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Categoría: Instrucciones, modos y procedimientos

(356) De repente, luminoso

bonhamled 30/04/2009 @ 19:33

El día abre y amenaza lluvia y luz. Los primeros rayos del sol, difuminados en un horizonte bidimiensional y en un cielo monocorde parecen indicar que el día será tan grís como los tres anteriores, lluvioso a ratos, como los últimos, fríos y desangelados como la última media semana.

El vagón de metro todavía siente ese frescor de primera mañana o el olvido de la más ultimísima noche. Solo unos pocos, sentados, llenan el tren que lleva al día laboral. El traquetreo algo musical, exótico, pero desagradable mece y recuerda sinestésico el calor cónvexo de la cama.

Miro hacia el horizonte cercado por la ventana del vagón, a mi espalda otra abertura simétrica. La oscuridad algo sucia del exterior se mezcla con el reflejo de mi imagen a primera hora en el vidrio: corbata, camisa, chaqueta, libro, peinado y afeitado. Un cliché demasiado cercano como para no esconder la caverna que lleva dentro, detrás el túnel, cables, bandejas, hormigones y pinturas dan a entender lo que todos sabemos: lo de fuera es siempre más oscuro, más previsible, más árido, más deleznable, más pornográfico y abyecto.

Para aquí, allí, otra estación, otra, extemporáneo, perentorio. Molesta entrada y salida de gentes como yo, aburridos burócratas con tendencias clase media y problemas totalmente predecibles y clónicos casi como un tunel dentro de nosotros mismos, que estamos en otro tunel. Las paradas son el anticlimax de la velocidad del tren, del llegar a donde vamos, a donde deseamos, a donde desearíamos. Toda esta sinfonía afónica de pensamientos prendidos de una cuerda es solo un sueño, o entre sueño, visto o entrevisto en los espejismos de la primera mañana.

Miró el reloj, temprano, hoy el trayecto se ha hecho más ágil, más rápido. Me levanto temprano, salgo temprano, ando lentamente intentando dar una falsa imagen de tranquilidad y control cuando solo es un robo a ese tiempo que como grano de arena en reloj se escapa y me cae encima, ahora ya convertido en roca. Veo en el reflejo sutil y desvaído del cristal de enfrente, surcado de marcos, manchas y graffitis, esa roca que está a punto de aplastarme y, lo que es peor, de despeinarme.

De repente, el susto, el frenazo, el respingo, la interjección, la sorpresa, el golpe, el asirse en equilibrio a las barras, el murmullo y el chirrío. Un guiño, mesías, de las luces y un ruido diferente de motor anuncian un “algo” anómalo y diferente en la grisedad de cada mañana adormecida. A lo lejos gritos apagándose, ruidos desconocidos, sueño... y miedo. También aburrimiento y desidia resonando como en una campana donde la piel, la campana, es tan gruega que no deja trasladar casi nada del espacio externo.

Miedo mezclado con sueño, el miedo ante el ataque terrorista, la locura individual, la amenaza presente en ese reloj de gigante de Brobdingnag, llamado metro, que nos esconde a nosotros. Gritos y más gritos y la insoportable sensación de perder el tiempo en el metro. El lugar que solo es transición entre otros. Quizás como si fuera un purgatorio pequeñito, como si solo fuera el crepitar último previo a una muerte desconocida, un tiempo sin sentido y sin destino.

Intento mirar hacia delante, no se que pasa, algunos se sorprenden, otros se asustan, otros miran el espacio claustrofóbico del vagón como si treinta segundos antes fuera una pradera abierta. No se que pasa, vivo sin saber que pasa. Espero. Y me percato de que paso la vida esperando, esperando y planeando, esperando que se den las circunstancias de planear. Planeando las esperas para llegar a planear. Esperando la esperanza de poder planear por el aire. En resumen, peinado y dentro de un reloj parado y con la intranquilidad del tiempo perdido y la certeza fatalista de que algo ocurre y que yo no debería ni querría estar allí.

Pasan cinco minutos, la megafonía, sorda, justa, confusa, oscura, indica en la voz del conductor: “Por causa de accidente, el servicio no se presta con normalidad y se encuentra detenido por un espacio de, al menos, quince minutos”. Miradas a los relojes, resoplidos y misterios, cuentas interiores y exteriores y algún que otro exabrupto semisordo que añadir al pentagrama de puertas, personas, vías, traviesas y túnel.

No se nada, sigo sin saber nada, sin querer saber nada, sigo reflejándome en el espejo falso de enfrente, sigo viéndome alejándome sin moverme como si yo mismo fuera aquel pasado, del pasado lejano, del pasado instantáneo, del pasado de hace cinco minutos que se escapa en sentido contrario apoyado en los balastos de la vía.

Un pasado de banda sonora pero que se manifiesta solo con el chisporroteo tropical de la aguja sobre aquellos viejos vinilos cuando acababan. Es el silencio morigerado del túnel, de su oscuridad sucia que representan una realidad de hierro, la voluntad de no querer estar sino tener que estar como viático imprescindible para “estar” en otro lugar, una quimera, un lugar santo o legendario, una realidad repetida cada mañana del reloj.

Un nuevo mensaje, alguna histeria, alguien, pretencioso y maximalista, que amenaza con bajarse en el túnel. De repente, aparece tras de mi reflejo en el falso espejo. una cara que aparece primigénica, aporética, epifánica, esdrújula: otro espejismo torpe hecho de aburrimiento y sueño.

Me levanto de mi asiento de plástico limpiado y lijado por culos de aburridos como yo. Dejo de ver espejismos y miro el reloj, sin causa, no tengo prisa.

El tren intenta moverse, suspiros de alivio, miradas al reloj como si ese rato hubiéramos estado detenidos también en el tiempo. Tras un par de intentos arranca. Entramos al andén, lejano pero solo a treinta metros de ña detención forzada, su luz y sus ruidos se entreveían en escorzo por las ventanas e, incluso, quien hubiera tenido interés hubiera escuchado la noticia que luego escuchamos: Un suicidio.

Me sorprendió lo banal, lo absurdo, lo improductivo para mi de ese momento, aquel “de repente” imprevisto solo se había convertido en un suicidio como si la vida del día a día con su marrón y gris mortecino y viscoso no ameritara un cambio de dimensión. O quizás como este inicio del apocalipsis que se manifestó en esta masa de tiempo y espera mereciera un regurgitar de lava y fumarola, en un crepitar de almas de condenados, en un desencadenarse de batallas de ángeles y demonios. Fue simplemente un suicidio: un desinscribirse, un desconectar la luz, un marcharse.

Salgo mirando al reloj, casi por simulación, por simpatía, por contextualizarme. Oigo los resultados, Comentan en grupitos, en personas, en marcharse, en quedarse, en investigación improcedente e improductiva. Se difumina.

Obvio interpretar, interpretarme en ese papel. Ignoro el porqué, las causas, las consecuencias, las penas y las lástimas o, quizás, el desencanto, descanso y alivio de algunos. Salgo tan pronto puedo del vagón y, andando,o quizás andurreando, tomo pulso, en conversaciones perdidas y nerviosas, de lo sucedido mientras las autoridades, algunas, pocas, identificadas, ya han tomado parte y actuación en el extremo más lejano a mi.

“La chica bajó al andén, se puso de espaldas a la vía y esperó con los ojos cerrados que llegará el tren que ya se veía, fue terrible. La lanzó diez metros hacia delante como una muñeca rota, ensangrentada pero respirando”.

Pasaba entre los viandantes-reporteros y me encaminaba hacia la puerta. Un sintagma hecho de manecillas de reloj, una vida que seguía tras ese minuto. Sin embargo paré un instante, recapitulé, revisé mi chaqueta, mi cartera, mi pelo, reflejado en las vitrinas de cristal de la olvidada estación, y continué andando hacía el hoy.

(354) Poesías en otra tierra de letras

bonhamled 21/04/2009 @ 19:55

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(348) La hora

bonhamled 15/03/2009 @ 09:48


Resistente
como una fría y corta barra de acero en la madrugada.
Amarillo como Hung en bicicleta un martes (con comida hirviente detrás).
Miedoso como el vagón vacío en el último trayecto.
Chirriante como la razón y la justicia, la razón y la sociedad, la justicia y la sociedad

(343) Callo la voz pero no la música

bonhamled 21/02/2009 @ 21:39

Callo mi canción, y dejo el silencio fluir.

Como un río turbulento y tráfago de vidas.

Callo y sigo tocando las músicas que golpean como caballos del apocalipsis.

 

Y callo pero no dejo de cantar, porque el canto sigue.

Cantan aquellos que fueron futuro en el pasado,

Y allí quedaron.

 

Quizás Elda Estañares o Isidro Lobo.

Puede que Jorge Muñoz o Cardenio Ancacura.

Estudiantes, panaderos, abogados, mecánicos.

Caras abandonadas en el tiempo pasado.

 

Todos ellos encendieron el futuro sin querer,

luego apagados en un mar proceloso de la noche negra.

Negado, hasta la mayor negación:

Potencia n matemática.

Pacto ominoso de cono sur.

Relato de despacho oval, rancio olor a podredumbre y humedad.

Esencia terminal.

 

Sin embargo todos ellos cantan, con un canto armonioso y cercano.

Dotado del silencio, antes alambrada de dictadores.

Ahora recuerdo necesario de los que no están pero sigue esperándoseles.

 

Sin ambages, sin infidencias, sin acechanzas

Un silencio rico que fructificara de nuevo

 

Miro a mis hijos detrás, mi futuro, y veo mi pasado, el de ayer.

No niego ni afirmo, solo callo, callo para cantar:

 

Sigamos cantando y no dejemos de cantar aún en silencio. El silencio habiendo ganado a la melodía podría ser tan total como el desierto interno que de eco llenó los años de luces escasas y pasos de miedo.

(340) Se acabó el champagne

bonhamled 12/02/2009 @ 07:50

La fiesta acabó el champán, las risas se ahogaron en el líquido elemento del glamour. Los grupillos conversando, otros bailando, algunos en tibias confidencias que prometían más, se quedaron sin champán. El whisky no es igual, ni, por supuesto, un refresco. En aquella fiesta, en la casa del empresario Roberto Bouser, el champan era la sopa social en la que poder celebrar los treinta y cinco años recién estrenados de su, también recién estrenada, mujer Syilvie.

Divertido continuaba hablando Bouser mientras el jefe de camareros, en un aparte, le comunicó la tragedia. El dueño de la casa hizo un gesto de contrariedad y miró, buscando complicidad y consejo en la anfritriona, a su mujer; que acababa de doblar una de las esquinas interiores de su inmensa casa de la mano de un amigo joven y desconocido.

Se miró reflejado en un espejo casi enfrente de su persona, y vio su despejada frente, su porte de empresario rico y esas actitudes ensoberbecidas de los que siempre han tenido dinero y, de esta manera, históricamente han estado llamado a los mejores lugares, las mejores cenas, los mejores champagnes rosáceos, ambarinos, transparentes. Excepto ahora que parecía haberse acabado como trasunto de la infidelidad sospechada.

Ordenó buscar más champán, mientras pensaba,cruzó con la mirada de dos o tres personas y se escabulló en una búsqueda nerviosa hacia las habitaciones.

Cuando se acercó a la habitación de invitados, tras haber recorrido algunos corredores y haber encontrado alguna prenda de su recién estrenada mujer, ya conocía la certeza. Cuando llegará la nueva remesa de champagne, casi nadie podría tomarlo: estaba a punto de cometer un asesinato.

En ese segundo en el reloj tampoco sabía Roberto Bouser que el asesinado no sería otro que él y que dentro de pocos días la viuda entre lágrimas, tomada por la mano del jóven ejecutivo que recién conoció, acudiría al entierro con un cheque millonario en su bolso. Un cheque destinado a alguien que jamás conoció y que nunca más volvería a ver.

Cuando el entierro del empresario muerto acaeció, el servicio que quedara en la casa se estaría bebiendo el champagne que sobró de la fiesta, de la vida y del tiempo. Las burbujas se llevaban consigo, a todo trapo, un momento de estática verdad y un millón de días de mentiras contenidas en ese espacio oblongo.

Detrás, muy detrás, como detrás de un cortinón de teatro, un chasquido se sucedía atemperado por la distancia y las habitaciones cerradas: el primero de los disparos mortales.

 

(337) Töpfle & Söhne: !ciencia al servicio del hombre?

bonhamled 28/01/2009 @ 19:32
- Un sistema de cremación ambulante que permite incluso el tratamiento de grandes contingentes de residuos animales sin añadir combustible adicional.
- Sonreía, con cara dulce, por debajo de sus avinagrados ojos verdosos y su nariz aguileña - Es una solución técnica muy aceptable para el problema que se nos presenta - Continuó Heintahl.
- Pero ¿Donde se utilizará?- preguntó Steiner con su libreta de cálculo en la mano y superando su papel de científico desarrollador de la empresa Töpfle y Söhne.
Steiner estaba punto de coger su terno negro y su sombrero para marcharse.
- Creo que su empleo inicial será en una empresa de tratamiento de carne la zona de Bikernau y, luego, en el caso de que sea viable, en otros muchos.-
Heintahl dirigía sus ojos a la ventana, no queriendo mirar a Steiner, porque puede que no quisiera que sus ojos de charca dejaran ver algo de lo que ya sabía, otros suponían, era un rumor sordo.
Steiner miró, en silencio, y después, también, al atardecer a través del cielo cuadriculado de la ventana; volviendo a sus ecuaciones y sus planos para poder pensar durante unos instantes abandonando su deseo de irse a casa.
La ciencia y la técnica buscaba una forma de solucionar un problema. En ese momento en otro lugar una niña de nombre Anna moría y con ella más de siete siglos de filosofía.

(334) El caerse

bonhamled 16/01/2009 @ 07:43

El aire que lanzado recorría la calle arrebatando capas y sombreros le tocó con levedad malvada en el hombro. El miraba la calle con su cartera de cuero en la mano, distraído a la salida del trabajo. Y tropezó de una manera clara, sin rivalidad alguna ni inconveniente, y se precipitó.

Perdió la verticalidad ganada en la infancia hacia un abismo de velocidad y suelo. Rehizo el escorzo en la postura a fuerza de musculatura dorsal mientras las manos, defensoras e involuntarias, buscaban en su daño la previsión del golpe al resto del cuerpo; la cartera avanzó y se desbarató en un charco a un par de metros mientras el sonido del sopapo se perdía en las vetas de la acera y en el azogue muerto del asfalto.

Recuperaba la línea recta en el suelo y depositaba su cuerpo en el horizonte cercano como un fardo antiguo, de algodón o un saco de patatas, huesudo y blando. Tropezó y cayó, se precipitó desde la altura de su arrogancia o de su posición física hasta el suelo de la razón o de la calle: Eso fue lo que ocurrió en pocas palabras. El agua sudorosa y gris del suelo se mezclo con su rodilla, erosionada, y sus manos sucias, ahora más.

Se levantó y miró circunspecto, recordó por un instante que era mortal que había sido héroe antes aúnn, siguió andando limpiándose y olvidando recordar a quienes le habían observado caer desde su Olimpo del anonimato hasta el suelo como Ícaro o Prometeo y que solo vieron un Dédalo cobarde o un huido de aquellas Termópilas legendarias. Reconoció su posición y su figura en esa situación risoria y un rictus de sonrisa, como un brillo, apareció por su semblante, velado rápido por una sombra de tiempo. Era falso, era la risa de la circunstancia que sería vista por otros; queriendo ser de los otros en vez de ser él en ese episodio, así conjuraba andando, peripathos, ese escándalo social.

Se levantó del suelo, miró al cielo y recobró algo de la serenidad malhadada, en el fondo de su alma anidó, en ese momento, un aleteo de incertidumbre, que le acompañaría hasta su cercana muerte. Pudo ser un aviso bromista o una coincidencia malévola, lo supo poco tiempo después. Sus manos estaban manchadas de esa grasa acuosa que es el barro, sueño y eco del tiempo en el tiempo presente y por tanto huidizo y grisaceo en su suciedad. Repasó en esos primeros pasos todavía sucios una vida y le acometío un empuje brutal como de gravedad contenida: ¿estaría perdiendo su vida?, se conformó al ver los legajos y rollos de su cartera abollada y sucia y volvió a la realidad huyendo del guiño que el destino le había dedicado, el viento burlón y fauno seguiría aplaudiendo abandonos y ayudando a las caidas

(328) Mujeres

bonhamled 26/12/2008 @ 10:10

Esa mujer administra un mundo, aquella otra organiza un pequeño universo, la que apenas vemos en la distancia, gestiona un planeta.

Todas ellas, sinceras, temerosas, sonrientes, tristes, llevan en sus manos y en su cuerpo las cicatrices del gobernante, del hacer y de ser.

Miran en sus caras, sus manos un mundo externo, miran en sus ojos un mundo interno, ambos, como calcetín se vuelcan en el otro, hacen el otro, dan seguridad, realidad y esencia al otro, sin conversar con el azogue ni con las libreas de los edecanes de la metafísica masculina

Mientras tanto los hombres jugamos a ser dioses, no lo somos, y pretendemos fingir que todo esto que presenciamos con la envidia de no vivirlo no es una maravillosa cotidianedad revestida de oro.

(324) 515

bonhamled 14/12/2008 @ 09:04

Quinientas quince mentiras atrapadas con la torpeza de un cazamariposas.

Cazadas como en el cuento con un canasto de mimbre.

Pegadas con la liga prohibida que atrapa a la alondra a la que cantan y al cuervo al que temen.

Quinientas mentiras que son trozos del espejo roto en mi mismo. Quien quiera como en una espectrometría de masas chusca reconvenirme a base de reconstruirme se encontrara con un principio antiDerrida.

Ni soy la suma de mis trozos ni queda algo fuera de mis trozos que no sea yo.

Es solo un trozo de mi, en un tiempo, y en un sentido. Demasiadas dimensiones como para construir un modelo aunque animo a hacerlo y que me cuenten el resultado.

(322) La más dificil declaración de amor del mundo

bonhamled 27/11/2008 @ 07:29

No empecemos con el verbo, acabaríamos pronto, pero rodeemos la esencia a mostrar por la palabra, la acción, el sintagma, la proposición, la vida en letras (cómodas):

  • Existen tres estados naturales de la materia: sólido, líquido y gaseoso, eso es claro. Además algunos físicos apuntan por un cuarto a medio camino entre todos: el plasma, con características de los tres anteriores y algunas más demiúrgicas, desdeñosas y taumatúrgicas.
  • Consideremos, pues, cuatro estados físicos de la materia, tengamos en cuenta, también, pero con criterio más clasicista y, si se quiere, romántico, cuatro esencias naturales o cuatro composiciones de la materia: fuego, agua, tierra y aire.
En este momento y sin abundar mucho ya tenemos dieciséis estados físicos y composiciones combinatorias de la materia posibles.
  • Esto nos da espectáculos tan edificantes pero tan poco científicos como el fuego líquido o el aire sólido. Una canónica absurda. No digo que no existan, porque existen en el muy empírico mundo de la poesía, lleno de veneros y regatos, cuando no rieras, ramblas, azudes, aluviones y aducciones, donde se esconden estos legendarios estados y muchos más que son herramientas y materiales básicos para expresar lo que busco.
Caigo en una trampa solo entendible por Stuart Mill o Compte, ¿No es mi interés esconderme tras una metafísica con rigor parduzco para explicar una epistemología muy primerona? Avanzo un paso más y digo: ¿no es una pulsión ahorrosa y pequeñoburguesa del asunto?. Opto por liberarnos de estados de la materia poco probables.
Ya permanente en este mundo poetiano que hablo, debo añadir a esta pléyade un estado natural, de la materia: endonaturalismo intrínseco u poetil y llamémosle Austeril o Alleniano por la paradoja judía o por el risueño sueño paranoico neoyorquino.
Este estado de la materia tiene características comunes con los anteriormente expresados, e, incluso, con las cuatro esencias naturales del viejo Aristóteles y su maestro socrático y cicútico Platón. Digo, casi sin equivocarme, que el barro con el que quiero forjar o fundir una frase tiene de sólido la agregación en moléculas a distancias casi fijas y el tener un volumen y forma casi determinada, aunque sus moléculas varían mucho y su forma y volumen amagan fijeza pero no permanencia. Tienen de malabarista el tiempo y la posición, pero, sin embargo de notario el amor a la ley que, traidor, se desaconseja a ratos. Estudiémoslo un poco más mejor que construir un pronturario rápido.

Este barro bíblico que moldeo transmite algunos fenómenos :

  • Calor con gran rotundidad, como los sólidos, si bien algunos otros: el frío y la impaciencia con unas leyes muy volátiles (albertinianas, picassianas o quizás, en último camusianas, puede que hobbesiana). Quien lo toma februlento tiene el sabor en el semblante y en la capilla del altar mayor de la boca de un almodovarismo arrebatante.
  • Tiene de líquido la posibilidad de fluir, de cambiar, de ser sin ser y de estar pero no estar (mezcla con tino o sin medida a Heráclito, Demócrito, Kierkegaard o Demóstenes, quizás solo fuera Leibniz), pero sin embargo puede ser igual de transparente que el agua o como el asfalto líquido de oscuro sin perder ni un ápice de sus características físicas, químicas o lo que más extraña, alquímicas (cortazariano sin pérdidas mujicalainezista, lampedusiano, conradista).
  • Toma forma de lo que lo ocupa como estos líquidos recios, pero, sin embargo a veces el recipiente toma forma que se le antoja al continente lo que rechaza y rivaliza con otras muchas vesanias o falacias más del común (flaubertiano, bierceano).
  • Tiene de gas o de vapor muchas cosas, a veces se calienta y no se vaporiza como un gas sino como un vapor y ocupa todo lo que puede.
  • Otras ocasiones se constriñe en rincones ignorados, tremendista, en este punto también es niebla o humo o viento venal y venial. Llena de sentimiento y sale.
  • Malo es cuando es gas o vapor burlón, sutil si se escapa a las gravedades y muy grave si se confunde consigo mismo en solo una fase (gibbsiana).
  • El gas se entrevera, a veces, con el dolor ya que vive incardinado en el cardio, vive cercano al corazón de las pesadumbres y toca con su ala de libélula estragando y somatizándose en instantes centésimos (es algo leviniano o puede que garciamarqueño, un poco de bryceano, otro poco de cortazariano y una pizca sutil de benedettiano).
  • El gas o el vapor tiene esa potencía de rebeldía en fugacidad constante o, también, en tenue y falsario compromiso de adoptar la forma que no quiere, en el primer caso es brechtiana, en el segundo es de escritorzuelo de premio de abarrote. En todo término es borgiano por la inoportunidad sorprendente de su movimiento.
  • Es fuego, una carne vaga, dulzona y adusta al tacto de los dientes: tolstoiano o puede que nabokovista, quizás trumbista, también es de aire en vacuidad elemental e incertidumbre de equilibrista, es tierra en la simplicidad real de su procedimiento y a veces es agua en la lubricante y lúbrica realidad fluyente, eterna e índica tarea de su regocijo y solaz como vislumbre columbre de una Aldonza Lorenzo otra.
Todo esto amasado en cuerpo de mujer, en trémula y vibrante espalda, caliente y tersa de conjunción y cercanía, también en derecha y sonora risa, algunas veces en desencuentro y realidad mansa. Todo es este estado físico del mundo de la poesía. Mundo cruel y bárbaro. Todo esto que relato es el cuerpo físico que yo quiero. Una institución con columnatas impertérritas donde me gusta columpiarme niño y en el que en su frontispicio leo las verdades libantes y melifluas de la vida, mientras vivo ya danzando, ya llorando, un esprit de corps en clave de ritmo y de caja de cambios (solo a veces). Este cuerpo hecho de esa veleidosa y astuta materia se comporta en modos caravaggianos y dulces utópicos de sadismo sin tino.
  • Un cuerpo que reta al tiempo, ese tiempo formado por infinitésimos tiempos, (rondando la imposibilidad pero nunca, wildiano, buscando la improbabilidad estadística o bayesiana: en resumen borgesiano). Ese cuerpo físico salta de los libros científicos, (algo houllebecquano) da si quitar, ni se combina ni se mantiene inerte e inerme como soltshenitsista. Es un corpúsculo físico que alimenta y se alimenta, se alza tremolando el horizonte de mi vista y se acaba en un instante. Ese cuerpo sencillo y complejísimo, azul y añil, siempre. Es el cuerpo lateral, huidizo y presente de la mujer que quiero.
El amor lee el Manifeste du Futurisme, en pro de una vida activa, peligrosa, nueva: " queremos exaltar el movimiento agresivo, el febril insomnio, el paso gimnástico, el salto peligroso, el bofetón y el desafío a las estrellas". Decía Marinettí en su sueño individual reflejado en la masa. Luego la masa sazonada con la razón brutal de la máquina la superól hasta llegar al último lugar raquídeo y asombrarnos y horrorizarnos por generaciones. El olor de las personas, el de la gente y el del genio daliniano - ibidem - se refleja en la roña o el fulgor de rutilo de la materia con forma muy dadivosa. Sade buscó el miedo, el placer, la herejía y el tañido del vendaval en tiempos de cambio, el amor recupera, a veces sin desviaciones, ese estallido bubónico. Otras veces se aposenta como mosca en día de verano tórrido.
Por eso dando un vaho beatífico, regalando una piedra herrumbrosa o invitando a un vino decimos, sin decir nada, pero contemplando este transcurrir apodíctico, pocas palabras y pocas definiciones: Te quiero.