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Categoría: Ajenos, prójimos, otros

(324) 515

bonhamled 14/12/2008 @ 09:04

Quinientas quince mentiras atrapadas con la torpeza de un cazamariposas.

Cazadas como en el cuento con un canasto de mimbre.

Pegadas con la liga prohibida que atrapa a la alondra a la que cantan y al cuervo al que temen.

Quinientas mentiras que son trozos del espejo roto en mi mismo. Quien quiera como en una espectrometría de masas chusca reconvenirme a base de reconstruirme se encontrara con un principio antiDerrida.

Ni soy la suma de mis trozos ni queda algo fuera de mis trozos que no sea yo.

Es solo un trozo de mi, en un tiempo, y en un sentido. Demasiadas dimensiones como para construir un modelo aunque animo a hacerlo y que me cuenten el resultado.

(322) La más dificil declaración de amor del mundo

bonhamled 27/11/2008 @ 07:29

No empecemos con el verbo, acabaríamos pronto, pero rodeemos la esencia a mostrar por la palabra, la acción, el sintagma, la proposición, la vida en letras (cómodas):

  • Existen tres estados naturales de la materia: sólido, líquido y gaseoso, eso es claro. Además algunos físicos apuntan por un cuarto a medio camino entre todos: el plasma, con características de los tres anteriores y algunas más demiúrgicas, desdeñosas y taumatúrgicas.
  • Consideremos, pues, cuatro estados físicos de la materia, tengamos en cuenta, también, pero con criterio más clasicista y, si se quiere, romántico, cuatro esencias naturales o cuatro composiciones de la materia: fuego, agua, tierra y aire.
En este momento y sin abundar mucho ya tenemos dieciséis estados físicos y composiciones combinatorias de la materia posibles.
  • Esto nos da espectáculos tan edificantes pero tan poco científicos como el fuego líquido o el aire sólido. Una canónica absurda. No digo que no existan, porque existen en el muy empírico mundo de la poesía, lleno de veneros y regatos, cuando no rieras, ramblas, azudes, aluviones y aducciones, donde se esconden estos legendarios estados y muchos más que son herramientas y materiales básicos para expresar lo que busco.
Caigo en una trampa solo entendible por Stuart Mill o Compte, ¿No es mi interés esconderme tras una metafísica con rigor parduzco para explicar una epistemología muy primerona? Avanzo un paso más y digo: ¿no es una pulsión ahorrosa y pequeñoburguesa del asunto?. Opto por liberarnos de estados de la materia poco probables.
Ya permanente en este mundo poetiano que hablo, debo añadir a esta pléyade un estado natural, de la materia: endonaturalismo intrínseco u poetil y llamémosle Austeril o Alleniano por la paradoja judía o por el risueño sueño paranoico neoyorquino.
Este estado de la materia tiene características comunes con los anteriormente expresados, e, incluso, con las cuatro esencias naturales del viejo Aristóteles y su maestro socrático y cicútico Platón. Digo, casi sin equivocarme, que el barro con el que quiero forjar o fundir una frase tiene de sólido la agregación en moléculas a distancias casi fijas y el tener un volumen y forma casi determinada, aunque sus moléculas varían mucho y su forma y volumen amagan fijeza pero no permanencia. Tienen de malabarista el tiempo y la posición, pero, sin embargo de notario el amor a la ley que, traidor, se desaconseja a ratos. Estudiémoslo un poco más mejor que construir un pronturario rápido.

Este barro bíblico que moldeo transmite algunos fenómenos :

  • Calor con gran rotundidad, como los sólidos, si bien algunos otros: el frío y la impaciencia con unas leyes muy volátiles (albertinianas, picassianas o quizás, en último camusianas, puede que hobbesiana). Quien lo toma februlento tiene el sabor en el semblante y en la capilla del altar mayor de la boca de un almodovarismo arrebatante.
  • Tiene de líquido la posibilidad de fluir, de cambiar, de ser sin ser y de estar pero no estar (mezcla con tino o sin medida a Heráclito, Demócrito, Kierkegaard o Demóstenes, quizás solo fuera Leibniz), pero sin embargo puede ser igual de transparente que el agua o como el asfalto líquido de oscuro sin perder ni un ápice de sus características físicas, químicas o lo que más extraña, alquímicas (cortazariano sin pérdidas mujicalainezista, lampedusiano, conradista).
  • Toma forma de lo que lo ocupa como estos líquidos recios, pero, sin embargo a veces el recipiente toma forma que se le antoja al continente lo que rechaza y rivaliza con otras muchas vesanias o falacias más del común (flaubertiano, bierceano).
  • Tiene de gas o de vapor muchas cosas, a veces se calienta y no se vaporiza como un gas sino como un vapor y ocupa todo lo que puede.
  • Otras ocasiones se constriñe en rincones ignorados, tremendista, en este punto también es niebla o humo o viento venal y venial. Llena de sentimiento y sale.
  • Malo es cuando es gas o vapor burlón, sutil si se escapa a las gravedades y muy grave si se confunde consigo mismo en solo una fase (gibbsiana).
  • El gas se entrevera, a veces, con el dolor ya que vive incardinado en el cardio, vive cercano al corazón de las pesadumbres y toca con su ala de libélula estragando y somatizándose en instantes centésimos (es algo leviniano o puede que garciamarqueño, un poco de bryceano, otro poco de cortazariano y una pizca sutil de benedettiano).
  • El gas o el vapor tiene esa potencía de rebeldía en fugacidad constante o, también, en tenue y falsario compromiso de adoptar la forma que no quiere, en el primer caso es brechtiana, en el segundo es de escritorzuelo de premio de abarrote. En todo término es borgiano por la inoportunidad sorprendente de su movimiento.
  • Es fuego, una carne vaga, dulzona y adusta al tacto de los dientes: tolstoiano o puede que nabokovista, quizás trumbista, también es de aire en vacuidad elemental e incertidumbre de equilibrista, es tierra en la simplicidad real de su procedimiento y a veces es agua en la lubricante y lúbrica realidad fluyente, eterna e índica tarea de su regocijo y solaz como vislumbre columbre de una Aldonza Lorenzo otra.
Todo esto amasado en cuerpo de mujer, en trémula y vibrante espalda, caliente y tersa de conjunción y cercanía, también en derecha y sonora risa, algunas veces en desencuentro y realidad mansa. Todo es este estado físico del mundo de la poesía. Mundo cruel y bárbaro. Todo esto que relato es el cuerpo físico que yo quiero. Una institución con columnatas impertérritas donde me gusta columpiarme niño y en el que en su frontispicio leo las verdades libantes y melifluas de la vida, mientras vivo ya danzando, ya llorando, un esprit de corps en clave de ritmo y de caja de cambios (solo a veces). Este cuerpo hecho de esa veleidosa y astuta materia se comporta en modos caravaggianos y dulces utópicos de sadismo sin tino.
  • Un cuerpo que reta al tiempo, ese tiempo formado por infinitésimos tiempos, (rondando la imposibilidad pero nunca, wildiano, buscando la improbabilidad estadística o bayesiana: en resumen borgesiano). Ese cuerpo físico salta de los libros científicos, (algo houllebecquano) da si quitar, ni se combina ni se mantiene inerte e inerme como soltshenitsista. Es un corpúsculo físico que alimenta y se alimenta, se alza tremolando el horizonte de mi vista y se acaba en un instante. Ese cuerpo sencillo y complejísimo, azul y añil, siempre. Es el cuerpo lateral, huidizo y presente de la mujer que quiero.
El amor lee el Manifeste du Futurisme, en pro de una vida activa, peligrosa, nueva: " queremos exaltar el movimiento agresivo, el febril insomnio, el paso gimnástico, el salto peligroso, el bofetón y el desafío a las estrellas". Decía Marinettí en su sueño individual reflejado en la masa. Luego la masa sazonada con la razón brutal de la máquina la superól hasta llegar al último lugar raquídeo y asombrarnos y horrorizarnos por generaciones. El olor de las personas, el de la gente y el del genio daliniano - ibidem - se refleja en la roña o el fulgor de rutilo de la materia con forma muy dadivosa. Sade buscó el miedo, el placer, la herejía y el tañido del vendaval en tiempos de cambio, el amor recupera, a veces sin desviaciones, ese estallido bubónico. Otras veces se aposenta como mosca en día de verano tórrido.
Por eso dando un vaho beatífico, regalando una piedra herrumbrosa o invitando a un vino decimos, sin decir nada, pero contemplando este transcurrir apodíctico, pocas palabras y pocas definiciones: Te quiero.

(319) La torreta

bonhamled 16/11/2008 @ 09:46

Tocan en la puerta, retumbo de madera en la estancia vacía.

Tocan tres veces, en los pasillos rebotando contra lo no existente.

Esa pálida insistencia, esa tenue inminencia necesaria.

 

Una muerte aparece tras la puerta, el sueño del fin.

Una guadaña que no existe, una sonrisa que rutila.

Un instante y estas muerto pero empiezo a hablar.

 

Los golpes, los pasos de hueso, los andares rotos

Los días y las noches, las obligaciones y el pasto del tiempo:

Fuego, fuego, fuego.

 

Todo acaba con la torreta, estertor terrible de Ícaro.

(318) Un cuento austeriano

bonhamled 09/11/2008 @ 10:14

El escritor se sienta en su mesa, toma el lápiz, eterna daga, y un papel de una pila cercana. Puede que en realidad tome una pluma y un moleskine de notas o, a lo último, un ordenador de infinitos bytes.

Empieza a pensar, a fumar, a desesperarse ante el horror vacui del precipicio del papel blando y blanco. Comienza a pergeñar, a perpetrar un relato, un texto, una idea, una flecha.

“Se sentó en su butaca y esperó al comienzo de la función, Claire le miraba y él, algo ufano se maravillaba de ese lujo europeo del teatro.

La sensación de lo vivo que tiene el teatro llena su mente de limpia catarsis por un tiempo. Para huir de la limpia suciedad gris de lo cotidiano que se aja poco a poco de puro viejo.

De repente estruendo y ruido, golpes y carreras ¿Es la obra ya?. El teatro es tal fuente de sorpresas que no lo sabría. ¿Era un alboroto en el público por unas butacas o por un empujón? Su pensamientos volaban hacia su día a día aburridísimo y contrastante en ese lugar de ilusión

Peter mira a Claire y ambos miran delante y detrás con algo de asombro por el ruido el movimiento. Se reconocen un bastante de incomodidad. De repente el misterio se abre: ¡Es parte del show!. Dos bailarines actores caen del techo abovedado y repleto de frescos. Se posan en la platea, como mariposas pesadas y peludas y con saltos gráciles, trampantojos que muestran los recios arneses, llegan al escenario que, en ese momento, se ha abierto y mostrado una pantalla de cine

Los actores ataviados como si fueran moscas peroran lentos e impostando la voz, dicen y cuentan como en cuentos de rollo las maravillas que van a ver, la moral que aprenderán y el como y el cuando de la verdad cuando aflora. Recordando esos cuentos de ciego, esas viejas historias que, sin duda, en fondo o forma se proponen traicionar. O quizás no, ahí el arte, el pensamiento y el misterio.

Se va el ruido, los últimos ya se han sentado y las luces se vuelven mortecinas. La pantalla empieza a parpadear”.

En la pantalla un tren avanza a toda velocidad desde muy, muy lejos y con una imagen artificialmente envejecida se observa como otro tren a toda velocidad y en sentido contrario parece aproximarse para chocar. Puede que queden unos segundos, unos minutos, unas horas para el terrible desenlace. Puede que todo sea una mentira.

En la primera clase del tren, una especie de Orient Express del medio oeste norteamericano dos señoritas mayores comienzan su desayuno, mantequilla, mermelada y café. Junto a ellas y apenas movido por el imperceptible vaivén dulzón del vagón Pullman un señor de casaca se atusa el bigote y las saluda.

En la otra hilera del tren, la derecha en el avance del tren, una señora y un niño vestidos decentemente pero denotando una pobreza mayor a la que correspondería a esa primera clase apuran el desayuno. Probablemente el hambre es atrasada, quizás las situaciones y vicisitudes de los días anteriores no les permitieron comer, ni casi dormir, quizás una huida, puede que una búsqueda, pudiera ser una persecución.

El niño de pelo pajizo se acurruca junto a la madre y casi inmediatamente dormita moviéndose imperceptiblemente con el latido lento de la respiración de ésta y el ir y venir inútil del tren.

El tren suspira en un pitido mientras el traquetreo se hace más intenso durante un segundo, se ha cruzado con otro tren. En ese instante alguien ha saltado al techo del vagón y de manera subrepticia se arrastra hasta la puerta de atrás.

El tren se dirige hacia su destino, el otro tren, negro, reluciente, atrabiliario, vengador se encontrará con el tren que nos ocupa; quizás tras la próxima curva, una vez pasado el próximo puente, puede que cuando se atraviese aquella arboleda, o quizás nunca y solo espere que el asesino cumpla su trabajo mercenario.

El pistolero, el asesino, avanza por el techo del tren con esa ropa que no le haría desentonar en el ambiente de la primera clase. Baja con cuidado y con decisión a la plataforma final del tren y se dispone a entrar. El hombre con su bigote y su casaca mira descuidadamente la puerta donde dentro de breves instantes podría entrar su némesis.

La música que ameniza el desayuno, acordeón, banjo y guitarra musita una vieja canción de los apalaches. El tiempo se detiene sostenido en sus notas suaves y relajantes.

“Cuando Jimmy John McGregor cruzó las montañas Adirondack un rayo cruzó el aire. Una nube se llevó el polvo de su tristeza, Los ríos de Kentucky le recordaban su Escocia natal. Un rumor de nostalgia se cruzó en su frente. Su vida había cambiado tanto desde que comenzó la guerra en los highlands”...

La novelita del oeste era un entretenimiento vano pero que arrastraba desde los años del servicio militar a mediados de los setenta. Abel Cirausta, delegado de ventas en la zona, se procuraba una pequeña novelita en la que vivir y recordar aquellos tiempos quizás mejores, siempre lejanos, siempre del oeste. Con sus tiroteos y su ganado, con las enormes extensiones y las pequeñas mezquindades, alejado de su día a día, con sus mentiras y su pedidos urgentes, con las estrecheces de la vida y las mezquindades del tratar con otros.

Cirausta miraba el reloj porque no habían anunciado aún la puerta de embarque para Nueva York a pesar de estar esperando esperando más de hora y media. En su aburrimiento entretenido volvió a su novelita. Siempre empleaba un relajante muscular para viajes largos, esperaba su efecto. Volvía a oír hablar a John McGregor y la búsqueda de su mujer Sally y su hijo Ian en el corazón terrible y eterno de Norteamérica. También del terrible sortilegio que había unido a un asesino y un tren a punto de chocar.

La molesta música dulzona y pegadiza del aeropuerto se mezclaba con las últimas llamadas para tal o cual destino, o, para tal o cual personero que se retrasaba. Eran llamadas que nunca eran para él. Se quedó pensando en esa frase “llamadas que nunca eran para él”. SU vida había estado llenas de llamadas que no eran para él que tuvo que responder perdiendo las que probablemente hubieran llenado su vida pero en este pensamiento negro de tizón volvió, acostumbrado a educarse, a la novela de papel amarillento. Continúo leyendo pero al cabo de pocos minutos volvió a pensarse.

Pensaba en su tiempo, en aquellos años lejanos de novelas del oeste y guardias intempestivas de madrugada. Pensó en el hoy, perdiendo el pelo, con arrugas más que evidentes, de una cincuentena ya avanzada. Quizás sus amplias llanuras no aparecerían nunca, ni su libertad con el viento en la cara. Solo tenía calores impares, el calor de un aeropuerto, paseos falaces, camino de una estación siempre mejor, recuerdos, proviniendo de un pasado siempre menos macilento que el presente. Todo ello y a pesar del tic tac del reloj y las novelitas amarillas era una lección que le reconvenía a cada instante, siempre posponiendo lo inevitable, lo necesario, lo querido.

Dejó el “western”, descuidadamente. Se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta que tiene depositada en el asiento contiguo, y volvió con interés profesional a la sección de economía del periódico. Nuevos ding-dong en los altavoces y nuevas llamadas a los señores García Cuadrado, Lopez Beistegui, Hamilton y Poor. Terribles retradasados procrastinadores en una vida a la que todos llegaban o bien tarde o bien demasiado pronto. El no sabía donde ubicarse.

El periódico saltó, quien sabe porqué, a la sección y literatura y, también, de manera involuntaria comenzó Cirausta a leer un artículo sobre nuevos escritores, nuevas escrituras y nuevos estilos. El autor de artículo, un llamado Adinrondack, recurría a los caminos más frecuentados para hablar de Internet, la literatura y la multipolaridad del hecho creador. Todo ello aderezado con un poco de pedancia “especialista”.

Cansado de lugares comunes Cirausta posa sus ojos en otro artículo. Se queda prendado, o quizás cautivo, de la “catchy phrase” que inicia el siguiente artículo. Casi es una didascalia de la vida..

“La televisión dejó de vomitar su vociferante producto de ruido y ventas y empezó a mostrar un granulado. ¡Como si hubiera perdido la conexión!. Detrás, al estilo Murakami, la niebla electrónica comenzaba a tomar forma, a decir algo, a querer personarse.”...( en tipo menor) Continúa en página 48.

Cirausta toma el periódico y con la curiosidad que le queda tras tres hijos fracasados y dos matrimonios fallidos corre lentamente a esa página. Por desgracia el artículo prosigue en otra exposición más o menos sesuda de un especialista más o menos conocido sobre el libro. Toma nota mental del nombre del autor y del libro y pierde la bujía de ese mínimo interés en la ensalada sin sabor de lo que ocurre a su alrededor: “Murakami, After Dark”. Levanta la vista hacia su panel.

En ese momento cruza una ejecutiva rubia, joven, despampanante pero acompañada. Los sueños de Cirausta se pierden entre el andar decidido de la mujer con mando, el retraso de su avión y el aburrimiento entretenido del “living room” gigante del aeropuerto de Barcelona. Su vida es el atrezzo terrible de esa obra de teatro bufa: verdadera catársis en primera persona del mundo y sus condignos, eterno espectador de la vida de otro, protagonista perpetuo de una obra donde nunca pasa nada.

El delegado de ventas avista a lo lejos una tienda dutyfree y se dirige a ella: por dar un paseo, por sacudirse la modorra del medicamento relajante. Quizás allí encuentre el libro. Sin darse cuenta, la novelita del oeste cae de su bolsillo interior al tomar la chaqueta oscura. El tiempo pasa muy lentamente hasta que cae. El suelo la para también que un chisporroteo de altavoz esconde y opaca en leve flop del caer.

Sus pies se alejan de las penurias de lo MacGregor y desconocerán y olvidarán para siempre las peripecias de John McGregor huido de la justicia de Aberdeen y sus mujer e hijo que acudían, años después, a embarcarse de nuevo a Nueva York para volver a su bendita Escocia. Tampoco sabrán la noticia del asesinato de Coronel Hamilton ni del estrambótico suceso de las dos mujeres muertas durante el descarillamiento que evito el choque.

Cirausta pierde algo el tiempo ojeando el libro mientras la joven ejecutiva se mira las uñas, manicuradas, perfectas, y se atusa un mechón rebelde que, para cualquier otro solo sería una leve diferencia con la armonía de su universo estético. Joven, con decisión, de buena familia: rica. Su futuro gris se escribe o bien en la honorable sociedad a la que pertenece, criando a nuevos miembros de belleza patricia y dinero circulante o, también, renunciando a esa vida predestinada a cambio de su trabajo, sus convicciones, el amor. Sus treinta años todavía permiten unos años, unos meses, unos días para pensarlo. El futuro se levanta, como el primer amanecer, de un blanco y negro sorprendente para una persona de su capacidad, familia y dinero. Sin embargo no acaba de diferenciarse de la vida de Cirausta, camino cansado hacia algún lugar, libro más que mediado, coda de la primera parte del final de la segunda coda.

Leslie bonham revisa proactiva su Blackberry y contesta a un email. Se acerca, junto con su acompañante, quizás podría ser un compañero de trabajo, sin duda un subordinado, pudiera ser algo más. Sonríen y acuden a la cafetería a tomar el último café de la mañana o, quizás, el primero de la tarde.

La televisión vomita las últimas noticias, deja patente los movimientos certeros pero errabundos del zeitgeist, bombardea con muertes y horrores, con propagandas y artículos, con recuerdos del día de mañana que, probablemente, nunca serán.

Una musiquilla late en su corazón.

Su aspecto de ejecutiva reaganiana esconde ese sentir que a veces se asocia al corazón y otras a las vísceras, quizás es un sentír “colónico”, o “apendical”, duele, da problemas y poca utilidad.

El corazón, visceras, apéndice, o color de Leslie Bonham late tras su excelente traje de chaqueta de color beige cortado por un buen sastre y su ropa interior austera pero picante. La músiquilla alegre y reverberante en las amplias salas del aeropuerto le recuerda unos años atrás en la costa de Cerdeña en un verano angosto, como todos lo son, pero agradable. Quizás donde su sonrisa y su mirada estaba menos contaminada de balances, de números de egoismos, de tiempo y de prisas.

Su compañero, algo avergonzado, se disculpa para ir al aseo y ella, despreocupada y recordando aquel verano de amor e ilusiones vuelve a él. La vespa alquilada, la amiga que aprendía italiano, la costa y el calor. Las sonrisas y las esperas, los italianos y Franco. Franco con su pelo ensortijado y su nadar fluido y cercano. Franco como Ítaca calurosa, el final como un retorno al seco desierto del húmedo invierno de Nueva York.

Vuelva a sonar el zumbido molesto de los altavoces, ahora se anuncia el destino a Nueva York por la puerta H34. Otro zumbido casi al instante llama a John, Sally y Ian McGregor para que embarquen con destino a Miami. Alguien piensa y sobrevuela el aeropuerto imaginando llanuras.

La televisión, eterno pregonero de desgracias, muestra un producto. Leslie Bonham ignora cual y la música le recuerda aquel pasado, apenas hace tres años, cuando todo era mucho mejor y cuando el mundo tenía un algo de esa neblina que en el futuro y con juventud se llama ilusión.

La rubia ejecutiva se miró de nuevo la cuidada manicura y descuidadamente en el espejo involuntario de los paneles de separación entre la cafetería y el resto de aeropuerto se vió joven, deseada, deseable, perdida, sola y quieta.

La sección cultural del noticiario refleja, con unas imágenes rápidas, el estreno de la obra “Necronomía de una crisis”, voluntarioso y catártico ejercicio de teatro de vanguardia por parte de conocido dramaturgo, escritor, cantante y performer Peter Claire. Unos actores ataviados con antigüas ropas declaman y gritan consignas contra la crisis mientras una musiquilla conocida, ¿Haydn?, entona los interiores arañados por el mercado especulador.

La señorita Bonham vuelva a su pensamiento mientras, otra vez, su figura difusa se refleja muy sutilmente en el falso mármol del suelo. Toma una tableta de un pastillero que saca de su bolso, caro, pequeño, cuidado. Se la introduce en la boca y espera que su altiva desnudez de fuera desdiga su desgarro personal interno. Suena una música a lo lejos: es el blues de la rica heredera, el rasgueo ding, ling de un blues a lo Robert Johnson, el humo y el sabor salado de la depresión, la tristeza y la falta de brújula. En el aeropuerto sigue sonando la mísma música lounge de siempre: era solo la música que oía Leslie Bonham en cada instante de su atareada vida.

La televisión dispara una entrevista, pretenciosa y algo preparada, a un escritor en su casa. No se oye, no se entiende o simplemente no se conoce al escritor. Frente a una atestada biblioteca, y como si fuera un documental de naturaleza donde los animales en el fondo se pelean, aparecen, o se adivinan, los títulos de Faulkner, Borges, Houllebecq, Levi aparecen queriendo dar un poco de prestancia y proteina a las estupideces del escritor en la venta de su último tomo. Un ejercicio de humildad episódica que era irrenunciable pero, también, al que algunos se entregaban con rutilante pasión.

El escritor habla sobre la dificultad del proceso creativo, hasta cierto punto pontifica pero dejándose fuera, por prurito o por indecencia, de esa “dificultad de otros” por el escribir. Suena tan coherente en ese medio que casi parecería una pequeña poesía de la gran epopeya de la rima del anciano tomador de aviones. Cirausta, que no lo oye, y Bonham, que no lo escucha apuntaría cada frase de egoísmo, ternura, angustia y temor que se lee entre las lineas del escritor.

Dos señoras ya maduras pero, no se pregunte porque, evidentemente solteras toman un café.

Termina el reportaje con el simulacro o componenda de comienzo de escribir del escritor. El mismo escritor, dícese Jonás Cerpa Clavería, se sienta en su mesa, toma el lápiz.. Empieza a escribir con soltura y con idea, apunta alguna palabra en un borrador anexo, de color azul, y sonríe sutilmente. Su ego vuela como el genio de la lámpara y se posa en aquellas novelitas agradables y kantianas de vaqueros como mariposas de alas de plomo.

(316) Los dos testigos

bonhamled 31/10/2008 @ 16:10

Los dos testigos se miran fijamente desde la distancia en ese punto donde no es cerca ni empieza a ser lejos.

Sus túnicas pardas, sus barbas similares, su edad no muy divergente y sus mensajes complementarios pero diferentes les hacen mirarse, como en espejo de río, como en representación de sus fantasmas.

Ambos se dicen testigos de un Dios que les marcó como sus relatores, como sus mesías, como sus hijos predilectos. Ambos se miran, quisieran matar al otro.

(314) La vida esta ahí afuera

bonhamled 19/10/2008 @ 08:30

La vida está ahí afuera: el aire, la risa, el amor, el sexo, la mierda, la revolución, los burgueses, la cochambre, el alcohol.

La vida está ahí afuera: los engranajes, el miedo, la ira, el nihilismo, los epílogos y las codas, los análogos y las jodas.

La vida está ahí afuera: la cabalah, y los misterios, las escrituras y los falansterios, los corajes y los refectorios, los ricos muertos novios.

La vida está ahí afuera: los escarpes, los echarpes, los barrancos y desatrancos, los murieles y los jureles.

Y si la vida está ahi afuera porque vivimos ese pequeño mundo constreñido y pequeño de dentro de nosotros mismos.

(309) Definición sincera de tiempo

bonhamled 20/09/2008 @ 19:29

De repente, introducción, entradilla, didascalia, exordio para, sin descanso ser epílogo, resumen, fin, terminación.

El espacio entre ambas cosas es lo que llamamos vida, tiempo o puede que podredumbre.

(305) El maná del cielo

bonhamled 10/09/2008 @ 15:13

El marido mira detrás a la zona de carga del avión y ve dentro de las cajas parte de su amor roto y robado.

EL estruendo mecánico del arrancar apenas tapa el ruido gozoso de su corazón batiente.

Barrería la selva, el jardín amazónico de ladrones y bandidos donde su mujer se encontraba robada y le lanzaría, como un naufrago pidiendo su vuelta.

Miles, millones de fotos de la familia, quizás así pudiera recuperarla o al menos que sus ojos se llenaran de la felicidad de verles.

Vuela Colombia para recuperar la persona.

(295) La llamada

bonhamled 21/07/2008 @ 17:20

Tomó el teléfono y casi tropieza, tenía frío en las piernas, estaba dormido, que el mundo giraba; en algunos sitios era incluso medio día, y que lo que le decían por el teléfono no era ininteligible.

-Tu padre ha muerto- le decían – Un ataque al corazón, no ha sufrido, apenas unos pequeños espasmos y murió.

El teléfono casi se le cae, con la gravedad que nunca cesa, como el tiempo. Su padre, la figura paterna existente siempre como un narrador de su protohistoria. Recordó durante un instante toda su vida, como, según se dice, hacen los que van a morir antes de hacerlo, .

El horizonte claro de la muerte era el desasosiego que le accedía como una ola de ira y de sincera reconciliación. Ira por lo inevitable, reconciliación con el mundo, que seguía girando a su modo.

La gran cantidad de gestiones y papeleo que tenía delante de si, le desazonaba, lo prosaico de la situación trascendente, como lo ridículo en los momentos clave, históricos, en una palabra: Trascendente.

Salió de su casa en una calle recién amanecida y a su izquierda se vislumbraba una claridad temprana de Abril. El destino era un hospital o quizás el tanatorio.

Arrancó el vehículo, dobló calles, siguió bulevares, paró en semáforos y continuo por avenidas hasta llegar al acceso dificultoso, ahora expedito, del hospital. Todo era sencillo en la ciudad que despertaba en una mente donde truenos, relámpagos, rayos y batir de dioses contrastaban con el poco ruido exterior.

Volvió a doblar dentro del aparcamiento de coches, un poco lejos pero no mucho de la entrada de urgencias de modo que la quietud amaneciente sobre la ciudad, que quedaba un poco más abajo, se vestía de naranja intermitente y el murmullo cercano de la rapidez se confundía con el rechinar de sus ruedas, lo mismo pero no igual.

Entró al hospital, preguntó el paradero, eficiente y burocrática la enfermera, o mera informadora, le dio en mensaje conciso y claro, con la eficiencia impersonal y maquinal de un engranaje.

Sin embargo la situación, por repetida, no era nueva… era su padre.

Debía hablar antes de nada con el doctor Gómez, la policía estaba allí también. Se preocupó, su padre no había muerto de forma natural sino que, muy probablemente había sido envenenado.

Supuso que no quisieron alertarle cuando le despertaron hace cuarenta y cinco minutos pero el doctor asombrado solo pudo indicar que apenas habían empezado los primeros estudios y que, aun en este estadio, parecía posible el envenenamiento.

La policía no se sorprendió mucho al verle si bien aseguraron no haberle llamado, ninguno.

Empezó a llorar cuando vio el rostro de su padre desencajado, con el color rojo casi mudado en el amarillo céreo y cenital. Su cuerpo, tendente a la obesidad y a la alopecia, escondió lo que fue un hombre fuerte, joven y vigoroso, pero que había muerto

Se sentó en los largos pasillos asépticamente limpios del hospital mientras la policía indagaba.

Es cierto que era viudo, sin grandes preocupaciones económicas pero tampoco un capital, no tenía grandes enemigos, solo tenía un hijo, él , que era separado y vivía en la otra punta de la ciudad.

Miró al cielo, pensó, quien puede hacer daño así. ¿Porque?

La policía confirmó la muerte por envenenamiento aunque no se derivaba ningún concepto más. Este envenenamiento podía ser como consecuencia de un accidente, un suicidio o un asesinato.

Miraba al cielo, de escayola de hospital. Y el brillante suelo repulido tanto por las penas negras de los que allí moraban como por la eficiencia de los médicos y enfermeras funcionarizados.

La policía siguió preguntando, el llenó sus ojos de lágrimas de cercanía, una cercanía que se había difuminado entre los conflictos de la muerte de la madre, tres años antes, la separación y las desesperaciones que cada uno de ellos cargaron y sobrellevaron, solos, sobre sus propios hombros como camellos en caravana, con un mismo destino de cuerda pero diferentes pasos.

Volvió a llamar al trabajo para avisar que que tenía que hacer gestiones, el auricular le devolvió una voz familiar grave, circunspecta y acorde al hecho "Toma el tiempo necesario".

Apenas colgó el teléfono móvil, que blandía como nexo o cadena con el mundo habitual de la prisa, volvió a sonar y escuchó, de nuevo una voz familiar que le preguntaba si sabía quien había envenenado a su padre. Apenas habían pasado media hora desde que le indicaron esa posibilidad y, pensándolo, era la misma voz masculina suave y sin acento que le indicó que su padre había muerto.

Preguntó- ¿Quien es? ; grito: ¿¡Quién es?!

Ninguna pista, ningún indicio de quien parecía que conocía tanto.

La voz calló, no sabía si el teléfono se desconecto como consecuencia del aspaviento que hizo al reconocer la persona, la voz, la actitud, el acto, el enemigo, el asesino, o era un silencio para que se cociera en el jugo de la tristeza, la inseguridad y la incertidumbre. Quizás era simplemente uno de los policías que le llamaba, no lo sabía.

Habían matado a su padre, pensó, y el llanto de tristeza y abandono se mezcló con la hiel verde y mucilaginosa de la necesidad de verdad, o de necesidad de venganza o quizás el trozo de pasta negruzca del miedo. Quizás la pieza canónica, modular, y reconocible del dolor expresado en barras paralelas y eternas de la verdad, sin más duda ni más adjetivo.

Vagó por las calles y volvió a la casa esperando un grito del teléfono. Escucho el sonido del teléfono acaracolado de obsequiosos sonidos agudos como un polisón nacarado de noticias y dolores. Miró con estremecimiento la pantalla lejana con los símbolos cifrados y, al final, lo cogió esperando  que el dulce asesino le diera una pista, una esperanza, un hilo.

Era la policía; le necesitaban de nuevo, se aprestó a acudir mientras miraba al teléfono oráculo tras la puerta que cerraba.

La policía repasó su ultimo día con su padre, apenas hacía tres días, preguntó y contrastó, pregunto e inquirió, preguntó y desconcertando volvió a preguntar. Cansado, abierto de pequeñas disputas, elegías subyacentes y rugosidades del trato volvería a su casa. Esperaba otra llamada, de un asesino, de un tahúr, de un adivino, de un médium. Nada le refirió a la policía, no tenía claro que no fuera un juego malévolo y travieso de su propia cabeza.

La realidad era solo una, decía, su padre había muerto, su padre no estaba, y además, en su fuero interno, pensaba que le habían matado. La policía de alguna manera debía saberlo cuando le preguntaba de esa manera tan obsesiva. ¿Quizás el obsesionado era él?, ¿Quizás el culpable era él?

El padre padecía del corazón, tomaba medicación, y sufría algo de artrosis, herencia de una vida de trabajo. La medicación, peligrosa en dosis, también estaba en la casa esperando su tiempo de remedio o de némesis. Ya se había preocupado la policía, de buscar entre sus cosas indicios, engaños, pruebas.

Volvió a la vieja casa del otro punto de la ciudad; esta vez entre los policías fingidos del investigación. Miró la calle, el cielo y el suelo y volvió a pensar que alguno de los viandantes esperaba allí para llamarle cuando menos lo esperará. Quizás la llamada que esperaba, corta, austera y cortante, como de estación de tren fuera la de su propio padre. Se fijó en el hombre bajito con el pelo rizado que miraba distraído un escaparate, al inmigrante negro o la señora con el perro.

No era cierto

(291) Sección técnica 17. Gazales

bonhamled 02/07/2008 @ 19:12

Gazales de la vida, entelequías mentirosas.