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Categoría: Cuento

(287) El inicio de la pesadilla de Abarra

bonhamled 22/06/2008 @ 19:57

Desmond Abarra repasaba el día en su sillón mullido y confortable, muy fin del siglo XX. Tomaba notas mentales, trasladaba revisiones de informes, corregía datos y elucubraba un nuevo artículo de "psiconética aplicada en la zona XXI": "Datos y tendencias de criminalidad preventiva". Todo ello sin moverse de su sillón y escuchando silencioso y sin apremio aquella música mental "Milestones" de aquel extraño músico, Miles Davis, muerto hace más de cincuenta años.

Revisaba datos, escuchaba un rugido musical vocal o quizás un frufru de andar cercano o un bisbiseo eléctrico. Eran los ruidos en la zona siete, la zona de administradores, directores y clérigos políticos mezclados junto con el ir y venir de su hijo en su estancia de nivel III, más de 350 metros cuadrados y menos de 500 metros cuadrados, un lujo para una sociedad donde la acumulación de espacio era ya delito.

De repente un mensaje espontáneo y rápido surgió en su visor mental. Informe básico nivel III a Gedeón Abarra. Familiar nivel I. Personal responsable nivel III.

Un informe aleatorio sobre su hijo, un informe mental, un informe rutinario de redes sociales. El resultado se suponía nulo pero sin embargo surgió aquella luz amarilla que indicaba necesidad de estudio posterior.

Se levantó de un golpe y de repente vió a Gedeón visionando la televisión mental, tumbado, callado, quizás somatizando algún placer legal.

- Gedeón- ¿Has hecho algo hijo?.

Desmond Abarra descubrió su despertar de ojos vidriosos, como todos los jóvenes, y sus hablas primero inconexas, de vuelta de ese Olimpo artificial, y luego más estructurado.

"Yo, Papá, no he hecho nada, bueno... alguna vez he hablado con algún individuo tipo III y he leído algún pasquín de esos de papel, pero no más..."

Desmond Abarra descubrió como el mundo se le venía encima, repasaba, mientras andaba su memorión individual:

  1. Redes sociales incorrectas: dos puntos ley.
  2. Lectura de material prohibido: ocho puntos ley.
  3. Posesión de material biológico de papel con fines no investigadores: treinta y dos puntos ley.

Hasta ahora el duelo no era tal, todo ello era posible eludirlo desde su puesto de vicedirector del instituto de psiconética quizás algúna recomendación o algún curso suave en el verano donde pudiera hacer algo de deporte.

- Pero.. Gedeón ¿Que decía ese papel?..

- Papa, papá, ..nos engañan, todo este sistema, todo esta categorización, la lucha contra los forajidos de fuera de UN8r) es falsa. Todo ello es una pantomima.

Desmond Abarra sufríó con esas palabras un golpe físico equivalente a un atropello de vehículo de aquellos de las películas antiguas. UN instante de silencio que no avanzó porque se contuvo con Hiperión para evitar que sus niveles , ante el shock, fueran reportados a la central, como todos los funcionarios de nivel III.

- Gedeón, ese delito es de revolución contra el estado, contra el orden mundial y contra la paz acordada.

Su mente estaba protegida de escaneos mentales pero no la de Gedeón debemos dejar de hablar de esto ahora mismo.

- No te preocupes, Gedeón, que no pasa nada, pero por si acaso voy a enterarme de como están estas investigaciones rutinarias. Estate tranquilo pero no vuelvas a frecuentar a esas personas, te lo pido.

Gedeón sonrió adolescente, y volvió, con una leve punción de su soma particular, a su sueño inconsciente y juvenil.

Ya libre de escaneos Desmond Abarra comenzó a pensar, a valorar mientras un lanzallamas mental le escribía estas palabras: Delito L, Delito L.

Pasó tres días pensando en aquella preciosa silla del siglo pasado evaluando pros y contras, eludiendo revisiones rutinarias de documentación y pensamiento previendo posibles cambios, posibles caminos, auscultando algunos amigos, sirviéndose de su posición de investigador psiconético y sociopatológico.

AL cabo de tres días, tomó, más de doce mil millones de dólares Kulak, para aquellos que necesitaban sentir la moneda de plástico en la mano, y salió de casa: su función y fin: salvar a su hijo y a el mismo de una muerte cierta que no tardaría en producirse tan pronto se confirmasen los indicios.

La puerta electronia cierra con un zum poco audible pero de estruendo. Su vida había cambiado de repente.

(279) El sueño recidivante

bonhamled 03/06/2008 @ 05:59

El sueño torvo de la comarca de Almadormida atenazaba mis sueños, repetitivo y recidivante contaminaba mis sueños con aquellas historias de traición e inquina, de tiempos de guerra y de absurdos que se tornaban en catecismos abruptos y ateos. Era el tiempo de la leyenda y de las eras perdidas. La era de una comarca rica, la era de unos poderosos, la era de una sonrisa y la era de las múltiples amenazas, la de la guerra civil, la de la guerra mundial, la del hambre, la del futuro.

Este cuento iniciático y algo hermético de la comarca de Almadormida y Hería con sus pueblos,: Aparicio, Metrestás, Hería, sus bosques de pino y madera, sus campos de cereal verde y sus gentes antes amantes del futuro, hurañas, taimadas o confiadas me llevaban a un sueño de una era desaparecida, tan del siglo XX que parecían que eran hijas del uno de enero de 1900.

Las leyendas que me contaron las del retrueco, las de aciago pelirrojo, la de las innumerables tertulias en casas o en bodegas, la de los gritos, la de los enterradores, la de un vivir acompasado y a veces premioso, la de la muerte como parte de la vida, la de la vida como trasunto de la muerte. Todos ellos llegaron a mi mucho tiempo después, muchísimo, con los pueblos casi abandonados y pútridos de hierba rastrojera. Con los sonidos casi apagados, con las canciones y las fes casi perdidas, con el tiempo dando vueltas de loco por las plazas y recovecos como demonio.

Hoy, al conocer de esta comarca, de esta comarca que pasó a los libros como una región unida pero maldita, mi mente se llena del viático de aquellos vinos y efluvios de tiempo pasado, de temores atávicos y ancilares a una vida que parece que solo porta luz. Ahí se inicia la historia y el problema: apariencia y falsedumbre.

Mi paseo por lo que queda de Almadormida, que en tiempos llegó a tener sus buenos ochocientos vecinos, deambula por sus calles y de pueblo perdido casi abandonado a la urbanización agresiva y donde su oremos se perdió entre la batuta de las copas insignes de los abedules, los pinos, los álamos, los cipreses y otros muchos árboles como robles, olivos, los menos, y haduras. Los árboles chamánicos de la región, mitad leyenda, mitad maldición.

Mis pasos llegaron a Almadormida como consecuencia de mi trabajo de ingeniero topógrafo. Aquella olvidada tierra necesitaba, por mor de un futuro que les trajo todo lo peor del mundo, nuevas carreteras, nuevas infraestructuras, gentes peinadas y relamidas que acarrearan al pesar de esa Castilla olvidada todo lo bueno del progreso. Como si el progreso, el avance, el adelantarse, la mejora fuera algo mejor que su vida tranquila, pobre pero de sueño grueso y bonancible como sus mantas de invierno.

Mis teodolitos marcaron lugares, tomaron cotas y elevaciones y generaron un mapa virtual de una tierra que conocía tanto de la realidad como para estar hecho trozo a trozo y hierro a hierro de ella misma: La canastilla temporal, intemporal y atemporal de los fines de siglo, siempre frontera, siempre puntos y seguidos, siempre víspera.

El anciano Alcalde de Aparicio, todavía orgulloso de un pasado del que mejor no hablar, el último hijo de leñero de Hería, con su silbante miedo en forma de viento Rido. El sacerdote, heredero de un enigma que fue crimen, y todos los ancianos a los que vi no me dieron mucha señal, miedosos, supersticiosos y plenos de gestos y signos conjuradores tras cada palabra, cada mención, cada danza, desconfiados en aquel invierno que pasé midiendo y dibujando.

Ojalá no hubiera ido a Almadormida, su tenebroso sueño mancha mis noches. Ojalá hubiera ido antes… un trozo de verdad se me dio en aquel pueblo perdido de Castilla.

(271) Ciudad Haar

bonhamled 17/05/2008 @ 05:11

La policía acordonaba el ascensor y las entradas del edificio Malxo. Los otros ascensores no dieron abasto los tres días posteriores. Nueve metros cuadrados y veintidós plantas, cuarenta segundos de viaje, dieron lugar a muchas especulaciones y misterios.

Al abrirse la puerta, siempre al final se abre una puerta aunque no siempre las de los cuartos pequeños, dos muertos, perfectos de terno de temporada pero destocados de elegancia patricia, muertos por un disparo de bala cada uno, la pistola limpia de marcas aparecía entre ambos cuerpos, y un aparente total desconocimiento entre ambos occisos tornasolados de muerte.

La policía no creía en los misterios y menos de Rouletabilles reporteros que buscaban el misterio.

La empresa, gigante de construcción, ambos muertos, Harald Haar, danés y Juan Luis Ciudad, español, desconocidos entre si, de nuevo en apariencia.

Los cuarenta segundos albergaban en su interior diferentes interpretaciones de corrillo: una leve discusión, una muerte de encargo o una resistencia feroz. Es difícil pensar lo que pudo ocurrir en esos cuarenta segundos:

Están a apunto de cerrarse las puertas con el pequeño y delgado rubio. El moreno de traje azul entra a la carrera

- Perdón, dice entre suspiros,

- Buenos días

- Good Morning.

- Perdón, creo que vamos a la misma reunión es ud Mr Jensen, de Irco and Co.

- No, creo que se equivoca.

- Lo lamento.

El feroz Juan Luis mira para otro lado y recuerda la foto que tenía en la mente, parece coincidir. Saca la pistola y cuando va a emplearla el pequeño danés se revuelve, en la lucha se dispara y acierta de muerte al más grande. El danés retrocede asustado, en ese momento el moribundo vuelve a percutir la pistola, casi sin fuerza. Mueren ambos

Sin embargo las grabaciones de vídeo parecen dar, al menos otra versión:

Entra el Señor Ciudad y en el piso tres entra el señor Haar. Es un bullicioso entrar y salir hasta el piso veinte, donde empiezan las plantas nobles, desaparece el resto y quedan ambos. Haar saca la pistola que lleva consigo (proviene de Beirut y tiene licencia de armas por su trabajo de asesor), se le dispara y le hiere. Preso de dolor se revuelve el señor ciudad intenta ayudarle, pero un espasmo inoportuno dispara de nuevo el arma muriendo ambos.

Los interrogatorios de los entrantes y salientes al ascensor: la señorita Oliva, el encargado internacional Holnicki, etc parecen dar lugar al menos a otra interpretación de los hechos.

El señor Haar y el Señor ciudad coinciden en al aparcamiento y suben juntos hasta la recepción donde primero se acredita el señor Haar, al que vienen a recoger. El señor Ciudad espera paciente su turno. Cuando llega al ascensor el señor Haar ya ha marchado. Cuando sube Ciudad, solo, en la planta trece ve que entra, equivocado de planta, Haar. Algunos ascensores solo llegan hasta la planta trece. Suben juntos, pero en la planta 20, antes de la zona noble una tercera persona entra en el ascensor, dispara contra ambos y antes de que se cierren las puertas, apenas ocho segundos, deja la pistola, pulsa la planta baja y espera paciente el ascensor.

La policía maneja otra forma de interpretar el crimen en el ascensor transparente:

El ascensor aparece en la primera planta, en esa planta se incorpora el señor Ciudad, destino a la planta 22, en ella ascienden cuatro personas entre ellas el Señor Haar, al llegar al a planta quince solo quedan tres personas. De manera discreta el tercer hombre pulsa el botón de la siguiente planta, con leve sorpresa del danés. La memoria del ascensor seguirá el orden de introducción de datos bajando, posteriormente a la planta entrada. Al despedirse el tercer hombre pulsa un dispositivo, en ese momento una bomba de gas inunda el estrecho receptáculo, mueren. El tercer hombre sube a la planta 22, dispara sobre ambos y deja caer una pistola.

Haar aparentemente podría haber tenido algunos motivos para asesinar:

Haar reconoce por fin a su burlador, el grande, y espera la forma para asesinarle, logra entrar, disfrazado, en el edificio de oficinas y sube en el ascensor sube con la esperanza de verle. En la planta cuatro coinciden durante un instante en el ascensor, Haar le dispara y acto seguido se dispara en el corazón, la pistola muerta cae entre ambos.

Algunos de los empleados manejan una versión hecha de recortes afilados aquí y allá, no es muy creíble pero tampoco imposible:

Es difícil un crimen de ese tipo pero un tercer hombre, se descuelga las 22 plantas desde el casetón de la cubierta del edificio, se posa, de manera sorda sobre la superficie del ascensor, espera una señal para su acción directa. Por la puerta aparecen Haar y Ciudad junto con un anfitrión que queda gestionando los pases de entrada a la zona noble. Suben en el ascensor, cuando llegan a la planta trece, la del cambio de ascensor, el anfitrión se queda, toma un teléfono móvil y pulsa un número memorizado, Suena, leve, encima del ascensor. Es la señal: El asesino se deshace de la portezuela posterior, dispara con la pistola cuando se cierran las puertas y deja caer la pistola, coloca el techo y repta hacia su salida en el tejado.

Todas estas teorías eran manejadas con mayor o menor entusiasmo por la policía. La locura nace de la aparente incongruencia entre las cámaras de vídeo: una por planta, otra en el aparcamiento más las del perímetro del edificio, también por la diferente declaración de personas que vieron entrar, salir, cambiar de planta, reunirse, no conocerse, abundar o separarse.

Incluso se exploró los caminos del hampa para ver si alguna otra teoría de asesinato por encargo era posible:

En la planta 22, la última, un director espera y ultima los detalles cuando la policía se hubo marchado, tras haber escapado de un atentado terrible, los dos asesinos, Haar y Ciudad le esperaron a la salida de la planta trece, la del cambio pero antes de que pudieran actuar fueron alcanzados por uno de sus guardaespaldas. El contratar actores, entrar y salir y buscar la confusión intenta esconder ese asesinato que a su vez esconde una lucha abierta y, desde ese momento, sucia en la compañía Malxo.

El asunto del espionaje industrial tampoco fue desdeñado por la policía a tenor del reciente contrato de adquisición de tecnología espacial entre el gobierno y Malxo.

Los espías Haar y Ciudad fueron llevados de manera subrepticia al edificio MALXO, descargados en el ascensor más alejado, una vez en el edificio central identificados a punta de pistola, en el ascensor, una vez cambiados de ascensor fueron ajusticiados y abandonados. La competencia da un mensaje claro y en la propia casa del ofensor.

La policía, al final, ha de quedarse con la versión del tiroteo injustificado entre los dos desconocidos. Es lo que tranquiliza más a todos y pone menos pimienta sobre lugares donde, sin duda, provocarían estornudo.

La verdad es, a veces, algo mucho más complicado de explicar, pero tambíen, más sencillo de entender: Dos amantes despechados buscan en inteligencia y conocimiento a su amador infiel y, al final, deciden suicidarse en el ascensor del edificio. La policía se marcha tras las iniciales pesquisas y el presidente en la soledad solemne de su despacho llora amargo la venganza de aquellos a los que amó menos de los que ellos le amaban.

(268) oXirrinco

bonhamled 10/05/2008 @ 04:33

Desmond Abarra entró en el Bar de la ciudad fronteriza de oXirrinco. El cable desde Bakú había sido rápido y veloz. Arribó a Oxirrinco, se aferró con fuerza al cubo basáltico que le pondría en comunicación con su centro. Pensó en un instante en su hijo y revisó con la mirada los agentes de un8r) que había por la zona.

Entró en el bar intentando reconocer por la mirada a Reddha, hacía mucho que no le veía, desde la guerra de las inmigraciones, pero ahora tenía que encontrarle. Su futuro podría estar en su mano.
Una revisión rápida del Bar "Pink Diamond" y del "Moloko" de oXirrinco le devolvió una mentomusica extraña y repetitiva en frecuencias mentales bastante dañinas, cincuenta vendedores de psicosoma y algún que otro ladrón de poca monta arriesgado a una rotura de huesos y el robo de algún órgano, si estaban en buen estado.

Desmond Abarra escaneo en un vuelo la zona y no encontró frecuencias peligrosas: algunos agentes de UN8r) que podrían haberse detectado sin escáner mental, algún otro de la fundación de maras y de su propia tropa, en general un maldito sitio seguro donde poder morir. No vio a Reddha, por lo que volvió a su hotel y verificó su personalidad y la vida interpuesta: se aprestó a reconstruir un escaneo histórico en Bakú y una personalidad ficticia en oXirrinco que, al menos, soportara un cotejamiento modelizado de nivel 3 (el estándar de acuerdo a las normas de la sociotecnia en ciudades limitrofes o en zonas con riesgo de rebeldes). Reddha era un rebelde y el un alto cargo del Instituto de sociotecnia y psicología matemática de Bak.

(266) El vendedor

bonhamled 01/05/2008 @ 08:08
- "Señora, me atrevo a llamar a su puerta para ofrecerle un producto que, sin duda, no debe faltar en su casa" - El vendedor ofrecía con ese prurito literario y escénico aprendido. La señora con la bata y el pelo despeinado, de andar por casa: siempre "fuera de sitio", pretendía cerrar la puerta, tras abrir esa pequeña rendija por donde se coló el eslogan:

"...Serán sin duda más felices en su familia..."

La vida, el tiempo, las circunstancias, el horizonte cada día más cercano, la oscura tendencia a la muerte y el tiempo, siempre ese puto tiempo que caía como agua de lluvia. Ella pensó, en su hospicio domestico donde se acogía a sagrado días y días, atrevámonos y busquemos ese elixir ya perdido entre pañales, gritos de niño, reuniones en el colegio y angustias verdes de diverso color otoñal.

- "Hace, bien en permitirme acceder a su hogar, puesto que le traigo a un precio casi ínfimo el artilugio, jaja, permítame que lo llame así (chiste preparado decía el manual del vendedor). Sin duda las tardes de domingo, esas que son intermitentes, o cuando su marido va a hobby, si lo tuviera.. por cierto, ¿lo tiene?" Ella recordaba las madrugadas vacías mientras Leandro empuñaba la caliente culata y se iba a balear inocentes animales con amigotes, y respondió sin saber ni pensar: "si, le gusta la caza". "El nobilísimo deporte cinegético, que tanta destreza y maña precisa"- Abotargaba con su discurso vacío lleno de perfiles de cliché de un imaginario diseñado por un publicista. Ella perdía los ojos en la ausencia de los días con él y sin el y asentía como ante un sacerdote en el púlpito.

"Señora, las ausencias de su marido, se pasarán ahora sin cuidado"- Redundaba el artero vendedor. Ella estaba en sus lágrimas, en sus tiempos perdidos, en sus ilusiones desgañitadas y en el tiempo, en ese turbio sentido de la dirección del devenir, que se había convertido en su enemigo acérrimo. " Pues no le entretengo más," la venta parecía segura a los ojos del vendedor; " y le indico el útil que hará su vida más entretenida y amable, que permitirá a sus hijos y a sus vecinos y amigos una diversión constante, para las veladas de amigos y para los veraneos"- Volvía el vendedor para afianzar antes de la firma.

Ella esperaba ansiosa ese elixir, esa absenta que le volvería al pasado pero, sin embargo, tras la retahíla de manual encontró la siguiente proposición:

"... sin duda, su casa no será la misma cuando compre este karaoke con las mejores canciones de hoy, ayer y siempre, no olvide que ...."

Ella no pensó más, se zambulló en la vinagreta de la angustia y el desánimo, se volvió hacia la casa y cuando el comprador pensaba que finalizaría su tercera venta del mes con los datos bancarios, le descerrajó un disparo de la escopeta de Leandro que le abrió el pecho en dos.

No supo, en ese momento, si dejarlo en el zaguán de la casa o, mejor, meterlo en su casa y en su cama; llamar a Leandro y esperar a que volviera, aquel martes de jornada de caza, con un presunto amante muerto en la cama y la policía esperándole.

(257) Sección técnica nº 12 El reloj

bonhamled 02/04/2008 @ 05:42

Señor mío, pero como va a ser eso posible? - preguntó el presunto comprador.

Se lo digo de verdad, el reloj que le vendo, sencillo y simple tiene una característica principal la posibilidad de acelerar o adelantar el tiempo - respondía tranquilo el portador de la luz.

(254) ¿Y si fuera verdad la ventana?

bonhamled 25/03/2008 @ 06:31

¿Y si fuera verdad esa ventana?

¿Y si realmente fuera cierto que podremos hablar?

Dejar de estar solos, encontrar la tranquilidad de volver a ver, volver a tocar, quizás hasta, en escorzo, volver a abrazar, preguntar, entender, saber.

Y si fuera verdad ese lugar al que me dirigen y no un engaño, un truco, un burdo montaje para mentes ilusionadas.

Cruzo las calles, rodeo los vehículos, busco el lugar, la casa, como un cielo abierto, tengo el dinero, billete o tarjeta de entrada a un mundo de dejar de estar solo.

Será poco tiempo apenas segundos, no estaré solo, pero le veré, por fin, tras quince años tras su muerte. Me contará donde está, donde vive, a quien ve, que esperanza existe, si me conoce ya, como debo actuar, si existe el bien... Le presentaré a mis hijos, donde estoy en la vida y mi futuro,... incluso mi futuro puede saber.

Si en verdad esa casa, esa señora, esa ventana que dice que tiene, me permitiera hablar con mi padre muerto. Me permitiera verle, hablarle, tocarle, mostrarme una verdad de la que me separo, mostrarme un camino que es difuso, indicarme un horizonte que no existe.

Me acerco, corazón palpitante, sudor frío, ilusión de joven, con miedo, con esperanza y toco la puerta. Toc, toc, toc.

(246) Tozeur

bonhamled 01/03/2008 @ 19:01

En la medina de Tozeur pienso sobre ese viejo pueblo, sabio, inteligente, cuna y vía de comunicación entre los mares: el del centro del mundo y el del arena que nos rodea que fue llamado Taf. Asesinado, asediado o simplemente olvidado por el tiempo murió y con el algunos secretos del norte y del sur, de oriente y de occidente.

Miro sorprendido a través de la ventana del hostal que es llamado hotel caer los primeros copos de nieve en este 14 de diciembre en el desierto.

(242) El único cuento de Aparicio

bonhamled 22/02/2008 @ 15:50

Aparicio es rudo y claro en medio de la campiña castellana, yerma y clara como piedra de cuarzo de un bancal de limo de un remanso del río. En un cerrete junto a una sierra pequeña, roma y limpia dando inicio a un valle que llega hasta el horizonte: la comarca de Almadormida. Los cerretes buscan, cerca, a hermanos más grandes y escarpados lo que origina una orografía de bosque tupido y de aires tempranos, es la región de Hería, hermanastra de Almadormida.

La gente campesina de Aparicio, conoció los coches casi cuando nacieron y tenía fama de gente novedosa en la región. Tenidos por bisiestos renacedores de ideas pasadas y por innovadores y finiquitadores de las ideas actuales, sobrevolándolas de por mucho. Algunos de los aparicienses vivían con la mente delante del tiempo (vernistas) más otros vivían en el campo atados a la tierra y con la mirada en el horizonte recortado de montes con formas abruptas como catones justos e inapelables.

No eran muy abiertos al forasterio en la región, como todos los castellanos, pero no guardaban ese gesto hosco que se estila en Castilla e incluso en Hería. Aun con apertura no brindaban el sol de su conversación a cualquiera, endurecidos como estaban en la tierra del frío largo y del calor trepanante y con la infidencia al borde de los dedos. El acercarse a ellos era difícil, el estar cerca, no.

Las cuatro carreteras y los dos caminos de Almadormida trajeron desde siempre especias, el cacao, el café e incluso a los contrabandistas. En Aparicio se tuvo lo extraño como cercano con un metropolitismo y temporicidad que no existía en la capital por lo que cualquier viajante, extraño, extranjero, una vez superado el miedo, tenía oidos para sus mentiras, las más, y sus confesiones, algunas.

El reloj de la capital, marcado por los mecanismos de los trenes y los vehículos, corría atropellando a todo el mundo, incluso a los contemporáneos, los modernistas y aquellos futuristas. En Aparicio, lejana y cercana, desposeida de la peste administrativa y en el dulzor de las mieles del intercambio, los aparicienses discrepaban, discutían, se encontraban y dialogaban en un lugar donde el tiempo remansaba.

Los indianos de Aparicio, ya eran indianos antes de salir del pueblo, aquellos más arrebatados por conocer, y cuando volvieron no trajeron maravillas como en otros sitios, en Aparicio eran ya conocidos. Trajeron una arquitectura criolla y llena de patios y ventanas que no se aprestaban a un uso corriente en la llanura de Castilla que colocaron en los cerros del pueblo villas y caserones. Construcciones cercanas y con la lejanía interesante y de hiedra del nuevo rico. Las nuevas y altivas construcciones con humor caribeño, andino o rioplatense traían a su sabor, el sabor terroso y frío de Castilla, una hojarasca de sueños superpuestos y de diferente hechura y edad cuarteles, ojivales y porches muy novedosos donde esperar el tiempo llegar.

Se conoció el arado y los aperos mecánicos de labranzas antes que en otras tierras de Castilla. Incluso se creó una sociedad lamarckista, en la cual se apoyaría el aciago pelirrojo, para establecer su salaz compendio de ideas modernistas ilustradas y de progreso.

Algunos vinieron de Madrid y de Valladolid con inventos que cuajaron. El viejo Don Ramón, cronista, alcalde y amigo de la novedad fue el principal valedor de todo el progreso, mejora y avance y la llave que abrió las puertas y ventanas al daño.

La electricidad, las barberías, la avantgarde, la fotografía, etc, fueron llegando con rapidez a las bocas ansiosas del pueblo, instalándose un sentimiento contemporáneo frisante con el romanticismo, y todavía hoy, tiempo de electricidad y de información, los aparicienses que quedan son un pueblo muy ameno en las hierbas de su saber y su curiosidad, aunque más escondida por los recovecos y pliegues del pasado.

Hoy desolado y muerto, corren las aves vegetales del demonio por sus calles en eterna patrulla y comando. Los abrozos y las hierbas rastrojeras asedian las casas, las hierbas malas como la mandrágora chillan y los lugareños se esconden de si mismos, de los vientos y de los gritos con golpe de portalón y vigilancia temerosa.

Lee el viajero los cuadros vejestorios de las bocas de las calles y entiende los nombres de antaño: Calle del radiogiro, Calle de las escuelas, Calle del Calidoscopio, Calle de la olografía superada; el frío tiembla y el aire empuja.

En Aparicio muchos de los vecinos tenían ya antes de la primera guerra mundial pluviómetro y termómetro por lo que era el pueblo, de Almadormida y Hería, que mejor y mayor dato climatológico suministraba. Los metereólogos aficionados, incontables, al menos uno por familia, luchaban en dar las noticias del meteo mas simpares y simpáticas a sus convecinos enzarzándose en estudios y debates sobre las calendas del ferragosto y los acibates de Ben Taj. Códice ancianísimo de cuando Almadormida, en la primera edad media acogió a unos pocos supervivientes de la ciudad de Taf.

Las conversaciones de a frecuente se relataban de esta forma:

  • Don Andrés, ¿Supo usted que antes de ayer fue el día sesenta y tres de este año en el que las precipitaciones no subieron de 30 mm?
  • Clarita, vete a preguntarle a Don Senén si se presume que la media de las temperaturas de la estación en los últimos cuarenta años se eleve hoy o ¿Puede ser este el día impar del mes de Abril con mayor mínima?

El afán enciclopedista se plasmaba en la existencia de una calle de Diderot donde además de viviendas terciadas convivían importantes industrias como la única zapatería del pueblo y un baratillo.

La guardia civil del puesto casi estaba aprestada a abandonar el pueblo por el orden pitagórico en el que se vivía: hasta el día que se volvió turbio de arena roja. El sol, eterno, del día del fin, se tornó, a la vuelta de una tuerca, en una sombra eterna.

Recuerdan algunos, de los que sobrevivieron después, cómo sonreían aquel día, cómo la asociación “La Amistad” con su candelabro rugiente de llama solo fue un sueño estrafalario de luz. De tenencia de luz, de portaduría de luz, de pensamiento de luz, en un pueblo en el que en algunos momentos la nube de moscas lo cubría casi todo - sobre todo en los tiempos de antes de llegar el aciago extranjero, Sr. Goush, con su voz de tiple, impostada, con su falsete asustante, con su chirriar en el andar y con su mente manipuladora-.

Luz, moscas, luminarias, caminos, vientos, miedos y pensamiento. Aún hoy hace tremolar en los corazones y las mentes un miedo artero y arcano del que mejor dejar de hablar ya.

(241) La enfermedad humana

bonhamled 20/02/2008 @ 04:47

Era un dolor siniestro como de farola abandonada en una esquina de un suburbio: luminoso como estrella, vértice de un dolor grande que se le revolvía como lagarto nervioso.

Sentía, tras la larga enfermedad, que su cuerpo estaba enjuto de carnes, la piel cetrina y cérea y con ese aspecto escamoso de la falta de hidratación. Sentía dolores en las coyunturas, en la piel casi inexistente, en los cuévanos terribles de sus ojos y en su cabeza.

Un dolor que le acompañaba desde hace tiempos, con esa fatalidad que destina la muerte para quienes les ha llamado y están en la esperanza de escapar a la trampa. Ese era el día.

Aquel día se sentía un poco mejor y la medicación en el hospital le permitió un poco más de lucidez. Había estado orando durante semanas al dios del sueño para evitar gritarle al dios del dolor. Ahora, viendo una pequeña luz en el camino se despedía y volvía a considerarse, como un reconocimiento propio.

Le dolía el cuerpo y el alma, el cansancio de la enfermedad, como el del caminante, le lleva a pedir que se acabe el camino, la espera, el daño.

Suena en su cabeza el tamborileo incesante de un millón de soldados, los gruñidos y quejidos de miles de huesos al entrechocar, los escalofríos y pulsiones inexistentes en todo el cuerpo. Es la resaca de los grandes dolores, hermanos pequeños que lo emulan frente a un telón casi sin escenario de enfermedad. Un viático hacia el precipicio paranso por hondos barrancos y acantilados.

De repente un "¿has despertado?", le resuena en la cabeza, mira a derecha y a izquierda y no ve nada. Espera más voces y las confunde con ruidos o naderías que pueblan la clínica: aquellos visitadores, unos pocos médicos de consulta, alguna atareada enfermera. Al cabo de un tiempo, no mucho, y como temerosa la voz se repite: "¿Me oyes?". Asustado Jesús G entiende que no hay nadie en la habitación. Su mente se burla de él, como habitando y habilitando ese espacio lleno de barbitúricos, sedantes, y medicamentos que le han ayudado a vencer, en parte, a la enfermedad terrible que empieza por C. Su mente le juega malas pasadas, su cuerpo apenas puede resistirse y desde esa misma mente que es oquedad y cueva le llega el eco demiúrgico de nuevo. "Estás mejor, yo también lo noto" sentencia parsimonioso.

Duda, el enfermo, si llamar a la enfermera, si pensar que un Dios que le ha tenido olvidado de repente le vuelve a considerar o dejar, de nuevo su mente tormentosa vagar en los rescoldos de los cócteles pletóricos de medicinas. La voz, sin embargo no para y no le deja actuar, minusválido cansado.

"No he podido hablarte, pero soy parte de tu enfermedad, de tu dolor y de tu espera. Lamento tener que haberme manifestado así pero no podía hacer otra cosa. Mi intención es ayudarte para que me puedas ayudar. ¿Me ayudarás Jesús?".

Jesús observaba con esa paciencia asumida y fatalista de los enfermos la tormenta de sensaciones, lugares y escalofríos que le recorrían el cuerpo. La parla interior le dejaba como escuchando el murmullo de un agua lejana o de un charlatán. Nada decía y nada respondía.

De repente la enfermedad, llamemosla así, se enfada y le grita, y arremete más, y le cuenta: "Si, he sido tu enfermedad pero ahora puedo ayudarte, déjame que te explique como ha sido todoy  porque estoy aquí. Porque no me conoces pero lo que soy puede ser algo fantástico y nuevo. Algo que signifique mucho para ti y, también, para mi".

Jesús G cansado le dice un “déjame” con el sabor mestizo del polvo del camino y de la vida. La enfermedad le habla de nuevo, nunca calla, le cuenta, le dice, le indica incluso aquellos secretos que nadie sabe, el devenir del mal en su cuerpo para, al final y de manera sorprendente decirle. "Yo también soy un ser humano, soy un pequeño cuerpo, un homínido en tu interior que te necesita para salir, porque, Jesús, no necesito que mueras para que yo pueda salir.

Jesús G se desespera en su locura aparente llena de dolores, ruidos y frases en su cabeza y llama a la enfermera, primero mediante el pulsador gastado y al final a gritos desesperados.

"Calla Jesús, calla, mira te voy a demostrar que puedo ayudarte, no te va a doler ni vas a sufrir más. Voy a a intentar acomodarme para que estés mejor". La enfermedad, homínido terrible, se acomoda en la celda enferma del cuerpo de Jesús G y al instante, deja de doler y deja ese sopor como de viento de verano de la ausencia del dolor. Una sensación casi olvidada tras meses de dolor encadenado.

Jesús vuelve a pensar en el pequeño hombre y por una de sus llagas escaras, terribles, originadas por la quietud y el estatismo del enfermo oye el bisbiseo del humanoide interno, "Jesús, debemos ser amigos, yo ya no necesito que pases más dolor para desarrollarme, ayúdame".

Jesús, de repente, y algo más convencido de esa epifanía lanza un casi inaudible suspiro: "¿Quién eres?". La enfermedad hominal le responde por esos orificios pequeñísimos de su espalda y brazos. "Soy un amigo, casi un hermano, otro yo que ha tenido que servirse de ti pero que ahora quiere devolverte lo que te ha quitado".

"¿Un genio?", pensaba divertido Jesús G, es curioso como tras el dolor el humor aparece con la esperanza en los enfermos. "No", sonreía la enfermedad siendo hombre, "en realidad no soy un genio, solo soy tu, un trozo de ti".

Jesús bromeaba con lo que era un delirio o una mentira de su mente aunque, en el fondo, una incertidumbre de frío y calor le recorrió la espina dorsal.

"Jesús, no vas a morir, te recuperarás pero para que esto sea así, me has de ayudar a que salga, si crezco más te mataré y no puedo salir por mi mismo. Hasta ayer u hoy no he podido hablarte a pesar de que casi no quepo ya. Procuro que mi presencia te duela lo menos posible pero cada día es más difícil. Ayúdame y te ayudaré".

Jesús dejaba de escuchar, incluso en la bonanza de la ausencia de dolor. El ensimismamiento del enfermo y el tiempo transcurrido había domesticado su mente de un potro salvaje y ahora no quería más espejismos, más dolores, falsos o verdaderos, más mentiras ni mas conjuros.

El homínido se rebeló por fin y dando un tirón le hizo exclamar un ay profundo como herida de hierro candente. "Escúchame Jesús, escúchame. Se que no me crees, lo veo en ti mismo pero has de creerme. Si no me crees levántate y ve al aseo".

Jesús G, tras el dolor agudo y existente y ante la tardanza procastrinadora de la enfermera decide levantarse, acudir al aseo, con pasos inseguros como temiendo el dolor perenne pero ahora no presente. Entra en la escasa estancia de de la sala de baño y se encuentra con su cara demacrada, antesala de la muerte, su cuerpo pequeño, aligerado, casi hueco y se da la vuelta hacia la taza pétrea y blanca de la loza para orinar. En ese instante y por los huecos del pijama, siempre más abierto y frío que lo que marcaría el pudor y la dignidad de la persona, ve las llagas terribles del estar tumbado durante semanas. Por ellas parece salir un silbido bisbiseante como de neumotorax pero no lo es, es la voz, imaginada o no, del homúnculo escondido.

"Jesús, miráme ahora, a través de las llagas", Jesús G no puede resistirse, por la curiosidad, por el aburrimiento, por la abulia, por la ganas de terminar, y dirige sus ojos hacia una de las llagas, el homúnculo que es el nombre de la enfermedad, asoma un ojo pequeño, verdoso, por el orificio aterrorizando al Jesús G. La muerte le ha mirado, la muerte desde su propio interior.