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Categoría: Aire

(324) Cuenta doña Credencia

bonhamled 16/12/2008 @ 18:24

Habla con ganas de callarse Doña Credencia...escucho sus palabras e imagino aquellos momentos de luces sobresaturadas, calor y moscas:

"Recorre las calles de Almadormida el vendedor Goush.

Vende productos traídos de más allá de las fronteras, de las tierras hiperbóreas de Noruega y del corazón caliente de la Casiopea macedonia.

Arrebata a chiquillos con sus dulces de desconocido sabor y a mujeres con su sonrisa aria y arisca. Viene de más allá de Aparicio y ha mercado de largo, al menos tres o cuatro años, en Hería sin entrar en la comarca rica y principal. Viene alzado en coturnos insoportables que le levantan y le hacen visible. Viene siempre buscando rincones para aposentarse, parar el sol y hacer su habla lenta. Los cotes del monte bien le conocen, sabe oir al viento y recoger su enseñanza, sabe vislumbrar en oscuro, conoce los congostos caminos y sus polvaredas comentadoras de arriero aburrido.

Vende también en su camioncito venido a menos libros de interés que congregan atención en el siempre ilustrado pueblo de Almadormida. Incluso el alcalde baja a la calle para ver el revuelo del extranjero pelirrojo.

Luego, y después, sería común ver al pelirrojo de mala estampa por las calles, hasta aposentarse, junto con sus productos, cenefas, libros y parlas en una de las callejas del pueblo. Nunca se arrepintieron lo suficiente.

Libros como aquel de Stondheim sobre el veneno de los árboles, la literatura falsamente hasídica de un llamado Mathias Lubermuller y la Biblia apócrifa y protestante de un francés, Menard, que traía mas texto y menos explicación que la que portaba como devocionario Don Senén ,el pater algo descreído y muy mudo de la iglesia mayor de Almadormida.

En el sagrario de la iglesia junto con el cuerpo de cristo de cereal del que rodeaba Almadormida se encontraba una duda blanda, blanca, pertinaz en el corazón del páter Don Senén, como parte de su atalaje talar  Quizás de esa impiedad del pastor nació la duda que alimentó al pelirrojo vendedor, quizás todo fue pura casualidad de llanura, quizás solo el viento y el tiempo.

Goush era un "Snopes" de bajos instintos, revelador de una verdad ignara, atractor de moscas, mozuelas y mozos vírgenes, soliviantador de ánimos y congratulador de poderosos, el aciago Goush entró en Almadormida el mismo día en el que salieron los pocos ángeles y potencias existentes.

El llanto antes era salado y amargo a partir de ese momento fue ácido y seco...."

Despierto con el callado de Doña Credencia, tras el instante brocal de silencio sentencia: "No quisiera tener que contar más. NO quiero hablar más."

Se va Doña Credencia, hacia la iglesia como buscando santuario. Se va la anciana con la sensación de haber hablado de más.. de mucho más.

(319) La torreta

bonhamled 16/11/2008 @ 09:46

Tocan en la puerta, retumbo de madera en la estancia vacía.

Tocan tres veces, en los pasillos rebotando contra lo no existente.

Esa pálida insistencia, esa tenue inminencia necesaria.

 

Una muerte aparece tras la puerta, el sueño del fin.

Una guadaña que no existe, una sonrisa que rutila.

Un instante y estas muerto pero empiezo a hablar.

 

Los golpes, los pasos de hueso, los andares rotos

Los días y las noches, las obligaciones y el pasto del tiempo:

Fuego, fuego, fuego.

 

Todo acaba con la torreta, estertor terrible de Ícaro.

(315) Aceros biselados, hormigones achaflanados, maderas taladradas

bonhamled 24/10/2008 @ 19:28

El hormigón se hace viejo, la madera se pudre o se pierde, El acero se convierte en endiablado óxido bermejo.

La pintura se descascarilla y asoma el verde, el verdín infame, pendejo.

Yo paso el tiempo, sabiendo que soy lo que parece, y detrás está el tiempo.

(310) Transido

bonhamled 24/09/2008 @ 19:54

Transido de aglomeraciones, de públicos, gentes, greys, hordas.

Cansado y angustiado de metros bajos, llenísimos hasta casi los dos metros, sudores y gruñidos, gente, gente.

Regido por un reloj otoñal que siempre da más hora de la que se le pide. Viviendo una ilusión que se pospone como fieltro o como friso grecado.

Guardando la fe, la ilusión, el tiempo y la resistencia para una vida que sería al aire libre pero que incluso en la calle casi nunca lo es. Es una panacea o  una falacia o quizás simplemente mentira negra como alquitran o gris como hormigón.

(306) Levanta la sutileza

bonhamled 13/09/2008 @ 10:41

Levanta la sutileza y no te dejes llevar por el abotargamiento de los sentidos, incapaces de digerir más.

Siente el vacío y la llenitud de la sensación, la vida, el tiempo. No intentes ahogarte, en vida, en mujeres, en edades: es erróneo.

Procura sentir ese poco más que es la diferencia cualitativa y cuantitativa, no pretendas zambullirte en la sensación: solo lleva a la muerte.

Siente el sonido flojo, el sabor suave, el sentirse austero, el vivir completo.

Porque otra solución al final cansa, al final agota, incluso de uno mismo.

No hay otra solución beber a pequeños sorbos, comer a pequeños mordiscos, vivir a pequeños pasos.

Porque eso sorbos, mordiscos, pasos son las materias de las que se construyen las sombras del recuerdo.
Que amplificarán lo maravilloso de lo parco y disminuirán, hasta la eliminación, de aquello que cansó.

No nos dejemos caer en las redes del más sino del mejor, juguemos con el recuerdo a nuestro favor.

Pensaremos, también que el tiempo es nuestro.

(302) El español y el agua

bonhamled 01/09/2008 @ 17:26

El español reniega de sus vísceras y sus trapíos.

El español enrolla en sus rollos de lata toda su prosodia y retórica.

El español cainiza cada lunes y cada martes.

El español niega lo blanco por aceptar lo negro que niega el blanco.

El español mira a su nadir teniendo que levantar sus pies.

El español busca con un ojo al mesías mientras con otro lo derroca de su columna.

El español se desespañoliza para volver, lázaro, a una españolidad digna de traicionarse cada segundo.

El español odia al suelo y al cielo, al derredor y al jerarca.

Pero cuando el agua cae, el español se rasca la cabeza, parece cosa de mago o de dioses.

El español espera que termine la sagrada lluvia para continuar con la acechanza, la maledicencia, el brío retador y la autoantropofagia.

(301) Yo no soy Benedetti

bonhamled 27/08/2008 @ 17:20

Yo no soy Benedetti por eso digo corazón: coraza: carozo.

Ánima eterna en la lejanía de los centímetros y entre la lupa eterna, también, de mis lágrimas ajenas, ventosas y airadas de leve céfiro.

(300) Metro

bonhamled 24/08/2008 @ 11:54

El metro destapa, la capa de la ciudad.

Olores y gentes, enemigas, baratas.

Indecencia y suciedad, orines y mentes

Huyentes, vacías, heredad de no tiempo

miento, y vivo entre vías, matad antes del crimen

Entes, seres, líos, hachas de himen, turbiedad

Sin lugar, bebes y muertes, casas y días.

El metro destapa, traquetreo infernal

El tiempo, el odio, la vida, el funeral.

La música demasiado alta, estentórea.

Preseas de una vida que no es:

La vida canora, huida, mala, hija del rugido y del chirrido.

(299) Poeta

bonhamled 16/08/2008 @ 03:28

El poeta mirando por la ventana,

Se ajusta el cuello de su linda camisa

Que rima con su flequillo de moderna factura

Con una mano negadora de la bonanza y la sonrisa.

Espera la hora de la comida con la mano en la leontina

Duerme la siesta, sin amargura, espera a un no mañana.

Se atusa la vida y reduce el devenir de la vida

Espera un mañana mejor.

(295) La llamada

bonhamled 21/07/2008 @ 17:20

Tomó el teléfono y casi tropieza, tenía frío en las piernas, estaba dormido, que el mundo giraba; en algunos sitios era incluso medio día, y que lo que le decían por el teléfono no era ininteligible.

-Tu padre ha muerto- le decían – Un ataque al corazón, no ha sufrido, apenas unos pequeños espasmos y murió.

El teléfono casi se le cae, con la gravedad que nunca cesa, como el tiempo. Su padre, la figura paterna existente siempre como un narrador de su protohistoria. Recordó durante un instante toda su vida, como, según se dice, hacen los que van a morir antes de hacerlo, .

El horizonte claro de la muerte era el desasosiego que le accedía como una ola de ira y de sincera reconciliación. Ira por lo inevitable, reconciliación con el mundo, que seguía girando a su modo.

La gran cantidad de gestiones y papeleo que tenía delante de si, le desazonaba, lo prosaico de la situación trascendente, como lo ridículo en los momentos clave, históricos, en una palabra: Trascendente.

Salió de su casa en una calle recién amanecida y a su izquierda se vislumbraba una claridad temprana de Abril. El destino era un hospital o quizás el tanatorio.

Arrancó el vehículo, dobló calles, siguió bulevares, paró en semáforos y continuo por avenidas hasta llegar al acceso dificultoso, ahora expedito, del hospital. Todo era sencillo en la ciudad que despertaba en una mente donde truenos, relámpagos, rayos y batir de dioses contrastaban con el poco ruido exterior.

Volvió a doblar dentro del aparcamiento de coches, un poco lejos pero no mucho de la entrada de urgencias de modo que la quietud amaneciente sobre la ciudad, que quedaba un poco más abajo, se vestía de naranja intermitente y el murmullo cercano de la rapidez se confundía con el rechinar de sus ruedas, lo mismo pero no igual.

Entró al hospital, preguntó el paradero, eficiente y burocrática la enfermera, o mera informadora, le dio en mensaje conciso y claro, con la eficiencia impersonal y maquinal de un engranaje.

Sin embargo la situación, por repetida, no era nueva… era su padre.

Debía hablar antes de nada con el doctor Gómez, la policía estaba allí también. Se preocupó, su padre no había muerto de forma natural sino que, muy probablemente había sido envenenado.

Supuso que no quisieron alertarle cuando le despertaron hace cuarenta y cinco minutos pero el doctor asombrado solo pudo indicar que apenas habían empezado los primeros estudios y que, aun en este estadio, parecía posible el envenenamiento.

La policía no se sorprendió mucho al verle si bien aseguraron no haberle llamado, ninguno.

Empezó a llorar cuando vio el rostro de su padre desencajado, con el color rojo casi mudado en el amarillo céreo y cenital. Su cuerpo, tendente a la obesidad y a la alopecia, escondió lo que fue un hombre fuerte, joven y vigoroso, pero que había muerto

Se sentó en los largos pasillos asépticamente limpios del hospital mientras la policía indagaba.

Es cierto que era viudo, sin grandes preocupaciones económicas pero tampoco un capital, no tenía grandes enemigos, solo tenía un hijo, él , que era separado y vivía en la otra punta de la ciudad.

Miró al cielo, pensó, quien puede hacer daño así. ¿Porque?

La policía confirmó la muerte por envenenamiento aunque no se derivaba ningún concepto más. Este envenenamiento podía ser como consecuencia de un accidente, un suicidio o un asesinato.

Miraba al cielo, de escayola de hospital. Y el brillante suelo repulido tanto por las penas negras de los que allí moraban como por la eficiencia de los médicos y enfermeras funcionarizados.

La policía siguió preguntando, el llenó sus ojos de lágrimas de cercanía, una cercanía que se había difuminado entre los conflictos de la muerte de la madre, tres años antes, la separación y las desesperaciones que cada uno de ellos cargaron y sobrellevaron, solos, sobre sus propios hombros como camellos en caravana, con un mismo destino de cuerda pero diferentes pasos.

Volvió a llamar al trabajo para avisar que que tenía que hacer gestiones, el auricular le devolvió una voz familiar grave, circunspecta y acorde al hecho "Toma el tiempo necesario".

Apenas colgó el teléfono móvil, que blandía como nexo o cadena con el mundo habitual de la prisa, volvió a sonar y escuchó, de nuevo una voz familiar que le preguntaba si sabía quien había envenenado a su padre. Apenas habían pasado media hora desde que le indicaron esa posibilidad y, pensándolo, era la misma voz masculina suave y sin acento que le indicó que su padre había muerto.

Preguntó- ¿Quien es? ; grito: ¿¡Quién es?!

Ninguna pista, ningún indicio de quien parecía que conocía tanto.

La voz calló, no sabía si el teléfono se desconecto como consecuencia del aspaviento que hizo al reconocer la persona, la voz, la actitud, el acto, el enemigo, el asesino, o era un silencio para que se cociera en el jugo de la tristeza, la inseguridad y la incertidumbre. Quizás era simplemente uno de los policías que le llamaba, no lo sabía.

Habían matado a su padre, pensó, y el llanto de tristeza y abandono se mezcló con la hiel verde y mucilaginosa de la necesidad de verdad, o de necesidad de venganza o quizás el trozo de pasta negruzca del miedo. Quizás la pieza canónica, modular, y reconocible del dolor expresado en barras paralelas y eternas de la verdad, sin más duda ni más adjetivo.

Vagó por las calles y volvió a la casa esperando un grito del teléfono. Escucho el sonido del teléfono acaracolado de obsequiosos sonidos agudos como un polisón nacarado de noticias y dolores. Miró con estremecimiento la pantalla lejana con los símbolos cifrados y, al final, lo cogió esperando  que el dulce asesino le diera una pista, una esperanza, un hilo.

Era la policía; le necesitaban de nuevo, se aprestó a acudir mientras miraba al teléfono oráculo tras la puerta que cerraba.

La policía repasó su ultimo día con su padre, apenas hacía tres días, preguntó y contrastó, pregunto e inquirió, preguntó y desconcertando volvió a preguntar. Cansado, abierto de pequeñas disputas, elegías subyacentes y rugosidades del trato volvería a su casa. Esperaba otra llamada, de un asesino, de un tahúr, de un adivino, de un médium. Nada le refirió a la policía, no tenía claro que no fuera un juego malévolo y travieso de su propia cabeza.

La realidad era solo una, decía, su padre había muerto, su padre no estaba, y además, en su fuero interno, pensaba que le habían matado. La policía de alguna manera debía saberlo cuando le preguntaba de esa manera tan obsesiva. ¿Quizás el obsesionado era él?, ¿Quizás el culpable era él?

El padre padecía del corazón, tomaba medicación, y sufría algo de artrosis, herencia de una vida de trabajo. La medicación, peligrosa en dosis, también estaba en la casa esperando su tiempo de remedio o de némesis. Ya se había preocupado la policía, de buscar entre sus cosas indicios, engaños, pruebas.

Volvió a la vieja casa del otro punto de la ciudad; esta vez entre los policías fingidos del investigación. Miró la calle, el cielo y el suelo y volvió a pensar que alguno de los viandantes esperaba allí para llamarle cuando menos lo esperará. Quizás la llamada que esperaba, corta, austera y cortante, como de estación de tren fuera la de su propio padre. Se fijó en el hombre bajito con el pelo rizado que miraba distraído un escaparate, al inmigrante negro o la señora con el perro.

No era cierto