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Categoría: Pensamiento

(382) Vida en otoño

bonhamled 08/11/2009 @ 07:05

Las hojas del otoñal año caen al suelo y lo manchan como en arrebatada sinfonía de violinista sudoroso. Se cuelgan de las nervaduras ocres, rojas, amarillas las fusa y semifusas todavía clorofílicas del paso del tiempo. Ese tiempo que es como fuelle de acordeón, un tiempo que se repite.

El humus que ese tiempo crea, como las hojas propias, servirá para ser podrido, fuente, sementera de otros tiempos u otros recuerdos.

Es un parque desierto, apenas alguien y además lejos. Es lo que damos en llamar, en algunas ocasiones optimistas, vida y casi siempre desgaste.

(368) Escribo poesía mientas de cuando en cuando veo el resultado del futbol

bonhamled 22/07/2009 @ 19:37

Escribo poesía, pequeña, matizosa, con señas sin dirección, buscándome.

Escribo eso que es poesía solo porque yo la llamo pero son fusas sin pentagrama, ajenísimos toques pequeños de un laud pequeñísimo.

Escribo, en eso estaremos más de acuerdo, y hablo sobre mi, sobre ese insignificante ser que está bajo el sombrero del hijo del hombre de Magritte. Ese ser dulzón como la pólvora y tristancho que me acompaña por la parte interior de mi sombra.

Y de cuando en cuando, mientras navego por la tristeza, la alegría, la ira y una columnata de principios morales e ideológicos a los que someto a vaivenes quirúrgicos y sísmicos con el escribir, miro el resultado del fútbol.

Como Picasso, como Neruda, como Pessoa, como Stephen King. Ciñéndome el día a día, negándole su papel de verano caluroso en el séptimo infierno de Dante. Es el día a día del cual extraer una idea, un mundo, un grito, una pequeña llave con la que entreabrir el mundo que ya de antemano desconozco y desconoceré.

Taño un laud y miro de reojo a los molinos que se que son duros como la piedra de los cuarteles contra los que chocaba y al final chocó Roque Dalton.

(351) Ordeno fotos antiguas

bonhamled 02/04/2009 @ 18:53

Selecciono, busco y ordeno

Como encontrando una clave para el pasado,

como encontrando la dovela de la arquitectura del universo

Busco, ordeno y compongo

Entresaco de la nube del pasado y construyo.

Constructo de melancolía, nostalgia y tiempo

Construyo un pasado que ya lo es ¡y mucho!, bidimensional, olvidado en algunos extremos.

Selecciones para mi memoria, retazos del pasado en forma de fotos pendientes de decir aquello, escondiendo tras un gesto lo otro, anudándosenos en el cuello como una serpiente no virginal.

Es el tiempo de organizar las fotos, quizás de intentar reescribir la vida, siempre de revisitarla con un ánimo no tan lúgubre como de constumbre.

(350) El Almacén

bonhamled 25/03/2009 @ 06:16

El almacén está vacío, bueno, vacío si no contamos, los guardas. El guarda de la otra puerta, Pedro Saig, y yo mismo. Somos los únicos que vigilan este almacén de objetos antiguos, olvidados, viejos, caducos pero cuidadosamente inventariados. Es este ,quizás, el trabajo más sencillo y aburrido del mundo: doce horas diarias en una garita donde vemos pasar el tiempo rojizo, azul y gris de la última tarde, a través de una ventana, Una monotonía sentada que solo es rota por las rondas de cada hora, y, también por el nacimiento argentado del día, frío, nuevo, exuberante que se adivina de claridades vicarias desde una silla gastada.

El almacén, calle héroes de Baler sin número del Polígono Industrial de Castro, pertenece a la cadena de comercios “La Suprema”, tiendas y supermercados con un sabor suficiente y antañón que, sin embargo y bajo esa fachada amigable, esconde un fondo de inversión norteamericano que busca un poco menos de gasto y bastante más de beneficio en cada gestión. Andrés, Andrés López Chercoles, el tercero de los vigilantes se quedó en la última reducción de costes. Ahora solo quedamos en la puerta 1, yo, Juan Esquivel, y en la puerta 2, la que da a la calle de detrás, aunque en este polígono perdido todo es una calle de atrás, mi compañero de las noches Pedro Sasig que pasa las horas muertas ora dormido, ora durmiendo.

La “Suprema” guarda, no se sabe bien porqué, todos estos maniquíes antiguos, cartelones, y carteles de promoción de campañas pasadas, algunos grandes cajones de madera,plástico y metal variado que guardarán mercaderías ya olvidadas y anaqueles, perchas, estantes, percheros y toda la parafernalia del negocio. Según en algún momento hemos oído parece que quieren hacer un museo sobre “La Suprema”. Estos rumores que nos dan nueva utilidad afloran en los momentos de más tensión por la eliminación anunciada de este almacén de lo inútil y la reagrupación de todos los materiales en el almacén gigante, corporativo, de Groundía. Ese gusto, el del coleccionismo, y solo ese gusto es lo que hace que yo pasé las noches paseando entre maniquíes desnudos, algunos amontonados, otros rotos o a punto de romperse, todos congelados en poses eróticas o de escorzo, todos esperando una moda que los lleve a la realidad del escaparate, todos mostrando unas caras, unos rostros casi siempre centroeuropeos, casi siempre jóvenes, pero olvidados y detenidos.

Este trabajo es bueno, permite leer casi cada instante, la noche da pocos sustos, la tranquilidad es mucha y, lo que no es poca cosa, no se hace nada, absolutamente nada. Si acaso, y cada mes, un recuento, por encima, de lo más importante entre lo inventariado y eso es todo. Mi escaso interés por prosperar, en el trabajo, en la empresa, en la vida y la oportunidad de un lugar así, que es como estar en una cárcel en las Bahamas, me hizo decidirme frente a otros destinos de más salario y emoción. Quizás que el futuro me haya devuelto en réditos irrisorios y pírricos todas mis olusiones volcadas me convencieron de este ostracismo de la vida y de mi mismo que ahora mismo veo por el ventanal aquí sentado.

Durante la noche los maniquíes representan, a veces, pequeñas historias en mi imaginación nocturnal y algo envenenada de sueño. En ocasiones, las damas distantes de maquillaje impoluto son aquellas prostitutas que atisbo a velocidad desde mi vehículo a mi llegada al trabajo. Los maniquies masculinos son quellos hombres cercanos y amenazadores en su masculinidad castrada pero no olvidada que amenazan mi situación de policía dinámico en ese mundo de espejismo y estatismo. Un niño parece gritar, es solo la lejana carretera que chirría, y en ese instante un niño maniquí parece querer venir hacía mi para pedirme que defienda a su madre, aquella, lejana, pintada, desnuda.

Otros días juego, con mi mente, a correr entre las cajas y simular calles y callejones donde, detrás de cada una puede aparecer un enemigo, un amigo, un amor en forma de esos maniquíes sin cara, sin rostro sin personalidad y humanidad. Por desgracia siempre he de mirar al mismo sitio, a la montaña de cabezas, brazos, troncos y piernas clínicos para ver, en el eco sordo de la noche, algo parecido a un ser humano. Al otro lado del largo corredor, Sasig rumia su sueño o su espera ignorando o no atendiendo a mis sueños de delirio..

Estas son mis noches, lecturas, paseos, fichajes en los puntos determinados a las horas fijadas y vuelta a empezar. Imaginación, soledad, silencio y mucho, mucho tiempo. A veces pienso que no es nada más que una cárcel inmensa donde todos se mueven lentamente, tan lentamente que en mi paroxismo nervioso parece estáticos, ¿o quizás extáticos?. Soy raro entre ellos, soy raro también entre el mundo, solo dejo de ser raro cuando vuelo, como voluta de humo, entre las partituras y particellas de la vida, perdiéndome adrede, dejando pasar el tiempo adusto y tranquilo, acuchillándome con las manecillas del reloj, esperando que el gran ruido interior se apacigüe por ignaro método osmótico por el silencio y el aburrimiento de arenisca del exterior.

Cuando salgo de aquí, a las ocho de la mañana, la ciudad amanece activa, parece que los maniquíes dormidos de la noche se comienzan a mover mientras yo, dormido y cansado busco quedarme quieto; quizás esperado en un sueño otro guardia aburrido, lector y misántropo que me vigile, quizás esperando en el volar en el globo sin timón del sueño un gobernalle que no tengo en mi vida. Puede que los mismos maniquíes que yo vigilosean ahora madres con niños camino de colegio, abogados o notarios abriendo el despacho, farmacéuticos preparando magistrales. Si no fuera porque su desnudez tapa cualquier atisbo de personalidad podría incluso reconocerlos andando por la calle, pero el sueño no me deja.

Miro al techo, cielo finito conocido, veo las vigas arriostras, los ángulos y los perfiles superpuestos en trapecio conocido y memorizado. Veo la lejanía de la pared y la garita de Sasig a cincuenta metros, y veo los bultos, los pasillos, las letras, los números en un orden cardinal y ordinal que hacen parecer un campamento. Un campamento de desorden ordenado en la tierra del olvido memorioso. Yo soy el guardián de este desastre ordenado, soy quizás el último de mi especie, el brujo sencillo de la vida quieta, el Caronte descerebrado que anhela mojarse los pies. Mi andar choca con los atrabiliarios objetos que porto: el walkie talkie en su funda, las esposas, la pistola, algunas balas en canana y un par o dos de cajitas que no contienen nada pero, por su prestancia y aparente solemnidad, podrían haber contenido mucho.

Los días pasan, los libros, algunos de ellos masticados entre sueños, se suceden con la radio de madrugada, éter del efluvio de la noche y los nocturnos, secta insomne que se pregunta por la justicia y el mundo. Otras veces por la pereza sin más y otra, alguna otra ocasión, me da por mirarme en el reflejo sutil y escaso de la garita ante la noche lejana y cerrada por la puerta de la nave. El ruido, entonces, me molesta y dejo al cricri, frufru, y ulular del viento entre las chimeneas cercanas , las fachadas y los aspavientos del aire en las esquinas de geometría euclidiana, que me diga, que me cuente, que me asuste, que me evoque amenazas o, quizás, sueños de noches de verano, todo ello con el fantasma de mi mismo, de mi propia vaciedad o estatismo, con el reloj impertérrito y rápido del tiempo quemando la mecha de mi vida, hasta el próximo minuto, el próximo turno, la próxima vida. Es la sinfonía acertada de las fábricas dispersas en los arrabales lentos de las ciudades, un bodegón de inutilidades y soledades en mitad de una noche que no para.

El uniforme azul, gastado, dando una cuidada sensación de orden paramilitar con trasuntos baratos de alamares y oropeles no puede esconder la cara regordeta y perdida en calvicie de mis casi cuarenta años, de mi escasez de futuro, de mi tiempo perdido, de mi necesidad de esconderme, de mi mismo dentro de mi mismo. Solo los ruidos, música asíncrona de la noche y la vida, me despierta de un pensamiento que de espiral acaba sumiéndome en la tristeza profunda. Algunos días, entre los brazos amigos de los maniquíes he llorado una desgracia teatrera y sentida que me ha dejado cansado, más aún, y con el turno más ajado aún. Luego me he llamado a mi mismo cobarde y me insultado delante del azogue de juez instructor del espejo del baño mientras me afeito. Es baldío, sigo siendo yo, la vida sigue siendo la misma y el tiempo, agotándose, se parece a ayer como dos gotas de agua.

En alguna ocasión alguien ha intentado entrar, ladrones, aprovechados, arrebatadores, apenas unos pocos ruidos o una señal de alarma simulada les para. Quisiera haber tenido que enfrentarme a ellos, con el arma, con la porra, con la vida o con el cuerpo. Ese heroísmo de palangana daría algo de sentido a este esperar un día que, solo es sueño perdido y necesidad de comenzar la noche oscura de nuevo. La pistola quizás esperaría este fascinante advenimiento de la vida real y activa pero la verdad es que ella, la pistola, y yo seguimos tan encerrados como ayer o como estaremos mañana.

Otras veces miro con suficiencia y sorpresa la pistola, una vez incluso tras una llantina de esas sin comienzo ni final, acerté a introducirme su vástago viril en mi boca. Ni para eso tuve arrojo, me atraganté y anduve un rato tosiendo en lo que había de haber sido un suicidio a lo Larra. Se quedó en algo sin ningún honor y con bastante vergüenza, lo recordaría mientras me recortaba la barba puntiaguda del día siguiente, una tristeza, un rictus de aspaviento y respingo me devolvió a la tristeza de una vida triste.

Otra ocasión fui sorprendido por Sasig con una peluca de Marilyn bailando al son de la radio lejana. Intenté excusarme pero el ecuatoriano solo me dijo: la noche es muy larga y el aburrimiento muy corto. Me sonó a algo parecido a la canción de Neruda pero en versión suburbio de una gran ciudad, oficio absurdo y guardesía inmerecible, pero tenía razón, su sanchopancismo del vive y deja vivir, la comisura de su cuerpo de jade y madera decía verdad pura.. Sin embargo no abundé en esa idea que era manantial, pasamos el renglón, ¿Cuantas veces había sorprendido a Pedro Sasig masturbándose, cantando a voz quebrada y llanto a moco tendido canciones andinas o bebiendo su tristeza emigrante en la garita de su parte del mundo parado?. Incluso una vez observé oculto entre los cajones todo el acto obsceno y dulzón de la masturbación con la mirada fija del francotirador y del que pierde el tiempo y del francotirador. Me gustó, no tanto el ser espectador de lo íntimo como entender lo íntimo, lo defectivo, lo débil en la situación del otro y no en la otredad conocida de mi solipsismo.

La vida entre el trópico de cáncer mío y el de capricornio de Sasig pasaba por un lugar desconocido e ignoto: las grandes y cerradísimas jaulas para transportes marítimos que escondían esas marcaderías que nadie abrió jamás, una tenía la fecha de llegada de Junio de 1976. Esas mercancías supongo que ropajes extravagantes o objetos de poco uso dormían allí esperando otro tiempo. Un otro tiempo que yo iba desgastando con la paciencia torpe de un grano de arena que cae en la otra cara del reloj. Nunca tuve curiosidad por conocerlas, por verlas, quizás incluso por robarlas. Hubiera implicado una acción y yo vivía desde hace bastante tiempo en una inacción de Melville que llenaba de vacíos todos los llenos sin contenidos de mi vida.

Mañana cumpliré cuarenta años, y cuando salga lo celebraré. Quiero decir, cuando llegue Mauricio y Julián, los sustitutos matutinos, y hagamos la transmisión orfebre y burocrática del parte y las incidencias, casi siempre o bien ninguna o bien sin importancia: “parece que aquel cristal está suelto”; “alguien tocó la puerta a las cinco menos cuarto”, invitaré a un café con porras a Pedro Sasig en “Layetana” el bar cafetería que a la salida del Polígono nos da los buenos días, queriendo decir buenas noches, por las mañana y nos anima a dormir justo cuando entramos a trabajar.

Seis días a la semana, cuatro semanas al mes, once meses al año, en los últimos tres cambie las vacaciones por el dinero de trabajar un mes más, un dinero que desapareció como aparece desaparecer mi dinero, en la nada, en el tiempo vacío, en lo estático y dinámico de la vida.Quizás en la búsqueda de un yo, que murió y está enterrado pero al que no acabo de encontrar en su lápida.

Cumpliré cuarenta años y, según vengo pensando, debería dar un cambio a mi vida. Nada de iniciar revoluciones como aquella de los años jóvenes y los pelos largos, nada de cambiar ni traicionarme, me conozco demasiado como para no saber que traicionarme serviría para engañarme y, después, desengañarme y llorar de nuevo en otro almacén nocturno de la vida.

Cambiar, pero ¿Como?, ¿Cuando?

Pregunté, a voz en grito en la soledad vacia del almacén y eso despertó a Pedro que me llamó sospechando por el walkie talkie. Lo agarro, no sin tropezar con la pistola colgante y digo: “Todo bien, cambio”- fue mi respuesta plagada de administrativismo pero rodeada de un tallo de rosal espinoso y verde infinito.

Por supuesto que todo va bien, el mundo se cae, una bomba atómica acaba de explotar justo aquí, la humanidad se muere, se seca, se ahoga, se asesina pero todo sigue bien. Solo cumplo cuarenta años.

No grito solo. Tomo una de las maniquíes, sorprendentemente vestida con alguna ropa de la moda de hace cuatro o cinco años y simulo bailar. Cargándola, sugiriendola, incluso tocándola con despreocupación y disimulo, chocando con mis piernas torpes contra su cuerpo inmovil, contra la pistola eterna, contra mi mismo. ¿Que haré?

Bailo, bailo como un maldito, como un maldito que oye la furia de Wagner en su oído y siente como el espacio vacío del almacén, como de exposición de arte, simula ser su propio caparazón diario y yo mismo, guardia de seguridad, soy mi propio corazón, cansado. La propia vaciedad, los objetos de vida que son solo manecillas, piernecillas, torsillos, de un reloj gigantesco. Incluso el silencio muestra esa maquinaria inmarcesible, tic, tac, rum, rum lejanos de mi propio ser. Pero ¿quien es Sasig en todo esta cosmogonía imperfecta?, ¿quien soy yo y porque dejé las clases de la universidad para venir a este mundo de cincuenta metros, dos centrímetros y una pistola que, realmente, no se si funcionaría en caso de necesitarla?

Mañana cumplo cuarenta años y, lo que es peor, ¿Que me queda por vivir?, ¿a que puedo aspirar?. Conocido que el amor me fue negado, lo intenté, las quise, me quisieron un rato pero luego el tedio, la vida, la escasez de horizontes o simplemente mi cara simplona e hirsuta las alejó. Al principio me dejaban como los maniquíes desvencijados, deprimidos, sin estructura, en equilibrio frágil pero poco a poco me construí un mundo de soledad y silencio que si bien no me agredía, tampoco me producía ningún placer. Era como comer esa comida de fast food que llena sin alimentar, o quizás que alimenta mal llenando o puede que solo nos haga gastar el dinero como a mi el tiempo me hace gastar mi vida.

Mañana cumplo cuarenta años y no daré una fiesta, ojalá tuviera amigos suficientes, no me emborracharé ni tampoco me iré de putas. Solo saldré y tomaré un café, como todos los días como cada día. Invitaré, esta noche, imaginariamente a los personajes del libro que leo, After dark de Murakami, un libro de nocturnos, solos y violencias, casi como yo mismo. Estos personajes, transmutados en maniquíes me esperan allí delante: Melissa, Virginia, Septimus, Joseph, John, Amaranto, Lupe y todos ellos, como una santa compaña o como los agresivos, veraces y píos seguidores de la santa muerte, me jalearán con sus sonrisas Duchenne hasta la muerte de los segundos cuarenta años. Aquellos que salvo una mala broma del destino, jamás cumpliré.

El vacío me espera, los cuarenta años están allí. Al menos tengo los maniquíes, el tiempo que se agota y huye como voluta de humo y la pistola que sin vergüenza ni lloriqueos tengo aquí.

(346) Agresores constructores

bonhamled 05/03/2009 @ 19:44

El puerto, la puerta, la calle abierta, el aire constante y delante quedó atrás.

El pasado, el tiempo, la construcción, la muerte térmica, la mierda.

Ahora delante de los ojos una bola de inmenso muro, un gólgota de cruces disímiles y atonales marcar la escarificación terrible de mi horizonte.

Ahora veo el aire lleno de nadas, antes veía la nada llena de aire.

El tiempo lleno de robos, antes el robo del tiempo solo lleno de aire.

Todo mierda, de constructores, de ladrones, de Alí babás vendedores de nada, compradores de todo, adueñadores de lo de arriba, abajo, este y oeste.

Gentuza mala que llenan el aire de miasmas metempsicóticas.

Su delito, el mañana.

(306) Levanta la sutileza

bonhamled 13/09/2008 @ 10:41

Levanta la sutileza y no te dejes llevar por el abotargamiento de los sentidos, incapaces de digerir más.

Siente el vacío y la llenitud de la sensación, la vida, el tiempo. No intentes ahogarte, en vida, en mujeres, en edades: es erróneo.

Procura sentir ese poco más que es la diferencia cualitativa y cuantitativa, no pretendas zambullirte en la sensación: solo lleva a la muerte.

Siente el sonido flojo, el sabor suave, el sentirse austero, el vivir completo.

Porque otra solución al final cansa, al final agota, incluso de uno mismo.

No hay otra solución beber a pequeños sorbos, comer a pequeños mordiscos, vivir a pequeños pasos.

Porque eso sorbos, mordiscos, pasos son las materias de las que se construyen las sombras del recuerdo.
Que amplificarán lo maravilloso de lo parco y disminuirán, hasta la eliminación, de aquello que cansó.

No nos dejemos caer en las redes del más sino del mejor, juguemos con el recuerdo a nuestro favor.

Pensaremos, también que el tiempo es nuestro.

(292) Consejos para literatos en ciernes

bonhamled 05/07/2008 @ 10:08

Es interesante y muy road movie:El transporte público debería ser asignatura obligatoria para poetas, literatos y políticos. Ahí se vehicula todo el spleen de una generación, una sociedad y un dolor.

En las caras se encuentran madres corajes, estupendos Harry Hallers, algunos Horacios perdidos, muchos Dedalos, algún Borges y cientos de Blooms y Septimius Smith. Con suerte algún cronopio y sin suerte miles de sanchos y algún que otro sucio Chinaski.

Y luego somos cansados, aburridos, no nos movemos. El metro y el tren es así..Buscamos la poesía atrapada entre el espacio de mismidad del yo y del espejo, del otro, de los hedores, del verano, del invierno, de la hora punta.

(287) El inicio de la pesadilla de Abarra

bonhamled 22/06/2008 @ 19:57

Desmond Abarra repasaba el día en su sillón mullido y confortable, muy fin del siglo XX. Tomaba notas mentales, trasladaba revisiones de informes, corregía datos y elucubraba un nuevo artículo de "psiconética aplicada en la zona XXI": "Datos y tendencias de criminalidad preventiva". Todo ello sin moverse de su sillón y escuchando silencioso y sin apremio aquella música mental "Milestones" de aquel extraño músico, Miles Davis, muerto hace más de cincuenta años.

Revisaba datos, escuchaba un rugido musical vocal o quizás un frufru de andar cercano o un bisbiseo eléctrico. Eran los ruidos en la zona siete, la zona de administradores, directores y clérigos políticos mezclados junto con el ir y venir de su hijo en su estancia de nivel III, más de 350 metros cuadrados y menos de 500 metros cuadrados, un lujo para una sociedad donde la acumulación de espacio era ya delito.

De repente un mensaje espontáneo y rápido surgió en su visor mental. Informe básico nivel III a Gedeón Abarra. Familiar nivel I. Personal responsable nivel III.

Un informe aleatorio sobre su hijo, un informe mental, un informe rutinario de redes sociales. El resultado se suponía nulo pero sin embargo surgió aquella luz amarilla que indicaba necesidad de estudio posterior.

Se levantó de un golpe y de repente vió a Gedeón visionando la televisión mental, tumbado, callado, quizás somatizando algún placer legal.

- Gedeón- ¿Has hecho algo hijo?.

Desmond Abarra descubrió su despertar de ojos vidriosos, como todos los jóvenes, y sus hablas primero inconexas, de vuelta de ese Olimpo artificial, y luego más estructurado.

"Yo, Papá, no he hecho nada, bueno... alguna vez he hablado con algún individuo tipo III y he leído algún pasquín de esos de papel, pero no más..."

Desmond Abarra descubrió como el mundo se le venía encima, repasaba, mientras andaba su memorión individual:

  1. Redes sociales incorrectas: dos puntos ley.
  2. Lectura de material prohibido: ocho puntos ley.
  3. Posesión de material biológico de papel con fines no investigadores: treinta y dos puntos ley.

Hasta ahora el duelo no era tal, todo ello era posible eludirlo desde su puesto de vicedirector del instituto de psiconética quizás algúna recomendación o algún curso suave en el verano donde pudiera hacer algo de deporte.

- Pero.. Gedeón ¿Que decía ese papel?..

- Papa, papá, ..nos engañan, todo este sistema, todo esta categorización, la lucha contra los forajidos de fuera de UN8r) es falsa. Todo ello es una pantomima.

Desmond Abarra sufríó con esas palabras un golpe físico equivalente a un atropello de vehículo de aquellos de las películas antiguas. UN instante de silencio que no avanzó porque se contuvo con Hiperión para evitar que sus niveles , ante el shock, fueran reportados a la central, como todos los funcionarios de nivel III.

- Gedeón, ese delito es de revolución contra el estado, contra el orden mundial y contra la paz acordada.

Su mente estaba protegida de escaneos mentales pero no la de Gedeón debemos dejar de hablar de esto ahora mismo.

- No te preocupes, Gedeón, que no pasa nada, pero por si acaso voy a enterarme de como están estas investigaciones rutinarias. Estate tranquilo pero no vuelvas a frecuentar a esas personas, te lo pido.

Gedeón sonrió adolescente, y volvió, con una leve punción de su soma particular, a su sueño inconsciente y juvenil.

Ya libre de escaneos Desmond Abarra comenzó a pensar, a valorar mientras un lanzallamas mental le escribía estas palabras: Delito L, Delito L.

Pasó tres días pensando en aquella preciosa silla del siglo pasado evaluando pros y contras, eludiendo revisiones rutinarias de documentación y pensamiento previendo posibles cambios, posibles caminos, auscultando algunos amigos, sirviéndose de su posición de investigador psiconético y sociopatológico.

AL cabo de tres días, tomó, más de doce mil millones de dólares Kulak, para aquellos que necesitaban sentir la moneda de plástico en la mano, y salió de casa: su función y fin: salvar a su hijo y a el mismo de una muerte cierta que no tardaría en producirse tan pronto se confirmasen los indicios.

La puerta electronia cierra con un zum poco audible pero de estruendo. Su vida había cambiado de repente.

(271) Ciudad Haar

bonhamled 17/05/2008 @ 05:11

La policía acordonaba el ascensor y las entradas del edificio Malxo. Los otros ascensores no dieron abasto los tres días posteriores. Nueve metros cuadrados y veintidós plantas, cuarenta segundos de viaje, dieron lugar a muchas especulaciones y misterios.

Al abrirse la puerta, siempre al final se abre una puerta aunque no siempre las de los cuartos pequeños, dos muertos, perfectos de terno de temporada pero destocados de elegancia patricia, muertos por un disparo de bala cada uno, la pistola limpia de marcas aparecía entre ambos cuerpos, y un aparente total desconocimiento entre ambos occisos tornasolados de muerte.

La policía no creía en los misterios y menos de Rouletabilles reporteros que buscaban el misterio.

La empresa, gigante de construcción, ambos muertos, Harald Haar, danés y Juan Luis Ciudad, español, desconocidos entre si, de nuevo en apariencia.

Los cuarenta segundos albergaban en su interior diferentes interpretaciones de corrillo: una leve discusión, una muerte de encargo o una resistencia feroz. Es difícil pensar lo que pudo ocurrir en esos cuarenta segundos:

Están a apunto de cerrarse las puertas con el pequeño y delgado rubio. El moreno de traje azul entra a la carrera

- Perdón, dice entre suspiros,

- Buenos días

- Good Morning.

- Perdón, creo que vamos a la misma reunión es ud Mr Jensen, de Irco and Co.

- No, creo que se equivoca.

- Lo lamento.

El feroz Juan Luis mira para otro lado y recuerda la foto que tenía en la mente, parece coincidir. Saca la pistola y cuando va a emplearla el pequeño danés se revuelve, en la lucha se dispara y acierta de muerte al más grande. El danés retrocede asustado, en ese momento el moribundo vuelve a percutir la pistola, casi sin fuerza. Mueren ambos

Sin embargo las grabaciones de vídeo parecen dar, al menos otra versión:

Entra el Señor Ciudad y en el piso tres entra el señor Haar. Es un bullicioso entrar y salir hasta el piso veinte, donde empiezan las plantas nobles, desaparece el resto y quedan ambos. Haar saca la pistola que lleva consigo (proviene de Beirut y tiene licencia de armas por su trabajo de asesor), se le dispara y le hiere. Preso de dolor se revuelve el señor ciudad intenta ayudarle, pero un espasmo inoportuno dispara de nuevo el arma muriendo ambos.

Los interrogatorios de los entrantes y salientes al ascensor: la señorita Oliva, el encargado internacional Holnicki, etc parecen dar lugar al menos a otra interpretación de los hechos.

El señor Haar y el Señor ciudad coinciden en al aparcamiento y suben juntos hasta la recepción donde primero se acredita el señor Haar, al que vienen a recoger. El señor Ciudad espera paciente su turno. Cuando llega al ascensor el señor Haar ya ha marchado. Cuando sube Ciudad, solo, en la planta trece ve que entra, equivocado de planta, Haar. Algunos ascensores solo llegan hasta la planta trece. Suben juntos, pero en la planta 20, antes de la zona noble una tercera persona entra en el ascensor, dispara contra ambos y antes de que se cierren las puertas, apenas ocho segundos, deja la pistola, pulsa la planta baja y espera paciente el ascensor.

La policía maneja otra forma de interpretar el crimen en el ascensor transparente:

El ascensor aparece en la primera planta, en esa planta se incorpora el señor Ciudad, destino a la planta 22, en ella ascienden cuatro personas entre ellas el Señor Haar, al llegar al a planta quince solo quedan tres personas. De manera discreta el tercer hombre pulsa el botón de la siguiente planta, con leve sorpresa del danés. La memoria del ascensor seguirá el orden de introducción de datos bajando, posteriormente a la planta entrada. Al despedirse el tercer hombre pulsa un dispositivo, en ese momento una bomba de gas inunda el estrecho receptáculo, mueren. El tercer hombre sube a la planta 22, dispara sobre ambos y deja caer una pistola.

Haar aparentemente podría haber tenido algunos motivos para asesinar:

Haar reconoce por fin a su burlador, el grande, y espera la forma para asesinarle, logra entrar, disfrazado, en el edificio de oficinas y sube en el ascensor sube con la esperanza de verle. En la planta cuatro coinciden durante un instante en el ascensor, Haar le dispara y acto seguido se dispara en el corazón, la pistola muerta cae entre ambos.

Algunos de los empleados manejan una versión hecha de recortes afilados aquí y allá, no es muy creíble pero tampoco imposible:

Es difícil un crimen de ese tipo pero un tercer hombre, se descuelga las 22 plantas desde el casetón de la cubierta del edificio, se posa, de manera sorda sobre la superficie del ascensor, espera una señal para su acción directa. Por la puerta aparecen Haar y Ciudad junto con un anfitrión que queda gestionando los pases de entrada a la zona noble. Suben en el ascensor, cuando llegan a la planta trece, la del cambio de ascensor, el anfitrión se queda, toma un teléfono móvil y pulsa un número memorizado, Suena, leve, encima del ascensor. Es la señal: El asesino se deshace de la portezuela posterior, dispara con la pistola cuando se cierran las puertas y deja caer la pistola, coloca el techo y repta hacia su salida en el tejado.

Todas estas teorías eran manejadas con mayor o menor entusiasmo por la policía. La locura nace de la aparente incongruencia entre las cámaras de vídeo: una por planta, otra en el aparcamiento más las del perímetro del edificio, también por la diferente declaración de personas que vieron entrar, salir, cambiar de planta, reunirse, no conocerse, abundar o separarse.

Incluso se exploró los caminos del hampa para ver si alguna otra teoría de asesinato por encargo era posible:

En la planta 22, la última, un director espera y ultima los detalles cuando la policía se hubo marchado, tras haber escapado de un atentado terrible, los dos asesinos, Haar y Ciudad le esperaron a la salida de la planta trece, la del cambio pero antes de que pudieran actuar fueron alcanzados por uno de sus guardaespaldas. El contratar actores, entrar y salir y buscar la confusión intenta esconder ese asesinato que a su vez esconde una lucha abierta y, desde ese momento, sucia en la compañía Malxo.

El asunto del espionaje industrial tampoco fue desdeñado por la policía a tenor del reciente contrato de adquisición de tecnología espacial entre el gobierno y Malxo.

Los espías Haar y Ciudad fueron llevados de manera subrepticia al edificio MALXO, descargados en el ascensor más alejado, una vez en el edificio central identificados a punta de pistola, en el ascensor, una vez cambiados de ascensor fueron ajusticiados y abandonados. La competencia da un mensaje claro y en la propia casa del ofensor.

La policía, al final, ha de quedarse con la versión del tiroteo injustificado entre los dos desconocidos. Es lo que tranquiliza más a todos y pone menos pimienta sobre lugares donde, sin duda, provocarían estornudo.

La verdad es, a veces, algo mucho más complicado de explicar, pero tambíen, más sencillo de entender: Dos amantes despechados buscan en inteligencia y conocimiento a su amador infiel y, al final, deciden suicidarse en el ascensor del edificio. La policía se marcha tras las iniciales pesquisas y el presidente en la soledad solemne de su despacho llora amargo la venganza de aquellos a los que amó menos de los que ellos le amaban.

(266) El vendedor

bonhamled 01/05/2008 @ 08:08
- "Señora, me atrevo a llamar a su puerta para ofrecerle un producto que, sin duda, no debe faltar en su casa" - El vendedor ofrecía con ese prurito literario y escénico aprendido. La señora con la bata y el pelo despeinado, de andar por casa: siempre "fuera de sitio", pretendía cerrar la puerta, tras abrir esa pequeña rendija por donde se coló el eslogan:

"...Serán sin duda más felices en su familia..."

La vida, el tiempo, las circunstancias, el horizonte cada día más cercano, la oscura tendencia a la muerte y el tiempo, siempre ese puto tiempo que caía como agua de lluvia. Ella pensó, en su hospicio domestico donde se acogía a sagrado días y días, atrevámonos y busquemos ese elixir ya perdido entre pañales, gritos de niño, reuniones en el colegio y angustias verdes de diverso color otoñal.

- "Hace, bien en permitirme acceder a su hogar, puesto que le traigo a un precio casi ínfimo el artilugio, jaja, permítame que lo llame así (chiste preparado decía el manual del vendedor). Sin duda las tardes de domingo, esas que son intermitentes, o cuando su marido va a hobby, si lo tuviera.. por cierto, ¿lo tiene?" Ella recordaba las madrugadas vacías mientras Leandro empuñaba la caliente culata y se iba a balear inocentes animales con amigotes, y respondió sin saber ni pensar: "si, le gusta la caza". "El nobilísimo deporte cinegético, que tanta destreza y maña precisa"- Abotargaba con su discurso vacío lleno de perfiles de cliché de un imaginario diseñado por un publicista. Ella perdía los ojos en la ausencia de los días con él y sin el y asentía como ante un sacerdote en el púlpito.

"Señora, las ausencias de su marido, se pasarán ahora sin cuidado"- Redundaba el artero vendedor. Ella estaba en sus lágrimas, en sus tiempos perdidos, en sus ilusiones desgañitadas y en el tiempo, en ese turbio sentido de la dirección del devenir, que se había convertido en su enemigo acérrimo. " Pues no le entretengo más," la venta parecía segura a los ojos del vendedor; " y le indico el útil que hará su vida más entretenida y amable, que permitirá a sus hijos y a sus vecinos y amigos una diversión constante, para las veladas de amigos y para los veraneos"- Volvía el vendedor para afianzar antes de la firma.

Ella esperaba ansiosa ese elixir, esa absenta que le volvería al pasado pero, sin embargo, tras la retahíla de manual encontró la siguiente proposición:

"... sin duda, su casa no será la misma cuando compre este karaoke con las mejores canciones de hoy, ayer y siempre, no olvide que ...."

Ella no pensó más, se zambulló en la vinagreta de la angustia y el desánimo, se volvió hacia la casa y cuando el comprador pensaba que finalizaría su tercera venta del mes con los datos bancarios, le descerrajó un disparo de la escopeta de Leandro que le abrió el pecho en dos.

No supo, en ese momento, si dejarlo en el zaguán de la casa o, mejor, meterlo en su casa y en su cama; llamar a Leandro y esperar a que volviera, aquel martes de jornada de caza, con un presunto amante muerto en la cama y la policía esperándole.