(7) El párroco de Almadormida
El día que llegó Mr Goush a Almadormida, el párroco de la pequeña ciudad, Don Fausto pensaba, en la quietud fresca de su viciaría en Dios. En el Dios que creía, en el dios de la tradición, en el dios de la historia, en el dios de la superstición y en el dios de la sociedad, en el dios iluminador y el en dios revelador.
En un instante, cuando el pérfido rubio entraba en su coche por la polvorienta carretera de Aparicio, comenzó a pensar en la imposibilidad de encontrar Dios, por oscuridad noumenal, por falta de tiempo vital o por miedo pánico. A pesar de Tertuliano y el resto de padres y doctores de la iglesia una sombra de gris de duda, aunque conocida y casi amiga, cruzó por su mente. El exceso de luz de aquella sombra le escamó, se acercó, con sus pasos ancianos, a la ventana lejana y fumando vería un coche por el camino desde la comarca de Hería. Sus canas, sus carnes enjutas y su mente había dirimidos grandes luchas en el terreno de la fe. En esta última vez la perdería.

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