Se miraban sorprendidos, iguales en su desconfianza y mirada, llegaban a las grandes naves donde, rápidamente eran seleccionados.

Unos aquí, otros allá. Las leyendas les decían que tal grupo, el de los jóvenes, iba directo a la muerte, o quizás las mujeres, o puede que tal o tal cual, quizás aquel que ponían más lejos.

Llegaban a su lugar de esperanza, de espera, donde deberían aguardar algún hecho ignoto y amenazante.

Miraban al cielo, cerrado de chapa y el ruido de la maquinaria industrial. Su cuerpo, su cabeza, su traje sería aprovechado, todo sería aprovechado.

Los hombres que les tomaban, les movían, les golpeaban incluso tenían la cara impermeable de la repetición burocrática de nada valían los gritos y las preguntas. Si acaso solo para que un grito energúmeno o un golpe acallase el cacareo de las dudas.

La familias unidas se desunían, aquí los padres, sufrientes, allí los hijos desconocidos e inseguros, en general una muerte les esperaba.

Pocos días después, el infierno terrible de la muerte, la colocación en cajas y el acabar en un asador de pollos sería el futuro de casi todos: era el futuro de las gallináceas pobres.

(175) El pésame

bonhamled 14/10/2007 @ 07:33

La mano se convierte en nervuda y por la boca de la manga caen, como agujas de pino, la tristeza del momento solemne.

En la mano receptora, fría como mármol, callada como mármol, pétrea como mármol, solo un tañido casi oculto de frío latido batiente recuerda la vuelta de la ola de la vida.

La tez mortecina, el cansancio, la situación, los ojos hundidos en cuévanos sin tesoro, la boca en rictus de nervio y el cuerpo desbaratado en un nervio eléctrico.

Una lágrima nostálgica cae, un grito apagado calla, una mirada, agresiva mira al yaciente.

En las manos que se entrecruzan en el baile del cabeceo y la jaculatoria unas gafas.

Quizás eso sea la vida donde se entrecruza lo pragmático y lo desconocido.

(173) Las lenguas perdidas

bonhamled 09/10/2007 @ 04:53

Salió de la taberna, medio expulsado, medio marchado y trastabillando apareció en la mitad del camino iluminado por la luna. Triste como el licor, alegre como la luna que le asombraba la piel color de la tierra esculpida a golpes de generación.

Calló al suelo y cuando caía, mientras caia, al caer, se topó con el tiempo, con el suelo, con sus muertos, exclamó, “S`Chirpe”. Esa palabra escondida en los arcanos de su infancia le llevaba a aquellos días de familia, cercanía y selva. De otra sociedad y otro tiempo que fue devorado por el progreso y por el colonialismo cultural. Moría, ahora, el idioma que hablaron sus padre, sus abuelos y sus ancestros y solo nacía con el dolor absurdo que sentía en el costado.

El hígado y la vida de paria dolía, el sentimiento de ser el último de su estirpe dolía y ante toda esta fatalidad ahogada en días y en licor solo podía decir chasqueando la lengua “S’chirpe”. El signo de la fatalidad de los Vorkahs. La muerte ya venida.

(172) La escalera de Ispahan

bonhamled 07/10/2007 @ 15:41

Llegaba tarde, llegaba tarde, cada día llegaba tarde y al día siguiente tenía que volver a salir corriendo de casa para llegar, casi ahíto, al andén de tren y bajar las escaleras y volverlas a subir. Sólo en el tren se sentía seguro: Alea Jacta est.

Llegar al destino, no al final, sino al más cercano y embadurnarse de nuevo de prisa para llegar al trabajo. Comenzar el día con estrés, desayunarse estrés, y convivir con la tensión, como una sombra que acompaña, durante toda la jornada. Era algo extenuante e imprescindible: el jugo de la gran ciudad. La continua carrera huyendo o buscando.

Cada día capturaba su atención las escaleras mecánicas y las gentes pausadas, lejanas, tranquilas que iniciaban el día con ese inicio pausado y procrastinador que tanto se diferenciaba de su bautizo de la mañana.

El elemento metálico ruidoso, con un eco reverberante casi imperceptible en la vaciedad del hueco de la escalera que soporta y permite superar esos desniveles de vértigo, el zum zum de los pasos, de los adelantamientos, por la izquierda, del habla de algunos de lejos, del rugido de algunos cercanos. Todo ello como si fuera un bodegón sociológico de la mañana con prisas le llamaba la atención como si fuera un arca de Noé inclinada cuarenta y cinco grados.

Subía las escaleras mecánicas con el zumbido del motor, algunos chirridos prestos a formar la siguiente parada de la escalera, siempre con quejas de los viajeros. En ese momento y mientras subía, aterido de prisa, embalsamado de esa pez amarillenta que es la angustia del trabajo, con la mente ya en la mesa se cruzó con el anciano del traje azul. El anciano subía y junto a las jovencitas, el señor mayor sin prisa ni sueño, los trabajadores extranjeros, y algún que otro adormilado de traje apareció un señor de traje caro, apostura casi de galán de cine de los años cincuenta, tersa cara y cuello a pesar de tocar con la mano los setenta años, blanco bigote de kaiser o de húsar y endomingado y engominado pelo cano más por las patillas y frente que por la cabeza. Parecía escapado de una película de vodevil o de gangsters del siglo pasado.

Se quedaron mirando en el instante eterno que las conjunciones hacen cruzarse las escaleras que suben con las que bajan. El señor comenzó a sonreír y el atareado burócrata, el ligero corredor de las mañana se abrió de bruces. La velocidad llamó a su puerta y se abrió, todo corriendo, enseñándoles verdades que nunca son gratis, pasados que podrían ser multinterpretados, realidades de las que no se percató: clarividencia y lucidez en la hora de acabar de vencer el día del sueño. Todos estos prolegómenos e hipótesis le hicieron desembocar, como si se arrojará por un tobogán en una última y brillante idea: “Aquel día sería el de su muerte”.

No se diga el porqué ni el como, ni en que extraño ritual o conjuro extrajo esa información en la larga, larguísima escalera mecánica. Si fue de las mortecinas luces, de los techos de fibra de vidrio, del bullir pecaminoso de acedia o de cualquier otra cosa que ayudó a esa epifanía, nadie sabe como conoció esa realidad, no lo conocemos, tan solo que se cruzó con un elegante anciano de terno impoluto azul marino y sobrevino el ataque.

Llegaba casi a la oficina, apenas cuatro edificios más a paso ligero, para evitar el sudor, mirar el reloj un par de veces y pensar que ya empezaba retrasado, ese era su día. Pero antes de llegar al falso último escalón mecánico, pétreo, metálico y como peinado con una peina para retirar piojos cayó exangüe llegando a Ispahan. Nunca más se levantó.