Urzeta no tuvo suerte aquel día, o, mejor dicho pudo ver como su suerte se escapaba como por un desagüe.
Tomábamos Mejía y yo mismo, señor juez, una cerveza en el bar "los Canarios". Solíamos ir algunos domingos a tomar una cerveza allí.
Juan Mejía fue amigo mío, vivía en mi misma calle. Hace más de quince años que abandoné el barrio pero solíamos volver para ver Mejía. Esta amistad, ya desde aquellos años, la consideramos algo digno de guardar, quizás lo único del barrio. Una verdadera suerte para cada uno de nosotros.
Cuando me fuí, al casarme, prometí que no volvería a aquel lugar, que no volveríamos a ver aquellas gentes cetrinas y desesperadas criadas en el ruido sordo, como de disco de vinilo acabado, de la emigración.
Eramos muy buenos amigos, Pedro Urzeta, Juan Mejía y yo mismo, Pablo Prez. Sin embargo cuando nos fuimos Juan y yo, discutimos con Pedro y ahí perdimos poco a poco la amistad, fue el inicio de la mala suerte.
Aquel día saludamos a el resto de concurrencia del bar, algunos conocidos ya jubilados, albañiles de los de entonces, otros nuevos. Una mezcla de acentos del este, del sur, y golpes, frustración y golpes. Golpes de niño, golpes de adulto, golpes de vida se venían a la cabeza cada pequeño retorno a esa Ítaca pobre.
Esa era la tela grisácea del daño domesticador a los niños que habíamos vivido. Yo con mi padre, Urzeta con el suyo, Mejía, huérfano, como los tíos. El golpe y el bofetón era, en aquel tiempo, un pupilaje de la vida considerado de valor en el arrebatado y cansado mundo del barrio. Era, como dije, el siguiente paso de la mala suerte, la emigración, la negación, el golpe.
Tomábamos algunas cervezas y hablábamos de los últimos hechos, de las cosas del barrio de las que nos enterábamos desde la otra parte de la ciudad, del tiempo y del trabajo, pretensiones, días y noches. Juan Luis, el camarero, nos contaba, nos decía e intervenía en las conversaciones con ese gracejo castizo y esa cercanía, distanciada, de los camareros: confesores, cómplices, anfitriones interesados.
Entró al rato Urzeta, nos saludamos, no nos abandonamos el saludo a pesar de las diferencias. Seguimos hablando, y el, con su hijo, se dirigió al fondo del bar con fingida naturalidad hacia otros amigos, más nuevos. El perder la amistad siempre es una mala suerte, es como abandonar un buen vino al avatar de la botella abierta: una amargura y un picarse.
Al cabo de un rato, a punto de irnos a comer, reían fuerte en el fondo, el de Urzeta, mientras Mejía y yo empezábamos la despedida, siempre larga, siempre invitada y llenas de chascarrillos y nos poníamos el abrigo, dejado sobre esas mesas de abandono del barrio que eran sinécdoque del tránsito turbio del pueblo emigrante a la ciudad inhóspita. El olor de fritura barata, el vinacho, la cerveza, y la mala suerte con su casulla de muerte rondando las mesas de juego se hacía casi perceptible.
En el momento, casi de marcharnos, la suerte nos tendió una trampa metafórica- señor juez. Una trampa de recuerdo y de vida.
El niño de Urzeta vino hacia nosotros, el pequeño, cetrino, bajo, regordete, el padre, achispado por el alcohol y por la vecindad arrogante de otros que, como el, quedaron anclados en el viejo barrio y sus pobres luces le llamó. El niño entretenidos entre la suciedad de palillos, chapas, servilletas y serrín del suelo tardaba en retornar y en obedecer. La tardanza fue la hipótesis de la mala suerte el no obedecer en la cuadra de los obedecedores de la sociedad fue el pecado eterno.
El padre sospechando que hablábamos al niño echándole en cara su poca valentía por salir del luminoso pozo del barrio o vaya usted a saber porque se encaró con Juan, yo casi estaba en la calle.
Enfadado, nos llamó, mala suerte, señoritos, y se marchaba, Mejía mirando al suelo se iba y yo casi no oía alguna voz que pegó. Urzeta, al volver al santuario de su rincón, pegó un sonoro golpe al hijo. Me di la vuelta, el mundo me recordó el sonido, el murmullo, las miradas aquellos años ochenta, aquellos sueños de alambre, aquellos tiempos de amistad para evitar el daño y aquellos años de dolor sordo e injusto.
Juan y yo mismo volvimos sobre nuestros pasos y nos lanzamos hacía Urzeta, le recriminamos su actitud. El, avergonzado, se daba la vuelta, cuando ofuscado por la mala suerte y el alcohol, nos reprochó el abandonarle. Juan Mejía sin embargo olvidaba el presente, se sentaba en el pasado del maltrato y le espetó golpeándole el pecho: "Si le vuelvas a tocar te acuerdas".
Ahí acabo la historia, y, del todo, empezó la mala suerte,
Pedro empujó a Juan, Juan se abalanzó sobre Pedro, intentaron golpearse con esa suciedad de las peleas de barrio. Trastabillado, mala suerte, Pedro Urzeta se vino hacia atrás. Juan Mejía golpeado, notaba una costilla rota bajo su cuerpo de adulto se dirigió hacia él. Pedro Urzeta, victima otra vez ya había perdido. Se tropezó y cayó de
espaldas.
Hay pocas cosas con más mala suerte que caer de espaldas, y se golpeó con la mesa de juego, marron de formica desgastada color falso cerezo o sapelly, quedó inconsciente allí. Juan, la mala ventura, se echó al suelo entreveía la muerte. La eterna invitada a las comidas emigrantes, la muerte, la huida a la muerte, el burlar con suerte a la muerte, el eludir su pase.
Pedro Urzeta perdió el sentido para siempre, el pequeño Urzeta lloraba su mala suerte y Juan Mejía y yo mismo, vivimos nuestra muerte aplazada más de veinte años. Ese fue el desenlace desafortunado – Señor Juez.
Si hemos de culpar a alguien, debe ser el tiempo, las heridas no restañadas y la suerte, la mala suerte.
Imagen: http://novoyatirarlatoalla.blogdiario.com/1167988260/
Imagen Bar: http://ciudadmadrid.olx.es/viviendas-locales-cat-16-p-7
Imagen Barrio años sesenta: http://www.ucm.es/info/hcontemp/madrid/images/imagvivienda/gente2a.JPG