(79) Un penique desde un rascacielos
Cuentan, de aquellos que lo pudieron ver, que el éxito de Rufus T. Firefly era tal que se permitía estrenar traje, chaleco y corbata cada día. Cada noche conocía una estancia nueva de su casa majestuosa de Highlands, 204 habitaciones, que eran redecorada cada tres meses sólo para provocar sorpresa en Firefly, un mecenas del siglo XX.
El aburrimiento era la penosa y mortal enfermedad que arrastraba Rufus. Desde que en su infancia descubrió de manera perentoria pero coherente el funcionamiento del móvil perpetuo de primera especie cualquier suceso repetido le causaba estupor. Por ser quien era la repetición, la reiteración le llevaba al bostezo indusimulado.
La perdida de horas, eficiencia o ideas encrespaba y exasperaba a Rufus, le crispaba conocer de matemáticas, le desesperó esperar al día de la boda para casarse, le cansó su país y sus gobernantes. Con su talento natural, un ego del tamaño de Texas y una tenacidad de cerdo, nunca hacia atrás, logró llevar la Midwest & Ontario Electric Company, su compañía, hasta la cotización de commodities de Nueva York.
La riqueza ostensible, estentórea, ostentosa no le llamaba la atención sino la posibilidad de hacer. Cambiar su casa, cambiar su ropa, ser mecenas de artistas y científicos, ser el primero en tener una isla propia, ser el primer millonario con planeta propio, ser el primer norteamericano que llegó en su propio barco al polo norte y al polo sur. Ser capaz de volar, ser capaz de cruzar el mundo en ochenta horas. Las fronteras del ser humano eran flexibles cada dia para Firefly.
Como digo, el único continente inexplorado era el aburrimiento, la abulia, la apatía y la perdida de recursos, el resto era una continua carrera contra el tiempo y el sueño que casi siempre ganó.Una de esas monedas, cruzando el espacio vertiginoso que mediaba entre el piso 45 y la acera acabó con la vida de la señorita Mathilda Mary Schiff. La señorita Schiff se disponía a volver a su casa en Barteston tras la jornada cuando una bala en forma de moneda le atravesó el gracil sombrerito, la cabeza, el rubio pelo y, desplomada, cayó muerta.
Rufus T. Firefly se encaminó hacia el juez, y después la cárcel con la sentencia en la frente y un claridad del pensamiento más profundo, ¿He sido yo?
La ley de la gravedad, esta vez, le había dado la espalda.

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del.icio.us
Comentarios(4) »
Le sigo leyendo. Tengo una costumbre: consiste en escribir las frases que más me han gustado del texto. Como esa manía de señalar los libros.
Cada noche conocía una estancia nueva de su casa majestuosa de Highlands,
La perdida de horas, eficiencia o ideas encrespaba y exasperaba a Rufus, le crispaba conocer de matemáticas, le desesperó esperar al día de la boda para casarse, le cansó su país y sus gobernantes.
Como digo, el único continente inexplorado era el aburrimiento, la abulia, la apatía y la perdida de recursos, el resto era una continua carrera contra el tiempo y el sueño que casi siempre ganó.
Buena tarde
Gracias por los amables, e inmerecidos, comentarios.
Pues si usted no se los merece... no imagino quién.
Pero no vamos a disentir....
:-)
Fortuna imperatrix mundi.