Los hechos aparecierpm como un sueño turbio bajo el tremedal labrado de la jungla de los Mohler. Una zanja grande y sucia, rellena con algunas de las últimas lluvias que cayeron allí donde el este y el oeste se unen.
La policía llegó a la granja de los Mohler a las cuatro de la tarde, tras la llamada que, luego se rastreó, en una cabina de Manhasttan, concretamente esa que está en West End Avenue en la esquina entre las calles 66 , 90 ,100 y 101. Nadie recordó, un mes después si un hombre blanco de mediana edad y con una jersey marrón y unos vaqueros gastados hizo aquella llamada y, posteriormente tomó un taxi hacia el aeropuerto JFK. Los cuerpos llevaban allí al menos una semana por el grado de putrefacción y degradación que presentaban, el olor era terrible pero no presentaban maltrato alguno más que algunas magulladuras y el orificio de entrada de la bala en la cabeza.
Los Mohler, el padre y los cuatro hijos, amanecieron muertos en la zanja , asesinados a quemarropa, point blank decía el informe. El padre, 77 años y los cuatro hijos desde los cuarenta y siete a los cincuenta y cinco. Todos ellos agricultores y que vivían en una casa grande en la propiedad donde fueron encontrados muertos.
La comunidad en la que vivían Bates city, en el condado de Lafayette, estaba muy conmocionada por el suceso, los Mohler habían sido reverendos en algunas iglesias locales, a pesar de que desde hace algún tiempo habían dejado de serlo, se sospechaba que por algún asunto de abuso a niños y era una familia que era respetada dentro del pueblo donde el hijo menor Roland incluso ejercía de médico. La policía de Bates city incluso no descarta que sea un ritual de una banda asesina o satánico.
La policía, según se supo después, ha podido comprobar que los asesinatos han sido realizados por uno o varios asesinos profesionales que acabaron con la vida de Burrell Edward, el padre, y luego de manera consecutiva y cronológica con los diferentes hijos, Burrell Edward Jr (55), David (52), Jared Leroy (48), y por último Roland Neil (47). Las primeras pistas de la autopsia indican que cada uno de ellos fueron narcotizados y atados, previamente a la muerte. Desde la muerte del primero Burrell Edward padre hasta la muerte del último, Roland Neil, transcurrieron, según se supo posteriormente como conclusión del informe forense, al menos treinta y seis horas que se supone que fueron de tortura y angustia aunque no presentan maltrato ni amputación alguna. La polícia del estado supone que la familia fue sometida a algún tipo de interrogatorio gradual con resultado terrible.
El porque los cuerpos aparecieron en la zanja, habiendo transcurrido tanto tiempo en la secuencia fatal de muerte, el porque el asesino se preocupó en abrir la zanja y no cerrarla y, al final, la identidad del asesino o asesinos son misterios que en la actualidad pretender cerrar los investigadores de Missouri junto con especialistas llegados a la zona del FBI.
El cuidado de la excavación de la zanja y la colocación de los cadáveres indicaron a la policía la posible aparición de un ritual sangriento satánico, ya que aparieron agujeros en otros lugares de la finca de los Moehler. Sin embargo la ausencia de cualquier otra marca en los cadáveres y la ausencia de crímenes violentos relacionados con rituales llevaron a pensar a la policía sobre una venganza largo tiempo premeditada
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- ¿Donde están?, preguntó amable el que se presentó como el Sr Bonnett.
El padre ya yacía muerto hace cinco minutos y los cuatro hermanos sentados a una silla y amordazados se miraban pensativos, aterrorizados todos morirían si no respondían a ese bien educado caballero con leve acento de la costa este.
El disparo al padre, el la cabeza, solo les llenó de certeza de que estaban sentenciado de muerte y fue tomado como un aviso sin dudas para los hermanos.
Con un gesto Bonnett hizo que tres de sus cómplices se llevaran al hijo mayor, Burrell Edward Jr, y, en terrible infidencia, les indicó a los hermanos que quedaban:
- Su hermano mayor está ya sentenciado a muerte. Y ustedes solo se salvarán si nos dicen donde están enterrados.
Los Mohler presos del pánico empezaron a moverse y a intentar infructuosamente hablar a pesar de sus mordaza. El mayor de ellos, David, haciendose entender a duras penas y azarado por la circunstancia intentó sobornales para evitarles lo que parecía una muerte segura. El Señor Bonnett siempre sin perder la calma les señaló el suelo de la parte trasera de la casa y le dijo:
- No pierda el tiempo David, su hermano ya está diciéndole a mis colaboradores donde están enterrados , para salvarse y condenarles a ustedes, solo si me lo indican antes el lo que busco se salvarán.
David Mohler presa del temor más atávico, el de perder la vida, indicó que lejos de allí, es donde papá y Roland solían hacer el ritural de olvido y encantamiento, pero que nunca supo donde habían enterrado ni a los niños nacidos ni a las adúlteras hijas de Gomorra.
El Sr Bonnett se levantó con un ademán pensativo y le indicó a David que le siguiera, en ese momento el sicario que guardaba el arma, le desató y con pasos mareados se dirigió a los árboles cercanos. Bonnett se quedó pensando en las recientes palabras de David y le sentenció a muerte.
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Se escuchó un grito ahogado y un chasquido sordo de pistola y Jared Leroy murió, junto a el una pala y un montón de tierra. Mr Bonnett y los señores Roy, Lobbart y Schanke esperaban que apareciera el primero de los objetos. Bonnett revisó la jarra y el papel medio destruido que concluía y tras la lectura de los primeros párrafos hasta un alma empedernida de mercenario asesino de niños y mujeres se estremeció. En algún lugar de Vermont, la verdadera familia que compartía su apellido vivía en una finca y casa no muy diferente a esa, y la mera presencia de depredadores de esa estirpe: que mezclaba a Dios, los abusos sexuales en su propia familia y otras y el terror, le provocaba ira y asco a partes iguales.
Bonnett se desembarazó de todo sentimiento y emoción y de un puntapié llevó a Jared Leroy al cabo del agujero.
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Roland Neil, el más joven de los cuatro hermanos, llevó en sus hombros a su padre hasta donde yacía su hermano Jared. Luego hizo lo mismo con su hermano Burrell Jr y por último le costó cargar a David. Los colocó junto al agujero donde horas antes habían encontrada una jarra del olvido.
Roland Neil suponía que su colaboración le aseguraría permanecer con vida pero se equivocaba. El Sr Bonnett le ordenó cabar una trinchera de unos diez metros a partir del punto donde habían encontrado la jarra y en esa zanja abierta empujó, hipando y con el terror en el semblante, los cuerpos de sus hermanos y su padre, ya frío y mojado por el rocío de la mañana.
El Sr Bonnett miró el relój y con sus manos enguantadas en una gamuza negra propia del ejército miró al sol, les quedaba menos de dos horas para la salida del sol.
Tomó su arma y como lo había hecho durante el día anterior en cuatro ocasiones más disparó a Roland Neil no sin acercarse antes a su oido y sin que sus cómplices lo oyeran decirle:
Malditos Mohler, asesinos, pederastas y bastardos, aunque condene mil veces mi alma con esta muerte terrible y sin honor, mereceis pudriros y ser comido por las alimañas.
Disparó su arma y, al instante, todo el grupo se dirigió a la casa Mohler.
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Las pesquisas de los investigadores dieron con la primera de las jarras el día del levantamiento de los cadáveres y luego, poco a poco y como si fuera desengranando un puzlle aparecieron cuerpos mutilados, pequeños cuerpos infantiles envueltos en plásticos, algunos de hace más de veinte años y una decena larga de jarras del olvido con las secuencias relatadas de abusos más terribles de las que se tiene memoria.
Los Moehler pasaron a la leyenda del pueblo y nunca se volvió a hablar de ellos, la identidad de los asesinos, el porque habían perpetrado ese abyecto crimen que dejó entrever los más horribles aún de la familia de presbíteros quedó simplemente irresoluta y quienes fueron los verdaderos instigadores y promotores de la serie de asesinatos rondó por Bates city durante un tiempo, luego la rutina y la repetición de los días sustituyeron esa pregunta eterna y dañina por las conversaciones más triviales del día a día.