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Categoría: Gritos

(267) Pátinas

bonhamled 05/05/2008 @ 05:22

Mi padre, ya en el recuerdo, se me manifiesta con una pátina gris y dorada viejo de una pequeña decepción, de una frustración, de un miedo púrpura.

Esta sensación acrecentada por el tiempo nace de una adopción del mundo en el que no fue invitado o en el que le fue negada la entrada: a pesar de estar en él. Creo que esta sensación, siempre a los ojos de un niño y siempre alejada de cualquier desapego hacia mi me construyó una lógica y una logomaquia que me ha costado reconstruir. Como si fuera un cristo en un desierto eterno.

Por eso miro al mundo con un cierto recelo pero, también, con la sensación de que tendré que tomar lo que quiera, nadie me lo dará, y con una mirada, algo airada, al cielo del futuro, no hace falta que venga hacia mi, iré y lo conquistaré.

Es un poco tonto el pensamiento y, también, un poco adolescente pero esta forma aleja ese pensamiento triste y de avalancha de tiempo que me quedó en la sensación de mi padre, ya frío. Solo quisiera no tener miedo, miedo al tiempo, miedo al sueño, miedo a la realidad, miedo al miedo,.. no se si lo conseguiré.

(262) Carta al poeta abierto/muerto

bonhamled 19/04/2008 @ 06:09

Carta rendida al poeta muerto.

Bonhamled poetastro de tercera y pensador de dos divisiones más abajo expone:

Usted Ocasiona al morir los siguientes hechos taumatúrgicos y casi de cocinero que perjudican a todos los ciudadanos y a algunos, como yo, en especial. Los hechos que se refieren al perjuicio son los siguientes:

Las palabras son avispas.

Las palabras se vuelven goznes, umbrales, esquinazos, filos romos.

Las frases son piezas rotas, mecanos mezquinos, trébedes sin olla.

Las frases son papel pautado sin ser camino del fuego.

Los poemas dejan de existir. La poesía murió podrida.

Los poemas destilan una bilis petrolífera.

La poesía se convierte en cenáculo de interesados.

Es el día en el que muere un poeta, el primero, el último, el mejor, el peor.

La luz del mundo tiembla, como en vela ante ventana inoportuna: Guiña, mengüa.

El después puede llegar a a ser equivalente pero nunca igual.

Poetas muertos, planetas muertos.

 

Por eso le ruego que se abstenga de morirse sin las suficientes aprobaciones, compulsas y habiendo presentado los informes pertinentes. Es mucho el daño que hace, es mucho el desasosiego que crea, es muchísimo la alegría que da a quienes nos quieren gobernar.

Atentamente

(259) No moriría

bonhamled 10/04/2008 @ 04:43

Claro, no me moriría, no sería un patético Romeo o una desgraciada Cleopatra: Viviría.

Pero ¿Cómo?

Quizás los días no comenzaran con luz sino mantendrían una oscuridad eterna.

Puede que lo me mueve a dar un paso fuera deleznable, escaso, pobre, no se si lo daría.

?Para que buscar el engaño espejismo del futuro?, quizás el pasado sería mi patria nueva.

No buscaría en las personas una forma de conocer las verdades sino en estar solo, escondido.

Puede que descuidara el aseo, la lectura, el pensamiento y me recogiera en oasis de daño.

Pudiera ocurrir que me volviera violento o quizás tan laxo como para no desear nada.

Seguramente mi cuerpo sería muchísimo más enemigo, buscándome en encerronas y emboscadas.

Mi cerebro volaría como cometa sin hilo, loco y cuerdo, lejano y cercano, sin hoy ni mañana.

Puede que, al fin, me enemistase con el mundo, como el mundo se enemista conmigo.

Viviría alejado de todos cuando, probablemente, solo quiero vivir alejado de mi mismo, de mi mismidad.

Enfermaría de soledad, esa enfermedad tan triste, que son todas, que se reencarna en todas.

Viviría solo como forma básica de renunciar a un vivir que se hace ajado, agresivo, picante, ácido.

Miraría a un Dios o a un Diablo para recuperarte, para vivirte, para tenerte, para sentirte.

Puede que secara las lágrimas hasta ser rocas, tristes, presentes rocas.

Te buscaría quizás en rasgos de otros, en gestos de otros, palabras, sombras, guiños, tornasoles

Solo, loco, sucio, enemigo, violento, estúpido, débil, llorón, enfermo, fementido, delirante…

Puede que el denominador de todo esto sea la muerte.

En ese caso, si. Si te fueras para siempre, si te marcharas, si murieras, moriría yo.

(254) ¿Y si fuera verdad la ventana?

bonhamled 25/03/2008 @ 06:31

¿Y si fuera verdad esa ventana?

¿Y si realmente fuera cierto que podremos hablar?

Dejar de estar solos, encontrar la tranquilidad de volver a ver, volver a tocar, quizás hasta, en escorzo, volver a abrazar, preguntar, entender, saber.

Y si fuera verdad ese lugar al que me dirigen y no un engaño, un truco, un burdo montaje para mentes ilusionadas.

Cruzo las calles, rodeo los vehículos, busco el lugar, la casa, como un cielo abierto, tengo el dinero, billete o tarjeta de entrada a un mundo de dejar de estar solo.

Será poco tiempo apenas segundos, no estaré solo, pero le veré, por fin, tras quince años tras su muerte. Me contará donde está, donde vive, a quien ve, que esperanza existe, si me conoce ya, como debo actuar, si existe el bien... Le presentaré a mis hijos, donde estoy en la vida y mi futuro,... incluso mi futuro puede saber.

Si en verdad esa casa, esa señora, esa ventana que dice que tiene, me permitiera hablar con mi padre muerto. Me permitiera verle, hablarle, tocarle, mostrarme una verdad de la que me separo, mostrarme un camino que es difuso, indicarme un horizonte que no existe.

Me acerco, corazón palpitante, sudor frío, ilusión de joven, con miedo, con esperanza y toco la puerta. Toc, toc, toc.

(251) Jueves lluviosos y con dolor de cabeza

bonhamled 13/03/2008 @ 06:32

Es meliflua la consistencia de la vida los jueves por la tarde lluviosos y con dolor de cabeza. Por eso quieres acabarlos y desembocar en el sagrado viernes que es un hálito de vida, un ala de libélula, un leve ulular de viento fresco.

La pena es que todo es mentira, es solo la tierra girando sobre su eje y, también, alrededor del sol. Putas ilusiones, son solo mentiras que nos llevan a un desengaño vestido de tiempo y de cronómetro que roba y sigue robando. Pensamos que afana al futuro pero solo roba al presente infinitesimal y angostísimo: A este presente, a este presente, a este presente...

(250) 11M in memoriam

bonhamled 10/03/2008 @ 20:45

La muerte es de hierro: Cuajada de negra sangre, frío y caliente de muerte. El humo es negro y gris túnica postrera de la némesis. El humo es la blonda de la muerte, como un heraldo.

El suelo brota en rocas marcianas, de trozos de alma y pedazos de risa, sonrisas, momentos y vida ajados, deslavazados, ajenos entre sí, chirriando como en locura, retumbando en un instante eterno. Bailando sin estar y riendo sin sonido, en una locura de eterna sinrazón. Un zumbido fuerte, muy fuerte ataca.

Ese instante dura la vida, una vida acaba en ese instante, un reloj marca un segundo, una vida se extingue,

una segunda luz negrísima deflagra y tiñe aún más de tibia muerte los gestos asombrados de los hermanos. Mancha de yeso las caras de los hombres y los convierte en calaveras polvorientas, por el tiempo, por el daño, por el estruendo sin música del estrambote.

Hoy es eterno, la muerte es eterna, su lluvia funesta y triste no parece acabar.El aumbido grave y siniestro de timpano tañe cronográfico en los interiores.

El hierro se puebla de mis trozos, el mundo se vuelve mi enemigo,

la naturaleza manipulada por los malvados hiende mis carnes, me muere, me asesina, me abre el pecho y se lleva mis vísceras,

quedo sin mi cabeza, sin mi alma, sin mi espíritu y sin mi corazón, solo lo fácil de robar

Se acabó el futuro, la risa y el tiempo. En este instante eterno, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero."

(249) ETA

bonhamled 08/03/2008 @ 06:44

No te cruces en mi calle:

Ni con tu ser hiedas más el aire, hidra.

No quiero tus carreras de terror, nihil de nihilistas.

Ni más disparos del ámbar del horror sucio, rasgado, fascista.

No quiero que tengas otros tiempos, amigos o vidas.

Ni hijos propios, ni libros leídos, ni verdaderas risas.

Ni negras pistolas, ni luchas conocidas, ni leyes, ni misas.

Ni palabras oídas, escuchadas, ni vinos, ni hombres.

Ni forzarme a pensar un ¿Que querrán? absorto, triste y encogido

en las tardes tibias y frías de la amenaza sin norte.

Solo pido para ti crueldad cerrada.

En regalo, en solemne y acotada celada.

En acechanza de miedo trilátero y tela encarnada.

Y cerradura, dura, afilada, fría, de mecánica deslavazada

para lo vital, absoluta, gris, rígida y demacrada.

Para quedar, en cárcel, robando quedo a la vida caliente

abruptos segundos de vida que a otro, pobre, quitaste

postulándote lánguida a una muerte silente, terca pero alarmante:

arquitectura fraude y ofensiva, rala de barro y plena de ceniza ardiente.

Tu, ETA, Asesino, biblioclasta, terrorista, caballo de apocalipsis

rutilo que es y se siente genocida.

(247) Enemigos

bonhamled 04/03/2008 @ 07:51

Aquellos poetas que se sientan, que gastan chaleco y leontina, que viven por las mañanas de redactar fantásticos y sesudos vademecums y por las tardes de convidar a aduladores en café demodés son enemigos naturales.

Aquellos poetastros que riman con versos perfectos de una canónica regalía como si las musas se aposentaran en sus cognacs caros, en sus ideas profundas en sus profundidades trascendentes, son enemigos naturales.

Aquellos literatos que tejen un libro como Penélope tejía pero solo para engañarnos, para engrosar su cuenta, para acudir a cenáculos de poder, alternar con analfabetos banqueros y aparecer en la panoplia taxidérmica de sus paredes, son mis enemigos naturales.

Aquellos jóvenes que nacieron viejos, son mis enemigos naturales.

Aquellos políticos que hieden cuando se lavan y cuando no, que me prometen el cielo como aquel Ícaro, y que son sonrisas opacas y tumbas blancas, son mis enemigos naturales.

Andaba por Valencia y me senté en una terraza a tomar una cerveza, no iba solo, mire y encontré estas famas de las que hablo y me sorprendí a mi mismo con esas ínfulas de gilipollas.

Al cabo de minutos un héroe de la calle, de aquellos con mil pasados y mil reproches a si mismo apareció buscando mi misericordia como agua de regadera. Le senté en la mesa, comimos y hablamos. Al acabar, tuve la sensación de que me había lavado.

Este, éste último, el drogadicto callejero, mil veces invisible y otras tantas denostado, este que es carne de odio, este, este que da asco por sucio, por lejano y por derrotista. Este, como digo, este, no es mi enemigo.

(242) El único cuento de Aparicio

bonhamled 22/02/2008 @ 15:50

Aparicio es rudo y claro en medio de la campiña castellana, yerma y clara como piedra de cuarzo de un bancal de limo de un remanso del río. En un cerrete junto a una sierra pequeña, roma y limpia dando inicio a un valle que llega hasta el horizonte: la comarca de Almadormida. Los cerretes buscan, cerca, a hermanos más grandes y escarpados lo que origina una orografía de bosque tupido y de aires tempranos, es la región de Hería, hermanastra de Almadormida.

La gente campesina de Aparicio, conoció los coches casi cuando nacieron y tenía fama de gente novedosa en la región. Tenidos por bisiestos renacedores de ideas pasadas y por innovadores y finiquitadores de las ideas actuales, sobrevolándolas de por mucho. Algunos de los aparicienses vivían con la mente delante del tiempo (vernistas) más otros vivían en el campo atados a la tierra y con la mirada en el horizonte recortado de montes con formas abruptas como catones justos e inapelables.

No eran muy abiertos al forasterio en la región, como todos los castellanos, pero no guardaban ese gesto hosco que se estila en Castilla e incluso en Hería. Aun con apertura no brindaban el sol de su conversación a cualquiera, endurecidos como estaban en la tierra del frío largo y del calor trepanante y con la infidencia al borde de los dedos. El acercarse a ellos era difícil, el estar cerca, no.

Las cuatro carreteras y los dos caminos de Almadormida trajeron desde siempre especias, el cacao, el café e incluso a los contrabandistas. En Aparicio se tuvo lo extraño como cercano con un metropolitismo y temporicidad que no existía en la capital por lo que cualquier viajante, extraño, extranjero, una vez superado el miedo, tenía oidos para sus mentiras, las más, y sus confesiones, algunas.

El reloj de la capital, marcado por los mecanismos de los trenes y los vehículos, corría atropellando a todo el mundo, incluso a los contemporáneos, los modernistas y aquellos futuristas. En Aparicio, lejana y cercana, desposeida de la peste administrativa y en el dulzor de las mieles del intercambio, los aparicienses discrepaban, discutían, se encontraban y dialogaban en un lugar donde el tiempo remansaba.

Los indianos de Aparicio, ya eran indianos antes de salir del pueblo, aquellos más arrebatados por conocer, y cuando volvieron no trajeron maravillas como en otros sitios, en Aparicio eran ya conocidos. Trajeron una arquitectura criolla y llena de patios y ventanas que no se aprestaban a un uso corriente en la llanura de Castilla que colocaron en los cerros del pueblo villas y caserones. Construcciones cercanas y con la lejanía interesante y de hiedra del nuevo rico. Las nuevas y altivas construcciones con humor caribeño, andino o rioplatense traían a su sabor, el sabor terroso y frío de Castilla, una hojarasca de sueños superpuestos y de diferente hechura y edad cuarteles, ojivales y porches muy novedosos donde esperar el tiempo llegar.

Se conoció el arado y los aperos mecánicos de labranzas antes que en otras tierras de Castilla. Incluso se creó una sociedad lamarckista, en la cual se apoyaría el aciago pelirrojo, para establecer su salaz compendio de ideas modernistas ilustradas y de progreso.

Algunos vinieron de Madrid y de Valladolid con inventos que cuajaron. El viejo Don Ramón, cronista, alcalde y amigo de la novedad fue el principal valedor de todo el progreso, mejora y avance y la llave que abrió las puertas y ventanas al daño.

La electricidad, las barberías, la avantgarde, la fotografía, etc, fueron llegando con rapidez a las bocas ansiosas del pueblo, instalándose un sentimiento contemporáneo frisante con el romanticismo, y todavía hoy, tiempo de electricidad y de información, los aparicienses que quedan son un pueblo muy ameno en las hierbas de su saber y su curiosidad, aunque más escondida por los recovecos y pliegues del pasado.

Hoy desolado y muerto, corren las aves vegetales del demonio por sus calles en eterna patrulla y comando. Los abrozos y las hierbas rastrojeras asedian las casas, las hierbas malas como la mandrágora chillan y los lugareños se esconden de si mismos, de los vientos y de los gritos con golpe de portalón y vigilancia temerosa.

Lee el viajero los cuadros vejestorios de las bocas de las calles y entiende los nombres de antaño: Calle del radiogiro, Calle de las escuelas, Calle del Calidoscopio, Calle de la olografía superada; el frío tiembla y el aire empuja.

En Aparicio muchos de los vecinos tenían ya antes de la primera guerra mundial pluviómetro y termómetro por lo que era el pueblo, de Almadormida y Hería, que mejor y mayor dato climatológico suministraba. Los metereólogos aficionados, incontables, al menos uno por familia, luchaban en dar las noticias del meteo mas simpares y simpáticas a sus convecinos enzarzándose en estudios y debates sobre las calendas del ferragosto y los acibates de Ben Taj. Códice ancianísimo de cuando Almadormida, en la primera edad media acogió a unos pocos supervivientes de la ciudad de Taf.

Las conversaciones de a frecuente se relataban de esta forma:

  • Don Andrés, ¿Supo usted que antes de ayer fue el día sesenta y tres de este año en el que las precipitaciones no subieron de 30 mm?
  • Clarita, vete a preguntarle a Don Senén si se presume que la media de las temperaturas de la estación en los últimos cuarenta años se eleve hoy o ¿Puede ser este el día impar del mes de Abril con mayor mínima?

El afán enciclopedista se plasmaba en la existencia de una calle de Diderot donde además de viviendas terciadas convivían importantes industrias como la única zapatería del pueblo y un baratillo.

La guardia civil del puesto casi estaba aprestada a abandonar el pueblo por el orden pitagórico en el que se vivía: hasta el día que se volvió turbio de arena roja. El sol, eterno, del día del fin, se tornó, a la vuelta de una tuerca, en una sombra eterna.

Recuerdan algunos, de los que sobrevivieron después, cómo sonreían aquel día, cómo la asociación “La Amistad” con su candelabro rugiente de llama solo fue un sueño estrafalario de luz. De tenencia de luz, de portaduría de luz, de pensamiento de luz, en un pueblo en el que en algunos momentos la nube de moscas lo cubría casi todo - sobre todo en los tiempos de antes de llegar el aciago extranjero, Sr. Goush, con su voz de tiple, impostada, con su falsete asustante, con su chirriar en el andar y con su mente manipuladora-.

Luz, moscas, luminarias, caminos, vientos, miedos y pensamiento. Aún hoy hace tremolar en los corazones y las mentes un miedo artero y arcano del que mejor dejar de hablar ya.

(241) La enfermedad humana

bonhamled 20/02/2008 @ 04:47

Era un dolor siniestro como de farola abandonada en una esquina de un suburbio: luminoso como estrella, vértice de un dolor grande que se le revolvía como lagarto nervioso.

Sentía, tras la larga enfermedad, que su cuerpo estaba enjuto de carnes, la piel cetrina y cérea y con ese aspecto escamoso de la falta de hidratación. Sentía dolores en las coyunturas, en la piel casi inexistente, en los cuévanos terribles de sus ojos y en su cabeza.

Un dolor que le acompañaba desde hace tiempos, con esa fatalidad que destina la muerte para quienes les ha llamado y están en la esperanza de escapar a la trampa. Ese era el día.

Aquel día se sentía un poco mejor y la medicación en el hospital le permitió un poco más de lucidez. Había estado orando durante semanas al dios del sueño para evitar gritarle al dios del dolor. Ahora, viendo una pequeña luz en el camino se despedía y volvía a considerarse, como un reconocimiento propio.

Le dolía el cuerpo y el alma, el cansancio de la enfermedad, como el del caminante, le lleva a pedir que se acabe el camino, la espera, el daño.

Suena en su cabeza el tamborileo incesante de un millón de soldados, los gruñidos y quejidos de miles de huesos al entrechocar, los escalofríos y pulsiones inexistentes en todo el cuerpo. Es la resaca de los grandes dolores, hermanos pequeños que lo emulan frente a un telón casi sin escenario de enfermedad. Un viático hacia el precipicio paranso por hondos barrancos y acantilados.

De repente un "¿has despertado?", le resuena en la cabeza, mira a derecha y a izquierda y no ve nada. Espera más voces y las confunde con ruidos o naderías que pueblan la clínica: aquellos visitadores, unos pocos médicos de consulta, alguna atareada enfermera. Al cabo de un tiempo, no mucho, y como temerosa la voz se repite: "¿Me oyes?". Asustado Jesús G entiende que no hay nadie en la habitación. Su mente se burla de él, como habitando y habilitando ese espacio lleno de barbitúricos, sedantes, y medicamentos que le han ayudado a vencer, en parte, a la enfermedad terrible que empieza por C. Su mente le juega malas pasadas, su cuerpo apenas puede resistirse y desde esa misma mente que es oquedad y cueva le llega el eco demiúrgico de nuevo. "Estás mejor, yo también lo noto" sentencia parsimonioso.

Duda, el enfermo, si llamar a la enfermera, si pensar que un Dios que le ha tenido olvidado de repente le vuelve a considerar o dejar, de nuevo su mente tormentosa vagar en los rescoldos de los cócteles pletóricos de medicinas. La voz, sin embargo no para y no le deja actuar, minusválido cansado.

"No he podido hablarte, pero soy parte de tu enfermedad, de tu dolor y de tu espera. Lamento tener que haberme manifestado así pero no podía hacer otra cosa. Mi intención es ayudarte para que me puedas ayudar. ¿Me ayudarás Jesús?".

Jesús observaba con esa paciencia asumida y fatalista de los enfermos la tormenta de sensaciones, lugares y escalofríos que le recorrían el cuerpo. La parla interior le dejaba como escuchando el murmullo de un agua lejana o de un charlatán. Nada decía y nada respondía.

De repente la enfermedad, llamemosla así, se enfada y le grita, y arremete más, y le cuenta: "Si, he sido tu enfermedad pero ahora puedo ayudarte, déjame que te explique como ha sido todoy  porque estoy aquí. Porque no me conoces pero lo que soy puede ser algo fantástico y nuevo. Algo que signifique mucho para ti y, también, para mi".

Jesús G cansado le dice un “déjame” con el sabor mestizo del polvo del camino y de la vida. La enfermedad le habla de nuevo, nunca calla, le cuenta, le dice, le indica incluso aquellos secretos que nadie sabe, el devenir del mal en su cuerpo para, al final y de manera sorprendente decirle. "Yo también soy un ser humano, soy un pequeño cuerpo, un homínido en tu interior que te necesita para salir, porque, Jesús, no necesito que mueras para que yo pueda salir.

Jesús G se desespera en su locura aparente llena de dolores, ruidos y frases en su cabeza y llama a la enfermera, primero mediante el pulsador gastado y al final a gritos desesperados.

"Calla Jesús, calla, mira te voy a demostrar que puedo ayudarte, no te va a doler ni vas a sufrir más. Voy a a intentar acomodarme para que estés mejor". La enfermedad, homínido terrible, se acomoda en la celda enferma del cuerpo de Jesús G y al instante, deja de doler y deja ese sopor como de viento de verano de la ausencia del dolor. Una sensación casi olvidada tras meses de dolor encadenado.

Jesús vuelve a pensar en el pequeño hombre y por una de sus llagas escaras, terribles, originadas por la quietud y el estatismo del enfermo oye el bisbiseo del humanoide interno, "Jesús, debemos ser amigos, yo ya no necesito que pases más dolor para desarrollarme, ayúdame".

Jesús, de repente, y algo más convencido de esa epifanía lanza un casi inaudible suspiro: "¿Quién eres?". La enfermedad hominal le responde por esos orificios pequeñísimos de su espalda y brazos. "Soy un amigo, casi un hermano, otro yo que ha tenido que servirse de ti pero que ahora quiere devolverte lo que te ha quitado".

"¿Un genio?", pensaba divertido Jesús G, es curioso como tras el dolor el humor aparece con la esperanza en los enfermos. "No", sonreía la enfermedad siendo hombre, "en realidad no soy un genio, solo soy tu, un trozo de ti".

Jesús bromeaba con lo que era un delirio o una mentira de su mente aunque, en el fondo, una incertidumbre de frío y calor le recorrió la espina dorsal.

"Jesús, no vas a morir, te recuperarás pero para que esto sea así, me has de ayudar a que salga, si crezco más te mataré y no puedo salir por mi mismo. Hasta ayer u hoy no he podido hablarte a pesar de que casi no quepo ya. Procuro que mi presencia te duela lo menos posible pero cada día es más difícil. Ayúdame y te ayudaré".

Jesús dejaba de escuchar, incluso en la bonanza de la ausencia de dolor. El ensimismamiento del enfermo y el tiempo transcurrido había domesticado su mente de un potro salvaje y ahora no quería más espejismos, más dolores, falsos o verdaderos, más mentiras ni mas conjuros.

El homínido se rebeló por fin y dando un tirón le hizo exclamar un ay profundo como herida de hierro candente. "Escúchame Jesús, escúchame. Se que no me crees, lo veo en ti mismo pero has de creerme. Si no me crees levántate y ve al aseo".

Jesús G, tras el dolor agudo y existente y ante la tardanza procastrinadora de la enfermera decide levantarse, acudir al aseo, con pasos inseguros como temiendo el dolor perenne pero ahora no presente. Entra en la escasa estancia de de la sala de baño y se encuentra con su cara demacrada, antesala de la muerte, su cuerpo pequeño, aligerado, casi hueco y se da la vuelta hacia la taza pétrea y blanca de la loza para orinar. En ese instante y por los huecos del pijama, siempre más abierto y frío que lo que marcaría el pudor y la dignidad de la persona, ve las llagas terribles del estar tumbado durante semanas. Por ellas parece salir un silbido bisbiseante como de neumotorax pero no lo es, es la voz, imaginada o no, del homúnculo escondido.

"Jesús, miráme ahora, a través de las llagas", Jesús G no puede resistirse, por la curiosidad, por el aburrimiento, por la abulia, por la ganas de terminar, y dirige sus ojos hacia una de las llagas, el homúnculo que es el nombre de la enfermedad, asoma un ojo pequeño, verdoso, por el orificio aterrorizando al Jesús G. La muerte le ha mirado, la muerte desde su propio interior.