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Categoría: Gritos

(177) Instrucciones para leer a Bukowsky

bonhamled 18/10/2007 @ 04:55

- !Hazte garante¡ - Excretó con fuerza por los músculos buccinadores.

- !Rebélate, denosta la revolución!. Se orgánico, aligera las plumas de tu cola¡.

El icono iconoclasta se elevaba como un ángel hasta la cúspide de su columna santa.

Una arruga de nube se paseó por el cielo como unas volutas terribles del humo del cerebro.

El loco, ¿que loco?, qui fou. La vida se atarambanaba entre los giros recoletos de la espiral más fractal y más dorada posible.

Revuelta en el frenopático, el hombre del tiempo ahorcado- Reía el altoparlante.

La locura no es tal sino una frontera donde vivir al hilo, saltar al alambre, bailar en un algo que solo tiene una dimensión para no quedarse en el cuarteado cajón de los todos.

Por eso el loco busca, y no mira, por eso se hace garante, rebelde, iconoclasta, reaccionario, bufón y arrebatado. Borracho, borracho y borracho, perdido, perdido y perdido.

Está loco, drogado, homosexual, encerrado, encamado y vive y sube, levógiro hasta el giroscopio austral, hasta la brújula cenital, hasta los hiperbóreos sueños del mañana.

Destrudo hasta la muerte mezquina y sucia.

(170) Jazz y ángeles

bonhamled 02/10/2007 @ 05:19

Suena "La pantera rosa" de Henry Mancini, música de misterio, jazz y calles oscuras. Los gatos rondan los callejones buscando compañía, gatas o soledades. Los seres humanos también buscan un sentimiento que no sea parco.

La luz de los vehículos corta el cielo como haces de espadas y el cansancio, el leve dolor casi dormido por la medicación y el tiempo se alabea y descansa sobre cada coche, cada clochard esperante, sobre cada reposador o banco que existe.

La ciudad duerme de noche, tiempo para lo oculto, lo identificable y los sueños. Tiempo para salir a buscarse y encontrarse. El ángel negro.

(169) Botellas agrías

bonhamled 01/10/2007 @ 05:11

Para Pedro la distancia enciende luces nocturnas y llena botellas. Enciende luces mortecinas de soledad y llena botellas de amargura: Amargura de nostalgia y llanto, soledad y frío.

El llegar cada noche a casa sabiendo que allí es de día. Sentirse solo, ajeno, desbaratado y candado en un país que no es el tuyo, en una humanidad que no es la tuya, en una casa que parece tuya pero que es mentira.

Por eso y por añorar Guayaquil Pedro llora lágrimas agrias como el agua regia. Son lágrimas de lejanía, gotas saladas y acibaradas de bilis negra, melancolía de los suyos: su aire, su suelo, su sol, sus nubes, su familia, su habla.

Especularmente Pedro siente, como en una simétrica clepsidra, caer gotas saladas y ácidas del otro lado del océano. Esas lágrimas, todas esas lágrimas de uno y otro lado se cambian por una plata inminente que compra ilusiones pero no paga consuelos.

Por eso Pedro ajado, cansado en tierra enemiga y casi siempre extraña llora y toma. Cada botella vacía de su tomar, llena de amargura, representa una semana de soledad y un brindis al futuro. Ve la televisión, otra, sentado compartiendo casa y ve, encima del aparador, las botellas vacías de la distancia, de la emigración, del desespero esperanzado una vuelta que se toma más tiempo que mil hormigoneras de concreto en fraguar.

Son botellas vacías llenas de lágrimas que se han mandado con la plata, es el dolor y la vida emigrante, ninguna de las dos mentira, ninguna de las dos sucedánea.

(167) Instrucciones para perderse

bonhamled 24/09/2007 @ 18:05

El lloro no es suficiente, aquel balbuceante y nervioso calvo y gordo del estudio de grabación es una espina clavada en un costado, es un terrible recuerdo de un futuro que no existe. La locura desagradable y desagradecida: ¡Es Syd Barrett!

(163) La mesa del café

bonhamled 13/09/2007 @ 05:38

Una mesa sucia, unos restos de pastas, no caras, apenas migas aquí y allá que no denotan suciedad sino falta de presteza al recogerlo.

Dos tazas de cafés, una algo más terminado que el otro. Ambos fríos. Ambas tazas tienen ese velo en el cafe que indica el tiempo transcurrido que es más que el instante y menos que las horas.

La mesa pobre pero urgente, sin tenebrosidad pero lóbrega como cualquier mesa camilla de las casas, por la ventana, mientras el estruendo del grito se produce un frío gris se deposita mientras anochece.

La mantilla de la mesa, mientras los gritos hienden las paredes y las personas como acerico,tiene el desgaste del mucho uso y del cariño en su confección. Pobre y usada como la vida en general.

En una esquina una señora llora, en otra un hombre gesticula con inquina y locura.

En la mesa el azucarero, barato y antiguo, guarda el azúcar con algunos grumos y, algo derramado, unos infinitesimales cubos de azúcar resbalan en la superficie cristalina que separa las tazas, la cafetera, el azucarero, el plato con las pastas y las migas, de la orfebrería artesanal del paño. Antañón recuerdo de obras pías y trabajos para señoritas.

El ruido, el grito, desparece, de repente, el golpe de borbotón, tremendo, seco y reverberando en eco en la pequeña habitación.

Dos o tres gotas de sangre caen al cristal, manchan algo la mantilla, caen, despistada sobre una de las tazas, no se cual, y mancha como un brochazo de impresionista alguna de las pastas viejas.

(158) La maricona muere

bonhamled 06/09/2007 @ 05:45

Muere capturada de saetas, coronas de espinas y pequeños dolores que aquejan matando pero sin herir.

La maricona vivió, es claro que vivió, sobreponiéndose a los amaneceres que no debían ser y a los atardeceres que no pudo evitar. Pasó sus años entre el desdén y el sentirse desdeñada no por el comportarse ni por el estar sino por el siniestro ser. Y siendo no podía dejar, metafísicamente, de ser.

Murió la maricona habiendo amado menos de lo que hubiera querido, habido sido amada menos de lo que hubiera querido pero habiendo construido todo un catálogo de ocultaciones, escondites, teatrillos, componendas y pequeños complots que herían más que el INRI del galileo.

Ahora en esos instantes del proscenio de la muerte llora su desgracia o su ventura, su amor a contracorriente y la historia que le ha tocado vivir: Demasiada realidad para su gusto. Demasiado arrebato para su forma de ser. Demasiada maldición para quien solo buscaba el amor.

(157) La paja y la viga

bonhamled 04/09/2007 @ 20:05
Veo, desde la atalaya autista de mi andar por la ciudad, como un joven algo pagado de si mismo, solidario al menos en superficie, oyente y hablante a un vagabundo, un desamparado de la sociedad, un desheredado de la comida de Pantagruel de algunos de nuestra sociedad. Me pierdo la primer parte del escaso dialogar. Recuerdo un robado:
- ... como sigas así te vas a matar....
El pobre, sorprendido exclama: ¡Anda, la hostia! como un exabrupto cotidiano sorpresivo al que le queda poco por sorprenderse.
Se marcha el más joven con la razón azotadora. Queda igual el pobre. Igual de pobre. Igual de solo y algo más zaherido por el prójimo que le trata como minusválido social.
Sorprende que el Sócrates no solo ha de soportar, Diógenes, las miradas, el asco y las miserias de la sociedad: Además desde su puesto pequeño ha de soportar los grandes púlpitos de quienes escarban y tienen  más y más en común con la miseria y la inmundicia. Lo que ocurre que no es mala suerte, adición o borrachera sino pobreza moral, que es cosa diferente.
Como digo, no solo habla el asco sino que, además, en la voz párvula del joven, antes solidario, la sociedad se arroba y arroga el derecho a asaetear con moralinas, amenazas, metempsicosis y términos terribles.

Una leyenda, una sorpresa, una mala interpretación, ojalá, un disparo en la nuca, una miseria que se escapa por la calle y se deposita en huecos y esquinazos

(154) Hagiografías y martirólogos

bonhamled 02/09/2007 @ 07:25

Muere Francisco Umbral y todo el mundo le reconoce la calidad como escritor y como periodista.

Muere Francisco Umbral y todo el mundo reconoce la escasa calidad humana sorprendente en comparación con la calidad humana y de periodista.

Como si algo tuvieran que ver.

(151) La pistola blanca

bonhamled 30/08/2007 @ 06:34

El cuidado sutil que empleo en desmontar poco a poco y lentamente cada una de las piezas de la Walter PPK de 9 milímetros para luego pintarlas de ese blanco variado denota que no solo era el negocio chusco lo que llevaba a Venancia a su destino.

La pistola con ese gris oscuro, casi de forja, menestral y asesino se convirtió en una mezcla de colores blancos de más o menos brillo, nácar o desgaste. Por ignorancia o, quizás, en resurrección y redención acabó siendo un arma blanca de fuego.

Los policías se sonrieron al ver el arma percutida y la primera justificación, burda, de la mujer, pero sin embargo y mirándose se dijeron:

- Sin embargo la bala es de plomo.

Venancia lloraba su mala suerte, eterna, continuada, como en soneto. Mientras el marido con el disparo descerrajado en la mandíbula agonizaba como un animal muerto. El arma blanca, y el tiempo para vivir su pena, para dejar de sentir los golpes, para volver a ser una persona, para pintar un mundo gris, negro, agresivo y arisco de un blanco virginal, aún defectuoso, iniciático y nuevo.... aunque se manchara de un rojo después que fue jugo de la baya de un amor de otro tiempo.

(150) El mazazo

bonhamled 26/08/2007 @ 19:23

Un día, frío y no muy lejano, sentí un golpe de maza en la cabeza. En realidad fueron dos golpes que por suerte y desgracia sentí vívidos y eternos de eco en mi cuenco de huesos que es la cabeza.

Un golpetazo en el parietal y en la parte superior del frontal me robó el sentido durante unos buenos meses, años, y el aire quedó capturado en algún neumotorax sin prognosis. Sin buen sentido y sin aire anduve por el mundo durante mucho tiempo buscando una redención o una perdida irremisible del alma; ninguna de las dos me fue concedida.

El martillo, la maza, era de madera astillada quizás, se clavaron en la cabeza con esa inoportunidad de lo que no viene a cuento. Puede que fuera de goma falsamente blanda o, quizás de acero terrible y machacado pintado de un color azul metálico desgastado y orillado de óxido.

El golpe resonó, retumbó, redundó, rompió, rasgó y se repitió en mi cabeza y me dejó un resabio amargo como de boca cerrada de borracho. Heredé del golpetazo una sensación reverberante de tañido terrible, volteando mi cabeza, como melena de campana, y moviendo mi cuerpo como triste accesorio de una vida golpeada.

Aquel día, el del golpe, era un día como otro cualquiera, se acercaba, arracimada de frío, la navidad. La noche era enemiguísima, el día apenas inocente. El mazazo, el dolor, se apuntó, se sugirió, se sintió leve como picadura pero, luego y al poco, agudo para abrirse como una flor de daño estupenda.

Y sorprendente, maldito y maravilloso se abrió como un abanico para dejarme un dolor que era fractal; generando más y más estructuras, raíces, víboras e hidras de dolor que desde la cabeza, lugar del golpe, se dirigían al corazón, a la razón, a las vísceras, a la sombra y al nadir del ser. Era el desarrollo de aquel duelo nacido del mazazo de metal, era una cueva de podredumbre que se escondió en mi ser, era un yo al que abominaba, era un otro que nació en mi como una alfaguara sin parada.

El frío debió acordonar y atosigar a la sangre, no se vio, también a la vista, al cielo y al futuro y, así, me quedé casi ciego, mirando un cielo vacio que nunca escuchó y con un pie en una nave que se escapaba corriendo hacia el pasado.

Era un día como otro cualquiera, un catorce de diciembre anónimo, un día de mucho frío y mucho desasosiego, un día normal, bueno, en realidad no tan común ni anodino, coincidió con el día en el que murió mi padre.