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Categoría: Cuento

(324) Cuenta doña Credencia

bonhamled 16/12/2008 @ 18:24

Habla con ganas de callarse Doña Credencia...escucho sus palabras e imagino aquellos momentos de luces sobresaturadas, calor y moscas:

"Recorre las calles de Almadormida el vendedor Goush.

Vende productos traídos de más allá de las fronteras, de las tierras hiperbóreas de Noruega y del corazón caliente de la Casiopea macedonia.

Arrebata a chiquillos con sus dulces de desconocido sabor y a mujeres con su sonrisa aria y arisca. Viene de más allá de Aparicio y ha mercado de largo, al menos tres o cuatro años, en Hería sin entrar en la comarca rica y principal. Viene alzado en coturnos insoportables que le levantan y le hacen visible. Viene siempre buscando rincones para aposentarse, parar el sol y hacer su habla lenta. Los cotes del monte bien le conocen, sabe oir al viento y recoger su enseñanza, sabe vislumbrar en oscuro, conoce los congostos caminos y sus polvaredas comentadoras de arriero aburrido.

Vende también en su camioncito venido a menos libros de interés que congregan atención en el siempre ilustrado pueblo de Almadormida. Incluso el alcalde baja a la calle para ver el revuelo del extranjero pelirrojo.

Luego, y después, sería común ver al pelirrojo de mala estampa por las calles, hasta aposentarse, junto con sus productos, cenefas, libros y parlas en una de las callejas del pueblo. Nunca se arrepintieron lo suficiente.

Libros como aquel de Stondheim sobre el veneno de los árboles, la literatura falsamente hasídica de un llamado Mathias Lubermuller y la Biblia apócrifa y protestante de un francés, Menard, que traía mas texto y menos explicación que la que portaba como devocionario Don Senén ,el pater algo descreído y muy mudo de la iglesia mayor de Almadormida.

En el sagrario de la iglesia junto con el cuerpo de cristo de cereal del que rodeaba Almadormida se encontraba una duda blanda, blanca, pertinaz en el corazón del páter Don Senén, como parte de su atalaje talar  Quizás de esa impiedad del pastor nació la duda que alimentó al pelirrojo vendedor, quizás todo fue pura casualidad de llanura, quizás solo el viento y el tiempo.

Goush era un "Snopes" de bajos instintos, revelador de una verdad ignara, atractor de moscas, mozuelas y mozos vírgenes, soliviantador de ánimos y congratulador de poderosos, el aciago Goush entró en Almadormida el mismo día en el que salieron los pocos ángeles y potencias existentes.

El llanto antes era salado y amargo a partir de ese momento fue ácido y seco...."

Despierto con el callado de Doña Credencia, tras el instante brocal de silencio sentencia: "No quisiera tener que contar más. NO quiero hablar más."

Se va Doña Credencia, hacia la iglesia como buscando santuario. Se va la anciana con la sensación de haber hablado de más.. de mucho más.

(323) Geografías de Aparicio

bonhamled 11/12/2008 @ 06:15
Es la tierra de almadormida y en uno de sus pueblos, Aparicio, donde el alcalde con su afán enciclopedista tiene una tarea épica en apartar la niebla y la oscuridad, parécese a si mismo noble masón cuando solo es tibio iluminado. En Aparicio donde se encuentran familias principales, y algunas no tanto jugando día si y día no, al juego del Taf. Allí viven las familias de Don Calongero, Don Pipino y Abdul. Allí vive "Recuerdos del día de mañana" que deambula por las calles como si fuera Jesus Freak o un fementido castigado por Dios y los hombres, andurreando los montes y sus pinos y las vaquerías.
Del deambular de "Recuerdos del día de mañana" se extraen unos pensamientos abtrusos y laterales que intenta compartir. No siempre es facil: primero construir con sus manos hoscas un pensamiento y , despues, convertirlo en palabras entendibles para el ajetreado pueblo.
El lema de Aparicio "Non Prevalebunt..." implica una dedicación casi castrense y filosófica del pueblo. Pueblo encallado en el tiempo, pero en el tiempo del mañana, con sus sombras y sus falsos porteadores de los siempres del fuego prometeico. Sin embargo es tal el amor consuetudinario y cotidiano de los pobladores de la región por el conocimiento, primero, por la filosofía y matemática. Después, y como si fuera un sandwitch donde las dos capas de pan ya se han colocado, el interior se rellena con la pintura, escultura, literatura, poesía y lo que se dio en llamar nuevo arte que, todo junto, argamasado con el mortero portland de la añosidad del mirar al horizonte con experiencia y esperanza.
En esta tierra se vive y se comen verduras y frutas, los más pudientes pollos y capones e incluso algún que otro terrateniente ilustrado caza. A los que le sobra reparten pulardas y pichones por doquier, es famosa la sindéresis que los apariceños se comparten casi en cada gesto.
El final de aquel verano de caliginosa flama y moscas fue tan sorprendente para todos, incluso para el intermitente fementido o para el, viajante eterno, Trisque Palmo que todavía hoy nos lo preguntamos.  Y nos lo preguntamos porque el sopor del tiempo pasado herrumbroso y pulverulento pudo detenerse gracias a los cómplices o delatores, otros dirían cronistas, del acontecer último de Aparicio.
Nadie en su juicio hubiera dicho que ocurriría lo que ocurrió considerando los antecedentes del pueblo y de la gente que allí vivía. Sin embargo pasó, y por desgracia y por dolor todavía muy abierto no puedo seguir contanto, quizás otro día conmás sol y con menos gritos callados pueda hacerlo.

(318) Un cuento austeriano

bonhamled 09/11/2008 @ 10:14

El escritor se sienta en su mesa, toma el lápiz, eterna daga, y un papel de una pila cercana. Puede que en realidad tome una pluma y un moleskine de notas o, a lo último, un ordenador de infinitos bytes.

Empieza a pensar, a fumar, a desesperarse ante el horror vacui del precipicio del papel blando y blanco. Comienza a pergeñar, a perpetrar un relato, un texto, una idea, una flecha.

“Se sentó en su butaca y esperó al comienzo de la función, Claire le miraba y él, algo ufano se maravillaba de ese lujo europeo del teatro.

La sensación de lo vivo que tiene el teatro llena su mente de limpia catarsis por un tiempo. Para huir de la limpia suciedad gris de lo cotidiano que se aja poco a poco de puro viejo.

De repente estruendo y ruido, golpes y carreras ¿Es la obra ya?. El teatro es tal fuente de sorpresas que no lo sabría. ¿Era un alboroto en el público por unas butacas o por un empujón? Su pensamientos volaban hacia su día a día aburridísimo y contrastante en ese lugar de ilusión

Peter mira a Claire y ambos miran delante y detrás con algo de asombro por el ruido el movimiento. Se reconocen un bastante de incomodidad. De repente el misterio se abre: ¡Es parte del show!. Dos bailarines actores caen del techo abovedado y repleto de frescos. Se posan en la platea, como mariposas pesadas y peludas y con saltos gráciles, trampantojos que muestran los recios arneses, llegan al escenario que, en ese momento, se ha abierto y mostrado una pantalla de cine

Los actores ataviados como si fueran moscas peroran lentos e impostando la voz, dicen y cuentan como en cuentos de rollo las maravillas que van a ver, la moral que aprenderán y el como y el cuando de la verdad cuando aflora. Recordando esos cuentos de ciego, esas viejas historias que, sin duda, en fondo o forma se proponen traicionar. O quizás no, ahí el arte, el pensamiento y el misterio.

Se va el ruido, los últimos ya se han sentado y las luces se vuelven mortecinas. La pantalla empieza a parpadear”.

En la pantalla un tren avanza a toda velocidad desde muy, muy lejos y con una imagen artificialmente envejecida se observa como otro tren a toda velocidad y en sentido contrario parece aproximarse para chocar. Puede que queden unos segundos, unos minutos, unas horas para el terrible desenlace. Puede que todo sea una mentira.

En la primera clase del tren, una especie de Orient Express del medio oeste norteamericano dos señoritas mayores comienzan su desayuno, mantequilla, mermelada y café. Junto a ellas y apenas movido por el imperceptible vaivén dulzón del vagón Pullman un señor de casaca se atusa el bigote y las saluda.

En la otra hilera del tren, la derecha en el avance del tren, una señora y un niño vestidos decentemente pero denotando una pobreza mayor a la que correspondería a esa primera clase apuran el desayuno. Probablemente el hambre es atrasada, quizás las situaciones y vicisitudes de los días anteriores no les permitieron comer, ni casi dormir, quizás una huida, puede que una búsqueda, pudiera ser una persecución.

El niño de pelo pajizo se acurruca junto a la madre y casi inmediatamente dormita moviéndose imperceptiblemente con el latido lento de la respiración de ésta y el ir y venir inútil del tren.

El tren suspira en un pitido mientras el traquetreo se hace más intenso durante un segundo, se ha cruzado con otro tren. En ese instante alguien ha saltado al techo del vagón y de manera subrepticia se arrastra hasta la puerta de atrás.

El tren se dirige hacia su destino, el otro tren, negro, reluciente, atrabiliario, vengador se encontrará con el tren que nos ocupa; quizás tras la próxima curva, una vez pasado el próximo puente, puede que cuando se atraviese aquella arboleda, o quizás nunca y solo espere que el asesino cumpla su trabajo mercenario.

El pistolero, el asesino, avanza por el techo del tren con esa ropa que no le haría desentonar en el ambiente de la primera clase. Baja con cuidado y con decisión a la plataforma final del tren y se dispone a entrar. El hombre con su bigote y su casaca mira descuidadamente la puerta donde dentro de breves instantes podría entrar su némesis.

La música que ameniza el desayuno, acordeón, banjo y guitarra musita una vieja canción de los apalaches. El tiempo se detiene sostenido en sus notas suaves y relajantes.

“Cuando Jimmy John McGregor cruzó las montañas Adirondack un rayo cruzó el aire. Una nube se llevó el polvo de su tristeza, Los ríos de Kentucky le recordaban su Escocia natal. Un rumor de nostalgia se cruzó en su frente. Su vida había cambiado tanto desde que comenzó la guerra en los highlands”...

La novelita del oeste era un entretenimiento vano pero que arrastraba desde los años del servicio militar a mediados de los setenta. Abel Cirausta, delegado de ventas en la zona, se procuraba una pequeña novelita en la que vivir y recordar aquellos tiempos quizás mejores, siempre lejanos, siempre del oeste. Con sus tiroteos y su ganado, con las enormes extensiones y las pequeñas mezquindades, alejado de su día a día, con sus mentiras y su pedidos urgentes, con las estrecheces de la vida y las mezquindades del tratar con otros.

Cirausta miraba el reloj porque no habían anunciado aún la puerta de embarque para Nueva York a pesar de estar esperando esperando más de hora y media. En su aburrimiento entretenido volvió a su novelita. Siempre empleaba un relajante muscular para viajes largos, esperaba su efecto. Volvía a oír hablar a John McGregor y la búsqueda de su mujer Sally y su hijo Ian en el corazón terrible y eterno de Norteamérica. También del terrible sortilegio que había unido a un asesino y un tren a punto de chocar.

La molesta música dulzona y pegadiza del aeropuerto se mezclaba con las últimas llamadas para tal o cual destino, o, para tal o cual personero que se retrasaba. Eran llamadas que nunca eran para él. Se quedó pensando en esa frase “llamadas que nunca eran para él”. SU vida había estado llenas de llamadas que no eran para él que tuvo que responder perdiendo las que probablemente hubieran llenado su vida pero en este pensamiento negro de tizón volvió, acostumbrado a educarse, a la novela de papel amarillento. Continúo leyendo pero al cabo de pocos minutos volvió a pensarse.

Pensaba en su tiempo, en aquellos años lejanos de novelas del oeste y guardias intempestivas de madrugada. Pensó en el hoy, perdiendo el pelo, con arrugas más que evidentes, de una cincuentena ya avanzada. Quizás sus amplias llanuras no aparecerían nunca, ni su libertad con el viento en la cara. Solo tenía calores impares, el calor de un aeropuerto, paseos falaces, camino de una estación siempre mejor, recuerdos, proviniendo de un pasado siempre menos macilento que el presente. Todo ello y a pesar del tic tac del reloj y las novelitas amarillas era una lección que le reconvenía a cada instante, siempre posponiendo lo inevitable, lo necesario, lo querido.

Dejó el “western”, descuidadamente. Se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta que tiene depositada en el asiento contiguo, y volvió con interés profesional a la sección de economía del periódico. Nuevos ding-dong en los altavoces y nuevas llamadas a los señores García Cuadrado, Lopez Beistegui, Hamilton y Poor. Terribles retradasados procrastinadores en una vida a la que todos llegaban o bien tarde o bien demasiado pronto. El no sabía donde ubicarse.

El periódico saltó, quien sabe porqué, a la sección y literatura y, también, de manera involuntaria comenzó Cirausta a leer un artículo sobre nuevos escritores, nuevas escrituras y nuevos estilos. El autor de artículo, un llamado Adinrondack, recurría a los caminos más frecuentados para hablar de Internet, la literatura y la multipolaridad del hecho creador. Todo ello aderezado con un poco de pedancia “especialista”.

Cansado de lugares comunes Cirausta posa sus ojos en otro artículo. Se queda prendado, o quizás cautivo, de la “catchy phrase” que inicia el siguiente artículo. Casi es una didascalia de la vida..

“La televisión dejó de vomitar su vociferante producto de ruido y ventas y empezó a mostrar un granulado. ¡Como si hubiera perdido la conexión!. Detrás, al estilo Murakami, la niebla electrónica comenzaba a tomar forma, a decir algo, a querer personarse.”...( en tipo menor) Continúa en página 48.

Cirausta toma el periódico y con la curiosidad que le queda tras tres hijos fracasados y dos matrimonios fallidos corre lentamente a esa página. Por desgracia el artículo prosigue en otra exposición más o menos sesuda de un especialista más o menos conocido sobre el libro. Toma nota mental del nombre del autor y del libro y pierde la bujía de ese mínimo interés en la ensalada sin sabor de lo que ocurre a su alrededor: “Murakami, After Dark”. Levanta la vista hacia su panel.

En ese momento cruza una ejecutiva rubia, joven, despampanante pero acompañada. Los sueños de Cirausta se pierden entre el andar decidido de la mujer con mando, el retraso de su avión y el aburrimiento entretenido del “living room” gigante del aeropuerto de Barcelona. Su vida es el atrezzo terrible de esa obra de teatro bufa: verdadera catársis en primera persona del mundo y sus condignos, eterno espectador de la vida de otro, protagonista perpetuo de una obra donde nunca pasa nada.

El delegado de ventas avista a lo lejos una tienda dutyfree y se dirige a ella: por dar un paseo, por sacudirse la modorra del medicamento relajante. Quizás allí encuentre el libro. Sin darse cuenta, la novelita del oeste cae de su bolsillo interior al tomar la chaqueta oscura. El tiempo pasa muy lentamente hasta que cae. El suelo la para también que un chisporroteo de altavoz esconde y opaca en leve flop del caer.

Sus pies se alejan de las penurias de lo MacGregor y desconocerán y olvidarán para siempre las peripecias de John McGregor huido de la justicia de Aberdeen y sus mujer e hijo que acudían, años después, a embarcarse de nuevo a Nueva York para volver a su bendita Escocia. Tampoco sabrán la noticia del asesinato de Coronel Hamilton ni del estrambótico suceso de las dos mujeres muertas durante el descarillamiento que evito el choque.

Cirausta pierde algo el tiempo ojeando el libro mientras la joven ejecutiva se mira las uñas, manicuradas, perfectas, y se atusa un mechón rebelde que, para cualquier otro solo sería una leve diferencia con la armonía de su universo estético. Joven, con decisión, de buena familia: rica. Su futuro gris se escribe o bien en la honorable sociedad a la que pertenece, criando a nuevos miembros de belleza patricia y dinero circulante o, también, renunciando a esa vida predestinada a cambio de su trabajo, sus convicciones, el amor. Sus treinta años todavía permiten unos años, unos meses, unos días para pensarlo. El futuro se levanta, como el primer amanecer, de un blanco y negro sorprendente para una persona de su capacidad, familia y dinero. Sin embargo no acaba de diferenciarse de la vida de Cirausta, camino cansado hacia algún lugar, libro más que mediado, coda de la primera parte del final de la segunda coda.

Leslie bonham revisa proactiva su Blackberry y contesta a un email. Se acerca, junto con su acompañante, quizás podría ser un compañero de trabajo, sin duda un subordinado, pudiera ser algo más. Sonríen y acuden a la cafetería a tomar el último café de la mañana o, quizás, el primero de la tarde.

La televisión vomita las últimas noticias, deja patente los movimientos certeros pero errabundos del zeitgeist, bombardea con muertes y horrores, con propagandas y artículos, con recuerdos del día de mañana que, probablemente, nunca serán.

Una musiquilla late en su corazón.

Su aspecto de ejecutiva reaganiana esconde ese sentir que a veces se asocia al corazón y otras a las vísceras, quizás es un sentír “colónico”, o “apendical”, duele, da problemas y poca utilidad.

El corazón, visceras, apéndice, o color de Leslie Bonham late tras su excelente traje de chaqueta de color beige cortado por un buen sastre y su ropa interior austera pero picante. La músiquilla alegre y reverberante en las amplias salas del aeropuerto le recuerda unos años atrás en la costa de Cerdeña en un verano angosto, como todos lo son, pero agradable. Quizás donde su sonrisa y su mirada estaba menos contaminada de balances, de números de egoismos, de tiempo y de prisas.

Su compañero, algo avergonzado, se disculpa para ir al aseo y ella, despreocupada y recordando aquel verano de amor e ilusiones vuelve a él. La vespa alquilada, la amiga que aprendía italiano, la costa y el calor. Las sonrisas y las esperas, los italianos y Franco. Franco con su pelo ensortijado y su nadar fluido y cercano. Franco como Ítaca calurosa, el final como un retorno al seco desierto del húmedo invierno de Nueva York.

Vuelva a sonar el zumbido molesto de los altavoces, ahora se anuncia el destino a Nueva York por la puerta H34. Otro zumbido casi al instante llama a John, Sally y Ian McGregor para que embarquen con destino a Miami. Alguien piensa y sobrevuela el aeropuerto imaginando llanuras.

La televisión, eterno pregonero de desgracias, muestra un producto. Leslie Bonham ignora cual y la música le recuerda aquel pasado, apenas hace tres años, cuando todo era mucho mejor y cuando el mundo tenía un algo de esa neblina que en el futuro y con juventud se llama ilusión.

La rubia ejecutiva se miró de nuevo la cuidada manicura y descuidadamente en el espejo involuntario de los paneles de separación entre la cafetería y el resto de aeropuerto se vió joven, deseada, deseable, perdida, sola y quieta.

La sección cultural del noticiario refleja, con unas imágenes rápidas, el estreno de la obra “Necronomía de una crisis”, voluntarioso y catártico ejercicio de teatro de vanguardia por parte de conocido dramaturgo, escritor, cantante y performer Peter Claire. Unos actores ataviados con antigüas ropas declaman y gritan consignas contra la crisis mientras una musiquilla conocida, ¿Haydn?, entona los interiores arañados por el mercado especulador.

La señorita Bonham vuelva a su pensamiento mientras, otra vez, su figura difusa se refleja muy sutilmente en el falso mármol del suelo. Toma una tableta de un pastillero que saca de su bolso, caro, pequeño, cuidado. Se la introduce en la boca y espera que su altiva desnudez de fuera desdiga su desgarro personal interno. Suena una música a lo lejos: es el blues de la rica heredera, el rasgueo ding, ling de un blues a lo Robert Johnson, el humo y el sabor salado de la depresión, la tristeza y la falta de brújula. En el aeropuerto sigue sonando la mísma música lounge de siempre: era solo la música que oía Leslie Bonham en cada instante de su atareada vida.

La televisión dispara una entrevista, pretenciosa y algo preparada, a un escritor en su casa. No se oye, no se entiende o simplemente no se conoce al escritor. Frente a una atestada biblioteca, y como si fuera un documental de naturaleza donde los animales en el fondo se pelean, aparecen, o se adivinan, los títulos de Faulkner, Borges, Houllebecq, Levi aparecen queriendo dar un poco de prestancia y proteina a las estupideces del escritor en la venta de su último tomo. Un ejercicio de humildad episódica que era irrenunciable pero, también, al que algunos se entregaban con rutilante pasión.

El escritor habla sobre la dificultad del proceso creativo, hasta cierto punto pontifica pero dejándose fuera, por prurito o por indecencia, de esa “dificultad de otros” por el escribir. Suena tan coherente en ese medio que casi parecería una pequeña poesía de la gran epopeya de la rima del anciano tomador de aviones. Cirausta, que no lo oye, y Bonham, que no lo escucha apuntaría cada frase de egoísmo, ternura, angustia y temor que se lee entre las lineas del escritor.

Dos señoras ya maduras pero, no se pregunte porque, evidentemente solteras toman un café.

Termina el reportaje con el simulacro o componenda de comienzo de escribir del escritor. El mismo escritor, dícese Jonás Cerpa Clavería, se sienta en su mesa, toma el lápiz.. Empieza a escribir con soltura y con idea, apunta alguna palabra en un borrador anexo, de color azul, y sonríe sutilmente. Su ego vuela como el genio de la lámpara y se posa en aquellas novelitas agradables y kantianas de vaqueros como mariposas de alas de plomo.

(308) El agua de Tales

bonhamled 17/09/2008 @ 20:06

Volvía a su casa, una vez desembarcado, pensando, por encima del horror de las cenizas derramadas y engullidas por el salado mar. Tenía la certeza de la pequeñez del ser humano. Zvi andaba en dirección a su casa, sus calles y a sus seres queridos, conocidos, vistos.

Recordó unas inmensas pilas de escorias que acarreaba a la voz rápida del capataz, amenaza y, a veces, castigo ejemplar. Por eso parecía poca cosa este último gesto.

Buscó un lugar en el mar, en el punto que más se pareciera más al de su izquierda, al oeste, a sotavento o a la hiperbórea; un lugar que pudiera ser cualquiera. Arrojó el contenido, que desapareció, convirtiéndose en nada, en un lugar que no era ninguno.

La desesperación en el grupo vivió un instante apneico y, como la locura en el sabio o la pesadilla en la beldad, se hundió tiñéndose de gris oscuro, burbujeando sucio, escondiéndose para siempre, desintegrándose para no ser en aquel mar de la primera mañana.

Todo lo demás quedó atrás, la muerte, la nada, el vacío, el no ser, el no estar, el desaparecer, el pequeño viaje en secreto pero no oculto, y la vuelta tranquila, diligente pero no rápida: de marinero.

Anduvo las calles y vio personas, su gente. Los marineros reparaban redes para la próxima salida o para su guarnecimiento y guarda. Recordó a los saltarines muchachos por las calles. El sol se aventura en el cosmos de su camino por el cielo mientras la gente come, rie, vive y es, como en cualquier otro día de los que vendrán, como en cualquier otro día de los múltiples pasados.

Pensó, un instante, en el vivaz movimiento de la mañana: mujeres, niños, trabajadores, enfermeras, guardias, amigos, enemigos, cercanos, lejanos. Pensó en el mundo, en la vida y siguió andando. Ese andar seguro con paso señero significó mucho más que lo que había hecho dos horas antes: enterrar en agua el espíritu perverso y enfermo del falso Ricardo Klement, la mano ejecutora y pensante del asesinato de su pueblo.

(305) El maná del cielo

bonhamled 10/09/2008 @ 15:13

El marido mira detrás a la zona de carga del avión y ve dentro de las cajas parte de su amor roto y robado.

EL estruendo mecánico del arrancar apenas tapa el ruido gozoso de su corazón batiente.

Barrería la selva, el jardín amazónico de ladrones y bandidos donde su mujer se encontraba robada y le lanzaría, como un naufrago pidiendo su vuelta.

Miles, millones de fotos de la familia, quizás así pudiera recuperarla o al menos que sus ojos se llenaran de la felicidad de verles.

Vuela Colombia para recuperar la persona.

(303) El secreto en Almadormida

bonhamled 03/09/2008 @ 07:12

-!Que bonito es el secreto!. El desconocer ese mundo oculto que como gruta de tesoro se esconde en cada uno, mantener ese ahorro de uno mismo.

En ese instante mientras el párroco, ya avezado y avisado, recorría las mentes párvulas con sus conceptos metódicos y rápidos para prosélitos cruzó Goush con sus jóvenes. Risotadas y paso ágil.

Secreto, el secreto es el pasado, claridad y luz, luz y razón, razón y tiempo.- Decía con una voz suficiente y dopplerizada como para hacer que cualquiera se le uniera.

Sin embargo ni la luz era tanta y la razón era solo un rastro de moscas que desde siempre había seguido sus ventas por Aparicio, comarca de Almadormida.

El sacerdote se quedó pensando, su fe no admitía muchos meneos pero su razón si merecía un monumento en su interior: el rubio mentía y dentro de poco todos lo conocerían.

(298) Sobremesa en Gordale´s

bonhamled 01/08/2008 @ 07:43

Gordale entró en la habitación, la trasera del restaurante, miró a derecha y a izquierda, el fulgor apagado del revolver pareció iluminar algo al fondo.

Casi oculto por unas cajas pero con el rumor del a prisa ahí estaba Colósimo, con el arma en la mano pero oculto como un tejón.

Gordale disparó antes de tener total conciencia de que allí estaba, Colósimo gimió ligeramente y, a ese signo, Johny Gordale vació su cargador.

Con tranquilidad recorrió el pasillo de vuelta, acalló con un dedo al cocinero y a la camarera que temblaba y dio suavemente con la punta de su zapato de lindo cuero rojizo a los cadáveres de sus antes amigos Bruno Comuzzo, "El tijera" y Salvatore "Bibi" Stracci.

Salió del restaurante, el calor de Nueva York a las dos de la tarde le manchaba su traje, tomó el coche que le estaba esperando y se fue a su bar. Allí esperaría las felicitaciones y recomendaciones. Era un buen soldado.

(287) El inicio de la pesadilla de Abarra

bonhamled 22/06/2008 @ 19:57

Desmond Abarra repasaba el día en su sillón mullido y confortable, muy fin del siglo XX. Tomaba notas mentales, trasladaba revisiones de informes, corregía datos y elucubraba un nuevo artículo de "psiconética aplicada en la zona XXI": "Datos y tendencias de criminalidad preventiva". Todo ello sin moverse de su sillón y escuchando silencioso y sin apremio aquella música mental "Milestones" de aquel extraño músico, Miles Davis, muerto hace más de cincuenta años.

Revisaba datos, escuchaba un rugido musical vocal o quizás un frufru de andar cercano o un bisbiseo eléctrico. Eran los ruidos en la zona siete, la zona de administradores, directores y clérigos políticos mezclados junto con el ir y venir de su hijo en su estancia de nivel III, más de 350 metros cuadrados y menos de 500 metros cuadrados, un lujo para una sociedad donde la acumulación de espacio era ya delito.

De repente un mensaje espontáneo y rápido surgió en su visor mental. Informe básico nivel III a Gedeón Abarra. Familiar nivel I. Personal responsable nivel III.

Un informe aleatorio sobre su hijo, un informe mental, un informe rutinario de redes sociales. El resultado se suponía nulo pero sin embargo surgió aquella luz amarilla que indicaba necesidad de estudio posterior.

Se levantó de un golpe y de repente vió a Gedeón visionando la televisión mental, tumbado, callado, quizás somatizando algún placer legal.

- Gedeón- ¿Has hecho algo hijo?.

Desmond Abarra descubrió su despertar de ojos vidriosos, como todos los jóvenes, y sus hablas primero inconexas, de vuelta de ese Olimpo artificial, y luego más estructurado.

"Yo, Papá, no he hecho nada, bueno... alguna vez he hablado con algún individuo tipo III y he leído algún pasquín de esos de papel, pero no más..."

Desmond Abarra descubrió como el mundo se le venía encima, repasaba, mientras andaba su memorión individual:

  1. Redes sociales incorrectas: dos puntos ley.
  2. Lectura de material prohibido: ocho puntos ley.
  3. Posesión de material biológico de papel con fines no investigadores: treinta y dos puntos ley.

Hasta ahora el duelo no era tal, todo ello era posible eludirlo desde su puesto de vicedirector del instituto de psiconética quizás algúna recomendación o algún curso suave en el verano donde pudiera hacer algo de deporte.

- Pero.. Gedeón ¿Que decía ese papel?..

- Papa, papá, ..nos engañan, todo este sistema, todo esta categorización, la lucha contra los forajidos de fuera de UN8r) es falsa. Todo ello es una pantomima.

Desmond Abarra sufríó con esas palabras un golpe físico equivalente a un atropello de vehículo de aquellos de las películas antiguas. UN instante de silencio que no avanzó porque se contuvo con Hiperión para evitar que sus niveles , ante el shock, fueran reportados a la central, como todos los funcionarios de nivel III.

- Gedeón, ese delito es de revolución contra el estado, contra el orden mundial y contra la paz acordada.

Su mente estaba protegida de escaneos mentales pero no la de Gedeón debemos dejar de hablar de esto ahora mismo.

- No te preocupes, Gedeón, que no pasa nada, pero por si acaso voy a enterarme de como están estas investigaciones rutinarias. Estate tranquilo pero no vuelvas a frecuentar a esas personas, te lo pido.

Gedeón sonrió adolescente, y volvió, con una leve punción de su soma particular, a su sueño inconsciente y juvenil.

Ya libre de escaneos Desmond Abarra comenzó a pensar, a valorar mientras un lanzallamas mental le escribía estas palabras: Delito L, Delito L.

Pasó tres días pensando en aquella preciosa silla del siglo pasado evaluando pros y contras, eludiendo revisiones rutinarias de documentación y pensamiento previendo posibles cambios, posibles caminos, auscultando algunos amigos, sirviéndose de su posición de investigador psiconético y sociopatológico.

AL cabo de tres días, tomó, más de doce mil millones de dólares Kulak, para aquellos que necesitaban sentir la moneda de plástico en la mano, y salió de casa: su función y fin: salvar a su hijo y a el mismo de una muerte cierta que no tardaría en producirse tan pronto se confirmasen los indicios.

La puerta electronia cierra con un zum poco audible pero de estruendo. Su vida había cambiado de repente.

(279) El sueño recidivante

bonhamled 03/06/2008 @ 05:59

El sueño torvo de la comarca de Almadormida atenazaba mis sueños, repetitivo y recidivante contaminaba mis sueños con aquellas historias de traición e inquina, de tiempos de guerra y de absurdos que se tornaban en catecismos abruptos y ateos. Era el tiempo de la leyenda y de las eras perdidas. La era de una comarca rica, la era de unos poderosos, la era de una sonrisa y la era de las múltiples amenazas, la de la guerra civil, la de la guerra mundial, la del hambre, la del futuro.

Este cuento iniciático y algo hermético de la comarca de Almadormida y Hería con sus pueblos,: Aparicio, Metrestás, Hería, sus bosques de pino y madera, sus campos de cereal verde y sus gentes antes amantes del futuro, hurañas, taimadas o confiadas me llevaban a un sueño de una era desaparecida, tan del siglo XX que parecían que eran hijas del uno de enero de 1900.

Las leyendas que me contaron las del retrueco, las de aciago pelirrojo, la de las innumerables tertulias en casas o en bodegas, la de los gritos, la de los enterradores, la de un vivir acompasado y a veces premioso, la de la muerte como parte de la vida, la de la vida como trasunto de la muerte. Todos ellos llegaron a mi mucho tiempo después, muchísimo, con los pueblos casi abandonados y pútridos de hierba rastrojera. Con los sonidos casi apagados, con las canciones y las fes casi perdidas, con el tiempo dando vueltas de loco por las plazas y recovecos como demonio.

Hoy, al conocer de esta comarca, de esta comarca que pasó a los libros como una región unida pero maldita, mi mente se llena del viático de aquellos vinos y efluvios de tiempo pasado, de temores atávicos y ancilares a una vida que parece que solo porta luz. Ahí se inicia la historia y el problema: apariencia y falsedumbre.

Mi paseo por lo que queda de Almadormida, que en tiempos llegó a tener sus buenos ochocientos vecinos, deambula por sus calles y de pueblo perdido casi abandonado a la urbanización agresiva y donde su oremos se perdió entre la batuta de las copas insignes de los abedules, los pinos, los álamos, los cipreses y otros muchos árboles como robles, olivos, los menos, y haduras. Los árboles chamánicos de la región, mitad leyenda, mitad maldición.

Mis pasos llegaron a Almadormida como consecuencia de mi trabajo de ingeniero topógrafo. Aquella olvidada tierra necesitaba, por mor de un futuro que les trajo todo lo peor del mundo, nuevas carreteras, nuevas infraestructuras, gentes peinadas y relamidas que acarrearan al pesar de esa Castilla olvidada todo lo bueno del progreso. Como si el progreso, el avance, el adelantarse, la mejora fuera algo mejor que su vida tranquila, pobre pero de sueño grueso y bonancible como sus mantas de invierno.

Mis teodolitos marcaron lugares, tomaron cotas y elevaciones y generaron un mapa virtual de una tierra que conocía tanto de la realidad como para estar hecho trozo a trozo y hierro a hierro de ella misma: La canastilla temporal, intemporal y atemporal de los fines de siglo, siempre frontera, siempre puntos y seguidos, siempre víspera.

El anciano Alcalde de Aparicio, todavía orgulloso de un pasado del que mejor no hablar, el último hijo de leñero de Hería, con su silbante miedo en forma de viento Rido. El sacerdote, heredero de un enigma que fue crimen, y todos los ancianos a los que vi no me dieron mucha señal, miedosos, supersticiosos y plenos de gestos y signos conjuradores tras cada palabra, cada mención, cada danza, desconfiados en aquel invierno que pasé midiendo y dibujando.

Ojalá no hubiera ido a Almadormida, su tenebroso sueño mancha mis noches. Ojalá hubiera ido antes… un trozo de verdad se me dio en aquel pueblo perdido de Castilla.

(271) Ciudad Haar

bonhamled 17/05/2008 @ 05:11

La policía acordonaba el ascensor y las entradas del edificio Malxo. Los otros ascensores no dieron abasto los tres días posteriores. Nueve metros cuadrados y veintidós plantas, cuarenta segundos de viaje, dieron lugar a muchas especulaciones y misterios.

Al abrirse la puerta, siempre al final se abre una puerta aunque no siempre las de los cuartos pequeños, dos muertos, perfectos de terno de temporada pero destocados de elegancia patricia, muertos por un disparo de bala cada uno, la pistola limpia de marcas aparecía entre ambos cuerpos, y un aparente total desconocimiento entre ambos occisos tornasolados de muerte.

La policía no creía en los misterios y menos de Rouletabilles reporteros que buscaban el misterio.

La empresa, gigante de construcción, ambos muertos, Harald Haar, danés y Juan Luis Ciudad, español, desconocidos entre si, de nuevo en apariencia.

Los cuarenta segundos albergaban en su interior diferentes interpretaciones de corrillo: una leve discusión, una muerte de encargo o una resistencia feroz. Es difícil pensar lo que pudo ocurrir en esos cuarenta segundos:

Están a apunto de cerrarse las puertas con el pequeño y delgado rubio. El moreno de traje azul entra a la carrera

- Perdón, dice entre suspiros,

- Buenos días

- Good Morning.

- Perdón, creo que vamos a la misma reunión es ud Mr Jensen, de Irco and Co.

- No, creo que se equivoca.

- Lo lamento.

El feroz Juan Luis mira para otro lado y recuerda la foto que tenía en la mente, parece coincidir. Saca la pistola y cuando va a emplearla el pequeño danés se revuelve, en la lucha se dispara y acierta de muerte al más grande. El danés retrocede asustado, en ese momento el moribundo vuelve a percutir la pistola, casi sin fuerza. Mueren ambos

Sin embargo las grabaciones de vídeo parecen dar, al menos otra versión:

Entra el Señor Ciudad y en el piso tres entra el señor Haar. Es un bullicioso entrar y salir hasta el piso veinte, donde empiezan las plantas nobles, desaparece el resto y quedan ambos. Haar saca la pistola que lleva consigo (proviene de Beirut y tiene licencia de armas por su trabajo de asesor), se le dispara y le hiere. Preso de dolor se revuelve el señor ciudad intenta ayudarle, pero un espasmo inoportuno dispara de nuevo el arma muriendo ambos.

Los interrogatorios de los entrantes y salientes al ascensor: la señorita Oliva, el encargado internacional Holnicki, etc parecen dar lugar al menos a otra interpretación de los hechos.

El señor Haar y el Señor ciudad coinciden en al aparcamiento y suben juntos hasta la recepción donde primero se acredita el señor Haar, al que vienen a recoger. El señor Ciudad espera paciente su turno. Cuando llega al ascensor el señor Haar ya ha marchado. Cuando sube Ciudad, solo, en la planta trece ve que entra, equivocado de planta, Haar. Algunos ascensores solo llegan hasta la planta trece. Suben juntos, pero en la planta 20, antes de la zona noble una tercera persona entra en el ascensor, dispara contra ambos y antes de que se cierren las puertas, apenas ocho segundos, deja la pistola, pulsa la planta baja y espera paciente el ascensor.

La policía maneja otra forma de interpretar el crimen en el ascensor transparente:

El ascensor aparece en la primera planta, en esa planta se incorpora el señor Ciudad, destino a la planta 22, en ella ascienden cuatro personas entre ellas el Señor Haar, al llegar al a planta quince solo quedan tres personas. De manera discreta el tercer hombre pulsa el botón de la siguiente planta, con leve sorpresa del danés. La memoria del ascensor seguirá el orden de introducción de datos bajando, posteriormente a la planta entrada. Al despedirse el tercer hombre pulsa un dispositivo, en ese momento una bomba de gas inunda el estrecho receptáculo, mueren. El tercer hombre sube a la planta 22, dispara sobre ambos y deja caer una pistola.

Haar aparentemente podría haber tenido algunos motivos para asesinar:

Haar reconoce por fin a su burlador, el grande, y espera la forma para asesinarle, logra entrar, disfrazado, en el edificio de oficinas y sube en el ascensor sube con la esperanza de verle. En la planta cuatro coinciden durante un instante en el ascensor, Haar le dispara y acto seguido se dispara en el corazón, la pistola muerta cae entre ambos.

Algunos de los empleados manejan una versión hecha de recortes afilados aquí y allá, no es muy creíble pero tampoco imposible:

Es difícil un crimen de ese tipo pero un tercer hombre, se descuelga las 22 plantas desde el casetón de la cubierta del edificio, se posa, de manera sorda sobre la superficie del ascensor, espera una señal para su acción directa. Por la puerta aparecen Haar y Ciudad junto con un anfitrión que queda gestionando los pases de entrada a la zona noble. Suben en el ascensor, cuando llegan a la planta trece, la del cambio de ascensor, el anfitrión se queda, toma un teléfono móvil y pulsa un número memorizado, Suena, leve, encima del ascensor. Es la señal: El asesino se deshace de la portezuela posterior, dispara con la pistola cuando se cierran las puertas y deja caer la pistola, coloca el techo y repta hacia su salida en el tejado.

Todas estas teorías eran manejadas con mayor o menor entusiasmo por la policía. La locura nace de la aparente incongruencia entre las cámaras de vídeo: una por planta, otra en el aparcamiento más las del perímetro del edificio, también por la diferente declaración de personas que vieron entrar, salir, cambiar de planta, reunirse, no conocerse, abundar o separarse.

Incluso se exploró los caminos del hampa para ver si alguna otra teoría de asesinato por encargo era posible:

En la planta 22, la última, un director espera y ultima los detalles cuando la policía se hubo marchado, tras haber escapado de un atentado terrible, los dos asesinos, Haar y Ciudad le esperaron a la salida de la planta trece, la del cambio pero antes de que pudieran actuar fueron alcanzados por uno de sus guardaespaldas. El contratar actores, entrar y salir y buscar la confusión intenta esconder ese asesinato que a su vez esconde una lucha abierta y, desde ese momento, sucia en la compañía Malxo.

El asunto del espionaje industrial tampoco fue desdeñado por la policía a tenor del reciente contrato de adquisición de tecnología espacial entre el gobierno y Malxo.

Los espías Haar y Ciudad fueron llevados de manera subrepticia al edificio MALXO, descargados en el ascensor más alejado, una vez en el edificio central identificados a punta de pistola, en el ascensor, una vez cambiados de ascensor fueron ajusticiados y abandonados. La competencia da un mensaje claro y en la propia casa del ofensor.

La policía, al final, ha de quedarse con la versión del tiroteo injustificado entre los dos desconocidos. Es lo que tranquiliza más a todos y pone menos pimienta sobre lugares donde, sin duda, provocarían estornudo.

La verdad es, a veces, algo mucho más complicado de explicar, pero tambíen, más sencillo de entender: Dos amantes despechados buscan en inteligencia y conocimiento a su amador infiel y, al final, deciden suicidarse en el ascensor del edificio. La policía se marcha tras las iniciales pesquisas y el presidente en la soledad solemne de su despacho llora amargo la venganza de aquellos a los que amó menos de los que ellos le amaban.