(158) La maricona muere
Muere capturada de saetas, coronas de espinas y pequeños dolores que aquejan matando pero sin herir.
La maricona vivió, es claro que vivió, sobreponiéndose a los amaneceres que no debían ser y a los atardeceres que no pudo evitar. Pasó sus años entre el desdén y el sentirse desdeñada no por el comportarse ni por el estar sino por el siniestro ser. Y siendo no podía dejar, metafísicamente, de ser.
Murió la maricona habiendo amado menos de lo que hubiera querido, habido sido amada menos de lo que hubiera querido pero habiendo construido todo un catálogo de ocultaciones, escondites, teatrillos, componendas y pequeños complots que herían más que el INRI del galileo.
Ahora en esos instantes del proscenio de la muerte llora su desgracia o su ventura, su amor a contracorriente y la historia que le ha tocado vivir: Demasiada realidad para su gusto. Demasiado arrebato para su forma de ser. Demasiada maldición para quien solo buscaba el amor.

Meneame
del.icio.us
Oigo, nadie oye, un chapaleo, un chapoteo escaso como de agua salada de poca profundidad, llamémosle de estero. También porque piso un asfalto que es casi de albero y porque la sonoridad de las palabras limadas y aligeradas se pierden tras esquinas que no son ni tan verticales ni tan geométricas. Oigo quejíos de herrumbre y reciedumbre antigüa y de verdor metálico futuro.
Los jardines del Generalife le refrescaban los pulsos según caían del Barandal, como glosaba Luis Rosales.