Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis Píde la luna en Zebehar

Categoría: Vicios, Virtudes y Venturas

(191) Biografía maliciosa de un ser aburrido: Antonio Bardají

bonhamled 11/11/2007 @ 04:22
En el tiempo en el que le conocí, triste, educado y sibarita, su oficio de contable/registrador le ocupaba el día entero y, si bien su sueldo como pude comprobar era exiguo, sus modales eran de exquisitez florentina.

Después de estos años apenas he vuelto a pensar en él aunque nuestra relación fue bastante intensa. Pero hubiera sido bastante menor de haber sabido entonces lo que hoy se o quizás entonces no me hubiera prestado a ciertas bromas.

El departamento en el que trabajábamos, administración y contabilidad, contaba y medía los cambios y conciliaciones en las diferentes sucursales de "Ahumados Pereyra".

Esa nobilísima casa fue creada allá en los estertores del siglo XIX por Don Dioscórides Pereyra, de profesión primera maestro y después propietario la pequeña tienda en la Calle Oximorones, nº 22 donde, como ultramarinos, vendía, tras el periodo primerrepublicano, todo tipo de ahumados y salazones a las almas de la ciudad.

El negocio avanzaba sin opulencia y con mando firme hasta el día en el que Don Dioscórides confundido, o no, con un peligrosísimo sindicalista de leontina y traje de paño, fue abatido por los guardias de asalto en las algaradas que sacudieron la ciudad en 1912 ó 13. Estas rebeliones eran cíclicas reverberaciones del antiguo motín de Esquilache; que fue el origen de la aversión anidada y atildada por los gobernantes o próceres del país.

La empresa nacida de la herencia de don Verecundo Pereyra y Martianez, padre de Don Dioscórides, que era viajante por la comarca perdidísima de Almadormida crecía gracias al talento fenicio de este último. En el inicio fueron divididos los cuartos del difunto Don Verecundo según el ánimo contemporáneo en alícuotas partes entre sus cuatro hijos, Don Dioscórides era el segundo. Y todo ello resultó la simiente de la riqueza y del abandono de la malponderada docencia sacramental en la que malperdía el tiempo don Dioscórides.

El contable/registrador Antonio Bardají, cuidaba su vida, ordenadísima de trabajo y mesura, con afeites y aceites de todo pelo y añadía a su comportamiento un amaneramiento blando, laxo y algo vergonzante.

Todo ello además de su falta de virulencia viril, era conocido y avanzado al nuevo que llegaba: yo, y resultaba en acicate de frecuentes chanzas por parte de repartidores y dependientes de tienda. Estas mofas y choteos eran severas, pero reprimidas de manera dulce por Don Dioscórides, en el inicio de los tiempos. En la etapa de los hechos, con el señor Bardají en su última etapa profesional, las bromas eran en parte permitidas e incluso a veces alentadas por Don Hugo Pereyra y Quiñones (heredero en la meseta de la vida).

Antonio Bardají soportaba, en recocimiento, más de tres décadas de burlas sobre su amaneramiento y falta de hombría. Sobre este particular ningún dato puedo aportar puesto que aunque me invitó a comer en alguna ocasión más vi amistad de compañero que amor contra natura o al menos contra “empresa”. Tampoco observe esa bilis negruzca que llenó su discernimiento y que le hizo huir como forajido hasta que fue abatido y  prendido, herido, cerca de Ridiera. Acabaría occiso sus días en el garrote más vil con su sonrisa blandona tornasolada de azogues de locura.

En aquellos tiempos perdidos, los granos, las bayas, las ranas e incluso los renores de Almadormida eran muy apreciados en las grandes mesas y eso justificaba la continuación de la viajantía a la cerrada Castilla. Don Dioscórides en sus viajes trajo más de materia, grano y anca que de conocimiento y virtud, sobre todo el día que presentó a Paulino, hijo natural suyo y de una moza de Aparicio, que entró como hijastro admitido en los portones de desembarco de materias.

Años después, hoy, recordé el nombre del pueblo al leer la noticia blasfema y tremenda del periódico y, como un cantarazo, aparecieron el resto de nombres hasta urdir o tejer la historia que cuento, la del pobre y terrible señor Bardají.

A principio de los años treinta, los de los grandes cambios y los grandes arrepentimientos, la pequeña empresita familiar era un pequeño emporio que tenia siete tiendas en Madrid y una en Segovia así como almacenes propios donde se mezclaban las tibias sedas del ahumado noruego (proveniente del puerto de Bilbao), la anchoa de Arencibia o las sardinas arenques de muy diferentes lugares.

En este tiempo y por mor del volátil mercado se perdió el interés y con ello el comercio y contacto con las comarcas de Almadormida y Heria.

El universo de sabores en pequeña salazón fue dulcería dadivosa en comparación con lo que ocurriría cada tarde y cada noche en la ciudad en aquellos tiempos aunque algo de ello se translucía en el día a día de la propia tienda. En este entorno cambiante, recién tomada la dirección por Don Hugo Bardají, fue cuando ingresé en al empresa como contable.

Don Hugo Bardají, algo premioso y muy dicharachero se jactaba de permitir "una libertad y un ambiente”, palabras literales que casaban con su aspecto de figurín, bigote engominado, estupendo chaleco y plastrón y zapatos de diamantina. En esa olla se requemaban las bromas socarronas al Sr. Bardají por parte de todos los allí presentes e incluso del primer mequetrefe que entraba por la puerta o por el portón de cargas. Ni que decir tiene que Don Hugo de manera subrepticia e insincera reprimía sutil con aparentes sonrisas.

Antonio Bardají era un trabajador nato, meticuloso y favorable a la empresa, siempre tomaba las bromas con risa, silenciosa y solo un brillo malicioso, un fulgor que resplandecía incandescente un instante y se apagaba, delataba una perversa procesión interior que huía de iglesias y de fieles (se supo por boca del fiscal después) y que le llevaba por los caminos de caballón y de hierbas gritadoras. De si los sucesos fueron ocasionados por las bromas, bastante consentidas, o por la supuesta relación con el niño Paulino, flor en hoja, no lo quise saber.

Los chicos que cargaban recados, los encargados de bata azul así como los locuaces dependientes de la sede central reían bromas, miraban de soslayo y se hacían aspavientos, cucos y gestos cuando llegaba el Sr. Bardají o, después supe, Paulino.

Se divisaba el almacén desde la oficina de Don Hugo en alto y anexa al portón de entrada. En ese pequeño lugar es donde el Sr Bardají y yo mismo trabajábamos separadas por un mamparo de baja altura. . En ese ambiente y con silencio de misa vigilábamos cuadrantes, tarjetas, billetes y libros contables con la ausencia casi perenne de Don Hugo.

El Sr. Bardají encontraba los descuadres de los balances con inteligencia y rapidez, en verdad es que las fabricas de Toja o de Avilés tampoco se lo ponían difícil, incluso era capaz de vender a los ultramarinos "Serena", “la flor de Andalucía para usted”, con severidad y con presteza muchos materiales rechazados por la villa y corte.  Tal era su maña con pedidos y  facturas.

No se le escapaba ni una broma ni una risa del gesto adusto pero cercano, mascullaba, segaba y callaba. Su edad, indefinida por encima de los sesenta años, dejaba un regusto de cera en su cara, un vitíligo incipiente, una calvicie avanzada y una sensación de tristeza burlona y sorda que no se manifestaba sino por el brillo de sus ojos. Sus manos de garrote, en fase artrósica inicial, tenían algo de escaso en carne y de rapaz que daba miedo ¿Quién iba a suponer que con tan pocos indicios y medios….?

El día víspera del asunto, salí temprano del trabajo y no pude ver como el Señor Bardají se quedaba hasta tarde con Don Hugo. Según los indicios policiales sabidos mucho después cuando terminaron de revisar las cuentas en el soto almacén fueron a cenar juntos a una tasca cercana a pesar de que Don Hugo Pereyra vivía cerca.

Todos temimos que alguna banda de extremistas desalmados con pretensiones radicales de diferente corte hubiera raptado a Don Hugo a tenor por lo que ocurrió después . Sin embargo la huida, la aprensión cerca de Aparicio del Sr. Bardají desbaratado, demenciado y con trozos y pertenencias del finado en sus bolsillos abrió a la policía el gran caso de primer antropófago vengativo de la historia, quizás de la ciudad, quizás del mundo que he vivido y, sin duda, del mundo del encurtido y los ultramarinos del siglo veinte.

De todo lo demás que se habló, del pujo mental que le abotargó, que si endemoniamientos, que si  aficiones contra la iglesia, que amores uránicos o conjuras anarquistas nada se sacó, solo un leve y tenue hilillo de sangre que manchó la silla y el suelo y que le nacía en el muy menguado cuello garrotado de Don Antonio Bardají.

(190) La muerte del angel Negro

bonhamled 09/11/2007 @ 06:14

Era una tarde de fuego y frío. El ángel negro levantó su ira por encima de la vida y de la muerte, como era su dolor, y por encima del sentido y de la conveniencia. Como un camino hacia un Damasco plagado de muertes empaladas.

Su Némesis, aquel tibio y agresivo traficante de drogas, llevaba en sus manos la desesperación para muchos y un mal egoísta de muerte y llanto. Como el del ángel negro. Lleno de muerte en su interior buscaba una redención rencorosa en el mal ajeno, en la justicia demiúrgica, en un descabalar piafante que buscaba al galope un fin.

El narco Maltese sacó su pistola cuando el ángel negro y sus guardaespaldas entraron en el bar y, casi inmediato acudió una lluvia de hidras venenosas de colmillos afilados de bala.

Muertos aquí y allá, casquillos de bala, de venganza, de sorpresa, de muerte y de maldad. El ángel negro mira y ve como se ha quedado sin guardaespaldas, algunos muertos, otros huidos. Desarmado y casi vencido augura su final terrible. El narco Maltese se acerca hacia el con los ojos enrojecidos de miedo, rabia o venganza.

El ángel negro ve acercarse la muerte y se agarra, torpe naufrago, en una última necesidad heroica a la vida. Es una entelequia natural que parece negarle lo que buscaba: una carrera hacia su propia redención. El buscar una vida donde ha dejado de serlo.

En el instante que el Narco Maltese buscaba su cuchillo para hendírselo en el corazón, como a los enemigos, una luz casi apagada cruzó el pobre salón del bar, formica y terrazo sucio de serrín y servilletas. Ni lo vieron los huidizos que escapaban de su escondites tras la balasera, ni algún malherido que quedaba, solo Maltese y El ángel negro ambos heridos en su interior e ilesos en su exterior. La turbiedad de sus personalidades se iluminaron apenas un instante Se miraron sorprendidos y se pararon ya prestos al  epílogo de la muerte .

Sebastiano Maltese se acercó, una vez el rayo se apagó y desapareció. Sus ojos fieros se naturalizaban y su rictus de terror agresivo desaparecía para volver después. Casi amable le susurró al oído unas palabras que no eran suyas y con una voz que casi retumbó grave y trascendente.

- Se lo que has sufrido, pero nada has de temer ahora, tu camino ha acabado.

El ángel negro desapareció, de repente, y ante la revelación, miró a los ojos, del narco Maltese. Los ojos ateridos, duros, pero cálidos como caparazón de cucaracha eran ahora cercanos y descubridores de un laberinto de calidades y de caridades.

El narco Maltese, vuelto a su ser tras esa transposición rápida, le hundió el cuchillo en el corazón, y según manaba la sangre se iba vaciando el recipiente odiado de la vida del ángel negro. Moría, moría, moría.

El ángel negro murió sonriendo, reconciliado, y escapó por fin a su terrible condena: la muerte. Se acerco a una puerta luminosa con un rayo incandescente y mortecino en la mano que, sin embargo, fue la única luz que vio durante años. La muerte era su redención y su fin.

El resto, fue solo una noticia sorpresiva en los diarios: "El famoso empresario XXXXX XXXXXXX muere en una refriega entre narcotraficantes.

El conocido y desafortunado XXXXX XXXXXXX muere de forma fortuita cuando en el establecimiento en el que se encontraba se originó una trifulca entre clanes mafiosos que originó la muerte del millonario"

(189) El lloroso melómano o la urna

bonhamled 07/11/2007 @ 05:57

Pide una nueva canción triste, al piano, en el bar con música, en la calle cerrada y oscura, en el mundo que le oprime.

Su traje desabrochado, el cuello de su camisa abierto y la corbata en esa posición que revela o bien alegría tremenda o bien desespero absoluto esperan su próximo paso hacia el abismo o hacia la redención como actores necesarios de una némesis.

Pide una canción, pide una copa y abraza la pobre bolsa de plástico que esconde un objeto. Tapado, grande, inoportuno, desconocido.

Los parroquianos del bar le miran, ve como bebe en silencio, como pide canciones para que le torturen con las canciones más tristes y melancólicas. Los que pasan o quedan ven como abraza esa bolsa de plástico que en su translúcida claridad deja entrever recipiente que podría ser un jarrón o una urna o quizás un recuerdo querido.

Miro desde el otro lado de la barra, escuchando el mundo, y tomando un whisky antes de volver a casa y dormir tranquilo. Un día de duro trabajo.

El lloroso, entrelloroso quizás, sigue su vía crucis de dolores externos y musicales, de tormenta interna y de abrazos concernidos e implorosos a ese recipiente.

Pienso, inadecuado, que ese objeto, quizás jarrón con tapa o quizás urna pequeña podría ser un recuerdo de un amor, el retazo de la melancolía de una casa abandonada o de una familia perdida. Quizás el último objeto repartido de una herencia golosa o puede que el objeto infame manchado de sangre de un robo con violencia.

La curiosidad, en el ruido musical y jazzistico del local, no me deja irme sin más. El lloroso pide una nueva canción "Piano man" de Billy Joel y sigue bebiendo lento pero dirigido. Aguzo el oido, presto atención a su silencio e hipidos e intento extraer entre sus gluglu de pez alguna pista.

¿Una urna mortuoria?, pienso mientras entreveo en la bolsa plegada en sus brazos un negro y un dorado mortuorio. Quizás la muerte de su amor, de su hijo o de su padre. La desesperación física reducida a polvo y ceniza - en polvo se convertirá..-.

Es una urna y lo que guarda no era la droga que esperaba que contuviera, ni quizás un explosivo amenazador sino la bomba atómica implosiva de la muerte de un ser querido, amado, imperdible. El ahogarse en el alcohol y la tristeza esconde el ahogarse en la muerte y la vida.

El ya lloroso se dirige trastabillando al retrete dejando descuidado sobre el mostrador algo pringoso del Jazz bar la bolsa. El camarero asiente cansado al requerimiento sin palabras para que no deje que la roben. El gasto realizado en el bar merece esa pequeñísima atención. En el instante que el cliente lloroso y melómano se pierde hacia el fondo a la derecha el camarero deja de mirar la bolsa.

Me acerco, despistándome, e intento entrever en la bolsa de la alcaicería del dolor colocada sobre el mostrador. Al paso pero deteniéndome intrigado miro de nuevo: es un frasco de cristal, sin adornos dorados y vacío.

Me sorprendo, pero me sorprendo más aún cuando el balbuciente lloroso cruza, mientras vuelve, su mirada con mi curiosidad, frente a frente, uno junto a otro inquiriendo con su mirada a mi curiosidad impenitente e impertinente.

(188) El efecto Babel inverso

bonhamled 05/11/2007 @ 06:14

Aquel día se levantó con un leve dolor de cabeza, como un turbante de plomo apoyado sobre el pelo. Sin embargo se percató de un detalle detonante, sorpresivo, sustantivo.

El primero de los sucesos ocurrió un día por la mañana, sin mayor cambio. En su ser comenzó a escuchar y entender las palabras de otros idiomas. No es que las entendiese en verdad sino que "sabía que decían".

Conversaciones en el metro, el dial de radios extranjeras, las televisiones ignotas empezaron a mostrársele fáciles sencillas. Lo atribuyó a un no se que desconocido, un efecto babel inverso.

oía las voces primero entendía las palabras, las frases, los contextos en una epifanía lógica muy alegre de conocimeinto.

Tras ese entiendimiento del vehículo de la comunicación comprendía poco a poco y luego de forma abrupta las intenciones, los porqués, los egoísmos apenas disimulados, los intereses bastardos, las negaciones torpes y el daño por el daño.

Su mente y su cuerpo poco dado a estas epifanías de conocimiento y dolor empezó a somatizar todo ese veneno esparcido en todas las personas, muy diluido pero aspersado: los niños entre si, el abusador de las mujeres, el agresor de los débiles, el detentador de poderes, loa variopintos colores del egoísmo y del daño al ajeno.

Poco despúes, no más de una semana, era un saco de huesos sin más carne que la que protegía y cubría sus capacidades taumatúrgicas. El daño era tal, el dilema era tan fuerte, el poder de su visión se manifestaba tan claro que prefería esconderse a oscuras en su cuarto de pensión antes que cruzarse con quien parecía un tímido sonriente y solo era un dragón dispuesto a matar.

Un poco antes de morir empezó a ver por encima de las voces, las intenciones y los lenguajes un número en negrilla extraño macizo, sans serif, negro o rojo. Y descubrió, no tardando mucho que era el número de años o meses dependiendo del color a cada persona para morir. Para la tremenda sentencia de muerte.

Veía decrépitos ancianos con años por vivir superiores al de jóvenes en flor. Niños a punto de morir sonriendo inocentes, mujeres embarazadas que sabía que no darían lugar a una nueva vida. Crueles maltratadores y violentos que superarían cualquier condena en la cárcel. Incluso un poco antes de morir vio ese mismo reloj con apariencia notarial avisarle de que su tiempo se agotaba en la cama del sanatorio.

"El enfermo Don XXXX XXXXX XXXXXX ha fallecido el día de ayer a las 23:30 horas como consecuencia del tumor cerebral que se le había diagnosticado hace dos meses. Las medidas paliativas lograron reducirle el dolor aunque no los delirios y gritos que solo pudieron eliminarse mediante somníferos y tranquilizantes".

(187) Hombre medio y mujer estándar

bonhamled 02/11/2007 @ 14:58

El hombre medio sale con su baja estatura y compra un periódico dictado.

La mujer estándar se arregla el pelo y en su casita en los suburbios espera el tiempo para aguardar. Espera una verdad que no se revela y una rebelión que nunca se dará.

Tan proteica es la vida desalada, sucedánea y aligerada que merece la pena vivirse. Las rocas son de mentira, el atrezzo conseguido, los papeles bien interiorizados pero es tan cómodo y tan agradable la somnolencia que mejor no sacudírsela.

La mujer estándar espera a su marido a la salida de las rebajas y el hombre cuenta, mientras ella ensordece, los problemas de la oficina, envidias, rencores y sonrisas rictus.

Los niños salen del colegio o van a la universidad mientras para todos sigue igual de narcotizado el rango de apreciación por la inane falta de interés.

La televisión vomita gritona consignas sabiamente entreveradas alrededor  de consejos publicitarios y verdades falaces y faltonas.

(184) Nuclear

bonhamled 28/10/2007 @ 19:30

Telaraña entre dos juncos en el puente,

Cuando el aire que se vuelve fluorescente.

Bomba que arrasa y asesina.

El muñeco cabecea, Viento terrible y caliente.

(183) Instrucciones para descreer de las ideologías

bonhamled 26/10/2007 @ 05:07

El liberal se queda mirando sin esperanza la hoja con el finiquito de su empleo perdido. Su modelo se tambalea, no hay un mundo de oportunidades y de benevolencias ocultas esperándole.

El socialista mira al cielo, desengañándose de la necesidad de que lo suyo hubiera de repartirlo con alguien. Sobre todo ahora que las cosas van mejor.

El anarquista mira al suelo y en la suciedad encuentra la necesidad de un barrendero, un jefe de barrenderos, un concejal de limpieza, un alcalde, un presidente, un empresario, el jefe de la patronal, el chivato del sindicato, la misa diaria y la tripa burguesa.

El comunista encuentra en la comunidad la necesidad imperiosa de favorecer a su cuñado, de guardar para su hijo, de enaltecer lo propio y de negar al más pobre. Por solo poner un ejemplo.

El conservador, de repente, ve tambalearse su partenón megisto cuando una niña pequeña, guapa y rubia le habla en un idioma extranjero. Además es pobre.

El nacionalista en añicos de espejo en el suelo cuando sale de su parca casa y ve casas mejores, culturas mayores, hablas más profundas, personas más íntegrasy, además adornadas con la fe de la hospitalidad.

El ecologista toma el coche todas las mañana para ir a comprar el periódico que se queja del cambio climático creciente.

El obrero espera su cornucopia efervescente para convertirse en constructor. El constructor hubiera deseado que sus ciento volando se convirtieran "uno en mano" y vivir cultivando un pequeño huerto.

El inmigrante sufre gota a gota y día a día, restañándose las heridas con el estaño templado del ostracismo.

La televisión chilla, para que la oigas, susurra para que la oigas, canta para que la oigas, grita para que la oigas, musita para que la oigas. Espera que al oírla al final la escuches y tu deseos se conviertan en compras.

(180) Taf

bonhamled 22/10/2007 @ 05:10

Taf lindaba con el gran mar de muerte. Con la ola gigantesca de arena y caravanas.

Más al sur, acabada la sed, se abría la sabana donde los mercaderes de Timbuctú intercambiaban libros y señales. En aquellos tiempos, los últimos de Taf, todavía tenía El reino Songhai una munificencia que se conocía en las tierras de Africa y Asia. Aunque era desconocida en la fría Europa. Sus gritos, sus lamentos fueron desoídos junto con todas la historias. Su conocimiento no.

Que hoy nos preguntemos de lo legendario de la ciudad de sabios y mercaderes, de cabalistas y de enjuiciadores en una especie de añoranza histórica y legendaria nos da un poco más de esa incomunicación por siglos.

(175) El pésame

bonhamled 14/10/2007 @ 07:33

La mano se convierte en nervuda y por la boca de la manga caen, como agujas de pino, la tristeza del momento solemne.

En la mano receptora, fría como mármol, callada como mármol, pétrea como mármol, solo un tañido casi oculto de frío latido batiente recuerda la vuelta de la ola de la vida.

La tez mortecina, el cansancio, la situación, los ojos hundidos en cuévanos sin tesoro, la boca en rictus de nervio y el cuerpo desbaratado en un nervio eléctrico.

Una lágrima nostálgica cae, un grito apagado calla, una mirada, agresiva mira al yaciente.

En las manos que se entrecruzan en el baile del cabeceo y la jaculatoria unas gafas.

Quizás eso sea la vida donde se entrecruza lo pragmático y lo desconocido.

(172) La escalera de Ispahan

bonhamled 07/10/2007 @ 15:41

Llegaba tarde, llegaba tarde, cada día llegaba tarde y al día siguiente tenía que volver a salir corriendo de casa para llegar, casi ahíto, al andén de tren y bajar las escaleras y volverlas a subir. Sólo en el tren se sentía seguro: Alea Jacta est.

Llegar al destino, no al final, sino al más cercano y embadurnarse de nuevo de prisa para llegar al trabajo. Comenzar el día con estrés, desayunarse estrés, y convivir con la tensión, como una sombra que acompaña, durante toda la jornada. Era algo extenuante e imprescindible: el jugo de la gran ciudad. La continua carrera huyendo o buscando.

Cada día capturaba su atención las escaleras mecánicas y las gentes pausadas, lejanas, tranquilas que iniciaban el día con ese inicio pausado y procrastinador que tanto se diferenciaba de su bautizo de la mañana.

El elemento metálico ruidoso, con un eco reverberante casi imperceptible en la vaciedad del hueco de la escalera que soporta y permite superar esos desniveles de vértigo, el zum zum de los pasos, de los adelantamientos, por la izquierda, del habla de algunos de lejos, del rugido de algunos cercanos. Todo ello como si fuera un bodegón sociológico de la mañana con prisas le llamaba la atención como si fuera un arca de Noé inclinada cuarenta y cinco grados.

Subía las escaleras mecánicas con el zumbido del motor, algunos chirridos prestos a formar la siguiente parada de la escalera, siempre con quejas de los viajeros. En ese momento y mientras subía, aterido de prisa, embalsamado de esa pez amarillenta que es la angustia del trabajo, con la mente ya en la mesa se cruzó con el anciano del traje azul. El anciano subía y junto a las jovencitas, el señor mayor sin prisa ni sueño, los trabajadores extranjeros, y algún que otro adormilado de traje apareció un señor de traje caro, apostura casi de galán de cine de los años cincuenta, tersa cara y cuello a pesar de tocar con la mano los setenta años, blanco bigote de kaiser o de húsar y endomingado y engominado pelo cano más por las patillas y frente que por la cabeza. Parecía escapado de una película de vodevil o de gangsters del siglo pasado.

Se quedaron mirando en el instante eterno que las conjunciones hacen cruzarse las escaleras que suben con las que bajan. El señor comenzó a sonreír y el atareado burócrata, el ligero corredor de las mañana se abrió de bruces. La velocidad llamó a su puerta y se abrió, todo corriendo, enseñándoles verdades que nunca son gratis, pasados que podrían ser multinterpretados, realidades de las que no se percató: clarividencia y lucidez en la hora de acabar de vencer el día del sueño. Todos estos prolegómenos e hipótesis le hicieron desembocar, como si se arrojará por un tobogán en una última y brillante idea: “Aquel día sería el de su muerte”.

No se diga el porqué ni el como, ni en que extraño ritual o conjuro extrajo esa información en la larga, larguísima escalera mecánica. Si fue de las mortecinas luces, de los techos de fibra de vidrio, del bullir pecaminoso de acedia o de cualquier otra cosa que ayudó a esa epifanía, nadie sabe como conoció esa realidad, no lo conocemos, tan solo que se cruzó con un elegante anciano de terno impoluto azul marino y sobrevino el ataque.

Llegaba casi a la oficina, apenas cuatro edificios más a paso ligero, para evitar el sudor, mirar el reloj un par de veces y pensar que ya empezaba retrasado, ese era su día. Pero antes de llegar al falso último escalón mecánico, pétreo, metálico y como peinado con una peina para retirar piojos cayó exangüe llegando a Ispahan. Nunca más se levantó.