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Categoría: Gritos

(242) El único cuento de Aparicio

bonhamled 22/02/2008 @ 15:50

Aparicio es rudo y claro en medio de la campiña castellana, yerma y clara como piedra de cuarzo de un bancal de limo de un remanso del río. En un cerrete junto a una sierra pequeña, roma y limpia dando inicio a un valle que llega hasta el horizonte: la comarca de Almadormida. Los cerretes buscan, cerca, a hermanos más grandes y escarpados lo que origina una orografía de bosque tupido y de aires tempranos, es la región de Hería, hermanastra de Almadormida.

La gente campesina de Aparicio, conoció los coches casi cuando nacieron y tenía fama de gente novedosa en la región. Tenidos por bisiestos renacedores de ideas pasadas y por innovadores y finiquitadores de las ideas actuales, sobrevolándolas de por mucho. Algunos de los aparicienses vivían con la mente delante del tiempo (vernistas) más otros vivían en el campo atados a la tierra y con la mirada en el horizonte recortado de montes con formas abruptas como catones justos e inapelables.

No eran muy abiertos al forasterio en la región, como todos los castellanos, pero no guardaban ese gesto hosco que se estila en Castilla e incluso en Hería. Aun con apertura no brindaban el sol de su conversación a cualquiera, endurecidos como estaban en la tierra del frío largo y del calor trepanante y con la infidencia al borde de los dedos. El acercarse a ellos era difícil, el estar cerca, no.

Las cuatro carreteras y los dos caminos de Almadormida trajeron desde siempre especias, el cacao, el café e incluso a los contrabandistas. En Aparicio se tuvo lo extraño como cercano con un metropolitismo y temporicidad que no existía en la capital por lo que cualquier viajante, extraño, extranjero, una vez superado el miedo, tenía oidos para sus mentiras, las más, y sus confesiones, algunas.

El reloj de la capital, marcado por los mecanismos de los trenes y los vehículos, corría atropellando a todo el mundo, incluso a los contemporáneos, los modernistas y aquellos futuristas. En Aparicio, lejana y cercana, desposeida de la peste administrativa y en el dulzor de las mieles del intercambio, los aparicienses discrepaban, discutían, se encontraban y dialogaban en un lugar donde el tiempo remansaba.

Los indianos de Aparicio, ya eran indianos antes de salir del pueblo, aquellos más arrebatados por conocer, y cuando volvieron no trajeron maravillas como en otros sitios, en Aparicio eran ya conocidos. Trajeron una arquitectura criolla y llena de patios y ventanas que no se aprestaban a un uso corriente en la llanura de Castilla que colocaron en los cerros del pueblo villas y caserones. Construcciones cercanas y con la lejanía interesante y de hiedra del nuevo rico. Las nuevas y altivas construcciones con humor caribeño, andino o rioplatense traían a su sabor, el sabor terroso y frío de Castilla, una hojarasca de sueños superpuestos y de diferente hechura y edad cuarteles, ojivales y porches muy novedosos donde esperar el tiempo llegar.

Se conoció el arado y los aperos mecánicos de labranzas antes que en otras tierras de Castilla. Incluso se creó una sociedad lamarckista, en la cual se apoyaría el aciago pelirrojo, para establecer su salaz compendio de ideas modernistas ilustradas y de progreso.

Algunos vinieron de Madrid y de Valladolid con inventos que cuajaron. El viejo Don Ramón, cronista, alcalde y amigo de la novedad fue el principal valedor de todo el progreso, mejora y avance y la llave que abrió las puertas y ventanas al daño.

La electricidad, las barberías, la avantgarde, la fotografía, etc, fueron llegando con rapidez a las bocas ansiosas del pueblo, instalándose un sentimiento contemporáneo frisante con el romanticismo, y todavía hoy, tiempo de electricidad y de información, los aparicienses que quedan son un pueblo muy ameno en las hierbas de su saber y su curiosidad, aunque más escondida por los recovecos y pliegues del pasado.

Hoy desolado y muerto, corren las aves vegetales del demonio por sus calles en eterna patrulla y comando. Los abrozos y las hierbas rastrojeras asedian las casas, las hierbas malas como la mandrágora chillan y los lugareños se esconden de si mismos, de los vientos y de los gritos con golpe de portalón y vigilancia temerosa.

Lee el viajero los cuadros vejestorios de las bocas de las calles y entiende los nombres de antaño: Calle del radiogiro, Calle de las escuelas, Calle del Calidoscopio, Calle de la olografía superada; el frío tiembla y el aire empuja.

En Aparicio muchos de los vecinos tenían ya antes de la primera guerra mundial pluviómetro y termómetro por lo que era el pueblo, de Almadormida y Hería, que mejor y mayor dato climatológico suministraba. Los metereólogos aficionados, incontables, al menos uno por familia, luchaban en dar las noticias del meteo mas simpares y simpáticas a sus convecinos enzarzándose en estudios y debates sobre las calendas del ferragosto y los acibates de Ben Taj. Códice ancianísimo de cuando Almadormida, en la primera edad media acogió a unos pocos supervivientes de la ciudad de Taf.

Las conversaciones de a frecuente se relataban de esta forma:

  • Don Andrés, ¿Supo usted que antes de ayer fue el día sesenta y tres de este año en el que las precipitaciones no subieron de 30 mm?
  • Clarita, vete a preguntarle a Don Senén si se presume que la media de las temperaturas de la estación en los últimos cuarenta años se eleve hoy o ¿Puede ser este el día impar del mes de Abril con mayor mínima?

El afán enciclopedista se plasmaba en la existencia de una calle de Diderot donde además de viviendas terciadas convivían importantes industrias como la única zapatería del pueblo y un baratillo.

La guardia civil del puesto casi estaba aprestada a abandonar el pueblo por el orden pitagórico en el que se vivía: hasta el día que se volvió turbio de arena roja. El sol, eterno, del día del fin, se tornó, a la vuelta de una tuerca, en una sombra eterna.

Recuerdan algunos, de los que sobrevivieron después, cómo sonreían aquel día, cómo la asociación “La Amistad” con su candelabro rugiente de llama solo fue un sueño estrafalario de luz. De tenencia de luz, de portaduría de luz, de pensamiento de luz, en un pueblo en el que en algunos momentos la nube de moscas lo cubría casi todo - sobre todo en los tiempos de antes de llegar el aciago extranjero, Sr. Goush, con su voz de tiple, impostada, con su falsete asustante, con su chirriar en el andar y con su mente manipuladora-.

Luz, moscas, luminarias, caminos, vientos, miedos y pensamiento. Aún hoy hace tremolar en los corazones y las mentes un miedo artero y arcano del que mejor dejar de hablar ya.

(241) La enfermedad humana

bonhamled 20/02/2008 @ 04:47

Era un dolor siniestro como de farola abandonada en una esquina de un suburbio: luminoso como estrella, vértice de un dolor grande que se le revolvía como lagarto nervioso.

Sentía, tras la larga enfermedad, que su cuerpo estaba enjuto de carnes, la piel cetrina y cérea y con ese aspecto escamoso de la falta de hidratación. Sentía dolores en las coyunturas, en la piel casi inexistente, en los cuévanos terribles de sus ojos y en su cabeza.

Un dolor que le acompañaba desde hace tiempos, con esa fatalidad que destina la muerte para quienes les ha llamado y están en la esperanza de escapar a la trampa. Ese era el día.

Aquel día se sentía un poco mejor y la medicación en el hospital le permitió un poco más de lucidez. Había estado orando durante semanas al dios del sueño para evitar gritarle al dios del dolor. Ahora, viendo una pequeña luz en el camino se despedía y volvía a considerarse, como un reconocimiento propio.

Le dolía el cuerpo y el alma, el cansancio de la enfermedad, como el del caminante, le lleva a pedir que se acabe el camino, la espera, el daño.

Suena en su cabeza el tamborileo incesante de un millón de soldados, los gruñidos y quejidos de miles de huesos al entrechocar, los escalofríos y pulsiones inexistentes en todo el cuerpo. Es la resaca de los grandes dolores, hermanos pequeños que lo emulan frente a un telón casi sin escenario de enfermedad. Un viático hacia el precipicio paranso por hondos barrancos y acantilados.

De repente un "¿has despertado?", le resuena en la cabeza, mira a derecha y a izquierda y no ve nada. Espera más voces y las confunde con ruidos o naderías que pueblan la clínica: aquellos visitadores, unos pocos médicos de consulta, alguna atareada enfermera. Al cabo de un tiempo, no mucho, y como temerosa la voz se repite: "¿Me oyes?". Asustado Jesús G entiende que no hay nadie en la habitación. Su mente se burla de él, como habitando y habilitando ese espacio lleno de barbitúricos, sedantes, y medicamentos que le han ayudado a vencer, en parte, a la enfermedad terrible que empieza por C. Su mente le juega malas pasadas, su cuerpo apenas puede resistirse y desde esa misma mente que es oquedad y cueva le llega el eco demiúrgico de nuevo. "Estás mejor, yo también lo noto" sentencia parsimonioso.

Duda, el enfermo, si llamar a la enfermera, si pensar que un Dios que le ha tenido olvidado de repente le vuelve a considerar o dejar, de nuevo su mente tormentosa vagar en los rescoldos de los cócteles pletóricos de medicinas. La voz, sin embargo no para y no le deja actuar, minusválido cansado.

"No he podido hablarte, pero soy parte de tu enfermedad, de tu dolor y de tu espera. Lamento tener que haberme manifestado así pero no podía hacer otra cosa. Mi intención es ayudarte para que me puedas ayudar. ¿Me ayudarás Jesús?".

Jesús observaba con esa paciencia asumida y fatalista de los enfermos la tormenta de sensaciones, lugares y escalofríos que le recorrían el cuerpo. La parla interior le dejaba como escuchando el murmullo de un agua lejana o de un charlatán. Nada decía y nada respondía.

De repente la enfermedad, llamemosla así, se enfada y le grita, y arremete más, y le cuenta: "Si, he sido tu enfermedad pero ahora puedo ayudarte, déjame que te explique como ha sido todoy  porque estoy aquí. Porque no me conoces pero lo que soy puede ser algo fantástico y nuevo. Algo que signifique mucho para ti y, también, para mi".

Jesús G cansado le dice un “déjame” con el sabor mestizo del polvo del camino y de la vida. La enfermedad le habla de nuevo, nunca calla, le cuenta, le dice, le indica incluso aquellos secretos que nadie sabe, el devenir del mal en su cuerpo para, al final y de manera sorprendente decirle. "Yo también soy un ser humano, soy un pequeño cuerpo, un homínido en tu interior que te necesita para salir, porque, Jesús, no necesito que mueras para que yo pueda salir.

Jesús G se desespera en su locura aparente llena de dolores, ruidos y frases en su cabeza y llama a la enfermera, primero mediante el pulsador gastado y al final a gritos desesperados.

"Calla Jesús, calla, mira te voy a demostrar que puedo ayudarte, no te va a doler ni vas a sufrir más. Voy a a intentar acomodarme para que estés mejor". La enfermedad, homínido terrible, se acomoda en la celda enferma del cuerpo de Jesús G y al instante, deja de doler y deja ese sopor como de viento de verano de la ausencia del dolor. Una sensación casi olvidada tras meses de dolor encadenado.

Jesús vuelve a pensar en el pequeño hombre y por una de sus llagas escaras, terribles, originadas por la quietud y el estatismo del enfermo oye el bisbiseo del humanoide interno, "Jesús, debemos ser amigos, yo ya no necesito que pases más dolor para desarrollarme, ayúdame".

Jesús, de repente, y algo más convencido de esa epifanía lanza un casi inaudible suspiro: "¿Quién eres?". La enfermedad hominal le responde por esos orificios pequeñísimos de su espalda y brazos. "Soy un amigo, casi un hermano, otro yo que ha tenido que servirse de ti pero que ahora quiere devolverte lo que te ha quitado".

"¿Un genio?", pensaba divertido Jesús G, es curioso como tras el dolor el humor aparece con la esperanza en los enfermos. "No", sonreía la enfermedad siendo hombre, "en realidad no soy un genio, solo soy tu, un trozo de ti".

Jesús bromeaba con lo que era un delirio o una mentira de su mente aunque, en el fondo, una incertidumbre de frío y calor le recorrió la espina dorsal.

"Jesús, no vas a morir, te recuperarás pero para que esto sea así, me has de ayudar a que salga, si crezco más te mataré y no puedo salir por mi mismo. Hasta ayer u hoy no he podido hablarte a pesar de que casi no quepo ya. Procuro que mi presencia te duela lo menos posible pero cada día es más difícil. Ayúdame y te ayudaré".

Jesús dejaba de escuchar, incluso en la bonanza de la ausencia de dolor. El ensimismamiento del enfermo y el tiempo transcurrido había domesticado su mente de un potro salvaje y ahora no quería más espejismos, más dolores, falsos o verdaderos, más mentiras ni mas conjuros.

El homínido se rebeló por fin y dando un tirón le hizo exclamar un ay profundo como herida de hierro candente. "Escúchame Jesús, escúchame. Se que no me crees, lo veo en ti mismo pero has de creerme. Si no me crees levántate y ve al aseo".

Jesús G, tras el dolor agudo y existente y ante la tardanza procastrinadora de la enfermera decide levantarse, acudir al aseo, con pasos inseguros como temiendo el dolor perenne pero ahora no presente. Entra en la escasa estancia de de la sala de baño y se encuentra con su cara demacrada, antesala de la muerte, su cuerpo pequeño, aligerado, casi hueco y se da la vuelta hacia la taza pétrea y blanca de la loza para orinar. En ese instante y por los huecos del pijama, siempre más abierto y frío que lo que marcaría el pudor y la dignidad de la persona, ve las llagas terribles del estar tumbado durante semanas. Por ellas parece salir un silbido bisbiseante como de neumotorax pero no lo es, es la voz, imaginada o no, del homúnculo escondido.

"Jesús, miráme ahora, a través de las llagas", Jesús G no puede resistirse, por la curiosidad, por el aburrimiento, por la abulia, por la ganas de terminar, y dirige sus ojos hacia una de las llagas, el homúnculo que es el nombre de la enfermedad, asoma un ojo pequeño, verdoso, por el orificio aterrorizando al Jesús G. La muerte le ha mirado, la muerte desde su propio interior.

(230) El coche

bonhamled 25/01/2008 @ 05:10
Levantó sus ojos un instante del cuadro de mandos del vehículo vió la calle atestada de coches y el cruce al fondo, luego, al asiento de atrás y al bebé con su sonriente mundo sin dientes y con el futuro en sus ojos.
Reconfortado, llenó su mente gris de flores y esperanza, revivió y recreó otro mundo de lieds y de descanso, de tiempo amigo y de futuro anhelante en la tranquilidad del espiritu arrebatado.
Llegó al cruce y tomó la vía de servicio para la carretera sur, menos congestionada. En minutos salió a la autovía, libre de obstáculos, desvaneciéndose la carretera con el aire fresco que busca la noche del preverano. Después, en los siguientes minutos, el viento y el sol del inicio del ocaso se reflejarán en el lateral del vehículo negro que escapa rápido.
El padre observa, de hito en hito, al bebe en el asiento trasero. Quizás ese momento sería el paradigma de su vida pero, sin embargo, también en ese mismo instante, un vehículo, descontrolado, choca con el lateral, hundiéndolo, asesinando al bebé; que queda pequeño e inerte en su silla mientras su vida se va.
El padre vence a la aceleración brusca e inesperada del choque lateral, mira por el retrovisor; se da la vuelta, ve al hijo, pequeño, primogénito, deseado y querido: muerto. Se ve muerto también él, y ya podrido y lleno de gusanos, y una ola de turbia negrura cruza por su mente.
No fueron las batallas vividas, ni la decepción del enemigo interno o la torpeza de sus manos para crear la vida lo que le vuelva, en el guiño de un ojo, loco.
Busca por la ventana y ve salir al conductor del coche de al lado: gordo, bigotudo, enemigo, sorprendido, asustado, pidiendo perdón, solicitando comprensión, requiriendo justicia, aposentándose sobre tres mil años de pensamiento.
El padre se dirige al niño, entra al coche por la puerta no hundida, saca el pequeño roto, como una muñeca vieja; lo deposita en el suelo junto a la carretera; en un lecho, inexistente, de dolor formado por un zarzal de rosas rojas con espinas sangrantes.
Ve con los ojos del bebé, su alma blanca alejarse al cielo impertérrito y sin nubes del principio de la noche y, decide, que su corazón negro de carroña, su cerebro humano y lógico, sus entrañas evisceradas y ferinas y su cosmogonía ética se evada del universo: suenan crujidos, se oyen cánticos mordaces y el viento miente a sus oídos.
El dolor es corona de espinas, lo se bien, es gruñido de noche, es candado sin llave, es golpe duro y sin aire.
Mira al cielo y mira al suelo, al hijo yermo y yerto. Mira al culpable, va hacia él.

(225) Los héroes adolescentes

bonhamled 09/01/2008 @ 05:24

Quería escribir como cuando se escribe en cemento fresco, para que el tiempo no lo borre. Puede que el río que se repite sin ser el mismo lo manche, abomine de ellos o incluso, los ahogue en el pretérito. Por eso escribo para que se sepa, para que quede de aquella generación perdida:

Recuerdo aquellos héroes, hijos de la primera democracia. Aquellos niños-jóvenes ignorantes de que la puerta se abrió y ellos solo alcanzaron a ver aire frío, algunos brillos pequeños y mucha miseria.

Jóvenes muertos sin timón ni ancla tras el silencio: la alegría les arrebató el futuro. Fue un dolor y un silencio cercano, hiriente como cepo, negador de si mismos. La ingrata adolescencia liberada, bautizada de futuro y de sonrisa de libertad, les conminó a una esclavitud de más muerte que la dictadura de los cuarenta años.

Ulises que nunca volvieron. Muriendo en una sinfonía falsa de independencia naciente del olvido de un pasado de hace cinco minutos. Quemados tras dejar de mirar al otro como un enemigo. Muertos sin gloria plenos de estigmas ateos.

Aquellos bellos jóvenes muertos ignoraron. Solo fueron libres para, sin haber sido manumitidos, por jóvenes, por ignorantes, por inexistente, volver a esclavizarse hasta la muerte química, térmica, ideológica y social.

Recuerdo triste aquellos hijos perdidos de la democracia, de la apertura, del "no pasa nada" del fango de una libertad que no se conocía y que venía sin libros de instrucciones. Hoy, los cementerios pobres guardan sus responsos y sus preces con sus fotos, casi adolescentes, con sus nombres grises hasta el olvido, con sus familias, ya diezmadas, con sus caras, sus peinados, sus ropas, de un tiempo que no era el suyo, al menos para morir.

Aquellos niños, aquellos hombres que hoy no existen, muertos en cuartos de baño inmundos, portales llenos de mierda, en reyertas entre bandas, tiroteos con una policía con más rumores de pistolas inconcretas que de futuro, en picos terribles, en sobredosis de montaña rusa, en enfermedades que eran lija.

Todos aquellos, quizás yo mismo salvado, murieron y, ahora, nadie les recuerda. Fueron la cara gris y taciturna de la nueva libertad: el tubo de ensayo de un futuro desconocido incluso como pasado.

(224) La ventana

bonhamled 07/01/2008 @ 19:14

Con mucho cuidado enciendo la televisión.

Esperando encontrarme a Elbereth escribiendo y leyendo o quizás a Chan viviendo. Sin embargo me encuentro una ralea indecible de personas negadoras.

En esa negación me pregunto y pienso.

¿Soy yo el que me escandalizo viéndolos o ellos al verme a mi perder el tiempo... ?

(222) El enterrador de Ridiera

bonhamled 03/01/2008 @ 19:34
Era un pueblo pequeño y ya maldito antes de que llegara el pelirrojo a la comarca de Hería en forma de mala hierba rastrojera y gritos nocturnos con voz de mandrágora. Vivía en la aldea un frío de negro acero y de vientos correveidiles que turbaban mentes, quebraban voluntades y fes. Era el lugar que daban en llamar Ridiera por el viento que soplaba, el rido, rara vez bueno.
Las doce casas de Ridiera, a ojo de búho de Aparicio, eran heredades de leña de señores del pueblo grande, y desde su promontorio en la loma solana vigilaban la entrada a fincas viejas, también de señores del viejo Aparicio, que daban frutos montaraces de madera, retrueco y resina.
Ridiera tenía iglesia, ermita y casa de juntas donde retumbaba o susurraba un viento ululante tan pronto el sol se escondía. Era un aire que hendía las cabezas y rebañaba razones. El viento y el tiempo -primos- habían despoblado alguna de las casuchas y esa falta de prolijidad resentía la actividad de leñeros, guardas y vigilantes.
Los amos del llano, en Aparicio, celosos de sus plusvalías pedían familias por las iglesias del contorno. Familias cabales y capaces de encargarse de la guardersía y cuidado de la iglesia de la aldea del cerro. También quedaría en el cometido el cuido y limpieza para el culto de la ermita donde los micólogos, druidas, recogían setas y hongos que atentaban contra los usos de las leyes de Dios y los hombres.
Los ridieros para evitar la confusión con las mentes malvadas que, amigas del viento y los atardeceres verdes, recogían frutos sin raíz, como viento, solían llamarse a sagrado casi todos los días a la vuelta del trabajo para salir limpios y exvotos de esa ermita que era la punta de lanza contra la locura demenciada de los hombres o el poder de lo desconocible.
Las almas quedaban limpias para poder volver a robar al monte el día siguiente en loor de Dios y las normas de su casa. Era un huir diario del dolor y del malano como decían los ridieros a la locura del viento. Bien supieron después, los que se negaban, los efectos perjudiciales de esos malos usos que contrariaban a jueces y presbíteros.
La familia de los Pachecos, gente pequeña y ruin, fueron proscritos en Aparicio por algún problema de rentas de siega y envidias más relacionadas con lo casquivano y bello de su hija mayor, Pilar, que por los males de los malencarados, cejijuntos y rechonchos campesinos. Arribaron a Ridiera padre, madre, hijo mayor, hija e hijo pequeño, que no levantaba más de tres años del suelo, a otear collados y revisar cuarteles y pajares para trabajar, tomar o robar.
Juan Pacheco, el padre, hablando en negocios con el mayoral primero de las fincas, de las cuales casi dependía el pueblo, tras conocidas las obligaciones y sueldos, negó la intención que le había mandado al pueblo con una sabiduría escapada:
- No puedo soportar ser el guardés y cuidador del cementerio que habrá de enterrarme o enterrar a uno de los míos.
El mayoral, los rabadanes y los demás guardeses asintieron, después, reconociendo el dolor de cada uno al enterrar a los suyos. El viento, mientras, se llevaba el murmullo de sus músicas conversaciones lejos rebotando en tocones yermos, rocas invertidas y caminos falaces con la vesanía de una loca vieja de crespos pelos color amanecer. Esas palabras la tomarían musgos y los líquenes verdosos y las personas que transitan los montes sin norte ni buen ánimo.
A los días y con la misma hambre de la llegada los Pachecos abandonaron Ridiera, incluso, dejaron atrás Aparicio, la comarca de Hería y también Almadormida prediciendo un miedo indeciso que habría de cristalizarse después.
Los Pachecos se dirigieron con el estómago pequeño al gran fangal de la ciudad con sus miasmas de hilillos horizontales flotando. Allí el turno musical del acordeón, la guitarra sin barnizar y el vino nocturno también les enseñaba los puños y los dientes, pero, entonces, la amenaza era ya otra.
En Ridiera no solo los Pachecos temieron el olor ventoso de esa muerte que vivía en los bosques llenos de moscas.  Un gran resto continúo su trabajo agreste, su recogimiento a sagrado y el ser siempre víspera, sin embargo el temor pánico de los Pachecos gritando en bisbiseo: “….. Enterrarme o enterrar a alguno de los míos” fue oído por décadas con la risa ahogada de un alguien escondido o desconocido rebotando aquí y allá.
El olor a muerte de Ridiera llenaba en ecos y reverberaciones de viento el bosquedal de Hería bajaría, como agua, el cerro hasta Aparicio y, después, con la llegada de Goush, llegaría oloroso y moscal hasta Almadormida.
Pero ese cuento de muerte, dolor y tiempo heredado, mejor será no contarlo para no llamar vientos y maldiciones.

(213) Quince segundos alargados.

bonhamled 17/12/2007 @ 20:49

¿Porque voy a elegir pararme y pensar, técnica y regalía, frente a arrebato y víscera?.

¿Para que?.

¿Porque?

¿Que me para a escribir de lo que quiera, negar al cielo, ya me negó antes, y negar a los hombres en sus miserias de dinero y sexo?.

Esto no es malditismo, me miro al espejo y tengo una cara de burgués y de aburrido que asesino, ni tampoco postura. ¿Para qué?

Es que lo mismo me cuesta ser bonito que ser terrible, ser correcto que ser verdadero o ser iconoclasta o postrarme ante cualquier imbécil tenga o no toga u oropel de poeta.

Para el resto, el espantajo, el personaje, la sonrisa-rictus, la mentirijilla gangrenosa, y la putitud del venderse cada vez, por menos tengo siete días a las semana 24 horas al día, 60 minutos a la hora, 45 segundos al minuto... todo menos estos quince segundos alargados que guardo para el grito al horizonte.

(212) Instantes de pensamiento menor

bonhamled 16/12/2007 @ 10:40

Soñó la rosa un día, soñaba en hielo.

Los tristes paréntesis de sus hijos rendía en el suelo.

Soñaba el dulce dulce de leche libaba sueños.

Hablaba la madre, hablaba el padre, urdía vuelos.

Terminaban andando y los sueños acababan silbando, rendía puertos, mataba albatros, Moría pequeño.

(210) El solaz de Tinta de Jeronimo Edo

bonhamled 14/12/2007 @ 06:31

Cansado, Jerónimo Edo tomó a los filosofastros y les conminó en el almacén a tomar dos resmas sobrantes de un trabajo no pagado y depositarlas sobre la caja de tipos. En el plano inclinado se deslizaban premiosas las manos en el papel cuando el impresor les preguntó retórico:

- ¿Preguntáis sobre el tiempo y las personas?; ¿Creéis que vuestros actos perdurarán y una nueva era se acerca?

Edo, puro filosofía, entregó tinteros de Aboreguí de buena calidad; uno lleno para un sorprendido Lucio y otro vacío para el hijo segundo de Alvarado: bachiller pretencioso.

-Tiradlos encima – ordenó seguro como anciano ante tormenta en nubes lejanas.

Tomaron los tinteros sorprendidos y sonrientes ante la excentricidad, y por ver como arruinaba unos pliegos de buen papel. Mirándose y mirando al impresor los vertieron casi a gotas a la espera una broma que jamás amaneció.

Jerónimo Edo, pulmones anegados de miasmas de disolventes y manos grises de plomo, moriría al poco de llegar yo a Almadormida y fue uno de los que escapó del desastre. Estaba en Cuclillas. También fue protagonista, secundario, del drama del Retrueco y, de esta forma, fue mi parco cronista contento en el relatar añejo y entendido en las tardes últimas de su agosto; ¡alma de viejo, más recuerdo que yunque!.

La tinta percolaba el impermeable espesor de papel. Edo hablaba de las personas, la naturaleza, la voluntad, los deseos del hombre, lo que se debe hacer, y lo que no. Fueron una docena de frases que, en otros oídos y otro tiempo, se hubieran mercadeado en oro lo que las resmas pesaban, sin embargo con los jóvenes, humo sin vereda, no fue así.

Transcurrieron, de tiempo, cinco credos con fe y antes de que los jóvenes inexpertos e ilusionados expusieran sus ideas con fulgor - absolutas y teñidas de relativismo sesgado y de romanticismo suicida -, el impresor extrajo la última hoja de cada una de las resmas. Las miro: Ambas limpias. Las dobló y las entregó, como premio o tesoro. Marchaban cabildeando en inteligencia de miradas la vesania del maestro lector cuando Jerónimo añadió:

“El tiempo pasa y nada lo mancha, tan oscuro hoy como blanco mañana, da igual del tamaño de la mentira: Recordadlo si alguien os habla hoy en nombre de otro mañana diferente al que veis”.

Lucio pensaba en esas palabras andando hacia el final de la calle; el de Alvarado tiró al suelo, Saulo, el pliego blanco. Se fueron, ambos, mascullando risas, bromas, chanzas y miradas hacia detrás.

Edo asentía con una letanía sottovoce y un cigarro eterno entre sus dedos grises y amarillos de nicotina. Se mantuvo pensando, las volutas de humo dibujaban arabescos y acantos, aun sabíendo que su parábola mayeútica sería olvidada al cabo de la calle. Las palabras eran coda de la verdad y no el estribo oscilante de una mentira que se cernía.

No mucho tiempo después Almadormida recordaría y lloraría, en el suelo de los entierros por Aparicio, las presas del aciago pelirrojo Sr. Goush.

(210) El caso Humala y Beyle

bonhamled 10/12/2007 @ 05:57

Don Lautaro Humala y Beyle era un noticioso abogado del pueblo cercano de Orace, (al noroeste de Almadormida, pero pasando por cerca del pueblo abandonado). No era una carretera muy frecuentada, solo viajeros (como el Sr Goosh) y otros mercachifles de la venta y el engaño transitaban por allí.

Don Lautaro Humala, de familia indiana, pero nobilísima, recogía sus papeles en su despacho nunca antes de las cinco pero tampoco con posterioridad a las cinco y diez. Era, por tanto un relog humano.

Don Lautaro trataba temas de herencias con pimienta, muertos indómitos y guardaba en su leve color de tierra y jade de su rostro la dureza del aire andino y, también, la perspicacia del labriego listo. Don Lautaro se casó, hace quince años, con Rosita Huymmiell y Castro, hija del ingeniero alemán de la mina de Corss. Esta mina, cerrada hace, tuvo un excelente centro de formación donde los hijos de los ingenieros coincidian, en clases separadas, con los de los trabajadores. En este caso permitió el conocimiento de Rosita con el hijo del contable segundo Don Jose Humala y Cabestrillo, padre prócer y engendrador de la familia Humala en la región de Corrs. Este conocimiento permitió una intimidad posterior que acabó en casorio.

Don Lautaro y Rosita, una vez casados se trasladaron, por mor de una menor competencia y mayor aplomo social y económico, al pueblo cercano de Orace. Orace tenía cuatro iglesias, más de ocho panaderías y hasta burdel permanente. Era, lo que se decía en aquellos años de entreguerras, un PUEBLO. Sería para diferenciarlo de esas ciudades de tres al cuarto que ni tenían lupanar, ni pan diario.

Don Lautaro, tras esta introducción se enfrentaba a un tremendo dilema. Se podría decir que es la paradoja de las paradojas.

El caso es como sigue: Don Lautaro, un día, que por indisposición llegó a su casa a las cuatro y veinticinco, encontró en el lecho yaciendo a su esposa, Doña Rosita, con Mascarán de Buyrana y Milcielos, el alquechifle del Marqués de Sorrentina. Mascarán con su apostura napolitana (Pauli Cinelli puro) y su verborrea llena de francesismos (nunca de galicismos) la cautivó hasta el punto de acabar en decúbito supino. Don Lautaro se percató tarde y no hizo gala de su bien ganada discrección en su trabajo, al escuchar los arrumacos y penentró en la estancia, vió el hecho de carne y movimiento y horrorizado se marchó sin mayor aspaviento.

Rosita no se apercibió del contumaz marido ni Mascarán tuvo mínimo aprecio por detener su ejecución ante los ruidos; continuaron los amantes mientras Don Lautaro, rojo de ira, de verguenza, de daño y de tiempo se marchó a pasear por los abedules de Orace.

Estos abedules eran conocidos por novios y estraperlistas por igual porque escondían en huecos de arbol y piedras interesantes partidas (sobre todo para la justicia).

En este punto es donde Don lautaro ha de elegir:

A) Le mato, la mató y me suicido.

B) Le mato, me suicido y luego la mato.

C) La mato, me suicido y luego le mato. D) Me mato primero y luego les mato al uno y al otro al azar.

E) No mato a ninguno pero me suicido.

F) Les mato a los dos pero no me suicido.

G) Permito el epíteto de cabrón y no vuelvo antes de las cinco y media nunca más.

Don Lautaro, confuso, seguía paseando mientras Doña Rosita y Mascarán iban terminando; el río seguía su curso: nunca la misma agua, y los asuntos se le amontonaban por abandonar el despacho antes de tiempo.