La propuesta era curiosa y, al tiempo tentadora. Ignoraba, entonces que entre los que se encontraban en esa mesa de reunión, tertulia y habladuría había quien tenía ese poder. El porque tenía ese poder y que hacía escuchando a quellos escritorastros, pintorastros, culturastros no se conocía. Quizás el lo conociera con su omnisciencia difusa.
Entonces me decís, que entre elegir conocer a Dios o conocer a otra persona, preferiríais casi sin duda conocer a Dios.
Se rasco su barba rala y blanca y luego la cabeza, con el vitiligo incipiente de una vejez no tan incipiente.
El docto profesor pensaba muy rápido mientras quien habría de concederle cualquiera de los ejemplos hipotéticos esperaba, como esperaba cada vez que se sentaba allí con el silencio y con la admiración por aquel pequeño gran sabio.
Buen, si suponemos que Dios existe el poder estar delante e incluso preguntar podría ser muy interesante aunque su voz, su conocimiento, sus ideas y su razonamiento pudiera ser, al menos, tan ignoto e inextricable como su mera existencia o no para los que aquí estamos.
Por otro lado si Dios no existiera, el volver a la tierra después con las manos llenas de nada, con la certeza casi inmoral de que nada hay, ningún principio rige y solo la benevolente querencia del ser humano por redimirse es lo que ha construido un mundo artificial de moral, religión, comportamiento y ética.
Sin embargo conociendo a otro ser humano, cualquier, y conociendo de su sentir, de su saber, de su existir y de su devenir podríamos, en último caso y si tenemos tiempo suficiente extraer, extrapolar o, incluso, definir por similitud, cercanía lo que nos une, lo que nos hace juntos, lo que pudieramos tener de lo mismo.
En esa situación de conocimiento múltiple, más allá de los sentidos, y más vinculado por las sensaciones no empiricas que por cualquier otra cosa. No se me pregunte solo ese ser otro puede explicarse siendo otro y nunca he sido otro, si acaso uno otra vez y de ahí he obtenido que se siente y se ve otras cosas y otro mundo.
Como digo siendo algo parecido, conociendo se podría conocer lo que tenemos de común. Ese común podría ser muchas cosas entre ellas el vínculo inicial, cotidiano, no vinculado a la cultura ni al desarrollo intelectual sino a lo más orgánico. Por abundar, indiquemos que eso le podríamos llamar Dios o naturaleza o coincidencia, quizás.
Ese “Dios, naturaleza o coincidencia” sería, necesariamente existente, a diferencia del caso anterior. Y solo la posibilidad de conocer, de admitir la presencia de un ser supremo con argumentos diferentes al primario verlo pero que igualmente podrían llevarnos a la conclusión sin el desarraigo instantáneo ni la incomprensión de enfrentarse el gigante lo harían, si, quizás mejor.
Creo que preferiría conocer a otro semejante desde dentro y siempre y cuando no significase su menoscabo y, mucho menos su muerte. Esa sería mi elección, el pastel o filete que puedo comer: Ver el mundo desde dentro de un semejante.
El nervudo, algo achepado y sonriente caballero del fondo reconoció la bondad del razonamiento y de esa grandeza de enano que gobernaba, por desgracia no muy abundantemente, a los seres humanos. Se dispuso, puro pensamiento, a conceder esa capacidad.
El mundo se paró excepto para el profesor y escritor frustrado. El mundo, el café, la mesa blanca de mármol de la tertulia acabaron calladas y silenciosas como en una congelación. El tiempo se paró, “se paró”, y solo pudo ver en este acontecer polidimensional al taciturno, socarrón y siempre agradable farmacéutico del final. Sus chistes, sus viales extrañísimos y su sincera y sencilla vida le hicieron acreedor de esa mesa de comentario letrada pero no hasta la sedancia, especialista pero no hasta el aburrimiento.
Ambos mirándose, sorprendieron el tiempo con su charla. El farmacéutico le explicó su situación y lo poco común que era que él tuviera ese interés por un humano. El profesor no creyendo lo que veía, hace un instante todo era bullicio, tintineo de botellas y tazas y frases solas aquí y allí en el café. Ahora el silencio total solo se llenaba de la voz profundísima, no la recordaba tan profunda, y amable de su amigo. ¿Era su amigo?, no cabe duda de que si.
¿Quién habrá de ser la persona que elijas habitar?, ¿Cuánto tiempo la habitarás?, ¿Cómo prefieres que esto se haga?
El profesor con su mano en la barba y un poco más de miedo de lo normal se volvió a rascar la cabeza, vio inmóviles a sus amigos y el silencio que como aguacero había y se levanto algo sobre la silla.
No tengas miedo, amigo, no tienes nada que temer. ¿Cuál será tu elección?.