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Categoría: Fuego

(222) El enterrador de Ridiera

bonhamled 03/01/2008 @ 19:34
Era un pueblo pequeño y ya maldito antes de que llegara el pelirrojo a la comarca de Hería en forma de mala hierba rastrojera y gritos nocturnos con voz de mandrágora. Vivía en la aldea un frío de negro acero y de vientos correveidiles que turbaban mentes, quebraban voluntades y fes. Era el lugar que daban en llamar Ridiera por el viento que soplaba, el rido, rara vez bueno.
Las doce casas de Ridiera, a ojo de búho de Aparicio, eran heredades de leña de señores del pueblo grande, y desde su promontorio en la loma solana vigilaban la entrada a fincas viejas, también de señores del viejo Aparicio, que daban frutos montaraces de madera, retrueco y resina.
Ridiera tenía iglesia, ermita y casa de juntas donde retumbaba o susurraba un viento ululante tan pronto el sol se escondía. Era un aire que hendía las cabezas y rebañaba razones. El viento y el tiempo -primos- habían despoblado alguna de las casuchas y esa falta de prolijidad resentía la actividad de leñeros, guardas y vigilantes.
Los amos del llano, en Aparicio, celosos de sus plusvalías pedían familias por las iglesias del contorno. Familias cabales y capaces de encargarse de la guardersía y cuidado de la iglesia de la aldea del cerro. También quedaría en el cometido el cuido y limpieza para el culto de la ermita donde los micólogos, druidas, recogían setas y hongos que atentaban contra los usos de las leyes de Dios y los hombres.
Los ridieros para evitar la confusión con las mentes malvadas que, amigas del viento y los atardeceres verdes, recogían frutos sin raíz, como viento, solían llamarse a sagrado casi todos los días a la vuelta del trabajo para salir limpios y exvotos de esa ermita que era la punta de lanza contra la locura demenciada de los hombres o el poder de lo desconocible.
Las almas quedaban limpias para poder volver a robar al monte el día siguiente en loor de Dios y las normas de su casa. Era un huir diario del dolor y del malano como decían los ridieros a la locura del viento. Bien supieron después, los que se negaban, los efectos perjudiciales de esos malos usos que contrariaban a jueces y presbíteros.
La familia de los Pachecos, gente pequeña y ruin, fueron proscritos en Aparicio por algún problema de rentas de siega y envidias más relacionadas con lo casquivano y bello de su hija mayor, Pilar, que por los males de los malencarados, cejijuntos y rechonchos campesinos. Arribaron a Ridiera padre, madre, hijo mayor, hija e hijo pequeño, que no levantaba más de tres años del suelo, a otear collados y revisar cuarteles y pajares para trabajar, tomar o robar.
Juan Pacheco, el padre, hablando en negocios con el mayoral primero de las fincas, de las cuales casi dependía el pueblo, tras conocidas las obligaciones y sueldos, negó la intención que le había mandado al pueblo con una sabiduría escapada:
- No puedo soportar ser el guardés y cuidador del cementerio que habrá de enterrarme o enterrar a uno de los míos.
El mayoral, los rabadanes y los demás guardeses asintieron, después, reconociendo el dolor de cada uno al enterrar a los suyos. El viento, mientras, se llevaba el murmullo de sus músicas conversaciones lejos rebotando en tocones yermos, rocas invertidas y caminos falaces con la vesanía de una loca vieja de crespos pelos color amanecer. Esas palabras la tomarían musgos y los líquenes verdosos y las personas que transitan los montes sin norte ni buen ánimo.
A los días y con la misma hambre de la llegada los Pachecos abandonaron Ridiera, incluso, dejaron atrás Aparicio, la comarca de Hería y también Almadormida prediciendo un miedo indeciso que habría de cristalizarse después.
Los Pachecos se dirigieron con el estómago pequeño al gran fangal de la ciudad con sus miasmas de hilillos horizontales flotando. Allí el turno musical del acordeón, la guitarra sin barnizar y el vino nocturno también les enseñaba los puños y los dientes, pero, entonces, la amenaza era ya otra.
En Ridiera no solo los Pachecos temieron el olor ventoso de esa muerte que vivía en los bosques llenos de moscas.  Un gran resto continúo su trabajo agreste, su recogimiento a sagrado y el ser siempre víspera, sin embargo el temor pánico de los Pachecos gritando en bisbiseo: “….. Enterrarme o enterrar a alguno de los míos” fue oído por décadas con la risa ahogada de un alguien escondido o desconocido rebotando aquí y allá.
El olor a muerte de Ridiera llenaba en ecos y reverberaciones de viento el bosquedal de Hería bajaría, como agua, el cerro hasta Aparicio y, después, con la llegada de Goush, llegaría oloroso y moscal hasta Almadormida.
Pero ese cuento de muerte, dolor y tiempo heredado, mejor será no contarlo para no llamar vientos y maldiciones.

(221) Instrucciones para amar al prójimo

bonhamled 01/01/2008 @ 11:42

No es lo mismo que un banquero te diga "ama al prójimo como a ti mismo" que te lo diga un Schindler, un Sanz Briz o Sousa Mendes, un Elie Wiezer, un Primo Levi o un Viktor Frankl, incluso con la voz baja que proviene de un interior irrenunciable pero con reverbero de campana. El primero siempre acentúa en "mismo", el segundo en "prójimo".

(216) Sección técnica nº 11. Instrucciones para odiarse

bonhamled 22/12/2007 @ 14:01

Algún día, alguna mañana de un martes, sobresaltado y zaherido de tiempo te levantas odiándote.

En un primer tiempo lo achacas al oleaje del subconsciente o a "queseyo" pero el caso es más profundo: siempre es más profundo.

Tu actuar, tu ser, el ver, mirar, el haber dicho o haber callado, el absurdo de verse en el espejo, se vuelven enemigos y torpes. Te ves como un fardo inútil que se mueve sin ritmo y sin gracia, algo así como el más tonto y feo de la fiesta o quizás como la aburrida que todo el mundo evita en el salón de baile.

Este odio interno y profundo suele desperezarse con el avanzar de la mañana, con un desayuno copioso, con una conversación amable o, lo mejor, con mucho silencio. La comparación silenciosa con los demás siempre llena de moral las faltriqueras vacias de por la noche.

Otras veces no, ese odio como un Patrick Bateman real que desearía acabar con el mundo solo por no acabar, egoísmo reconocible, consigo mismo. Si este odio avanza, describe círculos o caminos, se hace interno y crece como una planta parásita pero olorosa en el interior se encuentra uno abonado a la depresión o incluso a la dulcísima locura.

El estallido último puede ser el asesinarse, como si eso borrara el estigma de esa verguenza matutina, o, también enajenarse en otro, convertirse en otro, callarse en medio del ruido para que el tiempo, la farmacopea o el devenir encime y borre, como un alud, esa personalidad grotesca.

En estos caminos se encuentra un porcentaje alto de la población, me atrevería a decir que entre el 71% y el 88%. En ese pasillo terrible es donde habitan vampiros del otro, superhombres y supermujeres de pecho de paloma, arrastrados que dan más gloria que pena, ínfimos adictos a cualquier cosa, religiosos sin parangón y alegres.

De todos ellos los alegres sin más apellidos son los más peligrosos. ¿Porque?, porque hacen los días empezar antes y, por tanto, encontrarse con esa legión de fantasmas cada mañana.

(213) Quince segundos alargados.

bonhamled 17/12/2007 @ 20:49

¿Porque voy a elegir pararme y pensar, técnica y regalía, frente a arrebato y víscera?.

¿Para que?.

¿Porque?

¿Que me para a escribir de lo que quiera, negar al cielo, ya me negó antes, y negar a los hombres en sus miserias de dinero y sexo?.

Esto no es malditismo, me miro al espejo y tengo una cara de burgués y de aburrido que asesino, ni tampoco postura. ¿Para qué?

Es que lo mismo me cuesta ser bonito que ser terrible, ser correcto que ser verdadero o ser iconoclasta o postrarme ante cualquier imbécil tenga o no toga u oropel de poeta.

Para el resto, el espantajo, el personaje, la sonrisa-rictus, la mentirijilla gangrenosa, y la putitud del venderse cada vez, por menos tengo siete días a las semana 24 horas al día, 60 minutos a la hora, 45 segundos al minuto... todo menos estos quince segundos alargados que guardo para el grito al horizonte.

(212) Instantes de pensamiento menor

bonhamled 16/12/2007 @ 10:40

Soñó la rosa un día, soñaba en hielo.

Los tristes paréntesis de sus hijos rendía en el suelo.

Soñaba el dulce dulce de leche libaba sueños.

Hablaba la madre, hablaba el padre, urdía vuelos.

Terminaban andando y los sueños acababan silbando, rendía puertos, mataba albatros, Moría pequeño.

(210) El solaz de Tinta de Jeronimo Edo

bonhamled 14/12/2007 @ 06:31

Cansado, Jerónimo Edo tomó a los filosofastros y les conminó en el almacén a tomar dos resmas sobrantes de un trabajo no pagado y depositarlas sobre la caja de tipos. En el plano inclinado se deslizaban premiosas las manos en el papel cuando el impresor les preguntó retórico:

- ¿Preguntáis sobre el tiempo y las personas?; ¿Creéis que vuestros actos perdurarán y una nueva era se acerca?

Edo, puro filosofía, entregó tinteros de Aboreguí de buena calidad; uno lleno para un sorprendido Lucio y otro vacío para el hijo segundo de Alvarado: bachiller pretencioso.

-Tiradlos encima – ordenó seguro como anciano ante tormenta en nubes lejanas.

Tomaron los tinteros sorprendidos y sonrientes ante la excentricidad, y por ver como arruinaba unos pliegos de buen papel. Mirándose y mirando al impresor los vertieron casi a gotas a la espera una broma que jamás amaneció.

Jerónimo Edo, pulmones anegados de miasmas de disolventes y manos grises de plomo, moriría al poco de llegar yo a Almadormida y fue uno de los que escapó del desastre. Estaba en Cuclillas. También fue protagonista, secundario, del drama del Retrueco y, de esta forma, fue mi parco cronista contento en el relatar añejo y entendido en las tardes últimas de su agosto; ¡alma de viejo, más recuerdo que yunque!.

La tinta percolaba el impermeable espesor de papel. Edo hablaba de las personas, la naturaleza, la voluntad, los deseos del hombre, lo que se debe hacer, y lo que no. Fueron una docena de frases que, en otros oídos y otro tiempo, se hubieran mercadeado en oro lo que las resmas pesaban, sin embargo con los jóvenes, humo sin vereda, no fue así.

Transcurrieron, de tiempo, cinco credos con fe y antes de que los jóvenes inexpertos e ilusionados expusieran sus ideas con fulgor - absolutas y teñidas de relativismo sesgado y de romanticismo suicida -, el impresor extrajo la última hoja de cada una de las resmas. Las miro: Ambas limpias. Las dobló y las entregó, como premio o tesoro. Marchaban cabildeando en inteligencia de miradas la vesania del maestro lector cuando Jerónimo añadió:

“El tiempo pasa y nada lo mancha, tan oscuro hoy como blanco mañana, da igual del tamaño de la mentira: Recordadlo si alguien os habla hoy en nombre de otro mañana diferente al que veis”.

Lucio pensaba en esas palabras andando hacia el final de la calle; el de Alvarado tiró al suelo, Saulo, el pliego blanco. Se fueron, ambos, mascullando risas, bromas, chanzas y miradas hacia detrás.

Edo asentía con una letanía sottovoce y un cigarro eterno entre sus dedos grises y amarillos de nicotina. Se mantuvo pensando, las volutas de humo dibujaban arabescos y acantos, aun sabíendo que su parábola mayeútica sería olvidada al cabo de la calle. Las palabras eran coda de la verdad y no el estribo oscilante de una mentira que se cernía.

No mucho tiempo después Almadormida recordaría y lloraría, en el suelo de los entierros por Aparicio, las presas del aciago pelirrojo Sr. Goush.

(210) El caso Humala y Beyle

bonhamled 10/12/2007 @ 05:57

Don Lautaro Humala y Beyle era un noticioso abogado del pueblo cercano de Orace, (al noroeste de Almadormida, pero pasando por cerca del pueblo abandonado). No era una carretera muy frecuentada, solo viajeros (como el Sr Goosh) y otros mercachifles de la venta y el engaño transitaban por allí.

Don Lautaro Humala, de familia indiana, pero nobilísima, recogía sus papeles en su despacho nunca antes de las cinco pero tampoco con posterioridad a las cinco y diez. Era, por tanto un relog humano.

Don Lautaro trataba temas de herencias con pimienta, muertos indómitos y guardaba en su leve color de tierra y jade de su rostro la dureza del aire andino y, también, la perspicacia del labriego listo. Don Lautaro se casó, hace quince años, con Rosita Huymmiell y Castro, hija del ingeniero alemán de la mina de Corss. Esta mina, cerrada hace, tuvo un excelente centro de formación donde los hijos de los ingenieros coincidian, en clases separadas, con los de los trabajadores. En este caso permitió el conocimiento de Rosita con el hijo del contable segundo Don Jose Humala y Cabestrillo, padre prócer y engendrador de la familia Humala en la región de Corrs. Este conocimiento permitió una intimidad posterior que acabó en casorio.

Don Lautaro y Rosita, una vez casados se trasladaron, por mor de una menor competencia y mayor aplomo social y económico, al pueblo cercano de Orace. Orace tenía cuatro iglesias, más de ocho panaderías y hasta burdel permanente. Era, lo que se decía en aquellos años de entreguerras, un PUEBLO. Sería para diferenciarlo de esas ciudades de tres al cuarto que ni tenían lupanar, ni pan diario.

Don Lautaro, tras esta introducción se enfrentaba a un tremendo dilema. Se podría decir que es la paradoja de las paradojas.

El caso es como sigue: Don Lautaro, un día, que por indisposición llegó a su casa a las cuatro y veinticinco, encontró en el lecho yaciendo a su esposa, Doña Rosita, con Mascarán de Buyrana y Milcielos, el alquechifle del Marqués de Sorrentina. Mascarán con su apostura napolitana (Pauli Cinelli puro) y su verborrea llena de francesismos (nunca de galicismos) la cautivó hasta el punto de acabar en decúbito supino. Don Lautaro se percató tarde y no hizo gala de su bien ganada discrección en su trabajo, al escuchar los arrumacos y penentró en la estancia, vió el hecho de carne y movimiento y horrorizado se marchó sin mayor aspaviento.

Rosita no se apercibió del contumaz marido ni Mascarán tuvo mínimo aprecio por detener su ejecución ante los ruidos; continuaron los amantes mientras Don Lautaro, rojo de ira, de verguenza, de daño y de tiempo se marchó a pasear por los abedules de Orace.

Estos abedules eran conocidos por novios y estraperlistas por igual porque escondían en huecos de arbol y piedras interesantes partidas (sobre todo para la justicia).

En este punto es donde Don lautaro ha de elegir:

A) Le mato, la mató y me suicido.

B) Le mato, me suicido y luego la mato.

C) La mato, me suicido y luego le mato. D) Me mato primero y luego les mato al uno y al otro al azar.

E) No mato a ninguno pero me suicido.

F) Les mato a los dos pero no me suicido.

G) Permito el epíteto de cabrón y no vuelvo antes de las cinco y media nunca más.

Don Lautaro, confuso, seguía paseando mientras Doña Rosita y Mascarán iban terminando; el río seguía su curso: nunca la misma agua, y los asuntos se le amontonaban por abandonar el despacho antes de tiempo.

(202) 11M

bonhamled 01/12/2007 @ 07:02

La muerte es de hierro: Cuajada de negra sangre, frío y caliente de muerte. El humo es negro y gris túnica postrera de la némesis. El humo es la blonda de la muerte, como un heraldo.

El suelo brota en rocas marcianas, de trozos de alma y pedazos de risa, sonrisas, momentos y vida ajados, deslavazados, ajenos entre sí, chirriando como en locura, retumbando en un instante eterno. Bailando sin estar y riendo sin sonido, en una locura de eterna sinrazón. Un zumbido fuerte, muy fuerte ataca.

Ese instante dura la vida, una vida acaba en ese instante, un reloj marca un segundo, una vida se extingue,

una segunda luz negrísima deflagra y tiñe aún más de tibia muerte los gestos asombrados de los hermanos. Mancha de yeso las caras de los hombres y los convierte en calaveras polvorientas, por el tiempo, por el daño, por el estruendo sin música del estrambote.

Hoy es eterno, la muerte es eterna, su lluvia funesta y triste no parece acabar.El aumbido grave y siniestro de timpano tañe cronográfico en los interiores.

El hierro se puebla de mis trozos, el mundo se vuelve mi enemigo,

la naturaleza manipulada por los malvados hiende mis carnes, me muere, me asesina, me abre el pecho y se lleva mis vísceras,

quedo sin mi cabeza, sin mi alma, sin mi espíritu y sin mi corazón, solo lo fácil de robar

Se acabó el futuro, la risa y el tiempo. En este instante eterno, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero."

(197) Ucranio

bonhamled 25/11/2007 @ 08:05

Roja nariz en la cara

Ojillos claros, pequeños y burlones.

Polaco, ucranio o lejano.

Del trabajo al escorbuto.

De la distancia al llanto.

Emigrante: siempre próximo, siempre ajeno nunca prójimo.

(196) Pelea

bonhamled 23/11/2007 @ 20:32

El golpe, el desmayo.

La malvada hacienda de vacíos y aires.

La finta, el odio, el universo absuelto del todo o de la nada.

La vida, la muerte, la pelea como reconciliación olímpica, emancipación , revelación, redención.

El todo y la nada, la victoria, el denuedo, lo concertado y los yerros.