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Categoría: Murmullos

(126) El mundo burócrata

bonhamled 09/07/2007 @ 05:27

El problema es que al desembarcar, al depositar mi humanidad, oblonga y grande, en Andalucía mis procedimientos, normas, instrucciones, ordenanzas, guiones y rigidez se diluyen.

6gato-azulejos.jpgOigo, nadie oye, un chapaleo, un chapoteo escaso como de agua salada de poca profundidad, llamémosle de estero. También porque piso un asfalto que es casi de albero y porque la sonoridad de las palabras limadas y aligeradas se pierden tras esquinas que no son ni tan verticales ni tan geométricas. Oigo quejíos de herrumbre y reciedumbre antigüa y de verdor metálico futuro.

Veo los blancos que son otros, más llenos de sol, menos vacíos de negro, más profundos y plenos. Veo una música que gira con el sol, un olor lejanísimo Omeya, un andar que hace al calor apretar de forma difícil.

Luego, al poco, siempre menos de lo que deseo, vuelvo a mi casa en Madrid y durante unos días, pocos también, me da la sensación de habitar una ciudad de burócratas que nunca son ciudadanos.

Foto: 

(119) El buitre

bonhamled 28/06/2007 @ 05:26

Comía y comía y aunque no tenía hambre comía por si mañana no pudiera comer.

Terminó con las vísceras, las carnes, el polvo y miró, oyendo, el suave flop flop de sus familiares y alzó el vuelo, buscaba un comer, un seguir viviendo y un huir de los enemigos.

El recuerdo, laguna verde de oblivión de textura anóxica, viscosidad leve y dañino arrayán donde apenas asirse se desplegaba, se abría como paraguas en agua, en su mente.

Seguía moviéndose mientras la vida pasaba frente a él, mientras buscaba que seguir comiendo y comiéndose.

(113) Fotografías ejemplares. El arte

bonhamled 14/06/2007 @ 03:21

2007061193manzoni1.jpg

http://www.elconfidencial.com/cache/2007/06/11/10_celebre_conservas_manzoni_contiene.html

(110) Historias de un barrio

bonhamled 10/06/2007 @ 07:02

“Para Pepita en el día de su cumpleaños de parte de quien ella sabe”, cantó, cuando iniciaba la música pegadiza de la radio.

Pepita escucha la sintonía de la radio, sorprendida por el descaro del joven que la ronda mientras se escapan las risas y los codazos del taller de modistillas en el que trabaja. La ventana deja huir el murmullo de jóvenes e hilvanes y sube, por el patio de luces hasta el lugar del enfermo, el del espíritu de acidía escondido por semanas y enjuto como muerte trigémina.

El suicida escuchó en la tarde de la primavera esa muestra de amor adolescente. Aflojó la soga arisca y áspera y quedó pensando mirando por la ventana. Quizás mañana fuera otra cosa, el sol comenzaba a ponerse. Tiró la soga con ínfulas y pretensiones de asesina y pospuso, a menos un rato, su Némesis saliendo a la calle.

madridplazadelascortesprincipiossigloxx1.JPGLa noche, que todo lo teñiría de negro, lleva al avieso trapero a la búsqueda por los cubos de basura de la ciudad, los traperos indispensables recicladores en el tiempo donde el reciclo es el autometabolismo metempsicótico de la gran ciudad que se despereza de resacas de bonanza y tristezas de guerra.

El trapero recoge papeles, ávido, metales variopintos, extrañas latas llenas, curiosas figuras manchadas del cotidiano alimentario, y, entre ellas, cuerdas, cordeles, hilos, cabos, sogas, maromas simples o deshilachadas, correas no muy gastadas. Esas sirgas o ronzales de arte desconocida sirven para atar, cerrar o colgar los aparejos que en el mundo acompañan. Rezonga, cansado, el trapero por la mala suerte, y en un instante casi sin pensarlo y añorando un vaso de vino adormecedor, blasfema a voz audible creyéndose solo.

Tras una esquina y algo más adelantados al trapero sucio y triste se reconvienen dos vecindonas:

- ¡Dios, mío que desverguenza! Doña Paquita, ¿ha oído usted la blasfemia horrible de ese hombre?, Si viésemos un guardia le daba parte, ¡que insulto y que vergüenza!.

- ¡ De verdad, no se donde vamos a llegar!, la culpa la tienen todos esos sindicatos y gentes que animan y levantan a los maridos en los trabajos. Sin ir más lejos, Doña Engracia, andaba yo paseando con mi Proscopio por la Ribera de Curtidores cuando una barahúnda de muchachos salió corriendo, pero no eran muchachos sino trabajadores de “Esteña”; la fábrica de tejidos y tapices holandeses…, a poco nos aturrullan con los guardias siguiéndoles, fíjese que nos hubimos de esconder en un portal que se abría.

Se llevaba la calle a las amas sepultadas en sus conversaciones canónicas y sus críticas fractales, siempre con el trasfondo del vino bebido en exceso por los maridos. Buscaban la Ítaca de chiscón, cisco y buhardilla sin aseo en la cuesta arriba mientras se cruzaban con un hombre, taciturno, triste, amargado pero con un rayo de luz asomándole tímido en el semblante.Andaba hacia no se donde y venía de no se sabe que quebranto dañino.

Don Luis de Leza y Cardones había estado a punto de suicidarse, su quiebra física, su rotura moral, la pérdida de su hijo y su mujer en una atentado anarquista y la tristeza del sentirse solo le había llevado al camino al Damasco de la negación de su vida. Arrastraba los píes despistado y desnortado buscando un que, un cómo, un quien difuso que no se le aparecía como hada por lo que seguía andando hasta que apareciera la pieza que le faltaba muchísimo en el puzzle.

En la otra acera, y mirando el último atardecer del día, andaba Andresito Bueneras con camino de la ronda de la Estación. Buscaría a Pepita para que a fuerza de guiños, y eludiendo la vista de la madre, hacerse señas cómplices de la inteligencia de la dedicatoria de la radio. El “pollo” subía la cuesta hacía el Madrid más castizo como unas castañuelas silbando y cantando de hito en hito.

Topó por el suelo con un pequeño billetito, en su andar alegre y trotón, una carta de amor desprendida de un blanco brazo perfumado o de una cartera de artero enamorado. Se dispone a leerla en un paso más menguado. Recuerda a su Pepita con devoción y llama adolescente y cualquier inspiración algo más literada le sirve de acicate para endulzar las palabras que le dirá o que les dejará decir, que siempre coinciden no siendo lo mismo, a su amada.

Lee, sonríe y piensa las lisuras mientras se acerca. En la puerta del taller de modistillas Doña Engracia, vigila y asiste a su hija, despidiéndose, al paso, de Doña Paquita que acude presta a preparar la cena a su Proscopio. Proscopio pierde el tiempo, en esos instantes de la primera noche, con un desconocido en la taberna “el Rey de los vinos”, un loco Quijano que se llama Luis o Luisillo y que en su borrachera dice haberse querido suicidar ese mismo día. Proscopio no tiene prisa en irse, es convidado, Luis Leza pierde su vida en los hilos del hígado por no molestar con equilibrismos de soga y viga.

Por desgracia para Andresito se adelanta Doña Engracia a las intenciones del pollo dedicador y este, en retirada, recula hacía un callejón. En el recoleto y oscuro tramo, hogar de tristezas, ladrones y ocultos, el trapero rebusca entre unas mantas tiradas en el suelo,un futuro de posible fortuna y victoria, ninguno encuentra nada.

http://estrella.lamatriz.org/desvan/MadridplazadelasCortesprincipiossigloXX1.JPG

(108) Casos de precipicio literario

bonhamled 08/06/2007 @ 05:23

Abrió avejentado la cuartilla y tomó, por esas cosas del aburrimiento y el horror vacui, un libro suyo de los que dejó de regalar a amigos aunque debía haberlo hecho, incluso a esos menos amigos.

Abrió al azar su tercera novela, “los Idus del barro” y repasó un párrafo que comenzaba “ Teresa anduvo largo trecho por el paseo de los cerezos, su familia, incluyendo a los Ortiz de Lazarure, se reunían en la vieja cervecería. La crisis amarilla se avecinaba…”

Pensó: ¡que triste!, ¡que mal resuelto!, ¡que poca gracia y arte, podía haber hecho…. Callaba y en su cerebro se marcaba la trayectoria pirotécnica de un cohete de ideas, uniones, recuerdos y connotaciones graciosas, efectistas y bonancibles. ¡Que horror!, sin tiempo para corregirlo, sin tiempo para publicarlo, sin tiempo para vivirlo. Recordó las vicisitudes de publicación de aquella novela, primero cuentecito y luego estirado con algo de arte y un mucho de necesidad económica en París hasta la novela a la que le sobrarían, de manera sencilla, al menos cuarenta páginas.

Volvió su aburrimiento a su página en blanco, se trasnochaban por la otra carilla las letras de contabilidad de la resma. Tuvo que volver la cara al libro y buscó en la página ciento noventa poco más o menos el texto:

“Kuriashin” saltaría la trinchera en cualquier caso. El amor como el odio era un fiel que no definía aquellos tiempos. Cargaba los corderos entre bramidos de bala y se dirigirían, el camión traquetreo de intendencia, al otro campo donde los fieles les esperaban. ¿Cuanto tiempo llevaba pensando en Teresa?, ¿Cuántos cupones tendría?, ¿Quiénes se jugarían algunos de los cupones robados a la baraja?. Miraba por la ventana los fragores.

Sonrió, el escritor, porque vio en el escaso texto la definición del cuento, la unidad más conseguida, incluso con ese “pulso onírico” con el que algunos críticos ramplones y acomodaticios le jalonaron el nombre en el aldabonazo de su carrera. Le gustó, sin embargo pensaría, ¡que pena!, ¡que tristeza y que horror!: ¿Seré capaz de volver a escribir igual? O me perderé entre barcos blancos de espuma blanca en el blanco mar de las hojas vacías y la necesidad imperante en el ring-ring del editor. ¡Que pena de contar!, ¡que pena de decir, que pena de escribir estando esclavo de mi vida y mi obra!. ¿Qué me queda sino…?.

Se levantó de la mesa y fue hacia el mueve bar de donde sacaría un par de pastillas de color amarillo mortecino y el aroma y el brío maderero inconfundible del Whisky para ahuyentar fantasmas, para atraer musas y, si se tercia, parcas.

(107) El vuelo

bonhamled 07/06/2007 @ 05:30

Abrir los brazos y encontrarse, encima de la columna como santo buñueliano, un mundo debajo.

Seco, ravuelo-a-londres.jpgudo, vertiginoso, parado.

Abrir los brazos, remedos pobres de alas, y lanzarse al vuelo.

El golpe, la muerte, la ausencia de un Dios que.. puede que nunca hubiera estado.

http://fotolog.diariodeunjabali.com/images2/vuelo-a-londres.jpg 

(105) La última duda

bonhamled 05/06/2007 @ 05:34

Agonizaba su vida en estertores ácidos y de bramido respiratorio, Su vida, sus hijos, fuera de la sala médica respondían al eco final con unos llantos desangrantes, alaridos torvos de injusticia repetida.

 

Moriría en breves instantes, moría dubitativo como toda su vida, se enfrentaría al paso sin mano, como nació.

 

Encontraría el futuro en un vago que abandonaba, una estación que llegaba.

 

Su familia, única, unida, repetida, quangel-guia.jpgerida, llorada, añorada, repetía sus desesperanza fuera, el hospital está cansado de oir llantos, pequeñas alegrías entreveradas de duelos, más que dolores.

 

El hombre moría, justo, joven, pensador, su vida buscando acababa temprano con su familia en el pasillo impertinente e interino del hospital.

 

De repente un hijo, uno de ellos, el pequeño, el más pequeño, entraría a la sala, pidiendo permiso, nadie pudo negar, sobre pasó el control, llegó a la habitación, respiraciones fuertes, heces, sudor, frío, ojos blancos, baba en la comisura de los labios del cuerpo del que fue su padre y ahora era un cadáver todavía no finalizado.

 

- Hijo, dijo en su última lucidez, mi hijo.

 

- El hijo con su gesto serio, con una voz profunda y desconocida, le habló a su padre ya marchante: Padre, ve sin miedo, donde irás nada te pasará, hazme caso.

 

- El padre sorprendido no veía a su adolescente hijo sino a un hombre alto, joven, fuerte, con la mirada clara y la piel tersa,con una voz completa gruesa con reminiscencias de eco

 

El moribundo sorprendido miraba a su hijo sabedor de su muerte no sabiendo si esa metamorfosis del hijo adolescente era verdad o juego de su mente.

 

El hijo, el angel, se dirigió a la puerta, su cara ya no era madura y vivida sino adolescente, sus lágrimas caían al suelo. En su espalda, y para que su padre lo viera, desplegó unas grandes alas blancas puede que el tampoco lo supiera pero el padre murío, al menos, guiado.

 

El dolor del ángel fue ninguno, el dolor del muerto algo menos y el del jóven un océano, incluso añadiendo una leve falta a su cometido en el mundo.

 

http://www.haciaeldespertar.org/galeria/hacia-el-despertar/Angel%20Guia.jpg

(101) La vida

bonhamled 01/06/2007 @ 04:15

Cruzó maravilloso y malvado la calle en lo lejos de la noche se veían las luces de los vehículos en la salida del semáforo reflejándose imperfectísimas en el asfalto nocturno.

Llegó a la otra acera, oceánica, de la gran avenida y esperaría, una vida, un segundo. El tiempo nunca era un problema.

Un tic nervioso imperceptible le indicaba que no estaba tranquilo, un presentimiento le turbaba. La noche, su medio natural, no le era amiga, puede que todo fuera mentira, que solo hubiera concurrido a una trampa.

walther_pp_proto.jpgAún así espero y cuando vio salir a la persona que coincidía con la foto que le habían entregado, dirigirse a la oquedad de la gran ciudad desde un un portal oscuro dulce y ratonil apretó los puños, se ajustó el pañuelo del cuello y se caló el abrigo en la fría noche madrileña de enero. La lluvia todo lo convertía en más difuso y más lejano como amparado por toneladas de aire concentrado correspondientes a kilómetros de campos elípticos.

Se oía el ruido de la gran avenida, un ruido de personas yendo y una musiquilla ronca. El muerto, todavía no, vestía correcto pero sin riqueza ni ostentación. El matador en el todavía lejano gesto de arruga en su cabeza supo que el asesinato, como muchos otros, era tremendamente injusto pero su trabajo y su vida era esa: sin juicio y sin preguntas.

Se acercó al tibio magnate con pinta de contable le apuntó con su Walther PPK, disparó tres veces en el chirrido de arranque de coches, cambio de semáforos y lejanías. El muerto cayó exangüe en el suelo, se marchó y no volvería.

El asesino pagado se acercó para verificar la muerte, volvió a comprobar que era la persona buscada, algún error había cometido en el pasado, y calándose el sombrero para ocultar sus ojos se marchó a un paso tranquilo hasta su motocicleta, aparcada en la siguiente esquina concurrida de la noche lluviosa.

Andaba y soportaba el aguacero descuidado, tomó de nuevo la foto del muerto, la rompió en pequeños trozos mientras pensaba en el dinero cobrado. Una papelera oportuna junto a la calle le sirvió para desembarazarse de esa muesca en su revolver, que no era tal, sino la sospecha, no concretada, de una muerte que sería la suya.

Arrancaba la moto anónimo mientras se oía, casi adivinada, una sirena de policía a lo lejos.

Foto: http://world.guns.ru/handguns/hg13-e.htm

(96) Sentado en el despacho

bonhamled 28/05/2007 @ 05:24

normal_ciudad_de_frank_r_paul.jpg

El ataque había sido coordinado, el error dirigido y concernido era imposible.

 

Desmond Abarra desde su despacho no compartido veía en su ordenador como los archivos caían y desaparecían, estudios valiosos, por suerte guardados, y fechas y datos de psiconética que desaparecían en la inmensidad anentrópica de los ordenadores centrales.

 

Esos datos serían recuperados días después y volúmenes ingentes de googlebyes restituidos y recuperados. El coste de ese almacenamiento instantáneo, inmenso, era también muy grande pero UN8r) debía y quería mantener ese estudio de los antiguos sacerdotes-matemáticos actualizado. Hasta cierto modo era la base del multiestado planetario, hasta algún punto, junto con el ejército-policía, permitía que no colapsase el modelo nacido tras la última guerra por recursos. La democracia.

 

Algunos grupos radicales o terroristas pagarían todo su petróleo fosil restante o parte de las esmeraldas de uranio por conocer que el colapso, provocado pero no predecible del error en Materión, se daba a sus ojos y en aquellos momentos. La frase era sonora pero peligrosa: “Durante un par de días no habría ley”.

 

(94) La suerte de Urzeta

bonhamled 26/05/2007 @ 04:18

Urzeta no tuvo suerte aquel día, o, mejor dicho pudo ver como su suerte se escapaba como por un desagüe.

Tomábamos Mejía y yo mismo, señor juez, una cerveza en el bar "los Canarios". Solíamos ir algunos domingos a tomar una cerveza allí.

Juan Mejía fue amigo mío, vivía en mi misma calle. Hace más de quince años que abandoné el barrio pero solíamos volver para ver Mejía. Esta amistad, ya desde aquellos años, la consideramos algo digno de guardar, quizás lo único del barrio. Una verdadera suerte para cada uno de nosotros.

Cuando me fuí, al casarme, prometí que no volvería a aquel lugar, que no volveríamos a ver aquellas gentes cetrinas y desesperadas criadas en el ruido sordo, como de disco de vinilo acabado, de la emigración.

Eramos muy buenos amigos, Pedro Urzeta, Juan Mejía y yo mismo, Pablo Prez. Sin embargo cuando nos fuimos Juan y yo, discutimos con Pedro y ahí perdimos poco a poco la amistad, fue el inicio de la mala suerte.

t_27267_1.jpgAquel día saludamos a el resto de concurrencia del bar, algunos conocidos ya jubilados, albañiles de los de entonces, otros nuevos. Una mezcla de acentos del este, del sur, y golpes, frustración y golpes. Golpes de niño, golpes de adulto, golpes de vida se venían a la cabeza cada pequeño retorno a esa Ítaca pobre.

Esa era la tela grisácea del daño domesticador a los niños que habíamos vivido. Yo con mi padre, Urzeta con el suyo, Mejía, huérfano, como los tíos. El golpe y el bofetón era, en aquel tiempo, un pupilaje de la vida considerado de valor en el arrebatado y cansado mundo del barrio. Era, como dije, el siguiente paso de la mala suerte, la emigración, la negación, el golpe.

Tomábamos algunas cervezas y hablábamos de los últimos hechos, de las cosas del barrio de las que nos enterábamos desde la otra parte de la ciudad, del tiempo y del trabajo, pretensiones, días y noches. Juan Luis, el camarero, nos contaba, nos decía e intervenía en las conversaciones con ese gracejo castizo y esa cercanía, distanciada, de los camareros: confesores, cómplices, anfitriones interesados.

Entró al rato Urzeta, nos saludamos, no nos abandonamos el saludo a pesar de las diferencias. Seguimos hablando, y el, con su hijo, se dirigió al fondo del bar con fingida naturalidad hacia otros amigos, más nuevos. El perder la amistad siempre es una mala suerte, es como abandonar un buen vino al avatar de la botella abierta: una amargura y un picarse.

gente2a.JPGAl cabo de un rato, a punto de irnos a comer, reían fuerte en el fondo, el de Urzeta, mientras Mejía y yo empezábamos la despedida, siempre larga, siempre invitada y llenas de chascarrillos y nos poníamos el abrigo, dejado sobre esas mesas de abandono del barrio que eran sinécdoque del tránsito turbio del pueblo emigrante a la ciudad inhóspita. El olor de fritura barata, el vinacho, la cerveza, y la mala suerte con su casulla de muerte rondando las mesas de juego se hacía casi perceptible.

En el momento, casi de marcharnos, la suerte nos tendió una trampa metafórica- señor juez. Una trampa de recuerdo y de vida.

El niño de Urzeta vino hacia nosotros, el pequeño, cetrino, bajo, regordete, el padre, achispado por el alcohol y por la vecindad arrogante de otros que, como el, quedaron anclados en el viejo barrio y sus pobres luces le llamó. El niño entretenidos entre la suciedad de palillos, chapas, servilletas y serrín del suelo tardaba en retornar y en obedecer. La tardanza fue la hipótesis de la mala suerte el no obedecer en la cuadra de los obedecedores de la sociedad fue el pecado eterno.

El padre sospechando que hablábamos al niño echándole en cara su poca valentía por salir del luminoso pozo del barrio o vaya usted a saber porque se encaró con Juan, yo casi estaba en la calle.

Enfadado, nos llamó, mala suerte, señoritos, y se marchaba, Mejía mirando al suelo se iba y yo casi no oía alguna voz que pegó. Urzeta, al volver al santuario de su rincón, pegó un sonoro golpe al hijo. Me di la vuelta, el mundo me recordó el sonido, el murmullo, las miradas aquellos años ochenta, aquellos sueños de alambre, aquellos tiempos de amistad para evitar el daño y aquellos años de dolor sordo e injusto.

Juan y yo mismo volvimos sobre nuestros pasos y nos lanzamos hacía Urzeta, le recriminamos su actitud. El, avergonzado, se daba la vuelta, cuando ofuscado por la mala suerte y el alcohol, nos reprochó el abandonarle. Juan Mejía sin embargo olvidaba el presente, se sentaba en el pasado del maltrato y le espetó golpeándole el pecho: "Si le vuelvas a tocar te acuerdas".

Ahí acabo la historia, y, del todo, empezó la mala suerte,

Pedro empujó a Juan, Juan se abalanzó sobre Pedro, intentaron golpearse con esa suciedad de las peleas de barrio. Trastabillado, mala suerte, Pedro Urzeta se vino hacia atrás. Juan Mejía golpeado, notaba una costilla rota bajo su cuerpo de adulto se dirigió hacia él. Pedro Urzeta, victima otra vez ya había perdido. Se tropezó y cayó deswitch2.jpg espaldas.

Hay pocas cosas con más mala suerte que caer de espaldas, y se golpeó con la mesa de juego, marron de formica desgastada color falso cerezo o sapelly, quedó inconsciente allí. Juan, la mala ventura, se echó al suelo entreveía la muerte. La eterna invitada a las comidas emigrantes, la muerte, la huida a la muerte, el burlar con suerte a la muerte, el eludir su pase.

Pedro Urzeta perdió el sentido para siempre, el pequeño Urzeta lloraba su mala suerte y Juan Mejía y yo mismo, vivimos nuestra muerte aplazada más de veinte años. Ese fue el desenlace desafortunado – Señor Juez.

Si hemos de culpar a alguien, debe ser el tiempo, las heridas no restañadas y la suerte, la mala suerte.

Imagen: http://novoyatirarlatoalla.blogdiario.com/1167988260/

Imagen Bar: http://ciudadmadrid.olx.es/viviendas-locales-cat-16-p-7

Imagen Barrio años sesenta: http://www.ucm.es/info/hcontemp/madrid/images/imagvivienda/gente2a.JPG