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Categoría: Cuento

(190) La muerte del angel Negro

bonhamled 09/11/2007 @ 06:14

Era una tarde de fuego y frío. El ángel negro levantó su ira por encima de la vida y de la muerte, como era su dolor, y por encima del sentido y de la conveniencia. Como un camino hacia un Damasco plagado de muertes empaladas.

Su Némesis, aquel tibio y agresivo traficante de drogas, llevaba en sus manos la desesperación para muchos y un mal egoísta de muerte y llanto. Como el del ángel negro. Lleno de muerte en su interior buscaba una redención rencorosa en el mal ajeno, en la justicia demiúrgica, en un descabalar piafante que buscaba al galope un fin.

El narco Maltese sacó su pistola cuando el ángel negro y sus guardaespaldas entraron en el bar y, casi inmediato acudió una lluvia de hidras venenosas de colmillos afilados de bala.

Muertos aquí y allá, casquillos de bala, de venganza, de sorpresa, de muerte y de maldad. El ángel negro mira y ve como se ha quedado sin guardaespaldas, algunos muertos, otros huidos. Desarmado y casi vencido augura su final terrible. El narco Maltese se acerca hacia el con los ojos enrojecidos de miedo, rabia o venganza.

El ángel negro ve acercarse la muerte y se agarra, torpe naufrago, en una última necesidad heroica a la vida. Es una entelequia natural que parece negarle lo que buscaba: una carrera hacia su propia redención. El buscar una vida donde ha dejado de serlo.

En el instante que el Narco Maltese buscaba su cuchillo para hendírselo en el corazón, como a los enemigos, una luz casi apagada cruzó el pobre salón del bar, formica y terrazo sucio de serrín y servilletas. Ni lo vieron los huidizos que escapaban de su escondites tras la balasera, ni algún malherido que quedaba, solo Maltese y El ángel negro ambos heridos en su interior e ilesos en su exterior. La turbiedad de sus personalidades se iluminaron apenas un instante Se miraron sorprendidos y se pararon ya prestos al  epílogo de la muerte .

Sebastiano Maltese se acercó, una vez el rayo se apagó y desapareció. Sus ojos fieros se naturalizaban y su rictus de terror agresivo desaparecía para volver después. Casi amable le susurró al oído unas palabras que no eran suyas y con una voz que casi retumbó grave y trascendente.

- Se lo que has sufrido, pero nada has de temer ahora, tu camino ha acabado.

El ángel negro desapareció, de repente, y ante la revelación, miró a los ojos, del narco Maltese. Los ojos ateridos, duros, pero cálidos como caparazón de cucaracha eran ahora cercanos y descubridores de un laberinto de calidades y de caridades.

El narco Maltese, vuelto a su ser tras esa transposición rápida, le hundió el cuchillo en el corazón, y según manaba la sangre se iba vaciando el recipiente odiado de la vida del ángel negro. Moría, moría, moría.

El ángel negro murió sonriendo, reconciliado, y escapó por fin a su terrible condena: la muerte. Se acerco a una puerta luminosa con un rayo incandescente y mortecino en la mano que, sin embargo, fue la única luz que vio durante años. La muerte era su redención y su fin.

El resto, fue solo una noticia sorpresiva en los diarios: "El famoso empresario XXXXX XXXXXXX muere en una refriega entre narcotraficantes.

El conocido y desafortunado XXXXX XXXXXXX muere de forma fortuita cuando en el establecimiento en el que se encontraba se originó una trifulca entre clanes mafiosos que originó la muerte del millonario"

(189) El lloroso melómano o la urna

bonhamled 07/11/2007 @ 05:57

Pide una nueva canción triste, al piano, en el bar con música, en la calle cerrada y oscura, en el mundo que le oprime.

Su traje desabrochado, el cuello de su camisa abierto y la corbata en esa posición que revela o bien alegría tremenda o bien desespero absoluto esperan su próximo paso hacia el abismo o hacia la redención como actores necesarios de una némesis.

Pide una canción, pide una copa y abraza la pobre bolsa de plástico que esconde un objeto. Tapado, grande, inoportuno, desconocido.

Los parroquianos del bar le miran, ve como bebe en silencio, como pide canciones para que le torturen con las canciones más tristes y melancólicas. Los que pasan o quedan ven como abraza esa bolsa de plástico que en su translúcida claridad deja entrever recipiente que podría ser un jarrón o una urna o quizás un recuerdo querido.

Miro desde el otro lado de la barra, escuchando el mundo, y tomando un whisky antes de volver a casa y dormir tranquilo. Un día de duro trabajo.

El lloroso, entrelloroso quizás, sigue su vía crucis de dolores externos y musicales, de tormenta interna y de abrazos concernidos e implorosos a ese recipiente.

Pienso, inadecuado, que ese objeto, quizás jarrón con tapa o quizás urna pequeña podría ser un recuerdo de un amor, el retazo de la melancolía de una casa abandonada o de una familia perdida. Quizás el último objeto repartido de una herencia golosa o puede que el objeto infame manchado de sangre de un robo con violencia.

La curiosidad, en el ruido musical y jazzistico del local, no me deja irme sin más. El lloroso pide una nueva canción "Piano man" de Billy Joel y sigue bebiendo lento pero dirigido. Aguzo el oido, presto atención a su silencio e hipidos e intento extraer entre sus gluglu de pez alguna pista.

¿Una urna mortuoria?, pienso mientras entreveo en la bolsa plegada en sus brazos un negro y un dorado mortuorio. Quizás la muerte de su amor, de su hijo o de su padre. La desesperación física reducida a polvo y ceniza - en polvo se convertirá..-.

Es una urna y lo que guarda no era la droga que esperaba que contuviera, ni quizás un explosivo amenazador sino la bomba atómica implosiva de la muerte de un ser querido, amado, imperdible. El ahogarse en el alcohol y la tristeza esconde el ahogarse en la muerte y la vida.

El ya lloroso se dirige trastabillando al retrete dejando descuidado sobre el mostrador algo pringoso del Jazz bar la bolsa. El camarero asiente cansado al requerimiento sin palabras para que no deje que la roben. El gasto realizado en el bar merece esa pequeñísima atención. En el instante que el cliente lloroso y melómano se pierde hacia el fondo a la derecha el camarero deja de mirar la bolsa.

Me acerco, despistándome, e intento entrever en la bolsa de la alcaicería del dolor colocada sobre el mostrador. Al paso pero deteniéndome intrigado miro de nuevo: es un frasco de cristal, sin adornos dorados y vacío.

Me sorprendo, pero me sorprendo más aún cuando el balbuciente lloroso cruza, mientras vuelve, su mirada con mi curiosidad, frente a frente, uno junto a otro inquiriendo con su mirada a mi curiosidad impenitente e impertinente.

(188) El efecto Babel inverso

bonhamled 05/11/2007 @ 06:14

Aquel día se levantó con un leve dolor de cabeza, como un turbante de plomo apoyado sobre el pelo. Sin embargo se percató de un detalle detonante, sorpresivo, sustantivo.

El primero de los sucesos ocurrió un día por la mañana, sin mayor cambio. En su ser comenzó a escuchar y entender las palabras de otros idiomas. No es que las entendiese en verdad sino que "sabía que decían".

Conversaciones en el metro, el dial de radios extranjeras, las televisiones ignotas empezaron a mostrársele fáciles sencillas. Lo atribuyó a un no se que desconocido, un efecto babel inverso.

oía las voces primero entendía las palabras, las frases, los contextos en una epifanía lógica muy alegre de conocimeinto.

Tras ese entiendimiento del vehículo de la comunicación comprendía poco a poco y luego de forma abrupta las intenciones, los porqués, los egoísmos apenas disimulados, los intereses bastardos, las negaciones torpes y el daño por el daño.

Su mente y su cuerpo poco dado a estas epifanías de conocimiento y dolor empezó a somatizar todo ese veneno esparcido en todas las personas, muy diluido pero aspersado: los niños entre si, el abusador de las mujeres, el agresor de los débiles, el detentador de poderes, loa variopintos colores del egoísmo y del daño al ajeno.

Poco despúes, no más de una semana, era un saco de huesos sin más carne que la que protegía y cubría sus capacidades taumatúrgicas. El daño era tal, el dilema era tan fuerte, el poder de su visión se manifestaba tan claro que prefería esconderse a oscuras en su cuarto de pensión antes que cruzarse con quien parecía un tímido sonriente y solo era un dragón dispuesto a matar.

Un poco antes de morir empezó a ver por encima de las voces, las intenciones y los lenguajes un número en negrilla extraño macizo, sans serif, negro o rojo. Y descubrió, no tardando mucho que era el número de años o meses dependiendo del color a cada persona para morir. Para la tremenda sentencia de muerte.

Veía decrépitos ancianos con años por vivir superiores al de jóvenes en flor. Niños a punto de morir sonriendo inocentes, mujeres embarazadas que sabía que no darían lugar a una nueva vida. Crueles maltratadores y violentos que superarían cualquier condena en la cárcel. Incluso un poco antes de morir vio ese mismo reloj con apariencia notarial avisarle de que su tiempo se agotaba en la cama del sanatorio.

"El enfermo Don XXXX XXXXX XXXXXX ha fallecido el día de ayer a las 23:30 horas como consecuencia del tumor cerebral que se le había diagnosticado hace dos meses. Las medidas paliativas lograron reducirle el dolor aunque no los delirios y gritos que solo pudieron eliminarse mediante somníferos y tranquilizantes".

(186) La caja

bonhamled 31/10/2007 @ 05:45

Se acerca el señor maduro con su caja imprecisa entre las manos. Una caja de madera limpia y antigüa. Su cara dulzona y amable dice unas palabras melosas:

- La solución está aquí. En esta caja que te doy.

Abre la caja y aparece un dígito grande, largo, casi irreproducible que coincide con la cuenta bancaria del sujeto. Triste, pobre, desesperado por el dinero que no tiene y los problemas que compraría resueltos si lo encontrara en esa caja.

- Cada vez que abras la caja, tu cuenta se multiplicarán. La primera vez tus pobres 50 euros se convertirán en 100, la segunda en 150 euros, la tercera en 200. El límite último, la riqueza absoluta, significará que tu alma y tu cuerpo será mío. Vendré y te mataré.

Sin dejar su cara bonachona y beatífica, tras la amenaza de muerte, continua:

- Sin embargo, cada vez que veas como se multiplica tu dinero morirá una persona, quizás conocida, cada vez con más probabilidad de ser un familiar o alguien cercano.

- Aquí la tienes Ismael, tus peticiones han sido escuchadas pero ni tu ni tus allegados están seguros. Empléala con lucidez.

Ismael grita, alegre, al poder resolverl os problemas de su familia y, al instante piensa...

(Inspirado, algo más que inspirado en este comentario de Reddit).

(185) Goush Skoptzy

bonhamled 30/10/2007 @ 04:56

El rubicundo Goush llegó al pueblo con su camioncito de baratillo. Enbelesaba por sus rojos cabellos y su casi albinismo.

Sus ojos azules recordaban el cielo que tanto que parecía encarnar e, incluso, campeonar pero, sin embargo dejaban en el último fondo una luz blanca, vivaz, fría e impertérrita que daba miedo.

No solo a los mayores sino a los niños. Su grito "Skoptzy" llenaba de terror y de mesianismo arrebatado.

Su fin, el fin, el fin de la comarca de Almadormida y de los sueños de los habitantes de Aparicio sería el fin de una era. El del conocimiento y la apertura. El de la ingenuidad y la vida. El del pensamiento y la luz. Otra luz más fuerte y más oscura lleno la región de malos sueños. La edad media volvió.

(182) La separación

bonhamled 24/10/2007 @ 05:08

Se miraban sorprendidos, iguales en su desconfianza y mirada, llegaban a las grandes naves donde, rápidamente eran seleccionados.

Unos aquí, otros allá. Las leyendas les decían que tal grupo, el de los jóvenes, iba directo a la muerte, o quizás las mujeres, o puede que tal o tal cual, quizás aquel que ponían más lejos.

Llegaban a su lugar de esperanza, de espera, donde deberían aguardar algún hecho ignoto y amenazante.

Miraban al cielo, cerrado de chapa y el ruido de la maquinaria industrial. Su cuerpo, su cabeza, su traje sería aprovechado, todo sería aprovechado.

Los hombres que les tomaban, les movían, les golpeaban incluso tenían la cara impermeable de la repetición burocrática de nada valían los gritos y las preguntas. Si acaso solo para que un grito energúmeno o un golpe acallase el cacareo de las dudas.

La familias unidas se desunían, aquí los padres, sufrientes, allí los hijos desconocidos e inseguros, en general una muerte les esperaba.

Pocos días después, el infierno terrible de la muerte, la colocación en cajas y el acabar en un asador de pollos sería el futuro de casi todos: era el futuro de las gallináceas pobres.

(180) Taf

bonhamled 22/10/2007 @ 05:10

Taf lindaba con el gran mar de muerte. Con la ola gigantesca de arena y caravanas.

Más al sur, acabada la sed, se abría la sabana donde los mercaderes de Timbuctú intercambiaban libros y señales. En aquellos tiempos, los últimos de Taf, todavía tenía El reino Songhai una munificencia que se conocía en las tierras de Africa y Asia. Aunque era desconocida en la fría Europa. Sus gritos, sus lamentos fueron desoídos junto con todas la historias. Su conocimiento no.

Que hoy nos preguntemos de lo legendario de la ciudad de sabios y mercaderes, de cabalistas y de enjuiciadores en una especie de añoranza histórica y legendaria nos da un poco más de esa incomunicación por siglos.

(176) Los vikingos

bonhamled 16/10/2007 @ 04:43

Las hogueras múltiples por doquier, llenas de alegría y del chisporroteo vibrante, expresan demonios danzantes de baile y risa.

Bueyes enteros, carneros, vacas y cerdos se han asado para los vikingos que volvieron a casa. Trajeron esclavos y mujeres para vender, grano, animales, y armas de más allá del mar.

En las hogueras bailan las mujeres, los niños prestos a la fiesta de los mayores y algunos hombres borrachos. La mayoría de los vikingos remantes y luchadores se sientan mirando ese fuego eterno. Solo el cuerno lleno de vino o de cerveza les saca de su ensimismamiento. La alegría del camaraga regocijándose se contagia durante un instante pero se apaga como la brizna seca de hierba en el fuego.

Piensan los fieros peludos en la sangre; la derramada al enemigo, la derramada en el hermano, el padre, la sangre que queda por derramar en el hijo, riente en la fiesta junto a sus amigos todavía niños, en el amigo de su propia carne. Se piensa en esa sangre roja y oro de la lucha, incluso su propia sangre. Un escalofrío les recorre la columna vertebral mientras las mujeres celebran la bonanza, y algunas, las menos, escondidas lloran su desgracia y su fortuna para el invierno según la ley vikinga.

Los vikingos miran tranquilos al fuego y piensan en el próximo viaje, el próximo grito a Odín, el camino imperturbable al Valhalla y sienten frío, o , quizás, alguien confundiera al lado del fuego esa mirada al infinito con el miedo.

(172) La escalera de Ispahan

bonhamled 07/10/2007 @ 15:41

Llegaba tarde, llegaba tarde, cada día llegaba tarde y al día siguiente tenía que volver a salir corriendo de casa para llegar, casi ahíto, al andén de tren y bajar las escaleras y volverlas a subir. Sólo en el tren se sentía seguro: Alea Jacta est.

Llegar al destino, no al final, sino al más cercano y embadurnarse de nuevo de prisa para llegar al trabajo. Comenzar el día con estrés, desayunarse estrés, y convivir con la tensión, como una sombra que acompaña, durante toda la jornada. Era algo extenuante e imprescindible: el jugo de la gran ciudad. La continua carrera huyendo o buscando.

Cada día capturaba su atención las escaleras mecánicas y las gentes pausadas, lejanas, tranquilas que iniciaban el día con ese inicio pausado y procrastinador que tanto se diferenciaba de su bautizo de la mañana.

El elemento metálico ruidoso, con un eco reverberante casi imperceptible en la vaciedad del hueco de la escalera que soporta y permite superar esos desniveles de vértigo, el zum zum de los pasos, de los adelantamientos, por la izquierda, del habla de algunos de lejos, del rugido de algunos cercanos. Todo ello como si fuera un bodegón sociológico de la mañana con prisas le llamaba la atención como si fuera un arca de Noé inclinada cuarenta y cinco grados.

Subía las escaleras mecánicas con el zumbido del motor, algunos chirridos prestos a formar la siguiente parada de la escalera, siempre con quejas de los viajeros. En ese momento y mientras subía, aterido de prisa, embalsamado de esa pez amarillenta que es la angustia del trabajo, con la mente ya en la mesa se cruzó con el anciano del traje azul. El anciano subía y junto a las jovencitas, el señor mayor sin prisa ni sueño, los trabajadores extranjeros, y algún que otro adormilado de traje apareció un señor de traje caro, apostura casi de galán de cine de los años cincuenta, tersa cara y cuello a pesar de tocar con la mano los setenta años, blanco bigote de kaiser o de húsar y endomingado y engominado pelo cano más por las patillas y frente que por la cabeza. Parecía escapado de una película de vodevil o de gangsters del siglo pasado.

Se quedaron mirando en el instante eterno que las conjunciones hacen cruzarse las escaleras que suben con las que bajan. El señor comenzó a sonreír y el atareado burócrata, el ligero corredor de las mañana se abrió de bruces. La velocidad llamó a su puerta y se abrió, todo corriendo, enseñándoles verdades que nunca son gratis, pasados que podrían ser multinterpretados, realidades de las que no se percató: clarividencia y lucidez en la hora de acabar de vencer el día del sueño. Todos estos prolegómenos e hipótesis le hicieron desembocar, como si se arrojará por un tobogán en una última y brillante idea: “Aquel día sería el de su muerte”.

No se diga el porqué ni el como, ni en que extraño ritual o conjuro extrajo esa información en la larga, larguísima escalera mecánica. Si fue de las mortecinas luces, de los techos de fibra de vidrio, del bullir pecaminoso de acedia o de cualquier otra cosa que ayudó a esa epifanía, nadie sabe como conoció esa realidad, no lo conocemos, tan solo que se cruzó con un elegante anciano de terno impoluto azul marino y sobrevino el ataque.

Llegaba casi a la oficina, apenas cuatro edificios más a paso ligero, para evitar el sudor, mirar el reloj un par de veces y pensar que ya empezaba retrasado, ese era su día. Pero antes de llegar al falso último escalón mecánico, pétreo, metálico y como peinado con una peina para retirar piojos cayó exangüe llegando a Ispahan. Nunca más se levantó.

(170) Jazz y ángeles

bonhamled 02/10/2007 @ 05:19

Suena "La pantera rosa" de Henry Mancini, música de misterio, jazz y calles oscuras. Los gatos rondan los callejones buscando compañía, gatas o soledades. Los seres humanos también buscan un sentimiento que no sea parco.

La luz de los vehículos corta el cielo como haces de espadas y el cansancio, el leve dolor casi dormido por la medicación y el tiempo se alabea y descansa sobre cada coche, cada clochard esperante, sobre cada reposador o banco que existe.

La ciudad duerme de noche, tiempo para lo oculto, lo identificable y los sueños. Tiempo para salir a buscarse y encontrarse. El ángel negro.