Bien lo conocía Pou en su reducto anarquista y antiguo de París: los cambios son así, pequeños irremediables, sospechosos.
Pou conocía que un día un leve resquebrajamiento, dudoso, aparececría La superficie se quebraba ligeramente, muy poco. Casi todos dudaban que fuera, todos esperaban una reacción indolora e inmediata pero con sorpresa de esa grieta surgía luminosa el fulgor del cambio, como la binza del huevo que surge tras la rocosa, calcárea, resistencia de la cáscara.
Pou esperaba ese leve grito de luz, ese resquebrajamiento que los más involucionistas, carcunda estéril para él, no detectarían jamás. Era el origen pionero de un vegetal novedoso entre los adoquines del tiempo y la historia, una flor, quizás atomizada e instantánea. Los ochenta años de Pou eran una esperanza por un rayo de luz de esa calidad, de este tipo, de ese tiempo.
Esperaba que la rugosa y empedernida superficie se rompiera un poco, cediendo. Cejara la presión de las junturas y acuerdos, la tibieza de egoísmos e intereses yermos para surgir ese agujerito, esa arista asomada, ese desgaste ajado que dejara ver la debilidad de la barrera, la cárcel, la pared que fuera susurro, murmullo, palabra, grito, eco.
Pou soñaba, viejo jóven de ideas redentoras, con ese día, que podría ser, no le importaba, el previo a su muerte, pero era el día que quería vivir, el del comienzo de la caída, ralentizada, lenta, dubitando, oscurecida por la sorpresa pero buscando la velocidad como depredador al ataque. Sería el inicio de la primavera, de su primavera otoñal.