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Categoría: Vicios, Virtudes y Venturas

(256) Canto una canción pero no me se la letra.

bonhamled 31/03/2008 @ 07:39

El sol llena hasta tal punto el cielo que impide mirar y ver. Es luz portadora de verdad y no permite ver otra: no hay otra.

El aire se licua de calor, frío o intermedia laxitud que es difícil respirar: no se respira se deja la vida poco a poco en déficits anóxicos.

Las voces solo indican un camino, un paso, una alegría de fe que querrían quienes albergan la oquedad de la libertad: la duda es su sitio. El silencio cuchicheado, secretista, víspera de mucho... al final solo es pobreza y tristeza. Tristeza al sol.

Los claros portadores de esa antorcha no dudan y lo saben, sus fines son tan loables que todo lo pueden. El sol tanto les ilumina que su claridad es insoportable.

Este sol frío, amarillo, luminoso y terrible es la dictadura: una apnea de dolor insoportable al tacto y un escondite.

A ver si comienza a llover y todo ello acaba. Quizás cuarenta años íberos, quizás cincuenta años cubanos, setenta rusos, mil chinos, un millón de los esclavos negros o de los falsamente manumitidos indígenas.

Tarareo: "Llegará, llegará ..la tormenta que anuncia el cielo".

(253) El amor dulce

bonhamled 19/03/2008 @ 06:43

Muchas cositas ricas: muchos dulces de ambrosía, de esos que nos gustan tanto, con almendra, mazapán suavísimo, delicado al paladar, !Cómo se deshace!, como esos otros, puro visillo de hojaldre con natas batidas y con cremas sabrosas, pestiños con sabor a la Meca. También dulces de ocasión, eternas yemas, fantásticas milhojas, centeniales dulces de batata o de boniato, queridas castañas caramelizadas degradadas del marrón glacé.

Buenísimos panettones y dulces de mora, los otrora infantiles arroces con leche, etéreos y ya actuales, chocolates curales con palentinas, trufas de chocolate con algo de su calentura tropical amasada por las manos blancas de las monjas. Brownies de chocolate africano que lleva a la locura del spleen (y del hígado), mascarpone revertido en dulce tiramisú, torrijitas fritas con canela olorosa, vinos de jerez y moscatel que liban almíbares y saliva, dulce de leche americano con herreruelas de Martín Fierro.

También se cuenta con alfajores de los que vienen los niños a comer corriendo y sorteando cuestas pinas en días soleados de invierno, donde, al solaz de la despensa y la alacena se difuminan los cansancios. Flanes, púdines y nubes condensadas que fueron líquidas para ser ahora sólidas, o vivir en el terreno fronterizo entre el suave tacto sólido a la lengua, la untuosidad material del líquido y la divina esencia gaseosa de los olfatos y gustos.

Ensaimadas con cabello de ángel que lian al seguir su trayectoria, petisús insufribles si no fueran ..lo que son, Roscones de reyes del 7 de enero al la víspera de los regalos. Heladitos de barquillo del Señor Rossi, estupenda sorpresa fría de dulce y alimento al espíritu, galletitas de horno tan calientes que casi dañinas para el estómago, pan de higo energético, vivas y diretes de azúcar y sueños, tarascadas de almíbar o caramelo, zurriagos de dulzor al hipotálamo, tartaleta riquísima de manzana reineta, canutillos de manzana, huesos de santo rellenos de.. Turrones moriscos de almendra dulce, azucar y laboriosidad roma, mousses robadas a las nubes y al "cocholate" infantil, camaroncitos de dulce y arcebías de malandrines golosos, Monas escondidas de Pascuas Ouvallas en catedrales condales, Stendhals mojados en magdalenas con recuerdos de Abate Faría, voluptuosos dátiles del desierto, uvas pasas de sacristía, orejones secados al primer primor de las monjas, frutos secos con la aspereza ritual del aceite dulce.

Olores calientes de pan dulce recién horneado una mañana invernal. Naranjas ácidas y algo amargas previendo el destino fatídico y sabroso de la vida.

Todas estas cosas juntas y al mismo tiempo siento cuando estoy con ella. Es por ello, y por resumir la receta, que solo digo: "Te quiero".

(250) 11M in memoriam

bonhamled 10/03/2008 @ 20:45

La muerte es de hierro: Cuajada de negra sangre, frío y caliente de muerte. El humo es negro y gris túnica postrera de la némesis. El humo es la blonda de la muerte, como un heraldo.

El suelo brota en rocas marcianas, de trozos de alma y pedazos de risa, sonrisas, momentos y vida ajados, deslavazados, ajenos entre sí, chirriando como en locura, retumbando en un instante eterno. Bailando sin estar y riendo sin sonido, en una locura de eterna sinrazón. Un zumbido fuerte, muy fuerte ataca.

Ese instante dura la vida, una vida acaba en ese instante, un reloj marca un segundo, una vida se extingue,

una segunda luz negrísima deflagra y tiñe aún más de tibia muerte los gestos asombrados de los hermanos. Mancha de yeso las caras de los hombres y los convierte en calaveras polvorientas, por el tiempo, por el daño, por el estruendo sin música del estrambote.

Hoy es eterno, la muerte es eterna, su lluvia funesta y triste no parece acabar.El aumbido grave y siniestro de timpano tañe cronográfico en los interiores.

El hierro se puebla de mis trozos, el mundo se vuelve mi enemigo,

la naturaleza manipulada por los malvados hiende mis carnes, me muere, me asesina, me abre el pecho y se lleva mis vísceras,

quedo sin mi cabeza, sin mi alma, sin mi espíritu y sin mi corazón, solo lo fácil de robar

Se acabó el futuro, la risa y el tiempo. En este instante eterno, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero, me muero."

(248) Levanta la sutileza

bonhamled 07/03/2008 @ 06:44

Levanta la sutileza y no te dejes llevar por el abotargamiento de los sentidos, incapaces de digerir más.

Siente el vacío y la llenitud de la sensación, la vida, el tiempo. No intentes ahogarte, en vida, en mujeres, en edades: es erróneo.

Procura sentir ese poco más que es la diferencia cualitativa y cuantitativa, no pretendas zambullirte en la sensación: solo lleva a la muerte.

Siente el sonido flojo, el sabor suave, el sentirse austero, el vivir completo.

Porque otra solución al final cansa, al final agota, incluso de uno mismo.

No hay otra solución que beber a pequeños sorbos, comer a pequeños mordiscos, vivir a pequeños pasos.

Porque eso sorbos, mordiscos, pasos son las materias de las que se construyen las sombras del recuerdo que amplificarán lo maravilloso de lo parco y disminuirán, hasta la eliminación, aquello que cansó.

No nos dejemos caer en las redes del más sino del mejor, juguemos con el recuerdo a nuestro favor.

Pensaremos, también que el tiempo es nuestro.

(247) Enemigos

bonhamled 04/03/2008 @ 07:51

Aquellos poetas que se sientan, que gastan chaleco y leontina, que viven por las mañanas de redactar fantásticos y sesudos vademecums y por las tardes de convidar a aduladores en café demodés son enemigos naturales.

Aquellos poetastros que riman con versos perfectos de una canónica regalía como si las musas se aposentaran en sus cognacs caros, en sus ideas profundas en sus profundidades trascendentes, son enemigos naturales.

Aquellos literatos que tejen un libro como Penélope tejía pero solo para engañarnos, para engrosar su cuenta, para acudir a cenáculos de poder, alternar con analfabetos banqueros y aparecer en la panoplia taxidérmica de sus paredes, son mis enemigos naturales.

Aquellos jóvenes que nacieron viejos, son mis enemigos naturales.

Aquellos políticos que hieden cuando se lavan y cuando no, que me prometen el cielo como aquel Ícaro, y que son sonrisas opacas y tumbas blancas, son mis enemigos naturales.

Andaba por Valencia y me senté en una terraza a tomar una cerveza, no iba solo, mire y encontré estas famas de las que hablo y me sorprendí a mi mismo con esas ínfulas de gilipollas.

Al cabo de minutos un héroe de la calle, de aquellos con mil pasados y mil reproches a si mismo apareció buscando mi misericordia como agua de regadera. Le senté en la mesa, comimos y hablamos. Al acabar, tuve la sensación de que me había lavado.

Este, éste último, el drogadicto callejero, mil veces invisible y otras tantas denostado, este que es carne de odio, este, este que da asco por sucio, por lejano y por derrotista. Este, como digo, este, no es mi enemigo.

(245) Sinecuras

bonhamled 29/02/2008 @ 07:21

El aire refleja con voluntad cilíndrica la vida.

El haberse bajado los tirantes opresivos de la vida social ayuda.

El hoy y el mañana tienen como nombre un "si" que ayuda. La angustia rodea el mundo sin tocarlo.

La tranquilidad y el autopensarse toma posesión como Colón, rodilla en tierra e infunde ese tiempo y ese aire que ha faltado.

El vivir mejor por el vivir más, un negocio que sin duda merece la pena.

(243) Negro

bonhamled 25/02/2008 @ 07:20

Ni un Dashell Hammet ni tampoco un Chesterton o un Spillane, todo es mentira. Lo negro no es ni libre, como dicen algunos que crean iglesias, ni tampoco bello.

Es sólo la negación de la luz, como el exceso de ella también lo es.

La pequeña oscuridad, las pequeñas entendederas y el vislumbrar el futuro es lo que nos puede dar aire.

Si esto que escribo es aburrido, lo siento pero es la única verdad que puedo encontrar quizás como un pequeño Rieux entre litros, kilos, y conciencias llenas de peste.

(241) La enfermedad humana

bonhamled 20/02/2008 @ 04:47

Era un dolor siniestro como de farola abandonada en una esquina de un suburbio: luminoso como estrella, vértice de un dolor grande que se le revolvía como lagarto nervioso.

Sentía, tras la larga enfermedad, que su cuerpo estaba enjuto de carnes, la piel cetrina y cérea y con ese aspecto escamoso de la falta de hidratación. Sentía dolores en las coyunturas, en la piel casi inexistente, en los cuévanos terribles de sus ojos y en su cabeza.

Un dolor que le acompañaba desde hace tiempos, con esa fatalidad que destina la muerte para quienes les ha llamado y están en la esperanza de escapar a la trampa. Ese era el día.

Aquel día se sentía un poco mejor y la medicación en el hospital le permitió un poco más de lucidez. Había estado orando durante semanas al dios del sueño para evitar gritarle al dios del dolor. Ahora, viendo una pequeña luz en el camino se despedía y volvía a considerarse, como un reconocimiento propio.

Le dolía el cuerpo y el alma, el cansancio de la enfermedad, como el del caminante, le lleva a pedir que se acabe el camino, la espera, el daño.

Suena en su cabeza el tamborileo incesante de un millón de soldados, los gruñidos y quejidos de miles de huesos al entrechocar, los escalofríos y pulsiones inexistentes en todo el cuerpo. Es la resaca de los grandes dolores, hermanos pequeños que lo emulan frente a un telón casi sin escenario de enfermedad. Un viático hacia el precipicio paranso por hondos barrancos y acantilados.

De repente un "¿has despertado?", le resuena en la cabeza, mira a derecha y a izquierda y no ve nada. Espera más voces y las confunde con ruidos o naderías que pueblan la clínica: aquellos visitadores, unos pocos médicos de consulta, alguna atareada enfermera. Al cabo de un tiempo, no mucho, y como temerosa la voz se repite: "¿Me oyes?". Asustado Jesús G entiende que no hay nadie en la habitación. Su mente se burla de él, como habitando y habilitando ese espacio lleno de barbitúricos, sedantes, y medicamentos que le han ayudado a vencer, en parte, a la enfermedad terrible que empieza por C. Su mente le juega malas pasadas, su cuerpo apenas puede resistirse y desde esa misma mente que es oquedad y cueva le llega el eco demiúrgico de nuevo. "Estás mejor, yo también lo noto" sentencia parsimonioso.

Duda, el enfermo, si llamar a la enfermera, si pensar que un Dios que le ha tenido olvidado de repente le vuelve a considerar o dejar, de nuevo su mente tormentosa vagar en los rescoldos de los cócteles pletóricos de medicinas. La voz, sin embargo no para y no le deja actuar, minusválido cansado.

"No he podido hablarte, pero soy parte de tu enfermedad, de tu dolor y de tu espera. Lamento tener que haberme manifestado así pero no podía hacer otra cosa. Mi intención es ayudarte para que me puedas ayudar. ¿Me ayudarás Jesús?".

Jesús observaba con esa paciencia asumida y fatalista de los enfermos la tormenta de sensaciones, lugares y escalofríos que le recorrían el cuerpo. La parla interior le dejaba como escuchando el murmullo de un agua lejana o de un charlatán. Nada decía y nada respondía.

De repente la enfermedad, llamemosla así, se enfada y le grita, y arremete más, y le cuenta: "Si, he sido tu enfermedad pero ahora puedo ayudarte, déjame que te explique como ha sido todoy  porque estoy aquí. Porque no me conoces pero lo que soy puede ser algo fantástico y nuevo. Algo que signifique mucho para ti y, también, para mi".

Jesús G cansado le dice un “déjame” con el sabor mestizo del polvo del camino y de la vida. La enfermedad le habla de nuevo, nunca calla, le cuenta, le dice, le indica incluso aquellos secretos que nadie sabe, el devenir del mal en su cuerpo para, al final y de manera sorprendente decirle. "Yo también soy un ser humano, soy un pequeño cuerpo, un homínido en tu interior que te necesita para salir, porque, Jesús, no necesito que mueras para que yo pueda salir.

Jesús G se desespera en su locura aparente llena de dolores, ruidos y frases en su cabeza y llama a la enfermera, primero mediante el pulsador gastado y al final a gritos desesperados.

"Calla Jesús, calla, mira te voy a demostrar que puedo ayudarte, no te va a doler ni vas a sufrir más. Voy a a intentar acomodarme para que estés mejor". La enfermedad, homínido terrible, se acomoda en la celda enferma del cuerpo de Jesús G y al instante, deja de doler y deja ese sopor como de viento de verano de la ausencia del dolor. Una sensación casi olvidada tras meses de dolor encadenado.

Jesús vuelve a pensar en el pequeño hombre y por una de sus llagas escaras, terribles, originadas por la quietud y el estatismo del enfermo oye el bisbiseo del humanoide interno, "Jesús, debemos ser amigos, yo ya no necesito que pases más dolor para desarrollarme, ayúdame".

Jesús, de repente, y algo más convencido de esa epifanía lanza un casi inaudible suspiro: "¿Quién eres?". La enfermedad hominal le responde por esos orificios pequeñísimos de su espalda y brazos. "Soy un amigo, casi un hermano, otro yo que ha tenido que servirse de ti pero que ahora quiere devolverte lo que te ha quitado".

"¿Un genio?", pensaba divertido Jesús G, es curioso como tras el dolor el humor aparece con la esperanza en los enfermos. "No", sonreía la enfermedad siendo hombre, "en realidad no soy un genio, solo soy tu, un trozo de ti".

Jesús bromeaba con lo que era un delirio o una mentira de su mente aunque, en el fondo, una incertidumbre de frío y calor le recorrió la espina dorsal.

"Jesús, no vas a morir, te recuperarás pero para que esto sea así, me has de ayudar a que salga, si crezco más te mataré y no puedo salir por mi mismo. Hasta ayer u hoy no he podido hablarte a pesar de que casi no quepo ya. Procuro que mi presencia te duela lo menos posible pero cada día es más difícil. Ayúdame y te ayudaré".

Jesús dejaba de escuchar, incluso en la bonanza de la ausencia de dolor. El ensimismamiento del enfermo y el tiempo transcurrido había domesticado su mente de un potro salvaje y ahora no quería más espejismos, más dolores, falsos o verdaderos, más mentiras ni mas conjuros.

El homínido se rebeló por fin y dando un tirón le hizo exclamar un ay profundo como herida de hierro candente. "Escúchame Jesús, escúchame. Se que no me crees, lo veo en ti mismo pero has de creerme. Si no me crees levántate y ve al aseo".

Jesús G, tras el dolor agudo y existente y ante la tardanza procastrinadora de la enfermera decide levantarse, acudir al aseo, con pasos inseguros como temiendo el dolor perenne pero ahora no presente. Entra en la escasa estancia de de la sala de baño y se encuentra con su cara demacrada, antesala de la muerte, su cuerpo pequeño, aligerado, casi hueco y se da la vuelta hacia la taza pétrea y blanca de la loza para orinar. En ese instante y por los huecos del pijama, siempre más abierto y frío que lo que marcaría el pudor y la dignidad de la persona, ve las llagas terribles del estar tumbado durante semanas. Por ellas parece salir un silbido bisbiseante como de neumotorax pero no lo es, es la voz, imaginada o no, del homúnculo escondido.

"Jesús, miráme ahora, a través de las llagas", Jesús G no puede resistirse, por la curiosidad, por el aburrimiento, por la abulia, por la ganas de terminar, y dirige sus ojos hacia una de las llagas, el homúnculo que es el nombre de la enfermedad, asoma un ojo pequeño, verdoso, por el orificio aterrorizando al Jesús G. La muerte le ha mirado, la muerte desde su propio interior.

(240) Restrepo

bonhamled 18/02/2008 @ 19:12

Ecuaciones de mi vida.

Matemática de Leibniz y de Newton.

Física de Ptolomeo.

Vida de Aristóteles y Stoia igualitaria,

Girondinos, jacobinos y mucha guillotina: donde me siento yo.

Releo y miro. Y releo. Y pienso y pienso.

La migraña se apodera de mi cerebro.

El dolor llena de estrechez mis hombros... cualquiera....

Ni hablo ni escribo.

Grito, resentimiento y lágrima.

Lloro y se me abren las carnes...

Como y cago, seguro, seguro.

Hasta que muera , ¡claro!

Respiro un aire ponzoñoso y expulso, a veces, pura ambrosía del aire... no lo entiendo pero lo asumo.

(237) La tertulia

bonhamled 06/02/2008 @ 19:27

La propuesta era curiosa y, al tiempo tentadora. Ignoraba, entonces que entre los que se encontraban en esa mesa de reunión, tertulia y habladuría había quien tenía ese poder. El porque tenía ese poder y que hacía escuchando a quellos escritorastros, pintorastros, culturastros no se conocía. Quizás el lo conociera con su omnisciencia difusa.

Entonces me decís, que entre elegir conocer a Dios o conocer a otra persona, preferiríais casi sin duda conocer a Dios.

Se rasco su barba rala y blanca y luego la cabeza, con el vitiligo incipiente de una vejez no tan incipiente.

El docto profesor pensaba muy rápido mientras quien habría de concederle cualquiera de los ejemplos hipotéticos esperaba, como esperaba cada vez que se sentaba allí con el silencio y con la admiración por aquel pequeño gran sabio.

Buen, si suponemos que Dios existe el poder estar delante e incluso preguntar podría ser muy interesante aunque su voz, su conocimiento, sus ideas y su razonamiento pudiera ser, al menos, tan ignoto e inextricable como su mera existencia o no para los que aquí estamos.

Por otro lado si Dios no existiera, el volver a la tierra después con las manos llenas de nada, con la certeza casi inmoral de que nada hay, ningún principio rige y solo la benevolente querencia del ser humano por redimirse es lo que ha construido un mundo artificial de moral, religión, comportamiento y ética.

Sin embargo conociendo a otro ser humano, cualquier, y conociendo de su sentir, de su saber, de su existir y de su devenir podríamos, en último caso y si tenemos tiempo suficiente extraer, extrapolar o, incluso, definir por similitud, cercanía lo que nos une, lo que nos hace juntos, lo que pudieramos tener de lo mismo.

En esa situación de conocimiento múltiple, más allá de los sentidos, y más vinculado por las sensaciones no empiricas que por cualquier otra cosa. No se me pregunte solo ese ser otro puede explicarse siendo otro y nunca he sido otro, si acaso uno otra vez y de ahí he obtenido que se siente y se ve otras cosas y otro mundo.

Como digo siendo algo parecido, conociendo se podría conocer lo que tenemos de común. Ese común podría ser muchas cosas entre ellas el vínculo inicial, cotidiano, no vinculado a la cultura ni al desarrollo intelectual sino a lo más orgánico. Por abundar, indiquemos que eso le podríamos llamar Dios o naturaleza o coincidencia, quizás.

Ese “Dios, naturaleza o coincidencia” sería, necesariamente existente, a diferencia del caso anterior. Y solo la posibilidad de conocer, de admitir la presencia de un ser supremo con argumentos diferentes al primario verlo pero que igualmente podrían llevarnos a la conclusión sin el desarraigo instantáneo ni la incomprensión de enfrentarse el gigante lo harían, si, quizás mejor.

Creo que preferiría conocer a otro semejante desde dentro y siempre y cuando no significase su menoscabo y, mucho menos su muerte. Esa sería mi elección, el pastel o filete que puedo comer: Ver el mundo desde dentro de un semejante.

El nervudo, algo achepado y sonriente caballero del fondo reconoció la bondad del razonamiento y de esa grandeza de enano que gobernaba, por desgracia no muy abundantemente, a los seres humanos. Se dispuso, puro pensamiento, a conceder esa capacidad.

El mundo se paró excepto para el profesor y escritor frustrado. El mundo, el café, la mesa blanca de mármol de la tertulia acabaron calladas y silenciosas como en una congelación. El tiempo se paró, “se paró”, y solo pudo ver en este acontecer polidimensional al taciturno, socarrón y siempre agradable farmacéutico del final. Sus chistes, sus viales extrañísimos y su sincera y sencilla vida le hicieron acreedor de esa mesa de comentario letrada pero no hasta la sedancia, especialista pero no hasta el aburrimiento.

Ambos mirándose, sorprendieron el tiempo con su charla. El farmacéutico le explicó su situación y lo poco común que era que él tuviera ese interés por un humano. El profesor no creyendo lo que veía, hace un instante todo era bullicio, tintineo de botellas y tazas y frases solas aquí y allí en el café. Ahora el silencio total solo se llenaba de la voz profundísima, no la recordaba tan profunda, y amable de su amigo. ¿Era su amigo?, no cabe duda de que si.

¿Quién habrá de ser la persona que elijas habitar?, ¿Cuánto tiempo la habitarás?, ¿Cómo prefieres que esto se haga?

El profesor con su mano en la barba y un poco más de miedo de lo normal se volvió a rascar la cabeza, vio inmóviles a sus amigos y el silencio que como aguacero había y se levanto algo sobre la silla.

No tengas miedo, amigo, no tienes nada que temer. ¿Cuál será tu elección?.