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Categoría: Gritos

(381) Se va el verano

bonhamled 29/10/2009 @ 07:43

El sol se pone en esa etapa donde el verano no está del todo olvidado pero el fresco abundado ya rememora un lejano e invernizo otoño. El sol se esconde entre rojos, morados y violetas solemnes y espectadores, en muy poco, en un casi nada instantáneo el cielo se cubrirá del espacio plano y negro del infinito desconocido.

Miro al monte a lo lejos, a sus retamas, a sus gramas, a sus lavandas y al olor fragante que se escapa con el calor del sol como un perfume caro y abierto. Se marcha el tiempo como el halo de un caracol, se acerca la noche con ese frío rememorante. El tiempo se viene encima, todo ha acabado, ahora once meses de cortina herrumbrosa y subterránea de incómoda rutina, casi sin soles, sin días, sin aires y sin espacio, una masa mocosa de tiempo, responsabilidades, prisas y vida que se va.

(362) Aquí, ahora

bonhamled 08/06/2009 @ 05:47

Pasa el tiempo y, de repente, ya me encuentro aquí.

La puerta está allí y aunque me duele un poco el costado, es más un recuerdo presente que un dolor real.

Difumino lo que veo y veo lo que no estoy mirando. La situación es extraña.

Sin embargo parece que este tiempo eterno del narrador en primera persona se acaba.

Pienso y miro, callo y escucho mi respiración lenta, quieta, tenue, escasa, silbante y percusionada de negros caballos al galope

Me voy escapando tranquilo y pienso de nuevo.

Queda poco y pienso: ¿tengo que temer?

Nunca hice a nadie daño, casi nunca me traicioné y cuando lo hice yo lo sufrí.

Me mantuve quieto y firme junto a lo justo. Me levante y mantuve la frente de cara al futuro sin el miedo que, ahora se manifiesta casi infantil.

Miro al presente y al pasado y, tranquilo, sospecho algo bonancible.

Nada he de temer, lo que encuentre o vea no habrá de ser perjudicial. Si así fuera se demostraría, ya lo sosprecho, que todo lo anterior es falso.

Me esperan conocidos, personas que me quisieron mucho y que yo seguí queriendo aun cuando se fueron.

Quizás hacer lo que se debe merece la pena, quizás no hacer lo que se piensa es una traición mayor que marcharse sin quererlo.

Quizás mantener la cabeza firme solo sirva para poder contar sin un miedo pánico, sin una desesperanza cinética y tremolante: cinco, cuatro, tres, dos, uno.

(359) Yuri

bonhamled 19/05/2009 @ 18:08

Estaba cansado y deseaba ver a su familia pero sabía que no podría escaparse, le esperaban los mandatarios para hacerse una foto y alimentar la propaganda. El no era ajeno a todo eso, era miembro creyente y ferviente del partido. Terminaba de mirar por la ventana, antes de iniciar la caída controlada hacia la tierra cuando miró al horizonte negro y sin línea, el futuro.

La atmósfera grisácea y algo blanquecina, como una medusa sólida o como una niebla dnsa sería la lija tremenda que amenazaba con su calor su estancia tranquila pero apneica en el espacio. Yuri miraba al horizonte inexistente a la bellísima bola redonda azul, verde, roja, marrón.

Pensó durante un instante en la fatuidad de los afanes, luchas, tensiones que eran del día a día en aquella bola que se creía plana al andar sobre ella pero que solo era una gota de vida sorprendente en aquel océano azul lejano y desconocido.

Miró de nuevo a la tierra, giraba casi imperceptiblemente, miró al estático mundo de las estrellas lejanas. Pensó en las raices de los árbones, atadas a una tierra redonda y móvil, pensó en las ideas de los hombres claras y efectivas pero, al tiempo, matizables solo con huir de la tierra unos pocos miles de kilómetros.

¿Le verían desde la tierra?, el no cabe duda que echaba de menos ese lugar arbóreo, prosaico, terrenal y telúrico donde nació y salvo estas pocas horas seguiría estando toda su vida. Deseaba volver pero, al tiempo, el cosmonauta, deseaba estar en esa clarividencia de pensamiento, por un lado lo evidente de la tierra, con su matiz inexpugnable en la altura, y por otro el horizonte que no parecía tener ley, ni Dios, ni ideología ni siquiera tiempo.

En pocos minutos comenzaría la maniobra de entrada a la atmósfera, la radio, cuyo chisporroteo instantáneo solo había callado apenas esos dos minutos de tranquilidad. Volvía a la realidad linear de la curvilinea tierra.

(357) El cónsul-diplomata

bonhamled 03/05/2009 @ 21:04
El señor Cónsul, aparecería en escasos minutos, ya habían dado las cinco de la tarde. Miraba embutido en mi tuxedo de "representante de asuntos", mi dulce relevo. La situación de negocios en la región era tal que el embajador había solicitado un cónsul "de carrera" para gestionar los asuntos de "mis" nacionales.
El bar del hotel "Spleendor" era amplio y con un aire de años setenta. De ese tiempo cuando el neocolonialismo de mercenarios y dineros de compañías interesadas en depredar el bosque campaban, y así había quedado en sus butacas de cuero, sus sofas de cuero, sus taburetes altos de skay, los camareros vestidos como croupiers y esa sensación algo fétida de estar en el lugar donde se cocieron algunos de los golpes de estado y, puede que alguna de las desapariciones de periodistas o políticos. En la misma puerta del "Spleendor" secuestraron a un agregado cultural francés que nunca apareció, el gobierno francés tampoco lo reclamó. Yo viví casi mis primeros tres años en el Hotel con lo que conocía su geografía casi como el dueño, un libanés orondo y cristiano que me era tan antipático como simpático le era yo. El cónsul venía con instrucciones precisas del embajador y, supongo, que junto a mi relevo, tendría una lista de tareas a realizar. Dos de las mayores empresas petroleras y una de exploración farmageográfica me habían manifestado su interés por lograr mayores contactos políticos y sociales en la zona. Asentía mientras me guardaba su cheque de banco solvente y revisaba mi lista de contactos y evaluaba hacia que dirección se dirigiría el cambio (quizás era solo un Lampedusa camuflado).

El Cónsul se retrasaba mientras yo terminaba un whisky intempestivo, se cruzó un agregado inglés con el que habiamos tratado, unas veces de nuestro lado, otra del lado de los guerrilleros, la liberación de Galdolfi. - Usted debe ser... Oi un instante, y vi al patricio joven que se me acercaba, en ese momento "un local sacando una pistola avanzó hacia el cónsul in pectore y le disparó no menos de cuatro veces". Dijeron los periódicos en la metrópoli. El muchacho disparó y se marchó corriendo por la cocina del hotel, nunca se supo nada de él. Otra vez que quieran relevarme, deberían consultarlo antes conmigo.

(352) El explorador

bonhamled 12/04/2009 @ 19:27

Decidí abandonarme en una columna en un desierto y, al tiempo, deambular por los campos y páramos inmensos de tu mundo recoleto.

Anduve por pequeñas montañas, collados húmedos y frágiles, flexibles y eternos mientras un grito, un suspiro o un estremecimiento de terremoto me dejaba verte allí arriba, en un cielo en el que siempre has estado.

Miré la blandura de tus senos, el universo claro de tu vientre creador, tus piernas que dejaban ver un secreto, un secreto digno de los mejores Livingstones.

Mientras auscultaba, revisaba, tu mundo más interno, otro nuevo se acercaba a mi, quizás con los olores de la selva, de la montaña, de la urbanizada Europa, de la lejana Asia. Un olor de vida y muerte, tiempo y vida, jugos, licores y sensaciones. Un lugar donde el tiempo tenía consistencía. La consistencia melosa y untuosa de una caricia verdadera.

Era un camino, un demiúrgico volver al brillo rutilar, una sensación de dar para recibir multiplicado por millones porque el dar era un denunciar sencillo, oral, amable, cariñoso y el devolver era filosófico, atemporal, clarividente, egregio. Andaba el camino con presteza de arriero, con tozudez de herrero, con fe de carbonero, con decisión de asesino.

Seguí buscando en estas lomas, en esas vaguadas, en aquellos escarpes, en esos otros pasos, precipicios o durmientes leones. Intentaba hallar el llanto, la vida y el canto de la primera mujer. Seguí buscando, a desprecio de un egoísmo egoísta, el oro sin duda del camino al Olimpo, el tuyo.

Tras la travesía por jardines, por orondos y frondosos campos de naranja, por salados manantiales de agua pura, por rugosos y dulces campos de amapolas o margaritas, por sensaciones de tiempo y de vida llegué a aquel vergel, al lugar último de la pequeña muerte, de la gran vida. Arribé con el ánimo de un Aladino ladrón a la puerta del tesoro que se me abría. Vislumbrando oscuro un mundo con música, tiaras  doradas por doquier y pifanos rugientes, durmientes y sibilantes. Un barroco mercado árabe me daba la bienvenida, una inteligente espesura de tiempos y datos, un mundo curvado como visto desde un barco, un tiempo que se vivía elongado en cada segundo. Un abanico de amanecer que se me abría frente a los ojos con inoculandome un sentimiento de ignorancia suprema, de oscuridad medieval y de historicismo trascendente, que no por repetido dejaba de serlo.

Cuando acabé y volví a la terneza prosaica del cuerpo a cuerpo, cuando regresé sin cansancio de ese viaje de mil millas y mil humores, miré de nuevo su cara, miré su gesto ya no tenso ó sorprendido ó relajado sino consciente. Consciente de haber mirado en el centro del mundo, de conocer un futuro y un pasado, sabedora de estar en posesión de bastantes claves: habiendo visto a un Dios, del que los demás nos atrevemos a dudar, viendo el tiempo, asomçandome al abismo insondable, lejanisimo en su brumar de rompeolassin tiempo. En ese momento, dubitante y miedoso quizás, queriéndome atribuir algún derecho, quizás me atrevería a preguntarla sobre lo que ha visto en ese gran Aleph....sin embargo no me atrevo, necesito muchos más méritos de viajero.

(346) Agresores constructores

bonhamled 05/03/2009 @ 19:44

El puerto, la puerta, la calle abierta, el aire constante y delante quedó atrás.

El pasado, el tiempo, la construcción, la muerte térmica, la mierda.

Ahora delante de los ojos una bola de inmenso muro, un gólgota de cruces disímiles y atonales marcar la escarificación terrible de mi horizonte.

Ahora veo el aire lleno de nadas, antes veía la nada llena de aire.

El tiempo lleno de robos, antes el robo del tiempo solo lleno de aire.

Todo mierda, de constructores, de ladrones, de Alí babás vendedores de nada, compradores de todo, adueñadores de lo de arriba, abajo, este y oeste.

Gentuza mala que llenan el aire de miasmas metempsicóticas.

Su delito, el mañana.

(345) El placer enfermizo y fétido del paso del tiempo

bonhamled 02/03/2009 @ 20:03

Ese placer del tiempo que nos hace recuperar objetos como si fueran reliquias, pensamiento y recuerdos aflorados como petróleo valioso o sensaciones dejadas en el baúl de otro tiempo.

Es un monumento a la nostalgia y la melancolía, un sentimiento que niega el espejo y nos vende como nuevo el más pútrido tiempo. Maldito sea y bienvenido esté.

(336) Andando por la Granvía

bonhamled 26/01/2009 @ 06:53

Asfaltos de mil caminos, macadams de veredas intransitadas y de órdagos de Gran Vía llenan mis sueños de turbiedad.

Vivo sin rima como el chirrido del metro o el frenazo brusco previo a una tragedia que no es.

Es el tributo honorífico a un algo que no es ni ha sido: la vida recortada entre edificios, entre cientos de personas y en recoletos lugares de privacidad cada día menor, como si fuera un teatro bufo, como si todo pudiera posponerse hasta un nunca.

Me giro y saludo, sonrío Wallace, aunque es todo mentira, es teatro porque hay proscenio, porque hay público girando como abeja y, al tiempo, zahiriéndome con pequeñas agujas, con tremendos alfileres infinitesimales, atacando la humanidad grande que me recubre con lo brusco, lo robado, lo indiferente. Sigo andando, ya no es igual.

(331) Pelea en la gallera

bonhamled 06/01/2009 @ 15:27

Se cruzan las últimas, penúltimas, apuestas, las últimas miradas al ojo del gallo, al espolón herrumbroso aguardando la pata con el amarillo del palenque como fondo. En la gris arena el rojo de la sangre pasada de otros gallos, poca, valiosísima, no muy lejos algunos gallos muertos, algunos hombres a punto de morir, otros gallos y hombres destinados a la muerte. Telas, vendas y alcoholes en un armarito junto a la plaza de gallos.

El gallo rojo nervioso de pastilla se mueve y amenaza con salir volando, el gallo negro tranquilo se sabe destinado como un Espartaco. La arena está manchada de tiempos, agujeros de pelea, algún trozo macabro: parece que allí hay un ojo. Fuera de ese círculo trascendente aparece el ruido, la tela de gallinero, los saltos, los bancos de madera, la premura de la redada,. Los hombres, las mujeres, las bestias y los gallos se revuelven  y parecen danzar al son de las apuestas dinero en mano, los alborozos asesinos, los niños que corren y buscan, las entradas y salidas, el olor de hombre y mujer.

El humo de tabaco amenaza la tenue bombilla que da luz a ese chamizo con tejado de calamina, abierto a ambos lados como si fuera porquera reconstituida o, quizás, para dar idea de huida fácil e interinidad clandestina de la gallera.

Pedro “el ojos”, el mulato, Maravedís “El hijo”, La cotorra, Juan muchacho, "Llegón" y otros muchos galleros se juegan el oro perdiendo hacienda, ganando cielos en la muerte de los animales, en el rubio brillo de un espolón, en la acaecedora sensación de victoria en un gesto,. Las músicas suenan en el arrebatar de trompetas y de clarines de torería de un gallo caribeño o montuno. Todos ellos, gallos, putas y galleros, conjuraban su mala suerte de lunes a sábado con estas peleas de gallo, de ron, muerte y vida. De tiempo, ron y muerte. De muerte, vida y desesperación.

El sudor cae, y los billetes se mueven, algunos entran y otros salen, algunos señoritos pierden capitales mientras mercachifles y engañadores “aconsejan” a algunos de ellos. "Ahora perderán más de mil", "luego perderán más de cuatrocientos". La ultima apuesta intenta agarrar la suerte como a cola de una cometa al vuelo, imposible, inasible, inaccesible, inmarcesible. Todo ello en el lugar gallinero de ilusiones negras y dineros perdidos bajo una bombilla de escasa potencia y el atardecer pintando rojos boteros.

Las mujeres, alquiladas, y parte de la gallera esperan la conclusión para desplumar alegres, para llenar los vasos con ron de calidad decreciente en la noche, con sueños de riqueza, prosperidad y deseo que no dejan de estar construidos de calamina y camino lleno de barro. La músicas suenan sin parar, el merengue, la salsa, la cumbia valsera ,que alegran y entristecen, llenando de melancolía tibia como la noche.el escaso tapiz luminoso que se escapa de la calamina En el fondo un rumiar "jingo" enlentece la sensación de sentencia cumplida con un demonio, por encima del verde, más allá del camino. Esta otra música solo se escucha callando mucho y en el fondo de las cabezas.

La pelea está a punto de principiar, si canta el gallo rojo, otro gallo cantará, si canta el gallo negro nada bueno se avecina. Ambos gallos gallan, ambos gallos gallean, ambos gallos se miran a los ojos, indecisos, determinados, ignorantes de la muerte atada en forma de cuchilla a sus espolones. Los espolones oxidados y  mil veces afilados con ternura asesina, reflejan un mundo abovedado, y de ojo de pez, de lo que le rodea, ánimos etílicos, ojos februlentos de avaricia, desesperaciones revolver en cinto, un mar de demonio verde apenas a unos metros de la gallera clandestina.

En el fondo, a lo lejos, casi fuera del tejado que todo lo cubre, se encuentra Ramón Monduela “El asturiano”, nacido aquí pero asturiano, con el habla destinosa, escarpada y arriesgada de la montaña, con el ánimo y el temple sin miedo, con más baleos y cuchilladas que res en fiesta. “

El asturiano” vigila con su único ojo, quizás el otro acabó también en la arena sucia de la gallera, el sutil arpegio de las voces antes de la pelea, las risotadas, los gritos, los tintineos de campanilla de los vasos, las inteligencias entre pícaros, la desesperación de pobres hombres o de ricos sin cabeza ante el dinero marchante. Mira y observa, una mano a la espalda, quizás guarda un cuchillo, otra escondida tras su camisa abierta que deja ver un tatuaje enorme en el pecho, el Santo Cristo de la montaña. Tras la camisa, y encima del Salvador , y escondida, una pistola negra, como la noche que se aviene amiga, para evitar otros males, probablemente tan escritos como el fin de la pelea gallera.

Junto al asturiano dos o tres cochinos de muladas esperando la orden del amo y, más allá, arribadas sin ancla en meses, el resto de las mujeres de la gallera acodadas en la triste barra de bar, otras en mesas conversando con suertones o cenizos, más allá aún unos cuartos tapados con cortinas sucias. Galleras y gallerías, lugares de ron, mujeres y suerte. Suerte, ron y mujeres, Mujeres, muerte y amor.

Los ayudantes, científicos y pulcros, sacan a los gallos de las jaulas de madera: aturdidos, encendidos. Se les enfrenta: se miran con irracionalidad de gallo y, mientras, se les atan los arcos de acero a sus espolones. El palenque silencioso por un instante cruza, casi en inteligencias, las últimas apuestas, promesas de riqueza, roturas de hogares, cruce de destinos, consabidas traiciones y conocidas alianzas de piel turbia y blanco de los ojos en el gris manchado de rojo del ron en la arena del combate. El juego de muerte y juego comienza.

Son los gallos, el gallo rojo y el gallo negro, en la arena. Un manantial de danzas y de cacareo tenue, de aspaviento de pavoneo y de amenaza sin fin se divisa. De repente, se encrespa jingo, el salto y el movimiento, la herida y el revolverse, el gallo que grita y el que canta, las plumas rojas y  negras flotando hasta el suelo, la gota de sangre que salta hasta un espectador avisado, un poco más de baile y el caerse uno de ellos, herido, el rojo o el negro.

El cacareo y la tranquilidad, las lesiones, las muertes, el gallo derrotado que muere con el pescuezo retorcido, suprema misericordia amarga, el vencedor casi indemne. El dinero que cambia de manos, los "ays" sufridos y suspirados y las sonrisas terceras.

Un mundo en la gallera. De repente el paroxismo de  jingo desaparece, solo sonaba en las cabezas, y sigue el dulzón valseo de los pasillos  del altoparlante ahora atemperado con otra armonia que comienza, también en la cabeza general de los que allí estan: el Danubio azul. Una música de entretiempos como de caja de música.

En diez minutos otra pelea, otro teatro, otra muerte en el escenario, otras gotas de sangre y otro pico, otra cresta y otra arrogancia gallera. Otros minutos que se roba a la policía, ya se le pagó, o a la vida y al tiempo., otro brillo que se le extrae al cuchillo oculto y preparado. Otros galleros que llegan, otros que se marchan. El fraseo del vals de Strauss que se mezcla con algunos rugidos de pelea, de desesperación, de nueva apuesta, tranquilidad tensa, de mujeres que vienen y van. De nuevo se enciende la mecha de la gallera, se calla Strauss, y vuelve el golpeo de tambor de jingo.

El asturiano toma un traguito corto de ron y fuma de su cigarro, rápido sus manos vuelven a su sitio: la pistola y el cuchillo. El humo se pierde hacia la selva.

(330) Guerra

bonhamled 04/01/2009 @ 21:17

La guerra es una concatenación de malas suertes.

Con una, dos o tres se arruina la vida de una persona, un próspero profesional acaba siendo un yonqui en el arroyo, una casi imperfectible carrera acaba siendo un arrastrarse, un perder amistades, un negar la cabeza, un muera o mate más temprano que tarde.

La guerra son diez, cincuenta, cien malas suertes anidadas en ilación graciosa y macabra.

Pueden ser, por ejemplo, el estar en un sitio adecuado, no tomar conciencia del momento y servir de blanco para alguien o, quizás, estar en el punto de mira, ser el mejor objetivo periodístico y volver la cabeza. También es ir a por el pan en un lugar que no se debería, quizás vivir donde no era buena idea, creer en un líder tóxico o no tener posibilidad de huir o mil cosas más.

La suerte, esa que casi siempre viene casada con la palabra “mala”, se comporta así, busca un lugar donde anidar, donde se da el calor de los cuerpos que lo pierden y la humedad de la sangre derramada. Allí vive pequeña, esquinosa, dejándose caer sobre tal o cual persona, buscando el desastre para, salvar a alguien de manera sorprendente, cebándose en algunos para demostrar lo fútil de la vida, llenando de agua envenenada los aljibes cuando más sed hay, negando la comida cuando más hambre hay.Es esa la suerte que es pura herrumbre y subalterna opacidad, o se manifiesta fin función ni dueño en un acto inútil como no se presenta en una ocasión obvia. Esta aparente neutralidad, al fin y al cabo, crea una cadena de dolores que engarza lo peor, con lo más malo, con lo pésimo para dar lugar a esa mala suerte, ese lugar común del dolor, el escombro y el llanto seco: le llamamos guerra.

La guerra es un cúmulo de malas suertes, es una mano donde la primera mano es la muerte, la segunda, el hambre, la tercera el dolor, la cuarta la ignoración y la quinta es una nueva mano tras una esquina, en un mercado, en un paseo, en una huida. Todo suerte, todo azar, todo fortuna, todo nefas.

No valen augures ni conjuros, ni brujería ni suertes, La guerra es tan sinfonía de azares y casualidades adversas, aversísimas, que la muerte deviene con realidad estadística: 80%, 90%, 98%.