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(304) Televisión 05-09-2008 GTM 1 @ 06:18

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El horizonte que tomo prestado me deja un sentimiento que es profundo mentira.

El espanto de cara de papel se muta de mutismo, de dibujos arabescos de volutas sin más norte.

Un constructo interno me rebosa de vísceras, bilis y humores malhumorados.

Televisión, televisión y televisión.

Por no decir veneno, cosas por hacer e hipnosis.

(303) El secreto en Almadormida 03-09-2008 GTM 1 @ 07:12

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-!Que bonito es el secreto!. El desconocer ese mundo oculto que como gruta de tesoro se esconde en cada uno, mantener ese ahorro de uno mismo.

En ese instante mientras el párroco, ya avezado y avisado, recorría las mentes párvulas con sus conceptos metódicos y rápidos para prosélitos cruzó Goush con sus jóvenes. Risotadas y paso ágil.

Secreto, el secreto es el pasado, claridad y luz, luz y razón, razón y tiempo.- Decía con una voz suficiente y dopplerizada como para hacer que cualquiera se le uniera.

Sin embargo ni la luz era tanta y la razón era solo un rastro de moscas que desde siempre había seguido sus ventas por Aparicio, comarca de Almadormida.

El sacerdote se quedó pensando, su fe no admitía muchos meneos pero su razón si merecía un monumento en su interior: el rubio mentía y dentro de poco todos lo conocerían.

(302) El español y el agua 01-09-2008 GTM 1 @ 17:26

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El español reniega de sus vísceras y sus trapíos.

El español enrolla en sus rollos de lata toda su prosodia y retórica.

El español cainiza cada lunes y cada martes.

El español niega lo blanco por aceptar lo negro que niega el blanco.

El español mira a su nadir teniendo que levantar sus pies.

El español busca con un ojo al mesías mientras con otro lo derroca de su columna.

El español se desespañoliza para volver, lázaro, a una españolidad digna de traicionarse cada segundo.

El español odia al suelo y al cielo, al derredor y al jerarca.

Pero cuando el agua cae, el español se rasca la cabeza, parece cosa de mago o de dioses.

El español espera que termine la sagrada lluvia para continuar con la acechanza, la maledicencia, el brío retador y la autoantropofagia.

(301) Yo no soy Benedetti 27-08-2008 GTM 1 @ 17:20

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Yo no soy Benedetti por eso digo corazón: coraza: carozo.

Ánima eterna en la lejanía de los centímetros y entre la lupa eterna, también, de mis lágrimas ajenas, ventosas y airadas de leve céfiro.

(300) Metro 24-08-2008 GTM 1 @ 11:54

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El metro destapa, la capa de la ciudad.

Olores y gentes, enemigas, baratas.

Indecencia y suciedad, orines y mentes

Huyentes, vacías, heredad de no tiempo

miento, y vivo entre vías, matad antes del crimen

Entes, seres, líos, hachas de himen, turbiedad

Sin lugar, bebes y muertes, casas y días.

El metro destapa, traquetreo infernal

El tiempo, el odio, la vida, el funeral.

La música demasiado alta, estentórea.

Preseas de una vida que no es:

La vida canora, huida, mala, hija del rugido y del chirrido.

(299) Poeta 16-08-2008 GTM 1 @ 03:28

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El poeta mirando por la ventana,

Se ajusta el cuello de su linda camisa

Que rima con su flequillo de moderna factura

Con una mano negadora de la bonanza y la sonrisa.

Espera la hora de la comida con la mano en la leontina

Duerme la siesta, sin amargura, espera a un no mañana.

Se atusa la vida y reduce el devenir de la vida

Espera un mañana mejor.

(298) Sobremesa en Gordale´s 01-08-2008 GTM 1 @ 07:43

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Gordale entró en la habitación, la trasera del restaurante, miró a derecha y a izquierda, el fulgor apagado del revolver pareció iluminar algo al fondo.

Casi oculto por unas cajas pero con el rumor del a prisa ahí estaba Colósimo, con el arma en la mano pero oculto como un tejón.

Gordale disparó antes de tener total conciencia de que allí estaba, Colósimo gimió ligeramente y, a ese signo, Johny Gordale vació su cargador.

Con tranquilidad recorrió el pasillo de vuelta, acalló con un dedo al cocinero y a la camarera que temblaba y dio suavemente con la punta de su zapato de lindo cuero rojizo a los cadáveres de sus antes amigos Bruno Comuzzo, "El tijera" y Salvatore "Bibi" Stracci.

Salió del restaurante, el calor de Nueva York a las dos de la tarde le manchaba su traje, tomó el coche que le estaba esperando y se fue a su bar. Allí esperaría las felicitaciones y recomendaciones. Era un buen soldado.

(297) Cara de perro 29-07-2008 GTM 1 @ 05:18

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Miro con cara de perro a la muerte.

Con la cara más feroz.

La muerte me sonríe desde arriba con su sonrisa abierta.

Resisto y miro, mientras un alfiler se clava en mi corazón, en mi cabeza, en algún lugar recóndito donde deposita una semilla.

Aún así y viéndome naufrago miro arriba, observo su fina tela negra, su sonrisa lejana .. pero aún así miro con cara de perro a la muerte.

La gran dama se vuelve pero yo no dejo la cara de perro. La vida lo pide.

(296) Lejos, muy lejos 27-07-2008 GTM 1 @ 20:41

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La muy hosca realidad se reflejaba por fuera en la ventana mientras un extraño humo verde parecía rodearle de una manera etérea y dulzona. No se asustaba pero tampoco era común eso que se le mostraba a sus ojos.

Se miró en la mano y ese humo fue una reverberación de la luz sobre el cristal, una realidad aparente. Un eco luminoso verdecillo, escaso, ralo baladí e inconexo. Un crujir de traviesa o de crujía sobre la superficie de canto rodado de sus articulaciones.

Madrugó por la mañana y se miró a los zapatos desatados, esperó en la caseta de la obra que sus manos hábiles fueran capaces de hacer un nudo gordiano, rápido a desatarse cuando menos conviniera. Liarlo al infinito para necesitar una espada para desembrollarlo, Intentó a ciegas y sin ruido hasta que el ruido del hacer le despertó de nuevo. Y se aprestó, ahora con la pátina brillante de la realidad, a acudir a su trabajo en la obra. Un Dracón miraba desde la muerte de su nube dispuesto a aplicarle las penas de sus delitos, delitos internos y delitos interiores.

Salió del portal sin sonrisa pero sin truco, sonrió a un papel en la calle y el tenue fulgor de las luces por encima de los bajos edificios cercanos le ocasionó un cierto hastío y sensación de vértigo. Un amor eterno y total hacia el vórtice al que asomaba, un amor a una muerte inexistente y un agarrarse al último arbusto en la caída del precipicio. Un abismo asomado a el mismo que se manifestaba en esas horas tan primeronas y frescas de la mañana.

Se acercó al coche y constató sorprendido que estaba donde lo dejó la noche anterior y no había sufrido daño alguno, se acercó a la puerta y reflejado en el cristal, sucio, del coche observó de nuevo el humo verde que le salía del cuerpo como una humeante realidad que el tenue azogue del cristal transparente era capaz de ver pero que él no conocía. Un vapor  de ducha  inadecuada su presencia en ese momento. Sonreía de nuevo sin causa y porqué. El vigor de ese vaho verde parecía llevarle más que sus propias piernas o su propio ser. Miraba las volutas reflejadas en el cristal ahora mezclada con el desorden del interior del vehículo o entre la espalda de un amanecer ya terciado.

Arrancó el vehículo, inmóvil consecuentemente durante las ultimas ocho horas, con su mano derecha mientras su mano izquierda hacía algunas operaciones repetidas y cotidianas y su mente volaba lejos de donde estaba...  Buscó y encontró un nirvana real que le alejó de la realidad humeante... encontró ese mundo pero que, sin embargo, tampoco era real sino un nudo más en la cuerda de su pensamiento...

Condujo suavemente hasta el trabajo, muy cercano, sin sonrisa, sin pena pero con un cansancio inmisericorde... el cielo era bastante azul, a pesar de que la noche lo había teñido de verdes ambarinos...polares, boreales, antárticos  Hiperbóreos.

Los fantasmas de la noche dejaron pasar de manera ordenada y orando a las realidades de la vida... vida no deseada, ni buscada que se acercaba a presentarse sin apenas sonreír, y con el daño reflejado en el semblante... Se le apretujaba en el espacio que va desde la garganta al estómago y algunos llaman esófago y otros eternidad, una multitud de pequeños gigantes llamados con nombres grandilocuentes como: miedo, sueño, cansancio, hastío, fin y muerte. El último vestía aparentemente con una capa de fieltro negro con tintes verdosos.

El dueño del fuego y el amo del viento apenas tenían nada que ver con él mientras desenredaba el lío de aparcar y colocar el vehículo... tareas domésticas alejadas de su fuego interior y de la sorpresa diaria del estar. Los dioses que conjuran el devenir de las cosas, la sinfonía atípica de los seres humanos, su danza maldita y la locura que apresa y une todo como una pieza metálica llena de esencia e intencion, no se percataron del hecho cotidiano del aparcar el vehículo, el andar erguido hasta el lugar de trabajo y comenzar, solazado en sus vísceras herrumbrosas en el barrizal de su propia persona.

La vida amanecía, la luna moría como ídolo no adorado...  El sol mientras iba saliendo pintaba el cielo azul de las añadidas nubes gruesas y retorcidas como cuerdas, el sonido de un arpa a lo lejos le despertó de su sueño, y volvió al samsara de la realidad... dejando su realidad paralela dormir entre hojas de loto en las alturas, humeantes y verdes que enrojecían con el mero contacto con el aire como esos haluros lábiles que la vida le llevó a conocer.

La arquitectura de ángulos, vértices y aristas no dejaba ver el futuro y, apenas, el pasado cercano... que ya conocía como la noche... Es curioso como esas arquitecturas, maquinarias y bestiarios animales lleno de tuberías, vigas, dispositivos y circunstancias eran molinos que en realidad eran campos dulces de naranja, quizás en una mirada neutral y algo menos interesada, las hubiera detectado algo más verde de lo natural, pero, ¿quién era neutral aquí? Se escondía de si mismo tras esas estructuras parduzcas y sucias, no era capaz de ver los condignos eternos, las consecuancias posibles solo aprecíaba el valiosísimo filo de las aristas, el pico del vértice, el extremo dañoso y final de una pieza de metal vieja. En eso se convertía su andar en un via crucis de arañazos, heridas, erosiones y contusiones variadas. Lo acogía con la locura del bendito o del santo pero en realidad era con la falta de cuerda en el reloj de la cordura.

Las arquitecturas afiladas de vértices posibles eran, para el a veces cuchillos romos cortantes como del diablo y otras veces apenas venablos o espadas cortísimas que afloraban en el suelo a su caminar, inofensivas. Un animalario bastardo de dolores, daños, penas y causas se le amontonaba desde la mañana a la noche, siendo en esta donde campaba con irreal libertad.

Empezó y volvió, sumo de manera clara y resolvió los problemas con los silogismos de los que partía pero en su interior el hambre, el miedo y la desconfianza se hacían señores ahuyentando al sol y a las nubes. Tautologías y cuchillas de Ockam se revolvían contra el siempre actuando como en un juicio contra su propio defendido, el puro víscera y pura superficie de piel resistía, vencido, hasta el final.

El ideario y la ideología profesional le borraba durante un instante la marca taraceada en el cerebro de cuero que ocupaba su caja capital. Ataujías del dolor y el daño sin la marca del estigma del dolor con consecuencia, era un instante de daño congelado por eras.

Se interrumpió el sueño del día, según acabo su jornada laboral para percatarse de que alguien había manipulado su vehículo, se sorprendía y se restregaba los ojos con terror y una sonrisa, veía esparcidas por el interior de su coche infinitas y minúsculas flores verdes, como un oasis en el medio del desierto... entro y sonó como voces celestiales que le llamaban a la soledad, al mundo baldío y vacuo y a la desidia... se resistía mientras andaba de nuevo a casa con convicción...  el mundo resurgía, negro y malvado. Rodeado de flores, verificadas en dos o tres entradas consecutivas al vehículo, se encaminaba a la parquedad de su casa, grande, y se sentía rodeado de una felicidad abyecta y lejana representada en aquellas flores del mal, verdes, verdosas, amarillentas de lima, verdes.

Llegó a la oquedad de la casa tenebrosa donde, por no bajar persianas y echar cortinas, el sol entraba como amo y señor apuntando con sus rayos geométricos y perfectos las cosas, los sentidos y los sentimientos. La luz era tan clara que todo lo oscurecía algunas cosas se tejían con colores: el blanco del presente, el negro del resto, el rojo de la sangre real, el azul del cielo del día, el amarillo del sentimiento presente, todos ellos colores inexistentes y, por supuesto el verde entre ellos. Había visto su intimidad desvirgada de manera subjetiva pero clara como el día, como ese día, como muchos días anteriores a ese.

Abrió la boca y comenzó a manar a borbotones el humo verde como por todos los orificios de su cuerpo, incluyendo temibles y pequeñísimas corrientes por cada poro... En fin, aquello no era común, sin embargo anduvo unos pasos hasta la habitación, se retiró la ropa sucia y sudorosa como una cuerda y volvió al salón donde ver la televisión como liturgia catártica donde la vida pasa en verde y en negro. Seguía saliendo ese humito verde de sus poros, el desdeñó a esa vida externa como algo de importancia mientras vislumbraba la hosquedad y la zafiedad de la televisión, inmerso en un horror televisado desoía un horror reptante hacia él. La televisión se asomaba a su abismo sin fondo y se regodeaba de las tibias y verdecillas flores que crecían en los escarpes eternos de ese abismo, un vigia desde el farallón veía lo absurdo y lo ilógico del momento, preveía un futuro que casi siempre tiene un traje gris y es difuso pero ahora tenía un traje de fieltro negro con brillos verdosos.

Se azaró al reconocer un ruido en la casa, el bisbiseo tenue de otra persona le hacía llorar al instante en miedo consonante, pero sin embargo está ahí. Decidió levantarse aunque no lo hizo hasta que el sonido hubo cesado... cuando pudo alzó su corpachón torpe y violento y llamó a voces a la casera. No era. No estaba, no era nadie, no pudo tampoco cercionarse desde su sofá cobarde. Creyó que nadie había, nadie estaba, se pasó, acabó, como pensaba y creía que acabaría ese pequeñísimo infierno donde jocosas y dulces maquinarias infernales jugaba con su mente februlenta cada diez segundos.

Salió del salón con miedo atávico y con una gota de verde sudor que le caía de la comisura de los labios para encontrarse... de manera abrupta con su propia imagen en el espejo, rodeada por diablos, señores de la guerra portando terribles armas y cabezas de enemigos en sus manos y una sencilla cruz blanca en el fondo de su pecho. Se dio la vuelta, dando la espalda a la puerta de su mente que era ese espejo..nada había allí, como era de esperar, cuando daba de nuevo la vuelta, las calaveras, las caras terribles esbozaban risas variadas entre la carcajada abyecta y el rictus algo amable.

Miró de nuevo algo preocupado por la imagen que había aparecido, mientras un noble rayo de sol entro por la ventana y girando y haciendo extrañas y sensuales curvas le ilumino el semblante... cariacontecido y con un rictus de desesperanza en sus ojos volvió al salón donde le esperaban la insondable futilidad del pozo baladí de las debilidades y vanidades humanas en la televisión, desaparecieron en pequeñas etapas trasparentes y verdosas todo cuanto había visto, quedó una corriente, inexplicable, de aire en el corredor y un olor acre a verde.

El sonido de la televisión, algo sordo, y vociferante le despertó del sueño de su vida para devolverlo al sueño de la casa. Encontraba lejanas letanías en el canto de las bisagras al abrir las puertas y dulces oradores y atriles en cada esquina de su casa como un mundo ignoto y atestado. Una música del desamparo, un concierto inerme. Todo era sueño y realidad, mezclado, aparente y turbio, mezclado sin razón y presentado a su mente para comer de manera desordenada.

Las arpas que se oían en su cabeza provenían del mundo exterior que, había empezado a crearse instantes antes y emergía del submundo de la ficción cerebral como una partitura de compuestos químicos, hormonas, sinapsis y movimientos sin cabeza ni fin. Tatachán, fluuuu, fluuu..fluuuu.

Ignorado e ignorante apenas se colocaba delante del mundo prismático de su vida, encontraba expectante el silencio de sus soles, de sus humos y de sus cuerdas.

El hambre se apoderó de él pero no encontró nada con lo que poder hacer huir al fantasma de sus miedos cuando se presentó como sencillo y sordo fragor, como de contención, de no estar, un ruido ostentoso y pirotécnico de silencio en su cocina. Alquimia básica de supervivencia que se travestía en su actividad de enganche con el mundo un pequeño lugar necesario donde anclar su nave que bogaba sin rumbo, singlaba sin timón.

Conocía la deriva de su pensamiento pero lo atribuía a un movimiento cartesiano de su mente ante la prolongada estancia lejos de su familia, de su medio, de su mundo. Lo sumía en un pasado futuro, como justificando, ya, su fin y su concepto: "no fueron buenos días, exceso de responsabilidad y de trabajo, disgusto.....". Esa causa encontrada en el presente y proyectada al futuro era, para el, su consuelo: Pasará, todo esto pasará. Luego comprobó que pasaba porque todo, juramentado por el tiempo, pasa, incluso el fin, pasa.

Se levantó y comió apenas unas migas desconocidas, mezcladas con líquidos agradables a su mente y paladar pero que eran esbirros pagados para acabar con él. Volvió con la prisa de un retirado a su aposento real donde la vida y la ventana era todo uno. La ventana con espasmos y explosiones comentaba hechos y situaciones acontecidas más allá de donde el sol se pone... (quizás donde nunca hay sol).

Los huesos de su cuerpo se tronzaban como una cuerda por encima de su límite de resistencia apareciendo esquirlas de hueso, a trozos de cuerda deshilachada y ocre. Unas manchas de sangre verdosa y macilenta casi seca manaban a borbotones en la habitación oscura de luz eléctrica, Esta sangre pestilente, y neutral, tan pronto tocaba el suelo, con alborozo y algarabía, se convertía, otra vez, en humo verde y denuevo , este se disipaba corriendo, rayo incomprensible anclado en u pasado que se daba en ese instante.

En las fraguas del dios vulcano o hades, los mercuriales ladrones y viajeros reían viendo en los reflejos de la lava la triste y agónica angustia del hombre. Su risa eran bisnietos de pensamientos paganos, hijos de sensaciones dormidas y hermanos de locuras inconcebibles: eran de nube a sus oídos, su vagar juguetes eran hilos movidos por esos diosecillos de la lava y los vapores sulfurosos que, sin embargo, no existían.

La suciedad aparecía y desaparecía de su cuerpo de su casa como llagas volantes y corredoras... las encontraré, comentó él mientras sonreía con una sonrisa de conejo.

El pájaro se fue y también el toro y el caballo y el mundo quedó alumbrado por una tenue luz que daba la luz necesaria a una plantita verde para que creciera en ese mundo-terremoto que era bombardeo de su mente...

Yo creo que sabemos que estamos hablando aunque la forma de escribir las ecuaciones que llevarán a su resolución no siga este juego matemático ya definido por auténticos tudescos de lógicas y vacías sonrisas.

Ponerse en manos de Dios se convertiría en el hecho esquinero y esquinado que le llevaría a la calle de la vuelta... eso era claro... Santa Barbara. Todos conocemos que sufrió tormento y se redimió, resistir, aguantar, resistir un poco más para cercionarse de que esto que veo y toco, esta horrible realidad, es ya pasado, a ti, Dios eterno, te convoco para que condenes al pasado, al olvido y a la distancia, todo esta ensalada que siento. Ese pensamiento doblaba en verde, juguetón y terrible, mientras el, barco en la tempestad se movía a su albur.

La cuerda se le enganchaba en la mano y le tocaba generando herida pustulentas de un verde amoroso y eterno.

Alguien había entrado a su casa y se encontraba muy asustado. Su cuerpo menguó y menguó y vagó durante la eternidad de los minutos por las bastas llanuras de su sofá, bajando nada desdeñables y escarpados riscos del sofá al suelo. Llegó al suelo y empezó de nuevo a crecer hasta que su densidad se acomodó al pasado.

Salió a la calle con la inmensa necesidad de encontrarse solo y el calor, la multitud le ayudó bastante... todos hacían caso de sus cánticos sufíes mientras giraba derviche por la plazuela de la vida de los sentidos. Todos le daban frutas, ánimo y cariño como un Jesucristo en domingo de ramos y él se congratulaba de este cariño expresado entre el silencio y la indiferencia de los paseantes.

El humo verde, la cuerda y la vida se entrelazaban como el símbolo de Hipócrates... sencillo mundo donde todo era real.

Se acercó la noche como un coche que lloraba y tiñó todo de un color verde esperanza.

Se acerco a su cama rectangular y deshecha como todos los días y mira a las sábanas bastante sucias mientras un viento ululaba en la ventana como un silbato.

Cansado y sin sueño se depositó como un fardo sobre la cama esperando descansar y que el tiempo le llevará a otro sitio, a otro lugar, otro tiempo. Lejano de carestías de dolor, ufano de abrigos de cercanos, sopladores del vidrio de la realidad, vidrio verde botella.

Apenas se acostó despertó sobresaltado con la presencia de una respiración fuerte y abnegada sobre su cara... no tuvo valor para abrir los ojos esperando que pasara de largo de los tres milímetros que le separaba de su cara. Calló hasta que un momento después se supo hombre y se levantó y pudo oír el ruido, como un cañón, de la puerta al cerrarse, se enfadó mucho e incluso maldijo su torpeza y cobardía cogió su fanal y una cuerda que le iba a servir de arma. El fanal o el candil según se apresuró en dirección al espejo despedía un humo verde deprisa y la cuerda tensa como un tendón resultaba más amenazante que cualquier filo o punta. Se siguió a si mismo como corte y cohorte de cobardes acólitos, demiurgos falsarios.

Salió corriendo pleno de humo y de desgracia, que era síntesis del fragos interno, por la escalera y bajó, apenas llegaba al portal volvía a sonar el portazo, ahora metálico y cristalino, del huyente, casi le tenía al alcance de la mano, casi tocaba el calor húmedo de su existencia,  pero  no le veía, pero le cogería, claro que le cogería. Apostaba su alma, su cerebro y parte de sus vísceras pulsante y vivas en ello.. lo lograría.

Salió y encontró su coche limpio y reluciente, incluso una familia en su interior se afanaba en limpiarlo más aún, agradeció el gesto con una sonrisa, recompuso su facción cuadrada y salió corriendo entre el sol y la muchedumbre riente...

Se giró y dio dos vueltas sobre si mismo, riéndose también ¿Qué hago aquí?, miró con un gesto de desaprobación pero de comprensión a si mismo y se recogió con su camisón largó el fanalito y la cuerda de maroma.

La gente continuó riendo un rato y las risas chocaban con las piedra, ladrillos y falsos alabastros del portal alcanzándole. El desconocido huyó, primero deprisa y después andando y mirando por detrás.

El se preocupó de intentar verle la cara pero era un cuerpo torpe y grande que andaba a grandes pasos con la sonrisa en la boca y una falsa copa de sol en la mano.

Se percató de que la risa era contra él y deshecho y descansado se volvió a acostar... la noche le concilió un sueño ligero hasta que el despertador volvió a despertarle y volvió a nacer florido, casi sin sol, con pequeños humos y severas reglas físicas que se saltaba a voluntad.

Xilófago, desayunó y se volvió a mover mientras alguien le observaba desde un puesto privilegiado... lloró un instante... se sumergió en la cálida y dulce piscina de sus recuerdos y reanudó el paso sin desmayo.

Tarde se dio cuenta que la vida se agostaba aquel agosto, pintó el mundo de esa calle de verde, las calles engalanadas con guirnaldas de color ocre ocultaban el sol y el camisón de trabajo que llevaba puesto se transformó en un verde uniforme prusiano o serbio de guerra. Su tiempo se acababa.

Recorrió varias calzadas romanas durante ese día realizando encargos y gestiones cuya vigencia apenas serían unos segundos y volvió a casa... la vida... la vida.

Encontró un rostro conocido en el conductor del coche de delante y también de detrás, eran igual que él torpes y grandes.. Llegó a casa sin preocuparse más.

Un castillo de naipes que estaba construyendo se cayó según entraba, él, cayó solidario al suelo y arrastrando acudió al druida que le trataba... en forma de armario.

Durmió como un niño, con la certeza de que esa noche podía ser la última.

Oyó, entre sueños, una voz, un aliento y entreabrió los ojos para ver un cuerpo difuminado torpe y grande con una cuerda en su mano.... sonrió durante un instante y el sol entró en la estancia, el desconocido se enfadó mucho, prendió fuego a la propia cola de su chaqué y comenzó a golpearle en las sienes y en el pecho... la ira iba en disminución pero la fuerza de los golpes no... de repente uno de ellos le rompió la válvula tricúspide y el siguiente le ocasionó serias fugas en la mitral, las paredes ventriculares pareción romperse como sencillas tablillas que eran. El cuarto golpe fue el definitivo.

Sintió antes un golpe seco en el estómago resonar en el eco de su abdomen y ser devuelto como una onda con efecto doppler dentro del espacio infinito de su propio ser. Entorno los ojos con su bilis mezclándose con su sangre, su hígado marchitado y machacado de golpes.

El desconocido se tumbó y yació largo rato con él. Él, algo avergonzado, no se atrevió a decir nada y continuó muriendo hasta que todo acabó.

La ventana dejaba escapar el turbio y oscuro humillo verde, nadie o casi nadie pudo ver al asesino salir. El muerto tenía una sonrisa de beatitud y de tranquilidad que sonrojaba y arrebolaba las buenas costumbres y el correcto devenir de las cosas


(295) La llamada 21-07-2008 GTM 1 @ 17:20

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Tomó el teléfono y casi tropieza, tenía frío en las piernas, estaba dormido, que el mundo giraba; en algunos sitios era incluso medio día, y que lo que le decían por el teléfono no era ininteligible.

-Tu padre ha muerto- le decían – Un ataque al corazón, no ha sufrido, apenas unos pequeños espasmos y murió.

El teléfono casi se le cae, con la gravedad que nunca cesa, como el tiempo. Su padre, la figura paterna existente siempre como un narrador de su protohistoria. Recordó durante un instante toda su vida, como, según se dice, hacen los que van a morir antes de hacerlo, .

El horizonte claro de la muerte era el desasosiego que le accedía como una ola de ira y de sincera reconciliación. Ira por lo inevitable, reconciliación con el mundo, que seguía girando a su modo.

La gran cantidad de gestiones y papeleo que tenía delante de si, le desazonaba, lo prosaico de la situación trascendente, como lo ridículo en los momentos clave, históricos, en una palabra: Trascendente.

Salió de su casa en una calle recién amanecida y a su izquierda se vislumbraba una claridad temprana de Abril. El destino era un hospital o quizás el tanatorio.

Arrancó el vehículo, dobló calles, siguió bulevares, paró en semáforos y continuo por avenidas hasta llegar al acceso dificultoso, ahora expedito, del hospital. Todo era sencillo en la ciudad que despertaba en una mente donde truenos, relámpagos, rayos y batir de dioses contrastaban con el poco ruido exterior.

Volvió a doblar dentro del aparcamiento de coches, un poco lejos pero no mucho de la entrada de urgencias de modo que la quietud amaneciente sobre la ciudad, que quedaba un poco más abajo, se vestía de naranja intermitente y el murmullo cercano de la rapidez se confundía con el rechinar de sus ruedas, lo mismo pero no igual.

Entró al hospital, preguntó el paradero, eficiente y burocrática la enfermera, o mera informadora, le dio en mensaje conciso y claro, con la eficiencia impersonal y maquinal de un engranaje.

Sin embargo la situación, por repetida, no era nueva… era su padre.

Debía hablar antes de nada con el doctor Gómez, la policía estaba allí también. Se preocupó, su padre no había muerto de forma natural sino que, muy probablemente había sido envenenado.

Supuso que no quisieron alertarle cuando le despertaron hace cuarenta y cinco minutos pero el doctor asombrado solo pudo indicar que apenas habían empezado los primeros estudios y que, aun en este estadio, parecía posible el envenenamiento.

La policía no se sorprendió mucho al verle si bien aseguraron no haberle llamado, ninguno.

Empezó a llorar cuando vio el rostro de su padre desencajado, con el color rojo casi mudado en el amarillo céreo y cenital. Su cuerpo, tendente a la obesidad y a la alopecia, escondió lo que fue un hombre fuerte, joven y vigoroso, pero que había muerto

Se sentó en los largos pasillos asépticamente limpios del hospital mientras la policía indagaba.

Es cierto que era viudo, sin grandes preocupaciones económicas pero tampoco un capital, no tenía grandes enemigos, solo tenía un hijo, él , que era separado y vivía en la otra punta de la ciudad.

Miró al cielo, pensó, quien puede hacer daño así. ¿Porque?

La policía confirmó la muerte por envenenamiento aunque no se derivaba ningún concepto más. Este envenenamiento podía ser como consecuencia de un accidente, un suicidio o un asesinato.

Miraba al cielo, de escayola de hospital. Y el brillante suelo repulido tanto por las penas negras de los que allí moraban como por la eficiencia de los médicos y enfermeras funcionarizados.

La policía siguió preguntando, el llenó sus ojos de lágrimas de cercanía, una cercanía que se había difuminado entre los conflictos de la muerte de la madre, tres años antes, la separación y las desesperaciones que cada uno de ellos cargaron y sobrellevaron, solos, sobre sus propios hombros como camellos en caravana, con un mismo destino de cuerda pero diferentes pasos.

Volvió a llamar al trabajo para avisar que que tenía que hacer gestiones, el auricular le devolvió una voz familiar grave, circunspecta y acorde al hecho "Toma el tiempo necesario".

Apenas colgó el teléfono móvil, que blandía como nexo o cadena con el mundo habitual de la prisa, volvió a sonar y escuchó, de nuevo una voz familiar que le preguntaba si sabía quien había envenenado a su padre. Apenas habían pasado media hora desde que le indicaron esa posibilidad y, pensándolo, era la misma voz masculina suave y sin acento que le indicó que su padre había muerto.

Preguntó- ¿Quien es? ; grito: ¿¡Quién es?!

Ninguna pista, ningún indicio de quien parecía que conocía tanto.

La voz calló, no sabía si el teléfono se desconecto como consecuencia del aspaviento que hizo al reconocer la persona, la voz, la actitud, el acto, el enemigo, el asesino, o era un silencio para que se cociera en el jugo de la tristeza, la inseguridad y la incertidumbre. Quizás era simplemente uno de los policías que le llamaba, no lo sabía.

Habían matado a su padre, pensó, y el llanto de tristeza y abandono se mezcló con la hiel verde y mucilaginosa de la necesidad de verdad, o de necesidad de venganza o quizás el trozo de pasta negruzca del miedo. Quizás la pieza canónica, modular, y reconocible del dolor expresado en barras paralelas y eternas de la verdad, sin más duda ni más adjetivo.

Vagó por las calles y volvió a la casa esperando un grito del teléfono. Escucho el sonido del teléfono acaracolado de obsequiosos sonidos agudos como un polisón nacarado de noticias y dolores. Miró con estremecimiento la pantalla lejana con los símbolos cifrados y, al final, lo cogió esperando  que el dulce asesino le diera una pista, una esperanza, un hilo.

Era la policía; le necesitaban de nuevo, se aprestó a acudir mientras miraba al teléfono oráculo tras la puerta que cerraba.

La policía repasó su ultimo día con su padre, apenas hacía tres días, preguntó y contrastó, pregunto e inquirió, preguntó y desconcertando volvió a preguntar. Cansado, abierto de pequeñas disputas, elegías subyacentes y rugosidades del trato volvería a su casa. Esperaba otra llamada, de un asesino, de un tahúr, de un adivino, de un médium. Nada le refirió a la policía, no tenía claro que no fuera un juego malévolo y travieso de su propia cabeza.

La realidad era solo una, decía, su padre había muerto, su padre no estaba, y además, en su fuero interno, pensaba que le habían matado. La policía de alguna manera debía saberlo cuando le preguntaba de esa manera tan obsesiva. ¿Quizás el obsesionado era él?, ¿Quizás el culpable era él?

El padre padecía del corazón, tomaba medicación, y sufría algo de artrosis, herencia de una vida de trabajo. La medicación, peligrosa en dosis, también estaba en la casa esperando su tiempo de remedio o de némesis. Ya se había preocupado la policía, de buscar entre sus cosas indicios, engaños, pruebas.

Volvió a la vieja casa del otro punto de la ciudad; esta vez entre los policías fingidos del investigación. Miró la calle, el cielo y el suelo y volvió a pensar que alguno de los viandantes esperaba allí para llamarle cuando menos lo esperará. Quizás la llamada que esperaba, corta, austera y cortante, como de estación de tren fuera la de su propio padre. Se fijó en el hombre bajito con el pelo rizado que miraba distraído un escaparate, al inmigrante negro o la señora con el perro.

No era cierto