(160) El aullido del angel
Cruza la calle y sorprende en el callejón. El desconocido le mira, grande, fuerte, con las semilunas de la adicción o del insomnio atormentado en la cara. Le espeta unas frases amenazantes, le intenta herir, falla.
El ángel recoge el intento de cuchillada con el placer de la catarsis extática de un santo, oye manar su sangre, ve el camino empedrado de piedra y espino hacia su casa más allá de la luz de la muerte, pero ese grito apagado y blanco se convierte en un haz de dolor rojo, azul, verde que le emponzoña el alma. Se vuelve y se revuelve.
Le araña, le toma, le agrede, le violenta, le aprieta el cuello hasta dejarle exangüe. Una vez deteriorado hasta "estar ahíto se acerca al oido del condenado y le susurra las palabras que le dejarán vivir o morir.
- Hiciste mal y te llevo al infierno donde te encontraré dentro de poco.
Los ojos del malvado, del forzador de niños, del escondido en la oscuridad se llenan de pavor, dolor y de sentencia. Sus comisuras cobardes se tensan cuan tambor, su piel plomiza de burócrata demoníaco y ceniciento se tambalea y cae, sin salir del suelo, en un pozo que lleva a la muerte.
El ángel negro loco, le vuelve a tomar del cuello y, ahora, ya sin resistencia ante lo inevitable se ceba en la muerte del otro. El pedófilo se deja llevar en un carro de fuego cruzando el campo de las estrellas hasta el confín del diablo azuzado por su angel enemigo / liberador: el angel negro.
El ángel aprieta y ve su fin cercano, su muerte cerca, su locura acabada, mata por morir, mata por vivir, por un pasado que no es.
Aúlla sordo al aire y al cielo azabache o suciedad, y se vuelve lobo, león, niño, calavera, gusano y roña sin fin. Se equivoca y el rugido se oye para luego apagarse como luz de quinqué acabado. Vuelva a vestirse con el negro de su traje, el de la agonía y la búsqueda. El de la muerte demorada, el de la justicia terrible.

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