ALtavoces en las calles y los pasquines en las paredes gritaban:
"Una vez que triunfó la revolución y, por fin, el mandato del pueblo se hizo con el poder la alegría y la celebración se dió por doquier.
Una primavera resurgió entre los fríos de esta tierra, los calores pasados fueron menos, se atemperaron los fríos terribles y las personas, hombres, mujeres, bellas doncellas, nobles soldados salieron a las calles y mostraron sus rostros plenos de alegría y confianza en el futuro. Los niños, desconocedores de los condignos pero avanzados de un futuro de hombres y mujeres puros correteaban en las fiestas espontáneas de cada esquina.
El momento era triunfal se acabó el tiempo de la ocultación y del secreto, se acabó el tiempo de la tortura y la cárcel ahora los enemigos del pueblo deberán pagar el precio por su traición y sordera. No cabía duda que los juicios populares y sumarios llenarían el trabajo de los meses, ¡o años!, próximos.
La revolución no descansa, los enemigos son muchos, los burgueses que viéndose amenazados por el derecho inalienable del pueblo respondieron, y desde sus escondrijos siguen respondiendo de forma cruel y despiadada buscando el descalabro del proyecto común del proletariado. En la sombra y apoyado por potencias extranjeras, la banca mundial y la red de conspiradores en la sombra buscaban el sabotaje y el descrédito de esta revolución llena de ilusiones, ideas y tiempo.
La solución del ideal socialista debería pasar por fuerza por el control y eliminación de estos elementos oportunistas del terror del capital y los privilegios. Con ellos la justicia revolucionaría será inmisericorde puesto que tampoco mostraron piedad en los tiempos de silencio y dolor.
También la revolución habrá de recordar a los mártires, héroes eternos del pueblo que con su esfuerzo, con su colaboración, guardando materiales, libros, dando charlas, provocando la insurrección lógica y natural ayudaron a levantarse al pueblo. A estos hombres y mujeres, próceres del pueblo, les serán otorgados los honores y reconocimientos para que sean elevados a la categoría de modelos y, al tiempo, animarles a seguir siéndolo dentro del partido....."
Levantaba la vista del texto del pasquin que tenía en la mano el tabernero cuando un joven se dirigió a él:
- Vengo buscando a Pável - preguntaba en la taberna donde patibularios , arrieros y campesinos se bebían la alegría del momento.
El tabernero, un viejo soldado de las guerras de oriente, gordo y peludo miró al centro de la estancia y sorprendido, dijo - ¿A quien has dicho que buscas?.
- Busco al Pável, de parte de su primo Lucarelli, de Oshtenia. Soy el hijo de su primo.
El tabernero, en el envite, miró por encima del hombro del joven, a la puerta, y esperando ver algún hecho sospechoso, personas esperando, actitudes escondidas o alguien que en inteligencia turbia esperara localizar al camarada Pável.
El tabernero confirmado le señaló de mala gana una mesa donde un escribiente rellenaba cuartillas. Se ajustaba sus anteojos redondos y sus manos hiudizas y delgadas no perdían el tiempo en las celebraciones que le rodeaban. Junto al camarada Pável otros tres camaradas discutían en bajo pero con aspavientos deberes, acciones, lugares con la algazara de risas ostentosas de triunfador bañado en licor.
- Perdón, se llegó el jóven Iván a la mesa, me han dicho que aquí podría encontrar quien me diera razón del camarada Pável.
Los tres discutientes, sin duda camaradas subordinados del Pável que escribia, preguntarón bruscos: ¿Que Pável? y ¿Quienes buscan al tal Pável?
- Me llamo Ivan Lucarelli y provengo de Oshtenia, como el camarada Pável, que es primo de mi padre. Vengo de parte de mi padre.
Los tres protectores se miraron y ante la comprobación de la contraseña le dejaron al paso franco al delgado pelirrojo. Éste había dejado de escribir, había guardado las cuartillas al fondo del pequeño montón que tenía sobre la mesa, despacioso y desconfiado, y depositando la plumilla sobre el tintero se aprestó a escuchar.
- Yo soy el primo de tu padre, dijo, y soy natural de Osthenia. ¿Que tal está tu madre y los abuelos?.
Este segundo santo y seña debería ser respondida sin duda ni vacilación, al camarada Sleggo- Pável. Sería la prueba de la entrada del jerarca revolucionario que toma el puesto de mando enla ciudad. Ese sería su trabajo, colaborar a ese trunfo sin riesgo, tambíen contribuir a distiguir a los héroes de los villanos.
Comenzó, como pasando esa una etapa de pantomima de seguridad: "Camarada Campesmases, vengo de parte del camarada Irigoyen. Me manda traerle esta lista que es la lista de colaboradores traidores al pueblo y esta otra que es la de los miembros del partido que han estado ocultos trabajando por la causa".
El pelirrojo pequeño y ladino Sleggo miró ambos trozos de papel arrugados y preguntó: ¿Cual es cada una?.
El joven respondió con una verdad sin tacha: "La verdad es que el camarada Irigoyen no me lo indicó muy bien, creo que esta es la de los traidores, señalaba a su derecha, pero no estoy seguro".
Pável, amoscado miraba ambas listas, llenas de tachaduras intentando reconocer algún nombre en un visaje, pero no fue así. Recibió am
bas listas y concluyó. "Camarada, la revolución precisa acción y concreción no hay tiempo que perder".
El párvulo revolucionario se marchó, luego se arrentiría delante de su padre. Campesmases dió a uno de sus acólitos ambas listas, con la nota verbal:
"La revolución no tiene tiempo para investigar, los traidores han de ser juzgados y condenados lo antes posible".
Foto: http://www.ceip.org.ar/boletin8/fotoHome.gif