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Categoría: Murmullos

(151) Naufragos

bonhamled 30/08/2007 @ 19:18

Bajo por una de esas calles fronterizas, no porque estén lejos del centro, está a un paso, ni porque impliquen en si misma cambios de la zona o barrio sino por las personas que viven, habitan, cohabitan y claman.

Esta calle, no se sabe porqué, está llena de indigentes, personas sin casa, transeuntes de diferente condición, pero la calle, como digo, no es una calle oscura ni poco transitada, más bien es zona de paso.

Cuando se pasa por la calle, en cuesta pina como denotando un desembarco o  desembocadura final, se cruzan con esas caras desgastadas por el sol, la inclemencia, el alcohol o la droga. Se sorprenden risas o sonrisas algo infantilizadas y sin tiempo, se ven gestos y hablares de borracho de taberna, de desesperados de acera, de cualquiera en cualquier tiempo.

Es un mundo, la calle llena de coches, de gente y de transeuntes sin dirección, que se agota de naúfragos, en pequeños grupos, solos, en bancos, sentados o pensando. Son naufragos en el medio del mar de la ciudad, en el medio del mar de su propia existencia.

Les rodean aguas procelosas del abandono, del desespero, del alcohol, de la mala suerte dos veces mala, de las drogas, de la soledad y de cada uno de nosotros. Cada uno de ellos augura muerte cercana, desastre a punto de cumplirse, verdad agotada. Puede que por el chocante sentido de interinidad y de precario que atesoran en sus manos ajadas sin trabajo, en sus caras sucias de limpieza vaga, de pasos y andares aburridos de andar y pasear.

Paso por la calle, diferente, vestido, arropado de mi cartera, ensoberbecidos de mi tiempo y, en el fondo y al final de sus ojos, de sus sonrisas desdentadas de su pararse a reir y su pequeño escándalo avergonzado me reconozco. ¿Quien no va a morir y quien no es naúfrago?

(148) Instrucciones para minimizar/salir del mundo

bonhamled 22/08/2007 @ 18:18

Existe la posibilidad de minimizar la pantalla, y con ello su imagen, su sonido, su molestia. También se puede, dentro de un programa de ordenador, salir del programa en cuestión, e incluso acabar con la sesión del ordenador.

En la vida normal esto es imposible, no podemos cercenar la voz yla presencia a las personas conjurándolas y convirtiéndolas en seres mínimos, tampoco podemos eliminarlas tocando la parte del extremo superior derecho. Es así y no hay vuelta de hoja aunque le veamos serías ventajas porque si lo pudieramos hacer, quizás, el mundo sólo sería un poco más horrible aún.

(147) La tapia de Társilo

bonhamled 19/08/2007 @ 17:39

El tiempo pasaba lento por la puerta de la casa de Társilo. La canícula del verano le inutilizaba parte del día pero ese mismo tiempo condensable y de efluvio volvía a ser suyo gracias al pensamiento que le rondaba, el hablar pausado y elaborado con otros que fueran apareciendo por la puerta de casa mientras el calor pasaba.

Társilo vivió en Aparicio a finales del siglo XIX y casi no tuvo tiempo de inaugurar el siglo de las muertes y maravillas. Los griteríos de fin del tiempo y la historia apenas le sorprendieron entre libros que compraba a un vejero y pensamientos gruesos que robaba aquí y allá para su solaz labriego y su preocupación pensante.

Társilo miraba al cielo, al tiempo, al aire, al monte ventoso, con Hería al fondo del horizonte, buscando un escaso huir del calor y cercar la verdad, aún por trozos, diócesis o atisbos. Observaba renovando ojos e ideas la tapia que encerraba un corral enfrente de su casa. Tras ella, la verdad, vacía y llena del lugar de encierro de ganado, porqueriza cabaña de heces y riquezas donde se escondían muchas metáforas y metonimias-sinecdoques del mundo.

La tapia, oquedad tapada, solidez pergeñada, temprana en lo temprano, eterna en lo tardío estaba culminada, al estilo de la región, con un remate de teja que hacía de vierteaguas hacia la calle, el camino, y el pasar de gentes y animales. De esta forma los días de lluvia la tapia se buscaba enemigos escupiendo aguas impertinentes e impenitentes sobre los pasariegos que huían de los vientos ridos mojados.

Társilo miraba la profunda solidez de la tapia, en veranos y en idus, y pensaba y repensaba su opacidad académica mientras leía, hablaba o posaba el pensamiento como mariposa. Era un pensar limitado y favorecido por ese muro que le descarnaba la vista pero le ayudaba a posar el pensar.

El calor acuciaba aquella tarde sin ni siquiera hacerle adoptar prevención por el paso del adversario Fadrique Peña. El oponente atábico, el rival de hace mucho; casi todo el tiempo que guardaba en el arcón de sus libros.

El ganadero rico cruzaba la calle siempre por el trozo de acera más alejado a su casa como temiendo y siempre yendo hacia un negocio, viniendo de una buena ganga, recorriendo el trayecto hacia algún embuste. Enemigo irreconciliable por ideas, por vivencias, por extremos, por ganados, y por pasados ni siquiera le robaba una paja del cereal convulso de su pensar su presencia delante del muro peripatético, hasta ahí llegaba la obstinación de Társilo en la enemistad y en su filosofía.

Pensaba Társilo, aquel día, sobre los humores, los amores y los odios, buscando y devanándose el porqué. En ese instante que era madeja con el que que se tejían las tardes calurosas una teja calló del tapión y fue a dar sobre Fadrique, quedando por largo rato allí, yerto y exangüe.

El dañar al adversario desarmado es el brocal del mal enemigo, del mal pensador, del escaso buscador, pensó aligerado Társilo. Entró lento en la casa para beber el agua del calor negando el auxilio al sangrante lerdo y, también, la posibilidad de verificar la muerte. Se contentó con lo segundo a cambio de no dotar de lo primero.

Ahí quedó, el ricacho, hasta que otra figura se recortó en la tapia con prisa, denuedo y urgencia para recoger al herido y llevárselo, como en un sainete o un entremés dramático, por el proscenio de los acontecimientos.

No se cuenta ni dice nada de en que acabó la pendencia del destino, o en que jeribeques desembocó la venganza sublimada de Társilo. Lo único que pudo saberse es que cuando algo era pensado, rumiado y digerido en exceso solía decirse en la comarca de Almadormida: "Estás más pensado que la tapia de Társilo" y así debió ser como la venganza se fraguó, sin manos ni aire solo tiempo y pensar.

(145) Instrucciones sobre como volar

bonhamled 31/07/2007 @ 04:59

El hombre es el único animal de dos patas que no vuela y esa inicial frustración, no poder volar al menos en potencia les separa de avestruces o pingüinos que guardanla potencialidad como un tesoro inasible pero presente.

En ese pensamiento se encuentra, el hombre, con unas piernas con las que andar o correr y unas manos inútiles, de la posibilidad de hacer presa y tomar ha hecho un mundo.

Un mundo que por haber nacido de un prejuicio y un complejo acabará por matar al mundo: Intenta acercarse al cielo y solo se precipita al infierno.

(128) El, yo

bonhamled 11/07/2007 @ 04:42

yo-grande.PNGComo en aquella poesía de Eugenio D'Ors, pudiendo haber sido tal o cual, haber vivido tal guerra, tal venganza o tal aburrimiento me he visto resignado a ser yo. No aquel, ni aquel otro, ni un estibador muerto borracho en el puerto de Londres en 1817, ni un boxer inmolado en China. Soy yo.

Es un premio envenenado de mi mismo porque, al tiempo que soy yo, me desdigo de ser yo mismo: consecuencia y acto de mi ser.

Miro al cielo y al infierno, al terrible espejo y al tiempo y sigo viendo que soy yo. ¿Como me desyoificacría? y, sobre todo ¿Donde aterrizaría un yo sin yo que quiere ser otro yo?.

Es una cadena que cae, eslabón a eslabón por una catarata plena de agua. Llamémosle pensar  inusual o, quizás, angustia que atenaza. (más lo segundo).

Este querer reinventarse el yo para estár más cerca de la voluntad schopenhaueriana del propio yo es parte de la grandeza, del ocaso, de la muerte y, también del dolor de alambre de espino del ser humano.

(126) El mundo burócrata

bonhamled 09/07/2007 @ 05:27

El problema es que al desembarcar, al depositar mi humanidad, oblonga y grande, en Andalucía mis procedimientos, normas, instrucciones, ordenanzas, guiones y rigidez se diluyen.

6gato-azulejos.jpgOigo, nadie oye, un chapaleo, un chapoteo escaso como de agua salada de poca profundidad, llamémosle de estero. También porque piso un asfalto que es casi de albero y porque la sonoridad de las palabras limadas y aligeradas se pierden tras esquinas que no son ni tan verticales ni tan geométricas. Oigo quejíos de herrumbre y reciedumbre antigüa y de verdor metálico futuro.

Veo los blancos que son otros, más llenos de sol, menos vacíos de negro, más profundos y plenos. Veo una música que gira con el sol, un olor lejanísimo Omeya, un andar que hace al calor apretar de forma difícil.

Luego, al poco, siempre menos de lo que deseo, vuelvo a mi casa en Madrid y durante unos días, pocos también, me da la sensación de habitar una ciudad de burócratas que nunca son ciudadanos.

Foto: 

(119) El buitre

bonhamled 28/06/2007 @ 05:26

Comía y comía y aunque no tenía hambre comía por si mañana no pudiera comer.

Terminó con las vísceras, las carnes, el polvo y miró, oyendo, el suave flop flop de sus familiares y alzó el vuelo, buscaba un comer, un seguir viviendo y un huir de los enemigos.

El recuerdo, laguna verde de oblivión de textura anóxica, viscosidad leve y dañino arrayán donde apenas asirse se desplegaba, se abría como paraguas en agua, en su mente.

Seguía moviéndose mientras la vida pasaba frente a él, mientras buscaba que seguir comiendo y comiéndose.

(113) Fotografías ejemplares. El arte

bonhamled 14/06/2007 @ 03:21

2007061193manzoni1.jpg

http://www.elconfidencial.com/cache/2007/06/11/10_celebre_conservas_manzoni_contiene.html

(110) Historias de un barrio

bonhamled 10/06/2007 @ 07:02

“Para Pepita en el día de su cumpleaños de parte de quien ella sabe”, cantó, cuando iniciaba la música pegadiza de la radio.

Pepita escucha la sintonía de la radio, sorprendida por el descaro del joven que la ronda mientras se escapan las risas y los codazos del taller de modistillas en el que trabaja. La ventana deja huir el murmullo de jóvenes e hilvanes y sube, por el patio de luces hasta el lugar del enfermo, el del espíritu de acidía escondido por semanas y enjuto como muerte trigémina.

El suicida escuchó en la tarde de la primavera esa muestra de amor adolescente. Aflojó la soga arisca y áspera y quedó pensando mirando por la ventana. Quizás mañana fuera otra cosa, el sol comenzaba a ponerse. Tiró la soga con ínfulas y pretensiones de asesina y pospuso, a menos un rato, su Némesis saliendo a la calle.

madridplazadelascortesprincipiossigloxx1.JPGLa noche, que todo lo teñiría de negro, lleva al avieso trapero a la búsqueda por los cubos de basura de la ciudad, los traperos indispensables recicladores en el tiempo donde el reciclo es el autometabolismo metempsicótico de la gran ciudad que se despereza de resacas de bonanza y tristezas de guerra.

El trapero recoge papeles, ávido, metales variopintos, extrañas latas llenas, curiosas figuras manchadas del cotidiano alimentario, y, entre ellas, cuerdas, cordeles, hilos, cabos, sogas, maromas simples o deshilachadas, correas no muy gastadas. Esas sirgas o ronzales de arte desconocida sirven para atar, cerrar o colgar los aparejos que en el mundo acompañan. Rezonga, cansado, el trapero por la mala suerte, y en un instante casi sin pensarlo y añorando un vaso de vino adormecedor, blasfema a voz audible creyéndose solo.

Tras una esquina y algo más adelantados al trapero sucio y triste se reconvienen dos vecindonas:

- ¡Dios, mío que desverguenza! Doña Paquita, ¿ha oído usted la blasfemia horrible de ese hombre?, Si viésemos un guardia le daba parte, ¡que insulto y que vergüenza!.

- ¡ De verdad, no se donde vamos a llegar!, la culpa la tienen todos esos sindicatos y gentes que animan y levantan a los maridos en los trabajos. Sin ir más lejos, Doña Engracia, andaba yo paseando con mi Proscopio por la Ribera de Curtidores cuando una barahúnda de muchachos salió corriendo, pero no eran muchachos sino trabajadores de “Esteña”; la fábrica de tejidos y tapices holandeses…, a poco nos aturrullan con los guardias siguiéndoles, fíjese que nos hubimos de esconder en un portal que se abría.

Se llevaba la calle a las amas sepultadas en sus conversaciones canónicas y sus críticas fractales, siempre con el trasfondo del vino bebido en exceso por los maridos. Buscaban la Ítaca de chiscón, cisco y buhardilla sin aseo en la cuesta arriba mientras se cruzaban con un hombre, taciturno, triste, amargado pero con un rayo de luz asomándole tímido en el semblante.Andaba hacia no se donde y venía de no se sabe que quebranto dañino.

Don Luis de Leza y Cardones había estado a punto de suicidarse, su quiebra física, su rotura moral, la pérdida de su hijo y su mujer en una atentado anarquista y la tristeza del sentirse solo le había llevado al camino al Damasco de la negación de su vida. Arrastraba los píes despistado y desnortado buscando un que, un cómo, un quien difuso que no se le aparecía como hada por lo que seguía andando hasta que apareciera la pieza que le faltaba muchísimo en el puzzle.

En la otra acera, y mirando el último atardecer del día, andaba Andresito Bueneras con camino de la ronda de la Estación. Buscaría a Pepita para que a fuerza de guiños, y eludiendo la vista de la madre, hacerse señas cómplices de la inteligencia de la dedicatoria de la radio. El “pollo” subía la cuesta hacía el Madrid más castizo como unas castañuelas silbando y cantando de hito en hito.

Topó por el suelo con un pequeño billetito, en su andar alegre y trotón, una carta de amor desprendida de un blanco brazo perfumado o de una cartera de artero enamorado. Se dispone a leerla en un paso más menguado. Recuerda a su Pepita con devoción y llama adolescente y cualquier inspiración algo más literada le sirve de acicate para endulzar las palabras que le dirá o que les dejará decir, que siempre coinciden no siendo lo mismo, a su amada.

Lee, sonríe y piensa las lisuras mientras se acerca. En la puerta del taller de modistillas Doña Engracia, vigila y asiste a su hija, despidiéndose, al paso, de Doña Paquita que acude presta a preparar la cena a su Proscopio. Proscopio pierde el tiempo, en esos instantes de la primera noche, con un desconocido en la taberna “el Rey de los vinos”, un loco Quijano que se llama Luis o Luisillo y que en su borrachera dice haberse querido suicidar ese mismo día. Proscopio no tiene prisa en irse, es convidado, Luis Leza pierde su vida en los hilos del hígado por no molestar con equilibrismos de soga y viga.

Por desgracia para Andresito se adelanta Doña Engracia a las intenciones del pollo dedicador y este, en retirada, recula hacía un callejón. En el recoleto y oscuro tramo, hogar de tristezas, ladrones y ocultos, el trapero rebusca entre unas mantas tiradas en el suelo,un futuro de posible fortuna y victoria, ninguno encuentra nada.

http://estrella.lamatriz.org/desvan/MadridplazadelasCortesprincipiossigloXX1.JPG

(108) Casos de precipicio literario

bonhamled 08/06/2007 @ 05:23

Abrió avejentado la cuartilla y tomó, por esas cosas del aburrimiento y el horror vacui, un libro suyo de los que dejó de regalar a amigos aunque debía haberlo hecho, incluso a esos menos amigos.

Abrió al azar su tercera novela, “los Idus del barro” y repasó un párrafo que comenzaba “ Teresa anduvo largo trecho por el paseo de los cerezos, su familia, incluyendo a los Ortiz de Lazarure, se reunían en la vieja cervecería. La crisis amarilla se avecinaba…”

Pensó: ¡que triste!, ¡que mal resuelto!, ¡que poca gracia y arte, podía haber hecho…. Callaba y en su cerebro se marcaba la trayectoria pirotécnica de un cohete de ideas, uniones, recuerdos y connotaciones graciosas, efectistas y bonancibles. ¡Que horror!, sin tiempo para corregirlo, sin tiempo para publicarlo, sin tiempo para vivirlo. Recordó las vicisitudes de publicación de aquella novela, primero cuentecito y luego estirado con algo de arte y un mucho de necesidad económica en París hasta la novela a la que le sobrarían, de manera sencilla, al menos cuarenta páginas.

Volvió su aburrimiento a su página en blanco, se trasnochaban por la otra carilla las letras de contabilidad de la resma. Tuvo que volver la cara al libro y buscó en la página ciento noventa poco más o menos el texto:

“Kuriashin” saltaría la trinchera en cualquier caso. El amor como el odio era un fiel que no definía aquellos tiempos. Cargaba los corderos entre bramidos de bala y se dirigirían, el camión traquetreo de intendencia, al otro campo donde los fieles les esperaban. ¿Cuanto tiempo llevaba pensando en Teresa?, ¿Cuántos cupones tendría?, ¿Quiénes se jugarían algunos de los cupones robados a la baraja?. Miraba por la ventana los fragores.

Sonrió, el escritor, porque vio en el escaso texto la definición del cuento, la unidad más conseguida, incluso con ese “pulso onírico” con el que algunos críticos ramplones y acomodaticios le jalonaron el nombre en el aldabonazo de su carrera. Le gustó, sin embargo pensaría, ¡que pena!, ¡que tristeza y que horror!: ¿Seré capaz de volver a escribir igual? O me perderé entre barcos blancos de espuma blanca en el blanco mar de las hojas vacías y la necesidad imperante en el ring-ring del editor. ¡Que pena de contar!, ¡que pena de decir, que pena de escribir estando esclavo de mi vida y mi obra!. ¿Qué me queda sino…?.

Se levantó de la mesa y fue hacia el mueve bar de donde sacaría un par de pastillas de color amarillo mortecino y el aroma y el brío maderero inconfundible del Whisky para ahuyentar fantasmas, para atraer musas y, si se tercia, parcas.