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Categoría: Susurros

(218) Gaudio el torcido

bonhamled 26/12/2007 @ 18:33
Gaudio fue un buen extremo, casi vertiginoso como Gento, de los que encontraban la línea de fondo antes que nadie, de regate seco y torcido, a lo Garrincha. La gambeta le regaló el hipocorístico de "Gaudio el torcido" y con ella llegaba al final vital del pasto para enhebrar pases mortales de necesidad. Es lo que llamaban el pase de la muerte.
Si el delantero centro era hábil o vivo el resultado era gol. Tanto Faneca, como Ruíz o Lobo marcaron goles en sintonía y sociedad con el torcido Gaudio.
Gaudio era un corazón libre, libre del dinero, libre de responsabilidades y libre como el viento, enemistó y amistó entrenadores y presidentes que dependían de él más que de la recaudación. Enamoraba a la grada a la que trataba o con displicencia o con generosidad suicida. Cautivaba jóvenes y trasnochaba en previa de partido con una parsimonia e irresponsabilidad divina.

El pase, el disparo, la certera lanzada del venablo del gol se consumaba casi en cada jornada a pesar de la distracción. Era su don y su martirio, su virtud y su pecado.

Gaudio había vivido bien, muy bien, segundo hijo de un tendero español, gastó muchos años de su vida entre la sal de entrada y el vinagre de salida del colmado, gambeteando amarguras, ligando amores y sueños en la tiendita soñando entre cuentas de papel pautado con un día de gloria.
El día de la lesión que acabaría con su carrera deportiva había pasado la noche anterior con una mujer. Gaudio enamoradizo, noctarniego y bebedor fue robado por el caco del amor. Esa mujer, aquella, le robó el aliento y el pensamiento, quizás no durante todo el día pero si durante el segundo antes del regate de el gol. Era gol, se cantaba el gol.
El despiste y la pierna blanda en el choque con el defensa le regaló, como flecha del destino, la lesión de tripleta: némesis original del fútbol. Todo ello se convirtió en la negación del pase antieuclidiano, del regate, del tiempo estirado y del futuro de ricacho.
Se rompió como un sueño prometeico, como el dulce señor Stendt, como la fe de sus amigos. Volvió, entonces,al pueblo, al barrio, a la tienda. Y todo eso aconteció, olimpo, infierno, Dante, con solo veintidós años.

(216) Sección técnica nº 11. Instrucciones para odiarse

bonhamled 22/12/2007 @ 14:01

Algún día, alguna mañana de un martes, sobresaltado y zaherido de tiempo te levantas odiándote.

En un primer tiempo lo achacas al oleaje del subconsciente o a "queseyo" pero el caso es más profundo: siempre es más profundo.

Tu actuar, tu ser, el ver, mirar, el haber dicho o haber callado, el absurdo de verse en el espejo, se vuelven enemigos y torpes. Te ves como un fardo inútil que se mueve sin ritmo y sin gracia, algo así como el más tonto y feo de la fiesta o quizás como la aburrida que todo el mundo evita en el salón de baile.

Este odio interno y profundo suele desperezarse con el avanzar de la mañana, con un desayuno copioso, con una conversación amable o, lo mejor, con mucho silencio. La comparación silenciosa con los demás siempre llena de moral las faltriqueras vacias de por la noche.

Otras veces no, ese odio como un Patrick Bateman real que desearía acabar con el mundo solo por no acabar, egoísmo reconocible, consigo mismo. Si este odio avanza, describe círculos o caminos, se hace interno y crece como una planta parásita pero olorosa en el interior se encuentra uno abonado a la depresión o incluso a la dulcísima locura.

El estallido último puede ser el asesinarse, como si eso borrara el estigma de esa verguenza matutina, o, también enajenarse en otro, convertirse en otro, callarse en medio del ruido para que el tiempo, la farmacopea o el devenir encime y borre, como un alud, esa personalidad grotesca.

En estos caminos se encuentra un porcentaje alto de la población, me atrevería a decir que entre el 71% y el 88%. En ese pasillo terrible es donde habitan vampiros del otro, superhombres y supermujeres de pecho de paloma, arrastrados que dan más gloria que pena, ínfimos adictos a cualquier cosa, religiosos sin parangón y alegres.

De todos ellos los alegres sin más apellidos son los más peligrosos. ¿Porque?, porque hacen los días empezar antes y, por tanto, encontrarse con esa legión de fantasmas cada mañana.

(211) Ayer, en 1984

bonhamled 15/12/2007 @ 06:33

Ayer, en 1984 tenía miedo y hacía sol.

Ayer, en 1984 el miedo comía y se movía entre muebles y personas.

Hoy el miedo me rodea y asedia pero sigo mirando al sol.

Ayer, en 1984, el mundo era una cueva negra pero ilusionante.

Hoy, la incertidumbre se vuelve gris y usada, la ilusión se meteoriza.

Ayer el tiempo siempre era una oportunidad, hoy una gran traición.

Ayer las personas eran fuentes donde beber, hoy bebida ya digerida.

Ayer estar solo y estar triste era todo uno, hoy el estar solo es la simiente de dejar de estar triste.

Ayer estar mal acompañado incluso se agradecía, hoy el estar solo es la mejor, o peor, compañía.

Antes la verdad era matizable y clara, hoy es indiscutible y obtusa.

Ayeres y hoys, bastardos pensamientos de un deja vu eterno.

(209) El ocaso de las ideologías

bonhamled 12/12/2007 @ 05:46

Se pudo leer en el periódico el día siguiente:

"La reunión había sido muy dura, el dirigente principal de la sección marxista leninista pro rusa había pronunciado su discurso el primero. La respuesta a la intervención fue sorprendente por lo tibio y poco acorde a la unicidad de pensamiento, a la búlgara, anterior a ese congreso en el partido.
Los "tercermundistas", con la sección maoista y guevarista a la cabeza, realizaron la autocrítica de manera burda pero eficaz a la primera intervención. A todo esto, el sector troskista intentó intervenir en varias ocasiones, siendo acallado, desde su minoría, tildada de intelectual y, por tanto, burguesa. El jefe de la delegación disidente trostkista miraba al jefe de la sección marxista leninista rusa (visión Stalin, subsección Beria) y, sobre todo, a sus manos por miedo a un piolet tremebundo. Los visitantes esperandos: ni Berlinguer ni Cunhal, ni Carrillo ni Marchais ni ningún otro líder invitado pudo llegar a tiempo para consagrar la reprobación a la continua deriva socialdemócrata y revisionista que tenía el partido".
Mientras el comité central del partido comunista de almadormida (PCAL) discutía a voz en grito en la sede oficiosa de la bodega (los tres afiliados del partido sentados en la mesa), yo pasaba con algunos muchachos jóvenes camino de la era, a las afueras del pueblo, para jugar un partido de futbol en aquel día del principio, fresco aún, del verano.
Sabía, a ciencia cierta, que me perdía un momento glorioso de la crítica a Hegel por ..., o de la critica de Feuerbach por..., de la crítica de Marx por ..., o de la Crítica de Marcusse por ...., o a la Crítica de Heidegger por..... o de la Crítica de Sartre por..., o de la Crítica de Negri por..., pero cambié todas esas arquitecturas funambulistas por el vuelo de un portero a atajar una pelota (de un arquero para parar una bola) en un campo algo polvoriento pero que recordaba, en caballones, a la hierba y a las amapolas.
Mirando por la ventana de la tasca, al ver a la mocería encaminarse al campo de juego sin hacer caso a sus arengas, diatribas y discursos, los políticos supieron que el muro de Berlín había caído del todo y con ellas la mayoría de las ideologías que no fueran eclécticas y flexibles.

(208) Los colores

bonhamled 10/12/2007 @ 18:03

Los colores planos que llenan las vidas.

Los grises eternos mezclados con gris de forja que llenan la verdad de las amarguras saladas.

Los amarillos sucios que se cuelan por rendijas que son cicatrices escaras.

Los azules grisáceos que viven de una ilusión que no ha sido ni va a ser en el ocaso de la madurez.

Los verdes ofensivos donde todo es negro o blanco sucio.

Los colores, los colores como las mentiras poliedros fantasiosos

(209) El nudo Windsor

bonhamled 09/12/2007 @ 19:52

La vida es un nudo Windsor en quince segundos.

Demasiado bonito para lo corto que es.

Demasiado complejo para lo poco que sirve.

Demasiado lioso para hacerlo bien a la primera.

Demasiado sujeto al error como para no repetir.

Demasiado tiempo para algo tan nimio.

Demasiado corto para dar fe de como somos.

Demasiado demodé como para pensar que es trascendente.

Demasiado volátil como para no mancharse con cualquier nimiedad.

Demasiado oficial como para no ser provisional.

Demasiado de nosotros como para no ser mentira.

(205) Historias

bonhamled 05/12/2007 @ 05:28

Se enciende la luz:

El artificiero pone una bomba de tiempo en el estrado del Areópago.

Tiembla Moisés ajeno a gineceos. Espera entre taludes y bambalinas.

La tremenda pajarera albergará a Humbert, a Harry Haller, a Septimus, a Diego o a muerte.

El escritor quizás solo escribe el guión y da la luz.

(198) El actor que huye

bonhamled 26/11/2007 @ 20:02

Peñagaricano repetía el texto afable y diligente en su operación actoral:

- "Mirarse y no encontrarse" - Decía taciturno y torvo.

- "Reía como paloma al vuelo" - y, dando un salto, hacía un mohín hilarante.

Un papel por fín tras tanto tiempo, tras escapar a dos o tres infiernos y volver, viendo los alrededores de Florencia, a su Damasco particular.

- "Mirarse y no encontrarse".

- "Reía como paloma al vuelo".

Gracias tenía que dar por esa puerta reabireta al solar inmenso de su talento. Talento ennegrecido de vejez, deterioro y duda.

- "Mirarse...".

La función, la principal, el último gran ensayo, la eyaculación onánica postrera de nervios e inseguridades sería el jueves. Ensayos y repeticiones, angustias y falta de profesionalidad, entradas para amigos, primero negadas, luego goteadas, llamadas telefónicas, sonrisas y mariposas: Un clásico de las vísperas.

"Peñagaricano volvía", el tipo de letra del cartel anunciador le daba algún cícero de más que al resto de secundarios, los inminentes próximos primeros actores.

El teatro, la mentira bien contada que recrea, para crear, la verdad vive de egos pequeños, maquillaje, banbalinas que es una cosmogonía imperfecta o, mejor aún, una logomaquia de espaldas al mundo cotidiano.

Peñagaricano pidió adelantos, reconcilió personas, amistó directores de sucursal, reunió fuerzas, desdobló críticos.

El jueves por la mañana, dos horas antes del gran ensayo general, Peñagaricano veloz y nervioso tomaba un tren. El traquetreo le llevaría, sin duda, a la muerte.

(195) El precio de la sopa

bonhamled 22/11/2007 @ 19:50

- Menard no sea gritón, no confunda, no rapee, no mezcle hielo y barrotes negros, no me deje inconcluso en el final del relato.

- Ande, acabe y recibirá un nuevo plato de fragante Borshka.

(191) Biografía maliciosa de un ser aburrido: Antonio Bardají

bonhamled 11/11/2007 @ 04:22
En el tiempo en el que le conocí, triste, educado y sibarita, su oficio de contable/registrador le ocupaba el día entero y, si bien su sueldo como pude comprobar era exiguo, sus modales eran de exquisitez florentina.

Después de estos años apenas he vuelto a pensar en él aunque nuestra relación fue bastante intensa. Pero hubiera sido bastante menor de haber sabido entonces lo que hoy se o quizás entonces no me hubiera prestado a ciertas bromas.

El departamento en el que trabajábamos, administración y contabilidad, contaba y medía los cambios y conciliaciones en las diferentes sucursales de "Ahumados Pereyra".

Esa nobilísima casa fue creada allá en los estertores del siglo XIX por Don Dioscórides Pereyra, de profesión primera maestro y después propietario la pequeña tienda en la Calle Oximorones, nº 22 donde, como ultramarinos, vendía, tras el periodo primerrepublicano, todo tipo de ahumados y salazones a las almas de la ciudad.

El negocio avanzaba sin opulencia y con mando firme hasta el día en el que Don Dioscórides confundido, o no, con un peligrosísimo sindicalista de leontina y traje de paño, fue abatido por los guardias de asalto en las algaradas que sacudieron la ciudad en 1912 ó 13. Estas rebeliones eran cíclicas reverberaciones del antiguo motín de Esquilache; que fue el origen de la aversión anidada y atildada por los gobernantes o próceres del país.

La empresa nacida de la herencia de don Verecundo Pereyra y Martianez, padre de Don Dioscórides, que era viajante por la comarca perdidísima de Almadormida crecía gracias al talento fenicio de este último. En el inicio fueron divididos los cuartos del difunto Don Verecundo según el ánimo contemporáneo en alícuotas partes entre sus cuatro hijos, Don Dioscórides era el segundo. Y todo ello resultó la simiente de la riqueza y del abandono de la malponderada docencia sacramental en la que malperdía el tiempo don Dioscórides.

El contable/registrador Antonio Bardají, cuidaba su vida, ordenadísima de trabajo y mesura, con afeites y aceites de todo pelo y añadía a su comportamiento un amaneramiento blando, laxo y algo vergonzante.

Todo ello además de su falta de virulencia viril, era conocido y avanzado al nuevo que llegaba: yo, y resultaba en acicate de frecuentes chanzas por parte de repartidores y dependientes de tienda. Estas mofas y choteos eran severas, pero reprimidas de manera dulce por Don Dioscórides, en el inicio de los tiempos. En la etapa de los hechos, con el señor Bardají en su última etapa profesional, las bromas eran en parte permitidas e incluso a veces alentadas por Don Hugo Pereyra y Quiñones (heredero en la meseta de la vida).

Antonio Bardají soportaba, en recocimiento, más de tres décadas de burlas sobre su amaneramiento y falta de hombría. Sobre este particular ningún dato puedo aportar puesto que aunque me invitó a comer en alguna ocasión más vi amistad de compañero que amor contra natura o al menos contra “empresa”. Tampoco observe esa bilis negruzca que llenó su discernimiento y que le hizo huir como forajido hasta que fue abatido y  prendido, herido, cerca de Ridiera. Acabaría occiso sus días en el garrote más vil con su sonrisa blandona tornasolada de azogues de locura.

En aquellos tiempos perdidos, los granos, las bayas, las ranas e incluso los renores de Almadormida eran muy apreciados en las grandes mesas y eso justificaba la continuación de la viajantía a la cerrada Castilla. Don Dioscórides en sus viajes trajo más de materia, grano y anca que de conocimiento y virtud, sobre todo el día que presentó a Paulino, hijo natural suyo y de una moza de Aparicio, que entró como hijastro admitido en los portones de desembarco de materias.

Años después, hoy, recordé el nombre del pueblo al leer la noticia blasfema y tremenda del periódico y, como un cantarazo, aparecieron el resto de nombres hasta urdir o tejer la historia que cuento, la del pobre y terrible señor Bardají.

A principio de los años treinta, los de los grandes cambios y los grandes arrepentimientos, la pequeña empresita familiar era un pequeño emporio que tenia siete tiendas en Madrid y una en Segovia así como almacenes propios donde se mezclaban las tibias sedas del ahumado noruego (proveniente del puerto de Bilbao), la anchoa de Arencibia o las sardinas arenques de muy diferentes lugares.

En este tiempo y por mor del volátil mercado se perdió el interés y con ello el comercio y contacto con las comarcas de Almadormida y Heria.

El universo de sabores en pequeña salazón fue dulcería dadivosa en comparación con lo que ocurriría cada tarde y cada noche en la ciudad en aquellos tiempos aunque algo de ello se translucía en el día a día de la propia tienda. En este entorno cambiante, recién tomada la dirección por Don Hugo Bardají, fue cuando ingresé en al empresa como contable.

Don Hugo Bardají, algo premioso y muy dicharachero se jactaba de permitir "una libertad y un ambiente”, palabras literales que casaban con su aspecto de figurín, bigote engominado, estupendo chaleco y plastrón y zapatos de diamantina. En esa olla se requemaban las bromas socarronas al Sr. Bardají por parte de todos los allí presentes e incluso del primer mequetrefe que entraba por la puerta o por el portón de cargas. Ni que decir tiene que Don Hugo de manera subrepticia e insincera reprimía sutil con aparentes sonrisas.

Antonio Bardají era un trabajador nato, meticuloso y favorable a la empresa, siempre tomaba las bromas con risa, silenciosa y solo un brillo malicioso, un fulgor que resplandecía incandescente un instante y se apagaba, delataba una perversa procesión interior que huía de iglesias y de fieles (se supo por boca del fiscal después) y que le llevaba por los caminos de caballón y de hierbas gritadoras. De si los sucesos fueron ocasionados por las bromas, bastante consentidas, o por la supuesta relación con el niño Paulino, flor en hoja, no lo quise saber.

Los chicos que cargaban recados, los encargados de bata azul así como los locuaces dependientes de la sede central reían bromas, miraban de soslayo y se hacían aspavientos, cucos y gestos cuando llegaba el Sr. Bardají o, después supe, Paulino.

Se divisaba el almacén desde la oficina de Don Hugo en alto y anexa al portón de entrada. En ese pequeño lugar es donde el Sr Bardají y yo mismo trabajábamos separadas por un mamparo de baja altura. . En ese ambiente y con silencio de misa vigilábamos cuadrantes, tarjetas, billetes y libros contables con la ausencia casi perenne de Don Hugo.

El Sr. Bardají encontraba los descuadres de los balances con inteligencia y rapidez, en verdad es que las fabricas de Toja o de Avilés tampoco se lo ponían difícil, incluso era capaz de vender a los ultramarinos "Serena", “la flor de Andalucía para usted”, con severidad y con presteza muchos materiales rechazados por la villa y corte.  Tal era su maña con pedidos y  facturas.

No se le escapaba ni una broma ni una risa del gesto adusto pero cercano, mascullaba, segaba y callaba. Su edad, indefinida por encima de los sesenta años, dejaba un regusto de cera en su cara, un vitíligo incipiente, una calvicie avanzada y una sensación de tristeza burlona y sorda que no se manifestaba sino por el brillo de sus ojos. Sus manos de garrote, en fase artrósica inicial, tenían algo de escaso en carne y de rapaz que daba miedo ¿Quién iba a suponer que con tan pocos indicios y medios….?

El día víspera del asunto, salí temprano del trabajo y no pude ver como el Señor Bardají se quedaba hasta tarde con Don Hugo. Según los indicios policiales sabidos mucho después cuando terminaron de revisar las cuentas en el soto almacén fueron a cenar juntos a una tasca cercana a pesar de que Don Hugo Pereyra vivía cerca.

Todos temimos que alguna banda de extremistas desalmados con pretensiones radicales de diferente corte hubiera raptado a Don Hugo a tenor por lo que ocurrió después . Sin embargo la huida, la aprensión cerca de Aparicio del Sr. Bardají desbaratado, demenciado y con trozos y pertenencias del finado en sus bolsillos abrió a la policía el gran caso de primer antropófago vengativo de la historia, quizás de la ciudad, quizás del mundo que he vivido y, sin duda, del mundo del encurtido y los ultramarinos del siglo veinte.

De todo lo demás que se habló, del pujo mental que le abotargó, que si endemoniamientos, que si  aficiones contra la iglesia, que amores uránicos o conjuras anarquistas nada se sacó, solo un leve y tenue hilillo de sangre que manchó la silla y el suelo y que le nacía en el muy menguado cuello garrotado de Don Antonio Bardají.