(191) Biografía maliciosa de un ser aburrido: Antonio Bardají
Después de estos años apenas he vuelto a pensar en él aunque nuestra relación fue bastante intensa. Pero hubiera sido bastante menor de haber sabido entonces lo que hoy se o quizás entonces no me hubiera prestado a ciertas bromas.
El departamento en el que trabajábamos, administración y contabilidad, contaba y medía los cambios y conciliaciones en las diferentes sucursales de "Ahumados Pereyra".
Esa nobilísima casa fue creada allá en los estertores del siglo XIX por Don Dioscórides Pereyra, de profesión primera maestro y después propietario la pequeña tienda en la Calle Oximorones, nº 22 donde, como ultramarinos, vendía, tras el periodo primerrepublicano, todo tipo de ahumados y salazones a las almas de la ciudad.
El negocio avanzaba sin opulencia y con mando firme hasta el día en el que Don Dioscórides confundido, o no, con un peligrosísimo sindicalista de leontina y traje de paño, fue abatido por los guardias de asalto en las algaradas que sacudieron la ciudad en 1912 ó 13. Estas rebeliones eran cíclicas reverberaciones del antiguo motín de Esquilache; que fue el origen de la aversión anidada y atildada por los gobernantes o próceres del país.
La empresa nacida de la herencia de don Verecundo Pereyra y Martianez, padre de Don Dioscórides, que era viajante por la comarca perdidísima de Almadormida crecía gracias al talento fenicio de este último. En el inicio fueron divididos los cuartos del difunto Don Verecundo según el ánimo contemporáneo en alícuotas partes entre sus cuatro hijos, Don Dioscórides era el segundo. Y todo ello resultó la simiente de la riqueza y del abandono de la malponderada docencia sacramental en la que malperdía el tiempo don Dioscórides.
El contable/registrador Antonio Bardají, cuidaba su vida, ordenadísima de trabajo y mesura, con afeites y aceites de todo pelo y añadía a su comportamiento un amaneramiento blando, laxo y algo vergonzante.
Todo ello además de su falta de virulencia viril, era conocido y avanzado al nuevo que llegaba: yo, y resultaba en acicate de frecuentes chanzas por parte de repartidores y dependientes de tienda. Estas mofas y choteos eran severas, pero reprimidas de manera dulce por Don Dioscórides, en el inicio de los tiempos. En la etapa de los hechos, con el señor Bardají en su última etapa profesional, las bromas eran en parte permitidas e incluso a veces alentadas por Don Hugo Pereyra y Quiñones (heredero en la meseta de la vida).
Antonio Bardají soportaba, en recocimiento, más de tres décadas de burlas sobre su amaneramiento y falta de hombría. Sobre este particular ningún dato puedo aportar puesto que aunque me invitó a comer en alguna ocasión más vi amistad de compañero que amor contra natura o al menos contra “empresa”. Tampoco observe esa bilis negruzca que llenó su discernimiento y que le hizo huir como forajido hasta que fue abatido y prendido, herido, cerca de Ridiera. Acabaría occiso sus días en el garrote más vil con su sonrisa blandona tornasolada de azogues de locura.
En aquellos tiempos perdidos, los granos, las bayas, las ranas e incluso los renores de Almadormida eran muy apreciados en las grandes mesas y eso justificaba la continuación de la viajantía a la cerrada Castilla. Don Dioscórides en sus viajes trajo más de materia, grano y anca que de conocimiento y virtud, sobre todo el día que presentó a Paulino, hijo natural suyo y de una moza de Aparicio, que entró como hijastro admitido en los portones de desembarco de materias.
Años después, hoy, recordé el nombre del pueblo al leer la noticia blasfema y tremenda del periódico y, como un cantarazo, aparecieron el resto de nombres hasta urdir o tejer la historia que cuento, la del pobre y terrible señor Bardají.
A principio de los años treinta, los de los grandes cambios y los grandes arrepentimientos, la pequeña empresita familiar era un pequeño emporio que tenia siete tiendas en Madrid y una en Segovia así como almacenes propios donde se mezclaban las tibias sedas del ahumado noruego (proveniente del puerto de Bilbao), la anchoa de Arencibia o las sardinas arenques de muy diferentes lugares.
En este tiempo y por mor del volátil mercado se perdió el interés y con ello el comercio y contacto con las comarcas de Almadormida y Heria.
El universo de sabores en pequeña salazón fue dulcería dadivosa en comparación con lo que ocurriría cada tarde y cada noche en la ciudad en aquellos tiempos aunque algo de ello se translucía en el día a día de la propia tienda. En este entorno cambiante, recién tomada la dirección por Don Hugo Bardají, fue cuando ingresé en al empresa como contable.
Don Hugo Bardají, algo premioso y muy dicharachero se jactaba de permitir "una libertad y un ambiente”, palabras literales que casaban con su aspecto de figurín, bigote engominado, estupendo chaleco y plastrón y zapatos de diamantina. En esa olla se requemaban las bromas socarronas al Sr. Bardají por parte de todos los allí presentes e incluso del primer mequetrefe que entraba por la puerta o por el portón de cargas. Ni que decir tiene que Don Hugo de manera subrepticia e insincera reprimía sutil con aparentes sonrisas.
Antonio Bardají era un trabajador nato, meticuloso y favorable a la empresa, siempre tomaba las bromas con risa, silenciosa y solo un brillo malicioso, un fulgor que resplandecía incandescente un instante y se apagaba, delataba una perversa procesión interior que huía de iglesias y de fieles (se supo por boca del fiscal después) y que le llevaba por los caminos de caballón y de hierbas gritadoras. De si los sucesos fueron ocasionados por las bromas, bastante consentidas, o por la supuesta relación con el niño Paulino, flor en hoja, no lo quise saber.
Los chicos que cargaban recados, los encargados de bata azul así como los locuaces dependientes de la sede central reían bromas, miraban de soslayo y se hacían aspavientos, cucos y gestos cuando llegaba el Sr. Bardají o, después supe, Paulino.
Se divisaba el almacén desde la oficina de Don Hugo en alto y anexa al portón de entrada. En ese pequeño lugar es donde el Sr Bardají y yo mismo trabajábamos separadas por un mamparo de baja altura. . En ese ambiente y con silencio de misa vigilábamos cuadrantes, tarjetas, billetes y libros contables con la ausencia casi perenne de Don Hugo.
El Sr. Bardají encontraba los descuadres de los balances con inteligencia y rapidez, en verdad es que las fabricas de Toja o de Avilés tampoco se lo ponían difícil, incluso era capaz de vender a los ultramarinos "Serena", “la flor de Andalucía para usted”, con severidad y con presteza muchos materiales rechazados por la villa y corte. Tal era su maña con pedidos y facturas.
No se le escapaba ni una broma ni una risa del gesto adusto pero cercano, mascullaba, segaba y callaba. Su edad, indefinida por encima de los sesenta años, dejaba un regusto de cera en su cara, un vitíligo incipiente, una calvicie avanzada y una sensación de tristeza burlona y sorda que no se manifestaba sino por el brillo de sus ojos. Sus manos de garrote, en fase artrósica inicial, tenían algo de escaso en carne y de rapaz que daba miedo ¿Quién iba a suponer que con tan pocos indicios y medios….?
El día víspera del asunto, salí temprano del trabajo y no pude ver como el Señor Bardají se quedaba hasta tarde con Don Hugo. Según los indicios policiales sabidos mucho después cuando terminaron de revisar las cuentas en el soto almacén fueron a cenar juntos a una tasca cercana a pesar de que Don Hugo Pereyra vivía cerca.
Todos temimos que alguna banda de extremistas desalmados con pretensiones radicales de diferente corte hubiera raptado a Don Hugo a tenor por lo que ocurrió después . Sin embargo la huida, la aprensión cerca de Aparicio del Sr. Bardají desbaratado, demenciado y con trozos y pertenencias del finado en sus bolsillos abrió a la policía el gran caso de primer antropófago vengativo de la historia, quizás de la ciudad, quizás del mundo que he vivido y, sin duda, del mundo del encurtido y los ultramarinos del siglo veinte.

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