(258) Sección técnica nº 13. La casa
Mi noventa y ocho punto seis se llama el Hito, kilómetro 111, cifra que es como un peine que me adecentaba para estar cerca de los míos.
Microcuentos, pensamientos, ideas y descalabros en este camino sin luz hacia Damasco.
Mi noventa y ocho punto seis se llama el Hito, kilómetro 111, cifra que es como un peine que me adecentaba para estar cerca de los míos.
El espíritu de la lumbre, burlón, bailarín, rojizo, amarillo. Marrón de tierra, blanco de sol.
Tiene de demonio djinn y de sátiro su danzar concernido, su hipnosis hermética, su crepitar que es sueño y secreto.
La lumbre se convierte en polvo, como el tiempo y los hombres, pero da calor, da vida y convierte lo cercano en inminente. Es señal, icono y signo de vida.
La lumbre a veces pacta con el Demonio pero no siempre, otras con Dios al que tiene poco que pedir.
La lumbre baila sin música, roba atenciones y llena cabezas de libertad, libertad de aire y de millas.
La lumbre no deja sombra, no busca redención, ni roba. Es lumbre, solo lumbre. Pero lumbre que es repositorio febril de sueños, viático de mañanas.
Muchas cositas ricas: muchos dulces de ambrosía, de esos que nos gustan tanto, con almendra, mazapán suavísimo, delicado al paladar, !Cómo se deshace!, como esos otros, puro visillo de hojaldre con natas batidas y con cremas sabrosas, pestiños con sabor a la Meca. También dulces de ocasión, eternas yemas, fantásticas milhojas, centeniales dulces de batata o de boniato, queridas castañas caramelizadas degradadas del marrón glacé.
Buenísimos panettones y dulces de mora, los otrora infantiles arroces con leche, etéreos y ya actuales, chocolates curales con palentinas, trufas de chocolate con algo de su calentura tropical amasada por las manos blancas de las monjas. Brownies de chocolate africano que lleva a la locura del spleen (y del hígado), mascarpone revertido en dulce tiramisú, torrijitas fritas con canela olorosa, vinos de jerez y moscatel que liban almíbares y saliva, dulce de leche americano con herreruelas de Martín Fierro.
También se cuenta con alfajores de los que vienen los niños a comer corriendo y sorteando cuestas pinas en días soleados de invierno, donde, al solaz de la despensa y la alacena se difuminan los cansancios. Flanes, púdines y nubes condensadas que fueron líquidas para ser ahora sólidas, o vivir en el terreno fronterizo entre el suave tacto sólido a la lengua, la untuosidad material del líquido y la divina esencia gaseosa de los olfatos y gustos.
Ensaimadas con cabello de ángel que lian al seguir su trayectoria, petisús insufribles si no fueran ..lo que son, Roscones de reyes del 7 de enero al la víspera de los regalos. Heladitos de barquillo del Señor Rossi, estupenda sorpresa fría de dulce y alimento al espíritu, galletitas de horno tan calientes que casi dañinas para el estómago, pan de higo energético, vivas y diretes de azúcar y sueños, tarascadas de almíbar o caramelo, zurriagos de dulzor al hipotálamo, tartaleta riquísima de manzana reineta, canutillos de manzana, huesos de santo rellenos de.. Turrones moriscos de almendra dulce, azucar y laboriosidad roma, mousses robadas a las nubes y al "cocholate" infantil, camaroncitos de dulce y arcebías de malandrines golosos, Monas escondidas de Pascuas Ouvallas en catedrales condales, Stendhals mojados en magdalenas con recuerdos de Abate Faría, voluptuosos dátiles del desierto, uvas pasas de sacristía, orejones secados al primer primor de las monjas, frutos secos con la aspereza ritual del aceite dulce.
Olores calientes de pan dulce recién horneado una mañana invernal. Naranjas ácidas y algo amargas previendo el destino fatídico y sabroso de la vida.
Todas estas cosas juntas y al mismo tiempo siento cuando estoy con ella. Es por ello, y por resumir la receta, que solo digo: "Te quiero".
En la medina de Tozeur pienso sobre ese viejo pueblo, sabio, inteligente, cuna y vía de comunicación entre los mares: el del centro del mundo y el del arena que nos rodea que fue llamado Taf. Asesinado, asediado o simplemente olvidado por el tiempo murió y con el algunos secretos del norte y del sur, de oriente y de occidente.
Miro sorprendido a través de la ventana del hostal que es llamado hotel caer los primeros copos de nieve en este 14 de diciembre en el desierto.
La mujer y el hijo observaban la televisión con el arrobamiento antiguo del siglo XX. La televisión escupía con obscenidad datos de muerte, vísceras y sangres que se desparramaban, manchando, el hule de la mesa en el que comían. El padre entró por la puerta, y al verlos con los ojos abiertos, aprehendiendo el horror en el salón de su casa, preguntó asustado : ¿Que pasó?. La madre sin dejar de mirar responde: un avión ha chocado...., Sin dejar terminar el padre repregunta: ¿Aquí?. El padre se quita el abrigo y lo cuelga mientras resuena el "No, en.... El padre sorprende en el silencio de su mente el eco de frontón de un "menos mal" aburrido, absurdo y atemporal.
El primero, casi púber, entró asíendo con fuerza su párvulo carnet de jóven revolucionario. aparecía gemelo de su mismidad, con la fuerza irremediable de la juventud y el sabor de vino viejo cuando crea recuerdos imborrables. El segundo de los iluminados tenía la treintena mediada, y a pesar de los descalabros de la vida sostenía en su mano derecha un trozo de pan, pequeño y deleznado, y, cautiva en la mano izquierda, una orgullecida palma en advección que, sin embargo, era llena de callosidades apodicticas.
La terna acababa con el que, en verdad, erraba al acudir al tribunal. Un hedonista en busca de un Parnaso que no acababa de aparecer; vate, orador, excelente y picaflor con fantasismo florentino. También hortera de salón de abacería de tres al cuarto donde se le permitía cargar sal pero no despachar vinagre. Los tres arribaron, con miradas de soslayo entre sí, al estatuido tribunal, iniciático tras su creación por el Sr Goush, mostraron sus credenciales: la media sardineta de poeta, los endecasílabos con su correspondientes didascalias y codas, las pólizas y los dalles. Una vez se verificó el bagaje comenzó el diálogo y las falacias hasta construir, con el risueño pelirrojo tras los cortinones, arquitecturas de oblongas volutas de razonamiento, vacuas sin la catarsis de la razón ni el dulzor de malvasía o de la absenta de la fe: eran solo luces cegadoras. Goush escuchaba con interés, de hito en hito, a los candidatos invisibles; hacía gestos de mono loco, impostaba o atiplaba a ratos la voz por lo bajo con aspavientos mistéricos al cielo o al suelo postrándose de hinojos ante algunas combinaciones de palabras o de danzas numéricas. De los tres sólo uno superó el oráculo; los asertos perdían por Xaloc, por impericia o por capciosidad manifiesta renuente y contumaz. A pesar de los trabajos, los resultados no llegaron a saberse ya que las actas se perdieron tras el desastre, ya por el fuego en la legación, ya por la furia disipada de los pocos que quedaron o por la torpeza venerable, y discreta, de los que vinieron a investigar.
Se prefirió dar el pueblo entero al olvido y al abandono de la hierba rastrojera, para desconocer por siempre el nombre del destinado y el de los dos adláteres coadyuvantes, manchados de sangre de tierra roja y de atardeceres sordos. Decían quienes no olvidaron que fue lo mejor para todos, menos para historiadores y preguntadores de lo que a nadie le interesa. Los muertos quedaron tranquilos con su verdad falsa. Los ajenos no ahondaron en una curiosidad escarpada. Los blasfemos no recordaron palabras ocultas ni rayos salidos del cielo y los lejanos ni siquiera pudieron conocer lo que nadie debía haber visto.
"Quousque tandem abuteris, Catilina, patientia nostra?
Yukio recuerda el sagrado monte Fuji.
Sus pies mojados recuerdan lo seco.
El tiempo pasa en estaciones y en vida.
Yukio Hasazawa ara, siembra, recoge arroz y lo carga.
El tiempo también es arado.
De repente, el mundo se para y en la lejanía
unaenorme rosa de humo se levanta:
Una seta gigante.
Yukio se sorprende cuando un leve grito suena.
El tiempo, el arroz y la vida desaparecerán.
Los haikus son tijeras.
Será llamado solo Yukio Hibakisha.
Mira el guerrero del largo cabello rubio el sol poniente y mesándose la cabeza augura un día venidero doloroso. Los congostos se hacen aún más estrechos y la vida es un camino pino hacia un precipicio.
El viento fuerte y duro le araña la cara y el guerrero, el hombre con la espada en la mano, piensa por un instante en el porqué del andar, el para qué y en el fin. Quizás esperar sería lo mejor o, mejor aún acabar ya sin caer en la cobardía del aferrarse sin dignidad a la vida.
El acabar vendrá pero el sufrir puede evitarse.
Mira el guerrero el sol poniente, se observa de forma nueva las manos, sin embargo aprieta la cabalgadura y sigue avanzando hacia la fatalidad, la incertidumbre y la mala fortuna. A fin de cuenta es un guerrero que vive para hacer la guerra, aunque sea a la propia vida y no cede ante lo predispuesto aunque sea por el destino escrito.
El tímido y pequeño oficinista despierta de la ensoñación instantánea en ese instante y da un paso atrás: El tren está demasiado cerca y ciñe la brida de su montura inexistente con una mano y con la otra el pomo de la espada herida en mil batallas que no está: Se siente dueño de su día.
Paquito ríe, Paquito es tonto, es listo, es vivo, pero es loco. Es tan cuerdo que sus aspavientos y tonterías auguran el futuro.
Paquito corre por las calles, sucio, riente, con la baba cayéndole, hablándoles a todos con su parla de media lengua y su mezquina mirada. Todo Aparicio le conoce, es Paquito, Paquito: el tonto.
Paquito ríe y ríe, y así andaba los días de antes de llegar el malvado Goush al pueblo. Reía y reía con esa sensación de Dixie y de Weimar que predecía algo malo.
El día que el viajante entró en el pueblo, con sus ideas, con sus moscas, con su verbo extranjero y fácil, Paquito dejó de reir, se escondió, huía tras las esquinas. Paquito, sin embargo, también murió aunque puede que no engañado como otros que se creían muy inteligentes y vislumbradores.