(166) La venganza de alquitrán
Mira por la ventana y ve su vehículo en una marcha expectante, mira hacia el fondo y aprecia sus dos colaboradores, guardaespaldas, esperando. Apura su copa, la enésima que se le clava como saeta en las vísceras enemigas y espera.
Un poco después un enemigo entra, un ángel caído, una muerte andante, un ser sin ser. Con un guiño rápido los guardaespaldas, en inteligencia, despejan el bar. El dueño, apercibido y gratificado se escapa deprisa. El enemigo está solo.
No solo, la luz se va, los guardaespaldas cierran y bajan la puerta metálica con un rugido de estruendo y en la oscuridad sorprendente. Cada vez más solo el futuro muerto se pregunta:
¿Que ocurre?
Una llama de cigarrillo se enciende no lejos de el, una luz tenue ilumina una cara conocida pero lejana. El rostro de aquel industrial o millonario, empresario...
Sus ojos son terror pero más lo son cuando saca del bolsillo un cuchillo.
El ángel negro se lo clava en el abdomen y con su sangre borboteante y ladrona se lo clava dos, tres , quince, treinta veces en el cuerpo del asesino de su familia. La vida era cortísima.
Instantes después los gorilas volverían, el ángel negro, vestido de negro se acercaba al embarcadero viejo de Caronte con el rictus imposible en los labios. Recordaba aquellos juegos, aquellas risas, aquellas esperas y tiempos eternos de felicidad marchita y perdida pero en un instante, de nuevo vivo, recorría sus venas los venenos para salvar de los médicos, las vendas en sus heridas, los antibióticos pestilentes y gueriblleros y se convirtió en el rugido inmoral del asesino, del torvo cuervo que espera en alba para asesinar y dañarse. Para morir acompañado.
El rojo del traje, el azul del cielo negro y el verde de la ponzoña biliar acaba danzado con el gris del futuro de lápida y el negro del día de hoy.
Un nuevo día se abre, una nueva muerte se desea

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Comentarios(2) »
:I
Pues tú estás que te sales de vida
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Pues tú estás que te sales de vida