(124) Pugnacidad y punicidad
Se ríe con su rictus inconexo con un mugido o bramido más de hiena que de humor. Mira el sobre en la mesa, mira a la mujer sin escrúpulo esperando que le reconozca en el futuro y asesta el golpe caudal al marido.
El cuello se abre y empieza a brotar, como un gorrino, la sangre. El maltratador está muerto. Se acerca a su oído y le susurra:
"Soy el angel negro, te mando al infierno donde dentro de poco nos volveremos a ver las caras".
El marido, borracho, agresor, violento mira asustado al cielo que se vuelve blanco, mientras se despide, la viuda que entre pequeñísimas lágrimas mira al corpachón tremebundo del ángel negro.
Este susurra a la ya viuda: le dejo ahí eso...
Recoge del suelo unas pocas astillas de la puerta rota, mientras comienza a manar un pitido de sirena, poco a poco, abundando en el delito y la muerte baja la escalera mudándose de blanco sonriente, rojo ira, azul cima y verde repugnancia para gritar fuerte y aullido a una luna que no deja de estar.
Su locura se vuelve grande, sus guardaespaldas le toman casi sujetándole y escapan a velocidad, el día siguiente su gestor tomaría nota de los trescientos mil euros gastados.
El ángel negro murió aquella noche, para renacer las siguientes con un dolor de fénix que se convertía en muerte de otros cuando solo añoraba una muerte suya que debió ser cuando la de los suyos.

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Liberado? ¿Exorcizando demonios?