(25) La ira
La ira sesga mieses verdes, corta la dulce savia para convertirla en barro en el suelo. La ira alimenta, como pecado capital, un mundo ajeno, fuera de la alambrada.
La ira está construida por una estequiometría extraña de perdida de razón, de vesania iniciática, sangre brotando y tormenta, mucha tormenta.
El odiar y el odiarse, el enfadarse contra el mundo o contra el inquilino de nuestro traje de piel más cercano. La ira, una estación a la que me abono y que, luego como hiedra e hidra me sube por el pecho y la cabeza ahogándome.
Soberano tonto que no sabe rebelarse y buscar el camino.

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