El tiempo pasaba lento por la puerta de la casa de Társilo. La canícula del verano le inutilizaba parte del día pero ese mismo tiempo condensable y de efluvio volvía a ser suyo gracias al pensamiento que le rondaba, el hablar pausado y elaborado con otros que fueran apareciendo por la puerta de casa mientras el calor pasaba.
Társilo vivió en Aparicio a finales del siglo XIX y casi no tuvo tiempo de inaugurar el siglo de las muertes y maravillas. Los griteríos de fin del tiempo y la historia apenas le sorprendieron entre libros que compraba a un vejero y pensamientos gruesos que robaba aquí y allá para su solaz labriego y su preocupación pensante.
Társilo miraba al cielo, al tiempo, al aire, al monte ventoso, con Hería al fondo del horizonte, buscando un escaso huir del calor y cercar la verdad, aún por trozos, diócesis o atisbos. Observaba renovando ojos e ideas la tapia que encerraba un corral enfrente de su casa. Tras ella, la verdad, vacía y llena del lugar de encierro de ganado, porqueriza cabaña de heces y riquezas donde se escondían muchas metáforas y metonimias-sinecdoques del mundo.
La tapia, oquedad tapada, solidez pergeñada, temprana en lo temprano, eterna en lo tardío estaba culminada, al estilo de la región, con un remate de teja que hacía de vierteaguas hacia la calle, el camino, y el pasar de gentes y animales. De esta forma los días de lluvia la tapia se buscaba enemigos escupiendo aguas impertinentes e impenitentes sobre los pasariegos que huían de los vientos ridos mojados.
Társilo miraba la profunda solidez de la tapia, en veranos y en idus, y pensaba y repensaba su opacidad académica mientras leía, hablaba o posaba el pensamiento como mariposa. Era un pensar limitado y favorecido por ese muro que le descarnaba la vista pero le ayudaba a posar el pensar.
El calor acuciaba aquella tarde sin ni siquiera hacerle adoptar prevención por el paso del adversario Fadrique Peña. El oponente atábico, el rival de hace mucho; casi todo el tiempo que guardaba en el arcón de sus libros.
El ganadero rico cruzaba la calle siempre por el trozo de acera más alejado a su casa como temiendo y siempre yendo hacia un negocio, viniendo de una buena ganga, recorriendo el trayecto hacia algún embuste. Enemigo irreconciliable por ideas, por vivencias, por extremos, por ganados, y por pasados ni siquiera le robaba una paja del cereal convulso de su pensar su presencia delante del muro peripatético, hasta ahí llegaba la obstinación de Társilo en la enemistad y en su filosofía.
Pensaba Társilo, aquel día, sobre los humores, los amores y los odios, buscando y devanándose el porqué. En ese instante que era madeja con el que que se tejían las tardes calurosas una teja calló del tapión y fue a dar sobre Fadrique, quedando por largo rato allí, yerto y exangüe.
El dañar al adversario desarmado es el brocal del mal enemigo, del mal pensador, del escaso buscador, pensó aligerado Társilo. Entró lento en la casa para beber el agua del calor negando el auxilio al sangrante lerdo y, también, la posibilidad de verificar la muerte. Se contentó con lo segundo a cambio de no dotar de lo primero.
Ahí quedó, el ricacho, hasta que otra figura se recortó en la tapia con prisa, denuedo y urgencia para recoger al herido y llevárselo, como en un sainete o un entremés dramático, por el proscenio de los acontecimientos.
No se cuenta ni dice nada de en que acabó la pendencia del destino, o en que jeribeques desembocó la venganza sublimada de Társilo. Lo único que pudo saberse es que cuando algo era pensado, rumiado y digerido en exceso solía decirse en la comarca de Almadormida: "Estás más pensado que la tapia de Társilo" y así debió ser como la venganza se fraguó, sin manos ni aire solo tiempo y pensar.