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Categoría: Gritos

(213) Quince segundos alargados.

bonhamled 17/12/2007 @ 20:49

¿Porque voy a elegir pararme y pensar, técnica y regalía, frente a arrebato y víscera?.

¿Para que?.

¿Porque?

¿Que me para a escribir de lo que quiera, negar al cielo, ya me negó antes, y negar a los hombres en sus miserias de dinero y sexo?.

Esto no es malditismo, me miro al espejo y tengo una cara de burgués y de aburrido que asesino, ni tampoco postura. ¿Para qué?

Es que lo mismo me cuesta ser bonito que ser terrible, ser correcto que ser verdadero o ser iconoclasta o postrarme ante cualquier imbécil tenga o no toga u oropel de poeta.

Para el resto, el espantajo, el personaje, la sonrisa-rictus, la mentirijilla gangrenosa, y la putitud del venderse cada vez, por menos tengo siete días a las semana 24 horas al día, 60 minutos a la hora, 45 segundos al minuto... todo menos estos quince segundos alargados que guardo para el grito al horizonte.

(212) Instantes de pensamiento menor

bonhamled 16/12/2007 @ 10:40

Soñó la rosa un día, soñaba en hielo.

Los tristes paréntesis de sus hijos rendía en el suelo.

Soñaba el dulce dulce de leche libaba sueños.

Hablaba la madre, hablaba el padre, urdía vuelos.

Terminaban andando y los sueños acababan silbando, rendía puertos, mataba albatros, Moría pequeño.

(210) El solaz de Tinta de Jeronimo Edo

bonhamled 14/12/2007 @ 06:31

Cansado, Jerónimo Edo tomó a los filosofastros y les conminó en el almacén a tomar dos resmas sobrantes de un trabajo no pagado y depositarlas sobre la caja de tipos. En el plano inclinado se deslizaban premiosas las manos en el papel cuando el impresor les preguntó retórico:

- ¿Preguntáis sobre el tiempo y las personas?; ¿Creéis que vuestros actos perdurarán y una nueva era se acerca?

Edo, puro filosofía, entregó tinteros de Aboreguí de buena calidad; uno lleno para un sorprendido Lucio y otro vacío para el hijo segundo de Alvarado: bachiller pretencioso.

-Tiradlos encima – ordenó seguro como anciano ante tormenta en nubes lejanas.

Tomaron los tinteros sorprendidos y sonrientes ante la excentricidad, y por ver como arruinaba unos pliegos de buen papel. Mirándose y mirando al impresor los vertieron casi a gotas a la espera una broma que jamás amaneció.

Jerónimo Edo, pulmones anegados de miasmas de disolventes y manos grises de plomo, moriría al poco de llegar yo a Almadormida y fue uno de los que escapó del desastre. Estaba en Cuclillas. También fue protagonista, secundario, del drama del Retrueco y, de esta forma, fue mi parco cronista contento en el relatar añejo y entendido en las tardes últimas de su agosto; ¡alma de viejo, más recuerdo que yunque!.

La tinta percolaba el impermeable espesor de papel. Edo hablaba de las personas, la naturaleza, la voluntad, los deseos del hombre, lo que se debe hacer, y lo que no. Fueron una docena de frases que, en otros oídos y otro tiempo, se hubieran mercadeado en oro lo que las resmas pesaban, sin embargo con los jóvenes, humo sin vereda, no fue así.

Transcurrieron, de tiempo, cinco credos con fe y antes de que los jóvenes inexpertos e ilusionados expusieran sus ideas con fulgor - absolutas y teñidas de relativismo sesgado y de romanticismo suicida -, el impresor extrajo la última hoja de cada una de las resmas. Las miro: Ambas limpias. Las dobló y las entregó, como premio o tesoro. Marchaban cabildeando en inteligencia de miradas la vesania del maestro lector cuando Jerónimo añadió:

“El tiempo pasa y nada lo mancha, tan oscuro hoy como blanco mañana, da igual del tamaño de la mentira: Recordadlo si alguien os habla hoy en nombre de otro mañana diferente al que veis”.

Lucio pensaba en esas palabras andando hacia el final de la calle; el de Alvarado tiró al suelo, Saulo, el pliego blanco. Se fueron, ambos, mascullando risas, bromas, chanzas y miradas hacia detrás.

Edo asentía con una letanía sottovoce y un cigarro eterno entre sus dedos grises y amarillos de nicotina. Se mantuvo pensando, las volutas de humo dibujaban arabescos y acantos, aun sabíendo que su parábola mayeútica sería olvidada al cabo de la calle. Las palabras eran coda de la verdad y no el estribo oscilante de una mentira que se cernía.

No mucho tiempo después Almadormida recordaría y lloraría, en el suelo de los entierros por Aparicio, las presas del aciago pelirrojo Sr. Goush.

(210) El caso Humala y Beyle

bonhamled 10/12/2007 @ 05:57

Don Lautaro Humala y Beyle era un noticioso abogado del pueblo cercano de Orace, (al noroeste de Almadormida, pero pasando por cerca del pueblo abandonado). No era una carretera muy frecuentada, solo viajeros (como el Sr Goosh) y otros mercachifles de la venta y el engaño transitaban por allí.

Don Lautaro Humala, de familia indiana, pero nobilísima, recogía sus papeles en su despacho nunca antes de las cinco pero tampoco con posterioridad a las cinco y diez. Era, por tanto un relog humano.

Don Lautaro trataba temas de herencias con pimienta, muertos indómitos y guardaba en su leve color de tierra y jade de su rostro la dureza del aire andino y, también, la perspicacia del labriego listo. Don Lautaro se casó, hace quince años, con Rosita Huymmiell y Castro, hija del ingeniero alemán de la mina de Corss. Esta mina, cerrada hace, tuvo un excelente centro de formación donde los hijos de los ingenieros coincidian, en clases separadas, con los de los trabajadores. En este caso permitió el conocimiento de Rosita con el hijo del contable segundo Don Jose Humala y Cabestrillo, padre prócer y engendrador de la familia Humala en la región de Corrs. Este conocimiento permitió una intimidad posterior que acabó en casorio.

Don Lautaro y Rosita, una vez casados se trasladaron, por mor de una menor competencia y mayor aplomo social y económico, al pueblo cercano de Orace. Orace tenía cuatro iglesias, más de ocho panaderías y hasta burdel permanente. Era, lo que se decía en aquellos años de entreguerras, un PUEBLO. Sería para diferenciarlo de esas ciudades de tres al cuarto que ni tenían lupanar, ni pan diario.

Don Lautaro, tras esta introducción se enfrentaba a un tremendo dilema. Se podría decir que es la paradoja de las paradojas.

El caso es como sigue: Don Lautaro, un día, que por indisposición llegó a su casa a las cuatro y veinticinco, encontró en el lecho yaciendo a su esposa, Doña Rosita, con Mascarán de Buyrana y Milcielos, el alquechifle del Marqués de Sorrentina. Mascarán con su apostura napolitana (Pauli Cinelli puro) y su verborrea llena de francesismos (nunca de galicismos) la cautivó hasta el punto de acabar en decúbito supino. Don Lautaro se percató tarde y no hizo gala de su bien ganada discrección en su trabajo, al escuchar los arrumacos y penentró en la estancia, vió el hecho de carne y movimiento y horrorizado se marchó sin mayor aspaviento.

Rosita no se apercibió del contumaz marido ni Mascarán tuvo mínimo aprecio por detener su ejecución ante los ruidos; continuaron los amantes mientras Don Lautaro, rojo de ira, de verguenza, de daño y de tiempo se marchó a pasear por los abedules de Orace.

Estos abedules eran conocidos por novios y estraperlistas por igual porque escondían en huecos de arbol y piedras interesantes partidas (sobre todo para la justicia).

En este punto es donde Don lautaro ha de elegir:

A) Le mato, la mató y me suicido.

B) Le mato, me suicido y luego la mato.

C) La mato, me suicido y luego le mato. D) Me mato primero y luego les mato al uno y al otro al azar.

E) No mato a ninguno pero me suicido.

F) Les mato a los dos pero no me suicido.

G) Permito el epíteto de cabrón y no vuelvo antes de las cinco y media nunca más.

Don Lautaro, confuso, seguía paseando mientras Doña Rosita y Mascarán iban terminando; el río seguía su curso: nunca la misma agua, y los asuntos se le amontonaban por abandonar el despacho antes de tiempo.

(202) 11M

bonhamled 01/12/2007 @ 07:02

La muerte es de hierro: Cuajada de negra sangre, frío y caliente de muerte. El humo es negro y gris túnica postrera de la némesis. El humo es la blonda de la muerte, como un heraldo.

El suelo brota en rocas marcianas, de trozos de alma y pedazos de risa, sonrisas, momentos y vida ajados, deslavazados, ajenos entre sí, chirriando como en locura, retumbando en un instante eterno. Bailando sin estar y riendo sin sonido, en una locura de eterna sinrazón. Un zumbido fuerte, muy fuerte ataca.

Ese instante dura la vida, una vida acaba en ese instante, un reloj marca un segundo, una vida se extingue,

una segunda luz negrísima deflagra y tiñe aún más de tibia muerte los gestos asombrados de los hermanos. Mancha de yeso las caras de los hombres y los convierte en calaveras polvorientas, por el tiempo, por el daño, por el estruendo sin música del estrambote.

Hoy es eterno, la muerte es eterna, su lluvia funesta y triste no parece acabar.El aumbido grave y siniestro de timpano tañe cronográfico en los interiores.

El hierro se puebla de mis trozos, el mundo se vuelve mi enemigo,

la naturaleza manipulada por los malvados hiende mis carnes, me muere, me asesina, me abre el pecho y se lleva mis vísceras,

quedo sin mi cabeza, sin mi alma, sin mi espíritu y sin mi corazón, solo lo fácil de robar

Se acabó el futuro, la risa y el tiempo. En este instante eterno, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero."

(200) La mala suerte

bonhamled 29/11/2007 @ 05:47
Los últimos pasos del condenado hacia el paredón los dió sin mirar ni a los guardias, ni al juez que daría fe, ni al verdugo ejecutor ni tampoco pensando en sus presuntos delitos. Tuvo un arrebato de mirar hacia el aire, airado, pero desistió ante el temor supersticioso, miró al suelo y entre el terrizo y ceniciento suelo bajo su mirada en la madrugada fría sintió que el fragor interno de su vida se deshacía en instantes.
Pensaba en su mujer, llorando tras su desaparición, y en su hijo, hijo de la cebolla, que no le recordaría, y a su familia: una olvidándole y otra queriendo no olvidarle.
Según se acercaba con sus zapatos viejos, su chaqueta raída y su andar torpe y arrastrado a la pared meridional y metafísica, soltó una lágrima que fue como un cántaro entero de alabanzas, preces y oraciones. En ese momento el cielo del amanecer se abrió, un instante, y se obró el milagro: antes de llegar al lugar de la ejecución había muerto (ataque al corazón según certificó el doctor).
El verdugo se preguntó si cobraría, el juez pensó en lo que ocurriría si se demostraba envenenamiento, el jefe de policía pensó en la forma de convertir eso en una huida a la policía y no en una tortura sofisticada, los funcionarios se persignaron y miraron al cielo, el funerario ni rebatió ni refutó, solo constató. El muerto se fue a la otra vida durmiendo y soñando que se levantaba junto a los suyos.

(190) La muerte del angel Negro

bonhamled 09/11/2007 @ 06:14

Era una tarde de fuego y frío. El ángel negro levantó su ira por encima de la vida y de la muerte, como era su dolor, y por encima del sentido y de la conveniencia. Como un camino hacia un Damasco plagado de muertes empaladas.

Su Némesis, aquel tibio y agresivo traficante de drogas, llevaba en sus manos la desesperación para muchos y un mal egoísta de muerte y llanto. Como el del ángel negro. Lleno de muerte en su interior buscaba una redención rencorosa en el mal ajeno, en la justicia demiúrgica, en un descabalar piafante que buscaba al galope un fin.

El narco Maltese sacó su pistola cuando el ángel negro y sus guardaespaldas entraron en el bar y, casi inmediato acudió una lluvia de hidras venenosas de colmillos afilados de bala.

Muertos aquí y allá, casquillos de bala, de venganza, de sorpresa, de muerte y de maldad. El ángel negro mira y ve como se ha quedado sin guardaespaldas, algunos muertos, otros huidos. Desarmado y casi vencido augura su final terrible. El narco Maltese se acerca hacia el con los ojos enrojecidos de miedo, rabia o venganza.

El ángel negro ve acercarse la muerte y se agarra, torpe naufrago, en una última necesidad heroica a la vida. Es una entelequia natural que parece negarle lo que buscaba: una carrera hacia su propia redención. El buscar una vida donde ha dejado de serlo.

En el instante que el Narco Maltese buscaba su cuchillo para hendírselo en el corazón, como a los enemigos, una luz casi apagada cruzó el pobre salón del bar, formica y terrazo sucio de serrín y servilletas. Ni lo vieron los huidizos que escapaban de su escondites tras la balasera, ni algún malherido que quedaba, solo Maltese y El ángel negro ambos heridos en su interior e ilesos en su exterior. La turbiedad de sus personalidades se iluminaron apenas un instante Se miraron sorprendidos y se pararon ya prestos al  epílogo de la muerte .

Sebastiano Maltese se acercó, una vez el rayo se apagó y desapareció. Sus ojos fieros se naturalizaban y su rictus de terror agresivo desaparecía para volver después. Casi amable le susurró al oído unas palabras que no eran suyas y con una voz que casi retumbó grave y trascendente.

- Se lo que has sufrido, pero nada has de temer ahora, tu camino ha acabado.

El ángel negro desapareció, de repente, y ante la revelación, miró a los ojos, del narco Maltese. Los ojos ateridos, duros, pero cálidos como caparazón de cucaracha eran ahora cercanos y descubridores de un laberinto de calidades y de caridades.

El narco Maltese, vuelto a su ser tras esa transposición rápida, le hundió el cuchillo en el corazón, y según manaba la sangre se iba vaciando el recipiente odiado de la vida del ángel negro. Moría, moría, moría.

El ángel negro murió sonriendo, reconciliado, y escapó por fin a su terrible condena: la muerte. Se acerco a una puerta luminosa con un rayo incandescente y mortecino en la mano que, sin embargo, fue la única luz que vio durante años. La muerte era su redención y su fin.

El resto, fue solo una noticia sorpresiva en los diarios: "El famoso empresario XXXXX XXXXXXX muere en una refriega entre narcotraficantes.

El conocido y desafortunado XXXXX XXXXXXX muere de forma fortuita cuando en el establecimiento en el que se encontraba se originó una trifulca entre clanes mafiosos que originó la muerte del millonario"

(189) El lloroso melómano o la urna

bonhamled 07/11/2007 @ 05:57

Pide una nueva canción triste, al piano, en el bar con música, en la calle cerrada y oscura, en el mundo que le oprime.

Su traje desabrochado, el cuello de su camisa abierto y la corbata en esa posición que revela o bien alegría tremenda o bien desespero absoluto esperan su próximo paso hacia el abismo o hacia la redención como actores necesarios de una némesis.

Pide una canción, pide una copa y abraza la pobre bolsa de plástico que esconde un objeto. Tapado, grande, inoportuno, desconocido.

Los parroquianos del bar le miran, ve como bebe en silencio, como pide canciones para que le torturen con las canciones más tristes y melancólicas. Los que pasan o quedan ven como abraza esa bolsa de plástico que en su translúcida claridad deja entrever recipiente que podría ser un jarrón o una urna o quizás un recuerdo querido.

Miro desde el otro lado de la barra, escuchando el mundo, y tomando un whisky antes de volver a casa y dormir tranquilo. Un día de duro trabajo.

El lloroso, entrelloroso quizás, sigue su vía crucis de dolores externos y musicales, de tormenta interna y de abrazos concernidos e implorosos a ese recipiente.

Pienso, inadecuado, que ese objeto, quizás jarrón con tapa o quizás urna pequeña podría ser un recuerdo de un amor, el retazo de la melancolía de una casa abandonada o de una familia perdida. Quizás el último objeto repartido de una herencia golosa o puede que el objeto infame manchado de sangre de un robo con violencia.

La curiosidad, en el ruido musical y jazzistico del local, no me deja irme sin más. El lloroso pide una nueva canción "Piano man" de Billy Joel y sigue bebiendo lento pero dirigido. Aguzo el oido, presto atención a su silencio e hipidos e intento extraer entre sus gluglu de pez alguna pista.

¿Una urna mortuoria?, pienso mientras entreveo en la bolsa plegada en sus brazos un negro y un dorado mortuorio. Quizás la muerte de su amor, de su hijo o de su padre. La desesperación física reducida a polvo y ceniza - en polvo se convertirá..-.

Es una urna y lo que guarda no era la droga que esperaba que contuviera, ni quizás un explosivo amenazador sino la bomba atómica implosiva de la muerte de un ser querido, amado, imperdible. El ahogarse en el alcohol y la tristeza esconde el ahogarse en la muerte y la vida.

El ya lloroso se dirige trastabillando al retrete dejando descuidado sobre el mostrador algo pringoso del Jazz bar la bolsa. El camarero asiente cansado al requerimiento sin palabras para que no deje que la roben. El gasto realizado en el bar merece esa pequeñísima atención. En el instante que el cliente lloroso y melómano se pierde hacia el fondo a la derecha el camarero deja de mirar la bolsa.

Me acerco, despistándome, e intento entrever en la bolsa de la alcaicería del dolor colocada sobre el mostrador. Al paso pero deteniéndome intrigado miro de nuevo: es un frasco de cristal, sin adornos dorados y vacío.

Me sorprendo, pero me sorprendo más aún cuando el balbuciente lloroso cruza, mientras vuelve, su mirada con mi curiosidad, frente a frente, uno junto a otro inquiriendo con su mirada a mi curiosidad impenitente e impertinente.

(188) El efecto Babel inverso

bonhamled 05/11/2007 @ 06:14

Aquel día se levantó con un leve dolor de cabeza, como un turbante de plomo apoyado sobre el pelo. Sin embargo se percató de un detalle detonante, sorpresivo, sustantivo.

El primero de los sucesos ocurrió un día por la mañana, sin mayor cambio. En su ser comenzó a escuchar y entender las palabras de otros idiomas. No es que las entendiese en verdad sino que "sabía que decían".

Conversaciones en el metro, el dial de radios extranjeras, las televisiones ignotas empezaron a mostrársele fáciles sencillas. Lo atribuyó a un no se que desconocido, un efecto babel inverso.

oía las voces primero entendía las palabras, las frases, los contextos en una epifanía lógica muy alegre de conocimeinto.

Tras ese entiendimiento del vehículo de la comunicación comprendía poco a poco y luego de forma abrupta las intenciones, los porqués, los egoísmos apenas disimulados, los intereses bastardos, las negaciones torpes y el daño por el daño.

Su mente y su cuerpo poco dado a estas epifanías de conocimiento y dolor empezó a somatizar todo ese veneno esparcido en todas las personas, muy diluido pero aspersado: los niños entre si, el abusador de las mujeres, el agresor de los débiles, el detentador de poderes, loa variopintos colores del egoísmo y del daño al ajeno.

Poco despúes, no más de una semana, era un saco de huesos sin más carne que la que protegía y cubría sus capacidades taumatúrgicas. El daño era tal, el dilema era tan fuerte, el poder de su visión se manifestaba tan claro que prefería esconderse a oscuras en su cuarto de pensión antes que cruzarse con quien parecía un tímido sonriente y solo era un dragón dispuesto a matar.

Un poco antes de morir empezó a ver por encima de las voces, las intenciones y los lenguajes un número en negrilla extraño macizo, sans serif, negro o rojo. Y descubrió, no tardando mucho que era el número de años o meses dependiendo del color a cada persona para morir. Para la tremenda sentencia de muerte.

Veía decrépitos ancianos con años por vivir superiores al de jóvenes en flor. Niños a punto de morir sonriendo inocentes, mujeres embarazadas que sabía que no darían lugar a una nueva vida. Crueles maltratadores y violentos que superarían cualquier condena en la cárcel. Incluso un poco antes de morir vio ese mismo reloj con apariencia notarial avisarle de que su tiempo se agotaba en la cama del sanatorio.

"El enfermo Don XXXX XXXXX XXXXXX ha fallecido el día de ayer a las 23:30 horas como consecuencia del tumor cerebral que se le había diagnosticado hace dos meses. Las medidas paliativas lograron reducirle el dolor aunque no los delirios y gritos que solo pudieron eliminarse mediante somníferos y tranquilizantes".

(184) Nuclear

bonhamled 28/10/2007 @ 19:30

Telaraña entre dos juncos en el puente,

Cuando el aire que se vuelve fluorescente.

Bomba que arrasa y asesina.

El muñeco cabecea, Viento terrible y caliente.