El día abre y amenaza lluvia y luz. Los primeros rayos del sol, difuminados en un horizonte bidimiensional y en un cielo monocorde parecen indicar que el día será tan grís como los tres anteriores, lluvioso a ratos, como los últimos, fríos y desangelados como la última media semana.
El vagón de metro todavía siente ese frescor de primera mañana o el olvido de la más ultimísima noche. Solo unos pocos, sentados, llenan el tren que lleva al día laboral. El traquetreo algo musical, exótico, pero desagradable mece y recuerda sinestésico el calor cónvexo de la cama.
Miro hacia el horizonte cercado por la ventana del vagón, a mi espalda otra abertura simétrica. La oscuridad algo sucia del exterior se mezcla con el reflejo de mi imagen a primera hora en el vidrio: corbata, camisa, chaqueta, libro, peinado y afeitado. Un cliché demasiado cercano como para no esconder la caverna que lleva dentro, detrás el túnel, cables, bandejas, hormigones y pinturas dan a entender lo que todos sabemos: lo de fuera es siempre más oscuro, más previsible, más árido, más deleznable, más pornográfico y abyecto.
Para aquí, allí, otra estación, otra, extemporáneo, perentorio. Molesta entrada y salida de gentes como yo, aburridos burócratas con tendencias clase media y problemas totalmente predecibles y clónicos casi como un tunel dentro de nosotros mismos, que estamos en otro tunel. Las paradas son el anticlimax de la velocidad del tren, del llegar a donde vamos, a donde deseamos, a donde desearíamos. Toda esta sinfonía afónica de pensamientos prendidos de una cuerda es solo un sueño, o entre sueño, visto o entrevisto en los espejismos de la primera mañana.
Miró el reloj, temprano, hoy el trayecto se ha hecho más ágil, más rápido. Me levanto temprano, salgo temprano, ando lentamente intentando dar una falsa imagen de tranquilidad y control cuando solo es un robo a ese tiempo que como grano de arena en reloj se escapa y me cae encima, ahora ya convertido en roca. Veo en el reflejo sutil y desvaído del cristal de enfrente, surcado de marcos, manchas y graffitis, esa roca que está a punto de aplastarme y, lo que es peor, de despeinarme.
De repente, el susto, el frenazo, el respingo, la interjección, la sorpresa, el golpe, el asirse en equilibrio a las barras, el murmullo y el chirrío. Un guiño, mesías, de las luces y un ruido diferente de motor anuncian un “algo” anómalo y diferente en la grisedad de cada mañana adormecida. A lo lejos gritos apagándose, ruidos desconocidos, sueño... y miedo. También aburrimiento y desidia resonando como en una campana donde la piel, la campana, es tan gruega que no deja trasladar casi nada del espacio externo.
Miedo mezclado con sueño, el miedo ante el ataque terrorista, la locura individual, la amenaza presente en ese reloj de gigante de Brobdingnag, llamado metro, que nos esconde a nosotros. Gritos y más gritos y la insoportable sensación de perder el tiempo en el metro. El lugar que solo es transición entre otros. Quizás como si fuera un purgatorio pequeñito, como si solo fuera el crepitar último previo a una muerte desconocida, un tiempo sin sentido y sin destino.
Intento mirar hacia delante, no se que pasa, algunos se sorprenden, otros se asustan, otros miran el espacio claustrofóbico del vagón como si treinta segundos antes fuera una pradera abierta. No se que pasa, vivo sin saber que pasa. Espero. Y me percato de que paso la vida esperando, esperando y planeando, esperando que se den las circunstancias de planear. Planeando las esperas para llegar a planear. Esperando la esperanza de poder planear por el aire. En resumen, peinado y dentro de un reloj parado y con la intranquilidad del tiempo perdido y la certeza fatalista de que algo ocurre y que yo no debería ni querría estar allí.
Pasan cinco minutos, la megafonía, sorda, justa, confusa, oscura, indica en la voz del conductor: “Por causa de accidente, el servicio no se presta con normalidad y se encuentra detenido por un espacio de, al menos, quince minutos”. Miradas a los relojes, resoplidos y misterios, cuentas interiores y exteriores y algún que otro exabrupto semisordo que añadir al pentagrama de puertas, personas, vías, traviesas y túnel.
No se nada, sigo sin saber nada, sin querer saber nada, sigo reflejándome en el espejo falso de enfrente, sigo viéndome alejándome sin moverme como si yo mismo fuera aquel pasado, del pasado lejano, del pasado instantáneo, del pasado de hace cinco minutos que se escapa en sentido contrario apoyado en los balastos de la vía.
Un pasado de banda sonora pero que se manifiesta solo con el chisporroteo tropical de la aguja sobre aquellos viejos vinilos cuando acababan. Es el silencio morigerado del túnel, de su oscuridad sucia que representan una realidad de hierro, la voluntad de no querer estar sino tener que estar como viático imprescindible para “estar” en otro lugar, una quimera, un lugar santo o legendario, una realidad repetida cada mañana del reloj.
Un nuevo mensaje, alguna histeria, alguien, pretencioso y maximalista, que amenaza con bajarse en el túnel. De repente, aparece tras de mi reflejo en el falso espejo. una cara que aparece primigénica, aporética, epifánica, esdrújula: otro espejismo torpe hecho de aburrimiento y sueño.
Me levanto de mi asiento de plástico limpiado y lijado por culos de aburridos como yo. Dejo de ver espejismos y miro el reloj, sin causa, no tengo prisa.
El tren intenta moverse, suspiros de alivio, miradas al reloj como si ese rato hubiéramos estado detenidos también en el tiempo. Tras un par de intentos arranca. Entramos al andén, lejano pero solo a treinta metros de ña detención forzada, su luz y sus ruidos se entreveían en escorzo por las ventanas e, incluso, quien hubiera tenido interés hubiera escuchado la noticia que luego escuchamos: Un suicidio.
Me sorprendió lo banal, lo absurdo, lo improductivo para mi de ese momento, aquel “de repente” imprevisto solo se había convertido en un suicidio como si la vida del día a día con su marrón y gris mortecino y viscoso no ameritara un cambio de dimensión. O quizás como este inicio del apocalipsis que se manifestó en esta masa de tiempo y espera mereciera un regurgitar de lava y fumarola, en un crepitar de almas de condenados, en un desencadenarse de batallas de ángeles y demonios. Fue simplemente un suicidio: un desinscribirse, un desconectar la luz, un marcharse.
Salgo mirando al reloj, casi por simulación, por simpatía, por contextualizarme. Oigo los resultados, Comentan en grupitos, en personas, en marcharse, en quedarse, en investigación improcedente e improductiva. Se difumina.
Obvio interpretar, interpretarme en ese papel. Ignoro el porqué, las causas, las consecuencias, las penas y las lástimas o, quizás, el desencanto, descanso y alivio de algunos. Salgo tan pronto puedo del vagón y, andando,o quizás andurreando, tomo pulso, en conversaciones perdidas y nerviosas, de lo sucedido mientras las autoridades, algunas, pocas, identificadas, ya han tomado parte y actuación en el extremo más lejano a mi.
“La chica bajó al andén, se puso de espaldas a la vía y esperó con los ojos cerrados que llegará el tren que ya se veía, fue terrible. La lanzó diez metros hacia delante como una muñeca rota, ensangrentada pero respirando”.
Pasaba entre los viandantes-reporteros y me encaminaba hacia la puerta. Un sintagma hecho de manecillas de reloj, una vida que seguía tras ese minuto. Sin embargo paré un instante, recapitulé, revisé mi chaqueta, mi cartera, mi pelo, reflejado en las vitrinas de cristal de la olvidada estación, y continué andando hacía el hoy.