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Categoría: Cuento

(257) Sección técnica nº 12 El reloj

bonhamled 02/04/2008 @ 05:42

Señor mío, pero como va a ser eso posible? - preguntó el presunto comprador.

Se lo digo de verdad, el reloj que le vendo, sencillo y simple tiene una característica principal la posibilidad de acelerar o adelantar el tiempo - respondía tranquilo el portador de la luz.

(254) ¿Y si fuera verdad la ventana?

bonhamled 25/03/2008 @ 06:31

¿Y si fuera verdad esa ventana?

¿Y si realmente fuera cierto que podremos hablar?

Dejar de estar solos, encontrar la tranquilidad de volver a ver, volver a tocar, quizás hasta, en escorzo, volver a abrazar, preguntar, entender, saber.

Y si fuera verdad ese lugar al que me dirigen y no un engaño, un truco, un burdo montaje para mentes ilusionadas.

Cruzo las calles, rodeo los vehículos, busco el lugar, la casa, como un cielo abierto, tengo el dinero, billete o tarjeta de entrada a un mundo de dejar de estar solo.

Será poco tiempo apenas segundos, no estaré solo, pero le veré, por fin, tras quince años tras su muerte. Me contará donde está, donde vive, a quien ve, que esperanza existe, si me conoce ya, como debo actuar, si existe el bien... Le presentaré a mis hijos, donde estoy en la vida y mi futuro,... incluso mi futuro puede saber.

Si en verdad esa casa, esa señora, esa ventana que dice que tiene, me permitiera hablar con mi padre muerto. Me permitiera verle, hablarle, tocarle, mostrarme una verdad de la que me separo, mostrarme un camino que es difuso, indicarme un horizonte que no existe.

Me acerco, corazón palpitante, sudor frío, ilusión de joven, con miedo, con esperanza y toco la puerta. Toc, toc, toc.

(246) Tozeur

bonhamled 01/03/2008 @ 19:01

En la medina de Tozeur pienso sobre ese viejo pueblo, sabio, inteligente, cuna y vía de comunicación entre los mares: el del centro del mundo y el del arena que nos rodea que fue llamado Taf. Asesinado, asediado o simplemente olvidado por el tiempo murió y con el algunos secretos del norte y del sur, de oriente y de occidente.

Miro sorprendido a través de la ventana del hostal que es llamado hotel caer los primeros copos de nieve en este 14 de diciembre en el desierto.

(242) El único cuento de Aparicio

bonhamled 22/02/2008 @ 15:50

Aparicio es rudo y claro en medio de la campiña castellana, yerma y clara como piedra de cuarzo de un bancal de limo de un remanso del río. En un cerrete junto a una sierra pequeña, roma y limpia dando inicio a un valle que llega hasta el horizonte: la comarca de Almadormida. Los cerretes buscan, cerca, a hermanos más grandes y escarpados lo que origina una orografía de bosque tupido y de aires tempranos, es la región de Hería, hermanastra de Almadormida.

La gente campesina de Aparicio, conoció los coches casi cuando nacieron y tenía fama de gente novedosa en la región. Tenidos por bisiestos renacedores de ideas pasadas y por innovadores y finiquitadores de las ideas actuales, sobrevolándolas de por mucho. Algunos de los aparicienses vivían con la mente delante del tiempo (vernistas) más otros vivían en el campo atados a la tierra y con la mirada en el horizonte recortado de montes con formas abruptas como catones justos e inapelables.

No eran muy abiertos al forasterio en la región, como todos los castellanos, pero no guardaban ese gesto hosco que se estila en Castilla e incluso en Hería. Aun con apertura no brindaban el sol de su conversación a cualquiera, endurecidos como estaban en la tierra del frío largo y del calor trepanante y con la infidencia al borde de los dedos. El acercarse a ellos era difícil, el estar cerca, no.

Las cuatro carreteras y los dos caminos de Almadormida trajeron desde siempre especias, el cacao, el café e incluso a los contrabandistas. En Aparicio se tuvo lo extraño como cercano con un metropolitismo y temporicidad que no existía en la capital por lo que cualquier viajante, extraño, extranjero, una vez superado el miedo, tenía oidos para sus mentiras, las más, y sus confesiones, algunas.

El reloj de la capital, marcado por los mecanismos de los trenes y los vehículos, corría atropellando a todo el mundo, incluso a los contemporáneos, los modernistas y aquellos futuristas. En Aparicio, lejana y cercana, desposeida de la peste administrativa y en el dulzor de las mieles del intercambio, los aparicienses discrepaban, discutían, se encontraban y dialogaban en un lugar donde el tiempo remansaba.

Los indianos de Aparicio, ya eran indianos antes de salir del pueblo, aquellos más arrebatados por conocer, y cuando volvieron no trajeron maravillas como en otros sitios, en Aparicio eran ya conocidos. Trajeron una arquitectura criolla y llena de patios y ventanas que no se aprestaban a un uso corriente en la llanura de Castilla que colocaron en los cerros del pueblo villas y caserones. Construcciones cercanas y con la lejanía interesante y de hiedra del nuevo rico. Las nuevas y altivas construcciones con humor caribeño, andino o rioplatense traían a su sabor, el sabor terroso y frío de Castilla, una hojarasca de sueños superpuestos y de diferente hechura y edad cuarteles, ojivales y porches muy novedosos donde esperar el tiempo llegar.

Se conoció el arado y los aperos mecánicos de labranzas antes que en otras tierras de Castilla. Incluso se creó una sociedad lamarckista, en la cual se apoyaría el aciago pelirrojo, para establecer su salaz compendio de ideas modernistas ilustradas y de progreso.

Algunos vinieron de Madrid y de Valladolid con inventos que cuajaron. El viejo Don Ramón, cronista, alcalde y amigo de la novedad fue el principal valedor de todo el progreso, mejora y avance y la llave que abrió las puertas y ventanas al daño.

La electricidad, las barberías, la avantgarde, la fotografía, etc, fueron llegando con rapidez a las bocas ansiosas del pueblo, instalándose un sentimiento contemporáneo frisante con el romanticismo, y todavía hoy, tiempo de electricidad y de información, los aparicienses que quedan son un pueblo muy ameno en las hierbas de su saber y su curiosidad, aunque más escondida por los recovecos y pliegues del pasado.

Hoy desolado y muerto, corren las aves vegetales del demonio por sus calles en eterna patrulla y comando. Los abrozos y las hierbas rastrojeras asedian las casas, las hierbas malas como la mandrágora chillan y los lugareños se esconden de si mismos, de los vientos y de los gritos con golpe de portalón y vigilancia temerosa.

Lee el viajero los cuadros vejestorios de las bocas de las calles y entiende los nombres de antaño: Calle del radiogiro, Calle de las escuelas, Calle del Calidoscopio, Calle de la olografía superada; el frío tiembla y el aire empuja.

En Aparicio muchos de los vecinos tenían ya antes de la primera guerra mundial pluviómetro y termómetro por lo que era el pueblo, de Almadormida y Hería, que mejor y mayor dato climatológico suministraba. Los metereólogos aficionados, incontables, al menos uno por familia, luchaban en dar las noticias del meteo mas simpares y simpáticas a sus convecinos enzarzándose en estudios y debates sobre las calendas del ferragosto y los acibates de Ben Taj. Códice ancianísimo de cuando Almadormida, en la primera edad media acogió a unos pocos supervivientes de la ciudad de Taf.

Las conversaciones de a frecuente se relataban de esta forma:

  • Don Andrés, ¿Supo usted que antes de ayer fue el día sesenta y tres de este año en el que las precipitaciones no subieron de 30 mm?
  • Clarita, vete a preguntarle a Don Senén si se presume que la media de las temperaturas de la estación en los últimos cuarenta años se eleve hoy o ¿Puede ser este el día impar del mes de Abril con mayor mínima?

El afán enciclopedista se plasmaba en la existencia de una calle de Diderot donde además de viviendas terciadas convivían importantes industrias como la única zapatería del pueblo y un baratillo.

La guardia civil del puesto casi estaba aprestada a abandonar el pueblo por el orden pitagórico en el que se vivía: hasta el día que se volvió turbio de arena roja. El sol, eterno, del día del fin, se tornó, a la vuelta de una tuerca, en una sombra eterna.

Recuerdan algunos, de los que sobrevivieron después, cómo sonreían aquel día, cómo la asociación “La Amistad” con su candelabro rugiente de llama solo fue un sueño estrafalario de luz. De tenencia de luz, de portaduría de luz, de pensamiento de luz, en un pueblo en el que en algunos momentos la nube de moscas lo cubría casi todo - sobre todo en los tiempos de antes de llegar el aciago extranjero, Sr. Goush, con su voz de tiple, impostada, con su falsete asustante, con su chirriar en el andar y con su mente manipuladora-.

Luz, moscas, luminarias, caminos, vientos, miedos y pensamiento. Aún hoy hace tremolar en los corazones y las mentes un miedo artero y arcano del que mejor dejar de hablar ya.

(241) La enfermedad humana

bonhamled 20/02/2008 @ 04:47

Era un dolor siniestro como de farola abandonada en una esquina de un suburbio: luminoso como estrella, vértice de un dolor grande que se le revolvía como lagarto nervioso.

Sentía, tras la larga enfermedad, que su cuerpo estaba enjuto de carnes, la piel cetrina y cérea y con ese aspecto escamoso de la falta de hidratación. Sentía dolores en las coyunturas, en la piel casi inexistente, en los cuévanos terribles de sus ojos y en su cabeza.

Un dolor que le acompañaba desde hace tiempos, con esa fatalidad que destina la muerte para quienes les ha llamado y están en la esperanza de escapar a la trampa. Ese era el día.

Aquel día se sentía un poco mejor y la medicación en el hospital le permitió un poco más de lucidez. Había estado orando durante semanas al dios del sueño para evitar gritarle al dios del dolor. Ahora, viendo una pequeña luz en el camino se despedía y volvía a considerarse, como un reconocimiento propio.

Le dolía el cuerpo y el alma, el cansancio de la enfermedad, como el del caminante, le lleva a pedir que se acabe el camino, la espera, el daño.

Suena en su cabeza el tamborileo incesante de un millón de soldados, los gruñidos y quejidos de miles de huesos al entrechocar, los escalofríos y pulsiones inexistentes en todo el cuerpo. Es la resaca de los grandes dolores, hermanos pequeños que lo emulan frente a un telón casi sin escenario de enfermedad. Un viático hacia el precipicio paranso por hondos barrancos y acantilados.

De repente un "¿has despertado?", le resuena en la cabeza, mira a derecha y a izquierda y no ve nada. Espera más voces y las confunde con ruidos o naderías que pueblan la clínica: aquellos visitadores, unos pocos médicos de consulta, alguna atareada enfermera. Al cabo de un tiempo, no mucho, y como temerosa la voz se repite: "¿Me oyes?". Asustado Jesús G entiende que no hay nadie en la habitación. Su mente se burla de él, como habitando y habilitando ese espacio lleno de barbitúricos, sedantes, y medicamentos que le han ayudado a vencer, en parte, a la enfermedad terrible que empieza por C. Su mente le juega malas pasadas, su cuerpo apenas puede resistirse y desde esa misma mente que es oquedad y cueva le llega el eco demiúrgico de nuevo. "Estás mejor, yo también lo noto" sentencia parsimonioso.

Duda, el enfermo, si llamar a la enfermera, si pensar que un Dios que le ha tenido olvidado de repente le vuelve a considerar o dejar, de nuevo su mente tormentosa vagar en los rescoldos de los cócteles pletóricos de medicinas. La voz, sin embargo no para y no le deja actuar, minusválido cansado.

"No he podido hablarte, pero soy parte de tu enfermedad, de tu dolor y de tu espera. Lamento tener que haberme manifestado así pero no podía hacer otra cosa. Mi intención es ayudarte para que me puedas ayudar. ¿Me ayudarás Jesús?".

Jesús observaba con esa paciencia asumida y fatalista de los enfermos la tormenta de sensaciones, lugares y escalofríos que le recorrían el cuerpo. La parla interior le dejaba como escuchando el murmullo de un agua lejana o de un charlatán. Nada decía y nada respondía.

De repente la enfermedad, llamemosla así, se enfada y le grita, y arremete más, y le cuenta: "Si, he sido tu enfermedad pero ahora puedo ayudarte, déjame que te explique como ha sido todoy  porque estoy aquí. Porque no me conoces pero lo que soy puede ser algo fantástico y nuevo. Algo que signifique mucho para ti y, también, para mi".

Jesús G cansado le dice un “déjame” con el sabor mestizo del polvo del camino y de la vida. La enfermedad le habla de nuevo, nunca calla, le cuenta, le dice, le indica incluso aquellos secretos que nadie sabe, el devenir del mal en su cuerpo para, al final y de manera sorprendente decirle. "Yo también soy un ser humano, soy un pequeño cuerpo, un homínido en tu interior que te necesita para salir, porque, Jesús, no necesito que mueras para que yo pueda salir.

Jesús G se desespera en su locura aparente llena de dolores, ruidos y frases en su cabeza y llama a la enfermera, primero mediante el pulsador gastado y al final a gritos desesperados.

"Calla Jesús, calla, mira te voy a demostrar que puedo ayudarte, no te va a doler ni vas a sufrir más. Voy a a intentar acomodarme para que estés mejor". La enfermedad, homínido terrible, se acomoda en la celda enferma del cuerpo de Jesús G y al instante, deja de doler y deja ese sopor como de viento de verano de la ausencia del dolor. Una sensación casi olvidada tras meses de dolor encadenado.

Jesús vuelve a pensar en el pequeño hombre y por una de sus llagas escaras, terribles, originadas por la quietud y el estatismo del enfermo oye el bisbiseo del humanoide interno, "Jesús, debemos ser amigos, yo ya no necesito que pases más dolor para desarrollarme, ayúdame".

Jesús, de repente, y algo más convencido de esa epifanía lanza un casi inaudible suspiro: "¿Quién eres?". La enfermedad hominal le responde por esos orificios pequeñísimos de su espalda y brazos. "Soy un amigo, casi un hermano, otro yo que ha tenido que servirse de ti pero que ahora quiere devolverte lo que te ha quitado".

"¿Un genio?", pensaba divertido Jesús G, es curioso como tras el dolor el humor aparece con la esperanza en los enfermos. "No", sonreía la enfermedad siendo hombre, "en realidad no soy un genio, solo soy tu, un trozo de ti".

Jesús bromeaba con lo que era un delirio o una mentira de su mente aunque, en el fondo, una incertidumbre de frío y calor le recorrió la espina dorsal.

"Jesús, no vas a morir, te recuperarás pero para que esto sea así, me has de ayudar a que salga, si crezco más te mataré y no puedo salir por mi mismo. Hasta ayer u hoy no he podido hablarte a pesar de que casi no quepo ya. Procuro que mi presencia te duela lo menos posible pero cada día es más difícil. Ayúdame y te ayudaré".

Jesús dejaba de escuchar, incluso en la bonanza de la ausencia de dolor. El ensimismamiento del enfermo y el tiempo transcurrido había domesticado su mente de un potro salvaje y ahora no quería más espejismos, más dolores, falsos o verdaderos, más mentiras ni mas conjuros.

El homínido se rebeló por fin y dando un tirón le hizo exclamar un ay profundo como herida de hierro candente. "Escúchame Jesús, escúchame. Se que no me crees, lo veo en ti mismo pero has de creerme. Si no me crees levántate y ve al aseo".

Jesús G, tras el dolor agudo y existente y ante la tardanza procastrinadora de la enfermera decide levantarse, acudir al aseo, con pasos inseguros como temiendo el dolor perenne pero ahora no presente. Entra en la escasa estancia de de la sala de baño y se encuentra con su cara demacrada, antesala de la muerte, su cuerpo pequeño, aligerado, casi hueco y se da la vuelta hacia la taza pétrea y blanca de la loza para orinar. En ese instante y por los huecos del pijama, siempre más abierto y frío que lo que marcaría el pudor y la dignidad de la persona, ve las llagas terribles del estar tumbado durante semanas. Por ellas parece salir un silbido bisbiseante como de neumotorax pero no lo es, es la voz, imaginada o no, del homúnculo escondido.

"Jesús, miráme ahora, a través de las llagas", Jesús G no puede resistirse, por la curiosidad, por el aburrimiento, por la abulia, por la ganas de terminar, y dirige sus ojos hacia una de las llagas, el homúnculo que es el nombre de la enfermedad, asoma un ojo pequeño, verdoso, por el orificio aterrorizando al Jesús G. La muerte le ha mirado, la muerte desde su propio interior.

(238) Los tres revolucionarios. Un pequeño cuento de Almadormida

bonhamled 09/02/2008 @ 07:28

El primero, casi púber, entró asíendo con fuerza su párvulo carnet de jóven revolucionario. aparecía gemelo de su mismidad, con la fuerza irremediable de la juventud y el sabor de vino viejo cuando crea recuerdos imborrables. El segundo de los iluminados tenía la treintena mediada, y a pesar de los descalabros de la vida sostenía en su mano derecha un trozo de pan, pequeño y deleznado, y, cautiva en la mano izquierda, una orgullecida palma en advección que, sin embargo, era llena de callosidades apodicticas.

La terna acababa con el que, en verdad, erraba al acudir al tribunal. Un hedonista en busca de un Parnaso que no acababa de aparecer; vate, orador, excelente y picaflor con fantasismo florentino. También hortera de salón de abacería de tres al cuarto donde se le permitía cargar sal pero no despachar vinagre. Los tres arribaron, con miradas de soslayo entre sí, al estatuido tribunal, iniciático tras su creación por el Sr Goush, mostraron sus credenciales: la media sardineta de poeta, los endecasílabos con su correspondientes didascalias y codas, las pólizas y los dalles. Una vez se verificó el bagaje comenzó el diálogo y las falacias hasta construir, con el risueño pelirrojo tras los cortinones, arquitecturas de oblongas volutas de razonamiento, vacuas sin la catarsis de la razón ni el dulzor de malvasía o de la absenta de la fe: eran solo luces cegadoras. Goush escuchaba con interés, de hito en hito, a los candidatos invisibles; hacía gestos de mono loco, impostaba o atiplaba a ratos la voz por lo bajo con aspavientos mistéricos al cielo o al suelo postrándose de hinojos ante algunas combinaciones de palabras o de danzas numéricas. De los tres sólo uno superó el oráculo; los asertos perdían por Xaloc, por impericia o por capciosidad manifiesta renuente y contumaz. A pesar de los trabajos, los resultados no llegaron a saberse ya que las actas se perdieron tras el desastre, ya por el fuego en la legación, ya por la furia disipada de los pocos que quedaron o por la torpeza venerable, y discreta, de los que vinieron a investigar.

Se prefirió dar el pueblo entero al olvido y al abandono de la hierba rastrojera, para desconocer por siempre el nombre del destinado y el de los dos adláteres coadyuvantes, manchados de sangre de tierra roja y de atardeceres sordos. Decían quienes no olvidaron que fue lo mejor para todos, menos para historiadores y preguntadores de lo que a nadie le interesa. Los muertos quedaron tranquilos con su verdad falsa. Los ajenos no ahondaron en una curiosidad escarpada. Los blasfemos no recordaron palabras ocultas ni rayos salidos del cielo y los lejanos ni siquiera pudieron conocer lo que nadie debía haber visto.

(237) La tertulia

bonhamled 06/02/2008 @ 19:27

La propuesta era curiosa y, al tiempo tentadora. Ignoraba, entonces que entre los que se encontraban en esa mesa de reunión, tertulia y habladuría había quien tenía ese poder. El porque tenía ese poder y que hacía escuchando a quellos escritorastros, pintorastros, culturastros no se conocía. Quizás el lo conociera con su omnisciencia difusa.

Entonces me decís, que entre elegir conocer a Dios o conocer a otra persona, preferiríais casi sin duda conocer a Dios.

Se rasco su barba rala y blanca y luego la cabeza, con el vitiligo incipiente de una vejez no tan incipiente.

El docto profesor pensaba muy rápido mientras quien habría de concederle cualquiera de los ejemplos hipotéticos esperaba, como esperaba cada vez que se sentaba allí con el silencio y con la admiración por aquel pequeño gran sabio.

Buen, si suponemos que Dios existe el poder estar delante e incluso preguntar podría ser muy interesante aunque su voz, su conocimiento, sus ideas y su razonamiento pudiera ser, al menos, tan ignoto e inextricable como su mera existencia o no para los que aquí estamos.

Por otro lado si Dios no existiera, el volver a la tierra después con las manos llenas de nada, con la certeza casi inmoral de que nada hay, ningún principio rige y solo la benevolente querencia del ser humano por redimirse es lo que ha construido un mundo artificial de moral, religión, comportamiento y ética.

Sin embargo conociendo a otro ser humano, cualquier, y conociendo de su sentir, de su saber, de su existir y de su devenir podríamos, en último caso y si tenemos tiempo suficiente extraer, extrapolar o, incluso, definir por similitud, cercanía lo que nos une, lo que nos hace juntos, lo que pudieramos tener de lo mismo.

En esa situación de conocimiento múltiple, más allá de los sentidos, y más vinculado por las sensaciones no empiricas que por cualquier otra cosa. No se me pregunte solo ese ser otro puede explicarse siendo otro y nunca he sido otro, si acaso uno otra vez y de ahí he obtenido que se siente y se ve otras cosas y otro mundo.

Como digo siendo algo parecido, conociendo se podría conocer lo que tenemos de común. Ese común podría ser muchas cosas entre ellas el vínculo inicial, cotidiano, no vinculado a la cultura ni al desarrollo intelectual sino a lo más orgánico. Por abundar, indiquemos que eso le podríamos llamar Dios o naturaleza o coincidencia, quizás.

Ese “Dios, naturaleza o coincidencia” sería, necesariamente existente, a diferencia del caso anterior. Y solo la posibilidad de conocer, de admitir la presencia de un ser supremo con argumentos diferentes al primario verlo pero que igualmente podrían llevarnos a la conclusión sin el desarraigo instantáneo ni la incomprensión de enfrentarse el gigante lo harían, si, quizás mejor.

Creo que preferiría conocer a otro semejante desde dentro y siempre y cuando no significase su menoscabo y, mucho menos su muerte. Esa sería mi elección, el pastel o filete que puedo comer: Ver el mundo desde dentro de un semejante.

El nervudo, algo achepado y sonriente caballero del fondo reconoció la bondad del razonamiento y de esa grandeza de enano que gobernaba, por desgracia no muy abundantemente, a los seres humanos. Se dispuso, puro pensamiento, a conceder esa capacidad.

El mundo se paró excepto para el profesor y escritor frustrado. El mundo, el café, la mesa blanca de mármol de la tertulia acabaron calladas y silenciosas como en una congelación. El tiempo se paró, “se paró”, y solo pudo ver en este acontecer polidimensional al taciturno, socarrón y siempre agradable farmacéutico del final. Sus chistes, sus viales extrañísimos y su sincera y sencilla vida le hicieron acreedor de esa mesa de comentario letrada pero no hasta la sedancia, especialista pero no hasta el aburrimiento.

Ambos mirándose, sorprendieron el tiempo con su charla. El farmacéutico le explicó su situación y lo poco común que era que él tuviera ese interés por un humano. El profesor no creyendo lo que veía, hace un instante todo era bullicio, tintineo de botellas y tazas y frases solas aquí y allí en el café. Ahora el silencio total solo se llenaba de la voz profundísima, no la recordaba tan profunda, y amable de su amigo. ¿Era su amigo?, no cabe duda de que si.

¿Quién habrá de ser la persona que elijas habitar?, ¿Cuánto tiempo la habitarás?, ¿Cómo prefieres que esto se haga?

El profesor con su mano en la barba y un poco más de miedo de lo normal se volvió a rascar la cabeza, vio inmóviles a sus amigos y el silencio que como aguacero había y se levanto algo sobre la silla.

No tengas miedo, amigo, no tienes nada que temer. ¿Cuál será tu elección?.

(235) Ya está bien, Señor mío

bonhamled 02/02/2008 @ 06:06

"Quousque tandem abuteris, Catilina, patientia nostra?

Esa era la frase sentenciativa que rezumabla la totalidad de la sociedad. Por eso mismo lo mataron en un callejon, porque abusó de la paciencia mucho.
Pequeños delitos, luego algo mayores al final. Se mofaba de las señoras cuando iban a comprar y, de vuelta de farra, se cachondeaba de los currantes. Una vez le quito un caramelo a un niño para verificar lo sencillo que era, le robo el perro a un ciego, puso un bizcocho a la puerta de un colegio para comprobar el revuelo y, a veces, solia echarle arroz, sin venir a cuento, al parroco. Las últimas veces de sus bromas se encimaba de forma arrecha sobre las jovencitas que veía, algunas veces por broma otras por ímpetu faltón.
Por todo y por algunas otras trazas de mal, que entre todos pudimos ver y convenir que hacian de su naturaleza inconvertible, decidimos deshacernos de él. Una noche según venía, drogado, borracho, ambas o quizas ninguna, ya que que no era el caso delimitar su grado de consciencia entre algunos, comisionados al respecto por la asociacion de vecinos, decidimos espetarle con esa frase latina.
El porque de decirle a un ser semi inconsciente y tambaleante esa frase tan absurda no lo supe jamas, ni se si Ciceron estaria muy contento pues diez segundos después empezo la golpiza tumultuosa que acabaria con el. No se quien la pronuncio, pudiera ser que tras esa frase oscuro recuerdo de los años de colegio donde el saber o el aprender era un nuevo amanecer, se avino un fin: como contraposicion filologica y metaforica en la primera parte y real y consecuente la segunda, que acabo con el.
Como la misa en latin de la que a veces solo el Ite Misa Est era reconocido como tiempo de estampida y el resto una letania sorda e incongruente pero que "arrimaba" a Dios, en este caso solo era la clave para el inicio de la golpiza, en algun momento se escucho decir al borracho moribundo: ¿Catalina?, ¿que Catalina?, ¿La de los pilares? Evidentemente eso arrecio el final, que sobrevino al poquisimo tiempo, y pudimos irnos a casa sabiendo que nadie nos indicaría a voces el amanecer ni nos pondria en evidencia ante lo ridiculo de las liturgias sociales que seguiamos como una cantinela cansada, sorda e incongruente.
En realidad la idea inicial no fue esa, la de matarle entre todos, pero visto la ventaja de que quedara sin moraleja el asunto decidimos que nadie nos echarímos en cara el abuso.

(231) Agamenón y su porquero vivían en Almadormida

bonhamled 27/01/2008 @ 06:31

Ayer sentado en la solana invernal en el recoveco o rincón que buscan algunos viejos antes de la muerte inminente para regocijarme en el diálogo y conversación con las personas de Almadormida pude presenciar un hecho asombroso.

Me levanté con frío y con esa sensación sorda, como de sombra de algo maligno sobre uno; el desayuno suave pero contundente de la Castilla insular junto con el posterior paseo, al abrigo de vientos y de retrueques alunados, mis resquemores fueron ripables y se tornaron en sonrisa y la cabeza en navío a destino.
El rato de tibia, pero fría, conversación me llevó el tiempo que lleva desde la no presencia en la misa hasta el tiempo del vermuth ácimo, ácido y de efluvio verdoso de absenta.
Mis pies meditantes me llevaron a la puerta de la vieja tahona de Almadormida y allí pegué la hebra, durante unos minutos, con Josafat y con su hijo Marvelo. Los nombres de tan apócrifa familia siempre sorprendieron a todos los almadormeños, y visitantes, pero atendían a un trasunto antiquísimo de viaje y de huida judaica de un Taf que aparecía en sus aspavientos domésticos.
Josafat y Marvelo hablaban del amor y valor de los símbolos, con su lógica agraria y de sol de mediodia. Por ejemplo, indicaba Josafat, el amor arrebatado que presentan los islámicos por su profeta y por los simbolos de su religión, Marvelo, que criado en el pueblo estudió y fue a la Universidad a la ciudad a completar sus estudios de Agronomía, no acababa de entender a su padre.
El tema se suscitó tras los hechos de la burla al profeta Mahoma en las tierras, más frías pero más ricas, de Dinamarca.
Marvelo ponía en boca de los hijos del islam la misma furia y respuesta en la arenga anti occidental que nosotros tuvimos, teníamos y, en parte, aun tenemos ante la amenaza de los hijos de la media luna. Josafat, con su oficio de campesino ilustrado con el yunque y la fragua, soplaba su viejo planteamiento reconociendo que en general, el tratamiento a árabes y musulmanes había sido malo, incluso en una ocasión, poco después del suceso triste del retrueco, un mercachifle sirio fue expulsado con algarabía del pueblo por la presunta intermediación de sus manejos en el caso, nunca probada ni siquiera intuida por la causalidad temporal.
Josafat se rascó su barba, miró al cielo y exclamó la frase que anoté en mi libro de noche con la esperanza de convertirlo en relato algún día.
"Si miras a un hombre desnudo, callado, y con los ojos cerrados, nunca verás lo que encierra en su interior; si lo ves vestido, con todos sus aditamentos, ornamentos y aparejos y con los ojos abiertos, las manos pensantes y la boca balbuciente, en ese caso, ya existirá el modelo o vida que debería o querría tener y no tiene, y además, te conminará a seguirle para ir a buscarla".

Me alejé unos pasos después continué un buen rato andando por las calles, desiertas, de Almadormida pensando en su frase y en como aprehendían los campesinos en sus manos callosas y en sus frentes quemadas por el frío la verdad y realidad total del mundo.

(230) El coche

bonhamled 25/01/2008 @ 05:10
Levantó sus ojos un instante del cuadro de mandos del vehículo vió la calle atestada de coches y el cruce al fondo, luego, al asiento de atrás y al bebé con su sonriente mundo sin dientes y con el futuro en sus ojos.
Reconfortado, llenó su mente gris de flores y esperanza, revivió y recreó otro mundo de lieds y de descanso, de tiempo amigo y de futuro anhelante en la tranquilidad del espiritu arrebatado.
Llegó al cruce y tomó la vía de servicio para la carretera sur, menos congestionada. En minutos salió a la autovía, libre de obstáculos, desvaneciéndose la carretera con el aire fresco que busca la noche del preverano. Después, en los siguientes minutos, el viento y el sol del inicio del ocaso se reflejarán en el lateral del vehículo negro que escapa rápido.
El padre observa, de hito en hito, al bebe en el asiento trasero. Quizás ese momento sería el paradigma de su vida pero, sin embargo, también en ese mismo instante, un vehículo, descontrolado, choca con el lateral, hundiéndolo, asesinando al bebé; que queda pequeño e inerte en su silla mientras su vida se va.
El padre vence a la aceleración brusca e inesperada del choque lateral, mira por el retrovisor; se da la vuelta, ve al hijo, pequeño, primogénito, deseado y querido: muerto. Se ve muerto también él, y ya podrido y lleno de gusanos, y una ola de turbia negrura cruza por su mente.
No fueron las batallas vividas, ni la decepción del enemigo interno o la torpeza de sus manos para crear la vida lo que le vuelva, en el guiño de un ojo, loco.
Busca por la ventana y ve salir al conductor del coche de al lado: gordo, bigotudo, enemigo, sorprendido, asustado, pidiendo perdón, solicitando comprensión, requiriendo justicia, aposentándose sobre tres mil años de pensamiento.
El padre se dirige al niño, entra al coche por la puerta no hundida, saca el pequeño roto, como una muñeca vieja; lo deposita en el suelo junto a la carretera; en un lecho, inexistente, de dolor formado por un zarzal de rosas rojas con espinas sangrantes.
Ve con los ojos del bebé, su alma blanca alejarse al cielo impertérrito y sin nubes del principio de la noche y, decide, que su corazón negro de carroña, su cerebro humano y lógico, sus entrañas evisceradas y ferinas y su cosmogonía ética se evada del universo: suenan crujidos, se oyen cánticos mordaces y el viento miente a sus oídos.
El dolor es corona de espinas, lo se bien, es gruñido de noche, es candado sin llave, es golpe duro y sin aire.
Mira al cielo y mira al suelo, al hijo yermo y yerto. Mira al culpable, va hacia él.