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Categoría: Cuento

(383) London Calling

bonhamled 14/11/2009 @ 13:52

Salió de casa sonriendo, y algo suspirando, cuando encendía el cigarrillo en el día comenzante. La luz pequeña y algo trémula del encender pareció iluminar su cara. Se ajustó el cuello de la chaqueta para que resguardara un poco mas. El frío y el aire le obligó a buscar el resguardo de su propio cuerpo hasta que logró encender su cigarrillo.

Bajó la calle empinada con el sol saliendo, llegaría al autobus que le llevaría a la fábrica, unas horas de trabajo, un turno repetido y de nuevo a casa. El día amenazaba la lluvia fría de octubre.

Las circunstancias del trabajo cada vez estaban peor, habían despedido a varios y habían jubilado a otros compañeros. Miró detrás, a su casa pensando en su familia que dormía. Sus preocupaciones fueron conjuradas con una profunda inspiración del cigarro, se marcharon elevándose con las volutas arabescas del humo del cigarrillo. Se frotó las manos para recuperar algo de calor y sublimar el sentimiento de miedo y angustia que se le mostraba. Un paso algo más fuerte, un poco más de frío y una mirada al reloj barato le devolvió a la vida sin más.

La luz de la farola le marcaba, como una starlette de club de jazz, el lugar de espera. Luego, por la tarde, las noticias podrían ser terribles, la depresión se ceñiría, quizás, a ese hombre que era él en su misma chaqueta. Sin embargo ahora bajaba la cuesta tarareando "London Calling" de "The Clash". Quizás así  exortizaría el peligro, quizás así llamaría a esa alegría que solo se manifiesta las menos veces en la pirotecnia bufa de la vida.

Nosotros, los lectores de un cuento imposible y mentiroso, sabemos que no ocurrirá así. Lo que vimos, supimos y conocimos después no lo contaremos, puede ser porque el escritor fue suficientemente vago para no contárnoslo, puede que porque los hechos fueran tan amargos, fantásticos, taumatúrgicos, revisitados que no mereciera la pena. Simplemente nos quedamos con el obrero metalúrgico de mediana edad bajando la empinada calle hasta el lugar de recogida, fumando y tarareando una canción antigua.

(379) Esperando

bonhamled 17/10/2009 @ 16:21

Pasarían los años, como hojas de otoño o gotas de primavera esperando una pregunta y una respuesta. Pasaría el tiempo de reloj, el tiempo de arrugas y el tiempo en la ciudad, con sus ruidos, sus silencios, sus prisas y sus parsimonias metafísicas.

Ella respondería, si, no depende, porqué no, indudablemente no, según el tiempo pasaba, el caracter se agriaba, la juventud se marchaba cambiándose por canas ocultas de tinte. El preguntaría, ¿Juntos?, ¿Nos vemos?, ¿Vienes?, ¿Me das una foto?, según los años pasaban, los meses, los días, las horas, los minutos y los segundos.

Intercambiaban miradas, cada día, aquí, tras la barra que conoció inquilinos de todo tipo, rápidos y lentos, de café bebido, de desayuno completo y amena conversación, como disfrutando del día que se escapaba. Ella, camarera, con su trajecito y su cercanía profesional e impuesta, le miraba oculta, y esperaba un algo que no sería. Pasaron los ochenta, convulsos, entraron los noventa, novedosas, se inauguró un nuevo siglo con miedos y cambios, y en la década de los diez, cuando ya se jubilaría, seguía esperando.

Ella quizás esperaba un día de frío a última hora de la noche, una sonrisa cercana y un gesto. El esperaba ser otra persona, superar los miedos, saciar su sed de amor en otra boca, querer sin tener que medir ni pagar. Sin embargo el tiempo, como ancla, le tiraba a un fondo de fango limoso de incertidumbre e inacción. Seguía sin actuar.

Un día, poco antes de aquel mayo que transcurrió hasta el último diciembre, se decidió. Ya jubilado. Se decidió y la llamó, Julita, me estaba preguntando si querría...

Ella sonrió como cuando se abre un cofre del tesoro y lo que se encuentra siempre es menos pero, al menos valioso y querido. Quizás dar un paseo iniciático, quizás tomar un café, un café repetido de treinta años cada mañana y cada tarde, quizás alguna vez sofisticarse hasta acudir al último cine de la Gran Vía.

Ella aceptaría alguna opción, ignoro cual, el continuaría su rutina y esperaría hasta la tarde. Ese mismo día el sol refulgiría con ese color amarillo y algo maligno, esperando un vengarse picado. Lo conseguiría antes del final de la tarde.

(378) Gin Fizz

bonhamled 12/10/2009 @ 08:58

EL Gin Fizz tiene el sucio tracto de la resaca, el día después, ese sabor ácido, ácimo, salado y desterrado de la bilis. Negra, siempre bilis negra.

El Gin Fizz se pide con voluntad de terminar de perder que no dejar de perder, de acabar de perder para volver a perder.

El Gin Fizz siente en su tibio corazón levemente verdoso un fulgir de pena irradiante, de tristeza plena, de desconsideración hacia si mismo por atacarse, dañarse, destruirse pero con la lentitud y la parsimonia de un absurdo repetido.

Tintinea el vaso, tintinea el tiempo y tintinean las causas por las que beber sin parar, vuelto a las burbujas que hacen daño, Esa maldita ginebra de tiempos remotos, de sabor de roca, de grieta en molino, de tiempo perdido, de locura de spleen, de sudor frío, de trasnoche frío, de chaqueta grande y delgadez enferma.

Bebo Gin Fizz y me siento como un Marlowe perdido o, quizás, como un Septimius Smith nuevo. Miro al aire y es suavemente denso tras el gran cristal una ciudad de noche que en sus luminarias de polilla atrae las tristezas burbujeantes de un día que siempre te atropella. El cielo está lejos, encapotado y blanquecino, como la verdad y como la verdad que se encuentra en el fondo de un Gin Fizz, en el surco de un disco de Miles Davis y en una sonrisa que se va separando, desvaneciendo, alejando.

(376) Madrugaba mucho

bonhamled 05/10/2009 @ 05:50

Gabriel Omar Batiste se levantaba a las seis, recorría media ciudad de Buenos Aires, atestada, vacía, con ese frío austral que solose conoce en Julio. Llega hasta el bar más cercano al estadio de Racing, en Avellaneda.

Pasaba una hora allí, día tras día, hablando del equipo, de la vida, de las circunstancias, con el Indio, con el sequito García, con el que pasara, combinando la primera bebida de día con activación de un sol tímido.

Así día a día, mes a mes, durante años, bastantes, seis. Batiste recorría media ciudad: colectivos, trenes para llegar a aquel lugar, anodino, insignificante y común. Pero lo hacía cada día desde que se jubiló. Seis años de cruzar una ciudad, de cansarse y de levantarse.

Los parroquianos del Bar creían que Batiste era del barrio, uno de esos jubilados borrachines o, quizás, algún jefe o vendedor de gesto repetido. Repetir, hacer, conseguir, repetir.

Batiste, llegado un momento, se asomaba a la puerta que daba al gran este argentino, de mar, vaciedad y personas. En aquel Bar el este era solo un solar siempre al principio de construcción que dejaba casi una linea horizontal sobre la que levantarse perezoso el sol. En ese momento salía Batiste con su café, a la calle y miraba el sol. Observaba su relog durante un instante y su cabezota calva parecía ponerse en movimiento para hacer un cálculo. Al punto volvia a sumirse en esa mueca gris y se introducía de nuevo al Bar. Evitaba el aire del invierno y la calima del verano.

Batiste pasó seis años así, hasta hoy. Y hoy mismo no vino. No volvería.

En realidad Batiste no miraba al sol, que anunciaba, o el frío, sino el nacimiento de un nuevo día que el asesino de sus afecto no volvería a ver pero volvería a oler. Aquel en el que una mañana de hace más de treinta años asesinó a su amor por cuidado a una dictadura, a una locura, a un desarraigo. El traidor Julián tomó a su flor Graciela y se la llevó para siempre. El mismo se habría tenido que ir con ella, como en la epica de un funeral vikingo, pero nunca fue así. Se quedó solo, sin el hijo que esperaba, sin el futuro que compró, sin la melodía de un mañana amable.

Se sentó Batiste en el tiempo, esperando la condena del Turco Julian, día a día, con su trabajo menestral de oficinista de banco, gris, corbata repetida, traje repetido y barato, casa cercana y así día tras día oculto, esperando, sentado en el banco del tiempo a que algo pasara. Ganó su pensión de jubilación y ganó todo el tiempo del mundo, un tiempo sin tino ni dirección.

Aquel día, como los seis años anteriores desde que se jubiló, no volvió a mirar el sol en el amanecer, aquel que agostaba al turco mientras el suplantaba su vida, ni miró la jornada cegadora de aburrimiento en la cárcel. EL turco Julián salía de la cárcel, sólo, olvidado, como herramienta útil pero incómoda, alejado de todos, de la vida, de las personas.

Salíó de la gran cárcel central y a pocas manzanas un maduro hombre bien vestido le disparó a bocajarro en la cabeza. Un disparo sordo, en los ruidos de las calles, que apenas sobresaltó a los más cercanos. Un disparo justo, sin exceso ni alharaca, una muerte que ajustaba penas con el universo.

Gabriel Omar Batiste se fue andando, con la cabeza dando vueltas, esperando que alguien le parara, le detuviera, le metiera en la cárcel y le suplantara su personalidad solo para tener el placer de reconocerle día a día en el infierno grisáceo de la cárcel. No fue así. Se marchó calle abajo hasta la siguiente parada de colectivo, ¿Cual¿, uno, lejanamente alguna sirena marcaba la comisión de un crimen.

 

MInicuento inspirado en la película "El secreto de sus ojos" de Juan José Campanella.

(372) El olvido según Almadormida

bonhamled 29/08/2009 @ 20:33

La enfermedad del olvido se extendió por toda Almadormida. No fue aquella enfermedad insustanciada de Macondo, un olvidar por no conocer. Almadormida olvidó las muertes, olvido las calles, el viento Rido, al tibio y crespo gritar de los aires tras las esquinas, el ruido de las conversaciones taciturnas por el dolor.

Almadormida siguió olvidando, al alcalde, a los que hacían al pueblo el más amigo del futuro, a las novedades, a los libros, a las ideas nuevas, al correr a la plaza al sonido del campanil. Siguió olvidando, se olvidó el dolor sin dejar de sentirlo sordo en el interior, inmanente, se olvidó el cultivo de algunos campos, muchos, todos, se olvidaron de abrir las tiendas. La emigración aquella que alimentó a los hijos de los hijos de los que vieron al terrible Goush llegar al pueblo con su cuerpo de alfeñique y sus ideas de veneno verde, se ocupó de olvidar el pueblo, la región. Al principio mudando casa, luego pensamiento y al final ni apareciendo para los pocos entierros que, por cierto al poco fueron olvidados.

El tiempo y el olvido con su pátina se posó sobre el pueblo como un baño de cariz oscuro y ajeno sin esa añosidad amable de los libros o los maestros.

El olvido dejó atrás a Almadormida con sus leyendas, con sus malvados, con sus víctimas, con sus lágrimas, algunas palpitantes y traidoras a la obliteración obligada por la voluntad. Un olvido hecho pueblo, hito, malecón, punto en el mapa, color en un lugar. Olvido, olvido...hecho de carne de lagarto de Atxaga.

(364) Llorón

bonhamled 18/06/2009 @ 05:44

Cuando ella murió, se fue, siguió viviendo en otro lado, quizás otra dimensión, quizás la próxima esquina comenzó a llorar.

Fue un llanto torrencial de monzón, fue tormenta de verano, fue ciclón caribeño, fue huracán de sensaciones y lluvias saladas. Las lágrimas se secaron, los segundos de llanto pasaron y se convirtieron en meses pero el llanto seguía como un Guadiana esperando un brotar aquí o allí.

Siguió llorando lágrimas secas, rocas lunares del dolor que arañaban su lagrimal y su corazón antes tocado de ala de libélula. Siguió llorando aunque seguían levantándose, desayunando, trabajando, comiendo, dormiendo.

Un día volvió a brotar ese llanto pero ya no fue tormenta sino leve llovizna, que provenía de arriba, de abajo, de lado, movida por el viento desconocible del tiempo, de la situación, del mundo. Dable a la autocompasíon y al daño, el dolor se hizo caracola inmarcesible en su interior, caverna dentro de una cascada de agua sutil y sucia.

Seguía llorando, orvallo, txirimiri, lejano, con un rugido pulmonar, en las tardes de bombillas de poca potencia en otoños en calles estrechas de barrios populares. Gastó su llorar aquí y allá, dejando charquitos junto a las paredes, dentro de la bañera llena de agua, en un instante de lejanía entropica.

Siguió llorando y siguió llorando hasta el día en el que decidió dejar de llorar. En ese momento, se paró un instante y se quedó quieto. La gravedad y el puente hicieron el resto.

En ese momento otra persona comenzaba a llorar.

(357) El cónsul-diplomata

bonhamled 03/05/2009 @ 21:04
El señor Cónsul, aparecería en escasos minutos, ya habían dado las cinco de la tarde. Miraba embutido en mi tuxedo de "representante de asuntos", mi dulce relevo. La situación de negocios en la región era tal que el embajador había solicitado un cónsul "de carrera" para gestionar los asuntos de "mis" nacionales.
El bar del hotel "Spleendor" era amplio y con un aire de años setenta. De ese tiempo cuando el neocolonialismo de mercenarios y dineros de compañías interesadas en depredar el bosque campaban, y así había quedado en sus butacas de cuero, sus sofas de cuero, sus taburetes altos de skay, los camareros vestidos como croupiers y esa sensación algo fétida de estar en el lugar donde se cocieron algunos de los golpes de estado y, puede que alguna de las desapariciones de periodistas o políticos. En la misma puerta del "Spleendor" secuestraron a un agregado cultural francés que nunca apareció, el gobierno francés tampoco lo reclamó. Yo viví casi mis primeros tres años en el Hotel con lo que conocía su geografía casi como el dueño, un libanés orondo y cristiano que me era tan antipático como simpático le era yo. El cónsul venía con instrucciones precisas del embajador y, supongo, que junto a mi relevo, tendría una lista de tareas a realizar. Dos de las mayores empresas petroleras y una de exploración farmageográfica me habían manifestado su interés por lograr mayores contactos políticos y sociales en la zona. Asentía mientras me guardaba su cheque de banco solvente y revisaba mi lista de contactos y evaluaba hacia que dirección se dirigiría el cambio (quizás era solo un Lampedusa camuflado).

El Cónsul se retrasaba mientras yo terminaba un whisky intempestivo, se cruzó un agregado inglés con el que habiamos tratado, unas veces de nuestro lado, otra del lado de los guerrilleros, la liberación de Galdolfi. - Usted debe ser... Oi un instante, y vi al patricio joven que se me acercaba, en ese momento "un local sacando una pistola avanzó hacia el cónsul in pectore y le disparó no menos de cuatro veces". Dijeron los periódicos en la metrópoli. El muchacho disparó y se marchó corriendo por la cocina del hotel, nunca se supo nada de él. Otra vez que quieran relevarme, deberían consultarlo antes conmigo.

(356) De repente, luminoso

bonhamled 30/04/2009 @ 19:33

El día abre y amenaza lluvia y luz. Los primeros rayos del sol, difuminados en un horizonte bidimiensional y en un cielo monocorde parecen indicar que el día será tan grís como los tres anteriores, lluvioso a ratos, como los últimos, fríos y desangelados como la última media semana.

El vagón de metro todavía siente ese frescor de primera mañana o el olvido de la más ultimísima noche. Solo unos pocos, sentados, llenan el tren que lleva al día laboral. El traquetreo algo musical, exótico, pero desagradable mece y recuerda sinestésico el calor cónvexo de la cama.

Miro hacia el horizonte cercado por la ventana del vagón, a mi espalda otra abertura simétrica. La oscuridad algo sucia del exterior se mezcla con el reflejo de mi imagen a primera hora en el vidrio: corbata, camisa, chaqueta, libro, peinado y afeitado. Un cliché demasiado cercano como para no esconder la caverna que lleva dentro, detrás el túnel, cables, bandejas, hormigones y pinturas dan a entender lo que todos sabemos: lo de fuera es siempre más oscuro, más previsible, más árido, más deleznable, más pornográfico y abyecto.

Para aquí, allí, otra estación, otra, extemporáneo, perentorio. Molesta entrada y salida de gentes como yo, aburridos burócratas con tendencias clase media y problemas totalmente predecibles y clónicos casi como un tunel dentro de nosotros mismos, que estamos en otro tunel. Las paradas son el anticlimax de la velocidad del tren, del llegar a donde vamos, a donde deseamos, a donde desearíamos. Toda esta sinfonía afónica de pensamientos prendidos de una cuerda es solo un sueño, o entre sueño, visto o entrevisto en los espejismos de la primera mañana.

Miró el reloj, temprano, hoy el trayecto se ha hecho más ágil, más rápido. Me levanto temprano, salgo temprano, ando lentamente intentando dar una falsa imagen de tranquilidad y control cuando solo es un robo a ese tiempo que como grano de arena en reloj se escapa y me cae encima, ahora ya convertido en roca. Veo en el reflejo sutil y desvaído del cristal de enfrente, surcado de marcos, manchas y graffitis, esa roca que está a punto de aplastarme y, lo que es peor, de despeinarme.

De repente, el susto, el frenazo, el respingo, la interjección, la sorpresa, el golpe, el asirse en equilibrio a las barras, el murmullo y el chirrío. Un guiño, mesías, de las luces y un ruido diferente de motor anuncian un “algo” anómalo y diferente en la grisedad de cada mañana adormecida. A lo lejos gritos apagándose, ruidos desconocidos, sueño... y miedo. También aburrimiento y desidia resonando como en una campana donde la piel, la campana, es tan gruega que no deja trasladar casi nada del espacio externo.

Miedo mezclado con sueño, el miedo ante el ataque terrorista, la locura individual, la amenaza presente en ese reloj de gigante de Brobdingnag, llamado metro, que nos esconde a nosotros. Gritos y más gritos y la insoportable sensación de perder el tiempo en el metro. El lugar que solo es transición entre otros. Quizás como si fuera un purgatorio pequeñito, como si solo fuera el crepitar último previo a una muerte desconocida, un tiempo sin sentido y sin destino.

Intento mirar hacia delante, no se que pasa, algunos se sorprenden, otros se asustan, otros miran el espacio claustrofóbico del vagón como si treinta segundos antes fuera una pradera abierta. No se que pasa, vivo sin saber que pasa. Espero. Y me percato de que paso la vida esperando, esperando y planeando, esperando que se den las circunstancias de planear. Planeando las esperas para llegar a planear. Esperando la esperanza de poder planear por el aire. En resumen, peinado y dentro de un reloj parado y con la intranquilidad del tiempo perdido y la certeza fatalista de que algo ocurre y que yo no debería ni querría estar allí.

Pasan cinco minutos, la megafonía, sorda, justa, confusa, oscura, indica en la voz del conductor: “Por causa de accidente, el servicio no se presta con normalidad y se encuentra detenido por un espacio de, al menos, quince minutos”. Miradas a los relojes, resoplidos y misterios, cuentas interiores y exteriores y algún que otro exabrupto semisordo que añadir al pentagrama de puertas, personas, vías, traviesas y túnel.

No se nada, sigo sin saber nada, sin querer saber nada, sigo reflejándome en el espejo falso de enfrente, sigo viéndome alejándome sin moverme como si yo mismo fuera aquel pasado, del pasado lejano, del pasado instantáneo, del pasado de hace cinco minutos que se escapa en sentido contrario apoyado en los balastos de la vía.

Un pasado de banda sonora pero que se manifiesta solo con el chisporroteo tropical de la aguja sobre aquellos viejos vinilos cuando acababan. Es el silencio morigerado del túnel, de su oscuridad sucia que representan una realidad de hierro, la voluntad de no querer estar sino tener que estar como viático imprescindible para “estar” en otro lugar, una quimera, un lugar santo o legendario, una realidad repetida cada mañana del reloj.

Un nuevo mensaje, alguna histeria, alguien, pretencioso y maximalista, que amenaza con bajarse en el túnel. De repente, aparece tras de mi reflejo en el falso espejo. una cara que aparece primigénica, aporética, epifánica, esdrújula: otro espejismo torpe hecho de aburrimiento y sueño.

Me levanto de mi asiento de plástico limpiado y lijado por culos de aburridos como yo. Dejo de ver espejismos y miro el reloj, sin causa, no tengo prisa.

El tren intenta moverse, suspiros de alivio, miradas al reloj como si ese rato hubiéramos estado detenidos también en el tiempo. Tras un par de intentos arranca. Entramos al andén, lejano pero solo a treinta metros de ña detención forzada, su luz y sus ruidos se entreveían en escorzo por las ventanas e, incluso, quien hubiera tenido interés hubiera escuchado la noticia que luego escuchamos: Un suicidio.

Me sorprendió lo banal, lo absurdo, lo improductivo para mi de ese momento, aquel “de repente” imprevisto solo se había convertido en un suicidio como si la vida del día a día con su marrón y gris mortecino y viscoso no ameritara un cambio de dimensión. O quizás como este inicio del apocalipsis que se manifestó en esta masa de tiempo y espera mereciera un regurgitar de lava y fumarola, en un crepitar de almas de condenados, en un desencadenarse de batallas de ángeles y demonios. Fue simplemente un suicidio: un desinscribirse, un desconectar la luz, un marcharse.

Salgo mirando al reloj, casi por simulación, por simpatía, por contextualizarme. Oigo los resultados, Comentan en grupitos, en personas, en marcharse, en quedarse, en investigación improcedente e improductiva. Se difumina.

Obvio interpretar, interpretarme en ese papel. Ignoro el porqué, las causas, las consecuencias, las penas y las lástimas o, quizás, el desencanto, descanso y alivio de algunos. Salgo tan pronto puedo del vagón y, andando,o quizás andurreando, tomo pulso, en conversaciones perdidas y nerviosas, de lo sucedido mientras las autoridades, algunas, pocas, identificadas, ya han tomado parte y actuación en el extremo más lejano a mi.

“La chica bajó al andén, se puso de espaldas a la vía y esperó con los ojos cerrados que llegará el tren que ya se veía, fue terrible. La lanzó diez metros hacia delante como una muñeca rota, ensangrentada pero respirando”.

Pasaba entre los viandantes-reporteros y me encaminaba hacia la puerta. Un sintagma hecho de manecillas de reloj, una vida que seguía tras ese minuto. Sin embargo paré un instante, recapitulé, revisé mi chaqueta, mi cartera, mi pelo, reflejado en las vitrinas de cristal de la olvidada estación, y continué andando hacía el hoy.

(355) Golondrinas que hacen verano

bonhamled 26/04/2009 @ 08:43

Se alejaba, quizás esperando esa última oportunidad, ese grito, esa sorpresa. Su relación estaba tan muerta como este verano que se entreveraba de aires fríos.

Ella continuó esperando esos pasos apresurados, ese asirle y buscar una solución. En su bolso sonaba como una excomunión el tarro casi vacio de ansiolíticos,

El parque del retiro de Madrid empezaba a pintarse con los añiles tardíos, bermellones y violetas del atardecer cuando ella se dirigía a la puerta. Caminaba con más lentitud de la requerida junto a la valla que delimita el estanque vacío y enfrente de ese monumento ostentoso y demodé a Alfonso XIII en el que retumbaba algún tambor africano aún. Detrás aparecían caídas en un suelo limpio, ilusiones marchitas, esperanzas de futuro en un país extranjero, y dolores y ausencias, muchas ausencias grises de color ámbar y amarillo. Marchándose recordaba dolorida aquellas ausencias gigantes que como en un queso de Gruyere imaginario y absurdo habían acabado por ocupar toda una porción de su vida.

El quedó en el kiosko en la esquina del estanque del retiro, sentado, pensando, rascándose la cabeza, arrepintiéndose sin contrición de su no estar, de sus deslealtades, de sus traiciones en el palmo recoleto de la relación, de la tristeza de nunca dejar de estar triste. Miraba la tarde muriendo y, al tiempo, la marcha de quien fue su compañera por más de diez años, de exilio, de lucha, de penurias, de alegrías pero sobre todo de superación. Todo ese pasado fue rebasada por la frase espetada que repetida marcaba un tiempo de metrónomo nuevo pero arduo.

  • Esto acabó, Leo.

Ahí acabó, sin la pasión de los reproches ni la duda de la razón. Sin el tiempo de las reconvenciones, cambios de normas o esa especie de resaca terrible de chocolate recalentado que son las segundas oportunidades. El fin de un amor atlántico y pacífico que se había quedado sin inclusas que lo contuviera y sin noches estrelladas donde imaginar otro mundo, en otras latitudes más amigas. Quizás otras circunstancias en otro momento hubiera tenido otro resultado. Pero también hubieran sido otras personas y, probablemente otro el escritor y otro el cuento.

Ella se fue, el apuró el refresco ya bebido y, casi como dando naturaleza a la separación cardinal se marchó paseando hacia la estatua del ángel caído. Metáfora y epítome de una situación real, sus sueños se cayeron, su vida se tambaleaba en la fría y madrastra patria España.

Ella lloraría días y noches, querría cambiar de trabajo, lo conseguiría, y al final desaparecería como en un cuento no ocurrido. El intentaría no coincidir en la casa que aún compartían, abandonar ese hogar mercenario y caro en un barrio dativo, barato y emigrante para comenzar una nueva vida en un nuevo barrio dativo, ajeno y emigrante. En su piel todavía restañaban sutiles de tiempo la luminosidad terrible de las heridas de una dictadura no olvidada, quizás solo escondida tras los kilómetros de una emigración obligada, una separación forzosa y una extranjería sobrevenida.

El nácar de las pieles, el jade mezclado con los aceites de la superficie de contacto entre ambos, el dulzón acento y el pelo negro quedaba varado como esas barcas de bajura del estanque a sus espaldas. Los surcos centeniales de la vida y las dudas, miedos, respetos, sorpresas y alegrías quedarían detrás sin dejar de estar presente ni un instante del metrónomo marcado por “Esto acabó, Leo” y como escritas en un libro de cuero, tiempo y relojes.

Comenzaba una nueva vida mientras el día y el verano acababan. Las gaviotas y las cigüeñas ya anhelaban otros nidos y otros tejados lejos de la ciudad.

(354) Poesías en otra tierra de letras

bonhamled 21/04/2009 @ 19:55

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