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Categoría: Cuento

(353) La geografía de Almadormida

bonhamled 17/04/2009 @ 18:12

La región de Almadormida con sus sueños y leyendas, maldiciones y muertes secas no es solo Aparicio, el núcleo finisecular, y la tierra boscosa de Hería sino otros muchos pueblos más que conforman ese lugar de vistimas y victimarios pero mirando a un futo que fue ayer.

No se si es una tierra maldita donde el invierno pasó más de una vez al año o el grafor del verano secó seseras e hizo aspavientos, pero al pisar estas tierras, que rugen en su rozar como dragones se siente un algo diferente.

Una tierra amplia, cercana, fría y caliente, triste y alegre de vino que, sin embargo tuvo su sombra, una sombra de mil años que comenzó hace apenas cincuenta.

Otros pueblos de la comarca, del malpaís, tan castellanos como Aparicio o Hería, tan olvidados por políticos y poderosos como acordados del viento, de la emigración a la carrera y del daño, siguen escondidos y presentes per sin esa sombra palpitante y malévola de gris zinc que se desliza hasta el hoy.

Recuerda mi mente aquellos nombres perdidos de pedanías, aldeitas y publicos que llenaban cada cuanto la llanura y la sierra silbante: Adiós del rio, junto al río mestas, Aguasmestas, En la montaña junto al nacimiento del río mestas y casi enfrente de Hería, Boltoya, en el confín último de la provincia, Cuclillas, siempre envidiosa, aún hoy, y siempre patética en su pensares sobre Aparicio. Merindades de Castilla, con su pequeño castillo del Barón-hermano de Aparicio, con sus imágenes de Teocantor y su música silbante por las calles como órgano de iglesia.

Malpartida, la siguiente cabeza de partido de la región, fuera de Almadormida pero referente para algunos almientes, gentilicio de los de Almadormid, los que quedaron y los que se fueron.

Recuerdo camino de Boltoya, a Peleas el pueblo pequeño de campesinos, camineros y borrachines que contaba sus fiestas por muertos o por escándalos. Vistilo, aquel pueblo de reminiscencias godas, ya desaparecido, ya solo ruina e iglesia desconsagrada, ya solo Rido, el viento, y tristeza. De ahí se oyó llegar algunas de las tristezas que como ríos rebotaban en las copas de los árboles que subían hasta Hería.

Todos estos pueblos ahora la mayoría apenas guijarros y sillares baldíos fueron, a comienzo del siglo XX, una red de personas y caminos, de sentimientos y de vidas que hicieron a Almadormida una región singular, quizás por eso, quizás por el pasado, quizás por lo que ocurrió, puede que simplemente porque se mezclan en mi cabeza la leyenda, el misterio y los sueños de niño.

(350) El Almacén

bonhamled 25/03/2009 @ 06:16

El almacén está vacío, bueno, vacío si no contamos, los guardas. El guarda de la otra puerta, Pedro Saig, y yo mismo. Somos los únicos que vigilan este almacén de objetos antiguos, olvidados, viejos, caducos pero cuidadosamente inventariados. Es este ,quizás, el trabajo más sencillo y aburrido del mundo: doce horas diarias en una garita donde vemos pasar el tiempo rojizo, azul y gris de la última tarde, a través de una ventana, Una monotonía sentada que solo es rota por las rondas de cada hora, y, también por el nacimiento argentado del día, frío, nuevo, exuberante que se adivina de claridades vicarias desde una silla gastada.

El almacén, calle héroes de Baler sin número del Polígono Industrial de Castro, pertenece a la cadena de comercios “La Suprema”, tiendas y supermercados con un sabor suficiente y antañón que, sin embargo y bajo esa fachada amigable, esconde un fondo de inversión norteamericano que busca un poco menos de gasto y bastante más de beneficio en cada gestión. Andrés, Andrés López Chercoles, el tercero de los vigilantes se quedó en la última reducción de costes. Ahora solo quedamos en la puerta 1, yo, Juan Esquivel, y en la puerta 2, la que da a la calle de detrás, aunque en este polígono perdido todo es una calle de atrás, mi compañero de las noches Pedro Sasig que pasa las horas muertas ora dormido, ora durmiendo.

La “Suprema” guarda, no se sabe bien porqué, todos estos maniquíes antiguos, cartelones, y carteles de promoción de campañas pasadas, algunos grandes cajones de madera,plástico y metal variado que guardarán mercaderías ya olvidadas y anaqueles, perchas, estantes, percheros y toda la parafernalia del negocio. Según en algún momento hemos oído parece que quieren hacer un museo sobre “La Suprema”. Estos rumores que nos dan nueva utilidad afloran en los momentos de más tensión por la eliminación anunciada de este almacén de lo inútil y la reagrupación de todos los materiales en el almacén gigante, corporativo, de Groundía. Ese gusto, el del coleccionismo, y solo ese gusto es lo que hace que yo pasé las noches paseando entre maniquíes desnudos, algunos amontonados, otros rotos o a punto de romperse, todos congelados en poses eróticas o de escorzo, todos esperando una moda que los lleve a la realidad del escaparate, todos mostrando unas caras, unos rostros casi siempre centroeuropeos, casi siempre jóvenes, pero olvidados y detenidos.

Este trabajo es bueno, permite leer casi cada instante, la noche da pocos sustos, la tranquilidad es mucha y, lo que no es poca cosa, no se hace nada, absolutamente nada. Si acaso, y cada mes, un recuento, por encima, de lo más importante entre lo inventariado y eso es todo. Mi escaso interés por prosperar, en el trabajo, en la empresa, en la vida y la oportunidad de un lugar así, que es como estar en una cárcel en las Bahamas, me hizo decidirme frente a otros destinos de más salario y emoción. Quizás que el futuro me haya devuelto en réditos irrisorios y pírricos todas mis olusiones volcadas me convencieron de este ostracismo de la vida y de mi mismo que ahora mismo veo por el ventanal aquí sentado.

Durante la noche los maniquíes representan, a veces, pequeñas historias en mi imaginación nocturnal y algo envenenada de sueño. En ocasiones, las damas distantes de maquillaje impoluto son aquellas prostitutas que atisbo a velocidad desde mi vehículo a mi llegada al trabajo. Los maniquies masculinos son quellos hombres cercanos y amenazadores en su masculinidad castrada pero no olvidada que amenazan mi situación de policía dinámico en ese mundo de espejismo y estatismo. Un niño parece gritar, es solo la lejana carretera que chirría, y en ese instante un niño maniquí parece querer venir hacía mi para pedirme que defienda a su madre, aquella, lejana, pintada, desnuda.

Otros días juego, con mi mente, a correr entre las cajas y simular calles y callejones donde, detrás de cada una puede aparecer un enemigo, un amigo, un amor en forma de esos maniquíes sin cara, sin rostro sin personalidad y humanidad. Por desgracia siempre he de mirar al mismo sitio, a la montaña de cabezas, brazos, troncos y piernas clínicos para ver, en el eco sordo de la noche, algo parecido a un ser humano. Al otro lado del largo corredor, Sasig rumia su sueño o su espera ignorando o no atendiendo a mis sueños de delirio..

Estas son mis noches, lecturas, paseos, fichajes en los puntos determinados a las horas fijadas y vuelta a empezar. Imaginación, soledad, silencio y mucho, mucho tiempo. A veces pienso que no es nada más que una cárcel inmensa donde todos se mueven lentamente, tan lentamente que en mi paroxismo nervioso parece estáticos, ¿o quizás extáticos?. Soy raro entre ellos, soy raro también entre el mundo, solo dejo de ser raro cuando vuelo, como voluta de humo, entre las partituras y particellas de la vida, perdiéndome adrede, dejando pasar el tiempo adusto y tranquilo, acuchillándome con las manecillas del reloj, esperando que el gran ruido interior se apacigüe por ignaro método osmótico por el silencio y el aburrimiento de arenisca del exterior.

Cuando salgo de aquí, a las ocho de la mañana, la ciudad amanece activa, parece que los maniquíes dormidos de la noche se comienzan a mover mientras yo, dormido y cansado busco quedarme quieto; quizás esperado en un sueño otro guardia aburrido, lector y misántropo que me vigile, quizás esperando en el volar en el globo sin timón del sueño un gobernalle que no tengo en mi vida. Puede que los mismos maniquíes que yo vigilosean ahora madres con niños camino de colegio, abogados o notarios abriendo el despacho, farmacéuticos preparando magistrales. Si no fuera porque su desnudez tapa cualquier atisbo de personalidad podría incluso reconocerlos andando por la calle, pero el sueño no me deja.

Miro al techo, cielo finito conocido, veo las vigas arriostras, los ángulos y los perfiles superpuestos en trapecio conocido y memorizado. Veo la lejanía de la pared y la garita de Sasig a cincuenta metros, y veo los bultos, los pasillos, las letras, los números en un orden cardinal y ordinal que hacen parecer un campamento. Un campamento de desorden ordenado en la tierra del olvido memorioso. Yo soy el guardián de este desastre ordenado, soy quizás el último de mi especie, el brujo sencillo de la vida quieta, el Caronte descerebrado que anhela mojarse los pies. Mi andar choca con los atrabiliarios objetos que porto: el walkie talkie en su funda, las esposas, la pistola, algunas balas en canana y un par o dos de cajitas que no contienen nada pero, por su prestancia y aparente solemnidad, podrían haber contenido mucho.

Los días pasan, los libros, algunos de ellos masticados entre sueños, se suceden con la radio de madrugada, éter del efluvio de la noche y los nocturnos, secta insomne que se pregunta por la justicia y el mundo. Otras veces por la pereza sin más y otra, alguna otra ocasión, me da por mirarme en el reflejo sutil y escaso de la garita ante la noche lejana y cerrada por la puerta de la nave. El ruido, entonces, me molesta y dejo al cricri, frufru, y ulular del viento entre las chimeneas cercanas , las fachadas y los aspavientos del aire en las esquinas de geometría euclidiana, que me diga, que me cuente, que me asuste, que me evoque amenazas o, quizás, sueños de noches de verano, todo ello con el fantasma de mi mismo, de mi propia vaciedad o estatismo, con el reloj impertérrito y rápido del tiempo quemando la mecha de mi vida, hasta el próximo minuto, el próximo turno, la próxima vida. Es la sinfonía acertada de las fábricas dispersas en los arrabales lentos de las ciudades, un bodegón de inutilidades y soledades en mitad de una noche que no para.

El uniforme azul, gastado, dando una cuidada sensación de orden paramilitar con trasuntos baratos de alamares y oropeles no puede esconder la cara regordeta y perdida en calvicie de mis casi cuarenta años, de mi escasez de futuro, de mi tiempo perdido, de mi necesidad de esconderme, de mi mismo dentro de mi mismo. Solo los ruidos, música asíncrona de la noche y la vida, me despierta de un pensamiento que de espiral acaba sumiéndome en la tristeza profunda. Algunos días, entre los brazos amigos de los maniquíes he llorado una desgracia teatrera y sentida que me ha dejado cansado, más aún, y con el turno más ajado aún. Luego me he llamado a mi mismo cobarde y me insultado delante del azogue de juez instructor del espejo del baño mientras me afeito. Es baldío, sigo siendo yo, la vida sigue siendo la misma y el tiempo, agotándose, se parece a ayer como dos gotas de agua.

En alguna ocasión alguien ha intentado entrar, ladrones, aprovechados, arrebatadores, apenas unos pocos ruidos o una señal de alarma simulada les para. Quisiera haber tenido que enfrentarme a ellos, con el arma, con la porra, con la vida o con el cuerpo. Ese heroísmo de palangana daría algo de sentido a este esperar un día que, solo es sueño perdido y necesidad de comenzar la noche oscura de nuevo. La pistola quizás esperaría este fascinante advenimiento de la vida real y activa pero la verdad es que ella, la pistola, y yo seguimos tan encerrados como ayer o como estaremos mañana.

Otras veces miro con suficiencia y sorpresa la pistola, una vez incluso tras una llantina de esas sin comienzo ni final, acerté a introducirme su vástago viril en mi boca. Ni para eso tuve arrojo, me atraganté y anduve un rato tosiendo en lo que había de haber sido un suicidio a lo Larra. Se quedó en algo sin ningún honor y con bastante vergüenza, lo recordaría mientras me recortaba la barba puntiaguda del día siguiente, una tristeza, un rictus de aspaviento y respingo me devolvió a la tristeza de una vida triste.

Otra ocasión fui sorprendido por Sasig con una peluca de Marilyn bailando al son de la radio lejana. Intenté excusarme pero el ecuatoriano solo me dijo: la noche es muy larga y el aburrimiento muy corto. Me sonó a algo parecido a la canción de Neruda pero en versión suburbio de una gran ciudad, oficio absurdo y guardesía inmerecible, pero tenía razón, su sanchopancismo del vive y deja vivir, la comisura de su cuerpo de jade y madera decía verdad pura.. Sin embargo no abundé en esa idea que era manantial, pasamos el renglón, ¿Cuantas veces había sorprendido a Pedro Sasig masturbándose, cantando a voz quebrada y llanto a moco tendido canciones andinas o bebiendo su tristeza emigrante en la garita de su parte del mundo parado?. Incluso una vez observé oculto entre los cajones todo el acto obsceno y dulzón de la masturbación con la mirada fija del francotirador y del que pierde el tiempo y del francotirador. Me gustó, no tanto el ser espectador de lo íntimo como entender lo íntimo, lo defectivo, lo débil en la situación del otro y no en la otredad conocida de mi solipsismo.

La vida entre el trópico de cáncer mío y el de capricornio de Sasig pasaba por un lugar desconocido e ignoto: las grandes y cerradísimas jaulas para transportes marítimos que escondían esas marcaderías que nadie abrió jamás, una tenía la fecha de llegada de Junio de 1976. Esas mercancías supongo que ropajes extravagantes o objetos de poco uso dormían allí esperando otro tiempo. Un otro tiempo que yo iba desgastando con la paciencia torpe de un grano de arena que cae en la otra cara del reloj. Nunca tuve curiosidad por conocerlas, por verlas, quizás incluso por robarlas. Hubiera implicado una acción y yo vivía desde hace bastante tiempo en una inacción de Melville que llenaba de vacíos todos los llenos sin contenidos de mi vida.

Mañana cumpliré cuarenta años, y cuando salga lo celebraré. Quiero decir, cuando llegue Mauricio y Julián, los sustitutos matutinos, y hagamos la transmisión orfebre y burocrática del parte y las incidencias, casi siempre o bien ninguna o bien sin importancia: “parece que aquel cristal está suelto”; “alguien tocó la puerta a las cinco menos cuarto”, invitaré a un café con porras a Pedro Sasig en “Layetana” el bar cafetería que a la salida del Polígono nos da los buenos días, queriendo decir buenas noches, por las mañana y nos anima a dormir justo cuando entramos a trabajar.

Seis días a la semana, cuatro semanas al mes, once meses al año, en los últimos tres cambie las vacaciones por el dinero de trabajar un mes más, un dinero que desapareció como aparece desaparecer mi dinero, en la nada, en el tiempo vacío, en lo estático y dinámico de la vida.Quizás en la búsqueda de un yo, que murió y está enterrado pero al que no acabo de encontrar en su lápida.

Cumpliré cuarenta años y, según vengo pensando, debería dar un cambio a mi vida. Nada de iniciar revoluciones como aquella de los años jóvenes y los pelos largos, nada de cambiar ni traicionarme, me conozco demasiado como para no saber que traicionarme serviría para engañarme y, después, desengañarme y llorar de nuevo en otro almacén nocturno de la vida.

Cambiar, pero ¿Como?, ¿Cuando?

Pregunté, a voz en grito en la soledad vacia del almacén y eso despertó a Pedro que me llamó sospechando por el walkie talkie. Lo agarro, no sin tropezar con la pistola colgante y digo: “Todo bien, cambio”- fue mi respuesta plagada de administrativismo pero rodeada de un tallo de rosal espinoso y verde infinito.

Por supuesto que todo va bien, el mundo se cae, una bomba atómica acaba de explotar justo aquí, la humanidad se muere, se seca, se ahoga, se asesina pero todo sigue bien. Solo cumplo cuarenta años.

No grito solo. Tomo una de las maniquíes, sorprendentemente vestida con alguna ropa de la moda de hace cuatro o cinco años y simulo bailar. Cargándola, sugiriendola, incluso tocándola con despreocupación y disimulo, chocando con mis piernas torpes contra su cuerpo inmovil, contra la pistola eterna, contra mi mismo. ¿Que haré?

Bailo, bailo como un maldito, como un maldito que oye la furia de Wagner en su oído y siente como el espacio vacío del almacén, como de exposición de arte, simula ser su propio caparazón diario y yo mismo, guardia de seguridad, soy mi propio corazón, cansado. La propia vaciedad, los objetos de vida que son solo manecillas, piernecillas, torsillos, de un reloj gigantesco. Incluso el silencio muestra esa maquinaria inmarcesible, tic, tac, rum, rum lejanos de mi propio ser. Pero ¿quien es Sasig en todo esta cosmogonía imperfecta?, ¿quien soy yo y porque dejé las clases de la universidad para venir a este mundo de cincuenta metros, dos centrímetros y una pistola que, realmente, no se si funcionaría en caso de necesitarla?

Mañana cumplo cuarenta años y, lo que es peor, ¿Que me queda por vivir?, ¿a que puedo aspirar?. Conocido que el amor me fue negado, lo intenté, las quise, me quisieron un rato pero luego el tedio, la vida, la escasez de horizontes o simplemente mi cara simplona e hirsuta las alejó. Al principio me dejaban como los maniquíes desvencijados, deprimidos, sin estructura, en equilibrio frágil pero poco a poco me construí un mundo de soledad y silencio que si bien no me agredía, tampoco me producía ningún placer. Era como comer esa comida de fast food que llena sin alimentar, o quizás que alimenta mal llenando o puede que solo nos haga gastar el dinero como a mi el tiempo me hace gastar mi vida.

Mañana cumplo cuarenta años y no daré una fiesta, ojalá tuviera amigos suficientes, no me emborracharé ni tampoco me iré de putas. Solo saldré y tomaré un café, como todos los días como cada día. Invitaré, esta noche, imaginariamente a los personajes del libro que leo, After dark de Murakami, un libro de nocturnos, solos y violencias, casi como yo mismo. Estos personajes, transmutados en maniquíes me esperan allí delante: Melissa, Virginia, Septimus, Joseph, John, Amaranto, Lupe y todos ellos, como una santa compaña o como los agresivos, veraces y píos seguidores de la santa muerte, me jalearán con sus sonrisas Duchenne hasta la muerte de los segundos cuarenta años. Aquellos que salvo una mala broma del destino, jamás cumpliré.

El vacío me espera, los cuarenta años están allí. Al menos tengo los maniquíes, el tiempo que se agota y huye como voluta de humo y la pistola que sin vergüenza ni lloriqueos tengo aquí.

(349) Maltrato

bonhamled 22/03/2009 @ 13:27

- "...pero..¿porqué le mató?" - Le pregunto inquisitorial el fiscal.

- "Por la pérdida de la voz" - constesto algo absurdo.

- "¿Como es eso?, expliquese".

- "Yo perdi la voz por un resfriado invernal, de esos de los que se cuelan por debajo de la puerta. Cuando recibí aquel día en la oficina la llamada de mi mujer, me di cuenta que no podia indicarle que volvería tarde puesto que tenia mucho trabajo. Le pedi ayuda a Aparicio para que le trasladase ese mensaje". - "¿Le mato por dar un mensaje que usted le pidió dar?" - Preguntaba sorprendido el fiscal.

- No, no fue por eso, fue ver a mi mujer comprensiva con la llegada tarde de otro hombre, con la naturalidad de un matrimonio, que era el mio pero que no era yo, la vi engañandome en ese instante, la vi con Aparicio yaciendo. .. por eso, por los celos, por un ataque de celos, le mate.

(344) Acción, represión, acción

bonhamled 27/02/2009 @ 20:11

La radio no dejaba de emitir "Sa telefonando", su potencia sonora llenaba la pequeña habitación al fondo del bar. En el pequeño y sucio pasillo, que compartía con una puerta cerrada y unos aseos de letrina, compartía paso, serrín y música con la que provenía del salón.

Existía al fondo otra puerta, siempre cerrada, que daba a una calle oscura, casi cerrada y donde los múltiples carteles habían creado una ilusión de muro tras la puerta.

Llegar al país, sorteando carreteras y segmentos, acabar en la capital, esperar un destino, un contacto, un enlace que le llevara a esta sucia estación terminal previa a su gran día.

Se miró en el espejo, miró sus documentos, ya memorizados, y recordó su promesa de esperar hasta recibir noticias. En Francia le indicaron que el periodo máximo de espera no sería superior a dos días, en caso contrarío debería andar absolutamente solo. Seguramente no esperaría ese tiempo.

Revisó su equipaje, aburridamente conocido, un par de camisas nuevas con aspecto de antiguas, unos zapatos algo usados, un par de novelas del oeste, usados como clave, y una cartera donde escondía algunas fotos de novias falsas, una falsa madre y una carta de ésta, también falsa. Miró en un bolsillo interior el dinero, doce mil pesetas, un pequeño tesoro para aquellos años.

Volvió a recordar su objetivo, la calle desierta, la forma de salir del país, buscar una vía de salida, encontrar un canal de comunicación nuevo y, todo ello, sin agotar ni marcar ninguno de los otros canales del partido. No era sencillo, tampoco complicado.

Llegó hasta Pamplona escondido en un hueco en un coche de una familia francesa simpatizante y, una vez allí, comenzó el ajetreo de trenes, pensiones, caminos y casas. Llegó a Madrid, cansado por el movimiento incesante y continuo, dolorido por las malas posiciones pero con la voluntad intacta: había sido entrenado y adoctrinado para ello.

El verdadero lugar de la misión se acercaba, quizás tras los próximos pasos que se acercaban dubitando o borrachos al servicio de ese bar triste y pobre de una barriada alejada y escondida. Quizás solo fuera un truco para dar con él, para matarle, para obligarle a renunciar y a ser un Judas. No lo permitiría

Volvió a mirar la maleta y, de soslayo apareció la culata de su pistola y una caja de balas, mezclada en bodegón no excesivamente sorprendente con el resto del aburrido paquete de equipaje. El tiempo daría el resto de las claves del diapasón del viajero con una meta.

En un instante sonó un portazo, y carreras, de repente asió la pistola y se colocó de cara a la puerta dispuesto a vender cara su vida. Era una broma de chiquillos y entre los fríos de aquel Diciembre en el extrarrado había sonado un petardo, unas carreras de gamberros en la puerta y unos gritos de reprobación divertida entre la parroquia del bar.

Unos pasos suaves y sibilinos llegaron a la puerta, todavía tenía la pistola amartillada en su mano y un nerviosismo de acero en su semblante, se tocó la cara, raspaba ligeramente, habría de afeitarse. En ese instante un toque conocido en la puerta, repitiendo un fraseo de estribillo cantante y una clave de la que no había duda. ¿Llegó Mambrú a Cartagena?, la seña correspondiente debía ser "Mambrú no llegó, se fue al frente", la contraseña final que acabaría con el enigma debía ser, la que fue, "Amigo, suerte tiene quien a la guerra va y puede volver a Cartagena".

Donoso abrió la puerta y, detrás, estaba Cuchillería, aquel que perdió la pista en 1947 y que veinte años después y mil andanzas despúes seguía de contacto y de guerrillero interior. Ahora encargado de logistica y de publicaciones. Se dieron un abrazo. Cuchillería miró sorprendido, quizás por lo nervioso del momento, la pistola en la mano, Donoso la soltó mientras comenzaba a pensar.

Cuchillería aquí conmigo, la cosa debe estar mal si el mismo ha de acercarse o, quizás, la traición es tan cercana que no se ha atrevido a enviar a ningún otro.

Hablaremos durante la cena.

En ese momento, salieron ambos, abrigo escaso y cuellos arriba y se dirigieron hacia la esquina, una moto aparcada le indicaba la flecha de su dirección, más tarde, en una tasca del centro de la ciudad hablarían entre murmullos de inteligencia y entre chascarrillos de camuflaje.

Acción, represión, acción.

 

(340) Se acabó el champagne

bonhamled 12/02/2009 @ 07:50

La fiesta acabó el champán, las risas se ahogaron en el líquido elemento del glamour. Los grupillos conversando, otros bailando, algunos en tibias confidencias que prometían más, se quedaron sin champán. El whisky no es igual, ni, por supuesto, un refresco. En aquella fiesta, en la casa del empresario Roberto Bouser, el champan era la sopa social en la que poder celebrar los treinta y cinco años recién estrenados de su, también recién estrenada, mujer Syilvie.

Divertido continuaba hablando Bouser mientras el jefe de camareros, en un aparte, le comunicó la tragedia. El dueño de la casa hizo un gesto de contrariedad y miró, buscando complicidad y consejo en la anfritriona, a su mujer; que acababa de doblar una de las esquinas interiores de su inmensa casa de la mano de un amigo joven y desconocido.

Se miró reflejado en un espejo casi enfrente de su persona, y vio su despejada frente, su porte de empresario rico y esas actitudes ensoberbecidas de los que siempre han tenido dinero y, de esta manera, históricamente han estado llamado a los mejores lugares, las mejores cenas, los mejores champagnes rosáceos, ambarinos, transparentes. Excepto ahora que parecía haberse acabado como trasunto de la infidelidad sospechada.

Ordenó buscar más champán, mientras pensaba,cruzó con la mirada de dos o tres personas y se escabulló en una búsqueda nerviosa hacia las habitaciones.

Cuando se acercó a la habitación de invitados, tras haber recorrido algunos corredores y haber encontrado alguna prenda de su recién estrenada mujer, ya conocía la certeza. Cuando llegará la nueva remesa de champagne, casi nadie podría tomarlo: estaba a punto de cometer un asesinato.

En ese segundo en el reloj tampoco sabía Roberto Bouser que el asesinado no sería otro que él y que dentro de pocos días la viuda entre lágrimas, tomada por la mano del jóven ejecutivo que recién conoció, acudiría al entierro con un cheque millonario en su bolso. Un cheque destinado a alguien que jamás conoció y que nunca más volvería a ver.

Cuando el entierro del empresario muerto acaeció, el servicio que quedara en la casa se estaría bebiendo el champagne que sobró de la fiesta, de la vida y del tiempo. Las burbujas se llevaban consigo, a todo trapo, un momento de estática verdad y un millón de días de mentiras contenidas en ese espacio oblongo.

Detrás, muy detrás, como detrás de un cortinón de teatro, un chasquido se sucedía atemperado por la distancia y las habitaciones cerradas: el primero de los disparos mortales.

 

(334) El caerse

bonhamled 16/01/2009 @ 07:43

El aire que lanzado recorría la calle arrebatando capas y sombreros le tocó con levedad malvada en el hombro. El miraba la calle con su cartera de cuero en la mano, distraído a la salida del trabajo. Y tropezó de una manera clara, sin rivalidad alguna ni inconveniente, y se precipitó.

Perdió la verticalidad ganada en la infancia hacia un abismo de velocidad y suelo. Rehizo el escorzo en la postura a fuerza de musculatura dorsal mientras las manos, defensoras e involuntarias, buscaban en su daño la previsión del golpe al resto del cuerpo; la cartera avanzó y se desbarató en un charco a un par de metros mientras el sonido del sopapo se perdía en las vetas de la acera y en el azogue muerto del asfalto.

Recuperaba la línea recta en el suelo y depositaba su cuerpo en el horizonte cercano como un fardo antiguo, de algodón o un saco de patatas, huesudo y blando. Tropezó y cayó, se precipitó desde la altura de su arrogancia o de su posición física hasta el suelo de la razón o de la calle: Eso fue lo que ocurrió en pocas palabras. El agua sudorosa y gris del suelo se mezclo con su rodilla, erosionada, y sus manos sucias, ahora más.

Se levantó y miró circunspecto, recordó por un instante que era mortal que había sido héroe antes aúnn, siguió andando limpiándose y olvidando recordar a quienes le habían observado caer desde su Olimpo del anonimato hasta el suelo como Ícaro o Prometeo y que solo vieron un Dédalo cobarde o un huido de aquellas Termópilas legendarias. Reconoció su posición y su figura en esa situación risoria y un rictus de sonrisa, como un brillo, apareció por su semblante, velado rápido por una sombra de tiempo. Era falso, era la risa de la circunstancia que sería vista por otros; queriendo ser de los otros en vez de ser él en ese episodio, así conjuraba andando, peripathos, ese escándalo social.

Se levantó del suelo, miró al cielo y recobró algo de la serenidad malhadada, en el fondo de su alma anidó, en ese momento, un aleteo de incertidumbre, que le acompañaría hasta su cercana muerte. Pudo ser un aviso bromista o una coincidencia malévola, lo supo poco tiempo después. Sus manos estaban manchadas de esa grasa acuosa que es el barro, sueño y eco del tiempo en el tiempo presente y por tanto huidizo y grisaceo en su suciedad. Repasó en esos primeros pasos todavía sucios una vida y le acometío un empuje brutal como de gravedad contenida: ¿estaría perdiendo su vida?, se conformó al ver los legajos y rollos de su cartera abollada y sucia y volvió a la realidad huyendo del guiño que el destino le había dedicado, el viento burlón y fauno seguiría aplaudiendo abandonos y ayudando a las caidas

(331) Pelea en la gallera

bonhamled 06/01/2009 @ 15:27

Se cruzan las últimas, penúltimas, apuestas, las últimas miradas al ojo del gallo, al espolón herrumbroso aguardando la pata con el amarillo del palenque como fondo. En la gris arena el rojo de la sangre pasada de otros gallos, poca, valiosísima, no muy lejos algunos gallos muertos, algunos hombres a punto de morir, otros gallos y hombres destinados a la muerte. Telas, vendas y alcoholes en un armarito junto a la plaza de gallos.

El gallo rojo nervioso de pastilla se mueve y amenaza con salir volando, el gallo negro tranquilo se sabe destinado como un Espartaco. La arena está manchada de tiempos, agujeros de pelea, algún trozo macabro: parece que allí hay un ojo. Fuera de ese círculo trascendente aparece el ruido, la tela de gallinero, los saltos, los bancos de madera, la premura de la redada,. Los hombres, las mujeres, las bestias y los gallos se revuelven  y parecen danzar al son de las apuestas dinero en mano, los alborozos asesinos, los niños que corren y buscan, las entradas y salidas, el olor de hombre y mujer.

El humo de tabaco amenaza la tenue bombilla que da luz a ese chamizo con tejado de calamina, abierto a ambos lados como si fuera porquera reconstituida o, quizás, para dar idea de huida fácil e interinidad clandestina de la gallera.

Pedro “el ojos”, el mulato, Maravedís “El hijo”, La cotorra, Juan muchacho, "Llegón" y otros muchos galleros se juegan el oro perdiendo hacienda, ganando cielos en la muerte de los animales, en el rubio brillo de un espolón, en la acaecedora sensación de victoria en un gesto,. Las músicas suenan en el arrebatar de trompetas y de clarines de torería de un gallo caribeño o montuno. Todos ellos, gallos, putas y galleros, conjuraban su mala suerte de lunes a sábado con estas peleas de gallo, de ron, muerte y vida. De tiempo, ron y muerte. De muerte, vida y desesperación.

El sudor cae, y los billetes se mueven, algunos entran y otros salen, algunos señoritos pierden capitales mientras mercachifles y engañadores “aconsejan” a algunos de ellos. "Ahora perderán más de mil", "luego perderán más de cuatrocientos". La ultima apuesta intenta agarrar la suerte como a cola de una cometa al vuelo, imposible, inasible, inaccesible, inmarcesible. Todo ello en el lugar gallinero de ilusiones negras y dineros perdidos bajo una bombilla de escasa potencia y el atardecer pintando rojos boteros.

Las mujeres, alquiladas, y parte de la gallera esperan la conclusión para desplumar alegres, para llenar los vasos con ron de calidad decreciente en la noche, con sueños de riqueza, prosperidad y deseo que no dejan de estar construidos de calamina y camino lleno de barro. La músicas suenan sin parar, el merengue, la salsa, la cumbia valsera ,que alegran y entristecen, llenando de melancolía tibia como la noche.el escaso tapiz luminoso que se escapa de la calamina En el fondo un rumiar "jingo" enlentece la sensación de sentencia cumplida con un demonio, por encima del verde, más allá del camino. Esta otra música solo se escucha callando mucho y en el fondo de las cabezas.

La pelea está a punto de principiar, si canta el gallo rojo, otro gallo cantará, si canta el gallo negro nada bueno se avecina. Ambos gallos gallan, ambos gallos gallean, ambos gallos se miran a los ojos, indecisos, determinados, ignorantes de la muerte atada en forma de cuchilla a sus espolones. Los espolones oxidados y  mil veces afilados con ternura asesina, reflejan un mundo abovedado, y de ojo de pez, de lo que le rodea, ánimos etílicos, ojos februlentos de avaricia, desesperaciones revolver en cinto, un mar de demonio verde apenas a unos metros de la gallera clandestina.

En el fondo, a lo lejos, casi fuera del tejado que todo lo cubre, se encuentra Ramón Monduela “El asturiano”, nacido aquí pero asturiano, con el habla destinosa, escarpada y arriesgada de la montaña, con el ánimo y el temple sin miedo, con más baleos y cuchilladas que res en fiesta. “

El asturiano” vigila con su único ojo, quizás el otro acabó también en la arena sucia de la gallera, el sutil arpegio de las voces antes de la pelea, las risotadas, los gritos, los tintineos de campanilla de los vasos, las inteligencias entre pícaros, la desesperación de pobres hombres o de ricos sin cabeza ante el dinero marchante. Mira y observa, una mano a la espalda, quizás guarda un cuchillo, otra escondida tras su camisa abierta que deja ver un tatuaje enorme en el pecho, el Santo Cristo de la montaña. Tras la camisa, y encima del Salvador , y escondida, una pistola negra, como la noche que se aviene amiga, para evitar otros males, probablemente tan escritos como el fin de la pelea gallera.

Junto al asturiano dos o tres cochinos de muladas esperando la orden del amo y, más allá, arribadas sin ancla en meses, el resto de las mujeres de la gallera acodadas en la triste barra de bar, otras en mesas conversando con suertones o cenizos, más allá aún unos cuartos tapados con cortinas sucias. Galleras y gallerías, lugares de ron, mujeres y suerte. Suerte, ron y mujeres, Mujeres, muerte y amor.

Los ayudantes, científicos y pulcros, sacan a los gallos de las jaulas de madera: aturdidos, encendidos. Se les enfrenta: se miran con irracionalidad de gallo y, mientras, se les atan los arcos de acero a sus espolones. El palenque silencioso por un instante cruza, casi en inteligencias, las últimas apuestas, promesas de riqueza, roturas de hogares, cruce de destinos, consabidas traiciones y conocidas alianzas de piel turbia y blanco de los ojos en el gris manchado de rojo del ron en la arena del combate. El juego de muerte y juego comienza.

Son los gallos, el gallo rojo y el gallo negro, en la arena. Un manantial de danzas y de cacareo tenue, de aspaviento de pavoneo y de amenaza sin fin se divisa. De repente, se encrespa jingo, el salto y el movimiento, la herida y el revolverse, el gallo que grita y el que canta, las plumas rojas y  negras flotando hasta el suelo, la gota de sangre que salta hasta un espectador avisado, un poco más de baile y el caerse uno de ellos, herido, el rojo o el negro.

El cacareo y la tranquilidad, las lesiones, las muertes, el gallo derrotado que muere con el pescuezo retorcido, suprema misericordia amarga, el vencedor casi indemne. El dinero que cambia de manos, los "ays" sufridos y suspirados y las sonrisas terceras.

Un mundo en la gallera. De repente el paroxismo de  jingo desaparece, solo sonaba en las cabezas, y sigue el dulzón valseo de los pasillos  del altoparlante ahora atemperado con otra armonia que comienza, también en la cabeza general de los que allí estan: el Danubio azul. Una música de entretiempos como de caja de música.

En diez minutos otra pelea, otro teatro, otra muerte en el escenario, otras gotas de sangre y otro pico, otra cresta y otra arrogancia gallera. Otros minutos que se roba a la policía, ya se le pagó, o a la vida y al tiempo., otro brillo que se le extrae al cuchillo oculto y preparado. Otros galleros que llegan, otros que se marchan. El fraseo del vals de Strauss que se mezcla con algunos rugidos de pelea, de desesperación, de nueva apuesta, tranquilidad tensa, de mujeres que vienen y van. De nuevo se enciende la mecha de la gallera, se calla Strauss, y vuelve el golpeo de tambor de jingo.

El asturiano toma un traguito corto de ron y fuma de su cigarro, rápido sus manos vuelven a su sitio: la pistola y el cuchillo. El humo se pierde hacia la selva.

(329) Crimen en Malpaís de Almadormida

bonhamled 01/01/2009 @ 15:16

Los periódicos llenaron columnas y referentes sobre el crimen de Aparicio, en la comarca castellana de Almadormida.

Aquellos jóvenes muertos, aquellos tufos insufribles y el olor a polilla quemada dieron que pensar a muchos en los comienzos de aquella dictadura, que no fue sino el preludio de otra que llegaría no mucho tiempo después.

Aún así y a pesar de lo escrito daba miedo hablar y nunca se dijo del veneno, del sueño del tren o de la visceralidad puesta a la luz de la cuchillada. Las hemerotecas así lo ocultan. Los muertos, jóvenes, bellos amantes del tiempo futuro se quedaron varados sonrientes de calavera y sorprendidos de vidrio en los ojos en aquel pasado. El abyecto Goush, aquel que llevó algún que otro descubrimiento y mucho dolor a la tierra de Aparicio, rebautizada como Malpaís de Almadormida, se quedó también allí, al menos hasta que muchos años después alguien rebuscaría en las tumbas sus polvos más miserables.

Los guardias de asalto se llevaron los cobardes cadáveres, las familias huyeron del pueblo ante el primer ímprobo suspiro del viento Rido. Las lágrimas quedaron; dejaron laguitos secos en las esquinas no barridas, en los recoletos lugares, donde las cruces desbarataban torbellinos simiescos y diabólicos, en las montoneras caballonas donde después el olvido y el tiempo, ambos voluntariosos, habrían de hacer crecer la mala hierba para aviso de transeúntes y consejos para todos . Era el intento de un verde borrón en el palimpsesto ya borrado de la historia.

El resto, nadie puede decir que lo vio, nadie que viva ahora,  quedó en noticia terrible de periódicos que hablaban de Aparicio como del África o de una parada remota del tren Transiberiano. Luego de los años aparecerían simuladores terribles, ladrones de huesos, y algún loco sin más apellidos . Casi todos ellos serían huéspedes del verdugo del garrote. Ya recientemente otros investigadores, como yo mismos, fueron expulsados  por los gritos importunadores, rotundos estentóreos del frío y de la soledad más que por las gentes, de las que ya no había.

Las sombras, los ruidos, los olores, el calor del fósforo, las moscas veraniegas, la sensación intuitiva e instintiva de lo que se cierne atrajeron a pocos y echaron a los que quedaban. Hoy es tierra yerma, yerta de calcáreas castellanas, llena de mareas del tiempo y embrutecedora hasta el adormecimiento. Quizás sea el legado de Goush, quizás sea el vértigo y el mareo terrible de la llanura de Castilla, quizás solo sea una sensación de escalofrío en la estepa fría de este invierno.

(326) La hora tatuada

bonhamled 21/12/2008 @ 19:35

Toma notas en la reunión.

Los alemanes indican su punto de vista, los milaneses, por italianos indican otros puntos de vista. Projectos, inversiones, soluciones técnicas, tecnológicas y científicas.

El joven director técnico toma notas.

El avión de vuelta a Milán sale pronto. Primo se remanga rápido la manga para ver su reloj. En ese gesto los reunidos observan los números tatuados:174517.

La reunión es otra.

(325) Aviónica

bonhamled 19/12/2008 @ 05:23

Lanzando un cuaderno de ejercicios infantiles por un enfado. La ventana observa como la calle se mancha con la poca habilidad aeronáutica del infante.

Un momento después quizás llevado por un Peter Pan invisible o por una ilusión el cielo del primer verano, al atardecer, remonta y vuela y vuela, y recorre la calle, y sube por encima de los edificios y caracolea como voluta de humo, o mejor, como hoja de acanto con destino predecible, el suelo pero con sueño consistente de etéreo.

Vuela y vuela y caracolea y esquiva arrecifes de terraza, y carteles luminosos altos, de zapatería en amarillo y sobre vuela un trocito de la ciudad, la que se ve por el cinemascope de la ventana. El enfado sublima, el verano se tiende, la noche cálida aparece y saliendo y entrando de escena, como un bufón, el avioncito acaba por caer. Con un algo de la ilusión, un poco de la vida y casi toda la infancia.