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Categoría: Cuento

(391) Acabó

bonhamled 17/01/2010 @ 11:15

Acabó el juicio. Acabó el juicio y los legajos, las personas y la anticuada y barata decoración de la administración dejó paso a la escapada. El encausado, el presunto culpable salía en libertad.

La justicia administrada en adecuadas y coherentes píldoras le había abierto la puerta, los errores, los problemas, los retrasos, puede que las negligencias habían anulado la causa, no había de que juzgar a pesar de que los perjudicados, el muerto y los heridos que miraban atónitos tenían escrito en su piel el terror y la muerte de la violencia.

El tunel se abre y el malvado retorna a la calle de donde toma la libertad, la tomó, para hacer daño a otros, para castigar sin porqué, para dañar sin causa ni justificación, para hacer llegar la confusión de su pensamiento al epígono terrible y real de la vida.

Saldría libre, podría delinquir y seguir con su vida. Su estrecha frente sus manos fuertes, su corta estatura y la aparente amenaza frenológica que representaba su aspecto de bruto era solo un espejismo: era un verdadero artista, pero artista del daño y de la falta de remordimiento. Sin crimen no hay castigo, sin conciencia no hay remordimiento.

A la salida de la corte, acompañado de su abogado, algún familiar, su madre, un hermano, de los que todavía confiaban en su inocencia mil veces traicionada, le acompañaban en un silencio de pasos grises, resina ambarina y arcilla blanda, la de las noches y tardes de caza.

Algunas voces e improperios, insultos y gritos mientras se marcha.

Al salir, cruzándose en la puerta giratoria con otros que entran, alguien le mira y le espeta: "Sabes lo que has de hacer, ahora que eres inocente, mátate". El liberado le mira a los ojos, se mira sus manos, de repente asesinas, y recuerda todo. La memoria vuelva a ser su enemiga, la razón entra en su edificio, el remordimiento es saladísimo y caliente como la sangre.

Apenas diez horas después estaría muerto, se clavaría un cuchillo en el cuello, sus familiares sorprendidos y cansados por el hastío de la enfermedad y del delito ni lloraría ni suspirarían aliviados. Las víctimas solo buscarían en los recovecos de las nubes del cielo una ingrata justicia, una innoble broma del tiempo.

El que entraría al juzgado, del que saldría condenado por decenas de años, era su epígono terrible, su superador innato, quizás un malvado Manes o, quizás, un ángel que trajo verdad. También saldría un día, también sus victimas le esperarían, también las puertas giratorias le cruzarían quizás con otro ángel o quizás con otro diablo.

(389) Los asesinos

bonhamled 30/12/2009 @ 02:53

Los hechos aparecierpm como un sueño turbio bajo el tremedal labrado de la jungla de los Mohler. Una zanja grande y sucia, rellena con algunas de las últimas lluvias que cayeron allí donde el este y el oeste se unen.

La policía llegó a la granja de los Mohler a las cuatro de la tarde, tras la llamada que, luego se rastreó, en una cabina de Manhasttan, concretamente esa que está  en West End Avenue en la esquina entre las calles 66 , 90 ,100 y 101. Nadie recordó, un mes después si un hombre blanco de mediana edad y con una jersey marrón y unos vaqueros gastados hizo aquella llamada y, posteriormente tomó un taxi hacia el aeropuerto JFK.  Los cuerpos llevaban allí al menos una semana por el grado de putrefacción y degradación que presentaban, el olor era terrible pero no presentaban maltrato alguno más que algunas magulladuras y el orificio de entrada de la bala en la cabeza.

Los Mohler, el padre y los cuatro hijos, amanecieron muertos en la zanja , asesinados a quemarropa, point blank decía el informe. El padre, 77 años y los cuatro hijos desde los cuarenta y siete a los cincuenta y cinco. Todos ellos agricultores y que vivían en una casa grande en la propiedad donde fueron encontrados muertos.

La comunidad en la que vivían Bates city, en el condado de Lafayette, estaba muy conmocionada por el suceso, los Mohler habían sido reverendos en algunas iglesias locales, a pesar de que desde hace algún tiempo habían dejado de serlo, se sospechaba que por algún asunto de abuso a niños y era una familia que era respetada dentro del pueblo donde el hijo menor Roland incluso ejercía de médico. La policía de Bates city incluso no descarta que sea un ritual de una banda asesina o satánico.

La policía, según se supo después, ha podido comprobar que los asesinatos han sido realizados por uno o varios asesinos profesionales que acabaron con la vida de Burrell Edward, el padre, y luego de manera consecutiva y cronológica con los diferentes hijos, Burrell Edward Jr (55), David (52), Jared Leroy (48), y por último Roland Neil (47). Las primeras pistas de la autopsia indican que cada uno de ellos fueron narcotizados y atados, previamente a la muerte. Desde la muerte del primero Burrell Edward padre hasta la muerte del último, Roland Neil, transcurrieron, según se supo posteriormente como conclusión del informe forense, al menos treinta y seis horas que se supone que fueron de tortura y angustia aunque no presentan maltrato ni amputación alguna. La polícia del estado supone que la familia fue sometida a algún tipo de interrogatorio gradual con resultado terrible.

El porque los cuerpos aparecieron en la zanja, habiendo transcurrido tanto tiempo en la secuencia fatal de muerte, el porque el asesino se preocupó en abrir la zanja y no cerrarla y, al final, la identidad del asesino o asesinos son misterios que en la actualidad pretender cerrar los investigadores de Missouri junto con especialistas llegados a la zona del FBI.

El cuidado de la excavación de la zanja y la colocación de los cadáveres indicaron a la policía la posible aparición de un ritual sangriento satánico, ya que aparieron agujeros en otros lugares de la finca de los Moehler. Sin embargo la ausencia de cualquier otra marca en los cadáveres y la ausencia de crímenes violentos relacionados con rituales llevaron a pensar a la policía sobre una venganza largo tiempo premeditada

.....

- ¿Donde están?, preguntó amable el que se presentó como el Sr Bonnett.

El padre ya yacía muerto hace cinco minutos y los cuatro hermanos sentados a una silla y amordazados se miraban pensativos, aterrorizados todos morirían si no respondían a ese bien educado caballero con leve acento de la costa este.

El disparo al padre, el la cabeza, solo les llenó de certeza de que estaban sentenciado de muerte y fue tomado como un aviso sin dudas para los hermanos.

Con un gesto Bonnett hizo que tres de sus cómplices se llevaran al hijo mayor, Burrell Edward Jr, y, en terrible infidencia, les indicó a los hermanos que quedaban:

- Su hermano mayor está ya sentenciado a muerte. Y ustedes solo se salvarán si nos dicen donde están enterrados.

Los Mohler presos del pánico empezaron a moverse y a intentar infructuosamente hablar a pesar de sus mordaza. El mayor de ellos, David, haciendose entender a duras penas y azarado por la circunstancia intentó sobornales para evitarles lo que parecía una muerte segura. El Señor Bonnett siempre sin perder la calma les señaló el suelo de la parte trasera de la casa y le dijo:

- No pierda el tiempo David, su hermano ya está diciéndole a mis colaboradores donde están enterrados , para salvarse y condenarles a ustedes, solo si me lo indican antes el lo que busco se salvarán.

David Mohler presa del temor más atávico, el de perder la vida, indicó que lejos de allí, es donde papá y Roland solían hacer el ritural de olvido y encantamiento, pero que nunca supo donde habían enterrado ni a los niños nacidos ni a las adúlteras hijas de Gomorra.

El Sr Bonnett se levantó con un ademán pensativo y le indicó a David que le siguiera, en ese momento el sicario que guardaba el arma, le desató y con pasos mareados se dirigió a los árboles cercanos. Bonnett se quedó pensando en las recientes palabras de David y le sentenció a muerte.

....

Se escuchó un grito ahogado y un chasquido sordo de pistola y Jared Leroy murió, junto a el una pala y un montón de tierra. Mr Bonnett y los señores Roy, Lobbart y Schanke esperaban que apareciera el primero de los objetos. Bonnett revisó la jarra y el papel medio destruido que concluía y tras la lectura de los primeros párrafos hasta un alma empedernida de mercenario asesino de niños y mujeres se estremeció. En algún lugar de Vermont, la verdadera familia que compartía su apellido vivía en una finca y casa no muy diferente a esa, y la mera presencia de depredadores de esa estirpe: que mezclaba a Dios, los abusos sexuales en su propia familia y otras y el terror, le provocaba ira y asco a partes iguales.

Bonnett se desembarazó de todo sentimiento y emoción y de un puntapié llevó a Jared Leroy al cabo del agujero.

.....

Roland Neil, el más joven de los cuatro hermanos, llevó en sus hombros a  su padre hasta donde yacía su hermano Jared. Luego hizo lo mismo con su hermano Burrell  Jr y por último le costó cargar a David. Los colocó junto al agujero donde horas antes habían encontrada una jarra del olvido.

Roland Neil suponía que su colaboración le aseguraría permanecer con vida pero se equivocaba. El Sr Bonnett le ordenó cabar una trinchera de unos diez metros a partir del punto donde habían encontrado la jarra y en esa zanja abierta empujó, hipando y con el terror en el semblante, los cuerpos de sus hermanos y su padre, ya frío y mojado por el rocío de la mañana.

El Sr Bonnett miró el relój y con sus manos enguantadas en una gamuza negra propia del ejército miró al sol, les quedaba menos de dos horas para la salida del sol.

Tomó su arma y como lo había hecho durante el día anterior en cuatro ocasiones más disparó a Roland Neil no sin acercarse antes a su oido y sin que sus cómplices lo oyeran decirle:

Malditos Mohler, asesinos, pederastas y bastardos, aunque condene mil veces mi alma con esta muerte terrible y sin honor, mereceis pudriros y ser comido por las alimañas.

Disparó su arma y, al instante, todo el grupo se dirigió a la casa Mohler.

.....

Las pesquisas de los investigadores dieron con la primera de las jarras el día del levantamiento de los cadáveres y luego, poco a poco y como si fuera desengranando un puzlle aparecieron cuerpos mutilados, pequeños cuerpos infantiles envueltos en plásticos, algunos de hace más de veinte años y una decena larga de jarras del olvido con las secuencias relatadas de abusos más terribles de las que se tiene memoria.

Los Moehler pasaron a la leyenda del pueblo y nunca se volvió a hablar de ellos, la identidad de los asesinos, el porque habían perpetrado ese abyecto crimen que dejó entrever los más horribles aún de la familia de presbíteros quedó simplemente irresoluta y quienes fueron los verdaderos instigadores y promotores de la serie de asesinatos rondó por Bates city durante un tiempo, luego la rutina y la repetición de los días sustituyeron esa pregunta eterna y dañina por las conversaciones más triviales del día a día.

(388) Vidal Txikia

bonhamled 18/12/2009 @ 19:01
Cansado, tras el viaje largo y en esa tarde donde el sol, ya algo frío, se escapaba en dirección a un mar lejano, paré. Buscaba una gasolinera para continuar el viaje, para seguir andando, para  llenar un depósito que no estaba vacío.
Paré, anduve un rato, intentando preguntar, y me encontre a Vidal. Vidal descansaba su vejez en una piedra al sol, un sol huidizo de octubre.
Vidal no buscaba ese sol que remediara la muerte en sus huesos sino un alagre y pizpireto lugar de revoleras del calor mientras trajinaba, hablas, vainas, tallaba bordones o esperaba, olvidados sus ojos cansados, del vicio de la lectura.
Hablé un instante con Vidal, preguntando y él, com anciano y con tiempo de falta pero sobrante hilo la hebra conmigo, me contó su nombre, con la vitalidad y sinceridad del hombre de campo. Hablamos de la gasolinera, de la vida, de la carretera, del viaje, del acercarse y de alejarse.
Cuando me di cuenta llevaba un rato hablando con Vidal, con su sonrisa no oculta por los escarpes y taludes del tiempo marcados en su cara y  el trabajo en el campo. Sonreía a veces, como joven, otras veces sus ojos se volvían opacos como la ancianidad que sostenía, otras veces agradecía con un pequeño brillo inteligente en sus ojos alguna palabra, alguna frase del que venía de lejos.
Vidal hablaba dificil, era de lejos, de otro tiempo, de otra cultura y de otro verbo pero hablando con él me encontraba en un checkpoint charlie interior y mediano entre ambos. El encontrarse es posible, incluso en lo intempestivo de una parada no programada en un viaje largo, incluso en la distancia del pensamiento, de la edad, de la situación.
Hablamos y hablamos, él de los suyo, yo de lo que creía que era de todos pero no era así. El habló de ese mínimo reducto de verdad químicamente pura que manejaba como lugar recoleto del cual estaba tan seguro como de la extensión de su palma, yo hablé de lugares comunes que se disipaban como nube en día de sol.
Hablamos y hablamos, cuando el sol se fue en su casa con un vaso terciado de vino. La noche llegó y dispuesto a marcharme sin llegar ni a consenso ni a desacuerdo, sus últimas palabras, y las mías, resonaron, todavía trescientos kilómetros más.
- Entonces, ¿Nunca podremos entendernos?, ¿Habrá quien robe y quien mate y quien sea robado y quien muera?
- Seguirán habiendo primaveras demasiado cortas o demasiado largas, con mucha lluvia o mucho sol, con poco tiempo y mucho que hacer.
- Entonces, será imposible que dos personas diferentes hablen y se entiendan.
- ¿Como nosotros?.

(384) Región maldita

bonhamled 01/12/2009 @ 07:32

El viento en su ulular taciturno y escinado parecía traer palabras, las del enterrador de Ridiera, las de los muertos de las guerras de sucesión, las del galope de los locos a caballo por la noche, las de las plantas venenosas y de los espíritus burlones que habitan, de salto en salto los recovecos.

La planicier, la llanura circundante a Aparicio asesinaba esos vientos terrible, el Rido y otros, y los domesticaba en forma de aire sin más, sin maldiciones y sin ese nocivo que tenía el aire fresquísimo de Hería.

(383) London Calling

bonhamled 14/11/2009 @ 13:52

Salió de casa sonriendo, y algo suspirando, cuando encendía el cigarrillo en el día comenzante. La luz pequeña y algo trémula del encender pareció iluminar su cara. Se ajustó el cuello de la chaqueta para que resguardara un poco mas. El frío y el aire le obligó a buscar el resguardo de su propio cuerpo hasta que logró encender su cigarrillo.

Bajó la calle empinada con el sol saliendo, llegaría al autobus que le llevaría a la fábrica, unas horas de trabajo, un turno repetido y de nuevo a casa. El día amenazaba la lluvia fría de octubre.

Las circunstancias del trabajo cada vez estaban peor, habían despedido a varios y habían jubilado a otros compañeros. Miró detrás, a su casa pensando en su familia que dormía. Sus preocupaciones fueron conjuradas con una profunda inspiración del cigarro, se marcharon elevándose con las volutas arabescas del humo del cigarrillo. Se frotó las manos para recuperar algo de calor y sublimar el sentimiento de miedo y angustia que se le mostraba. Un paso algo más fuerte, un poco más de frío y una mirada al reloj barato le devolvió a la vida sin más.

La luz de la farola le marcaba, como una starlette de club de jazz, el lugar de espera. Luego, por la tarde, las noticias podrían ser terribles, la depresión se ceñiría, quizás, a ese hombre que era él en su misma chaqueta. Sin embargo ahora bajaba la cuesta tarareando "London Calling" de "The Clash". Quizás así  exortizaría el peligro, quizás así llamaría a esa alegría que solo se manifiesta las menos veces en la pirotecnia bufa de la vida.

Nosotros, los lectores de un cuento imposible y mentiroso, sabemos que no ocurrirá así. Lo que vimos, supimos y conocimos después no lo contaremos, puede ser porque el escritor fue suficientemente vago para no contárnoslo, puede que porque los hechos fueran tan amargos, fantásticos, taumatúrgicos, revisitados que no mereciera la pena. Simplemente nos quedamos con el obrero metalúrgico de mediana edad bajando la empinada calle hasta el lugar de recogida, fumando y tarareando una canción antigua.

(379) Esperando

bonhamled 17/10/2009 @ 16:21

Pasarían los años, como hojas de otoño o gotas de primavera esperando una pregunta y una respuesta. Pasaría el tiempo de reloj, el tiempo de arrugas y el tiempo en la ciudad, con sus ruidos, sus silencios, sus prisas y sus parsimonias metafísicas.

Ella respondería, si, no depende, porqué no, indudablemente no, según el tiempo pasaba, el caracter se agriaba, la juventud se marchaba cambiándose por canas ocultas de tinte. El preguntaría, ¿Juntos?, ¿Nos vemos?, ¿Vienes?, ¿Me das una foto?, según los años pasaban, los meses, los días, las horas, los minutos y los segundos.

Intercambiaban miradas, cada día, aquí, tras la barra que conoció inquilinos de todo tipo, rápidos y lentos, de café bebido, de desayuno completo y amena conversación, como disfrutando del día que se escapaba. Ella, camarera, con su trajecito y su cercanía profesional e impuesta, le miraba oculta, y esperaba un algo que no sería. Pasaron los ochenta, convulsos, entraron los noventa, novedosas, se inauguró un nuevo siglo con miedos y cambios, y en la década de los diez, cuando ya se jubilaría, seguía esperando.

Ella quizás esperaba un día de frío a última hora de la noche, una sonrisa cercana y un gesto. El esperaba ser otra persona, superar los miedos, saciar su sed de amor en otra boca, querer sin tener que medir ni pagar. Sin embargo el tiempo, como ancla, le tiraba a un fondo de fango limoso de incertidumbre e inacción. Seguía sin actuar.

Un día, poco antes de aquel mayo que transcurrió hasta el último diciembre, se decidió. Ya jubilado. Se decidió y la llamó, Julita, me estaba preguntando si querría...

Ella sonrió como cuando se abre un cofre del tesoro y lo que se encuentra siempre es menos pero, al menos valioso y querido. Quizás dar un paseo iniciático, quizás tomar un café, un café repetido de treinta años cada mañana y cada tarde, quizás alguna vez sofisticarse hasta acudir al último cine de la Gran Vía.

Ella aceptaría alguna opción, ignoro cual, el continuaría su rutina y esperaría hasta la tarde. Ese mismo día el sol refulgiría con ese color amarillo y algo maligno, esperando un vengarse picado. Lo conseguiría antes del final de la tarde.

(378) Gin Fizz

bonhamled 12/10/2009 @ 08:58

EL Gin Fizz tiene el sucio tracto de la resaca, el día después, ese sabor ácido, ácimo, salado y desterrado de la bilis. Negra, siempre bilis negra.

El Gin Fizz se pide con voluntad de terminar de perder que no dejar de perder, de acabar de perder para volver a perder.

El Gin Fizz siente en su tibio corazón levemente verdoso un fulgir de pena irradiante, de tristeza plena, de desconsideración hacia si mismo por atacarse, dañarse, destruirse pero con la lentitud y la parsimonia de un absurdo repetido.

Tintinea el vaso, tintinea el tiempo y tintinean las causas por las que beber sin parar, vuelto a las burbujas que hacen daño, Esa maldita ginebra de tiempos remotos, de sabor de roca, de grieta en molino, de tiempo perdido, de locura de spleen, de sudor frío, de trasnoche frío, de chaqueta grande y delgadez enferma.

Bebo Gin Fizz y me siento como un Marlowe perdido o, quizás, como un Septimius Smith nuevo. Miro al aire y es suavemente denso tras el gran cristal una ciudad de noche que en sus luminarias de polilla atrae las tristezas burbujeantes de un día que siempre te atropella. El cielo está lejos, encapotado y blanquecino, como la verdad y como la verdad que se encuentra en el fondo de un Gin Fizz, en el surco de un disco de Miles Davis y en una sonrisa que se va separando, desvaneciendo, alejando.

(376) Madrugaba mucho

bonhamled 05/10/2009 @ 05:50

Gabriel Omar Batiste se levantaba a las seis, recorría media ciudad de Buenos Aires, atestada, vacía, con ese frío austral que solose conoce en Julio. Llega hasta el bar más cercano al estadio de Racing, en Avellaneda.

Pasaba una hora allí, día tras día, hablando del equipo, de la vida, de las circunstancias, con el Indio, con el sequito García, con el que pasara, combinando la primera bebida de día con activación de un sol tímido.

Así día a día, mes a mes, durante años, bastantes, seis. Batiste recorría media ciudad: colectivos, trenes para llegar a aquel lugar, anodino, insignificante y común. Pero lo hacía cada día desde que se jubiló. Seis años de cruzar una ciudad, de cansarse y de levantarse.

Los parroquianos del Bar creían que Batiste era del barrio, uno de esos jubilados borrachines o, quizás, algún jefe o vendedor de gesto repetido. Repetir, hacer, conseguir, repetir.

Batiste, llegado un momento, se asomaba a la puerta que daba al gran este argentino, de mar, vaciedad y personas. En aquel Bar el este era solo un solar siempre al principio de construcción que dejaba casi una linea horizontal sobre la que levantarse perezoso el sol. En ese momento salía Batiste con su café, a la calle y miraba el sol. Observaba su relog durante un instante y su cabezota calva parecía ponerse en movimiento para hacer un cálculo. Al punto volvia a sumirse en esa mueca gris y se introducía de nuevo al Bar. Evitaba el aire del invierno y la calima del verano.

Batiste pasó seis años así, hasta hoy. Y hoy mismo no vino. No volvería.

En realidad Batiste no miraba al sol, que anunciaba, o el frío, sino el nacimiento de un nuevo día que el asesino de sus afecto no volvería a ver pero volvería a oler. Aquel en el que una mañana de hace más de treinta años asesinó a su amor por cuidado a una dictadura, a una locura, a un desarraigo. El traidor Julián tomó a su flor Graciela y se la llevó para siempre. El mismo se habría tenido que ir con ella, como en la epica de un funeral vikingo, pero nunca fue así. Se quedó solo, sin el hijo que esperaba, sin el futuro que compró, sin la melodía de un mañana amable.

Se sentó Batiste en el tiempo, esperando la condena del Turco Julian, día a día, con su trabajo menestral de oficinista de banco, gris, corbata repetida, traje repetido y barato, casa cercana y así día tras día oculto, esperando, sentado en el banco del tiempo a que algo pasara. Ganó su pensión de jubilación y ganó todo el tiempo del mundo, un tiempo sin tino ni dirección.

Aquel día, como los seis años anteriores desde que se jubiló, no volvió a mirar el sol en el amanecer, aquel que agostaba al turco mientras el suplantaba su vida, ni miró la jornada cegadora de aburrimiento en la cárcel. EL turco Julián salía de la cárcel, sólo, olvidado, como herramienta útil pero incómoda, alejado de todos, de la vida, de las personas.

Salíó de la gran cárcel central y a pocas manzanas un maduro hombre bien vestido le disparó a bocajarro en la cabeza. Un disparo sordo, en los ruidos de las calles, que apenas sobresaltó a los más cercanos. Un disparo justo, sin exceso ni alharaca, una muerte que ajustaba penas con el universo.

Gabriel Omar Batiste se fue andando, con la cabeza dando vueltas, esperando que alguien le parara, le detuviera, le metiera en la cárcel y le suplantara su personalidad solo para tener el placer de reconocerle día a día en el infierno grisáceo de la cárcel. No fue así. Se marchó calle abajo hasta la siguiente parada de colectivo, ¿Cual¿, uno, lejanamente alguna sirena marcaba la comisión de un crimen.

 

MInicuento inspirado en la película "El secreto de sus ojos" de Juan José Campanella.

(372) El olvido según Almadormida

bonhamled 29/08/2009 @ 20:33

La enfermedad del olvido se extendió por toda Almadormida. No fue aquella enfermedad insustanciada de Macondo, un olvidar por no conocer. Almadormida olvidó las muertes, olvido las calles, el viento Rido, al tibio y crespo gritar de los aires tras las esquinas, el ruido de las conversaciones taciturnas por el dolor.

Almadormida siguió olvidando, al alcalde, a los que hacían al pueblo el más amigo del futuro, a las novedades, a los libros, a las ideas nuevas, al correr a la plaza al sonido del campanil. Siguió olvidando, se olvidó el dolor sin dejar de sentirlo sordo en el interior, inmanente, se olvidó el cultivo de algunos campos, muchos, todos, se olvidaron de abrir las tiendas. La emigración aquella que alimentó a los hijos de los hijos de los que vieron al terrible Goush llegar al pueblo con su cuerpo de alfeñique y sus ideas de veneno verde, se ocupó de olvidar el pueblo, la región. Al principio mudando casa, luego pensamiento y al final ni apareciendo para los pocos entierros que, por cierto al poco fueron olvidados.

El tiempo y el olvido con su pátina se posó sobre el pueblo como un baño de cariz oscuro y ajeno sin esa añosidad amable de los libros o los maestros.

El olvido dejó atrás a Almadormida con sus leyendas, con sus malvados, con sus víctimas, con sus lágrimas, algunas palpitantes y traidoras a la obliteración obligada por la voluntad. Un olvido hecho pueblo, hito, malecón, punto en el mapa, color en un lugar. Olvido, olvido...hecho de carne de lagarto de Atxaga.

(364) Llorón

bonhamled 18/06/2009 @ 05:44

Cuando ella murió, se fue, siguió viviendo en otro lado, quizás otra dimensión, quizás la próxima esquina comenzó a llorar.

Fue un llanto torrencial de monzón, fue tormenta de verano, fue ciclón caribeño, fue huracán de sensaciones y lluvias saladas. Las lágrimas se secaron, los segundos de llanto pasaron y se convirtieron en meses pero el llanto seguía como un Guadiana esperando un brotar aquí o allí.

Siguió llorando lágrimas secas, rocas lunares del dolor que arañaban su lagrimal y su corazón antes tocado de ala de libélula. Siguió llorando aunque seguían levantándose, desayunando, trabajando, comiendo, dormiendo.

Un día volvió a brotar ese llanto pero ya no fue tormenta sino leve llovizna, que provenía de arriba, de abajo, de lado, movida por el viento desconocible del tiempo, de la situación, del mundo. Dable a la autocompasíon y al daño, el dolor se hizo caracola inmarcesible en su interior, caverna dentro de una cascada de agua sutil y sucia.

Seguía llorando, orvallo, txirimiri, lejano, con un rugido pulmonar, en las tardes de bombillas de poca potencia en otoños en calles estrechas de barrios populares. Gastó su llorar aquí y allá, dejando charquitos junto a las paredes, dentro de la bañera llena de agua, en un instante de lejanía entropica.

Siguió llorando y siguió llorando hasta el día en el que decidió dejar de llorar. En ese momento, se paró un instante y se quedó quieto. La gravedad y el puente hicieron el resto.

En ese momento otra persona comenzaba a llorar.