Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

Categoría: Fuego

(346) Agresores constructores

bonhamled 05/03/2009 @ 19:44

El puerto, la puerta, la calle abierta, el aire constante y delante quedó atrás.

El pasado, el tiempo, la construcción, la muerte térmica, la mierda.

Ahora delante de los ojos una bola de inmenso muro, un gólgota de cruces disímiles y atonales marcar la escarificación terrible de mi horizonte.

Ahora veo el aire lleno de nadas, antes veía la nada llena de aire.

El tiempo lleno de robos, antes el robo del tiempo solo lleno de aire.

Todo mierda, de constructores, de ladrones, de Alí babás vendedores de nada, compradores de todo, adueñadores de lo de arriba, abajo, este y oeste.

Gentuza mala que llenan el aire de miasmas metempsicóticas.

Su delito, el mañana.

(344) Acción, represión, acción

bonhamled 27/02/2009 @ 20:11

La radio no dejaba de emitir "Sa telefonando", su potencia sonora llenaba la pequeña habitación al fondo del bar. En el pequeño y sucio pasillo, que compartía con una puerta cerrada y unos aseos de letrina, compartía paso, serrín y música con la que provenía del salón.

Existía al fondo otra puerta, siempre cerrada, que daba a una calle oscura, casi cerrada y donde los múltiples carteles habían creado una ilusión de muro tras la puerta.

Llegar al país, sorteando carreteras y segmentos, acabar en la capital, esperar un destino, un contacto, un enlace que le llevara a esta sucia estación terminal previa a su gran día.

Se miró en el espejo, miró sus documentos, ya memorizados, y recordó su promesa de esperar hasta recibir noticias. En Francia le indicaron que el periodo máximo de espera no sería superior a dos días, en caso contrarío debería andar absolutamente solo. Seguramente no esperaría ese tiempo.

Revisó su equipaje, aburridamente conocido, un par de camisas nuevas con aspecto de antiguas, unos zapatos algo usados, un par de novelas del oeste, usados como clave, y una cartera donde escondía algunas fotos de novias falsas, una falsa madre y una carta de ésta, también falsa. Miró en un bolsillo interior el dinero, doce mil pesetas, un pequeño tesoro para aquellos años.

Volvió a recordar su objetivo, la calle desierta, la forma de salir del país, buscar una vía de salida, encontrar un canal de comunicación nuevo y, todo ello, sin agotar ni marcar ninguno de los otros canales del partido. No era sencillo, tampoco complicado.

Llegó hasta Pamplona escondido en un hueco en un coche de una familia francesa simpatizante y, una vez allí, comenzó el ajetreo de trenes, pensiones, caminos y casas. Llegó a Madrid, cansado por el movimiento incesante y continuo, dolorido por las malas posiciones pero con la voluntad intacta: había sido entrenado y adoctrinado para ello.

El verdadero lugar de la misión se acercaba, quizás tras los próximos pasos que se acercaban dubitando o borrachos al servicio de ese bar triste y pobre de una barriada alejada y escondida. Quizás solo fuera un truco para dar con él, para matarle, para obligarle a renunciar y a ser un Judas. No lo permitiría

Volvió a mirar la maleta y, de soslayo apareció la culata de su pistola y una caja de balas, mezclada en bodegón no excesivamente sorprendente con el resto del aburrido paquete de equipaje. El tiempo daría el resto de las claves del diapasón del viajero con una meta.

En un instante sonó un portazo, y carreras, de repente asió la pistola y se colocó de cara a la puerta dispuesto a vender cara su vida. Era una broma de chiquillos y entre los fríos de aquel Diciembre en el extrarrado había sonado un petardo, unas carreras de gamberros en la puerta y unos gritos de reprobación divertida entre la parroquia del bar.

Unos pasos suaves y sibilinos llegaron a la puerta, todavía tenía la pistola amartillada en su mano y un nerviosismo de acero en su semblante, se tocó la cara, raspaba ligeramente, habría de afeitarse. En ese instante un toque conocido en la puerta, repitiendo un fraseo de estribillo cantante y una clave de la que no había duda. ¿Llegó Mambrú a Cartagena?, la seña correspondiente debía ser "Mambrú no llegó, se fue al frente", la contraseña final que acabaría con el enigma debía ser, la que fue, "Amigo, suerte tiene quien a la guerra va y puede volver a Cartagena".

Donoso abrió la puerta y, detrás, estaba Cuchillería, aquel que perdió la pista en 1947 y que veinte años después y mil andanzas despúes seguía de contacto y de guerrillero interior. Ahora encargado de logistica y de publicaciones. Se dieron un abrazo. Cuchillería miró sorprendido, quizás por lo nervioso del momento, la pistola en la mano, Donoso la soltó mientras comenzaba a pensar.

Cuchillería aquí conmigo, la cosa debe estar mal si el mismo ha de acercarse o, quizás, la traición es tan cercana que no se ha atrevido a enviar a ningún otro.

Hablaremos durante la cena.

En ese momento, salieron ambos, abrigo escaso y cuellos arriba y se dirigieron hacia la esquina, una moto aparcada le indicaba la flecha de su dirección, más tarde, en una tasca del centro de la ciudad hablarían entre murmullos de inteligencia y entre chascarrillos de camuflaje.

Acción, represión, acción.

 

(340) Se acabó el champagne

bonhamled 12/02/2009 @ 07:50

La fiesta acabó el champán, las risas se ahogaron en el líquido elemento del glamour. Los grupillos conversando, otros bailando, algunos en tibias confidencias que prometían más, se quedaron sin champán. El whisky no es igual, ni, por supuesto, un refresco. En aquella fiesta, en la casa del empresario Roberto Bouser, el champan era la sopa social en la que poder celebrar los treinta y cinco años recién estrenados de su, también recién estrenada, mujer Syilvie.

Divertido continuaba hablando Bouser mientras el jefe de camareros, en un aparte, le comunicó la tragedia. El dueño de la casa hizo un gesto de contrariedad y miró, buscando complicidad y consejo en la anfritriona, a su mujer; que acababa de doblar una de las esquinas interiores de su inmensa casa de la mano de un amigo joven y desconocido.

Se miró reflejado en un espejo casi enfrente de su persona, y vio su despejada frente, su porte de empresario rico y esas actitudes ensoberbecidas de los que siempre han tenido dinero y, de esta manera, históricamente han estado llamado a los mejores lugares, las mejores cenas, los mejores champagnes rosáceos, ambarinos, transparentes. Excepto ahora que parecía haberse acabado como trasunto de la infidelidad sospechada.

Ordenó buscar más champán, mientras pensaba,cruzó con la mirada de dos o tres personas y se escabulló en una búsqueda nerviosa hacia las habitaciones.

Cuando se acercó a la habitación de invitados, tras haber recorrido algunos corredores y haber encontrado alguna prenda de su recién estrenada mujer, ya conocía la certeza. Cuando llegará la nueva remesa de champagne, casi nadie podría tomarlo: estaba a punto de cometer un asesinato.

En ese segundo en el reloj tampoco sabía Roberto Bouser que el asesinado no sería otro que él y que dentro de pocos días la viuda entre lágrimas, tomada por la mano del jóven ejecutivo que recién conoció, acudiría al entierro con un cheque millonario en su bolso. Un cheque destinado a alguien que jamás conoció y que nunca más volvería a ver.

Cuando el entierro del empresario muerto acaeció, el servicio que quedara en la casa se estaría bebiendo el champagne que sobró de la fiesta, de la vida y del tiempo. Las burbujas se llevaban consigo, a todo trapo, un momento de estática verdad y un millón de días de mentiras contenidas en ese espacio oblongo.

Detrás, muy detrás, como detrás de un cortinón de teatro, un chasquido se sucedía atemperado por la distancia y las habitaciones cerradas: el primero de los disparos mortales.

 

(335) Nace un día

bonhamled 23/01/2009 @ 19:13

La luz que llena todo en la noche, que satura cada camino, cada mirada, cada movimiento como una realidad de cultivo de marihuana, madura y se hace grande en el cielo.

La luz que se mezcla, como trenza, con el sueño, con el ruido intempestivo, con lo extemporáneo del momento, llena del vaivén dulzón del cansancio la última hora de la velada, la primera hora del resto de la vida, el desarrollo de la muerte en directo, el fin de una vida que no era.

La luz amarga la vista e impide ver el renacer rojizo y prontuario de la verdad, allana, abarca, asola y ampara una nueva realidad, un nuevo tiempo que tras un  momento de lucidez pirotécnica decae. Columpio de realidad en la madrugada, exceso de luz en un mundo escaso de claridad.

Un día, un día, nace un día.

(331) Pelea en la gallera

bonhamled 06/01/2009 @ 15:27

Se cruzan las últimas, penúltimas, apuestas, las últimas miradas al ojo del gallo, al espolón herrumbroso aguardando la pata con el amarillo del palenque como fondo. En la gris arena el rojo de la sangre pasada de otros gallos, poca, valiosísima, no muy lejos algunos gallos muertos, algunos hombres a punto de morir, otros gallos y hombres destinados a la muerte. Telas, vendas y alcoholes en un armarito junto a la plaza de gallos.

El gallo rojo nervioso de pastilla se mueve y amenaza con salir volando, el gallo negro tranquilo se sabe destinado como un Espartaco. La arena está manchada de tiempos, agujeros de pelea, algún trozo macabro: parece que allí hay un ojo. Fuera de ese círculo trascendente aparece el ruido, la tela de gallinero, los saltos, los bancos de madera, la premura de la redada,. Los hombres, las mujeres, las bestias y los gallos se revuelven  y parecen danzar al son de las apuestas dinero en mano, los alborozos asesinos, los niños que corren y buscan, las entradas y salidas, el olor de hombre y mujer.

El humo de tabaco amenaza la tenue bombilla que da luz a ese chamizo con tejado de calamina, abierto a ambos lados como si fuera porquera reconstituida o, quizás, para dar idea de huida fácil e interinidad clandestina de la gallera.

Pedro “el ojos”, el mulato, Maravedís “El hijo”, La cotorra, Juan muchacho, "Llegón" y otros muchos galleros se juegan el oro perdiendo hacienda, ganando cielos en la muerte de los animales, en el rubio brillo de un espolón, en la acaecedora sensación de victoria en un gesto,. Las músicas suenan en el arrebatar de trompetas y de clarines de torería de un gallo caribeño o montuno. Todos ellos, gallos, putas y galleros, conjuraban su mala suerte de lunes a sábado con estas peleas de gallo, de ron, muerte y vida. De tiempo, ron y muerte. De muerte, vida y desesperación.

El sudor cae, y los billetes se mueven, algunos entran y otros salen, algunos señoritos pierden capitales mientras mercachifles y engañadores “aconsejan” a algunos de ellos. "Ahora perderán más de mil", "luego perderán más de cuatrocientos". La ultima apuesta intenta agarrar la suerte como a cola de una cometa al vuelo, imposible, inasible, inaccesible, inmarcesible. Todo ello en el lugar gallinero de ilusiones negras y dineros perdidos bajo una bombilla de escasa potencia y el atardecer pintando rojos boteros.

Las mujeres, alquiladas, y parte de la gallera esperan la conclusión para desplumar alegres, para llenar los vasos con ron de calidad decreciente en la noche, con sueños de riqueza, prosperidad y deseo que no dejan de estar construidos de calamina y camino lleno de barro. La músicas suenan sin parar, el merengue, la salsa, la cumbia valsera ,que alegran y entristecen, llenando de melancolía tibia como la noche.el escaso tapiz luminoso que se escapa de la calamina En el fondo un rumiar "jingo" enlentece la sensación de sentencia cumplida con un demonio, por encima del verde, más allá del camino. Esta otra música solo se escucha callando mucho y en el fondo de las cabezas.

La pelea está a punto de principiar, si canta el gallo rojo, otro gallo cantará, si canta el gallo negro nada bueno se avecina. Ambos gallos gallan, ambos gallos gallean, ambos gallos se miran a los ojos, indecisos, determinados, ignorantes de la muerte atada en forma de cuchilla a sus espolones. Los espolones oxidados y  mil veces afilados con ternura asesina, reflejan un mundo abovedado, y de ojo de pez, de lo que le rodea, ánimos etílicos, ojos februlentos de avaricia, desesperaciones revolver en cinto, un mar de demonio verde apenas a unos metros de la gallera clandestina.

En el fondo, a lo lejos, casi fuera del tejado que todo lo cubre, se encuentra Ramón Monduela “El asturiano”, nacido aquí pero asturiano, con el habla destinosa, escarpada y arriesgada de la montaña, con el ánimo y el temple sin miedo, con más baleos y cuchilladas que res en fiesta. “

El asturiano” vigila con su único ojo, quizás el otro acabó también en la arena sucia de la gallera, el sutil arpegio de las voces antes de la pelea, las risotadas, los gritos, los tintineos de campanilla de los vasos, las inteligencias entre pícaros, la desesperación de pobres hombres o de ricos sin cabeza ante el dinero marchante. Mira y observa, una mano a la espalda, quizás guarda un cuchillo, otra escondida tras su camisa abierta que deja ver un tatuaje enorme en el pecho, el Santo Cristo de la montaña. Tras la camisa, y encima del Salvador , y escondida, una pistola negra, como la noche que se aviene amiga, para evitar otros males, probablemente tan escritos como el fin de la pelea gallera.

Junto al asturiano dos o tres cochinos de muladas esperando la orden del amo y, más allá, arribadas sin ancla en meses, el resto de las mujeres de la gallera acodadas en la triste barra de bar, otras en mesas conversando con suertones o cenizos, más allá aún unos cuartos tapados con cortinas sucias. Galleras y gallerías, lugares de ron, mujeres y suerte. Suerte, ron y mujeres, Mujeres, muerte y amor.

Los ayudantes, científicos y pulcros, sacan a los gallos de las jaulas de madera: aturdidos, encendidos. Se les enfrenta: se miran con irracionalidad de gallo y, mientras, se les atan los arcos de acero a sus espolones. El palenque silencioso por un instante cruza, casi en inteligencias, las últimas apuestas, promesas de riqueza, roturas de hogares, cruce de destinos, consabidas traiciones y conocidas alianzas de piel turbia y blanco de los ojos en el gris manchado de rojo del ron en la arena del combate. El juego de muerte y juego comienza.

Son los gallos, el gallo rojo y el gallo negro, en la arena. Un manantial de danzas y de cacareo tenue, de aspaviento de pavoneo y de amenaza sin fin se divisa. De repente, se encrespa jingo, el salto y el movimiento, la herida y el revolverse, el gallo que grita y el que canta, las plumas rojas y  negras flotando hasta el suelo, la gota de sangre que salta hasta un espectador avisado, un poco más de baile y el caerse uno de ellos, herido, el rojo o el negro.

El cacareo y la tranquilidad, las lesiones, las muertes, el gallo derrotado que muere con el pescuezo retorcido, suprema misericordia amarga, el vencedor casi indemne. El dinero que cambia de manos, los "ays" sufridos y suspirados y las sonrisas terceras.

Un mundo en la gallera. De repente el paroxismo de  jingo desaparece, solo sonaba en las cabezas, y sigue el dulzón valseo de los pasillos  del altoparlante ahora atemperado con otra armonia que comienza, también en la cabeza general de los que allí estan: el Danubio azul. Una música de entretiempos como de caja de música.

En diez minutos otra pelea, otro teatro, otra muerte en el escenario, otras gotas de sangre y otro pico, otra cresta y otra arrogancia gallera. Otros minutos que se roba a la policía, ya se le pagó, o a la vida y al tiempo., otro brillo que se le extrae al cuchillo oculto y preparado. Otros galleros que llegan, otros que se marchan. El fraseo del vals de Strauss que se mezcla con algunos rugidos de pelea, de desesperación, de nueva apuesta, tranquilidad tensa, de mujeres que vienen y van. De nuevo se enciende la mecha de la gallera, se calla Strauss, y vuelve el golpeo de tambor de jingo.

El asturiano toma un traguito corto de ron y fuma de su cigarro, rápido sus manos vuelven a su sitio: la pistola y el cuchillo. El humo se pierde hacia la selva.

(330) Guerra

bonhamled 04/01/2009 @ 21:17

La guerra es una concatenación de malas suertes.

Con una, dos o tres se arruina la vida de una persona, un próspero profesional acaba siendo un yonqui en el arroyo, una casi imperfectible carrera acaba siendo un arrastrarse, un perder amistades, un negar la cabeza, un muera o mate más temprano que tarde.

La guerra son diez, cincuenta, cien malas suertes anidadas en ilación graciosa y macabra.

Pueden ser, por ejemplo, el estar en un sitio adecuado, no tomar conciencia del momento y servir de blanco para alguien o, quizás, estar en el punto de mira, ser el mejor objetivo periodístico y volver la cabeza. También es ir a por el pan en un lugar que no se debería, quizás vivir donde no era buena idea, creer en un líder tóxico o no tener posibilidad de huir o mil cosas más.

La suerte, esa que casi siempre viene casada con la palabra “mala”, se comporta así, busca un lugar donde anidar, donde se da el calor de los cuerpos que lo pierden y la humedad de la sangre derramada. Allí vive pequeña, esquinosa, dejándose caer sobre tal o cual persona, buscando el desastre para, salvar a alguien de manera sorprendente, cebándose en algunos para demostrar lo fútil de la vida, llenando de agua envenenada los aljibes cuando más sed hay, negando la comida cuando más hambre hay.Es esa la suerte que es pura herrumbre y subalterna opacidad, o se manifiesta fin función ni dueño en un acto inútil como no se presenta en una ocasión obvia. Esta aparente neutralidad, al fin y al cabo, crea una cadena de dolores que engarza lo peor, con lo más malo, con lo pésimo para dar lugar a esa mala suerte, ese lugar común del dolor, el escombro y el llanto seco: le llamamos guerra.

La guerra es un cúmulo de malas suertes, es una mano donde la primera mano es la muerte, la segunda, el hambre, la tercera el dolor, la cuarta la ignoración y la quinta es una nueva mano tras una esquina, en un mercado, en un paseo, en una huida. Todo suerte, todo azar, todo fortuna, todo nefas.

No valen augures ni conjuros, ni brujería ni suertes, La guerra es tan sinfonía de azares y casualidades adversas, aversísimas, que la muerte deviene con realidad estadística: 80%, 90%, 98%.

(327) El muerto andante

bonhamled 24/12/2008 @ 18:07

El humo sucio, la humedad pegada a las paredes y al suelo.

El sol que corriendo ya se fue, antes no se había levantado.

El sudor adherido a la piel y al agobio.

El día acaba sin haber comenzado de sol, las ilusiones se quedaron en los veinte.

Sin embargo el dolor, interno, lo divides entre el alcohol que te duerme poco

y el señalar a quien te acompaña.

Borracho, cansado, mal afeitado, gordo y ojeroso la noche mal empezada

El comienzo de un dolor sin fin, de una muerte que no te atreves a convocar.

Quizás ella es la culpable, quizás tu, quizás nadie pero alguien pagará..

El fuego no quema, todo es un enfado sin importancia pero la sangre no se reseca por nada: solo cuando mana y el tiempo la para se resquebraja en cuarterones de muerte.

Y me llaman maltratador cuando solo soy un muerto andante. SI tuviera un poco más de valor acababa con todo.

(323) Geografías de Aparicio

bonhamled 11/12/2008 @ 06:15
Es la tierra de almadormida y en uno de sus pueblos, Aparicio, donde el alcalde con su afán enciclopedista tiene una tarea épica en apartar la niebla y la oscuridad, parécese a si mismo noble masón cuando solo es tibio iluminado. En Aparicio donde se encuentran familias principales, y algunas no tanto jugando día si y día no, al juego del Taf. Allí viven las familias de Don Calongero, Don Pipino y Abdul. Allí vive "Recuerdos del día de mañana" que deambula por las calles como si fuera Jesus Freak o un fementido castigado por Dios y los hombres, andurreando los montes y sus pinos y las vaquerías.
Del deambular de "Recuerdos del día de mañana" se extraen unos pensamientos abtrusos y laterales que intenta compartir. No siempre es facil: primero construir con sus manos hoscas un pensamiento y , despues, convertirlo en palabras entendibles para el ajetreado pueblo.
El lema de Aparicio "Non Prevalebunt..." implica una dedicación casi castrense y filosófica del pueblo. Pueblo encallado en el tiempo, pero en el tiempo del mañana, con sus sombras y sus falsos porteadores de los siempres del fuego prometeico. Sin embargo es tal el amor consuetudinario y cotidiano de los pobladores de la región por el conocimiento, primero, por la filosofía y matemática. Después, y como si fuera un sandwitch donde las dos capas de pan ya se han colocado, el interior se rellena con la pintura, escultura, literatura, poesía y lo que se dio en llamar nuevo arte que, todo junto, argamasado con el mortero portland de la añosidad del mirar al horizonte con experiencia y esperanza.
En esta tierra se vive y se comen verduras y frutas, los más pudientes pollos y capones e incluso algún que otro terrateniente ilustrado caza. A los que le sobra reparten pulardas y pichones por doquier, es famosa la sindéresis que los apariceños se comparten casi en cada gesto.
El final de aquel verano de caliginosa flama y moscas fue tan sorprendente para todos, incluso para el intermitente fementido o para el, viajante eterno, Trisque Palmo que todavía hoy nos lo preguntamos.  Y nos lo preguntamos porque el sopor del tiempo pasado herrumbroso y pulverulento pudo detenerse gracias a los cómplices o delatores, otros dirían cronistas, del acontecer último de Aparicio.
Nadie en su juicio hubiera dicho que ocurriría lo que ocurrió considerando los antecedentes del pueblo y de la gente que allí vivía. Sin embargo pasó, y por desgracia y por dolor todavía muy abierto no puedo seguir contanto, quizás otro día conmás sol y con menos gritos callados pueda hacerlo.

(321) Silencio

bonhamled 22/11/2008 @ 21:51

Es solo silencio.

Pero no ese de muerte y bruma, soledad y falta de luz sino otro silencio.

Aquel que teje arabescos en el aire, como volutas de humo.

Aquel que se engrandece y amplia la mente.

Aquel que no es ruido, nunca puede ser cesar el ruido.

Es silencio.

Ese que crece y llena espacios, abre mentes permite pensar.

O amar, u odiar ensoberbecido en verde y amarillo.

Es ese silencio que no puede ser de piedra aunque este hecho de ella.

El silencio que está hecho del crujido suave de crujía del papel.

El silencio de la verdad que se erige como eterno farallón en la costa.

El silencio hermano de la soledad que nunca es luto y tomates en los calcetines.

El silencio es como terciopelo, suave y terso. El silencio sabe como sopa de verdura o como

Cacao caliente en día de frío. El silencio que aparece como un gran cubo blanco y flexible.

El silencio, amor de mayores y temor de necios y jóvenes.

El silencio: una vida consagrada al momento, porque en el silencio cada momento es vida.

(317) Dejo de escribir

bonhamled 07/11/2008 @ 21:30

Dejo el escribir para quienes saben. Los profesionales, los mentecatos que deciden su criterio en reuniones y en gráficos de ventas.

Dejo el escribir, por segunda vez, a quienes no cometen faltas, los que riman de puta madre, los que deciden en moleskines perfectas los raudos caminos de su arte mientras ojean una carta de vinos en francés.

Dejo de escribir, como Pedro, a todos aquellos que saben que han leído más, que han viajado más, yo viajo desde el teclado, a quienes han conocido y han sido.

Dejándoles esos alamares y bocamangas para su beneficio me quedo con letras pequeñas, escritos menores, gritos minúsculos, rascadas de cabezas, de huevos y lecturas, cazadas a lazo, oídas o robadas allí. Me voy haciendo hombre y buscando la verdad que hiere y que enerva.