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Categoría: Cuento

(331) Pelea en la gallera

bonhamled 06/01/2009 @ 15:27

Se cruzan las últimas, penúltimas, apuestas, las últimas miradas al ojo del gallo, al espolón herrumbroso aguardando la pata con el amarillo del palenque como fondo. En la gris arena el rojo de la sangre pasada de otros gallos, poca, valiosísima, no muy lejos algunos gallos muertos, algunos hombres a punto de morir, otros gallos y hombres destinados a la muerte. Telas, vendas y alcoholes en un armarito junto a la plaza de gallos.

El gallo rojo nervioso de pastilla se mueve y amenaza con salir volando, el gallo negro tranquilo se sabe destinado como un Espartaco. La arena está manchada de tiempos, agujeros de pelea, algún trozo macabro: parece que allí hay un ojo. Fuera de ese círculo trascendente aparece el ruido, la tela de gallinero, los saltos, los bancos de madera, la premura de la redada,. Los hombres, las mujeres, las bestias y los gallos se revuelven  y parecen danzar al son de las apuestas dinero en mano, los alborozos asesinos, los niños que corren y buscan, las entradas y salidas, el olor de hombre y mujer.

El humo de tabaco amenaza la tenue bombilla que da luz a ese chamizo con tejado de calamina, abierto a ambos lados como si fuera porquera reconstituida o, quizás, para dar idea de huida fácil e interinidad clandestina de la gallera.

Pedro “el ojos”, el mulato, Maravedís “El hijo”, La cotorra, Juan muchacho, "Llegón" y otros muchos galleros se juegan el oro perdiendo hacienda, ganando cielos en la muerte de los animales, en el rubio brillo de un espolón, en la acaecedora sensación de victoria en un gesto,. Las músicas suenan en el arrebatar de trompetas y de clarines de torería de un gallo caribeño o montuno. Todos ellos, gallos, putas y galleros, conjuraban su mala suerte de lunes a sábado con estas peleas de gallo, de ron, muerte y vida. De tiempo, ron y muerte. De muerte, vida y desesperación.

El sudor cae, y los billetes se mueven, algunos entran y otros salen, algunos señoritos pierden capitales mientras mercachifles y engañadores “aconsejan” a algunos de ellos. "Ahora perderán más de mil", "luego perderán más de cuatrocientos". La ultima apuesta intenta agarrar la suerte como a cola de una cometa al vuelo, imposible, inasible, inaccesible, inmarcesible. Todo ello en el lugar gallinero de ilusiones negras y dineros perdidos bajo una bombilla de escasa potencia y el atardecer pintando rojos boteros.

Las mujeres, alquiladas, y parte de la gallera esperan la conclusión para desplumar alegres, para llenar los vasos con ron de calidad decreciente en la noche, con sueños de riqueza, prosperidad y deseo que no dejan de estar construidos de calamina y camino lleno de barro. La músicas suenan sin parar, el merengue, la salsa, la cumbia valsera ,que alegran y entristecen, llenando de melancolía tibia como la noche.el escaso tapiz luminoso que se escapa de la calamina En el fondo un rumiar "jingo" enlentece la sensación de sentencia cumplida con un demonio, por encima del verde, más allá del camino. Esta otra música solo se escucha callando mucho y en el fondo de las cabezas.

La pelea está a punto de principiar, si canta el gallo rojo, otro gallo cantará, si canta el gallo negro nada bueno se avecina. Ambos gallos gallan, ambos gallos gallean, ambos gallos se miran a los ojos, indecisos, determinados, ignorantes de la muerte atada en forma de cuchilla a sus espolones. Los espolones oxidados y  mil veces afilados con ternura asesina, reflejan un mundo abovedado, y de ojo de pez, de lo que le rodea, ánimos etílicos, ojos februlentos de avaricia, desesperaciones revolver en cinto, un mar de demonio verde apenas a unos metros de la gallera clandestina.

En el fondo, a lo lejos, casi fuera del tejado que todo lo cubre, se encuentra Ramón Monduela “El asturiano”, nacido aquí pero asturiano, con el habla destinosa, escarpada y arriesgada de la montaña, con el ánimo y el temple sin miedo, con más baleos y cuchilladas que res en fiesta. “

El asturiano” vigila con su único ojo, quizás el otro acabó también en la arena sucia de la gallera, el sutil arpegio de las voces antes de la pelea, las risotadas, los gritos, los tintineos de campanilla de los vasos, las inteligencias entre pícaros, la desesperación de pobres hombres o de ricos sin cabeza ante el dinero marchante. Mira y observa, una mano a la espalda, quizás guarda un cuchillo, otra escondida tras su camisa abierta que deja ver un tatuaje enorme en el pecho, el Santo Cristo de la montaña. Tras la camisa, y encima del Salvador , y escondida, una pistola negra, como la noche que se aviene amiga, para evitar otros males, probablemente tan escritos como el fin de la pelea gallera.

Junto al asturiano dos o tres cochinos de muladas esperando la orden del amo y, más allá, arribadas sin ancla en meses, el resto de las mujeres de la gallera acodadas en la triste barra de bar, otras en mesas conversando con suertones o cenizos, más allá aún unos cuartos tapados con cortinas sucias. Galleras y gallerías, lugares de ron, mujeres y suerte. Suerte, ron y mujeres, Mujeres, muerte y amor.

Los ayudantes, científicos y pulcros, sacan a los gallos de las jaulas de madera: aturdidos, encendidos. Se les enfrenta: se miran con irracionalidad de gallo y, mientras, se les atan los arcos de acero a sus espolones. El palenque silencioso por un instante cruza, casi en inteligencias, las últimas apuestas, promesas de riqueza, roturas de hogares, cruce de destinos, consabidas traiciones y conocidas alianzas de piel turbia y blanco de los ojos en el gris manchado de rojo del ron en la arena del combate. El juego de muerte y juego comienza.

Son los gallos, el gallo rojo y el gallo negro, en la arena. Un manantial de danzas y de cacareo tenue, de aspaviento de pavoneo y de amenaza sin fin se divisa. De repente, se encrespa jingo, el salto y el movimiento, la herida y el revolverse, el gallo que grita y el que canta, las plumas rojas y  negras flotando hasta el suelo, la gota de sangre que salta hasta un espectador avisado, un poco más de baile y el caerse uno de ellos, herido, el rojo o el negro.

El cacareo y la tranquilidad, las lesiones, las muertes, el gallo derrotado que muere con el pescuezo retorcido, suprema misericordia amarga, el vencedor casi indemne. El dinero que cambia de manos, los "ays" sufridos y suspirados y las sonrisas terceras.

Un mundo en la gallera. De repente el paroxismo de  jingo desaparece, solo sonaba en las cabezas, y sigue el dulzón valseo de los pasillos  del altoparlante ahora atemperado con otra armonia que comienza, también en la cabeza general de los que allí estan: el Danubio azul. Una música de entretiempos como de caja de música.

En diez minutos otra pelea, otro teatro, otra muerte en el escenario, otras gotas de sangre y otro pico, otra cresta y otra arrogancia gallera. Otros minutos que se roba a la policía, ya se le pagó, o a la vida y al tiempo., otro brillo que se le extrae al cuchillo oculto y preparado. Otros galleros que llegan, otros que se marchan. El fraseo del vals de Strauss que se mezcla con algunos rugidos de pelea, de desesperación, de nueva apuesta, tranquilidad tensa, de mujeres que vienen y van. De nuevo se enciende la mecha de la gallera, se calla Strauss, y vuelve el golpeo de tambor de jingo.

El asturiano toma un traguito corto de ron y fuma de su cigarro, rápido sus manos vuelven a su sitio: la pistola y el cuchillo. El humo se pierde hacia la selva.

(329) Crimen en Malpaís de Almadormida

bonhamled 01/01/2009 @ 15:16

Los periódicos llenaron columnas y referentes sobre el crimen de Aparicio, en la comarca castellana de Almadormida.

Aquellos jóvenes muertos, aquellos tufos insufribles y el olor a polilla quemada dieron que pensar a muchos en los comienzos de aquella dictadura, que no fue sino el preludio de otra que llegaría no mucho tiempo después.

Aún así y a pesar de lo escrito daba miedo hablar y nunca se dijo del veneno, del sueño del tren o de la visceralidad puesta a la luz de la cuchillada. Las hemerotecas así lo ocultan. Los muertos, jóvenes, bellos amantes del tiempo futuro se quedaron varados sonrientes de calavera y sorprendidos de vidrio en los ojos en aquel pasado. El abyecto Goush, aquel que llevó algún que otro descubrimiento y mucho dolor a la tierra de Aparicio, rebautizada como Malpaís de Almadormida, se quedó también allí, al menos hasta que muchos años después alguien rebuscaría en las tumbas sus polvos más miserables.

Los guardias de asalto se llevaron los cobardes cadáveres, las familias huyeron del pueblo ante el primer ímprobo suspiro del viento Rido. Las lágrimas quedaron; dejaron laguitos secos en las esquinas no barridas, en los recoletos lugares, donde las cruces desbarataban torbellinos simiescos y diabólicos, en las montoneras caballonas donde después el olvido y el tiempo, ambos voluntariosos, habrían de hacer crecer la mala hierba para aviso de transeúntes y consejos para todos . Era el intento de un verde borrón en el palimpsesto ya borrado de la historia.

El resto, nadie puede decir que lo vio, nadie que viva ahora,  quedó en noticia terrible de periódicos que hablaban de Aparicio como del África o de una parada remota del tren Transiberiano. Luego de los años aparecerían simuladores terribles, ladrones de huesos, y algún loco sin más apellidos . Casi todos ellos serían huéspedes del verdugo del garrote. Ya recientemente otros investigadores, como yo mismos, fueron expulsados  por los gritos importunadores, rotundos estentóreos del frío y de la soledad más que por las gentes, de las que ya no había.

Las sombras, los ruidos, los olores, el calor del fósforo, las moscas veraniegas, la sensación intuitiva e instintiva de lo que se cierne atrajeron a pocos y echaron a los que quedaban. Hoy es tierra yerma, yerta de calcáreas castellanas, llena de mareas del tiempo y embrutecedora hasta el adormecimiento. Quizás sea el legado de Goush, quizás sea el vértigo y el mareo terrible de la llanura de Castilla, quizás solo sea una sensación de escalofrío en la estepa fría de este invierno.

(326) La hora tatuada

bonhamled 21/12/2008 @ 19:35

Toma notas en la reunión.

Los alemanes indican su punto de vista, los milaneses, por italianos indican otros puntos de vista. Projectos, inversiones, soluciones técnicas, tecnológicas y científicas.

El joven director técnico toma notas.

El avión de vuelta a Milán sale pronto. Primo se remanga rápido la manga para ver su reloj. En ese gesto los reunidos observan los números tatuados:174517.

La reunión es otra.

(325) Aviónica

bonhamled 19/12/2008 @ 05:23

Lanzando un cuaderno de ejercicios infantiles por un enfado. La ventana observa como la calle se mancha con la poca habilidad aeronáutica del infante.

Un momento después quizás llevado por un Peter Pan invisible o por una ilusión el cielo del primer verano, al atardecer, remonta y vuela y vuela, y recorre la calle, y sube por encima de los edificios y caracolea como voluta de humo, o mejor, como hoja de acanto con destino predecible, el suelo pero con sueño consistente de etéreo.

Vuela y vuela y caracolea y esquiva arrecifes de terraza, y carteles luminosos altos, de zapatería en amarillo y sobre vuela un trocito de la ciudad, la que se ve por el cinemascope de la ventana. El enfado sublima, el verano se tiende, la noche cálida aparece y saliendo y entrando de escena, como un bufón, el avioncito acaba por caer. Con un algo de la ilusión, un poco de la vida y casi toda la infancia.

(324) Cuenta doña Credencia

bonhamled 16/12/2008 @ 18:24

Habla con ganas de callarse Doña Credencia...escucho sus palabras e imagino aquellos momentos de luces sobresaturadas, calor y moscas:

"Recorre las calles de Almadormida el vendedor Goush.

Vende productos traídos de más allá de las fronteras, de las tierras hiperbóreas de Noruega y del corazón caliente de la Casiopea macedonia.

Arrebata a chiquillos con sus dulces de desconocido sabor y a mujeres con su sonrisa aria y arisca. Viene de más allá de Aparicio y ha mercado de largo, al menos tres o cuatro años, en Hería sin entrar en la comarca rica y principal. Viene alzado en coturnos insoportables que le levantan y le hacen visible. Viene siempre buscando rincones para aposentarse, parar el sol y hacer su habla lenta. Los cotes del monte bien le conocen, sabe oir al viento y recoger su enseñanza, sabe vislumbrar en oscuro, conoce los congostos caminos y sus polvaredas comentadoras de arriero aburrido.

Vende también en su camioncito venido a menos libros de interés que congregan atención en el siempre ilustrado pueblo de Almadormida. Incluso el alcalde baja a la calle para ver el revuelo del extranjero pelirrojo.

Luego, y después, sería común ver al pelirrojo de mala estampa por las calles, hasta aposentarse, junto con sus productos, cenefas, libros y parlas en una de las callejas del pueblo. Nunca se arrepintieron lo suficiente.

Libros como aquel de Stondheim sobre el veneno de los árboles, la literatura falsamente hasídica de un llamado Mathias Lubermuller y la Biblia apócrifa y protestante de un francés, Menard, que traía mas texto y menos explicación que la que portaba como devocionario Don Senén ,el pater algo descreído y muy mudo de la iglesia mayor de Almadormida.

En el sagrario de la iglesia junto con el cuerpo de cristo de cereal del que rodeaba Almadormida se encontraba una duda blanda, blanca, pertinaz en el corazón del páter Don Senén, como parte de su atalaje talar  Quizás de esa impiedad del pastor nació la duda que alimentó al pelirrojo vendedor, quizás todo fue pura casualidad de llanura, quizás solo el viento y el tiempo.

Goush era un "Snopes" de bajos instintos, revelador de una verdad ignara, atractor de moscas, mozuelas y mozos vírgenes, soliviantador de ánimos y congratulador de poderosos, el aciago Goush entró en Almadormida el mismo día en el que salieron los pocos ángeles y potencias existentes.

El llanto antes era salado y amargo a partir de ese momento fue ácido y seco...."

Despierto con el callado de Doña Credencia, tras el instante brocal de silencio sentencia: "No quisiera tener que contar más. NO quiero hablar más."

Se va Doña Credencia, hacia la iglesia como buscando santuario. Se va la anciana con la sensación de haber hablado de más.. de mucho más.

(323) Geografías de Aparicio

bonhamled 11/12/2008 @ 06:15
Es la tierra de almadormida y en uno de sus pueblos, Aparicio, donde el alcalde con su afán enciclopedista tiene una tarea épica en apartar la niebla y la oscuridad, parécese a si mismo noble masón cuando solo es tibio iluminado. En Aparicio donde se encuentran familias principales, y algunas no tanto jugando día si y día no, al juego del Taf. Allí viven las familias de Don Calongero, Don Pipino y Abdul. Allí vive "Recuerdos del día de mañana" que deambula por las calles como si fuera Jesus Freak o un fementido castigado por Dios y los hombres, andurreando los montes y sus pinos y las vaquerías.
Del deambular de "Recuerdos del día de mañana" se extraen unos pensamientos abtrusos y laterales que intenta compartir. No siempre es facil: primero construir con sus manos hoscas un pensamiento y , despues, convertirlo en palabras entendibles para el ajetreado pueblo.
El lema de Aparicio "Non Prevalebunt..." implica una dedicación casi castrense y filosófica del pueblo. Pueblo encallado en el tiempo, pero en el tiempo del mañana, con sus sombras y sus falsos porteadores de los siempres del fuego prometeico. Sin embargo es tal el amor consuetudinario y cotidiano de los pobladores de la región por el conocimiento, primero, por la filosofía y matemática. Después, y como si fuera un sandwitch donde las dos capas de pan ya se han colocado, el interior se rellena con la pintura, escultura, literatura, poesía y lo que se dio en llamar nuevo arte que, todo junto, argamasado con el mortero portland de la añosidad del mirar al horizonte con experiencia y esperanza.
En esta tierra se vive y se comen verduras y frutas, los más pudientes pollos y capones e incluso algún que otro terrateniente ilustrado caza. A los que le sobra reparten pulardas y pichones por doquier, es famosa la sindéresis que los apariceños se comparten casi en cada gesto.
El final de aquel verano de caliginosa flama y moscas fue tan sorprendente para todos, incluso para el intermitente fementido o para el, viajante eterno, Trisque Palmo que todavía hoy nos lo preguntamos.  Y nos lo preguntamos porque el sopor del tiempo pasado herrumbroso y pulverulento pudo detenerse gracias a los cómplices o delatores, otros dirían cronistas, del acontecer último de Aparicio.
Nadie en su juicio hubiera dicho que ocurriría lo que ocurrió considerando los antecedentes del pueblo y de la gente que allí vivía. Sin embargo pasó, y por desgracia y por dolor todavía muy abierto no puedo seguir contanto, quizás otro día conmás sol y con menos gritos callados pueda hacerlo.

(318) Un cuento austeriano

bonhamled 09/11/2008 @ 10:14

El escritor se sienta en su mesa, toma el lápiz, eterna daga, y un papel de una pila cercana. Puede que en realidad tome una pluma y un moleskine de notas o, a lo último, un ordenador de infinitos bytes.

Empieza a pensar, a fumar, a desesperarse ante el horror vacui del precipicio del papel blando y blanco. Comienza a pergeñar, a perpetrar un relato, un texto, una idea, una flecha.

“Se sentó en su butaca y esperó al comienzo de la función, Claire le miraba y él, algo ufano se maravillaba de ese lujo europeo del teatro.

La sensación de lo vivo que tiene el teatro llena su mente de limpia catarsis por un tiempo. Para huir de la limpia suciedad gris de lo cotidiano que se aja poco a poco de puro viejo.

De repente estruendo y ruido, golpes y carreras ¿Es la obra ya?. El teatro es tal fuente de sorpresas que no lo sabría. ¿Era un alboroto en el público por unas butacas o por un empujón? Su pensamientos volaban hacia su día a día aburridísimo y contrastante en ese lugar de ilusión

Peter mira a Claire y ambos miran delante y detrás con algo de asombro por el ruido el movimiento. Se reconocen un bastante de incomodidad. De repente el misterio se abre: ¡Es parte del show!. Dos bailarines actores caen del techo abovedado y repleto de frescos. Se posan en la platea, como mariposas pesadas y peludas y con saltos gráciles, trampantojos que muestran los recios arneses, llegan al escenario que, en ese momento, se ha abierto y mostrado una pantalla de cine

Los actores ataviados como si fueran moscas peroran lentos e impostando la voz, dicen y cuentan como en cuentos de rollo las maravillas que van a ver, la moral que aprenderán y el como y el cuando de la verdad cuando aflora. Recordando esos cuentos de ciego, esas viejas historias que, sin duda, en fondo o forma se proponen traicionar. O quizás no, ahí el arte, el pensamiento y el misterio.

Se va el ruido, los últimos ya se han sentado y las luces se vuelven mortecinas. La pantalla empieza a parpadear”.

En la pantalla un tren avanza a toda velocidad desde muy, muy lejos y con una imagen artificialmente envejecida se observa como otro tren a toda velocidad y en sentido contrario parece aproximarse para chocar. Puede que queden unos segundos, unos minutos, unas horas para el terrible desenlace. Puede que todo sea una mentira.

En la primera clase del tren, una especie de Orient Express del medio oeste norteamericano dos señoritas mayores comienzan su desayuno, mantequilla, mermelada y café. Junto a ellas y apenas movido por el imperceptible vaivén dulzón del vagón Pullman un señor de casaca se atusa el bigote y las saluda.

En la otra hilera del tren, la derecha en el avance del tren, una señora y un niño vestidos decentemente pero denotando una pobreza mayor a la que correspondería a esa primera clase apuran el desayuno. Probablemente el hambre es atrasada, quizás las situaciones y vicisitudes de los días anteriores no les permitieron comer, ni casi dormir, quizás una huida, puede que una búsqueda, pudiera ser una persecución.

El niño de pelo pajizo se acurruca junto a la madre y casi inmediatamente dormita moviéndose imperceptiblemente con el latido lento de la respiración de ésta y el ir y venir inútil del tren.

El tren suspira en un pitido mientras el traquetreo se hace más intenso durante un segundo, se ha cruzado con otro tren. En ese instante alguien ha saltado al techo del vagón y de manera subrepticia se arrastra hasta la puerta de atrás.

El tren se dirige hacia su destino, el otro tren, negro, reluciente, atrabiliario, vengador se encontrará con el tren que nos ocupa; quizás tras la próxima curva, una vez pasado el próximo puente, puede que cuando se atraviese aquella arboleda, o quizás nunca y solo espere que el asesino cumpla su trabajo mercenario.

El pistolero, el asesino, avanza por el techo del tren con esa ropa que no le haría desentonar en el ambiente de la primera clase. Baja con cuidado y con decisión a la plataforma final del tren y se dispone a entrar. El hombre con su bigote y su casaca mira descuidadamente la puerta donde dentro de breves instantes podría entrar su némesis.

La música que ameniza el desayuno, acordeón, banjo y guitarra musita una vieja canción de los apalaches. El tiempo se detiene sostenido en sus notas suaves y relajantes.

“Cuando Jimmy John McGregor cruzó las montañas Adirondack un rayo cruzó el aire. Una nube se llevó el polvo de su tristeza, Los ríos de Kentucky le recordaban su Escocia natal. Un rumor de nostalgia se cruzó en su frente. Su vida había cambiado tanto desde que comenzó la guerra en los highlands”...

La novelita del oeste era un entretenimiento vano pero que arrastraba desde los años del servicio militar a mediados de los setenta. Abel Cirausta, delegado de ventas en la zona, se procuraba una pequeña novelita en la que vivir y recordar aquellos tiempos quizás mejores, siempre lejanos, siempre del oeste. Con sus tiroteos y su ganado, con las enormes extensiones y las pequeñas mezquindades, alejado de su día a día, con sus mentiras y su pedidos urgentes, con las estrecheces de la vida y las mezquindades del tratar con otros.

Cirausta miraba el reloj porque no habían anunciado aún la puerta de embarque para Nueva York a pesar de estar esperando esperando más de hora y media. En su aburrimiento entretenido volvió a su novelita. Siempre empleaba un relajante muscular para viajes largos, esperaba su efecto. Volvía a oír hablar a John McGregor y la búsqueda de su mujer Sally y su hijo Ian en el corazón terrible y eterno de Norteamérica. También del terrible sortilegio que había unido a un asesino y un tren a punto de chocar.

La molesta música dulzona y pegadiza del aeropuerto se mezclaba con las últimas llamadas para tal o cual destino, o, para tal o cual personero que se retrasaba. Eran llamadas que nunca eran para él. Se quedó pensando en esa frase “llamadas que nunca eran para él”. SU vida había estado llenas de llamadas que no eran para él que tuvo que responder perdiendo las que probablemente hubieran llenado su vida pero en este pensamiento negro de tizón volvió, acostumbrado a educarse, a la novela de papel amarillento. Continúo leyendo pero al cabo de pocos minutos volvió a pensarse.

Pensaba en su tiempo, en aquellos años lejanos de novelas del oeste y guardias intempestivas de madrugada. Pensó en el hoy, perdiendo el pelo, con arrugas más que evidentes, de una cincuentena ya avanzada. Quizás sus amplias llanuras no aparecerían nunca, ni su libertad con el viento en la cara. Solo tenía calores impares, el calor de un aeropuerto, paseos falaces, camino de una estación siempre mejor, recuerdos, proviniendo de un pasado siempre menos macilento que el presente. Todo ello y a pesar del tic tac del reloj y las novelitas amarillas era una lección que le reconvenía a cada instante, siempre posponiendo lo inevitable, lo necesario, lo querido.

Dejó el “western”, descuidadamente. Se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta que tiene depositada en el asiento contiguo, y volvió con interés profesional a la sección de economía del periódico. Nuevos ding-dong en los altavoces y nuevas llamadas a los señores García Cuadrado, Lopez Beistegui, Hamilton y Poor. Terribles retradasados procrastinadores en una vida a la que todos llegaban o bien tarde o bien demasiado pronto. El no sabía donde ubicarse.

El periódico saltó, quien sabe porqué, a la sección y literatura y, también, de manera involuntaria comenzó Cirausta a leer un artículo sobre nuevos escritores, nuevas escrituras y nuevos estilos. El autor de artículo, un llamado Adinrondack, recurría a los caminos más frecuentados para hablar de Internet, la literatura y la multipolaridad del hecho creador. Todo ello aderezado con un poco de pedancia “especialista”.

Cansado de lugares comunes Cirausta posa sus ojos en otro artículo. Se queda prendado, o quizás cautivo, de la “catchy phrase” que inicia el siguiente artículo. Casi es una didascalia de la vida..

“La televisión dejó de vomitar su vociferante producto de ruido y ventas y empezó a mostrar un granulado. ¡Como si hubiera perdido la conexión!. Detrás, al estilo Murakami, la niebla electrónica comenzaba a tomar forma, a decir algo, a querer personarse.”...( en tipo menor) Continúa en página 48.

Cirausta toma el periódico y con la curiosidad que le queda tras tres hijos fracasados y dos matrimonios fallidos corre lentamente a esa página. Por desgracia el artículo prosigue en otra exposición más o menos sesuda de un especialista más o menos conocido sobre el libro. Toma nota mental del nombre del autor y del libro y pierde la bujía de ese mínimo interés en la ensalada sin sabor de lo que ocurre a su alrededor: “Murakami, After Dark”. Levanta la vista hacia su panel.

En ese momento cruza una ejecutiva rubia, joven, despampanante pero acompañada. Los sueños de Cirausta se pierden entre el andar decidido de la mujer con mando, el retraso de su avión y el aburrimiento entretenido del “living room” gigante del aeropuerto de Barcelona. Su vida es el atrezzo terrible de esa obra de teatro bufa: verdadera catársis en primera persona del mundo y sus condignos, eterno espectador de la vida de otro, protagonista perpetuo de una obra donde nunca pasa nada.

El delegado de ventas avista a lo lejos una tienda dutyfree y se dirige a ella: por dar un paseo, por sacudirse la modorra del medicamento relajante. Quizás allí encuentre el libro. Sin darse cuenta, la novelita del oeste cae de su bolsillo interior al tomar la chaqueta oscura. El tiempo pasa muy lentamente hasta que cae. El suelo la para también que un chisporroteo de altavoz esconde y opaca en leve flop del caer.

Sus pies se alejan de las penurias de lo MacGregor y desconocerán y olvidarán para siempre las peripecias de John McGregor huido de la justicia de Aberdeen y sus mujer e hijo que acudían, años después, a embarcarse de nuevo a Nueva York para volver a su bendita Escocia. Tampoco sabrán la noticia del asesinato de Coronel Hamilton ni del estrambótico suceso de las dos mujeres muertas durante el descarillamiento que evito el choque.

Cirausta pierde algo el tiempo ojeando el libro mientras la joven ejecutiva se mira las uñas, manicuradas, perfectas, y se atusa un mechón rebelde que, para cualquier otro solo sería una leve diferencia con la armonía de su universo estético. Joven, con decisión, de buena familia: rica. Su futuro gris se escribe o bien en la honorable sociedad a la que pertenece, criando a nuevos miembros de belleza patricia y dinero circulante o, también, renunciando a esa vida predestinada a cambio de su trabajo, sus convicciones, el amor. Sus treinta años todavía permiten unos años, unos meses, unos días para pensarlo. El futuro se levanta, como el primer amanecer, de un blanco y negro sorprendente para una persona de su capacidad, familia y dinero. Sin embargo no acaba de diferenciarse de la vida de Cirausta, camino cansado hacia algún lugar, libro más que mediado, coda de la primera parte del final de la segunda coda.

Leslie bonham revisa proactiva su Blackberry y contesta a un email. Se acerca, junto con su acompañante, quizás podría ser un compañero de trabajo, sin duda un subordinado, pudiera ser algo más. Sonríen y acuden a la cafetería a tomar el último café de la mañana o, quizás, el primero de la tarde.

La televisión vomita las últimas noticias, deja patente los movimientos certeros pero errabundos del zeitgeist, bombardea con muertes y horrores, con propagandas y artículos, con recuerdos del día de mañana que, probablemente, nunca serán.

Una musiquilla late en su corazón.

Su aspecto de ejecutiva reaganiana esconde ese sentir que a veces se asocia al corazón y otras a las vísceras, quizás es un sentír “colónico”, o “apendical”, duele, da problemas y poca utilidad.

El corazón, visceras, apéndice, o color de Leslie Bonham late tras su excelente traje de chaqueta de color beige cortado por un buen sastre y su ropa interior austera pero picante. La músiquilla alegre y reverberante en las amplias salas del aeropuerto le recuerda unos años atrás en la costa de Cerdeña en un verano angosto, como todos lo son, pero agradable. Quizás donde su sonrisa y su mirada estaba menos contaminada de balances, de números de egoismos, de tiempo y de prisas.

Su compañero, algo avergonzado, se disculpa para ir al aseo y ella, despreocupada y recordando aquel verano de amor e ilusiones vuelve a él. La vespa alquilada, la amiga que aprendía italiano, la costa y el calor. Las sonrisas y las esperas, los italianos y Franco. Franco con su pelo ensortijado y su nadar fluido y cercano. Franco como Ítaca calurosa, el final como un retorno al seco desierto del húmedo invierno de Nueva York.

Vuelva a sonar el zumbido molesto de los altavoces, ahora se anuncia el destino a Nueva York por la puerta H34. Otro zumbido casi al instante llama a John, Sally y Ian McGregor para que embarquen con destino a Miami. Alguien piensa y sobrevuela el aeropuerto imaginando llanuras.

La televisión, eterno pregonero de desgracias, muestra un producto. Leslie Bonham ignora cual y la música le recuerda aquel pasado, apenas hace tres años, cuando todo era mucho mejor y cuando el mundo tenía un algo de esa neblina que en el futuro y con juventud se llama ilusión.

La rubia ejecutiva se miró de nuevo la cuidada manicura y descuidadamente en el espejo involuntario de los paneles de separación entre la cafetería y el resto de aeropuerto se vió joven, deseada, deseable, perdida, sola y quieta.

La sección cultural del noticiario refleja, con unas imágenes rápidas, el estreno de la obra “Necronomía de una crisis”, voluntarioso y catártico ejercicio de teatro de vanguardia por parte de conocido dramaturgo, escritor, cantante y performer Peter Claire. Unos actores ataviados con antigüas ropas declaman y gritan consignas contra la crisis mientras una musiquilla conocida, ¿Haydn?, entona los interiores arañados por el mercado especulador.

La señorita Bonham vuelva a su pensamiento mientras, otra vez, su figura difusa se refleja muy sutilmente en el falso mármol del suelo. Toma una tableta de un pastillero que saca de su bolso, caro, pequeño, cuidado. Se la introduce en la boca y espera que su altiva desnudez de fuera desdiga su desgarro personal interno. Suena una música a lo lejos: es el blues de la rica heredera, el rasgueo ding, ling de un blues a lo Robert Johnson, el humo y el sabor salado de la depresión, la tristeza y la falta de brújula. En el aeropuerto sigue sonando la mísma música lounge de siempre: era solo la música que oía Leslie Bonham en cada instante de su atareada vida.

La televisión dispara una entrevista, pretenciosa y algo preparada, a un escritor en su casa. No se oye, no se entiende o simplemente no se conoce al escritor. Frente a una atestada biblioteca, y como si fuera un documental de naturaleza donde los animales en el fondo se pelean, aparecen, o se adivinan, los títulos de Faulkner, Borges, Houllebecq, Levi aparecen queriendo dar un poco de prestancia y proteina a las estupideces del escritor en la venta de su último tomo. Un ejercicio de humildad episódica que era irrenunciable pero, también, al que algunos se entregaban con rutilante pasión.

El escritor habla sobre la dificultad del proceso creativo, hasta cierto punto pontifica pero dejándose fuera, por prurito o por indecencia, de esa “dificultad de otros” por el escribir. Suena tan coherente en ese medio que casi parecería una pequeña poesía de la gran epopeya de la rima del anciano tomador de aviones. Cirausta, que no lo oye, y Bonham, que no lo escucha apuntaría cada frase de egoísmo, ternura, angustia y temor que se lee entre las lineas del escritor.

Dos señoras ya maduras pero, no se pregunte porque, evidentemente solteras toman un café.

Termina el reportaje con el simulacro o componenda de comienzo de escribir del escritor. El mismo escritor, dícese Jonás Cerpa Clavería, se sienta en su mesa, toma el lápiz.. Empieza a escribir con soltura y con idea, apunta alguna palabra en un borrador anexo, de color azul, y sonríe sutilmente. Su ego vuela como el genio de la lámpara y se posa en aquellas novelitas agradables y kantianas de vaqueros como mariposas de alas de plomo.

(308) El agua de Tales

bonhamled 17/09/2008 @ 20:06

Volvía a su casa, una vez desembarcado, pensando, por encima del horror de las cenizas derramadas y engullidas por el salado mar. Tenía la certeza de la pequeñez del ser humano. Zvi andaba en dirección a su casa, sus calles y a sus seres queridos, conocidos, vistos.

Recordó unas inmensas pilas de escorias que acarreaba a la voz rápida del capataz, amenaza y, a veces, castigo ejemplar. Por eso parecía poca cosa este último gesto.

Buscó un lugar en el mar, en el punto que más se pareciera más al de su izquierda, al oeste, a sotavento o a la hiperbórea; un lugar que pudiera ser cualquiera. Arrojó el contenido, que desapareció, convirtiéndose en nada, en un lugar que no era ninguno.

La desesperación en el grupo vivió un instante apneico y, como la locura en el sabio o la pesadilla en la beldad, se hundió tiñéndose de gris oscuro, burbujeando sucio, escondiéndose para siempre, desintegrándose para no ser en aquel mar de la primera mañana.

Todo lo demás quedó atrás, la muerte, la nada, el vacío, el no ser, el no estar, el desaparecer, el pequeño viaje en secreto pero no oculto, y la vuelta tranquila, diligente pero no rápida: de marinero.

Anduvo las calles y vio personas, su gente. Los marineros reparaban redes para la próxima salida o para su guarnecimiento y guarda. Recordó a los saltarines muchachos por las calles. El sol se aventura en el cosmos de su camino por el cielo mientras la gente come, rie, vive y es, como en cualquier otro día de los que vendrán, como en cualquier otro día de los múltiples pasados.

Pensó, un instante, en el vivaz movimiento de la mañana: mujeres, niños, trabajadores, enfermeras, guardias, amigos, enemigos, cercanos, lejanos. Pensó en el mundo, en la vida y siguió andando. Ese andar seguro con paso señero significó mucho más que lo que había hecho dos horas antes: enterrar en agua el espíritu perverso y enfermo del falso Ricardo Klement, la mano ejecutora y pensante del asesinato de su pueblo.

(305) El maná del cielo

bonhamled 10/09/2008 @ 15:13

El marido mira detrás a la zona de carga del avión y ve dentro de las cajas parte de su amor roto y robado.

EL estruendo mecánico del arrancar apenas tapa el ruido gozoso de su corazón batiente.

Barrería la selva, el jardín amazónico de ladrones y bandidos donde su mujer se encontraba robada y le lanzaría, como un naufrago pidiendo su vuelta.

Miles, millones de fotos de la familia, quizás así pudiera recuperarla o al menos que sus ojos se llenaran de la felicidad de verles.

Vuela Colombia para recuperar la persona.

(303) El secreto en Almadormida

bonhamled 03/09/2008 @ 07:12

-!Que bonito es el secreto!. El desconocer ese mundo oculto que como gruta de tesoro se esconde en cada uno, mantener ese ahorro de uno mismo.

En ese instante mientras el párroco, ya avezado y avisado, recorría las mentes párvulas con sus conceptos metódicos y rápidos para prosélitos cruzó Goush con sus jóvenes. Risotadas y paso ágil.

Secreto, el secreto es el pasado, claridad y luz, luz y razón, razón y tiempo.- Decía con una voz suficiente y dopplerizada como para hacer que cualquiera se le uniera.

Sin embargo ni la luz era tanta y la razón era solo un rastro de moscas que desde siempre había seguido sus ventas por Aparicio, comarca de Almadormida.

El sacerdote se quedó pensando, su fe no admitía muchos meneos pero su razón si merecía un monumento en su interior: el rubio mentía y dentro de poco todos lo conocerían.