Grita hacia el cielo como un lobo, con la piel rota y gris, el pelaje ajado y arañado, el corazón roto en mil pequeños trozos de puro vidrio cristalino.
Tiene un corazón roto en sus manos y unas sienes que golpean y son percutidas con la ferocidad de un hefesto en su yunque. Muere en cada instante licuándose, destilándose en el dolor más negro, viscoso y tremendo del mundo y la vida.
Gruñe al mundo y aúlla a la luna, el sol le sorprende en su cama entre dolor, suciedad, dolor y muerte. Quiere la muerte y desaparecer mientras un velo rojo se cruza en su mente.
Se viste y sucio, torpe, ajeno recorre la ciudad desesperando en encontrar una muerte tranquila pero esta, como tremenda metáfora de un otro sísifo, le es negada: anda, corre, vive y muere pero sigue respirando.
La sonrisa está emigrada, exiliada; el rictus se apoderó de una gran parte de su vida necrosándola, matándola, acabando con ella. Mientras tanto vive en un dolor de hierro retorcido, alambre que ata y hace sangrar.
Los ojos en sangre, las manos en sangre, las vísceras sangre, la muerte en sangre y un deseo en el semblante, la muerte, la vida, los suyos, la muerte, la evisceración y emasculación de una vida que por horrible se convirtió en insufrible gólgota.
Una noche pasa, la noche de los quinientos días, de la muerte y al amanecer, loco, cuerdo, muerto, solo, decide actuar y ser ángel.
Pero aún así está loco, muerto, cuerdo, solo y se viste con un perfecto traje rojo, un rojo para morir, para clamar a un diablo que le devuelva a su familia, que se lo lleve junto con su alma putrefacta a su lado. Nada consigue de nuevo.
Gruñe y aúlla al cielo enemigo, a la luna lejana, y se mesa los cabellos hirsutos y la barba crecida para desestimarse, para desquererse, para asesinarse y volverse a matar, un millón de veces como ruego y prez imposible a un Dios que dió la espalda y a un diablo que ejerce de sordo.
Mira, de nuevo, al cielo y ve un guiño, un porque lejanísimo, mira a la tierra y le da un nuevo guiño, pobre en su locura, en su soledad, en su muerte diaria destilada como el bello vino carmesí del dolor sin fin de la ausencia. Recupera la cordura, un hilo, un ronzal, una atadura misérrima para, vestido de rojo, buscar un mañana que no sea la muerte fría o caliente de sangre.
Mira al cielo y aúlla menos, busca en el guardarropa de las vidas pasadas un traje negro y una vida algo menos dolorosa. Mira a su alrededor, el muro, la vida, el fuego, las casas, el dinero, la borrasca y decide vestirse de negro, en invierno y en verano, impoluto como erlenmeyer de laboratorio, como probeta, como vida echada a perder.
Arrancará tras agotar el hígado con el alcohol, la vida con la heroína y el sueño con la marihuana en un nuevo mañana también mentira y también muerte pero, sobre todo, buscando una verdad que, un rayo de locura o visión le dejó. Un ángel negro en busca de una verdad blanca.