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(150) El mazazo

bonhamled @ 19:23 Tags:

Un día, frío y no muy lejano, sentí un golpe de maza en la cabeza. En realidad fueron dos golpes que por suerte y desgracia sentí vívidos y eternos de eco en mi cuenco de huesos que es la cabeza.

Un golpetazo en el parietal y en la parte superior del frontal me robó el sentido durante unos buenos meses, años, y el aire quedó capturado en algún neumotorax sin prognosis. Sin buen sentido y sin aire anduve por el mundo durante mucho tiempo buscando una redención o una perdida irremisible del alma; ninguna de las dos me fue concedida.

El martillo, la maza, era de madera astillada quizás, se clavaron en la cabeza con esa inoportunidad de lo que no viene a cuento. Puede que fuera de goma falsamente blanda o, quizás de acero terrible y machacado pintado de un color azul metálico desgastado y orillado de óxido.

El golpe resonó, retumbó, redundó, rompió, rasgó y se repitió en mi cabeza y me dejó un resabio amargo como de boca cerrada de borracho. Heredé del golpetazo una sensación reverberante de tañido terrible, volteando mi cabeza, como melena de campana, y moviendo mi cuerpo como triste accesorio de una vida golpeada.

Aquel día, el del golpe, era un día como otro cualquiera, se acercaba, arracimada de frío, la navidad. La noche era enemiguísima, el día apenas inocente. El mazazo, el dolor, se apuntó, se sugirió, se sintió leve como picadura pero, luego y al poco, agudo para abrirse como una flor de daño estupenda.

Y sorprendente, maldito y maravilloso se abrió como un abanico para dejarme un dolor que era fractal; generando más y más estructuras, raíces, víboras e hidras de dolor que desde la cabeza, lugar del golpe, se dirigían al corazón, a la razón, a las vísceras, a la sombra y al nadir del ser. Era el desarrollo de aquel duelo nacido del mazazo de metal, era una cueva de podredumbre que se escondió en mi ser, era un yo al que abominaba, era un otro que nació en mi como una alfaguara sin parada.

El frío debió acordonar y atosigar a la sangre, no se vio, también a la vista, al cielo y al futuro y, así, me quedé casi ciego, mirando un cielo vacio que nunca escuchó y con un pie en una nave que se escapaba corriendo hacia el pasado.

Era un día como otro cualquiera, un catorce de diciembre anónimo, un día de mucho frío y mucho desasosiego, un día normal, bueno, en realidad no tan común ni anodino, coincidió con el día en el que murió mi padre.

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