(110) Historias de un barrio
“Para Pepita en el día de su cumpleaños de parte de quien ella sabe”, cantó, cuando iniciaba la música pegadiza de la radio.
Pepita escucha la sintonía de la radio, sorprendida por el descaro del joven que la ronda mientras se escapan las risas y los codazos del taller de modistillas en el que trabaja. La ventana deja huir el murmullo de jóvenes e hilvanes y sube, por el patio de luces hasta el lugar del enfermo, el del espíritu de acidía escondido por semanas y enjuto como muerte trigémina.
El suicida escuchó en la tarde de la primavera esa muestra de amor adolescente. Aflojó la soga arisca y áspera y quedó pensando mirando por la ventana. Quizás mañana fuera otra cosa, el sol comenzaba a ponerse. Tiró la soga con ínfulas y pretensiones de asesina y pospuso, a menos un rato, su Némesis saliendo a la calle.
La noche, que todo lo teñiría de negro, lleva al avieso trapero a la búsqueda por los cubos de basura de la ciudad, los traperos indispensables recicladores en el tiempo donde el reciclo es el autometabolismo metempsicótico de la gran ciudad que se despereza de resacas de bonanza y tristezas de guerra.
El trapero recoge papeles, ávido, metales variopintos, extrañas latas llenas, curiosas figuras manchadas del cotidiano alimentario, y, entre ellas, cuerdas, cordeles, hilos, cabos, sogas, maromas simples o deshilachadas, correas no muy gastadas. Esas sirgas o ronzales de arte desconocida sirven para atar, cerrar o colgar los aparejos que en el mundo acompañan. Rezonga, cansado, el trapero por la mala suerte, y en un instante casi sin pensarlo y añorando un vaso de vino adormecedor, blasfema a voz audible creyéndose solo.
Tras una esquina y algo más adelantados al trapero sucio y triste se reconvienen dos vecindonas:
- ¡Dios, mío que desverguenza! Doña Paquita, ¿ha oído usted la blasfemia horrible de ese hombre?, Si viésemos un guardia le daba parte, ¡que insulto y que vergüenza!.
- ¡ De verdad, no se donde vamos a llegar!, la culpa la tienen todos esos sindicatos y gentes que animan y levantan a los maridos en los trabajos. Sin ir más lejos, Doña Engracia, andaba yo paseando con mi Proscopio por la Ribera de Curtidores cuando una barahúnda de muchachos salió corriendo, pero no eran muchachos sino trabajadores de “Esteña”; la fábrica de tejidos y tapices holandeses…, a poco nos aturrullan con los guardias siguiéndoles, fíjese que nos hubimos de esconder en un portal que se abría.
Se llevaba la calle a las amas sepultadas en sus conversaciones canónicas y sus críticas fractales, siempre con el trasfondo del vino bebido en exceso por los maridos. Buscaban la Ítaca de chiscón, cisco y buhardilla sin aseo en la cuesta arriba mientras se cruzaban con un hombre, taciturno, triste, amargado pero con un rayo de luz asomándole tímido en el semblante.Andaba hacia no se donde y venía de no se sabe que quebranto dañino.
Don Luis de Leza y Cardones había estado a punto de suicidarse, su quiebra física, su rotura moral, la pérdida de su hijo y su mujer en una atentado anarquista y la tristeza del sentirse solo le había llevado al camino al Damasco de la negación de su vida. Arrastraba los píes despistado y desnortado buscando un que, un cómo, un quien difuso que no se le aparecía como hada por lo que seguía andando hasta que apareciera la pieza que le faltaba muchísimo en el puzzle.
En la otra acera, y mirando el último atardecer del día, andaba Andresito Bueneras con camino de la ronda de la Estación. Buscaría a Pepita para que a fuerza de guiños, y eludiendo la vista de la madre, hacerse señas cómplices de la inteligencia de la dedicatoria de la radio. El “pollo” subía la cuesta hacía el Madrid más castizo como unas castañuelas silbando y cantando de hito en hito.
Topó por el suelo con un pequeño billetito, en su andar alegre y trotón, una carta de amor desprendida de un blanco brazo perfumado o de una cartera de artero enamorado. Se dispone a leerla en un paso más menguado. Recuerda a su Pepita con devoción y llama adolescente y cualquier inspiración algo más literada le sirve de acicate para endulzar las palabras que le dirá o que les dejará decir, que siempre coinciden no siendo lo mismo, a su amada.
Lee, sonríe y piensa las lisuras mientras se acerca. En la puerta del taller de modistillas Doña Engracia, vigila y asiste a su hija, despidiéndose, al paso, de Doña Paquita que acude presta a preparar la cena a su Proscopio. Proscopio pierde el tiempo, en esos instantes de la primera noche, con un desconocido en la taberna “el Rey de los vinos”, un loco Quijano que se llama Luis o Luisillo y que en su borrachera dice haberse querido suicidar ese mismo día. Proscopio no tiene prisa en irse, es convidado, Luis Leza pierde su vida en los hilos del hígado por no molestar con equilibrismos de soga y viga.
Por desgracia para Andresito se adelanta Doña Engracia a las intenciones del pollo dedicador y este, en retirada, recula hacía un callejón. En el recoleto y oscuro tramo, hogar de tristezas, ladrones y ocultos, el trapero rebusca entre unas mantas tiradas en el suelo,un futuro de posible fortuna y victoria, ninguno encuentra nada.
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