Categoría: Fuego
(221) Instrucciones para amar al prójimo
No es lo mismo que un banquero te diga "ama al prójimo como a ti mismo" que te lo diga un Schindler, un Sanz Briz o Sousa Mendes, un Elie Wiezer, un Primo Levi o un Viktor Frankl, incluso con la voz baja que proviene de un interior irrenunciable pero con reverbero de campana. El primero siempre acentúa en "mismo", el segundo en "prójimo".
(216) Sección técnica nº 11. Instrucciones para odiarse
Algún día, alguna mañana de un martes, sobresaltado y zaherido de tiempo te levantas odiándote.
En un primer tiempo lo achacas al oleaje del subconsciente o a "queseyo" pero el caso es más profundo: siempre es más profundo.
Tu actuar, tu ser, el ver, mirar, el haber dicho o haber callado, el absurdo de verse en el espejo, se vuelven enemigos y torpes. Te ves como un fardo inútil que se mueve sin ritmo y sin gracia, algo así como el más tonto y feo de la fiesta o quizás como la aburrida que todo el mundo evita en el salón de baile.
Este odio interno y profundo suele desperezarse con el avanzar de la mañana, con un desayuno copioso, con una conversación amable o, lo mejor, con mucho silencio. La comparación silenciosa con los demás siempre llena de moral las faltriqueras vacias de por la noche.
Otras veces no, ese odio como un Patrick Bateman real que desearía acabar con el mundo solo por no acabar, egoísmo reconocible, consigo mismo. Si este odio avanza, describe círculos o caminos, se hace interno y crece como una planta parásita pero olorosa en el interior se encuentra uno abonado a la depresión o incluso a la dulcísima locura.
El estallido último puede ser el asesinarse, como si eso borrara el estigma de esa verguenza matutina, o, también enajenarse en otro, convertirse en otro, callarse en medio del ruido para que el tiempo, la farmacopea o el devenir encime y borre, como un alud, esa personalidad grotesca.
En estos caminos se encuentra un porcentaje alto de la población, me atrevería a decir que entre el 71% y el 88%. En ese pasillo terrible es donde habitan vampiros del otro, superhombres y supermujeres de pecho de paloma, arrastrados que dan más gloria que pena, ínfimos adictos a cualquier cosa, religiosos sin parangón y alegres.
De todos ellos los alegres sin más apellidos son los más peligrosos. ¿Porque?, porque hacen los días empezar antes y, por tanto, encontrarse con esa legión de fantasmas cada mañana.
(213) Quince segundos alargados.
¿Porque voy a elegir pararme y pensar, técnica y regalía, frente a arrebato y víscera?.
¿Para que?.
¿Porque?
¿Que me para a escribir de lo que quiera, negar al cielo, ya me negó antes, y negar a los hombres en sus miserias de dinero y sexo?.
Esto no es malditismo, me miro al espejo y tengo una cara de burgués y de aburrido que asesino, ni tampoco postura. ¿Para qué?
Es que lo mismo me cuesta ser bonito que ser terrible, ser correcto que ser verdadero o ser iconoclasta o postrarme ante cualquier imbécil tenga o no toga u oropel de poeta.
Para el resto, el espantajo, el personaje, la sonrisa-rictus, la mentirijilla gangrenosa, y la putitud del venderse cada vez, por menos tengo siete días a las semana 24 horas al día, 60 minutos a la hora, 45 segundos al minuto... todo menos estos quince segundos alargados que guardo para el grito al horizonte.
(212) Instantes de pensamiento menor
Soñó la rosa un día, soñaba en hielo.
Los tristes paréntesis de sus hijos rendía en el suelo.
Soñaba el dulce dulce de leche libaba sueños.
Hablaba la madre, hablaba el padre, urdía vuelos.
Terminaban andando y los sueños acababan silbando, rendía puertos, mataba albatros, Moría pequeño.
(210) El solaz de Tinta de Jeronimo Edo
Cansado, Jerónimo Edo tomó a los filosofastros y les conminó en el almacén a tomar dos resmas sobrantes de un trabajo no pagado y depositarlas sobre la caja de tipos. En el plano inclinado se deslizaban premiosas las manos en el papel cuando el impresor les preguntó retórico:
- ¿Preguntáis sobre el tiempo y las personas?; ¿Creéis que vuestros actos perdurarán y una nueva era se acerca?
Edo, puro filosofía, entregó tinteros de Aboreguí de buena calidad; uno lleno para un sorprendido Lucio y otro vacío para el hijo segundo de Alvarado: bachiller pretencioso.
-Tiradlos encima – ordenó seguro como anciano ante tormenta en nubes lejanas.
Tomaron los tinteros sorprendidos y sonrientes ante la excentricidad, y por ver como arruinaba unos pliegos de buen papel. Mirándose y mirando al impresor los vertieron casi a gotas a la espera una broma que jamás amaneció.
Jerónimo Edo, pulmones anegados de miasmas de disolventes y manos grises de plomo, moriría al poco de llegar yo a Almadormida y fue uno de los que escapó del desastre. Estaba en Cuclillas. También fue protagonista, secundario, del drama del Retrueco y, de esta forma, fue mi parco cronista contento en el relatar añejo y entendido en las tardes últimas de su agosto; ¡alma de viejo, más recuerdo que yunque!.
La tinta percolaba el impermeable espesor de papel. Edo hablaba de las personas, la naturaleza, la voluntad, los deseos del hombre, lo que se debe hacer, y lo que no. Fueron una docena de frases que, en otros oídos y otro tiempo, se hubieran mercadeado en oro lo que las resmas pesaban, sin embargo con los jóvenes, humo sin vereda, no fue así.
Transcurrieron, de tiempo, cinco credos con fe y antes de que los jóvenes inexpertos e ilusionados expusieran sus ideas con fulgor - absolutas y teñidas de relativismo sesgado y de romanticismo suicida -, el impresor extrajo la última hoja de cada una de las resmas. Las miro: Ambas limpias. Las dobló y las entregó, como premio o tesoro. Marchaban cabildeando en inteligencia de miradas la vesania del maestro lector cuando Jerónimo añadió:
“El tiempo pasa y nada lo mancha, tan oscuro hoy como blanco mañana, da igual del tamaño de la mentira: Recordadlo si alguien os habla hoy en nombre de otro mañana diferente al que veis”.
Lucio pensaba en esas palabras andando hacia el final de la calle; el de Alvarado tiró al suelo, Saulo, el pliego blanco. Se fueron, ambos, mascullando risas, bromas, chanzas y miradas hacia detrás.
Edo asentía con una letanía sottovoce y un cigarro eterno entre sus dedos grises y amarillos de nicotina. Se mantuvo pensando, las volutas de humo dibujaban arabescos y acantos, aun sabíendo que su parábola mayeútica sería olvidada al cabo de la calle. Las palabras eran coda de la verdad y no el estribo oscilante de una mentira que se cernía.
No mucho tiempo después Almadormida recordaría y lloraría, en el suelo de los entierros por Aparicio, las presas del aciago pelirrojo Sr. Goush.
(210) El caso Humala y Beyle
Don Lautaro Humala y Beyle era un noticioso abogado del pueblo cercano de Orace, (al noroeste de Almadormida, pero pasando por cerca del pueblo abandonado). No era una carretera muy frecuentada, solo viajeros (como el Sr Goosh) y otros mercachifles de la venta y el engaño transitaban por allí.
Don Lautaro Humala, de familia indiana, pero nobilísima, recogía sus papeles en su despacho nunca antes de las cinco pero tampoco con posterioridad a las cinco y diez. Era, por tanto un relog humano.
Don Lautaro trataba temas de herencias con pimienta, muertos indómitos y guardaba en su leve color de tierra y jade de su rostro la dureza del aire andino y, también, la perspicacia del labriego listo. Don Lautaro se casó, hace quince años, con Rosita Huymmiell y Castro, hija del ingeniero alemán de la mina de Corss. Esta mina, cerrada hace, tuvo un excelente centro de formación donde los hijos de los ingenieros coincidian, en clases separadas, con los de los trabajadores. En este caso permitió el conocimiento de Rosita con el hijo del contable segundo Don Jose Humala y Cabestrillo, padre prócer y engendrador de la familia Humala en la región de Corrs. Este conocimiento permitió una intimidad posterior que acabó en casorio.
Don Lautaro y Rosita, una vez casados se trasladaron, por mor de una menor competencia y mayor aplomo social y económico, al pueblo cercano de Orace. Orace tenía cuatro iglesias, más de ocho panaderías y hasta burdel permanente. Era, lo que se decía en aquellos años de entreguerras, un PUEBLO. Sería para diferenciarlo de esas ciudades de tres al cuarto que ni tenían lupanar, ni pan diario.
Don Lautaro, tras esta introducción se enfrentaba a un tremendo dilema. Se podría decir que es la paradoja de las paradojas.
El caso es como sigue: Don Lautaro, un día, que por indisposición llegó a su casa a las cuatro y veinticinco, encontró en el lecho yaciendo a su esposa, Doña Rosita, con Mascarán de Buyrana y Milcielos, el alquechifle del Marqués de Sorrentina. Mascarán con su apostura napolitana (Pauli Cinelli puro) y su verborrea llena de francesismos (nunca de galicismos) la cautivó hasta el punto de acabar en decúbito supino. Don Lautaro se percató tarde y no hizo gala de su bien ganada discrección en su trabajo, al escuchar los arrumacos y penentró en la estancia, vió el hecho de carne y movimiento y horrorizado se marchó sin mayor aspaviento.
Rosita no se apercibió del contumaz marido ni Mascarán tuvo mínimo aprecio por detener su ejecución ante los ruidos; continuaron los amantes mientras Don Lautaro, rojo de ira, de verguenza, de daño y de tiempo se marchó a pasear por los abedules de Orace.
Estos abedules eran conocidos por novios y estraperlistas por igual porque escondían en huecos de arbol y piedras interesantes partidas (sobre todo para la justicia).
En este punto es donde Don lautaro ha de elegir:
A) Le mato, la mató y me suicido.
B) Le mato, me suicido y luego la mato.
C) La mato, me suicido y luego le mato. D) Me mato primero y luego les mato al uno y al otro al azar.
E) No mato a ninguno pero me suicido.
F) Les mato a los dos pero no me suicido.
G) Permito el epíteto de cabrón y no vuelvo antes de las cinco y media nunca más.
Don Lautaro, confuso, seguía paseando mientras Doña Rosita y Mascarán iban terminando; el río seguía su curso: nunca la misma agua, y los asuntos se le amontonaban por abandonar el despacho antes de tiempo.
(202) 11M
La muerte es de hierro: Cuajada de negra sangre, frío y caliente de muerte. El humo es negro y gris túnica postrera de la némesis. El humo es la blonda de la muerte, como un heraldo.
El suelo brota en rocas marcianas, de trozos de alma y pedazos de risa, sonrisas, momentos y vida ajados, deslavazados, ajenos entre sí, chirriando como en locura, retumbando en un instante eterno. Bailando sin estar y riendo sin sonido, en una locura de eterna sinrazón. Un zumbido fuerte, muy fuerte ataca.
Ese instante dura la vida, una vida acaba en ese instante, un reloj marca un segundo, una vida se extingue,
una segunda luz negrísima deflagra y tiñe aún más de tibia muerte los gestos asombrados de los hermanos. Mancha de yeso las caras de los hombres y los convierte en calaveras polvorientas, por el tiempo, por el daño, por el estruendo sin música del estrambote.
Hoy es eterno, la muerte es eterna, su lluvia funesta y triste no parece acabar.El aumbido grave y siniestro de timpano tañe cronográfico en los interiores.
El hierro se puebla de mis trozos, el mundo se vuelve mi enemigo,
la naturaleza manipulada por los malvados hiende mis carnes, me muere, me asesina, me abre el pecho y se lleva mis vísceras,
quedo sin mi cabeza, sin mi alma, sin mi espíritu y sin mi corazón, solo lo fácil de robar
Se acabó el futuro, la risa y el tiempo. En este instante eterno, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero."
(197) Ucranio
Roja nariz en la cara
Ojillos claros, pequeños y burlones.
Polaco, ucranio o lejano.
Del trabajo al escorbuto.
De la distancia al llanto.
Emigrante: siempre próximo, siempre ajeno nunca prójimo.
(196) Pelea
El golpe, el desmayo.
La malvada hacienda de vacíos y aires.
La finta, el odio, el universo absuelto del todo o de la nada.
La vida, la muerte, la pelea como reconciliación olímpica, emancipación , revelación, redención.
El todo y la nada, la victoria, el denuedo, lo concertado y los yerros.

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