(18) Sección técnica nº 1
El estruendo del metro, de reloj cortazariano, escondía todos los detalles que se superponían como tejas romanas.
Salir corriendo, llegar corriendo, pararse corriendo.
Miraba por encima de las cabezas a la muchedumbre que se tocaba sin querer y que expresaba con gestos sinceros y no ocultos, al menos no mucho, la incomodidad del vagón lleno.
El llegar a una estación, el cambiar de vecinos y el salir y el entrar en un balance casi conocido, daba un lugar a la novedad pero siempre en la molestia inevitable.
Cuando la señora salío con su niño pequeño en brazos observé, acompañado de mi terno suave y mi loden azul, como se desprendía y caía del escarpe innecesario de su bolso un papel, un documento con alguna compulsa.
Hubiera debido avisarla, hubiera debido llamarla, quizás el viaje incómodo a la hora intemestiva era justificado por ese papel pero, sin embargo, nada hice. Miré el papel al que se le translucía algún sello oficial, doblado parecía un pequeño trozo de pastel o una ración de pensamiento de entrevía. Miré alrededor y nadie se percató de la mezquindad; las puertas se cerraron, la mujer y el niño fueron quedando atrás hasta ser engullidos por el agujero negro del túnel y el papel quedó en el suelo, ya perteneciente a la masa desidiosa e impertérrita de los que marchamos sin ganas al trabajo.

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