(291) Sección técnica 17. Gazales
Gazales de la vida, entelequías mentirosas.
Microcuentos, pensamientos, ideas y descalabros en este camino sin luz hacia Damasco.
Gazales de la vida, entelequías mentirosas.
Escúchese esto:
Después piensese en salir a la calle con un cuchillo o un recipiente de gasolina.
Pensaba en la necedad de segundero de ver hacerse viejo.
Pensaba en la rudeza de lija de observarse perdiendo, como aquel
jugador que todo lo dejó en Montecarlo pero sin la ética de la derrota.
Quizás el engaño de la cirugía, de atar en un gimnasio las carnes, de
tintes, potingues, mentiras para reconocerse hueso andante al fin.
Pensaba en la necesidad de un sendero por el que hacerse viejo.
Sin dudar tantísimo sin perder tanto el tiempo, como aquel
que dentro de un tonel, vacío y calvo, pero con una ética sin fisura, intacta.
Quizás el leer más, el respirar la vida, el singlar junto a lo que merece, alejado de iras, tergiversaciones, mentiras para reconocer un camino hasta el fin.
La vida sonríe en cierto sentido:
No me quejo y vivo bien.
Lloro mi desventura y sus conjuntos
mientras ceno, como y desayuno
Mañana me compro un paraguas, pasado un submarino
Leo libros, medito y veo cuadros en una puesta de sol
Me dirijo al futuro como a una heladería
El pasado se aleja de mí.
El optimismo pinta la vida de color..
Pero solo le da una mano:...no eficiente
Sonrío en un rictus irreal: alegría y optimismo
En este punto repaso el texto y digo, no es endecasílabo ni optimista
Pero ya hable cien veces de lluvia, de Munch y de dolor:
Doy el título por bueno
La portada del disco King Crimson "in the court of the King Crimson" o "Skrik" de Munch me llevan a un mundo conocidísimo. Odio cuando el arte me habla tan de cara a cara sin permitirme descubrirlo. Es porque me dice de cosas que se que me duelen.
La pátina blancuzca, de blanco sucio, del silencio se deposita como nieve cérea o cenicienta.
Es el momento terso y suave cuando el silencio se aposenta. Un silencio de frío hierro y negrura callada: Dejamos de ver.
La vista huye porque el ver se confunde con el mirar y el mirar con el querer enterarse. Inconveniente. Mejor no ver...¿Que ver?
El habla, la parla se esconde tras esquinas y en bodegones, en lugares absurdos, y en la nada. El hablar es ninguno porque hablar es saber y es transmitir y cuesta. Silencio, callarse, shhh..., la muerte.
El ver se encenaga, los tropeles se convierten en tropelías, y las masas en argumentos blandos, que lijan lo que tocan, haciendo sentir,, al hablador minotauro en laberinto perseguido por un Teseo sin amor o con un amor de tribuna y fotografía muda.
El ser, entonces, se exilia en la cavidad de las costillas sirviendo el habla como tenue neumotorax y el pensamiento como tañir titilante de unas campanas que quedan, así debe ser, encerradas.
La sonrisa, la buena intención, los caminos que desembocan en ese mal negro, la conveniencia, el interés, el poderoso y el que desea serlo todo ello alimenta como guarnición ese alambre de espino que se ha de tragar como cuerpo consagrado del hecho violento. Callarse, griteríos y golpetazos de: "Aquí no se habla de..", "Respeto a quien ha traído la paz, la justicia y el trabajo".
Este infierno, interno de silencio, sol brillante y falta de dudas se llama dictadura. Y es una palabra, una frase, un párrafo, un capítulo y a veces muchos libros plagados de ortografías que, sin embargo y tragando, leemos con fruición por el ojo vigilante en la nuca.
Por eso a veces decir que va a llover a cántaros, o simplemente un aguacero tímido da tanta alegría.
¿Quien le quita la razón a esa Chabuca declinada de Isabel?
¿Quien se atreve a ir del puente a la Alameda o, quizás, siendo mocita y rondada por un caballero de fina estampa, no recordarla?
¿Quien va al Perú sin cabalmente conmemorarla y tenerla en mente?
Es como dejar México sin llevarse algo de Chavela, otra Isabel declinada y reclinada.
Dejarse el tequila en tratos con una tal Macorina, en noches de llanto y hombría, en días de tristeza y femineidad, con cantos de rugido de revolución y de polvo del camino y de noches sin fin y de amores con fin de hierro.
Viajar y cruzar un océano de cuatro viajes desde la vieja Europa o, peor aún, cruzar un mar grandísimo con olor a motín sin traerse estas isabeles, declinadas, cantadas, hemistiquios de la realidad americana y real es un delito de lesa vida. Renegar de una vida de sal, alumbres y amarguras por una vida sosa como la calabaza jóven.
Mujeres,
Excelentes administradores de amores, cariños y quereres, el resto, se pierde en cetros y rocas.
Mujeres, faros en lo oscuro de la noche desnuda.
Mujeres, ambrosía de razonamiento y de discreción correcta.
Mujeres, parlamento de la ética y el tiempo.
Mujeres, paradigma del principio de Pascal.
Mujeres, dadoras y regaladoras de sino, belleza, melladoras de lo cruel de la vida.
Mujeres, redondeces agudas, inteligencia inquisitiva sin selva.
Mujeres, terroríficas enemigas con la crueldad implícita del débil.
Mujeres, ornato, ornamento para enseñar un interior siempre profundo
Mujeres radicales dulcísimas, oasis en el universo negro.
Hombres torpes controladores apenas a un metro de distancia..
Mujeres, eco, eco, eco.
Le tomo en mis brazos, beso…y beso
Mis brazos le rodean, le estrujan en su cuerpito y su sonrisa iniciática
Me mira sorprendido mientras mis brazos son una cárcel, un huevo.
Un cofre donde guardármelo, proteger, servir de escudo no espartano.
Me equivoco pero persevero.
Intenta escaparse pero continúo.
Le miro previendo cuando deje de mirarme.
Espeto al futuro… entre sus balbuceos iniciales.
La policía acordonaba el ascensor y las entradas del edificio Malxo. Los otros ascensores no dieron abasto los tres días posteriores. Nueve metros cuadrados y veintidós plantas, cuarenta segundos de viaje, dieron lugar a muchas especulaciones y misterios.
Al abrirse la puerta, siempre al final se abre una puerta aunque no siempre las de los cuartos pequeños, dos muertos, perfectos de terno de temporada pero destocados de elegancia patricia, muertos por un disparo de bala cada uno, la pistola limpia de marcas aparecía entre ambos cuerpos, y un aparente total desconocimiento entre ambos occisos tornasolados de muerte.
La policía no creía en los misterios y menos de Rouletabilles reporteros que buscaban el misterio.
La empresa, gigante de construcción, ambos muertos, Harald Haar, danés y Juan Luis Ciudad, español, desconocidos entre si, de nuevo en apariencia.
Los cuarenta segundos albergaban en su interior diferentes interpretaciones de corrillo: una leve discusión, una muerte de encargo o una resistencia feroz. Es difícil pensar lo que pudo ocurrir en esos cuarenta segundos:
Están a apunto de cerrarse las puertas con el pequeño y delgado rubio. El moreno de traje azul entra a la carrera
- Perdón, dice entre suspiros,
- Buenos días
- Good Morning.
- Perdón, creo que vamos a la misma reunión es ud Mr Jensen, de Irco and Co.
- No, creo que se equivoca.
- Lo lamento.
El feroz Juan Luis mira para otro lado y recuerda la foto que tenía en la mente, parece coincidir. Saca la pistola y cuando va a emplearla el pequeño danés se revuelve, en la lucha se dispara y acierta de muerte al más grande. El danés retrocede asustado, en ese momento el moribundo vuelve a percutir la pistola, casi sin fuerza. Mueren ambos
Sin embargo las grabaciones de vídeo parecen dar, al menos otra versión:
Entra el Señor Ciudad y en el piso tres entra el señor Haar. Es un bullicioso entrar y salir hasta el piso veinte, donde empiezan las plantas nobles, desaparece el resto y quedan ambos. Haar saca la pistola que lleva consigo (proviene de Beirut y tiene licencia de armas por su trabajo de asesor), se le dispara y le hiere. Preso de dolor se revuelve el señor ciudad intenta ayudarle, pero un espasmo inoportuno dispara de nuevo el arma muriendo ambos.
Los interrogatorios de los entrantes y salientes al ascensor: la señorita Oliva, el encargado internacional Holnicki, etc parecen dar lugar al menos a otra interpretación de los hechos.
El señor Haar y el Señor ciudad coinciden en al aparcamiento y suben juntos hasta la recepción donde primero se acredita el señor Haar, al que vienen a recoger. El señor Ciudad espera paciente su turno. Cuando llega al ascensor el señor Haar ya ha marchado. Cuando sube Ciudad, solo, en la planta trece ve que entra, equivocado de planta, Haar. Algunos ascensores solo llegan hasta la planta trece. Suben juntos, pero en la planta 20, antes de la zona noble una tercera persona entra en el ascensor, dispara contra ambos y antes de que se cierren las puertas, apenas ocho segundos, deja la pistola, pulsa la planta baja y espera paciente el ascensor.
La policía maneja otra forma de interpretar el crimen en el ascensor transparente:
El ascensor aparece en la primera planta, en esa planta se incorpora el señor Ciudad, destino a la planta 22, en ella ascienden cuatro personas entre ellas el Señor Haar, al llegar al a planta quince solo quedan tres personas. De manera discreta el tercer hombre pulsa el botón de la siguiente planta, con leve sorpresa del danés. La memoria del ascensor seguirá el orden de introducción de datos bajando, posteriormente a la planta entrada. Al despedirse el tercer hombre pulsa un dispositivo, en ese momento una bomba de gas inunda el estrecho receptáculo, mueren. El tercer hombre sube a la planta 22, dispara sobre ambos y deja caer una pistola.
Haar aparentemente podría haber tenido algunos motivos para asesinar:
Haar reconoce por fin a su burlador, el grande, y espera la forma para asesinarle, logra entrar, disfrazado, en el edificio de oficinas y sube en el ascensor sube con la esperanza de verle. En la planta cuatro coinciden durante un instante en el ascensor, Haar le dispara y acto seguido se dispara en el corazón, la pistola muerta cae entre ambos.
Algunos de los empleados manejan una versión hecha de recortes afilados aquí y allá, no es muy creíble pero tampoco imposible:
Es difícil un crimen de ese tipo pero un tercer hombre, se descuelga las 22 plantas desde el casetón de la cubierta del edificio, se posa, de manera sorda sobre la superficie del ascensor, espera una señal para su acción directa. Por la puerta aparecen Haar y Ciudad junto con un anfitrión que queda gestionando los pases de entrada a la zona noble. Suben en el ascensor, cuando llegan a la planta trece, la del cambio de ascensor, el anfitrión se queda, toma un teléfono móvil y pulsa un número memorizado, Suena, leve, encima del ascensor. Es la señal: El asesino se deshace de la portezuela posterior, dispara con la pistola cuando se cierran las puertas y deja caer la pistola, coloca el techo y repta hacia su salida en el tejado.
Todas estas teorías eran manejadas con mayor o menor entusiasmo por la policía. La locura nace de la aparente incongruencia entre las cámaras de vídeo: una por planta, otra en el aparcamiento más las del perímetro del edificio, también por la diferente declaración de personas que vieron entrar, salir, cambiar de planta, reunirse, no conocerse, abundar o separarse.
Incluso se exploró los caminos del hampa para ver si alguna otra teoría de asesinato por encargo era posible:
En la planta 22, la última, un director espera y ultima los detalles cuando la policía se hubo marchado, tras haber escapado de un atentado terrible, los dos asesinos, Haar y Ciudad le esperaron a la salida de la planta trece, la del cambio pero antes de que pudieran actuar fueron alcanzados por uno de sus guardaespaldas. El contratar actores, entrar y salir y buscar la confusión intenta esconder ese asesinato que a su vez esconde una lucha abierta y, desde ese momento, sucia en la compañía Malxo.
El asunto del espionaje industrial tampoco fue desdeñado por la policía a tenor del reciente contrato de adquisición de tecnología espacial entre el gobierno y Malxo.
Los espías Haar y Ciudad fueron llevados de manera subrepticia al edificio MALXO, descargados en el ascensor más alejado, una vez en el edificio central identificados a punta de pistola, en el ascensor, una vez cambiados de ascensor fueron ajusticiados y abandonados. La competencia da un mensaje claro y en la propia casa del ofensor.
La policía, al final, ha de quedarse con la versión del tiroteo injustificado entre los dos desconocidos. Es lo que tranquiliza más a todos y pone menos pimienta sobre lugares donde, sin duda, provocarían estornudo.
La verdad es, a veces, algo mucho más complicado de explicar, pero tambíen, más sencillo de entender: Dos amantes despechados buscan en inteligencia y conocimiento a su amador infiel y, al final, deciden suicidarse en el ascensor del edificio. La policía se marcha tras las iniciales pesquisas y el presidente en la soledad solemne de su despacho llora amargo la venganza de aquellos a los que amó menos de los que ellos le amaban.