(22) La felicidad
Rememoro un chascarrillo de Gala acerca de la belleza. Y con esa idea robada construyo un cuento.
Imaginemos un viaje en tren, largo, aburrido, en aquellos trenes en los que enfrentabas para bien o para mal la mirada del que se sentaba enfrente. Un viaje cansado, el traquetreo se cuela entre los huesos haciéndonos sentir un algo extraños.
Los viajes de tren antiguos aburren mucho, no se tiene nada que hacer, salvo hablar vaguedades, leer un libro de letras hiudizas o rememorar las bodas de Camacho en forma de sandwitch. Las personas, paisaje deambulan sin moverse por es recoleto lugar, que el viajante aburrido y medio dormitante, que si los muchachos que van al servicio militar o quizás vuelven de permiso, que si el vacío
estepario de Castilla por la ventana, a toda velocidad o en la mismidad del cerrar los ojos.
Pasa el tiempo lentísimo con esa musicalidad de chachachá del tren, incomodando cada paso, cada cosa, cada instante. La mente vaga en recuerdos antañonísimos, en detalles baladíes, en vueltas a la memoria de datos que habrían sido vitales de haberse recordado en otra circunstancia y otro tiempo, en general un duermevela lúcido con ritmo mecánico.
Cuando el aburrimiento es triste y aceptado, tras horas, entra en el compartimento anciano una señorita, de cabello rubio o quizás moreno, de facciones agradables, de ojos claros o puede que negros y penetrantes y se sienta, sutil casi sin molestar.
La entrada, tras la sorpresa, transmuta en la piedra filosofal del leve aleteo de la mariposa, de la fascinación posándose apneica sobre el espacio que hay entre la válvula tricúspide y mitral del pobre corazón. En ese momento surge el amor platónico, la verdad manifiesta quizás acentuada por el gris del aburrimiento en derredor.
Se ama de manera torpe, arrebatada, tropezada, algo amagada, sintiendo el arrobamiento con duda de la terquedad adolescente, en resumen se hace el estúpido. Pero un estúpido de sonrojos, una carpintería hosca de vergüenzas ajenas en el propio yo, tonterías en el silencio que marca la edad cronológica.
El amor pasajero, y como traviesa o balasto de tren dejado atrás frente a la rigurosidad paralela de las vigas, es un juego que no puede tenerse en cuenta, aunque robe, y aunque sea suficiente por si mismo. Es un espejismo onírico de la mente.
Sin embargo se pregunta el viajero cansado ¿Quien será?, ¿Como se llamará?, ¿De donde vendrá?, ¿Donde querrá ir?. Jugando a Sherlock Holmes con su aspecto, modales, maquillaje o incluso para de subida. Salvo el caso de una valentía terrible jamás intentará, ese viajero eterno, hablar con ella ya que puede tener la voz horrenda o ser estúpida. Si ella pretendiera hablar con ella tampoco querrá hablar ya que es conocido, sobre todo con experiencia de la vida, que el encanto es lo mayor y mejor del amor y que hablar, hacer, podría ser un romperse como de vidrio contra hormigón. En las situaciones de aburrimiento mejor engrandecerse, caballero, con la mirada furtiva y robada que arriesgarse a una rotura de corazón mal sintonizado.
El amor se acrecienta con el tracatrá monótono del tren mientras las vistas y las miradas hacen por no encontrarse, por buscarse, por no verse, por emplear el reojo, o el descaro juegan escondite.
Podría ser una sensación de ilusión eterna, un amarrarse eterno a ese escarpe de vida social negada. Un seguir hacia delante sin avanzar, puede que solo el pasar el tiempo o quizás una promesa melíflua y eterna, como un Soufflé, que nunca cristalizara, siempre aire, siempre vapor.
Sin embargo la vida es así; un revisor pide billetes; una cabezada anónima e ilusa esperando que el cansancio pueda al tiempo y este se pare; la llegada de tal o cual estación perdida o plena de gentes y, de repente, la crisálida vuela, la Beatrice se va. Como ninfa de bosque dejando un reguero de ays no emitidos y de hojas viejas, flores secas, ruidos maquinales perdidos.
El viajero mira por la ventana y asiente, en su experiencia los amores van y los largos olvidos quedan.
Ese ir y venir efímero de amores tardos es la felicidad, la más completa, infiel y desconocida de los mecanismos. Una mentira con guirnaldas.
Imagen: http://novoyatirarlatoalla.blogdiario.com/tags/Felicidad/

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