El sueño torvo de la comarca de Almadormida atenazaba mis sueños, repetitivo y recidivante contaminaba mis sueños con aquellas historias de traición e inquina, de tiempos de guerra y de absurdos que se tornaban en catecismos abruptos y ateos. Era el tiempo de la leyenda y de las eras perdidas. La era de una comarca rica, la era de unos poderosos, la era de una sonrisa y la era de las múltiples amenazas, la de la guerra civil, la de la guerra mundial, la del hambre, la del futuro.
Este cuento iniciático y algo hermético de la comarca de Almadormida y Hería con sus pueblos,: Aparicio, Metrestás, Hería, sus bosques de pino y madera, sus campos de cereal verde y sus gentes antes amantes del futuro, hurañas, taimadas o confiadas me llevaban a un sueño de una era desaparecida, tan del siglo XX que parecían que eran hijas del uno de enero de 1900.
Las leyendas que me contaron las del retrueco, las de aciago pelirrojo, la de las innumerables tertulias en casas o en bodegas, la de los gritos, la de los enterradores, la de un vivir acompasado y a veces premioso, la de la muerte como parte de la vida, la de la vida como trasunto de la muerte. Todos ellos llegaron a mi mucho tiempo después, muchísimo, con los pueblos casi abandonados y pútridos de hierba rastrojera. Con los sonidos casi apagados, con las canciones y las fes casi perdidas, con el tiempo dando vueltas de loco por las plazas y recovecos como demonio.
Hoy, al conocer de esta comarca, de esta comarca que pasó a los libros como una región unida pero maldita, mi mente se llena del viático de aquellos vinos y efluvios de tiempo pasado, de temores atávicos y ancilares a una vida que parece que solo porta luz. Ahí se inicia la historia y el problema: apariencia y falsedumbre.
Mi paseo por lo que queda de Almadormida, que en tiempos llegó a tener sus buenos ochocientos vecinos, deambula por sus calles y de pueblo perdido casi abandonado a la urbanización agresiva y donde su oremos se perdió entre la batuta de las copas insignes de los abedules, los pinos, los álamos, los cipreses y otros muchos árboles como robles, olivos, los menos, y haduras. Los árboles chamánicos de la región, mitad leyenda, mitad maldición.
Mis pasos llegaron a Almadormida como consecuencia de mi trabajo de ingeniero topógrafo. Aquella olvidada tierra necesitaba, por mor de un futuro que les trajo todo lo peor del mundo, nuevas carreteras, nuevas infraestructuras, gentes peinadas y relamidas que acarrearan al pesar de esa Castilla olvidada todo lo bueno del progreso. Como si el progreso, el avance, el adelantarse, la mejora fuera algo mejor que su vida tranquila, pobre pero de sueño grueso y bonancible como sus mantas de invierno.
Mis teodolitos marcaron lugares, tomaron cotas y elevaciones y generaron un mapa virtual de una tierra que conocía tanto de la realidad como para estar hecho trozo a trozo y hierro a hierro de ella misma: La canastilla temporal, intemporal y atemporal de los fines de siglo, siempre frontera, siempre puntos y seguidos, siempre víspera.
El anciano Alcalde de Aparicio, todavía orgulloso de un pasado del que mejor no hablar, el último hijo de leñero de Hería, con su silbante miedo en forma de viento Rido. El sacerdote, heredero de un enigma que fue crimen, y todos los ancianos a los que vi no me dieron mucha señal, miedosos, supersticiosos y plenos de gestos y signos conjuradores tras cada palabra, cada mención, cada danza, desconfiados en aquel invierno que pasé midiendo y dibujando.
Ojalá no hubiera ido a Almadormida, su tenebroso sueño mancha mis noches. Ojalá hubiera ido antes… un trozo de verdad se me dio en aquel pueblo perdido de Castilla.