(50) Cantárida y la bella Donatella
Frecuentaba los cafés pero no se mezclaba con dadaístas gorrones ni con malditos que emborronaban tersos lienzos o blancas resmas. Leía y contaba, y tambien, y en secreto, vigilaba las idas y venidas de camareras o establecía amores palindrómicos de timidez con prostitutas.
Rietti salía enfadado del teatro aquella noche, era la segunda vez en su vida que escapaba antes de terminar la función. El mago, Monsieur Duvalent acababa de hacer desaparecer a su ayudante la ninfa Donatella y el truco inminente, preciso, total no fue descubierto por el antropófago cantárida. La gracia de la perfección del truco, de la belleza de Donatella y del éxito sin parangón le había entusiasmado y así hubiera pensado trasladarlo a su columna del día siguiente.
Esperó pleno de entusiasmo, antes de dejarse llevar por la lluvia torrencial de su enfado, en la puerta de artistas donde, tras el espectáculo y en pleno desmaquillado le fue permitido pasar a las bambalinas. Tenía verdadera inquietud por preguntarle al mago, el secreto del éxito, un secreto del que se sentía acreedor por su trayectoria, prestigio y por la todavía desconocidaa pero excelente crítica que llenaría el teatro hasta el final de la temporada.
Revisó Rietti el escenario, buscó sin pausa a la bella Donatella sin encontrarla y cuando Francois Duvalent le previno de que "sólo había sido magia" se borró de sus ojos y de sus manos el halago escrito y solo quedó un amor destruido, un prestigio menoscabado, un tiempo derrotado y un enfado apocalíptico.
Escribiría el día siguiente sobre la actuación de Duvalent "el magnífico" para oprobio y ruina del teatro Magulló la siguiente apodíctica : "Nunca observé ni pedí un plato peor aliñado, una resolución con más coqueras, un tiempo peor aprovechado; el mago Duvalent no me engañó, no hubo trato, todo fue simple y artera magia, el final del teatro".

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