(89) Las infancias luminosas
Recuerdo aquellas calles, que ya no existen, y aquellas viejas casuchas, que no están, donde vivían emigrantes, gentes venidas de lejos, a los que ya no los tenemos aquí. Buscaban un futuro que no conocían, ahora lo saben, y un trozo de paz que ya digirieron.
En aquellos barrios, los niños, los barros, que ya no existen, daban luz a una armonía legendaria y lejana del futuro, que no volverá. Aquel futuro sombrío y lóbrego es hoy día cristalizado de tal o cual manera, independiente e indefinible, redundante en guerras perdidas y en batallas ganadas.
En aquellos momentos, pasados y muertos, aquellas luces mortecinas como de gas, y sobrepuestas tristes en profusión eléctrica, era cuando el maltrato, la vida, el ruido y el abuso se hacía patente en una mezcla ripiosa. Lo se ahora el blanquecino color de calcio de las luces nocturnas aventajaban a la acedia y la parusía, ambas menores.
Nada exuberante, ahora todo goza de esténtor y es estertor a la vez, nada sufriente, todo de puerta hacia adentro, todo desconocido y conocible, ya pasado. Todo lejano y murmurado en las esquinas de vecina, aquellas esquinas que desaparecieron hace años pero donde el habla sesgado de acentos y maledicencias ocultaba, enseñaba, decía y suponía en pura alma de yunta de pueblo. Los daños eran menores, cada cual en su casa, las palabras igual de herradas.
En aquellos tiempos acabados las personas, las familias, escondían los alcoholismos de taberna ácida, los embarazos no deseados de mocitas descompuestas y engañadas, los ladronzuelos nacidos en tierra fértil y trabajadora, los drogadictos fementidos por su propia forma de entender la vida, los robos, los sucesos, las rotura de piernas, las pérdidas de trabajo, las manos manchadas de yeso a pesar del aseo, los domingos de punta en blanco y la homosexualidad nefanda junto con otro tanto de habladuría, deshecho y ociosidad operativa que llenaba bocas, tiempos y encuentros.
Aquellos tiempos ya discurridos y aquellas calles superadas dieron a mi infancia un halo de misteriosa y cotidiana realidad, una realidad que tenía algo de lija, algo de negación y un mucho de estoicismo. Eran, adornadas con cintas de mercería barata unas mañanas frescas, como ya no hay, de lejanía a la gran ciudad y de esfuerzo inmisericorde para, después, llegar a duras penas a final de mes. Ese resumen como mancha de aceite llenaba el todo del vacío urbanístico.
Habiendo pasado todos aquellos escarpes y barrancos; hoy, dulcificado, con pimienta, y biseladas las memorias, las palabras, las frases, los hechos siguen siendo más arista que nunca. Siento que el tiempo pasó hacia un sol actual que, sin embargo, tiene el resabio a derribo en demasía.

Las personas murieron, pasaron, acabaron, desaparecieron, mutaron, huyeron, las casas se cayeron, se vendieron, se construyeron de nuevo simulando una novedad falsa ya desde tiempo de los romanos. Las calles mudaron coches, sentidos, señales, pinturas pero los silencios; los de los días, los de las noches; con sus gritos fuertes, adormecidos a través de las paredes y tras las puertas, siguen encogiendo el corazón emigrante y, por tanto, miedoso, del sur de la gran ciudad. El yo fue otro los miedos se relevaron, las canas aparecieron, los miedos sugeridos ahora son terrores ciertos y la vida, que se escurría en el tiempo magnífico de la infancia, ahora se desliza engañoso como aspid. Las llevanzas del tiempo trajeron y llevaron, cambiaron decorados, personajes, tramas, estás menos, para darnos un futuro hijo de aquellos segundos que nudo a nudo construyeron una infancia.
Nada era sol entonces, poco lo es ahora, poco era luz en aquel tiempo, ahora lo es gracias al tiempo transcurrido, tiempo fisiológico de crecimiento y a los libros que amparan más que las tenadas de pastor en el monte. La sensación de que es de otra era, optimista, bonancible y benefactor, topa a poco que se mire por la ventana con la realidad del momento, diferente y calcada de aquel entonces.
Era un tiempo derribado, donde en los eriales del suburbio se plantaban con gentes de aluvion de las Castillas, de la Extremadura, andaluces, algún aragonés, otro asturiano o gallego y murciano que construían un futuro con un barro babilónico. De esos cimientos medio falseados surgieron férreas voluntades, verdaderos orgullos y héroes, otros pocos fueron carne de picadora de cocina y, en general, un futuro que no fue ni tan difícil como parecía ni tan sencillo como hoy se nos adorna, sino mucho más amargo.
Fotografía: http://espanol.geocities.com/celemincelemin/amanecerOscuro.jpg

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del.icio.us
Si el año pasado todo nos sobraba, el año que viene no tendremos de nada.
Dudo y me enorgullezco en ello.
Destila polvo, ruido, silencio kilométrico, electricidad y soledad.
La boca es pastosa,
Salí a la calle sorteando coches, personas prescindibles y esdrújulos y superestructurales comentarios y circunstancias.