Si miras al ojo de la mujer, si tienes suerte y durante, un instante, como si fuera el objetivo de una cámara fotográfica, te será dado el placer o el veneno de observar el alma de una mujer. Enigma, incomprensión, atracción y misterio se asoman por ese leve resquicio, por ese visaje rápido, por esa leve grieta y aprecias en esas piedras de colores que guardan una cueva de Ali babá en su interior, cada una de ellas, un mundo enternecido, increíble, domeñador y dominador, excéntrico para un hombre y lógico. Otra realidad.
Si durante ese instante se supera la tentación de pensarlas baladíes o simples y se ciñe o cierne la vista a lo más que el horizonte de se apreciará un vergel de generosidades voluptuosas, de dádivas y regalías de ambrosía y jérez, de cosmogonías imperfectas, al menos tanto como los poliedros masculinos. Si durante ese “clic” instantáneo, además, intentamos sumergirnos sin querer posesionarlo, sin buscar manumitir ni esclavizar encontraremos muchos recovecos de mismitad incomprensibles pero recoletos y bellos, parterres eternos de lo propio y lo ajeno, una concepción del mundo generosa y dadora de vida hasta el descalabro. Si se profundiza, y las mujeres son profundas como simas abisales, se podrá, también recuperar la vista después, como red en el agua, con un fructífero y fresco premio. El repensarse como varón de manera más coherente y amiga porque, en verdad, la pulsión masculina y testosteronal de “dominar” el mundo apenas llega a la última frontera de nuestras manos, la íntima y consutil de nuestro pellejo y la oquedad plena de ecos de nuestro interior. Ante esta arquitectura de vacíos con la que adornamos el mundo los hombres las mujeres, muchas veces en silencio, ofrecen un jardín desconocido, y una plétora de sentimientos, sensaciones, presentimientos, ánimos, deterioros, ilusiones, las mujeres son ilusionadas, desapegos, dolores y daños a los que los hombres, como dotados de un analgésico y, al tiempo, una venda negra estamos casi negados a apreciar.